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Jesús predice la destrucción del templo

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Jesús predice la destrucción del templo

Salió Jesús del templo e iba ya andando cuando se acercaron a Él sus discípulos, a fin de mostrarle la construcción de los edificios del tem­plo y le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras hermo­sas y qué construcción tan asombrosa, adornada de ricos dones. Pero Él les dijo: ¿Veis todos esos magníficos edificios? Pues yo os digo de cierto que días vendrán en que todo esto que veis será destruido de tal suerte que no quedará piedra so­bre piedra, que no sea derribada. Y estando después sentado en el monte de los Olivos se acercaron algunos de los discípulos y le preguntaron en secreto, aparte, Pedro y Santiago, y Juan y Andrés: Dinos ¿cuándo sucederá eso? ¿y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo? A lo que Jesús les respondió: Mirad que nadie os engañe: Porque muchos han de ve­nir arrogándose mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, o Mesías, ya ha llegado el tiempo, y con falsas séñales seducirán a mucha gente; guardaos, pues, de seguirlos. Oiréis asimismo alarmas, noticias de batallas y rumo­res de guerra y sediciones; no hay que turbaros por eso, que si bien han de preceder estas cosas, no es todavía esto el término. Es verdad que se armara nación contra nación, y un reino contra otro reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en varios lugares y aparecerán en el cielo cosas espantosas y prodigios extraordina­rios. Pero todo esto aún no es mas que el principio de los males y de los dolores. Por cuanto habéis de ser llevados a los tribunales y me­tidos en las cárceles; y azotados en las sinagogas; y pre­sentados por causa de mí ante los gobernadores y reyes, para que deis delante de ellos testimonio de mi. Cuando, pues, llegare el caso de que os lleven para entregaros en sus manos, imprimid en vuestros corazo­nes la máxima de que no debéis discurrir de antemano como habéis de responder; sino hablad lo que os será inspirado en aquel trance; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo, y pondrá las pala­bras en vuestra boca, y una sabiduría que no podrán resistir, ni contradecir todos vuestros enemigos. Entretanto vosotros estad sobre aviso en orden a vues­tras mismas personas. En aquel tiempo seréis entrega­dos para ser puestos en los tormentos y os darán la muer­te, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre, por ser discípulos míos; con lo que muchos padecerán entonces escándalo y se harán traición unos a otros, y se odiarán recíprocamente; y aparecer a un gran número de falsos profetas que pervertirán a mu­cha gente, y por la inundación de los vicios, se enfriara la caridad de muchos. Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres, y les quitarán la vida. Entretanto se predicará esta buena noticia del reino de Dios en todo el mundo, en testimonio para todas las na­ciones, y entonces vendrá el fin. Mas el que perseverare hasta el fin, ese se salvará, ni un cabello de vuestra cabeza se perderá. Mateo 24: 1-25; Marcos 13: 1-23; Lucas 21: 5-24

La destrucción de la santa ciudad

Es probable que algunos de los discípulos no hubieran estado nunca en Jerusalén. Eran galileos, hombres del Norte del país y del campo, pescadores que conocían el lago mucho mejor que la ciudad. Algunos de ellos por lo menos serían como los campesinos que vienen a visitar nuestras grandes ciudades, y que se quedan alucinados con lo que ven; y era normal, porque no había nada parecido al templo de Jerusalén en el mundo antiguo.

La cima del Monte de Sión se había allanado para dejar una tarima de 1,000 pies cuadrados. Al final de ella se encontraba el templo propiamente dicho (el naós). Estaba construido de mármol blanco chapado en oro, y relucía al sol de tal manera que apenas se podía mirar. Entre la ciudad de abajo y el cerro del templo estaba el valle del Tiropeón, que atravesaba un puente colosal. Sus arcos tenían de luz 41,5 pies, y sus pilares tenían 24 pies de altura por 6 pulgadas de grosor. El área del templo estaba rodeada de grandes pórticos: el Pórtico de Salomón y el Pórtico Real. Estos pórticos estaban sostenidos por pilares esculpidos en una pieza de bloque de mármol. Tenían 37,5 pies de altura y tal anchura que tres hombres cogidos de la mano apenas los podían abarcar. En las esquinas del templo, las piedras regulares se ha descubierto que medían de 20 a 40 pies de longitud, y que pesaban más de 100 toneladas. Cómo las cortaron y colocaron en su posición es uno de los misterios de la ingeniería antigua. No nos sorprende que los pescadores galileos se quedaran alucinados, y Le hicieran notar a Jesús toda aquella grandeza.

Jesús les contestó que llegaría el día en que ninguna de esas piedras seguiría en su sitio -y tenía razón. En el año 70 d.C., los romanos, provocados fatalmente por la intransigencia rebelde de los judíos, renunciaron a todo proyecto de pacificación y se lanzaron a la destrucción, y Jerusalén y el templo fueron arrasados de tal manera que la profecía de Jesús se cumplió literalmente.

Aquí habla el profeta Jesús. Jesús sabía que el camino del poder político solo conduce a la destrucción. La persona y la nación que no toman el camino de Dios, están abocadas al desastre -también en las cosas materiales. La persona y la nación que rechazan el sueño de Dios descubren que sus propios sueños también se desmoronan.

El inexorable terror del asedio

-Cuando veáis la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel colocada en el Lugar Santo (el que lo lea, que lo entienda), los que estén en Judea, que huyan a los montes; el que esté en la terraza, que no baje a casa para recoger nada; y el que esté en el campo, que no se vuelva atrás para recoger la capa. ¡Pobres de las que estén embarazadas o criando esos días! Pedidle a Dios que no tengáis que huir en el invierno ni en sábado. Porque en ese tiempo habrá una gran aflicción, como no la ha habido nunca desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si no fuera porque esos días serán breves, ningún ser humano sobreviviría.

Pero esos días se acortarán por causa de los elegidos.

El asedio de Jerusalén fue uno de los más terribles de la Historia. Jerusalén era sin duda una ciudad difícil de tomar, ya que estaba situada en una montaña, y defendida por fanáticos religiosos.

Así es que Tito decidió conquistarla por el hambre.

No se sabe exactamente lo que es la abominación desoladora. La frase procede de Daniel 12:11. Allí se dice que la abominación que causa desolación está establecida en el templo. La referencia de Daniel es muy clara. Hacia el año 170 a.C., el rey de Siria Antíoco Epífanes se decidió a erradicar, el judaísmo y a introducir en Judea la religión y la manera de vivir griega. Capturó Jerusalén, y profanó el templo erigiendo en él un altar a Zeus Olímpico, y ofreciendo sobre él carne de cerdo, y convirtiendo las habitaciones de los sacerdotes y las cámaras del templo en burdeles públicos. Fue un intento deliberado de erradicar la religión judía.

La profecía de Jesús era que aquello sucedería otra vez, y que de nuevo el Lugar Santo sería profanado, como lo fue de hecho. Jesús vio que venía sobre Jerusalén, una repetición de las cosas terribles que le habían sucedido 200 años antes; solo que esta vez no surgiría ningún Judas Macabeo; esta vez no habría recuperación ni purificación; no habría más que una destrucción definitiva.

Jesús predijo acerca del asedio que, si no hubiera sido porque duró un tiempo limitado, ningún ser humano lo habría sobrevivido. Es curioso ver que Jesús dio consejos prácticos que no se siguieron, lo cual multiplicó el desastre. El consejo de Jesús fue que, cuando llegara ese día, la gente se fuera a las montañas. No lo hicieron; se apiñaron en la ciudad y dentro de los muros de Jerusalén los habitantes de todo el país, y esa misma necedad multiplicó por cien el macabro horror del hambre del asedio.

Si acudimos a la historia de Josefo, vemos la razón que tuvo Jesús acerca del terrible futuro. Josefo escribe acerca de los días terribles del asedio y el hambre: «Entonces se extendió el hambre por doquier, y devoró a la gente por casas y familias enteras. Las habitaciones superiores estaban llenas de mujeres y de niños que se morían de hambre; y las callejas de la ciudad estaban llenas de cadáveres de ancianos; también los niños y los jóvenes vagaban por los mercados como sombras, hinchados por el hambre, y se caían muertos donde los pillaba su miseria. En cuanto a enterrarlos, los que estaban enfermos no podían hacerlo, y los que estaban algo mejor de ánimo tenían miedo de hacerlo por la gran multitud de cadáveres y por la incertidumbre que tenían de lo pronto que morirían ellos mismos, porque muchos morían mientras estaban enterrando a otros, y muchos acababan en el ataúd, antes de que les llegara la hora fatal. Tampoco se hacía ningún duelo por aquellas calamidades, ni se oían endechas; pero el hambre trastocaba todas las pasiones naturales; porque los que estaban a punto de morir miraban a los que iban a su descanso antes que ellos con los ojos secos y las bocas abiertas. Un profundo silencio, y una especie de noche mortal, se cernían sobre la ciudad… Y cada uno moría con la mirada fija en el templo» (Josefo, Guerras de dos judíos, S. 12. 3). Josefo cuenta la historia macabra -de una mujer que en aquellos días mató y asó y se comió a su propio bebé (6. 3. 4). Nos cuenta que hasta los romanos, cuando ya habían tomado la ciudad e iban buscando botín, se quedaban tan impresionados por el horror de lo que veían que no podían por menos de retener sus manos: « Cuando los romanos llegaban a las casas para saquearlas, encontraban en ellas familias enteras de cadáveres, y lo mismo en las habitaciones superiores…

Entonces se quedaban parados del horror de lo que veían, y salían sin tocar nada» (6. 8. 5). Josefo mismo compartió los horrores del asedio, y dice que fueron llevados cautivos como esclavos 97,000, y murieron 1,100,000.

Eso fue lo que previó Jesús; estas fueron las cosas que advirtió. No debemos olvidar nunca que no son solo las personas, sino también las naciones las que necesitan la sabiduría de Cristo. A menos que los dirigentes de las naciones se dejen guiar por Cristo, no pueden hacer más que guiarlas, no solo al desastre espiritual, sino también al desastre material.

Jesús no era ningún soñador idealista; estableció las únicas leyes por las que una nación puede prosperar, que si no se tienen en cuenta solo se consigue perecer miserablemente.

El día del Señor

-Oiréis de guerras y de rumores de guerras. Fijaos bien para no espantaros; porque estas cosas habrán dé suceder, pero no será todavía el final. Porque las naciones enfrentarán, unas con otras, y los reinos entre sí,. y habrá hambrunas y terremotos en diversos lugares. Estas cosas no serán más que el principio de la agonía. – Inmediatamente después de la aflicción de esos días, el Sol se oscurecerá, y la Luna no dará su luz, y las estrellas caerán desde los cielos, y los poderes de los cielos sufrirán sacudidas. Entonces aparecerá en los cielos la señal del Hijo del Hombre, y entonces todas las tribus de la Tierra harán endecha. Y verás al Hijo del Hombre venir en las nubes del Cielo con poder u mucha gloria. Y Él enviará a Sus ángeles con un gran toque de trompeta a reunir a los elegidos de los cuatro puntos cardinales, desde un extremo de los cielos hasta el otro.

Ya hemos visto que una parte esencial del, pensamiento judío acerca del futuro era el Día del Señor, ese día en que Dios iba a intervenir directamente en la Historia, cuando la edad presente, con todo su mal incurable, empezaría a transformarse en la edad por venir.

Era natural que los autores del Nuevo Testamento identificaran en gran medida la Segunda Venida de Jesús con el Día del Señor; y que adoptaran toda la imaginería que tenía relación con el día del Señor y la aplicaran a la Segunda Venida.

Ninguna de estas figuras -se ha de tomar literalmente; son figuras, son visiones; son intentos de expresar lo indescriptible con palabras humanas, y de encontrar alguna clase de representación para acontecimientos que no se pueden expresar en lenguaje humano.

Pero de estas imágenes surgen ciertas grandes verdades.

(i) Nos dicen que Dios no ha abandonado al mundo; a pesar de toda su maldad, el mundo sigue siendo el escenario en el que el propósito de Dios se desarrolla. Dios no tiene intención de abandonar, sino de intervenir.

(ii) Nos dicen que ni siquiera la multiplicación dé maldad nos debe desanimar. Una parte esencial del cuadro judío del Día del Señor es que un derrumbamiento total de -todos los niveles morales y una, al parecer, completa desintegración del mundo lo precederían. Pero, a pesar de todo, este no es el preludio de la destrucción, sino de la re-creación.

(iii) Nos dicen que tanto el juicio como una nueva creación son seguros. Nos dicen que Dios contempla el mundo con justicia y con misericordia; y que Dios no tiene el propósito de obliterar el mundo, sino el de crear un mundo nuevo que esté más cerca de Su corazón.

El valor de estas imágenes no está en sus detalles, que en el mejor de los casos no son más que símbolos, y que usan solamente figuras que pueden concebir las mentes humanas, sino en la eterna verdad que conservan; y la verdad fundamental en ellas es que, a pesar de ser el mundo como es, Dios no lo ha abandonado.

La persecución por venir

-Entonces os entregarán -a la aflicción, y os matarán, y todos os odiarán por causa de Mi nombre. Entonces muchos tropezarán y se traicionarán entre sí y se odiarán.

Este pasaje muestra la honestidad -a toda prueba de Jesús: Él nunca les prometió a Sus discípulos un camino fácil; prometió muerte y sufrimiento y persecución. En cierto sentido, la Iglesia verdadera será siempre una Iglesia perseguida mientras exista en un mundo que no es cristiano. ¿De dónde procede esa persecución?

(i) Cristo ofrece una nueva lealtad; y una y otra vez declara que esta nueva lealtad debe estar por encima de todas las ligaduras terrenales. La más grande causa de odio en los días de la Iglesia Primitiva era el hecho de que el Cristianismo dividía hogares y familias cuando uno de sus miembros se decidía por Cristo y los otros no. El cristiano es una persona que se ha comprometido a darle a Jesucristo el primer lugar en su vida -y muchos conflictos humanos es probable que resulten de eso.

(ii) Cristo ofrece un nuevo nivel. Hay costumbres y prácticas y maneras de vivir que puede que estén bien para el mundo, pero están lejos de ser aceptables para el cristiano. Para muchas personas,- la dificultad del Cristianismo está en que hace un juicio sobre ellas mismas y sobre su proceder en los negocios o en las relaciones personales. Lo extraño del Cristianismo es que el que no quiera cambiar no tiene más remedio que odiarlo y rechazarlo.

(iii) El cristiano, si es cristiano de verdad, introduce un nuevo ejemplo en este mundo. Hay una belleza diaria en su vida que afea las vidas de los demás. El cristiano es la luz del mundo porque muestra en sí mismo la belleza de la vida llena de Cristo, y por tanto la fealdad de la vida vacía de Cristo.

(iv) Todo esto es decir que el Cristianismo trae una nueva conciencia a la vida. Ni la persona ni la Iglesia cristiana pueden tener nunca nada que ver con un ocultamiento o con un silencio cobarde. La Iglesia y la persona cristiana deben constituir en todo tiempo la conciencia del Cristianismo y es característico de las personas que muchas veces preferirían silenciar la conciencia.

Amenazas a la fe

Manteneos alerta – les contestó Jesús- , no sea que alguien os extravíe; porque muchos vendrán en Mi nombre diciendo: «Yo soy el Ungido de Dios, » y descarriarán a muchos. » Se presentarán muchos falsos profetas que extraviarán a muchos. Y el amor de muchos se enfriará, porque se habrá multiplicado la maldad. Pero el que resista hasta el fin será el que se salve. »Entonces, si alguien os dice: «¡Fijaos, aquí o allí está el Ungido de Dios!, » no le creáis. Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, que presentarán grandes señales y maravillas con el fin de descarriar, si fuera posible, a los elegidos. Estad alerta, porque para eso os he hablado de estas cosas antes de que sucedan. Si alguien os dice: «¡Fijaos, está en el desierto!,» no salgáis. «¡Fijaos, está en las habitaciones interiores!,» no le creáis.
En los días por venir, Jesús veía que dos peligros amenazarían a la Iglesia.

(i) Habría el peligro de los falsos dirigentes. Un falso dirigente es una persona que trata de propagar su propia versión de la verdad más bien que la verdad como se encuentra en Jesucristo; y una persona que trata de vincular a otros consigo misma más bien que con Jesucristo. La consecuencia inevitable de esto es que un falso dirigente produce división en lugar de edificar la unidad. La prueba de cualquier dirigente es si se parece a Cristo.

(ii) El segundo peligro es el del desaliento. Hay algunos a los que se les enfriará el amor a causa de la creciente impiedad del mundo. El verdadero cristiano es aquel que mantiene su fe cuando esta se encuentra en las mayores dificultades; y que, en las circunstancias más descorazonadoras, se niega a creer que el brazo de Dios se haya acortado o que Su poder haya disminuido.

Empezamos por las profecías de Jesús acerca del destino fatal de Jerusalén. El Templo que construyó Herodes era una de las maravillas del mundo. Se empezó a construir el 20-19 a.C., y en tiempos de Jesús no estaba todavía terminado del todo. Estaba en el monte Moria. En vez de allanar la cima del monte se formó una especie de amplia plataforma levantando muros de mampostería masiva para cerrar el área total. Sobre esos muros se colocó una plataforma sostenida por pilares que distribuían el peso de la superestructura. Josefo nos dice que algunas de estas piedras tenían 40 pies de longitud por 12 de altura y 18 de anchura. Serían algunas de aquellas piedras las que movieron a los discípulos galileos a tal alucinación.

La entrada del Sureste era la más impresionante del Templo. Entre la ciudad y la colina del Templo estaba el valle Tiropeón, que salvaba un puente maravilloso. Cada arco tenía 41,5 pies y se usaron en su construcción piedras que medían 24 pies de longitud. El valle Tiropeón tenía no menos de 225 pies de profundidad. La anchura de la depresión que salvaba el puente era de 354 pies, y el puente mismo tenía 50 pies de ancho. El puente conducía directamente al Pórtico Real, que consistía en una doble fila de columnas corintias, todas de 37,5 pies de altura, y cada una constaba de un bloque macizo de mármol.

Josefo escribe acerca del mismo edificio del Templo, el Lugar Santo: «Ahora bien, la fachada exterior del Templo no carecía de nada que pudiera sorprender la mirada o el pensamiento de los que la contemplaran. Estaba cubierta totalmente de planchas de oro de gran peso; y al amanecer reflejaban un esplendor como de fuego, y obligaban a los que se atrevían a mirarlo a retirar la mirada, como si se tratara de los mismos rayos del Sol. Pero este Templo aparecía a los extraños, cuando estaban todavía a cierta distancia, como una montaña nevada; porque, por lo que se refiere a las partes que no estaban cubiertas de oro, eran totalmente blancas…

De sus piedras, algunas de 45 codos de longitud, 5 de altura y 6 de anchura.» (Un codo equivalía a 45 cm., y un pie a 30).

Fue todo este esplendor lo que impresionó a los discípulos. El Templo parecía el colmo del arte y del logro humano, y parecía tan extenso y sólido que habría de durar para siempre. Pero Jesús hizo la sorprendente afirmación de que llegaría un día cuando no quedara de él piedra sobre piedra. Al cabo de menos de cincuenta años Su profecía se cumplió trágicamente.

La agonía de la Ciudad Santa

-Cuando veáis que la abominación de desolación se encuentra donde no debiera (que el que lea entienda), entonces, los que estén en Judea, que huyan a las montañas, que el que esté en la terraza no baje ni entre a recoger nada de su casa,. y que el que esté trabajando en el campo no vuelva a recoger su túnica. ¡Ay de las que estén embarazadas o amamantando a sus bebés aquellos días! Pedidle a Dios que no suceda en tiempo de tormenta. Esos días serán de tal tribulación como no ha habido desde el principio del mundo que Dios creó hasta ahora, ni tampoco desde ahora. Si no fuera porque el Señor hubiera acortado los días, ningún ser viviente podría sobrevivir; pero, por causa de los escogidos que El ha elegido, Él acortó los días.

Jesús profetiza algo del horror extremado del asedio y la caída final de Jerusalén. Advierte que, cuando se descubran las primeras señales, deberán huir sin entretenerse ni siquiera para recoger su ropa o tratar de poner a salvo sus bienes. De hecho la gente hizo exactamente lo contrario: se apelotonaron en Jerusalén, y la muerte llegó de maneras que son casi demasiado terribles de imaginar. La frase la abominación de desolación tiene su origen en Daniel 9:27; 11:31; 12:11. Esta expresión hebrea quiere decir literalmente la profanación que horroriza. El origen de la frase estaba en relación con Antíoco. Ya hemos visto que trató de erradicar la religión judía e introducir la manera de vivir de los griegos. Profanó el Templo ofreciendo carne de cerdo en el gran altar e instalando burdeles públicos en los santos atrios. Justamente delante del mismo lugar santo puso una gran imagen del Zeus olímpico, y mandó a los judíos que la adoraran. En relación con aquello, el autor del 1 Libro de los Macabeos dice (1:54): « Ahora bien, el día 15 del mes de Kislev del año 145 instalaron la abominación de desolación sobre el altar y edificaron altares a los ídolos en todas las ciudades de Judá por todas partes.» La frase da abominación de desolación, la profanación que horroriza, describía originalmente la imagen pagana y todo lo que la acompañaba con lo que Antíoco profanó el Templo. Jesús profetizó que la misma clase de cosa iba a suceder otra vez. Estuvo muy cerca de ser así el año 40 d.C., cuando Calígula era el emperador romano. Era epiléptico y loco; pero se empeñó en que se le tratara como un dios. Se enteró de que el culto del Templo de Jerusalén no tenía ninguna imagen, y se propuso instalar su propia estatua en el lugar santo. Sus consejeros le suplicaron que no lo hiciera, porque sabían que, si lo hacía, se produciría una sangrienta guerra civil. Calígula estaba empecinado; pero afortunadamente murió el año 41 d.C. antes de poder llevar a cabo su plan de profanación.

¿Qué quiere decir Jesús cuando habla de la abominación de desolación? La gente esperaba, no solamente al Mesías, sino también el surgimiento de un poder que sería la mismísima encarnación del mal, y que reuniría en sí todo lo que era contrario a Dios. Pablo lo llamaba el hombre de pecado, el hijo de perdición, el misterio de iniquidad, aquel impío (2 Tesalonicenses 23ss). Juan, en Apocalipsis 17, identificaba ese poder con Roma. Jesús está diciendo: «Algún día, muy pronto, veréis la misma encarnación del poder del mal surgir en un intento deliberado de destruir al pueblo y el lugar santo de Dios.»

Tomó la antigua frase, y la usó para describir las cosas terribles que se aproximaban.

Fue el año 70 d.C. cuando Jerusalén sucumbió finalmente al asedio del ejército de Tito, que había de ser emperador de Roma. Los horrores de ese asedio son una de las páginas más sombrías de la Historia. La gente acudió a Jerusalén en tropel de todo alrededor. Tito no tuvo más alternativa que esperar la rendición por hambre. El asunto se complicó por el hecho de que aun en ese tiempo terrible había sectas y facciones rivales dentro de la misma ciudad. Jerusalén fue desgarrada desde dentro y desde fuera.

Josefo nos cuenta la historia de aquel terrible asedio en el V libro de Las guerras de los judíos. Nos dice que fueron llevados cautivos 97,000, y 1,100,000 perecieron lentamente de hambre o a filo de espada. Nos dice: «Entonces ensanchó el hambre sus fauces, y devoró a las personas por casas y familias enteras. Las habitaciones de arriba estaban llenas de mujeres y de niños que se morían de hambre; las callejas de la ciudad estaban llenas de cadáveres de ancianos; los niños y las jóvenes andaban vagando por las plazas como sombras, hinchados por el hambre, y se caían muertos dondequiera que su miseria acababa con ellos. En cuanto a enterrarlos, los que quedaban estaban tan débiles que no podían, y los que estaban lo suficientemente animosos y bien se desanimaban ante la gran multitud de muertos y la incertidumbre que se cernía sobre sus propias vidas, porque muchos morían cuando estaban enterrando a otros, y muchos se hallaron en el ataúd antes de que les llegara la hora fatal. No se hacía ningún lamento bajo estas calamidades… El hambre trastrocaba todos los afectos naturales… Un profundo silencio y una especie de noche mortal se cernía sobre la ciudad.»

Para hacer la escena todavía más terrible, estaban los inevitables rateros que despojaban los cuerpos muertos. Josefo nos habla descarnadamente de que, hasta cuando no había ni siquiera hierbas disponibles «algunas personas llegaron a tan terrible postración como para buscar en las alcantarillas y en los montones de estiércol del ganado, y comer los excrementos que encontraban allí y cosas que no habrían soportado ni siquiera ver ahora usaban como comida.» Pinta un cuadro lúgubre de hombres que rumiaban las correas de piel y los zapatos, y cuenta la terrible historia de una mujer que mató y asó a su propio bebé, y le ofreció una parte de aquella comida macabra a los que llegaban buscando alimento.

La profecía que hizo Jesús de los días terribles inminentes para Jerusalén se cumplió con abundante exactitud. Los que acudieron en tropel a la ciudad buscando seguridad murieron a centenares de miles, y solamente aquellos que siguieron Su consejo y huyeron a las colinas se salvaron.

El camino difícil

-Guardaos vosotros, porque os entregarán a los concilios, y os azotarán en las sinagogas, y os encontraréis ante gobernadores y reyes por causa de Mí, y tendréis oportunidad para darles vuestro testimonio. En primer lugar el Evangelio tiene que predicarse a todas las naciones; y cuando os entreguen y os lleven ante las autoridades, no os preocupéis por anticipado de lo que debáis decir, sino hablad conforme a lo que se os dé en ese momento; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Es píritu Santo. El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; todos los hijos se levantarán contra los padres, y los matarán. Y todos os odiarán por causa de Mi nombre. Pero el que resista hasta el final, se salvará.

Ahora llegamos a las advertencias de la persecución por venir. Jesús nunca dejó a Sus seguidores en duda de que habían escogido un camino duro. Nadie podrá decir que no sabía de antemano las condiciones del servicio de Cristo.

El que los entregaran a los concilios y los azotaran en las sinagogas se refería a la persecución judía. En Jerusalén estaba el gran Sanedrín, el tribunal supremo de los judíos, pero había un sanedrín local en todos los pueblos y aldeas. Ante tales sanedrines locales se juzgaba a los herejes confesos, y en las sinagogas se los azotaba públicamente. Los gobernadores y reyes se refiere a los juicios ante los tribunales romanos, como el que tuvo que arrostrar Pablo ante Félix y Festo y Agripa.

Fue un hecho que los cristianos recibieron fuerzas y ánimo en sus juicios. Cuando leemos acerca de los juicios de los mártires, muchos de los cuales eran personas sencillas e iletradas, la impresión que recibimos a menudo es que eran los jueces y no los cristianos los que estaban en juicio. Su fe cristiana permitía a las personas más sencillas temer a Dios hasta tal punto que no le tenían miedo a ningún hombre.

Fue cierto que hasta los mismos familiares delataban a los cristianos. En los comienzos del Imperio Romano, una de las maldiciones eran los informadores (delator, delatores). Había quienes, tratando de ganarse el favor de las autoridades, no vacilaban en traicionar aun a sus propios íntimos y familiares. Ese tiene que haber sido el golpe más doloroso.

En la Alemania de Hitler, arrestaron a un hombre por defender la libertad. Sufrió la cárcel y la tortura con fortaleza estoica sin quejarse. Por último, con el espíritu todavía íntegro, le soltaron. Poco tiempo después se suicidó. Muchos se preguntaron por qué. Los que le conocían bien sabían la razón: había descubierto que su propio hijo había sido el que le había delatado. Aquella traición le quebrantó de una manera que no había podido lograr la crueldad de sus enemigos.

Esta hostilidad familiar y doméstica fue uno de los detalles regulares en el catálogo de terror de los últimos días terribles: «Los amigos se atacarán unos a otros repentinamente» (4 Esdras 5:9). «Y se aborrecerán unos a otros y se desafiarán unos a otros a luchar» (2 Baruc 70:3). « Y se pelearán unos contra otros, los jóvenes con los ancianos y los ancianos con los jóvenes, los pobres con los ricos, los humildes con los nobles, el mendigo con el príncipe» (Jubileos 23:19). «Los niños les perderán el respeto a los ancianos, y los ancianos se ensoberbecerán ante los niños» (Misná, Sotá 9:15). «Porque el hijo trata al padre con desprecio, la hija se ensoberbece contra su madre, la nuera contra su suegra. Los enemigos de un hombre son los de su propia familia» (Miqueas 7.-6).

La vida en la Tierra se convierte en un infierno cuando las lealtades personales se destruyen, y cuando no queda amor en que confiar.

Es verdad que se odió a los cristianos. Tácito hablaba del Cristianismo como una maldita superstición; Suetonio lo llamaba una nueva y malvada superstición. La razón principal para el odio era la manera en que el Cristianismo interfería en los vínculos familiares. Era un hecho que se tenía que amar a Cristo más que a padre o madre, o hijo o hija. Y la cuestión se complicaba por las calumnias que se levantaban contra los cristianos. No cabe duda que los judíos hicieron mucho para provocar esas calumnias. La más grave era la acusación de que los cristianos eran caníbales, inspirada en las palabras de la Comunión, que hablan de comer la carne de Cristo y beber Su sangre.

En esta, como en todas las otras cosas, sería el que resistiera hasta el fin el que alcanzara la Salvación. La vida no es un sprint corto y agudo; es una carrera de maratón; no una única batalla, sino una campaña prolongada. El doctor G. J. Jeffrey cuenta que un hombre famoso se negó a que se escribiera su biografía antes de su muerte, diciendo: « He visto a demasiadas personas caer en la última vuelta de la carrera.» La vida nunca está a salvo hasta que llega a su final. Juan Bunyan, en su sueño de El peregrino, vio que desde las mismas puertas del Cielo había un camino que llevaba al infierno. Es la persona que resiste hasta el final la que se salva.

Los peligros de los últimos días

Cuando Jesús estaba sentado en el Monte de los Olivos, enfrente de los edificios del Templo, Pedro y Santiago y Juan y Andrés Le preguntaron privadamente: Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando estas cosas estén apunto de cumplirse? Jesús empezó a decirles: No os dejéis engañar por nadie. Vendrán muchos en Mi nombre diciendo: «¡Yo soy Éll, » y descarriarán a muchos. «Y si alguno os dice entonces: «¡Fijaos! ¡Aquí está el Mesías!», o «¡Fijaos! ¡Allí está!», no los creáis; porque surgirán falsos mesías y falsos profetas que realizarán señales y milagros para descarriar a los elegidos, si les fuera posible. ¡Pero vosotros, tened cuidado! ¡Fijaos! Os he advertido de antemano todo lo que va a suceder.

Jesús se daba perfecta cuenta de que, antes del final, surgirían herejes; y de hecho no pasó mucho tiempo cuando aparecieron en la Iglesia. La herejía surge de cinco causas.

(i) Surge de construir una doctrina a gusto de cada uno. La mente humana tiene una capacidad ilimitada para pensar lo que le conviene. En una frase famosa, el salmista dijo: «El necio se dijo para sus adentros: «¡Dios no existe!»» El necio del que habla el salmista no era ningún ignorante estúpido, sino un necio moral. Su afirmación de que Dios no existe surgía de su deseo de que Dios no existiera. Si Dios existía sería peor para él; por tanto, Le eliminaba de su universo.

Una herejía concreta que ha existido siempre es el antinomismo. El antínomo parte del principio de que hay que abolir la Ley -y en cierto sentido tiene razón. De ahí pasa a decir que no existe nada más que la gracia -y de nuevo, en cierto sentido, tiene razón. De ahí pasa a discutir-como Pablo nos muestra en Romanos 6- de la manera siguiente: « ¿Dices que la gracia de Dios es suficientemente amplia para cubrir cualquier pecado?» « Sí.» «¿Dices que la gracia de Dios puede perdonar cualquier pecado?» « Sí.» « ¿Dices que la gracia de Dios es la cosa más grande y maravillosa del universo?» «Sí.» «Entonces -concluye el antínomo-, ¡sigamos pecando a gusto, porque cuanto más pequemos más oportunidades de manifestarse le damos a la maravillosa gracia de Dios! El pecado es una cosa buena, porque le da oportunidad de obrar a la gracia. Por tanto, vivamos como nos dé la gana.» La gracia de Dios se tergiversa para darle la razón al que quiere pecar.

La misma clase de argumento usa el que declara que lo único importante de la vida es el alma, y que el cuerpo no importa lo más mínimo. En ese caso, así se razona, uno puede hacer lo que quiera con su cuerpo. Si tiene esa inclinación, puede saciar sus deseos.

Una de las maneras más corrientes de llegar a la herejía es moldear la verdad cristiana a nuestro gusto y conveniencia.

¿Podría ser que las doctrinas del infierno y la de la Segunda Venida se hubieran marginado de gran parte del pensamiento teológico porque son ambas tan inquietantes? Nadie querría recuperar ninguna de las dos en su forma más cruda; pero, ¿podrá ser que ambas se hayan desplazado demasiado lejos del pensamiento cristiano porque no nos conviene creer en ellas?

(ii) La herejía surge de hacer hincapié excesivo en una parte de la verdad. Siempre es erróneo, por ejemplo, subrayar excesivamente uno de los atributos de la Divinidad en detrimento de los otros. Si no pensamos nada más que en la santidad de Dios, nunca llegaremos a ninguna intimidad con Él, sino tenderemos más bien a un deísmo que Le conciba como totalmente remoto del mundo. Si pensamos solamente en la justicia de Dios, no nos libraremos nunca de tenerle miedo. Nos encontraremos asediados, pero no ayudados, por nuestra religión.

Y si pensamos solamente en el amor de Dios, nuestra religión se puede convertir en una sensiblería facilona. Hay más que Lucas 15 en el Nuevo Testamento.

Siempre encontraremos paradojas en el Evangelio. Dios es amor, y sin embargo es también justicia. El hombre es libre; sin embargo, Dios está en control. El hombre es una criatura del tiempo; pero también es una criatura de la eternidad. G. K. Chesterton decía que la ortodoxia era como andar por el filo de la navaja con las fauces del abismo abiertas a cada lado. Un paso demasiado a la derecha o a la izquierda, y viene el desastre. Debemos, como repetían los griegos, ver la vida equilibradamente, y verla en su conjunto.

(iii) La herejía surge cuando se trata de producir una religión que le vaya bien a todo el mundo, que sea popular y atractiva.

Para eso hay que aguarla. El aguijón, la condenación, la humillación, las exigencias morales, tienen que evitarse para ello. Nuestra tarea no consiste en modificar el Evangelio para agradar a la gente, sino en transformar a la gente para que se ajuste al Evangelio.

(iv) La herejía surge cuando nos divorciamos de la comunión cristiana. Cuando una persona piensa por libre, corre un grave peligro de descarriarse. Hay tal cosa como la tradición de la Iglesia a la que algunos puede que den una importancia excesiva, y otros insuficiente. Aquí se puede errar, unos por carta de más, y otros por carta de menos. Se nos dice que la Iglesia es la guardiana -«columna y apoyo»- de la verdad. Si uno descubre que su pensamiento le separa de la comunión con los demás, lo más probable es que la culpa sea de su pensamiento. Es un principio católico-romano que uno no puede tener a Dios por Padre sin tener a la Iglesia por madre -y hay mucha verdad en ello.

(v) La herejía surge de intentar ser completamente inteligible. Aquí tenemos una de las grandes paradojas. Tenemos la obligación moral de hacer todo lo posible por entender nuestra fe; pero, como somos finitos y Dios es infinito, no podemos nunca entenderlo todo totalmente desde esta ladera. « Porque Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos Mis caminos, dice el Señor. Como están los cielos por encima de la tierra, así están Mis caminos por encima de los vuestros, y Mis pensamientos por encima de los vuestros» (Isaías 55:8s).

Por esa misma razón, una fe que se pueda expresar con claridad meridiana en una serie de proposiciones, y que se pueda demostrar irrefutablemente en una serie de pasos lógicos como un teorema de geometría es una contradicción en términos. Como decía G. K. Chesterton: «Tiene uno que ser un necio para tratar de meterse los cielos en la cabeza sin que se le reviente.

El sabio se contenta con meter la cabeza en los cielos.» Aun en nuestra actitud más intelectual debemos recordar que hay un lugar para el misterio supremo ante el que no podemos hacer sino maravillarnos y adorar. «Creo -como decía Tertuliano-, porque es algo que no me cabe en la cabeza.»

Su segunda venida

Jesús continuó diciéndoles: -Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras, no os inquietéis. Estas cosas tienen que suceder, pero todavía no es el fin. Unas naciones se levantarán contra otras, y unos reinos contra otros. En algunos lugares habrá terremotos, y en otros hambrunas. Estas cosas son el principio de los dolores de parto de la nueva era. ..»Y en esos días, después de esa tribulación, el Sol se oscurecerá y la Luna no dará su luz, y las estrellas estarán cayendo del cielo, y las potencias de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del Hombre Que viene en las nubes con mucho poder y gloria. Y entonces Él enviará a Sus ángeles a recoger a los escogidos de los cuatro vientos, desde el límite de la Tierra hasta el límite de los cielos.

Aquí Jesús está hablando sin duda de Su Segunda Venida; pero -y esto es importante- reviste la idea en tres cuadros que son parte integrante del aparato del Día del Señor.

(i) Al Día del Señor precedería un tiempo de guerras. 4 Esdras 9:3 declara que antes del Día del Señor habrá sacudidas de lugares, tumulto de pueblos, maquinaciones de naciones, confusión de gobiernos, intranquilidad de príncipes.

El mismo libro dice en 13:31: Y vendrá confusión de mente sobre los moradores de la Tierra, y se harán el propósito de guerrear unos contra otros, ciudad contra ciudad, lugar contra lugar, pueblo contra pueblo y reino contra reino.

Los Oráculos Sibilinos preven que Un rey captura a otro, y se apodera de su tierra, y unas naciones arrasan a otras y los potentados y gobernadores salen todos huyendo a otra tierra, y la tierra cambia de población, y un imperio bárbaro arrasa Hellas y esquilma de sus riquezas la rica tierra, y los hombres se encuentran frente a frente en lucha (3:633-647). 2 Baruc tiene las mismas ideas. En 27:5-13 este libro concreta doce cosas que precederán a la nueva edad: En la primera parte estará el principio de las conmociones. En la segunda parte, los asesinatos de los magnates. En la tercera, la caída de muchos por muerte. En la cuarta, el uso de la espada. En la quinta, el hambre y la retención de la lluvia. En la sexta, terremotos y terrores… (Aquí hay un blanco en el manuscrito)… En la octava parte, una multitud de espectros y ataques dé espíritus malos. En la novena, caerá el fuego. En la décima, rapiña y mucha opresión. En la undécima, maldad e impureza. En la duodécima, confusión resultante de la mezcla de todas las cosas que se han mencionado.

Todos los habitantes de la Tierra se verán enfrentados entre sí (48:32). Y se odiarán unos a otros y se desafiarán unos a otros a la lucha. . Y sucederá que el que consiga sobrevivir a la guerra morirá en el terremoto, y al que se salve del terremoto le quemará el fuego, y al que se mantenga a salvo del fuego le destruirá el hambre.

Es abundantemente claro que cuando Jesús hablaba de guerras y rumores de guerras estaba usando ilustraciones que eran parte integrante de los sueños judíos del futuro.

(ii) A1 Día del Señor precedería el oscurecimiento del Sol y de la Luna. El Antiguo Testamento también contiene mucho de esto (Amós 8: 9; Joel 2:10; 3:1 S; Ezequiel 32: 7s; Isaías 13:10; 34:4); de nuevo vemos que la literatura judía popular de tiempos de Jesús también estaba llena de estas cosas: Entonces se pondrá a brillar repentinamente el Sol durante la noche, y la Luna por el día… El curso de las estrellas cambiará (4 Esdras 5:4-7). 2 Baruc 32:1 habla del «tiempo en que el Poderoso ha de sacudir toda la creación.» Los Oráculos Sibilinos 3:796-806 hablan de un tiempo en que «aparecerán por la noche hacia los crepúsculos vespertino y matutino espadas en el cielo estrellado… y toda la luz del Sol faltará del cielo al mediodía, y los rayos de la Luna brillarán y volverán a la Tierra, y una señal viene de las rocas con corrientes de gotas de sangre.» La Asunción de Moisés prevé un tiempo cuando Los cuernos del Sol se romperán y se tornará oscuridad, y la Luna no dará su luz, y se convertirá toda en sangre; y el círculo de las estrellas será trastornado. (10:5). De nuevo está claro que Jesús estaba usando el lenguaje popular que todo el mundo conocía.

(iii) Era una parte corriente de la imáginería el que los judíos iban a reunirse otra vez en Palestina desde los cuatro puntos cardinales. El Antiguo Testamento mismo abunda en esa idea (Isaías 27:13; 35:8-10; Miqueas 7:12; Zacarías 10:6-11); de nuevo la literatura popular amaba la idea: Tocad trompeta en Sión para reunir a los santos, Haced que se oiga en Jerusalén la voz del que trae buenas nuevas porque Dios ha tenido misericordia de Israel visitándole. Súbete sobre una altura, oh Jerusalén, y mira a tus hijos que el Señor ha reunido desde el Este y el Oeste. (Salmos de Salomón 11:1-3).

El Señor os reunirá juntamente en fe mediante Su tierna misericordia, y por causa de Abraham e Isaac y Jacob. (Testamento de Aser 7:5-7).

Cuando leemos las palabras gráficas de Jesús acerca de Su Segunda Venida debemos recordar que no nos dan ni un mapa de la eternidad ni un horario del futuro; sino que está usando sencillamente el lenguaje y las figuras que muchos judíos conocían y usaban desde hacía siglos.

Pero es sumamente interesante notar que las cosas que Jesús profetizó estaban ya sucediendo de hecho. Profetizó guerras, y los temidos partos estaban ya de hecho atacando las fronteras romanas. Profetizó terremotos, y en menos de cuarenta años el mundo romano quedó horrorizado por el terremoto que devastó Laodicea y por la erupción del Vesubio que sepultó a Pompeya en lava. Profetizó hambres, y hubo una hambruna en Roma en los días de Claudio. Hubo de hecho tal tiempo de terror en el futuro inmediato que, cuando Tácito empezó sus historias, dijo que todo lo que estaba sucediendo parecía demostrar que los dioses estaban buscando, no salvar, sino vengarse del Imperio Romano.

En este pasaje lo único que debemos retener es el hecho de que Jesús predijo que vendría otra vez. Los detalles no son tan importantes.

Desde el versículo 5 este capítulo es muy difícil. Su dificultad consiste en que se reflejan en él cuatro ideas diferentes:

(i) Está la idea del Día del Señor. Los judíos creían que el tiempo tiene dos edades: está la edad presente, que es completa e irremediablemente mala y que acabará en destrucción, y la era por venir, que sería la edad de oro de Dios y de la supremacía de los judíos. Pero entre ambas estaba el Día del Señor, que sería un tiempo terrible de cataclismos cósmicos y destrucción, los dolores de parto de la nueva era.

Sería un día de terror. «He aquí el Día del Señor viene, terrible y de indignación y ardor de ira, para convertir la Tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores» (Isaías 13:9; comparar con Joel 2:1, 2; Amós 5:18-20; Sofonías 1:14-18). Vendría repentinamente: «El Día del Señor vendrá así como ladrón en la noche» (1 Tesalonicenses 5:2; comparar con 2 Pedro 3:10).

Sería un día en el que el universo sufriría sacudidas: «Las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor… Haré estremecer los cielos, y la Tierra se moverá de su lugar, en la indignación del Señor de los Ejércitos, y en el día del ardor de su ira» (Isaías 13:10-13; Joel 2:30, 31; 2 Pedro 3:10).

El Día del Señor era una de las ideas básicas del pensamiento religioso en tiempos de Jesús; todo el mundo conocía estas terribles premoniciones. En este capítulo las vemos reflejadas en los versículos 9, 11, 25 y 26.

(ii) Está la profecía de la destrucción de Jerusalén, que se cumplió el año 70 d.C., después de un asedio en el que los habitantes llegaron al canibalismo y la ciudad fue tomada literalmente piedra a piedra. Josefo dice que un número increíble de 1.100.000 personas perecieron en el asedio, y 97.000 fueron llevadas cautivas. La nación judía fue borrada del mapa; el templo fue incendiado y desolado. En este pasaje se hace referencia a ese acontecimiento todavía futuro en los versículos 5,
6, 20-24.

(iii) Está la Segunda Venida de Cristo. Jesús estaba seguro de que iba a volver otra vez, y la Iglesia Primitiva esperaba su vuelta. Nos ayudará a comprender los pasajes del Nuevo Testamento que hablan de la Segunda Venida si tenemos en cuenta que muchos de los detalles que estaban en relación con el Día del Señor se le aplicaron, como los versículos 27 y 28 de este capítulo. Antes de la Segunda Venida se esperaba que muchos pretendieran ser el Mesías, y que tuvieran lugar muchos cataclismos. A eso se refieren los versículos 7-9.

(iv) Está la idea de la persecución por venir. Jesús previó y predijo las cosas terribles que habrían de sufrir los suyos por su relación con Él en los días por venir. Se refieren a esto los versículos 12-17.

Este pasaje nos resultará más fácil de entender y provechoso si tenemos presente que no trata exclusivamente de un tema, sino de cuatro íntimamente relacionados.

Fue la referencia a las bellezas del templo lo que movió a Jesús a profetizar. Los pilares de los pórticos y de las columnatas eran de mármol blanco, de 12 metros de alto, hechos de un solo bloque de piedra. El adorno más famoso era la representación de una parra, toda de oro, con racimos de la altura de una persona. La mejor descripción del templo en los días de Jesús nos la ha dejado Josefo en su libro Las Guerras de los Judíos, libro V, sección 5: « La fachada del templo no carecía de nada que pudiera sorprender a los ojos o a la imaginación, porque estaba recubierta por todas partes de planchas de oro de gran peso, y a los primeros rayos del Sol reflejaba un esplendor ardiente, y obligaba a apartar la mirada a los que intentaban fijar en ella los ojos, exactamente igual que si hubieran querido mirar al Sol. Pero el templo les parecía a los extraños que lo miraban a distancia como una montaña cubierta de nieve; porque las partes que no estaban chapadas de oro eran extremadamente blancas.» A los judíos les parecía imposible que la gloria del templo fuera reducida a polvo.

En este pasaje aprendemos algunas cosas fundamentales acerca de Jesús y de la vida cristiana:

(i) Jesús sabía leer las señales de la Historia. Todos estaban ciegos al desastre que se les avecinaba, pero Él vio el alud que se le venía encima a Israel. Las cosas sólo se ven claras cuando se ven con la óptica de Dios.

(ii) Jesús era absolutamente sincero. «Eso -dijo a sus discípulos es lo que podéis esperar si decidís seguirme.» Una vez, en medio de una gran lucha por causa de la justicia, un líder heroico le escribió a un amigo: «Las cabezas ruedan por la arena; ven a añadir la tuya.» Jesús creía lo bastante en los hombres como para ofrecerles, no un camino fácil, sino un camino heroico.

(iii) Jesús les prometió a sus discípulos que nunca estarían solos cuando se enfrentaran con sus tribulaciones. Es evidente en la historia que han escrito los cristianos con sus vidas que, cuando estaban sufriendo torturas y esperando la muerte, sentían la presencia del Señor de una manera especialísima. La cárcel se convierte en un palacio, el patíbulo en un trono, la tormenta en una brisa grata, cuando Cristo está con nosotros.

(iv) Jesús les habló de una seguridad que sobrepasa a todas las amenazas de la Tierra. «Ni un pelo de vuestra cabeza va a sufrir daño.»

Castillo fuerte es nuestro Dios, – defensa y buen escudo; con su poder nos librará – en este trance agudo. Con furia y con afán – acósanos Satán; por armas deja ver – astucia y gran poder. Cual él no hay en la Tierra.

Nuestro valor es nada aquí, – con él todo es perdido; mas por nosotros pugnará – de Dios el Escogido. ¿Sabéis quién es? ¡Jesús, – el que venció en la Cruz, Señor de Sabaot! – ¡Y, pues Él solo es Dios, Él triunfa en la batalla!

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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