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Completo perdón

El conde de Polignac debía muchos favores a Napoleón, sin embargo le traicionó. Bonaparte ordenó su arresto, teniendo como base de prueba una carta en la cual el conde se comprometía en un complot político.

La señora Polignac solicitó y obtuvo una audiencia del Emperador en la cuál procuró defender a su marido, declarándole inocente.

– ¿Conoce la firma de su marido?

Preguntó el emperador y sacando la carta de su bolsillo la puso ante los ojos da la señora, quién al verla palideció, y cayó desmayada.
Compadecido Napoleón y obrando de acuerdo con sus generosos rasgos, tan pronto como la señora volvió en sí, le enseño la carta diciendo:

– Tomadla, es la única evidencia legal que existe contra vuestro marido. Hay un fuego aquí al lado. – pues era invierno.

La señora tomó con ansia aquella prueba de culpabilidad y la entregó a las llamas. La vida de Polignac y su honor estaban a salvo, fuera del alcance de la misma justicia imperial.

Esto es lo que Dios ha declarado hacer con nuestros pecados cuando los confesamos de corazón, ha dicho que “los echará en el profundo de la mar”, los alejará como el Oriente del Occidente, los hará desaparecer, en una palabra, borrados por la preciosa sangre de Cristo.

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