Exclusión del campamento de los contaminados.
La inmundicia del leproso se establece. Al leer los pasajes bíblicos que tratan de la lepra, parece que el término se usa en un sentido más amplio que el que usan los médicos modernos. Además de la mycobacterium leprae (mal de Hansen), la lepra en la Biblia parece incluir la psoriasis, la eczema y otras enfermedades que causan manchas o llagas en la piel. La inmundicia de los que sufren de un flujo (especialmente de los órganos sexuales) se establece; y la de los que han tocado un cadáver.
Este pasaje manda que todos los contaminados deben ser expulsados del campamento. Hoy podemos ver que hay buenas razones higiénicas detrás de estas reglas: evitan el contagio y ayudan a mantener la salubridad del pueblo. Pero los hebreos y otros pueblos del mundo antiguo no distinguían entre lo sagrado y lo secular, lo espiritual y lo físico. Toda enfermedad o condición anormal, y mucho más la muerte, estaba en contra de la vida y el bienestar que Dios concede. Por eso, la muerte, la enfermedad y la impureza en todas sus formas estaban en contra de la santidad de Dios. Como Jehová mismo habita en medio del campamento de su pueblo, no puede tolerar que nada inmundo entre en el campamento. Si el campamento llega a estar contaminado, un Dios santo tendrá que retirarse. Para evitar eso, hay que excluir a toda persona inmunda del campamento (por lo menos hasta cumplir el tiempo y los requisitos necesarios para su limpieza).
En el NT, vemos que Jesús no evitó el contacto con las personas contaminadas. Tocó a un leproso; fue tocado por una mujer con un flujo de sangre; y tocó a los muertos y paralelos; ver también. Parece que Jesús aplicó el mismo principio que anunció: nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar. Lo que contamina al hombre ante Dios es la actitud de su corazón. Jesús entonces hace una distinción entre la contaminación física y la espiritual. El contacto con algo desde afuera puede ensuciar el cuerpo y quizá dañar la salud; por eso, hay que practicar buena higiene. Pero el contacto con la contaminación física no es un pecado que condena al hombre delante de Dios. Por eso, los cristianos no observamos todas las reglas del AT en cuanto a la limpieza física y ceremonial.
No obstante, debemos reconocer que a veces la Biblia se refiere al poder del pecado de contaminar toda la vida y aun a otras personas, como si fuera una enfermedad contagiosa. La influencia del pecado también se compara a la levadura. Un poco de levadura leuda toda la masa; por eso hay que quitar al perverso de entre la congregación del pueblo de Dios. Esta es la base de la disciplina en la iglesia. A menudo ha sido practicada con una actitud vengativa en vez de con solicitud por el hermano que yerra. Pero además de considerar el bienestar del individuo, hay que guardar la salud moral y espiritual de todo el pueblo. Por eso, a veces es necesario excluir a un individuo (hasta que se purifique) para que no contamine a todo el pueblo. Dios todavía busca un pueblo santo y puro en medio del cual puede habitar.
La restitución. Este es el primero de tres pasajes que tratan de la contaminación moral que resulta de la infidelidad o el incumplimiento de los votos. El contexto demuestra que “los pecados” se refiere al hurto o el acto de defraudar a otro. Pero al traicionar la confianza del prójimo, uno también traiciona (mejor que “ofender”) a Jehová. Tal persona es culpable no sólo de un pecado contra su prójimo, sino también de un pecado contra Dios. Tal pecado contamina la comunidad y tiene que ser tratado.
Para restaurar la solidaridad de la comunidad, el pecador tiene que devolverle al defraudado todo el valor hurtado, más el 20%. Si el defraudado ya no vive ni tiene un pariente cercano (pariente redentor) para recibir la restitución, entonces el pecador tiene que pagarla a Dios a través del sacerdote. (Este es el elemento nuevo que este pasaje agrega.) También, hay que presentar un cordero, en sacrificio a Dios para la expiación de su pecado. Aclaran que cuando la restitución se paga al sacerdote, todo el valor pertenece al mismo sacerdote. La regla general es que toda cosa presentada a cierto sacerdote queda con él. El pasaje subraya la necesidad de la honestidad en las relaciones con el prójimo y con Dios.
Los celos en el matrimonio
El problema. Este pasaje trata de la contaminación cuando una mujer le es infiel a su esposo. La fidelidad en el matrimonio es tan importante que también se hace provisión para los casos cuando el esposo sólo sospecha que su esposa haya cometido adulterio. Quizá se piensa en una situación cuando la mujer está encinta pero el esposa cree que otro es el padre. La ley demanda la pena de muerte para el adulterio, pero hay que tener por lo menos dos testigos para imponer la pena capital. Este pasaje trata de una situación cuando no hay testigos, pero por cualquier razón persiste la sospecha. Debe haber una manera de determinar si la mujer realmente se ha contaminado o no, y de castigarla si es culpable. En cualquier caso, el esposo lleva a la mujer al sacerdote con una ofrenda cereal, v. 15. Ella pasa entonces por un tipo de juicio por ordalías.
Este tipo de juicio, que parece muy extraño a la mente moderna, era común en el mundo antiguo. Encontramos paralelos en los textos de Mari del siglo XVII a. de J.C., y en los textos de los heteos. El comentarista Owens señala que el código de Hamurabi demanda que en tal situación la mujer sea echada al río. Podemos notar inmediatamente que la prueba bíblica presenta mucho menos peligro para una mujer inocente.
La prueba.
Como hay algo de repetición en este pasaje, algunos han pensado que hay una combinación aquí de relatos de dos fuentes diferentes, pero es mejor ver esta repetición como una característica del estilo del escritor hebreo. El sacerdote lleva a la mujer delante de Jehovah probablemente enfrente del altar en el atrio del tabernáculo. Mezcla en una vasija de barro agua santa (¿de la fuente cerca del altar?) con polvo del suelo del tabernáculo. El polvo también sería considerado santo por su asociación con el tabernáculo. El sacerdote suelta el cabello de la mujer, probablemente como una señal de vergüenza o aun de contaminación. Conjura a la mujer con la maldición del agua amarga (o agua de prueba). Si ella no ha pecado, el agua no le hará ningún daño, pero si ha cometido adulterio, le producirá síntomas físicos al tomarla,. Al decir Amén, amén (“¡Que así sea!”, ella acepta el conjuro. El significado de hinchar el vientre y aflojar el muslo no es del todo claro, pero muchos creen que significa que ella experimentará un aborto, y quizás nunca más podrá tener hijos.
Después de pronunciar la maldición, el sacerdote la escribe en un rollo, borra las palabras escritas en el agua, y la da a la mujer para tomar. Exactamente cómo el agua operaba para producir los resultados descritos, no sabemos, porque no hay nada en el agua y el polvo para producir tal reacción. Algunos han sugerido que el uso del agua y del polvo santo (y por eso peligroso para toda persona contaminada), el rito solemne y el conjuro terrible se combinaron en una mujer de mala conciencia para crear tal estado de agitación y temor que el aborto vino como resultado, mientras que la mujer que sabía bien que era inocente estaba en calma y no sufría ningún daño. Otros buscarían alguna intervención directa y sobrenatural de parte de Dios en cada caso para producir el resultado.
Resumen.
Si la mujer se demuestra culpable de adulterio, ella debe llevar su propia culpa. Ella sufre vergüenza, dolor físico, maldición permanente, y quizás esterilidad permanente. Pero si se demuestra inocente, el hombre no lleva ninguna culpa por haberla sometido a esta prueba. Aunque el pasaje refleja el medio ambiente de un mundo en que el hombre dominaba a la mujer, subraya la necesidad de eliminar aun la sospecha de la infidelidad en el matrimonio. Para mantener una sociedad estable, íntegra y santa, la fidelidad es esencial, y el NT enseña que tanto el varón como la mujer debe mantenerse fiel en el matrimonio.
