El segundo arresto de los apóstoles era inevitable. El Sanedrín les había prohibido terminantemente que siguieran impartiendo enseñanza acerca de la persona de Jesús, y ellos habían desobedecido abiertamente esa orden. La cuestión era doblemente seria para el Sanedrín: los apóstoles eran no sólo herejes, sino alborotadores en potencia. Palestina siempre estaba a punto para una conflagración; y, si aquello no se atajaba, podría originarse un levantamiento popular. Y eso era lo último que querían los sacerdotes y los saduceos, porque haría que intervinieran los romanos.
Puede que no fuera un milagro la liberación de los apóstoles. La palabra ánguelos tiene dos sentidos: puede querer decir un ángel, pero también un mensajero humano. Aun en este segundo caso, el agente de la liberación habría sido un ánguelos del Señor, y su intervención un milagro de la providencia divina cuando una solución humana parecía imposible.
En el relato de los acontecimientos que siguieron a la liberación se reflejan claramente las cualidades de aquellos hombres de Dios.
(i) Eran hombres de valor. La orden de volver a predicar en el Templo le sonaría inaceptable a cualquier persona sensata. Obedecer esa orden era asumir un riesgo insensato. ¡Pero la cumplieron! (ii) Eran hombres de principios, y su principio prioritario era que, en todas las circunstancias, obedecer a Dios era lo más importante. No se preguntaban: «¿Es seguro este curso de acción?», sino: «¿Es esto lo que Dios quiere que hagamos?»
(iii) Tenían una idea clara de su misión. Sabían que eran testigos de Cristo. Un testigo es esencialmente alguien que dice lo que sabe de primera mano. Sabe por propia experiencia que lo que dice es verdad. Y es imposible detener a un hombre así, porque es imposible detener la verdad.
Un aliado inesperado: Hechos 5:33-42
Cuando los del Sanedrín oyeron a los apóstoles decir aquello se pusieron furiosos y querían matarlos. Pero uno de los fariseos, que se llamaba Gamaliel y era respetado por todos como maestro de la Ley, se levantó en medio del Sanedrín, pidió que sacaran a los apóstoles un momento, y dijo: – Israelitas: Miraos bien lo que vas a hacer en el caso de estos hombres. No hace mucho que se presentó Teudas pretendiendo que era el Mesías, y se le unieron unos cuatrocientos hombres; pero le mataron, y todos sus seguidores se dispersaron y el asunto quedó en nada. Y después se presentó el galileo Judas en los días del censo, y convenció a algunos para que se rebelaran con él; pero él también fue eliminado, y se dispersaron todos los que habían creído en él. En la situación presente os aconsejo que no os metáis con estos hombres y que los dejéis en paz; porque, si lo que pretenden y hacen no es más que una cosa humana, se desvanecerá; pero, si procede de Dios, no podréis con ellos. Tened cuidado, no sea que resulte que estáis luchando contra Dios.
El consejo de Gamaliel se aceptó. Trajeron otra vez a los apóstoles, les dieron una paliza y les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron.
Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de que se creyera que merecían algún castigo por su relación con Jesús. Y todos los días, tanto en el Templo como de casa en casa, siguieron enseñando y anunciando la buena noticia de que Jesús era el Mesías.
Los apóstoles encontraron una ayuda inesperada la segunda vez que tuvieron que presentarse ante el Sanedrín: el fariseo Gamaliel. Los saduceos eran ricos colaboracionistas que estaban siempre tratando de mantener su prestigio; pero los fariseos no tenían ambiciones políticas. Su nombre significa «Los Separados», y es verdad que se habían separado de la vida ordinaria para consagrarse a cumplir la ley tradicional en sus más mínimos detalles. Se dice que nunca fueron más de seis mil, y eran respetados por su austeridad.
A Gamaliel no sólo se le respetaba: se le quería. Era un hombre amable, mucho más tolerante que sus compañeros. Entre otras cosas, era uno de los pocos fariseos que no consideraban la cultura griega como pecaminosa. Era uno de los pocos a los que se otorgaba el título honorífico de «Rabbán». Le llamaban « La hermosura de la Ley». Cuando murió, se dijo: «Desde que ha muerto Rabbán Gamaliel ya no se respeta la Ley; y la pureza y la abstinencia murieron con él.»
Cuando parecía probable que el Sanedrín recurriera a medidas violentas para eliminar a los apóstoles, intervino Gamaliel. La doctrina de los fariseos combinaba la soberanía de Dios con el libre albedrío. Creían que todo está en las manos de Dios, pero que el hombre es responsable de sus hechos. «Todo está previsto -decían-, pero hay libertad de elección.» Así que la advertencia de Gamaliel era que tenían que tener cuidado, no fuera que haciendo uso de la libertad se encontraran en oposición a Dios. Si aquello no era cosa de Dios, acabaría en nada de todas formas. Y dio dos ejemplos.
