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Jeremías 43: La emigración a Egipto

Jeremías 43:10  y diles: «Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: ‹He aquí, enviaré a traer a Nabucodonosor, rey de Babilonia, siervo mío, y pondré su trono sobre estas piedras que he escondido, y él extenderá su pabellón sobre ellas.

Un texto en el Museo Británico confirma la expedición punitiva que organizó Nabucodonosor contra el faraón Amasis de Egipto en el 568 y el 567 a.C. Nabucodonosor invadió Egipto en 568-567 a.C. Al igual que Judá, Egipto se rebeló en su contra y pronto lo aplastaron. ¡Demasiado para el gran imperio en que Judá depositó siempre sus esperanzas!

Jeremías 43:11  ‹Vendrá y herirá la tierra de Egipto; los que sean para la muerte, a la muerte, los que para el cautiverio, al cautiverio, y los que para la espada, a la espada.

Jeremías 43:12  ‹Y prenderá fuego a los templos de los Dioses de Egipto, los quemará, y se llevará cautivos a sus ídolos. Y se envolverá de la tierra de Egipto como el pastor se envuelve con su capa, y saldrá de allí en paz.

Jeremías 43:13  ‹También quebrará los obeliscos de Heliópolis, que está en la tierra de Egipto, y prenderá fuego a los templos de los Dioses de Egipto.›»

Las estatuas : Obeliscos, a los cuales debe su fama Heliópolis. Bet – semes : El templo del sol en Egipto. Se alude a Heliópolis, cerca de Menfis, no a Bet-semes en Judá.

Los Jefes fugitivos se llevan a Jeremías.

Las palabras del profeta son desoídas, ya que las consideran inspiradas por Baruc, y los jefes judíos se llevan a la fuerza al pueblo hacia Egipto, y entre ellos al propio profeta con su secretario Baruc. Es una nueva prueba terrible para el profeta de Anatot, que había querido quedar en su patria consolando a los pobres judíos, desmoralizados por la derrota.

Una vez en la tierra de los faraones, continúa su misión de profeta anunciando males. Por una acción simbólica, vaticina la invasión de Egipto por Nabucodonosor, que destruirá los palacios y templos del país.

Los interlocutores de Jeremías no vieron en su respuesta sino el eco de una opinión particular de su secretario Baruc, sin reconocer carácter divino a su oráculo. Era dudar de la veracidad del profeta. Baruc, principal colaborador de Jeremías en su predicación en favor de una rendición a los babilonios, había sido tratado con deferencia particular por los conquistadores. Por eso, personalmente nada tenía que temer de ellos. En cambio, los jefes judíos habían luchado contra ellos, y de seguro — humanamente hablando — que habían de caer represalias mortales sobre ellos. No quieren exponerse a tales peligros, y saben que no se hallarán tan seguros como Baruc, que los invita a permanecer en el país. Le atribuyen, pues, a Baruc intenciones siniestras contra ellos: te incita contra nosotros para entregarnos a los caldeos. Contra la voluntad del profeta, le obligaron a él y a su secretario a acompañarlos en la fuga. No sabemos las razones que pudieran tener los jefes para llevarse a Jeremías. Ni sabemos tampoco el grado de resistencia que éste les opuso. Quizá ante la inevitable partida para Egipto del pueblo, al que tanto amaba, quiso acompañarles para ser el guía espiritual en una nación pagana, con el ánimo de evitar cayesen en las prácticas idolátricas. Quizá los jefes tenían particular interés en que les acompañara el profeta, que gozaba de gran prestigio en el pueblo. Su presencia ayudaría a mantener el espíritu nacional religioso de los fugitivos. En los planes de Dios, Jeremías debía continuar su oficio de “centinela” siempre avizor de los peligros espirituales de su pueblo, y en su función de “arrancar y desenraizar pueblos,” como preámbulo para después “edificar y plantar.”

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