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Isaías 32: Visión de un reinado de justicia

Isaías 32:18  Entonces habitará mi pueblo en albergue de paz, en mansiones seguras y en moradas de reposo;

Habitaciones, mishchan: Un tabernáculo, una morada, un lugar de residencia o un aposento. Mishchan aparece más de 130 veces en el Antiguo Testamento «casi 100 de ellas en éxodo», para describir el tabernáculo en Silo y hasta las habitaciones de los impíos. La raíz de mishchan es shachan  que quiere decir «morar, residir, radicar, vivir, habitar». Por lo tanto, mishchan literalmente significa «lugar de residencia». De la raíz shachan proviene también Shekinah  que significa «la eterna gloria y presencia» de  Dios. Esta palabra no se encuentra en el Antiguo Testamento, sino que nos llega a través de escritos judíos tardíos.

Isaías 32:19  aunque caiga granizo cuando el bosque caiga, y la ciudad sea derribada por completo.

Isaías 32:20  ¡Cuán bienaventurados seréis vosotros los que sembráis junto a todas las aguas, y dejáis sueltos al buey y al asno!

Visión de un reinado de justicia

Como el llamado al arrepentimiento en los versículos 6 y 7, también las palabras de esperanza por un nuevo y glorioso orden de cosas que reemplace el presente son concomitantes del mensaje profético, y aparecen tras los anuncios del severo juicio de  Dios.

En la mayoría de las veces es difícil pensar que el profeta se refiera con sus palabras a un nuevo rey que sustituya de inmediato al actual. Sin embargo, jamás cruzó la mente ni el corazón del profeta un cambio de dinastía o el advenimiento de un rey que no fuera de la casa de David. La expectativa mesiánica deriva de esta esperanza profética.

El ideal de la justicia y el derecho estará personificado en ese rey que vendría. Aquel hombre y su desempeño serían muy benéficos para el pueblo). Como un factor central de este reinado, la profecía no sería acallada ni descartada, pues ella nutriría la esencia misma del reinado ideal (v. 3). Será un ámbito de libertad y de oportunidad para todos, tanto que aun la lengua de los tartamudos hablará con fluidez y claridad. Sin embargo, puesto que esto no es en sí un reino en el cielo, no faltarán los hombres viles y canallas. Hay que ser realistas como lo eran los profetas. Pero éstos no serán confundidos en la sociedad con los nobles y los generosos.

Ruina y restauración del pueblo

Esta sección empieza enfocando uno de los aspectos sintomáticos de la ruina del pueblo: el papel de la mujer en la aristocracia y en la clase dirigente del país; su extrema confianza en una providencia que les parece automática y bien merecida, y su indolencia ante los problemas de la nación, como si ellas no constituyeran el 50 por ciento de la humanidad o no tuvieran una influencia definitiva en los que dirigen los destinos de la nación. Ellas comparten la culpa que hará que la tierra sea abandonada a los cardos y espinos, incluso los palacios donde había tanto regocijo.

Este estado de juicio de desolación contra la tierra, por culpa de sus habitantes, continuará hasta que el Espíritu de lo alto sea derramado sobre el pueblo de  Dios. Entonces también la naturaleza reflejará el factor vital que está en operación: … el desierto se transformará en un campo fértil y la práctica del derecho y la justicia producirán un estado de verdadera paz.

En los versículos 19 y 20, y en 33:1, hay dos pensamientos un tanto aislados, pero que cumplen la función de mostrar la amarga realidad a partir de la cual el profeta remonta el vuelo de la esperanza mesiánica. Los versículos 19 y 20 tienen como propósito alentar a los fieles en medio de circunstancias tan trágicas como la caída de todo un bosque (símbolo de los hombres fuertes que defienden la nación) y el total abatimiento de la ciudad (el profeta tiene en mente a Jerusalén; y en 33:1 tiene en mente a los asirios, los destructores de su nación). Pero expresa un “¡ay!” para ellos, porque a su debido tiempo el juicio divino se desatará también contra el destructor.

El tiempo de esta profecía coincide con el comienzo del asedio de Jerusalén por los ejércitos de Senaquerib, en el año 701 a. de J.C.

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