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2 Corintios 6: Borrasca de problemas

(iii) Está el equipo que Dios da para la obra de la predicación del Evangelio.

(a) La declaración de la verdad. Pablo sabía que Jesús le había dado, no sólo un Evangelio que proclamar, sino también el poder y la habilidad para proclamarlo. Le debía a Dios tanto la Palabra como la oportunidad que se le había presentado.

(b) El poder de Dios. Para Pablo, eso lo era todo lo que tenía. Se dice del rey Enrique V de Inglaterra después de la batalla de Agincourt: «No permitió que los juglares compusieran ni cantaran canciones por tan señalada victoria, porque no quería que se alabara ni se dieran gracias nada más que a Dios.» Pablo no habría dicho nunca con orgullo: « Yo hice eso y lo de más allá;» sino: «Dios me permitió hacerlo.»

(c) Las armas de la integridad para la mano derecha y para la izquierda. Lo que quiere decir armas de defensa y de ataque.

A menos que se fuera zurdo, la espada y la lanza se llevaban en la derecha, y el escudo en la izquierda; y Pablo está diciendo que Dios le ha dado el poder para atacar su tarea y para defenderse de las tentaciones.

Pablo completa este pasaje lírico con una serie de contrastes. Empieza con la honra y la deshonra. La palabra que usa para la deshonra es la que se usa corrientemente en griego para la pérdida del derecho de ciudadanía (atimía). Pablo dice: «Puede que yo haya perdido todos los derechos y privilegios que confiere el mundo, pero sigo siendo ciudadano del Reino de Dios.» De mala o de buena reputación. Hailos que critican todas las acciones de Pablo y que hasta odian su nombre, pero la opinión de Dios es la que cuenta. Nos tienen por engañadores, pero somos auténticos. La palabra griega (plános) quiere decir literalmente mangante charlatán e impostor. Eso era lo que otros le llamaban, pero él sabía que su mensaje era la verdad de Dios. Como si no se nos conociera, aunque nos conocen perfectamente. Los judíos que le denigraban decían que era un don nadie de quien nadie había oído; pero aquellos a los que había presentado a Cristo le conocían y apreciaban; y para Dios tampoco era un desconocido. Como moribundos, ¡pero seguimos vivos! El peligro era su compañero de viaje, y la perspectiva de la muerte su camarada; y sin embargo, por la gracia de Dios, estaba triunfalmente vivo con una vida que la muerte no podría destruir. Como castigados, pero no muertos. Le sucedían cosas que se habrían podido tomar como castigos de Dios, pero que no apagaban su espíritu. Como apesadumbrados, pero siempre gozosos. Le sucedían unas cosas que habrían quebrantado el corazón de cualquiera, pero que no podían destruir el gozo de Pablo. Como pobres, pero enriqueciendo a muchos. Parecía no tener ni blanca, pero llevaba siempre consigo algo que enriquecía las almas humanas. Como si no tuviéramos nada, aunque lo poseemos todo. Parecería que no poseía nada; pero, teniendo a Cristo, tenía todo lo que importa en este mundo y en el venidero.

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