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El trasfondo judío

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El trasfondo judío

En el trasfondo judío hay cuatro hebras que se trenzan en la idea de La Palabra.

(i) Para el judío, una palabra era mucho más que un mero sonido; era algo que tenía una existencia independiente y que de hecho producía resultados. Como dijo el profesor John Paterson: «Para el hebreo, la palabra era algo aterradoramente vivo… Era una unidad de energía cargada de poder. Volaba como una bala hacia su blanco.» Por eso mismo el hebreo era parco en palabras. En hebreo hay menos de 10.000 palabras, cuando hay 200,000 en griego.

Un poeta moderno cuenta que una vez el que había realizado una hazaña heroica no se lo podía contar a sus camaradas de la tribu porque le faltaban las palabras. A eso se levantó uno «afligido con la necesaria magia de las palabras,» y refirió el hecho en términos tan vívidos y conmovedores que «las palabras cobraban vida y se paseaban arriba y abajo por los corazones de los oyentes.» Las palabras del poeta adquirieron poder. La Historia está llena de esa clase de cosa.

Cuando John Knox predicaba en los días de la Reforma en Escocia, se decía que la voz de ese hombre solo inyectaba más valor en los corazones de los oyentes que diez mil trompetas rugiendo en sus oídos. Sus palabras hacían cosas en las personas. En los días de la Revolución Francesa, Rouget de Lisle escribió La Marseillaise, y esa canción lanzó a la gente a la revolución. Las palabras hacían cosas. En los días de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Reino Unido se quedó sin aliados y sin armas, las palabras de su primer ministro Sir Winston Churchill, radiadas a la nación, infundían valor y esperanza en los corazones de la gente.

Esto era todavía más real en el Este, y todavía lo es. Para los orientales, una palabra no es meramente un sonido; es un poder que hace cosas. Una vez, cuando Sir George Adam Smith estaba viajando por el desierto en Oriente, un grupo de musulmanes le dio a su equipo el saludo de costumbre: «¡La paz sea con vosotros!» En el momento no se dieron cuenta de que era cristiano. Cuando descubrieron que habían dado la bendición a un infiel, volvieron corriendo a pedir que se la devolviera. La palabra era como una cosa que se podía enviar a hacer cosas y que creían que se podía recuperar otra vez. Will Carlton, el poeta, expresa algo así: «Tras volar las cometas, se vuelve a recogerlas, mas ya no se recogen las palabras que vuelan»; «¡Cuidado con el fuego!», dice el que te aconseja, pero aun más: «¡Ten cuidado con las palabras sueltas!» «Ideas no expresadas puede que queden secas; las que han volado nunca vuelven vivas ni muertas.»

Bien podemos entender que para los orientales las palabras tienen una existencia independiente y llena de poder.

(ii) El Antiguo Testamento está lleno de esa idea general del poder de las palabras. Una vez que Isaac había pronunciado la bendición del primogénito sobre Jacob en vez de sobre Esaú, aunque se le había sacado con engaño, ya no se podía hacer nada para recuperar esa bendición (Génesis 27). La palabra había salido, y había empezado a actuar, y nada la podía detener. En particular vemos la Palabra de Dios en acción en la historia de la Creación. En cada etapa de ella leemos: «Y Dios dijo…» (Génesis 1:3, 6, 11). La Palabra de Dios es Su poder creador. Una y otra vez encontramos esta idea de la Palabra de Dios, creadora, activa y dinámica. «Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos» (Salmo 33:6). «Envió Su Palabra, y los sanó» (Salmo 107:20). «Él envía Su Palabra a la Tierra; velozmente corre Su Palabra» (Salmo 147:15). «Así será Mi Palabra que sale de Mi boca; no volverá a Mí vacía, sino que hará lo que Yo quiero, y será prosperada para aquello que la envié» (Isaías 55:11). «¿No es Mi Palabra como fuego, dice el Señor, y como una maza que quebranta la piedra?» (Jeremías 23:29).

«Señor, Tú hablaste claramente en la primera Creación en el primer día, cuando mandaste: Sea hecho el Cielo y la Tierra: y la obra se siguió a Tu Palabra» (4 Esdras 6:38, Biblia del Oso). El autor del Libro de la Sabiduría se dirige a Dios: «Dios de los Padres, y Señor misericordioso, Que creaste todas las cosas con Tu Palabra» (Sabiduría 9:1, Biblia del Oso). Por todo el Antiguo Testamento está esta idea de la Palabra poderosa, creadora. Aun las palabras humanas tienen una especie de actividad dinámica; ¡cuánto más la Palabra de Dios!

(iii) Algo se incorporó a la vida religiosa hebrea que acentuó considerablemente el desarrollo de esta idea de la Palabra de Dios. Durante los cien años o más que precedieron a la venida de Jesús, el hebreo dejó de ser una lengua viva. El Antiguo Testamento estaba escrito en hebreo, pero los judíos ya no conocían esa lengua. Los estudiosos sí; pero la gente corriente, no. Hablaban dialectos del arameo, una lengua emparentada con el hebreo que había sido la lingua franca del Oriente Próximo antes del griego. En aquellas circunstancias tenían que traducir las Escrituras a esa lengua que era la que la gente entendía, que son lo que se llama targum (singular) o targumim (plural). En la sinagoga se leían las Escrituras en el original hebreo, pero con traducción alternada cada pocos versículos.
Los targumim se produjeron en una época en la que los judíos estaban fascinados con la idea de la trascendencia de Dios, y no pensaban más que en la distancia que los separaba de Él, que es absolutamente diferente de nosotros. Por esa razón, los que hicieron los targumim tenían mucho miedo de atribuirle a Dios pensamientos, o sentimientos, o acciones humanas. Para decirlo con el término técnico, se esforzaban para no caer en antropomorfismos al hablar de Dios.

Ahora bien: el Antiguo Testamento habla corrientemente de Dios de manera humana; y siempre que los targumim se encontraban con algo así sustituían el nombre de Dios por la Palabra de Dios. Veamos cómo funcionaba esta costumbre. En Éxodo 19:17 leemos que «Moisés sacó del campamento al pueblo para encontrarse con Dios.» El targum pensó que esa era una manera demasiado humana de hablar de Dios, así es que puso que Moisés sacó al pueblo del campamento para encontrarse con la Palabra de Dios. En Éxodo 31:13 leemos que Dios dijo al pueblo que el sábado es una señal entre Mí y vosotros para todas vuestras generaciones.» Esa era una manera de hablar demasiado humana para el targum, así es que dijo en vez que el sábado es una señal entre Mi Palabra y vosotros.» Deuteronomio 9:6 dice que Dios es fuego consumidor; pero el targum tradujo que la Palabra de Dios es fuego consumidor. Isaías 48:13 presenta un gran cuadro de la Creación: «Mi mano puso el cimiento de la Tierra, y Mi diestra desplegó los cielos.» Esa era una descripción de Dios demasiado humana para el targum, e hicieron decir a Dios: «Por Mi Palabra he fundado la Tierra, y por Mi fuerza he colgado los cielos.» Hasta un pasaje tan maravilloso como Deuteronomio 33:27, que habla de «los brazos eternos» de Dios, pasó a: «El eterno Dios es, tu refugio, y por Su Palabra fue creado el mundo.»

En el Targum de Jonatán, la frase la Palabra de Dios aparece no menos de unas trescientas setenta veces. Está claro que no es más que una simple perífrasis del nombre de Dios, pero el hecho es que la Palabra de Dios se convirtió en una de las expresiones más corrientes de los judíos. Era una frase que cualquier judío devoto reconocería, porque la oiría muy a menudo en la sinagoga cuando se leía la Escritura. Cualquier judío estaría acostumbrado a la expresión la Memra, que era como se decía en arameo.
(iv) En este punto tenemos que fijarnos más en algo que ya mencionamos en la introducción. La palabra griega para palabra es logos; pero logos no sólo quiere decir palabra; sino también razón. Para Juan, y para todos los grandes pensadores que usaban esta idea, estos dos significados estaban íntimamente entrelazados. Siempre que usaban la palabra Logos, tenían en mente las dos ideas: la Palabra de Dios y la Razón de Dios.

Los judíos tenían un género literario que se llama La literatura sapiencial, o de la sabiduría, que contenía los escritos de los sabios de Israel. No son por lo general especulativos ni filosóficos, sino de sabiduría práctica para la vida y los quehaceres cotidianos. El gran ejemplo de la literatura sapiencial en el Antiguo Testamento es el Libro de los Proverbios, en el cual hay ciertos pasajes que le atribuyen un misterioso y eterno poder vivificador a la Sabiduría (Sojia). En esos pasajes, la Sabiduría aparece, como si dijéramos, personificada, y se concibe como el Agente eterno y colaborador de Dios. Hay tres pasajes principales.

El primero está en Proverbios 3:13-26. Nos fijaremos especialmente en los versículos 18-20: «Ella es árbol de vida a los que de ella echan mano, y bienaventurados los que la retienen. El Señor, con sabiduría fundó la Tierra; estableció los cielos con inteligencia. Con Su ciencia los abismos fueron divididos, y destilan rocío las nubes.»

Recordemos que Logos quiere decir Palabra y también Razón. Ya hemos visto lo que pensaban los judíos de la Palabra poderosa y creativa de Dios. Aquí vemos cómo empieza a surgir el otro aspecto. La Sabiduría es el agente de Dios en la iluminación y en la creación; y la Sabiduría y la Razón son la misma cosa. Ya hemos visto lo importante que era Logos en el sentido de la Palabra; ahora vemos cómo empieza a serlo en el sentido de la Sabiduría o la Razón.

El segundo pasaje importante está en Proverbios 4:13: «Retén la instrucción, no la abandones; guárdala, porque ella es tu vida».

La Palabra es la luz de los hombres, y la Sabiduría es la vida de los hombres. Las dos ideas se amalgaman entre sí rápidamente ahora.

El pasaje más importante está en Proverbios 8:1-9:2, del que destacamos especialmente esto que dice la Sabiduría: «El Señor me estableció al principio de Su obra, al comienzo de Sus obras primigenias. Hace siglos fui establecida, al inicio, antes que empezara la Tierra. Fui dada a luz cuando no había abismos, cuando no había fuentes con caudales de agua. Antes de que se formaran las montañas, cuando no eran ni colinas fui dada a luz; aún no había hecho Él la Tierra, con sus campos, y ni siquiera había empezado el polvo del mundo. Cuando desplegó los cielos, yo estaba allí, cuando trazó su bóveda sobre la haz del abismo; cuando sujetó los cielos por arriba; cuando estableció las fuentes del océano; cuando le asignó sus límites al mar para que las aguas no pasen sus fronteras; cuando marcó los cimientos de la tierra, entonces yo estaba con Él como Su encargado, y era Su delicia día a día, gozando siempre de Su presencia.»

Cuando leemos este pasaje percibimos un eco tras otro de lo que Juan dice de la Palabra en el primer capítulo de su Evangelio. La Sabiduría tenía esa existencia eterna, esa función iluminadora, ese poder creador que Juan atribuía a la Palabra, el Logos, con el que identificaba a Jesucristo.

El desarrollo de la idea de la Sabiduría no se detuvo allí. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos se siguió produciendo esta clase de literatura sapiencial. Contenía tanta sabiduría concentrada y extraía tanto de la experiencia de los sabios, que era una inapreciable guía para la vida. En particular se escribieron dos libros muy notables que están entre los deuterocanónicos y que no le hará ningún daño a nadie el leer.

(a) El primero se llama Eclesiástico (Ben Sirá), en la Biblia del Oso El libro de la Sabiduría de Jesús hijo de Sirach, llamado comúnmente Ecclesiástico. También encontramos en él mucho acerca de esta gran concepción de la Sabiduría creativa y eterna de Dios. La arena de las playas y las gotas de la lluvia, y los días de las edades, ¿quién los podrá contar? La altura de los cielos, la anchura de la Tierra y la profundidad del océano, ¿quién los descubrirá? Antes que nada fue creada la Sabiduría, la inteligencia y la prudencia son desde siempre» (Eclesiástico l: l -10).

«Yo procedía de la boca el Altísimo, y cubría la Tierra como una niebla. Yo habitaba en las alturas, y tenía mi trono en los pilares de las nubes. Yo sola rodeaba la bóveda celeste y paseaba por las profundidades del océano» (Eclesiástico 24:3-5).

«Me creó antes que empezaran las edades, y no decaeré jamás» (Eclesiástico 24:9).

Aquí encontramos otra vez a la Sabiduría como el poder eterno y creador que estaba al lado de Dios en los días de la creación y al principio del tiempo.

(b) Eclesiástico se escribió en Palestina hacia el año 100 a.C.; y por el mismo tiempo se escribió, en Alejandría, Egipto, un libro igualmente grande; qué se conoce como La Sabiduría de Salomón. En él tenemos la más grande de todas las descripciones de la Sabiduría. La Sabiduría es el tesoro que usan los hombres para convertirse en amigos de Dios (7:14). La Sabiduría es Él, artífice de todas las cosas (7:22). Es el aliento poderoso de Dios, y una pura corriente que fluye del Todopoderoso (7:25). Puede hacerlo todo y hace todas las cosas nuevas (7:27).

Pero el autor hace mucho más que hablar de la Sabiduría; la identifica con la Palabra: para él las dos ideas son lo mismo. Puede hablar de la Sabiduría de Dios y de la Palabra de Dios en la misma frase y con el mismo significado. Cuando ora, Le dice a Dios: «Oh Dios de mis padres, y Señor de la misericordia, Que has hecho todas las cosas con Tu Palabra, y formaste al hombre por medio de Tu Sabiduría» (9:1).

Puede hablar de la Palabra casi como hablaría Juan: «Cuando todo estaba sumido en un silencio reposado, y aquella noche estaba en medio de su rápida carrera, Tu Palabra todopoderosa se abalanzó desde el Cielo, desde su regio trono, como fiero hombre de guerra, en medio de la tierra de la destrucción; llevaba como espada aguda tu firme mandamiento, y, erguido, lo llenó todo de muertos, de pie en la Tierra y alcanzaba al Cielo» (18:14-16).

Para el autor del Libro de la Sabiduría, la Sabiduría era el poder eterno, creador e iluminador de Dios; la Sabiduría y la Palabra eran una y la misma cosa. Fueron la Sabiduría y la Palabra los instrumentos y agentes de Dios en la creación, y las que traen siempre la voluntad de Dios a la mente y al corazón de las personas.

Así es que, cuando Juan estaba buscando la manera de presentar el Evangelio, encontró en su propia fe y en la literatura de su propio pueblo la idea de la Palabra, la palabra sencilla que no es en sí misma meramente un sonido, sino algo dinámico, la Palabra de Dios por medio de la cual Dios creó el mundo, la Palabra de los targumim que expresaba la misma idea de la acción de Dios, la Sabiduría de la literatura sapiencial, que era el poder eterno, creador e iluminador de Dios. Así pues, Juan decía: «Si quieres ver esa Palabra de Dios, si quieres ver el poder creador de Dios, si quieres ver esa Palabra que llamó al mundo a la existencia y que da la luz y la vida a todo ser humano, mira a Jesucristo. En Él la Palabra de Dios vino entre vosotros.»

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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