Maravillas en Antioquía
Los cristianos que se habían dispersado de resultas de las dificultades que surgieron con lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía; pero no les hablaban del Evangelio nada más que a los judíos. Pero iban entre ellos unos que procedían de Chipre y de Cirene que, cuando llegaron a Antioquía, también hablaron con los griegos y les dieron la Buena Noticia del Señor Jesús. El Señor estaba de su parte, y un número considerable creyó y se convirtió al Señor.
En un estilo comprimido, este pasaje nos cuenta uno de los más grandes acontecimientos de la Historia. Ahora sí, por primera vez y a sabiendas, se predica el Evangelio a los gentiles. Todo ha ido conduciendo a este acontecimiento. Ha habido tres peldaños en la escalera. El primero, Felipe predicando a los samaritanos; pero, después de todo, los samaritanos eran medio judíos y formaban, como si dijéramos, un puente entre los judíos y el resto del mundo. El segundo, Pedro recibiendo a Comelio; pero había sido Comelio el que había tomado la iniciativa. No había sido la Iglesia Cristiana la que había buscado a Comelio, sino al revés. Además, se hace hincapié en que Cornelio era temeroso de Dios y, por tanto, estaba al borde de la fe de Israel. El tercero, la Iglesia no fue en Antioquía a judíos o medio judíos, ni esperó a que los gentiles se le acercaran buscando ser admitidos, sino que les predicó el Evangelio a los gentiles. La Iglesia aquí se lanza en su misión universal.
Aquí tenemos algo verdaderamente sorprendente. La Iglesia ha dado el paso más trascendental, y no sabemos ni los nombres de los que lo hicieron; sólo que eran de Chipre y de Cirene. Han pasado a la Historia como anónimos pioneros de Cristo.
Siempre ha sido una de las tragedias de la Iglesia que ha habido en ella quienes querían que se los tuvieran en cuenta y se los nombrara cuando hacían algo que merecía la pena. Lo que siempre ha necesitado la Iglesia, tal vez lo que más, son personas que no tienen interés en que se les reconozca con tal de que se haga el trabajo. Puede que los nombres de esos pioneros cristianos no figuren en los libros de historia; pero están en el Libro de la Vida del Cordero.
Otro detalle interesante es que en este pasaje empieza una sección del Libro de los Hechos en la que Antioquía ocupa el centro de la escena. Antioquía era la tercera ciudad del mundo, sólo detrás de Roma y Alejandría. Estaba cerca de la desembocadura del río Orontes, a veinticinco kilómetros del mar Mediterráneo. Era una ciudad preciosa y cosmopolita; pero era también proverbial su inmoralidad. Era famosa por sus carreras de carros, y por cierta búsqueda deliberada del placer que ocupaba días y noches; pero por lo que era más famosa era por el culto de Dafne, cuyo templo estaba retirado ocho kilómetros entre bosquecillos de laurel. Según la leyenda, Dafne había sido una joven de la que se había enamorado Apolo, que la había perseguido hasta que ella, para su seguridad, se transformó en un laurel. Las sacerdotisas del templo de Dafne eran prostitutas sagradas, y por las noches representaban la persecución de los adoradores y las sacerdotisas. «La moralidad de Dafne» era una frase que se usaba en todo el mundo para referirse a la vida desenfrenada. Parece increíble, pero es verdad que fue en esta ciudad donde el Evangelio dio el gran paso hacia adelante que lo convirtió en una fe universal. Si lo recordamos, reconoceremos que no hay situación desesperada para Dios.
La sabiduría de Bernabé
Lo que estaba sucediendo en Antioquía llegó a oídos de la congregación que estaba en Jerusalén, y comisionaron a Bernabé para que fuera a Antioquía. Cuando llegó y vio la evidencia de la gracia de Dios en acción, se alegró mucho, y exhortó a todos a que siguieran fieles al Señor sin vacilar. Y es que Bernabé era un hombre bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. El número de los seguidores del Señor se multiplicaba. Seguidamente, Bernabé se fue a Tarso a buscar a Saulo; y, cuando le encontró, se le trajo a Antioquía, donde pasaron los dos un año como huéspedes de aquella iglesia enseñando a toda aquella gente. Fue en Antioquía donde llamaron « cristianos» por primera vez a los seguidores de Cristo.
Cuando los responsables de la iglesia de Jerusalén tuvieron noticias de lo que estaba pasando en Antioquía, hicieron lo posible por investigar la situación.
Y fue inspiración de Dios que mandaran a Bemabé. Podían haber mandado a otro más rígido, y que no viera más allá de la ley judía tradicional; pero enviaron al que tenía el corazón más grande. Bernabé ya había introducido a Pablo y había salido su fiador cuando todos sospechaban de él (Hechos 9:27). Bernabé ya había dado pruebas de amor cristiano y de generosidad hacia los hermanos necesitados (Hechos 4: 36s). Y ahora, cuando Bernabé vio que los gentiles entraban a participar de la comunión de la Iglesia, se alegró mucho. Pero se dio cuenta de que allí hacía falta alguien que estuviera a cargo de aquel trabajo, alguien que participara de las dos culturas, un judío educado en la tradición de Israel pero que pudiera entender a los gentiles igualmente. Se necesitaba un hombre valiente, porque Antioquía no era un lugar fácil para un líder cristiano; y tenía que ser hábil en la discusión para resistir los ataques de judíos y de gentiles.

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Irisbelia Otero
Amén