Pablo sostiene que ser judío es más que formar parte de la descendencia física de Abraham; que el pueblo escogido no es meramente la suma de los descendientes de Abraham, sino que en esa familia se lleva a cabo un proceso de selección a lo largo de la historia. Hasta aquí, un judío aceptaría el argumento de Pablo. Los árabes son los descendientes de Ismael, que fue hijo de Abraham; pero a los judíos no se les pasaría por la cabeza decir que los árabes pertenecían al pueblo escogido. Los edomitas eran los descendientes de Esaú fue es lo que quería decir Malaquías-, y Esaú fue tan hijo de Isaac como Jacob su mellizo; pero a ningún judío se le ocurriría decir que los edomitas tenían parte en el pueblo escogido. Desde el punto de vista judío, Pablo ha demostrado su argumento: había un proceso de elección que se estaba llevando a cabo en la familia de los descendientes de Abraham.
Pablo añade que esa selección no se basa en las obras ni en el mérito. La prueba está en que Jacob fue elegido y Esaú rechazado antes de que naciera ninguno de los dos, cuando estaban en el seno materno. Este argumento sigue siendo válido y concluyente para un judío. Y hasta para nosotros, una gran verdad surge del corazón de este argumento: Todo es de Dios; detrás de todo está Su obrar; aun las cosas que parecen arbitrarias y fortuitas tienen en Él su origen. Nada en el mundo va a la deriva.
La voluntad soberana de Dios
¿Y qué se puede decir a esto? ¿Se puede decir que hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera!, porque Él le dijo a Moisés: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré piedad del que Yo tenga piedad.» Así es que todo depende, no de la voluntad ni del esfuerzo humanos, sino exclusivamente de la misericordia de Dios. Por eso la Escritura dice con respecto al Faraón: «Para esto solo te asigné un papel en el drama de la historia: para demostrar mi poder por medio de lo que te va a ocurrir, y para que Mi nombre sea proclamado por todo el mundo.» Así es que tiene misericordia del que Él quiere, y endurece al que Él quiere.
Ahora Pablo sale al paso de las preguntas y objeciones que surgen en nuestra mente. Ha dicho que el proceso de selección y elección ha seguido su curso a lo largo de la historia de Israel; ha hecho hincapié en el hecho de que la elección no se basa en ningún mérito humano, sino exclusivamente en la voluntad de Dios.
Nuevamente cita dos ejemplos para demostrar su afirmación, y los refuerza con citas bíblicas. El primer ejemplo está tomado de Éxodo 33:19. Moisés está pidiendo una prueba definitiva de que Dios está realmente con el pueblo de Israel. La respuesta de Dios es que Él tendrá misericordia de los que tenga misericordia; es decir, le dice a Moisés que confíe y deje la cosa en Sus manos, porque Él sabe lo que hace. Su actitud de misericordia hacia la nación depende exclusivamente de Él mismo. Y el otro ejemplo está tomado de la batalla para la liberación de la esclavitud de Egipto y el poder del Faraón. La primera vez que Moisés fue a pedir la libertad, advirtió a Faraón que Dios le había colocado en el escenario de la historia para demostrar Su divino poder y servir de ejemplo a la humanidad de lo que sucede a los que se oponen a Dios (Éxodo 9:16). Pero esto no quiere decir que Faraón no fuera más que una marioneta. Dios le advirtió, pero Faraón escogió no hacer caso.
Cuando llegamos al fondo de la cuestión, vemos que conserva una gran verdad. Es imposible pensar en la relación entre Dios y el hombre en términos de justicia -entendida ésta en los términos de nuestra experiencia humana limitadísima. El hombre no puede nunca tener ningún derecho ante Dios. La creatura no puede pretender nada ante el Creador. Sea cual fuere la justicia que se aplica, la respuesta es que el hombre no merece nada ni puede pretender nada. En el trato de Dios con los humanos lo esencial son Su voluntad y Su misericordia.
