Del hedonismo como mal de nuestro tiempo
El psiquiatra español Enrique Rojas en su libro: El hombre light: una vida sin valores, haciendo un análisis de nuestra sociedad y del hombre de final del siglo XX, dice así: “Es una sociedad, en cierta medida, que está enferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismoconsumismopermisividadrelatividad”, en una carrera frenética por encontrar sentido a la vida.
Para muchos la cuestión es “pasarlo bien”; el goce y el placer a toda costa; un hedonismo sin fronteras. El hedonismo se convierte en la ley misma del comportamiento, es el placer por encima de todo, así como el ir alcanzando progresivamente cotas más altas de bienestar uniéndose el consumismo como valor. La permisividad es código y la relatividad su hijo natural de tal modo que la tolerancia es interminable y de ahí la indiferencia pura. Es interesante que ya hace 2.300 años, el Predicador hiciera un ensayo sobre la vida, lleno de realismo para llegar a la conclusión de que el hedonismo no es camino para nadie. Como tantos hacen hoy, el Predicador lo probó todo: conocimiento, diversión, bebida, propiedades suntuosas, siervos, dinero, mujeres y, en resumen, todo tipo de placeres. Sin embargo, no se sintió satisfecho. Ni siquiera del hecho de trabajar y trabajar para atesorar. ¡Qué insensatez!
Si a fin de cuentas, el día que muramos todo lo material queda aquí. Eclesiastés pone de manifiesto que el hedonismo no da sentido a la vida. Ahora bien, tampoco se trata de que el gozar de la vida sea malo y que no sea bueno esforzarse. Pero sí se trata de que se haga en la debida relación al Señor de todo. Cuando así lo hacemos, no sólo encontramos sentido a la vida sino que disfrutamos de la vida en su dimensión más amplia y verdadera: una vida vivida en el amor del Dios Creador y Salvador que nos sustenta y que posibilita a la vez una relación de amor hacia el prójimo.
El cristiano debe aprender de la experiencia del Predicador de entonces y de los predicadores de nuestro tiempo que vuelven insatisfechos de probarlo todo. Debemos rechazar con fuerza el hedonismo pues es “antievangelio”, es el “otro evangelio” de falsas promesas de felicidad creando un hombre vulnerable y vacío hambriento de verdad y de amor auténtico.
