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Hechos 11: La defensa de Pedro

Los apóstoles y los miembros de la comunidad cristiana de Judea se enteraron de que unos que no eran judíos habían recibido el Evangelio. Y, cuando Pedro subió a Jerusalén, los judíos cristianos se pusieron a discutir con él y a decirle: -¿Qué es eso de que has entrado en casa de paganos incircuncisos y has comido con ellos? Pedro empezó por el principio, y se lo refirió todo paso a paso. -Yo estaba orando en la ciudad de Jope -dijo-, cuando tuve un éxtasis y se me presentó una visión. Era algo así como una lona muy grande que bajaban por los cuatro picos hasta dejarla precisamente delante de mí. Yo me la quedé mirando a ver qué era, y vi que estaba llena de cuadrúpedos terrestres, fieras, reptiles y aves. Y oí una voz que me decía: «¡Venga, Pedro, mata y come!» Y yo respondí: «Nada de eso, señor; porque en mi boca no ha entrado jamás nada contaminado ni inmundo. » Entonces me dijo por segunda vez la voz del cielo: «No debes considerar contaminado lo que Dios ha limpiado.» Esto sucedió tres veces, y luego se lo llevaron todo al cielo.

La importancia que le dio Lucas a este incidente se ve por el doble espacio que le dedica. En los tiempos antiguos, el escritor no podía extenderse indebidamente. Todavía no existían los libros en la forma actual. Se usaban rollos de un material que se llamaba papiro, el antepasado del papel, que se hacía de una pasta que se sacaba de las plantas de aquel nombre. Un rollo no era fácil de manejar, y el más largo tendría unos diez metros, la longitud necesaria para contener todo el libro de Hechos. Lucas tendría una cantidad casi ilimitada de historias que hubiera querido incorporar en su libro. Debe de haber hecho la selección de lo que quería incluir con el máximo cuidado; y, sin embargo, consideró que la historia de Pedro y Comelio era tan importante que había que contarla dos veces.

Lucas tenía razón. No solemos darnos cuenta de lo cerca que estuvo el Cristianismo de no pasar de ser una secta judía, o una nueva forma de judaísmo. Todos los primeros cristianos eran judíos, y toda la tradición y el carácter del judaísmo los habría movido a guardar esta nueva maravilla para sí mismos, y a creer que Dios no podía haber pretendido que fuera también para los gentiles. Lucas ve este incidente como un hito importante en la carretera que la Iglesia iba recorriendo en su caminar hacia una concepción de un mundo para Cristo.

Una historia convincente

-En ese mismo momento- siguió relatando Pedro llegaron tres hombres a la casa donde estábamos alojados. Me los habían mandado desde Cesárea. El Espíritu me dijo que no dudara en ir con ellos. Estos seis miembros de la congregación vinieron conmigo, y entramos en la casa del hombre. Él nos contó que había visto un ángel que se le había aparecido en su casa, que le había dicho: «Manda mensajeros a Jope que te traigan a un tal Simón al que llaman Pedro.

Él te dirá cómo podéis salvaros tú y todos los de tu casa. » En cuanto empecé a hablar, el Espíritu Santo descendió sobre ellos, como también había descendido sobre nosotros al principio. Yo me acordé de lo que nos había dicho él Señor: «Juan bautizaba con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo.» Entonces, si Dios les dio, cuando creyeron en el Señor Jesucristo, el mismo Don que nos había dado a nosotros cuando creímos, ¿quién era yo para ponerle cortapisas a Dios? ¿Iba yo a enmendarle la plana a Él?

Cuando oyeron el informe de Pedro, olvidaron inmediatamente sus objeciones y se pusieron a alabar a Dios y a decir: -¡Conque Dios les ha concedido también a los gentiles que se arrepientan para recibir la Vida eterna! La falta por la que llamaron a capítulo a Pedro era que había comido con gentiles (versículo 3). Había violado la ley ancestral y las tradiciones de su pueblo. La defensa de Pedro no fue una discusión, sino una simple exposición de los hechos. Dijeran lo que dijeran sus críticos, el Espíritu Santo había descendido sobre esos gentiles de una manera indiscutible. En el versículo 12 hay un detalle significativo: Pedro dice que llevó a seis hermanos consigo. Es decir, que eran siete en total. Según la ley de Egipto, que los judíos conocían muy bien, siete testigos formaban el quórum para tomar ciertos acuerdos. En la ley romana, que también conocerían bien, hacían falta siete sellos para autenticar un documento verdaderamente importante. Así es que Pedro estaba diciendo realmente: «No voy a discutir con vosotros. Os estoy dando los hechos, y aquí estamos siete testigos. El caso está probado.»

La prueba del Evangelio siempre se da con hechos. Es dudoso que nadie se haya convertido al Cristianismo después de escuchar pruebas verbales o demostraciones lógicas. La demostración del Evangelio es que funciona, que cambia a las personas, que hace buenos a los malos y que comunica el Espíritu de Dios. Cuando las obras desmienten a las palabras, no se puede creer; pero, cuando las palabras están garantizadas por las obras, no hay argumento en el mundo que las pueda desmentir.

Maravillas en Antioquía

Los cristianos que se habían dispersado de resultas de las dificultades que surgieron con lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía; pero no les hablaban del Evangelio nada más que a los judíos. Pero iban entre ellos unos que procedían de Chipre y de Cirene que, cuando llegaron a Antioquía, también hablaron con los griegos y les dieron la Buena Noticia del Señor Jesús. El Señor estaba de su parte, y un número considerable creyó y se convirtió al Señor.

En un estilo comprimido, este pasaje nos cuenta uno de los más grandes acontecimientos de la Historia. Ahora sí, por primera vez y a sabiendas, se predica el Evangelio a los gentiles. Todo ha ido conduciendo a este acontecimiento. Ha habido tres peldaños en la escalera. El primero, Felipe predicando a los samaritanos; pero, después de todo, los samaritanos eran medio judíos y formaban, como si dijéramos, un puente entre los judíos y el resto del mundo. El segundo, Pedro recibiendo a Comelio; pero había sido Comelio el que había tomado la iniciativa. No había sido la Iglesia Cristiana la que había buscado a Comelio, sino al revés. Además, se hace hincapié en que Cornelio era temeroso de Dios y, por tanto, estaba al borde de la fe de Israel. El tercero, la Iglesia no fue en Antioquía a judíos o medio judíos, ni esperó a que los gentiles se le acercaran buscando ser admitidos, sino que les predicó el Evangelio a los gentiles. La Iglesia aquí se lanza en su misión universal.

Aquí tenemos algo verdaderamente sorprendente. La Iglesia ha dado el paso más trascendental, y no sabemos ni los nombres de los que lo hicieron; sólo que eran de Chipre y de Cirene. Han pasado a la Historia como anónimos pioneros de Cristo.

Siempre ha sido una de las tragedias de la Iglesia que ha habido en ella quienes querían que se los tuvieran en cuenta y se los nombrara cuando hacían algo que merecía la pena. Lo que siempre ha necesitado la Iglesia, tal vez lo que más, son personas que no tienen interés en que se les reconozca con tal de que se haga el trabajo. Puede que los nombres de esos pioneros cristianos no figuren en los libros de historia; pero están en el Libro de la Vida del Cordero.

Otro detalle interesante es que en este pasaje empieza una sección del Libro de los Hechos en la que Antioquía ocupa el centro de la escena. Antioquía era la tercera ciudad del mundo, sólo detrás de Roma y Alejandría. Estaba cerca de la desembocadura del río Orontes, a veinticinco kilómetros del mar Mediterráneo. Era una ciudad preciosa y cosmopolita; pero era también proverbial su inmoralidad. Era famosa por sus carreras de carros, y por cierta búsqueda deliberada del placer que ocupaba días y noches; pero por lo que era más famosa era por el culto de Dafne, cuyo templo estaba retirado ocho kilómetros entre bosquecillos de laurel. Según la leyenda, Dafne había sido una joven de la que se había enamorado Apolo, que la había perseguido hasta que ella, para su seguridad, se transformó en un laurel. Las sacerdotisas del templo de Dafne eran prostitutas sagradas, y por las noches representaban la persecución de los adoradores y las sacerdotisas. «La moralidad de Dafne» era una frase que se usaba en todo el mundo para referirse a la vida desenfrenada. Parece increíble, pero es verdad que fue en esta ciudad donde el Evangelio dio el gran paso hacia adelante que lo convirtió en una fe universal. Si lo recordamos, reconoceremos que no hay situación desesperada para Dios.

La sabiduría de Bernabé

Lo que estaba sucediendo en Antioquía llegó a oídos de la congregación que estaba en Jerusalén, y comisionaron a Bernabé para que fuera a Antioquía. Cuando llegó y vio la evidencia de la gracia de Dios en acción, se alegró mucho, y exhortó a todos a que siguieran fieles al Señor sin vacilar. Y es que Bernabé era un hombre bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. El número de los seguidores del Señor se multiplicaba. Seguidamente, Bernabé se fue a Tarso a buscar a Saulo; y, cuando le encontró, se le trajo a Antioquía, donde pasaron los dos un año como huéspedes de aquella iglesia enseñando a toda aquella gente. Fue en Antioquía donde llamaron « cristianos» por primera vez a los seguidores de Cristo.

Cuando los responsables de la iglesia de Jerusalén tuvieron noticias de lo que estaba pasando en Antioquía, hicieron lo posible por investigar la situación.

Y fue inspiración de Dios que mandaran a Bemabé. Podían haber mandado a otro más rígido, y que no viera más allá de la ley judía tradicional; pero enviaron al que tenía el corazón más grande. Bernabé ya había introducido a Pablo y había salido su fiador cuando todos sospechaban de él (Hechos 9:27). Bernabé ya había dado pruebas de amor cristiano y de generosidad hacia los hermanos necesitados (Hechos 4: 36s). Y ahora, cuando Bernabé vio que los gentiles entraban a participar de la comunión de la Iglesia, se alegró mucho. Pero se dio cuenta de que allí hacía falta alguien que estuviera a cargo de aquel trabajo, alguien que participara de las dos culturas, un judío educado en la tradición de Israel pero que pudiera entender a los gentiles igualmente. Se necesitaba un hombre valiente, porque Antioquía no era un lugar fácil para un líder cristiano; y tenía que ser hábil en la discusión para resistir los ataques de judíos y de gentiles.

Bernabé tenía el retrato robot del hombre que se necesitaba. No sabemos nada de Pablo en los nueve años anteriores aproximadamente.

La última vez que se le mencionó fue cuando escapó a Tarso via Cesárea (Hechos 9:30). Sin duda había estado testificando de Cristo esos nueve años en su pueblo natal; pero ahora se le presentaba la tarea para la que había sido escogido, y Bemabé, con profunda sabiduría, le puso al frente.

Fue en Antioquía donde llamaron por primera vez cristianos a los seguidores de Jesús. El nombre empezó siendo un mote.

Los de Antioquía eran famosos por su habilidad en poner motes. Más adelante, el barbado emperador Juliano vino a visitarlos, y le pusieron de mote «El Cabrón» -en la primera acepción. La terminación latina -iani quiere decir pertenecientes al partido de; por ejemplo, Caesariani quiere decir los que pertenecen al partido del César. Cristianos quiere decir Los de Cristo. Era un apodo despectivo; pero los cristianos se lo apropiaron y lo dieron a conocer en todo el mundo. Por sus vidas lo convirtieron, no en un nombre de burla, sino de respeto y hasta de admiración.

Ayuda en la necesidad

Por aquel tiempo bajaron profetas de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, que se llamaba Agabo, se puso en pie y dio una profecía del Espíritu en la que anunciaba que habría una hambruna en todo el mundo habitado -cosa que sucedió realmente en tiempos del emperador Claudio. Los cristianos de Antioquía decidieron enviar una ayuda a la comunidad cristiana de Jerusalén, contribuyendo cada uno con lo que podía; y así lo hicieron, enviando la colecta a los ancianos por conducto de Bernabé y Saulo.

Aquí aparecen profetas en la escena. En la Iglesia Primitiva tenían una gran importancia. Se los vuelve a mencionar en Hechos 13:1; 15:32; 21: 9s. En la Iglesia Primitiva, hablando en general, había tres clases de líderes.

(i) Estaban los Apóstoles. Su autoridad no se circunscribía a un lugar determinado, sino que se reconocía en toda la Iglesia; se los consideraba, en un sentido muy real, los sucesores de Jesús.

(ii) Estaban los Ancianos. Eran los responsables locales, y su autoridad se confinaba a la iglesia local que los había escogido.

(iii) Y estaban los Profetas. Su ministerio se veía en el nombre. Profeta quiere decir, no solamente el que vaticina hechos futuros, sino el que proclama la Palabra de Dios. Es verdad que, a veces, anunciaban el futuro; pero, más generalmente, proclamaban la voluntad de Dios. No estaban circunscritos a un lugar o a una iglesia determinados, y eran respetados en toda la Iglesia. La Doctrina de los Doce Apóstoles es un documento cristiano del año 100 d.C. aproximadamente, que es en realidad el primer libro de orden eclesiástico.

En él se establece, por ejemplo, el orden del culto de comunión; pero se dice a continuación que los profetas pueden hacer el culto como a ellos les parezca. Se sabía que tenían dones especiales, pero también había peligros. Se podía pretender ser profeta por motivos indignos; es decir, que había también falsos profetas, que no eran más que parásitos de la iglesia. La misma Doctrina de los Doce Apóstoles advierte contra el «profeta» que pretende usar la profecía para pedir dinero o una comida; establece que hay que darle hospitalidad al profeta por una noche, pero que si quiere quedarse más tiempo sin trabajar es un falso profeta. Podría ser conveniente seguir hoy en día muchos de estos consejos.

Este pasaje es muy significativo, porque nos descubre hasta qué punto ya se era consciente de la unidad de la Iglesia. Cuando había una hambruna en Palestina, el primer instinto de la Iglesia de Antioquía era ayudar. Era inconcebible que una parte de la Iglesia tuviera problemas, y otra parte de ella no hiciera nada para ayudar. Estaban lejos de la idea congregacionalista más estrecha; tenían esa amplitud de visión que les permitía ver la Iglesia en su conjunto.

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