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Comparta la gloria

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Comparta la gloria

Uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús, era Andrés, hermano de Simón Pedro. Al primero que Andrés se encontró fue a su hermano Simón, y le dijo: — Hemos encontrado al Mesías (que significa: Cristo). Luego Andrés llevó a Simón a donde estaba Jesús; cuando Jesús lo vio, le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan, pero tu nombre será Cefas que significa: Pedro, una roca. Juan 1:40-42

La versión Reina-Valera dice que Andrés «halló primero a su hermano Simón.» En los manuscritos griegos hay dos variantes. Algunos tienen la palabra próton, que quiere decir primero, y es lo que ha traducido la Reina-Valera; pero otros manuscritos ponen prói, que quiere decir por la mañana temprano, de madrugada. En nuestra traducción hemos seguido esta variante porque va mejor con la historia de la primera semana clave de la vida de Jesús al colocar este suceso al día siguiente.

De nuevo Juan explica una palabra hebrea a sus lectores griegos. Mesías, en hebreo, y Jristós, en griego, quieren decir lo mismo: Ungido. En el mundo antiguo, como modernamente en algunos países, se ungía a los reyes en su coronación. Mesías y Jristós quieren decir El Rey Ungido por Dios.

No disponemos de mucha información sobre Andrés, pero lo poco que sabemos nos pinta claramente su carácter. Es uno de los personajes más simpáticos de la compañía de los apóstoles. Tiene dos cualidades sobresalientes.

(i) Andrés se caracteriza por estar dispuesto a ocupar un segundo lugar. Una y otra vez se le identifica como el hermano de Simón Pedro.

Está claro que vivió a la sombra de su hermano. Muchos es posible que no supieran quién era Andrés, pero todo el mundo sabía quién era Pedro; así es que, cuando hablaban de Andrés, le identificaban como el hermano de Pedro. Andrés no formaba parte del círculo íntimo de los discípulos. Cuando Jesús devolvió la vida a la hija de Jairo, cuando ascendió al Monte de la Transfiguración, cuando arrostró la lucha suprema en Getsemaní, fueron Pedro, Santiago y Juan a los que llevó consigo.

Habría sido fácil que Andrés se diera por ofendido. ¿No había sido él uno de los dos primeros que siguieron a Jesús? ¿Es que el mismo Pedro no le debía a él el que le hubiera presentado a Jesús? ¿No habría sido natural que se le concediera a él, Andrés, un puesto especial entre los apóstoles? Pero todo eso ni siquiera se le ocurrió nunca a Andrés. Estaba contento de seguir en la penumbra mientras Pedro ocupaba el centro de la atención; se daba por contento de representar un papel secundario en la compañía de los Doce. Para Andrés los asuntos jerárquicos y los puestos de honor no tenían ninguna importancia. Lo único que importaba era estar con Jesús y servirle lo mejor posible. Andrés es «el santo patrón» de todos los que aceptan ser segundones con humildad y lealtad y sin resentimiento.

(ii) Andrés se caracteriza por estar al loro para presentarle a otros a Jesús. Son sólo tres veces las que aparece Andrés en escena en la historia evangélica: la primera es aquí, cuando Le trae a Pedro a Jesús; la segunda, en Juan 6: 8-9, cuando Le trae a Jesús al muchacho de los cinco panecillos y los dos pescaditos; y la tercera,: el incidente de Juan 12:22, cuando trae a los buscadores griegos a la presencia de Jesús. Andrés disfrutaba enormemente trayendo a otros a Jesús. Sobresale como el cristiano cuyo deseo supremo es el compartir la gloria: Tenía corazón de misionero. Desde que encontró la amistad de Jesús, pasó el resto de la vida introduciendo a otros a esa amistad Andrés es nuestro gran ejemplo del que no puede guardarse a Jesús sólo para sí.

Cuando Andrés Le trajo a Pedro a Jesús, Jesús se quedó mirando fijamente a Pedro. La palabra que se usa de esa miráda es emblepein. Describe una mirada concentrada, intensa, a fondo, que no se conforma con ver las cosas que aparecen en la superficie sino que lee lo que hay en el corazón. Cuándo Jesús vio a Simón, como se le llamaba, entonces, le dijo: «Te llamas Simón, pero te llamarás Kefa, es decir, una roca.»

En el mundo antiguo, casi todos tenían dos nombres. El griego era la lengua internacional, y casi todos tenían un primer nombre, en su lengua materna, que era por el que los conocían sus familiares y amigos, y otro nombre griego, que era el que usaban en los negocios y en las cosas oficiales. Algunas veces un nombre era la traducción del otro: Petros era el equivalente griego de Kefa, el nombre arameo para roca; Tomás en arameo y Didimo en griego quieren decir mellizo; Tabita en arameo y Dorcas en griego quieren decir gacela. Algunas veces se escogía un nombre griego que sonara parecido al arameo. Un judío que se llamara Eliakim o Abel en su lengua podía escoger Alcimus o Apeles como nombres griegos equivalentes. Así es que Petros y Kefa o Cefas no son nombres distintos, sino el mismo en lenguas diferentes.

En el Antiguo Testamento, el cambio de nombre indicaba a veces una nueva relación con Dios. Por ejemplo: Jacob pasó a llamarse Israel: Entonces el hombre le dijo: –Ya no te llamarás Jacob. Tu nombre será Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. (Génesis 32:28), y Abram se cambió por Abraham y ya no vas a llamarte Abram. Desde ahora te llamarás Abraham, porque te voy a hacer padre de muchas naciones. (Génesis 17:5) cuando entraron en una nueva relación con Dios. Era como si la vida empezara de nuevo y se fuera una persona diferente, y necesitara un nuevo nombre.

Pero lo realmente importante de esta historia es que nos dice cómo mira Jesús a las personas. No ve solamente lo que es en el momento, sino también lo que puede llegar a ser. Ve no sólo lo que es en la actualidad, sino lo que es en potencia. Jesús miró a Pedro y vio en él no sólo al pescador galileo sino también al que tenía la posibilidad de convertirse en la roca sobre la que se edificaría la Iglesia. Jesús nos ve no sólo como somos, sino como podemos ser; y Él nos dice: «Dame tu vida, y te haré lo que llevas dentro que puedes llegar a ser.» Una vez alguien vio a Miguel Angel reduciendo una roca enorme y deforme con el cincel, y le preguntó qué estaba haciendo. «Estoy liberando al ángel que está prisionero en el mármol» -le contestó el escultor. Jesús es el único que ve y que puede liberar al héroe que hay oculto en las personas.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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