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Jesús enseña sobre el enojo

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Jesús enseña sobre el enojo

Ustedes han oído que a sus antepasados se les dijo: ‹No mates, pues el que mate será condenado.› Pero yo les digo que cualquiera que se enoje con su hermano, será condenado. Al que insulte a su hermano, lo juzgará la Junta Suprema; y el que injurie gravemente a su hermano, se hará merecedor del fuego del infierno. Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda. ¿Por qué no juzgas por ti mismo lo que es justo? Si alguien te demanda y vas con él a presentarte a la autoridad, procura llegar a un acuerdo con él mientras todavía estés a tiempo, para que no te entregue al juez; porque si no, el juez te entregará a los guardias y te meterán en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último centavo. Mateo 5:21-26; Lucas 12.57-59 

La nueva autoridad

Esta sección de las enseñanzas de Jesús es una de las más importantes del Nuevo Testamento. Antes de estudiarla en detalle hay ciertas cosas generales que debemos mencionar. Jesús habla en ella con una autoridad que ningún otro hombre soñaría con atribuirse. La autoridad que Jesús asumió sorprendía siempre a los que entraban en contacto con Él. Al principio mismo de Su ministerio, después de predicar en la sinagoga de Cafarnaum, se nos dice de Sus oyentes: «Y se admiraban de Su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Marcos 1:22). Mateo concluye su relato del Sermón del Monte diciendo: «Cuando terminó Jesús estas palabras, la gente estaba admirada de Su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mateo 7:28). Nos es difícil darnos cuenta exactamente de lo sorprendente que debe de haberles parecido a los judíos que Le escuchaban esta autoridad de Jesús.

Para los judíos, la Ley era absolutamente santa y divina; es imposible exagerar hasta qué punto la reverenciaban. «La Ley -decía Aristeas- es santa, y ha sido dada por Dios.» «Sólo los decretos de Moisés -decía Filón- son perdurables, inalterables e inamovibles, como si la naturaleza misma los hubiera firmado con su sello.» Los rabinos decían: «Los que niegan que la Ley procede del Cielo no tienen parte en el mundo venidero.» Y también: «Hasta si uno dice que la Ley es de Dios con la excepción de este o aquel versículo que dijo Moisés, no Dios, hablando por su boca, entonces se le aplica el juicio. Ha despreciado la Palabra del Señor: ha dado muestras de la irreverencia que merece la destrucción de su alma.» Lo primero en el culto de la sinagoga era sacar los libros de la Ley del arca donde se guardaban, y el llevarlos dando la vuelta a la congregación, para que esta pudiera mostrarles su reverencia. Eso era lo que los judíos pensaban de la Ley; y aquí Jesús cita la Ley no menos de cinco veces sólo para contradecirla y sustituirla por Su propia enseñanza.: Ustedes han oído que a sus antepasados se les dijo: ‹No mates, pues el que mate será condenado. (Mateo 5:21), Ustedes han oído que se dijo: ‹No cometas adulterio. (Mateo 5:27), También han oído ustedes que se dijo a los antepasados: ‹No dejes de cumplir lo que hayas ofrecido al Señor bajo juramento. (Mateo 5:33), Ustedes han oído que se dijo: ‹Ojo por ojo y diente por diente (Mateo 5:38), También han oído que se dijo: ‹Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. (Mateo 5: 43). Se atribuía el derecho de indicar las deficiencias de las Escrituras más sagradas del mundo, y corregirlas con Su propia sabiduría.

Los griegos definían exusía, autoridad, como «el poder para añadir o quitar a voluntad.» Jesús reclamaba ese poder aun en relación con lo que los judíos creían que era la Palabra eterna e inmutable de Dios. Esto no lo discutió Jesús, ni se puso a justificarse de ninguna manera por hacerlo, ni trató de demostrar su derecho a hacerlo. Reposadamente y sin cuestión asumió ese derecho. Nadie había oído nunca nada semejante. Los grandes maestros judíos usaban frases características en su enseñanza. La frase característica del profeta era: «Así dice el Señor.» No pretendía tener ninguna autoridad personal; lo único que pretendía era hablar lo que Dios le había dicho. La frase característica del escriba y del rabino era: «Hay una enseñanza acerca de…» El escriba o el rabino jamás se atrevían a expresar ni siquiera una opinión propia a menos que pudieran respaldarla con citas de los grandes maestros del pasado. La independencia era la última cualidad que se atribuirían. Pero para Jesús una afirmación no requería más autoridad que el hecho de que Él la hiciera. Él era Su propia autoridad. Una de dos: O Jesús era un loco, o era único; o era un megalómano, o era el Hijo de Dios.

Ninguna persona ordinaria podría atreverse a cambiar lo que se consideraba la eterna Palabra de Dios. Lo maravilloso de la autoridad es que es autoevidente. Tan pronto como una persona se pone a enseñar se sabe inmediatamente si tiene derecho a enseñar o no. La autoridad es como una atmósfera alrededor de una persona. No necesita atribuírsela; o la tiene, o no.

Las orquestas que tocaron bajo la dirección de Toscanini decían que tan pronto como ocupaba el atril podían sentir una ola de autoridad que fluía de él. Julian Duguid cuenta que una vez cruzó el Atlántico en el mismo barco que Wilfred Grenfell; y dice que cuando Grenfell entraba en alguna de las habitaciones públicas del barco, se podía decir (sin dirigirle la mirada) que había entrado en la habitación; porque una ola de autoridad salía del hombre. Era supremamente así con Jesús. Jesús tomaba la sabiduría humana más elevada y la corregía, porque Él era el Que era. No tenía que discutir; Le bastaba con hablar. Nadie puede honradamente estar cara a cara con Jesús y escucharle sin sentir que es la última Palabra de Dios al lado de Quien todas las otras palabras son inadecuadas, y toda otra sabiduría, desfasada.

El nuevo nivel

Pero aunque el acento de autoridad de Jesús era alucinante, aún lo era más el nivel que proponía a los hombres. Jesús decía que, ante Dios, no era solamente culpable el hombre que cometiera asesinato; el que se enfadaba con su hermano sería juzgado y hallado culpable. No era solamente culpable el que cometiera adulterio; el que permitiera que un deseo impuro se le asentara en el corazón también sería culpable. Aquí había algo que era completamente nuevo, algo que la humanidad no ha captado todavía suficientemente. La enseñanza de Jesús era que no era suficiente no cometer asesinato; lo único que sería suficiente sería no haber deseado nunca cometer asesinato. La enseñanza de Jesús era que no era bastante no cometer adulterio; lo único suficiente sería no desear siquiera cometerlo nunca.

Puede que no hayamos golpeado nunca a una persona; pero, ¿quién puede decir que nunca deseó hacerlo? Puede que nunca hayamos cometido adulterio; pero, ¿quién puede decir que ha experimentado nunca el deseo de lo prohibido? La enseñanza de Jesús era que los pensamientos son tan importantes como las obras, y que no basta con no cometer pecado; lo que sí bastaría sería no querer cometerlo. La enseñanza de Jesús era que no se juzga solamente a una persona por sus obras, sino aún más por los deseos que nunca se materializaron en obras. Según los niveles del mundo, una persona es una buena persona si no hace nunca lo que está prohibido. A1 mundo no le concierne juzgar los pensamientos. Pero para el nivel de Jesús, una persona no es buena hasta que ni siquiera desea hacer lo prohibido. Jesús está intensamente preocupado con los pensamientos de una persona. De esto surgen tres cosas.

(i) Jesús estaba totalmente en lo cierto, porque Su camino es el único que conduce a la salvación y a la seguridad.

Hasta cierto punto todos tenemos una personalidad dividida. Hay una parte de nosotros que es atraída al bien, y otra parte de nosotros que es atraída al mal. Mientras una persona sea así, se está librando una batalla en su interior. Una voz la está incitando a tomar la cosa prohibida; la otra voz se lo está prohibiendo. Platón comparaba el alma con un auriga que tuviera que gobernar dos caballos. Uno era dócil y obediente a las riendas y a la palabra de mando; el otro, salvaje, indómito y rebelde. El nombre de un caballo era la razón; el del otro, la pasión. La vida es siempre un conflicto entre las exigencias de las Pasiones y el control de la razón. La razón son las riendas que mantienen las pasiones a raya. Pero, las riendas se pueden romper en cualquier momento. El dominio propio puede bajar la guardia un instante, ¿y qué sucede entonces? Mientras exista esta tensión interior, este conflicto interior, la vida se mantiene insegura. En tales circunstancias no hay tal cosa como estar a salvo. La única manera, nos dice Jesús, es erradicar para siempre el deseo de lo prohibido. Sólo entonces está a salvo la vida.

(ii) En ese caso, sólo Dios puede juzgarnos. Nosotros no vemos nada más que las acciones exteriores de una persona; sólo Dios ve los secretos del corazón.

Y habrá muchas personas que exteriormente son un modelo de rectitud, pero cuyos pensamientos íntimos son culpables delante de Dios. Habrá muchas personas que puedan ser declaradas no culpables en el juicio humano, que no puede ser nada más que de cosas externas, pero cuya bondad se colapsa ante la mirada todo escrutadora de Dios.

(iii) Y en ese caso, esto quiere decir que cada uno de nosotros es culpable; porque no hay ni uno solo que pueda resistir este juicio de Dios.

Aun si hemos vivido una vida de perfección moral externa, no hay nadie que pueda decir que no ha experimentado nunca el deseo prohibido de cosas malas. Para la perfección interior, lo único que es suficiente alegar es decir que el yo ha muerto y Cristo vive en uno. «Con Cristo estoy juntamente crucificado -dice Pablo-, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20). El nuevo nivel mata todo orgullo, y nos impulsa a Jesucristo, Que es el único que puede permitirnos alcanzar ese nivel que Él mismo nos propone.

La ira prohibida

Habéis oído que se decía entre dos de tiempos antiguos: «No matarás;» y «cualquiera que mate será llevado a la sala de juicio.» Pero Yo os digo que cualquiera que se enfade con su hermano será llevado a juicio; y el que le llame a su hermano «¡Estúpido idiota!» tendrá que comparecer ante el tribunal supremo; y al que le llame a su hermano: «¡Necio!» se le echará a la Guehenna de fuego.

Aquí tenemos el primer ejemplo del nuevo nivel que Jesús propone. La antigua Ley había establecido: «No matarás» (Éxodo 20:13); pero Jesús establece que hasta el enfado con un hermano está prohibido. En la traducción clásica inglesa se encuentran las palabras sin causa, que no están en ninguno de los grandes manuscritos; esto no es nada menos que una total prohibición de la ira. No basta con no golpear a una persona; lo único que sería suficiente es no desear siquiera golpearle; ni siquiera tener un sentimiento duro contra él en el corazón. En este pasaje Jesús sigue el razonamiento a la manera de los rabinos. Se muestra experto en el manejo de los métodos de discusión que tenían costumbre de usar los sabios de Su tiempo. Hay en este pasaje una sutil gradación de la ira, y una correspondiente sutil gradación del castigo.

(i) En primer lugar tenemos al que está enojado contra su hermano. En el original el verbo que se usa aquí es orguizesthai. En griego hay dos palabras para ira. Está thymós, que se comparaba con la llama que prende en la paja seca. Es la ira que se inflama rápidamente y que se consume con la misma rapidez. Es una ira que surge deprisa y que también pasa deprisa. Está orgué, que se describía como una ira que se hace inveterada. Es la ira de larga vida; es la ira de la persona que arropa su rabia para mantenerla calentita; es la ira que uno cultiva, y no deja morir.

La ira está sujeta a juicio. Este juicio era el tribunal local que dispensaba justicia. Estaba formado por ancianos de la localidad, y variaba en su número desde tres en las aldeas de menos de ciento cincuenta habitantes, hasta siete en los pueblos mayores y veintitrés en las ciudades todavía mayores. Así pues, Jesús condena toda ira egoísta. La Biblia deja claro que la ira está prohibida «La ira del hombre -dice Santiago- no obra la justicia de Dios» (Santiago 1:20). Pablo manda a los suyos que depongan toda «ira, enojo, malicia, blasfemia» (Colosenses 3: 8). Hasta el más elevado pensamiento pagano reconocía la insensatez de la ira.

Cicerón decía que cuando entraba la ira en escena «no se podía hacer nada recto ni con sensatez.» En una frase lapidaria, Séneca llama a la ira «una locura breve.» Así es que Jesús prohíbe definitivamente la ira que se cultiva, la ira que no se quiere olvidar, la ira que se niega a pacificarse, la ira que busca venganza. Si hemos de obedecer a Jesús, hemos de desterrar de la vida toda clase de ira, y especialmente la que se mantiene demasiado tiempo. Es una advertencia el recordar que uno no se puede llamar cristiano y perder los estribos por cualquier ofensa personal que haya sufrido.

(ii) De aquí Jesús pasa a hablar de dos casos en los que la ira se manifiesta en palabras insultantes.

Los maestros judíos prohibían tal ira y tales palabras. Hablaban de «opresión en palabras,» y de «el pecado del insulto.» Tenían un dicho: «tres tipos descienden a la gehena para no volver: el adúltero, el que avergüenza a su prójimo en público, y el que le pone a su prójimo un mote insultante.» Están igualmente prohibidas la ira del corazón y la ira de las palabras.

Insultos

Lo primero, se condena al que llama a su hermano necio. La Reina-Valera antigua ponía la palabra casi intraducible raca, que describe un tono de voz más que otra cosa. Su acento es el de desprecio. Llamar a una persona raca era llamarle idiota sin sentido, un tonto imbécil, un enredador cabeza-hueca. Es el término que usa uno que desprecia a otro con una superioridad arrogante.

Hay una historia rabínica de rabí Simón ben Eleazar. Venía de la casa de su maestro, y se sentía orgulloso al pensar en su inteligencia, erudición y bondad. Un viandante muy poco favorecido físicamente le dirigió el saludo. El rabí no se lo devolvió, sino le dijo: « ¡So raca! ¡Qué feo eres! ¿Son todos los de tu pueblo tan feos como tú?» «Eso -le contestó el pobre hombre- yo no lo sé. Ve a decirle a mi Hacedor que me creó lo fea que es la criatura que ha hecho.» Así se reprendió aquel pecado de desprecio. El pecado de desprecio merece un juicio todavía más severo. Habría que llevarlo a juicio ante el sanedrín, (synedrion); el tribunal supremo de los judíos.

Esto, por supuesto que no hay que tomarlo literalmente. Es como si Jesús dijera: «El pecado de la ira inveterada es malo; el de desprecio es peor.» No hay pecado que sea más contrario al espíritu de Cristo que el desprecio. Hay un desprecio que surge del orgullo de casta, y la cursilería es realmente algo muy feo. Hay un desprecio que surge de la posición y del dinero, y el orgullo que se basa en cosas materiales es también una cosa muy fea. Hay un desprecio que viene del conocimiento.

Y de todas las cursilerías, la cursilería intelectual es la más difícil de entender, porque lo que más le impresiona a un sabio es el sentimiento de su propia ignorancia. No deberíamos nunca mirar con desprecio a cualquier persona por quien Cristo murió.

(iii) Jesús menciona a continuación al que llama a su hermano mórós. Mórós también quiere decir tonto, pero el hombre que es mórós es el necio moral. Es el hombre que se hace el tonto. El salmista habla del necio que se ha dicho en su corazón que no hay Dios: Los necios piensan que no hay Dios: todos se han pervertido; han hecho cosas horribles; ¡no hay nadie que haga lo bueno! (Salmo 14:1). Ese era un necio moral, un hombre que vivía una vida inmoral y al que le convenía que no hubiera Dios.

El llamar a alguien mórós no era criticar su capacidad mental; era poner en duda su carácter moral; era ensuciar su nombre y reputación, y marcarle como persona de mala vida e inmoral. Así que Jesús dice que el que destruye el nombre y la reputación de su hermano merece el juicio más severo de todos, el juicio del fuego de la gehena. A partir de 1960 la Reina Valera traduce la gehena por infierno, como aquí. Los judíos la usaban frecuentemente Pero yo les digo que cualquiera que se enoje con su hermano, será condenado. Al que insulte a su hermano, lo juzgará la Junta Suprema; y el que injurie gravemente a su hermano, se hará merecedor del fuego del infierno. (Mateo 5:22), Así pues, si tu ojo derecho te hace caer en pecado, sácatelo y échalo lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. (Mateo 5:29), y si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtatela y échala lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo vaya a parar al infierno. (Mateo 5:30); No tengan miedo de los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede hacer perecer alma y cuerpo en el infierno. (Mateo :10:28); y si tu ojo te hace caer en pecado, sácatelo y échalo lejos de ti; es mejor que entres en la vida con un solo ojo, y no que con tus dos ojos seas arrojado al fuego del infierno. (Mateo: 18:9); ¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que recorren tierra y mar para ganar un adepto, y cuando lo han logrado, hacen de él una persona dos veces más merecedora del infierno que ustedes mismos. (Mateo: 23:15), ¡Serpientes! ¡Raza de víboras! ¿Cómo van a escapar del castigo del infierno? (Mateo 23:33); Si tu mano te hace caer en pecado, córtatela; es mejor que entres manco en la vida, y no que con las dos manos vayas a parar al infierno, donde el fuego no se puede apagar. (Marcos 9:43), y si tu pie te hace caer en pecado, córtatelo; es mejor que entres cojo en la vida, y no que con los dos pies seas arrojado al infierno. (Marcos 9: 45), y si tu ojo te hace caer en pecado, sácatelo; es mejor que entres con un solo ojo en el reino de Dios, y no que con los dos ojos seas arrojado al infierno (Marcos 9: 47); yo les voy a decir a quién deben tenerle miedo: ténganle miedo al que, después de quitar la vida, tiene autoridad para echaren el infierno. Sí, ténganle miedo a él. (Lucas 12: 5); Y la lengua es un fuego. Es un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda la persona. Está encendida por el infierno mismo, y a su vez hace arder todo el curso de la vida. (Santiago 3: 6).

Literalmente quería decir el Valle de Hinnon, que es un valle al Sureste de Jerusalén que fue notorio porque fue donde Acaz introdujo el culto del dios pagano Moloc, al que se le ofrecían sacrificios de niños. «Quemó también incienso en el valle de los hijos de Hinnom, y quemó a sus hijos como ofrenda» (2 Crónicas 28:3). Josías, el rey reformador, acabó con ese culto, y ordenó que ese valle fuera en lo sucesivo un lugar maldito. «Asimismo quitó a Tofet -el nombre antiguo de aquel valle– toda pretensión de lugar sagrado, para que nadie quemara a su hijo o hija como ofrenda a Moloc» (2 Reyes 23:10). En consecuencia, el Valle de Hinnom se convirtió en el basurero público de Jerusalén, en el que se quemaban todos los residuos de la ciudad. El fuego se mantenía latente; y había como un hongo de humo por encima de él, y criaba una clase asquerosa de gusanos que parecía que no se morían nunca: …donde el gusano de ellos no muere,  y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer,  córtalo;  mejor te es entrar a la vida cojo,  que teniendo dos pies ser echado en el infierno,  al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere,  y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te fuere ocasión de caer,  sácalo;  mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo,  que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere,  y el fuego nunca se apaga (Marcos 9:44-48). Así es que Guehenna, el Valle de Hinnom, se identificaba en las mentes del pueblo con todo lo inmundo y maldito, el lugar donde todo lo inútil y malo se destruía.

Así fue como llegó a ser sinónimo del lugar de la destrucción eterna, el infierno de fuego. Así pues, Jesús insiste en que lo más grave es destruir la reputación de una persona y manchar su buen nombre. No hay castigo que sea demasiado severo para el chismoso malicioso, o la charla calumniosa que asesina el buen nombre de otro. Tal práctica, en el sentido más literal, merece el infierno.

Como ya hemos dicho, todas estas gradaciones de castigos no se han de tomar literalmente. Lo que Jesús quiere decir aquí es lo siguiente: «En la antigüedad se condenaba por asesinato, y eso siempre será condenable. Pero Yo os digo que no son sólo las acciones externas las que merecen juicio; los más íntimos pensamientos también están bajo el escrutinio y el juicio de Dios. La ira interminable es mala; el habla despectiva es peor, y el chisme descuidado y malicioso que destruye el buen nombre de una persona es lo peor de todo.» El que es esclavo de la ira, el que habla en un tono de desprecio, el que destruye el buen nombre de otro, puede que nunca hayan cometido un asesinato de hecho, pero sí en el corazón.

La barrera insuperable

Así que, si estás trayendo tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; y luego vienes a presentar tu ofrenda.

Cuando Jesús dijo esto, estaba simplemente recordándoles -a los judíos un principio que ellos conocían muy bien y que nunca deberían haber olvidado. La idea detrás del sacrificio era muy sencilla: si una persona hacía algo malo, su acción interrumpía su relación con Dios, y el sacrificio tenía por finalidad restaurar esa relación.

Pero hay que notar dos cosas muy importantes. La primera es que nunca se creyó que el sacrificio pudiera expiar un pecado deliberado, que los judíos llamaban «el pecado de una mano alta.» Si una persona cometía un pecado sin darse cuenta, o impulsado por un momento de pasión que quebrantaba su dominio propio, el sacrificio era efectivo; pero si uno cometía un pecado deliberada, desafiante, insensiblemente y con los ojos abiertos, entonces el sacrificio era impotente para expiar. La segunda es que para ser efectivo, un sacrificio tenía que incluir la confesión del pecado y el verdadero arrepentimiento; y el verdadero arrepentimiento incluía el propósito de rectificar cualesquiera consecuencias hubiera tenido el pecado.

El gran Día de la Expiación se celebraba para expiarlos pecados de toda la nación, pero los judíos sabían muy bien que ni siquiera los sacrificios del Día de la Expiación se le podían aplicar a nadie a menos que antes estuviera reconciliado con su prójimo. La interrupción de la relación entre el hombre y Dios no se podía subsanar a menos que se hubiera sanado la que había entre hombre y hombre. Si una persona estaba haciendo una ofrenda por el pecado, por ejemplo, para expiar un robo, la ofrenda se creía que era totalmente ineficaz hasta que se hubiera restaurado la cosa robada; y, si se descubría que la cosa robada no se había restaurado, entonces había que destruir el sacrificio como inmundo y quemarlo fuera del templo. Los judíos sabían muy bien que tenían que hacer todo lo posible para arreglar las cosas a nivel humano antes de poder estar en paz con Dios.

En cierto sentido, el sacrificio era sustitutivo. El símbolo de esto era que, cuando la victima estaba a punto de ser sacrificada, el adorador ponía sus manos sobre la cabeza del animal apretando bien hacia abajo, como para transferirle su propia culpa. Cuando lo hacía decía: «Te suplico, oh Dios; he pecado, he obrado perversamente, he sido rebelde; he cometido … (aquí el oferente especificaba sus pecados); pero vuelvo en penitencia, y sea esto mi cobertura.»

Para que un sacrificio fuera válido, la confesión y la restauración tenían que estar implicadas. El cuadro que Jesús está pintando es muy gráfico. El adorador, desde luego, no hacía su propio sacrificio; se lo traía al sacerdote, que era el que lo ofrecía en su nombre.

Un adorador ha entrado en el templo; ha pasado por la serie de atrios: el Atrio de los Gentiles, el de las Mujeres, el de los Hombres. A continuación se encontraba el atrio de los sacerdotes, en el que no podían entrar los laicos. El adorador se queda a la verja, dispuesto a entregarle su victima al sacerdote; pone las manos sobre el animal para hacer su confesión; y entonces se acuerda de que ha roto con su hermano, del mal que le ha hecho; si su sacrificio ha de ser válido, debe volver y arreglar la ofensa y restaurar el daño, o no servirá de nada.

Jesús deja bien claro este hecho fundamental: No podemos estar en paz con Dios, a menos que lo estemos con nuestros semejantes; no podemos esperar el perdón a menos que hayamos confesado nuestro pecado, no sólo a Dios, sino también a los hombres, y a menos que hayamos hecho todo lo posible para evitar sus consecuencias prácticas. Algunas veces nos preguntamos por qué hay una barrera entre nosotros y Dios; a veces nos preguntamos por qué nuestras oraciones parece que no sirven para nada. La razón podría ser muy bien que somos nosotros los que hemos levantado esa barrera al estar desavenidos con nuestros semejantes, o porque hemos ofendido a alguno y no hemos hecho nada para rectificar.

Hacer las paces a tiempo

Llega a un acuerdo con tu adversario sin pérdida de tiempo mientras vayas de camino con él, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez te entregue a la policía, y acabes en la cárcel; porque entonces fíjate bien lo que te digo- ya no saldrás de allí hasta que pagues hasta la última peseta. Aquí Jesús está dando un consejo de lo más práctico; nos dice que arreglemos las cosas a tiempo, antes que se amontonen y causen aún más problemas en el futuro. Jesús describe la escena de dos oponentes que van de camino hacia el tribunal; y les dice que aclaren y arreglen las cosas antes de llegar al tribunal; porque, si no lo hacen, y la ley sigue su curso, habrá todavía peores consecuencias por lo menos para uno de ellos en días sucesivos. La escena de los dos oponentes que van juntos de camino al tribunal nos parece muy extraña, y hasta más bien improbable. Pero en el mundo antiguo sucedía a menudo.

En la ley griega había un proceso de detención que se llamaba apagógué que quiere decir arresto sumarísimo. En él el demandante mismo arrestaba al ofensor.: Le cogía por el cuello de la ropa y se lo sujetaba de tal manera que, si se resistía, se podía estrangular a sí mismo. Ya se supone que los casos en que ese arresto era legal eran muy pocos y había que coger al malhechor con las manos en la masa. Los crímenes por los que se podía arrestar sumariamente a una persona como se ha descrito eran el robo, el robo de ropa (los ladrones de ropa eran la maldición de los baños públicos en la antigua Grecia), robar carteras, asaltar casas y secuestrar (el secuestro de esclavos especialmente dotados y habilidosos era muy corriente). Además, se podía arrestar sumariamente a alguien cuando se le descubría ejerciendo los derechos de ciudadanía cuando se le había desposeído de ellos, o si volvía a su estado o ciudad de los que había sido exiliado. En vista de esta costumbre no era raro ver a un demandante y a un ofensor juntos de camino al tribunal en una ciudad griega.

Está claro que es mucho más probable que Jesús estuviera pensando en términos de la ley judía; pero esta situación no era ni mucho menos imposible bajo la ley judía. Este era obviamente un caso de deuda; porque, si no se hacían las paces, habría que pagar hasta la última peseta. Casos semejantes se saldaban en los tribunales locales de ancianos. Se les fijaba una fecha en que el demandante y el ofensor tenían que presentarse juntos; en cualquier pueblo y aldea sería probable que se encontraran de camino al tribunal. Cuando se declaraba culpable a una persona, se la entregaba al oficial de la corte. Mateo llama a éste el hyperétés; Lucas le llama, en su versión de este dicho, con el término más corriente praktór (Lucas 12:58s). El deber del oficial del tribunal era asegurarse de que la deuda se pagaba debidamente y, en caso contrario, tenía autoridad para meter en la cárcel al ofensor hasta que la pagara. Esta es la situación que Jesús estaba considerando. El consejo de Jesús puede querer decir una de dos cosas.

(i) Puede que sea una muestra del consejo más práctico. Una y otra vez confirma la experiencia de la vida que, si una pelea, o desavenencia, o disputa no se resuelve inmediatamente, puede seguir generando peores y peores dificultades con el tiempo. La amargura engendra amargura. Ha sucedido a menudo que una pelea entre dos personas se ha transmitido a sus familias, y la han heredado generaciones futuras, y ha acabado por dividir una iglesia o una sociedad en dos. Si en el mismo comienzo una de las partes hubiera tenido la gracia de disculparse o admitir su falta, una situación lamentable no tendría por qué haberse producido. Si alguna vez estamos desavenidos con otro, debemos arreglar la situación sin pérdida de tiempo. Puede que esto suponga que se es lo suficientemente humilde para confesar que nos hemos equivocado y disculparnos; puede que quiera decir que, aun en el caso de que tengamos razón, tenemos que dar el primer paso para restablecer la relación. Cuando las relaciones personales se deterioran, en nueve casos de cada diez una acción inmediata las puede remediar; pero si esa acción inmediata no tiene lugar, seguirán deteriorándose, y se extenderá la amargura en círculos cada vez más amplios.

(ii) Puede que Jesús tuviera en mente algo más definitivo que esto. Puede que estuviera diciendo: «Arreglad las cosas con vuestros semejantes mientras dure vuestra vida; porque algún día -no sabéis cuando- la vida llegará a su fin, e iréis a presentaros ante Dios, el Juez final de todos.» El más grande de todos los días judíos era el Día de la Expiación. Sus sacrificios se creía que expiaban por los pecados conocidos y no conocidos; pero hasta este día tenía sus limitaciones. El Talmud establece claramente: < El Día de la Expiación expía las ofensas entre el hombre y Dios. El Día de la Expiación no expía las ofensas entre el hombre y su prójimo, a menos que el hombre haya arreglado las cosas con su prójimo.» Aquí tenemos otra vez un hecho fundamental: Uno no puede estar en paz con Dios si no lo está con sus semejantes. Una persona debe vivir de tal manera que el final la encuentre en paz con todo el mundo. Bien puede ser que no tengamos que escoger sólo una de estas dos interpretaciones del dicho de Jesús. Bien puede ser que tuviera las dos en mente, y que lo que Jesús está diciendo es: < Si quieres la felicidad en el tiempo, y la felicidad en la eternidad, no dejes nunca una desavenencia sin zanjar entre ti y tu hermano. Actúa inmediatamente para quitar las barreras que la ira haya levantado.»

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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