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Los fariseos piden nuevamente una señal

E inmediatamente, embarcándose con sus discípulos, pasó al territorio de Dalmanuta, donde salieron los fariseos, y empezaron a disputar con Él, pidiéndole, con el fin de tentarle, que les hiciese ver algún prodigio del cielo. Mas Jesús, arrojando un suspiro de lo intimo del corazón, les respondió: Cuando va llegando la noche, decís a veces: Hará buen tiempo, porque esta el cielo arrebolado. Y por la mañana: Tempestad habrá hoy, porque el cielo esta cubierto y encendido. Conque sabéis adivinar por el aspecto del cielo, y no podéis conocer las séñales claras de estos tiempos de la venida del Mesías? Esta raza, generación mala y adul­tera pide un prodigio; mas no se le dará pero no va a dársele más señal que la de Jonás. Y dejándolos, se fue. Mateo 16: 1-4; Marcos 8: 11-13

La hostilidad, como la necesidad, se asocia con lo que sea. Es de lo más extraño el descubrir una coalición de fariseos y saduceos. Representaban creencias y políticas que eran diametralmente opuestas. Los fariseos vivían pendientes de los detallitos más insignificantes de la ley oral de los escribas; los saduceos rechazaban totalmente esa ley, y no reconocían más autoridad que la ley escrita en el Antiguo Testamento como su única norma de fe y de conducta. (Mal comparado, en este aspecto sus posturas nos hacen pensar en las diferencias entre católicos y protestantes.) Los fariseos creían en los ángeles y en la resurrección del cuerpo y los saduceos no, cosa que aprovechó Pablo cuando se presentó a juicio ante el sanedrín (Hechos 23:6-10). Y -en este caso lo más importante- los fariseos no eran un partido político y estaban dispuestos a vivir bajo cualquier gobierno que les permitiera vivir conforme a sus principios religiosos, mientras que los saduceos eran los aristócratas ricos que estaban dispuestos a someterse y a colaborar con el gobierno romano para conservar su posición y sus privilegios. Además, los fariseos esperaban y anhelaban la venida del Mesías, mientras que los saduceos no creían en esas cosas. Habría sido punto menos que imposible encontrar dos sectas o partidos más diferentes; y sin embargo se unieron en el deseo hediondo de eliminar a Jesús. Todos los errores tienen esto en común: el ser hostiles a Jesucristo.

Lo que pedían los fariseos y los saduceos era una señal. Como ya hemos visto, los judíos esperaban que un profeta o un mensajero de Dios acreditaran su misión con alguna señal extraordinaria (Mateo 12:38-40). Jesús les dice en Su respuesta que la señal ya está presente para los que tienen ojos para ver. Eran expertos en el pronóstico del tiempo. Sabían muy bien lo que dicen los del campo: «El cielo rojo por la noche es señal de bonanza, y por la mañana de destemplanza.» Sabían muy bien que los cielos rojos por la tarde presagian tiempo agradable, mientras que los cielos rojos al romper el día advierten que se acerca la tormenta. Pero estaban ciegos a las señales de los tiempos.

Jesús les dijo que la única señal que se les daría sería la señal de Jonás. Ya hemos visto lo que era la señal de Jonás (Mateo 12:38-40). Jonás fue el profeta que logró que se convirtieran los habitantes de Nínive y los hizo volver de sus malos caminos al de Dios. Ahora bien: la señal que hizo que se convirtieran los habitantes de Nínive no fue el hecho de que se le tragara un gran monstruo marino. De eso no sabían nada, y Jonás no lo usó nunca para demostrar la autenticidad de su ministerio. La señal de Jonás fue Jonás mismo, y el mensaje que daba de parte de Dios. Fue el que surgiera un profeta y el mensaje que traía lo que cambió la vida del pueblo de Nínive.

Así que lo que estaba diciendo Jesús era que la señal de Dios era el mismo Jesús y Su mensaje.
Es como si les dijera: «En Mi Persona os encontráis cara a cara con Dios y con Su verdad. ¿Qué más podéis necesitar? Pero sois tan ciegos que no lo podéis ver.» Aquí hay una gran verdad, y también una seria advertencia. Jesucristo—es la última Palabra de Dios. La revelación de Dios no puede llegar más allá. Aquí tenemos a Dios haciéndose visible para todo el mundo. Aquí está el mensaje de Dios para todos los que lo quieran oír. Aquí está la señal que Dios da a la humanidad.

Aquí tenemos la seria advertencia de que, si Cristo no les dice nada a las personas, nada les sonará a Dios. Si Jesús no les convence a los hombres, nada los satisfará. Los que no pueden ver a Dios en Jesús, menos Le verán en ninguna otra parte o persona. Cuando nos encontramos cara a cara con Jesús, nos encontramos cara a cara con la última Palabra de Dios y con Su invitación final. Y en este caso, ¿qué esperanza le quedará al que rechace esta última oportunidad, al que se niegue a prestar atención a ese último mensaje, al que rechace esta última invitación?

La época en que vivió Jesús tenía la tendencia de buscar a Dios en lo extraordinario. Se creía que, cuando viniera el Mesías, sucederían las cosas más alucinantes. Antes que lleguemos al final de este capítulo examinaremos más en detalle la clase de señales que se esperaban. Podemos tomar nota por ahora de que cuando surgían falsos mesías, cosa que sucedía bastante a menudo, seducían al pueblo a seguirlos prometiéndoles señales sobrenaturales. Les prometían, por ejemplo, dividir las aguas del Jordán en dos partes dejando un camino por en medio, o hacer caer los muros de la ciudad con sólo decir una palabra.

Esa era la clase de señal que demandaban los fariseos. Querían presenciar algún acontecimiento alucinante que desafiara las leyes de la naturaleza y sorprendiera a la gente. Para Jesús, tal demanda no era debida al deseo de ver la mano de Dios, sino al hecho de que eran ciegos a Su mano. Para Jesús, todo el mundo estaba lleno de señales; los cereales de los campos, la levadura del pan, las amapolas de las colinas… todo Le hablaba de Dios. No pensaba que Dios tenía que introducirse en el mundo desde fuera; sabía que Dios ya estaba en el mundo para cualquiera que tuviera ojos para ver. La señal de un hombre verdaderamente religioso no está en que viene a la iglesia para encontrar a Dios, sino en que Le encuentra en todas partes; no en que da una gran importancia a los lugares sagrados, sino en que santifica los lugares corrientes. La época en que vivió Jesús tenía la tendencia de buscar a Dios en lo extraordinario. Se creía que, cuando viniera el Mesías, sucederían las cosas más alucinantes. Antes que lleguemos al final de este capítulo examinaremos más en detalle la clase de señales que se esperaban. Podemos tomar nota por ahora de que cuando surgían falsos mesías, cosa que sucedía bastante a menudo, seducían al pueblo a seguirlos prometiéndoles señales sobrenaturales. Les prometían, por ejemplo, dividir las aguas del Jordán en dos partes dejando un camino por en medio, o hacer caer los muros de la ciudad con sólo decir una palabra.

Esa era la clase de señal que demandaban los fariseos. Querían presenciar algún acontecimiento alucinante que desafiara las leyes de la naturaleza y sorprendiera a la gente. Para Jesús, tal demanda no era debida al deseo de ver la mano de Dios, sino al hecho de que eran ciegos a Su mano. Para Jesús, todo el mundo estaba lleno de señales; los cereales de los campos, la levadura del pan, las amapolas de las colinas… todo Le hablaba de Dios. No pensaba que Dios tenía que introducirse en el mundo desde fuera; sabía que Dios ya estaba en el mundo para cualquiera que tuviera ojos para ver. La señal de un hombre verdaderamente religioso no está en que viene a la iglesia para encontrar a Dios, sino en que Le encuentra en todas partes; no en que da una gran importancia a los lugares sagrados, sino en que santifica los lugares corrientes. La época en que vivió Jesús tenía la tendencia de buscar a Dios en lo extraordinario. Se creía que, cuando viniera el Mesías, sucederían las cosas más alucinantes. Antes que lleguemos al final de este capítulo examinaremos más en detalle la clase de señales que se esperaban. Podemos tomar nota por ahora de que cuando surgían falsos mesías, cosa que sucedía bastante a menudo, seducían al pueblo a seguirlos prometiéndoles señales sobrenaturales. Les prometían, por ejemplo, dividir las aguas del Jordán en dos partes dejando un camino por en medio, o hacer caer los muros de la ciudad con sólo decir una palabra.

Esa era la clase de señal que demandaban los fariseos. Querían presenciar algún acontecimiento alucinante que desafiara las leyes de la naturaleza y sorprendiera a la gente. Para Jesús, tal demanda no era debida al deseo de ver la mano de Dios, sino al hecho de que eran ciegos a Su mano. Para Jesús, todo el mundo estaba lleno de señales; los cereales de los campos, la levadura del pan, las amapolas de las colinas… todo Le hablaba de Dios. No pensaba que Dios tenía que introducirse en el mundo desde fuera; sabía que Dios ya estaba en el mundo para cualquiera que tuviera ojos para ver. La señal de un hombre verdaderamente religioso no está en que viene a la iglesia para encontrar a Dios, sino en que Le encuentra en todas partes; no en que da una gran importancia a los lugares sagrados, sino en que santifica los lugares corrientes.

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