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Hechos 8: Estragos en la iglesia

La desavenencia entre los judíos y los samaritanos era una antigua cuestión histórica. En el siglo VIII a.C., los asirios conquistaron el Reino del Norte, cuya capital era Samaria. Siguiendo la costumbre que ellos mismos habían implantado, deportaron a la mayor parte de la población e importaron allí a otros de otras naciones. En el siglo VI a.C., los babilonios conquistaron el Reino del Sur, cuya capital era Jerusalén, y deportaron a la mayor parte de sus habitantes a Babilonia; éstos se propusieron no perder su identidad, y siguieron siendo judíos a machamartillo. En el siglo V a.C. se les permitió volver con Esdras y Nehemías, y reconstruir su capital arruinada. Mientras tanto, los del Reino del Norte que se habían quedado en Palestina se habían mezclado con los extranjeros que los asirios habían traído de otros lugares y razas. Cuando los del Sur volvieron y se pusieron a reconstruir Jerusalén, los de Samaria les ofrecieron ayuda; pero aquellos la rechazaron despectivamente, considerando que los samaritanos no eran ya israelitas puros. Desde aquel momento siempre ha existido una rotura y aun un odio implacable entre judíos y samaritanos.

El hecho de que Felipe predicara el Evangelio de Jesucristo en Samaria es una prueba de que la Iglesia estaba dando uno de los pasos más importantes de su historia, tal vez inconscientemente, y descubriendo que Jesús es el Salvador de todo el mundo.

Sabemos muy poco de Felipe; pero él fue uno de los artífices de la Iglesia Cristiana.

Debemos fijarnos en lo que el Cristianismo aportó a aquella gente:

(i) Le trajo la historia de Jesús, el mensaje del amor de Dios revelado en Jesucristo.

(ii) Les trajo sanidad. El Cristianismo no ha sido nunca algo exclusivamente de palabras.

(iii) Les trajo, como una consecuencia natural, una alegría que los samaritanos no habían experimentado nunca antes. Es un cristianismo descafeinado el que produce una atmósfera lúgubre; el Evangelio irradia alegría.

Lo que no se puede comprar ni vender

Cuando los apóstoles oyeron en Jerusalén que Samaria había recibido el Evangelio, comisionaron a Pedro y a Juan para que fueran a ver. Y Pedro y Juan, cuando llegaron, oraron para que los samaritanos convertidos recibieran el Espíritu Santo, porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino solamente se habían bautizado en el Nombre del Señor Jesús. Entonces Pedro y Juan les impusieron las manos, y los convertidos recibieron el Espíritu Santo.

Cuando Simón vio que el Espíritu Santo se impartía mediante la imposición de manos de los apóstoles, les ofreció dinero y les dijo: -Dadme a mí también este don de hacer que reciban el Espíritu Santo cuando yo imponga las manos. -¡Tú piérdete con tu dinero, por pensar que puedes comprar lo que Dios otorga gratuitamente! Tú no tienes arte ni parte aquí, porque tu corazón no es como es debido con Dios. ¡Arrepiéntete de tu maldad, y pídele a Dios que te perdone, si es posible, el que se te ocurriera tal cosa! Veo que tienes el corazón más amargo que la hiel y más negro que una mazmorra. -Pedid vosotros por mí al Señor -dijo Simón-, para que no me suceda nada de lo que habéis dicho.

Pedro y Juan, después de comunicarles a los samaritanos el mensaje del Señor y demostrarles su verdad con pruebas irrefutables, se volvieron para Jerusalén predicando el Evangelio en muchos otros pueblos samaritanos.

Simón no era un tipo tan raro en el mundo antiguo. Había muchos astrólogos, adivinos y magos, y en una época tan crédula ejercían una gran influencia y se ganaban la vida cómodamente. No hay nada de sorprendente en esta historia, cuando aun en nuestros tiempos no se han acabado los adivinos y los astrólogos, como se puede ver en muchas revistas populares. No hay que pensar que Simón y sus congéneres eran timadores profesionales. Muchos de ellos se habían engañado a sí mismos y creían en sus poderes antes de engañar a otros.

Para entender lo que pretendía Simón tenemos que comprender algo del ambiente y de la práctica de la Iglesia Primitiva. La venida del Espíritu Santo sobre una persona se relacionaba con ciertos fenómenos visibles y audibles, sobre todo con el don de lenguas (véase Hechos 10:44-46). En el judaísmo, la práctica de la imposición de manos era bastante corriente, y con ella se creía que se transferían ciertas cualidades de una persona a otra. No tenemos que pensar que esto representara un punto de vista materialista de la comunicación del Espíritu Santo; más bien se pone el acento en el carácter del que impone las manos. Los apóstoles eran respetados hasta tal punto que el mero hecho de sentir el contacto de sus manos era una profunda experiencia espiritual. Si se me permite hacer referencia a una experiencia personal, yo recuerdo que me llevaron a ver a un hombre que había sido uno de los grandes hombres de Dios de la Iglesia. Yo era muy joven, y él muy anciano. Me dejaron a solas con él un momento, y en ese instante puso sus manos sobre mi cabeza y me bendijo. De esto hace más de cincuenta años, pero todavía puedo sentir la profunda impresión de aquel momento. Algo así era la imposición de manos en la Iglesia Primitiva.

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