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Aurore y Aimée

-¡Cómo! ¡Este monstruo! -dijo el rey-. ¿No tiene otra hija a la que mi hermano le ha dado su anillo?

-Aquí está el anillo, en mi dedo -contestó Aurore.

Al oír esas palabras, el rey lanzó una gran carcajada y dijo:

-No creía que mi hermano tuviera tan mal gusto; pero estoy encantado de poder castigarlo.

Al mismo tiempo, ordenó a a la pastora que le pusiera un velo a Aurore sobre la cara; y tras haber enviado a buscar al príncipe Ingénu, le dijo:

-Hermano, puesto que amas a la bella Aurore, deseo que te cases con ella en este instante.

-Pero yo no deseo engañar a nadie -dijo Aurore, quitándose el velo-; mire mi rostro, Ingénu; desde hace tres días estoy horrible ¿quiere casarse conmigo aún?

-Parece a mis ojos más amable que nunca, -dijo el príncipe-; pues comprendo que es más virtuosa aún de lo que yo creía.

Y mientras hablaba la tomaba de la mano. Fourbin se reía a carcajadas. Ordenó que se casaran allí mismo. Y luego le dijo a Ingénu:

-Como a mí no me gustan los monstruos, puedes vivir con tu esposa en esta cabaña; y te prohíbo que la lleves a la corte.

Luego subió de nuevo a la carroza, y dejó a Ingénu radiante de felicidad.

-¿Y bien? -le preguntó la pastora a Aurore- ¿se siente aún desgraciada por haberse caído? Si ese accidente no hubiera sucedido, el rey se habría enamorado de usted, y si se hubiera negado a casarse con él, habría ordenado matar a Ingénu.

-Tiene razón, madre -contestó Aurore–, sin embargo me he puesto tan fea que doy miedo, y temo que el príncipe lamente haberse casado conmigo.

-No, se lo aseguro -dijo Ingénu- uno puede acostumbrase a un rostro feo, pero jamás a un mal carácter.

-Estoy encantada de sus sentimientos, -dijo la pastora-; pero Aurore volverá a ser bella de nuevo, pues tengo un agua que sanará su rostro.

Efectivamente, al cabo de tres días, el rostro de Aurore se le puso como antes; pero el príncipe le rogó que siguiera conservando el velo pues temía que su malvado hermano se la quitara si la deseaba.

Mientras tanto, Fourbin, que quería casarse, envió a numerosos pintores para que le trajeran los retratos de las jóvenes más bellas. Se quedó encantado con el de Aimée, la hermana de Aurore, y tras hacerla venir a la corte, se casó con ella. Aurore sintió gran inquietud cuando supo que su hermana era reina; ya no se atrevía a salir, pues sabía hasta qué punto era malvada su hermana y cuánto la odiaba.

Al cabo de un año, Aurore tuvo un hijo al que llamaron Beaujour, y al que amaba apasionadamente. Aquel pequeño príncipe, cuando empezó a hablar, mostró tanta inteligencia que hizo felices a sus padres. Un día que se encontraba ante la puerta con su madre, ésta se quedó dormida, y cuando se despertó, ya no encontró a su hijo. Lanzó grandes gritos y recorrió todo el bosque en su busca. De nada le servía a la pastora recordarle que no sucede nada que no sea para nuestro bien, y tuvo todas las penas del mundo para consolarla; pero al día siguiente, tuvo que reconocer que la pastora tenía razón. Fourbin y su esposa, furiosos porque no tenían hijos, habían envidado a los soldados para matar a su sobrino; y al ver que no podían encontrarlo, pusieron a Ingénu, a su esposa y a la pastora en una barca y los lanzaron al mar, para que nadie pudiera oír hablar de ellos jamás. Esta vez, Aurore creyó que debía considerarse realmente muy desgraciada, pero la pastora le seguía repitiendo que Dios lo hace todo por nuestro bien. Como hacía muy buen tiempo, la barca navegó tranquilamente durante tres días y atracó en una ciudad de la costa. El rey de esta ciudad estaba inmerso en una guerra y los enemigos lo asediaron al día siguiente. Ingénu, que era muy valeroso, solicitó algunas tropas al rey; realizó numerosas expediciones y logró matar al enemigo que sitiaba la ciudad. Los soldados de éste, al perder a su jefe, huyeron y el rey asediado, que no tenía hijos, para mostrar su gratitud a Ingénu lo adoptó como hijo.

Cuatro años después supieron que Fourbin había muerto de pena por haberse casado con una mujer tan perversa y el pueblo, que la odiaba, la expulsó y envió embajadores a Ingénu ofreciéndole el trono. Éste se embarcó con su esposa y la pastora, pero se produjo una gran tempestad que les hizo naufragar y se encontraron en una isla desierta. Aurora, que ya era mucho más sensata por todo lo que había vivido, no se afligió y pensó que Dios había permitido aquel naufragio por su bien: colocaron un gran palo en la orilla y en lo alto de aquél el mandil blanco de la pastora, con el fin de advertir a los barcos que pasaran por allí y vinieran en su ayuda.

Por la tarde, vieron llegar a una mujer que traía a un niño; tan pronto como lo miró Aurore reconoció a su hijo Beaujour. Le preguntó a la mujer dónde había encontrado a aquel niño y ella le respondió que su marido, que era corsario, lo había raptado; pero que habían naufragado cerca de aquella isla y que ella se había salvado junto al niño que llevaba en brazos.

Dos días después, los barcos que buscaban los cuerpos de Ingénu y de Aurore, pues creían que habían perecido, vieron aquella tela blanca, llegaron a la isla y condujeron al nuevo rey y a su familia a su reino.

Y, pasara lo que pasase, Aurore no se quejó nunca más pues sabía por experiencia que las cosas que nos parecen desgracias son con frecuencia el origen de nuestra felicidad.

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