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Pedro confiesa que Jesús es el Mesías

Desde allí partió Jesús con sus discípulos por las aldeas cercanas a Cesarea de Filipo; y en el camino preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Respondieron ellos: Unos dicen que Juan Bautista, otros Elías, otros, en fin, Jeremías a alguno de los profetas. Y les dijo Jesús: Y vosotros, ¿quien decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, o Mesías, el Hijo del Dios vivo. Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jom] porque no te ha revelado eso la carne y la sangre u hombre alguno, sino mi Padre que esta en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificare mi Iglesia; y las puertas o poder del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será tam­bién desatado en los cielos. Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que Él era Jesús, el Cristo, o Mesías, hasta cuando fuese la ocasión de publicarlo. Mateo 16: 13-20; Marcos 8:27-30; Lucas 9: 18-20

Aquí tenemos el relato de otra vez que Jesús Se apartó de la gente. Su fin estaba muy próximo, y Jesús necesitaba todo el tiempo con que pudiera contar para estar a solas con Sus discípulos. Le quedaba mucho qué decirles y que enseñarles, aunque todavía ellos no parecían estar preparados para recibirlo o entenderlo.

Con ese fin Se retiró con ellos a la región de Cesarea de Filipo. Cesarea estaba a unos cuarenta kilómetros al Nordeste del Mar de Galilea. Estaba fuera del dominio de Herodes Antipas, que era el gobernador de Galilea, y dentro del área del tetrarca Felipe. La población era principalmente gentil, así es que Jesús podría tener allí paz para enseñar a los Doce.

Jesús se enfrentaba entonces con un problema supremo y perentorio. Le quedaba poco tiempo; Sus días en la carne estaban contados. El problema era: ¿Había alguien que Le hubiera entendido?

¿Alguien que Le hubiera reconocido como el Que era? ¿Había personas que, cuando Él ya no estuviera en la carne, pudieran continuar Su obra, y trabajar para Su Reino? No cabe la menor duda de que ese era un problema crucial, que implicaba la supervivencia de la fe cristiana. Si no había nadie que hubiera captado, ni siquiera intuido, la verdad, entonces toda Su obra se había perdido; si había algunos pocos que se daban cuenta de la verdad, Su obra estaba a salvo. Así es que Jesús decidió hacer la prueba en intensidad, y preguntarles a Sus seguidores quién creían que era Él.

Es del máximo interés dramático ver dónde escogió Jesús hacerles la pregunta clave. Puede que hubiera pocos lugares en Palestina que tuvieran más asociaciones religiosas que Cesarea de Filipo.

(i) Toda la zona estaba jalonada con templos del dios sirio Baal. Thomson, en La Tierra y el Libro, enumera no menos de catorce tales templos que había en los alrededores. Aquella era una zona cuya atmósfera era el aliento de la antigua religión, que estaba toda ella a la sombra de los dioses antiguos.
(ii) Pero no eran los dioses de Siria los únicos que se adoraban allí. En las proximidades de Cesarea de Filipo se erguía una gran colina en la que había una profunda caverna que se decía que había sido el lugar de nacimiento del gran dios Pan, el dios de la naturaleza. Hasta tal punto estaba identificada Cesarea de Filipo con ese dios que su nombre original había sido Paneas, y hasta hoy en día se la conoce como Bániyás. Las leyendas de los dioses de Grecia se concentraban en torno a Cesarea de Filipo.

(iii) Además, esa cueva se decía que era donde nacía el río Jordán. Josefo escribió: «Hay una cueva muy hermosa en la montaña bajo la cual hay una gran cavidad en la tierra; y la caverna es abrupta, y prodigiosamente honda, y llena de agua en calma. Sobre ella se eleva una gran montaña, y por debajo de la caverna surge el río Jordán.» La sola idea de que ese era el nacimiento del río Jordán haría que rezumara todas las memorias de la historia de Israel. La antigua fe del judaísmo estaría en el aire para cualquier judío devoto y piadoso.

(iv) Pero había allí algo más. En Cesarea de Filipo había un gran templo de mármol blanco dedicado a la divinidad del césar. Lo había construido Herodes el Grande. Josefo dice: «Herodes decoró el lugar, que ya era sobresaliente, aún más con la edificación de este templo dedicado a César.» En otro lugar, Josefo describe la cueva y el templo: «Y cuando César le concedió a Herodes otro país más, construyó también allí un templo de mármol blanco, cerca de las fuentes del Jordán.

El lugar se llama Panium, donde hay una montaña de altura inmensa, en cuya ladera, por debajo de ella o en su base, se abre una cueva oscura; allí hay un horrible precipicio que se proyecta abruptamente a una gran profundidad. Contiene una inmensa cantidad de agua estable; y cuando se hace bajar algo para medir a qué profundidad está el fondo, no se puede alcanzar este.» Más tarde Felipe, el hijo de Herodes, hermoseó y enriqueció aún más el templo, cambiándole el nombre al lugar por el de Cesarea -es decir, la Ciudad de César-, y añadiéndole su propio nombre Philippi, que quiere decir de Felipe- , para distinguirla de la Cesarea que está en la costa del Mediterráneo. Aún más tarde, Herodes Agripa había de llamar al lugar Neroneas, en honor del emperador Nerón.

Cuando se miraba Cesarea, aun desde una distancia considerable, se veía la mole de mármol reluciente y se pensaba en el poder y en la divinidad de Roma.

Este fue el dramático escenario. En él se encuentra un Carpintero galileo sin dinero y sin hogar, con doce hombres corrientes a Su alrededor. Ya entonces, los judíos ortodoxos están programando y conspirando para destruirle como hereje peligroso. Se encuentra en un área jalonada de templos de dioses sirios, en un lugar bajo la sombra de los dioses griegos, en el que también se daba cita toda la historia de Israel, en el que el esplendor de mármol blanco de la sede del culto al césar dominaba el paisaje y sojuzgaba la vista. Y allí, tenía que ser precisamente allí, ese extraordinario Carpintero se dirige a los otros hombres y les pregunta quién creen que es Él, esperando la respuesta: «¡El Hijo de Dios!» Es como si Jesús Se colocara contra el trasfondo de las religiones del mundo con toda su historia y esplendor, y demandara que se Le comparara con ellas y recibir un veredicto a Su favor. Habrá pocas escenas en las que brille con luz más deslumbradora la conciencia que Jesús tenía de Su propia divinidad.

Insuficiencia de Las categorías humanas

Así es que en Cesarea de Filipo Jesús decidió demandar el veredicto de Sus discípulos. Tenía que saber, antes de ponerse en camino a Jerusalén y a la Cruz, si alguien había captado, aunque fuera ligeramente, Quién y qué era él. No hizo la pregunta directamente; la fue delineando. Empezó por preguntar lo que la gente decía de Él y por quién Le tomaban.

(i) Algunos decían que era Juan el Bautista. Herodes Antipas no era el único que creía que Juan el Bautista era una figura tan extraordinaria que bien podía haber vuelto a la vida.

(ii) Otros decían que era Elías. De esa manera estaban diciendo dos cosas acerca de Jesús: Que era tan grande como el mayor de los profetas, porque consideraban a Elías la cima y el príncipe de la línea profética; y también que Jesús era el precursor del Mesías. Según Malaquías, Dios había prometido: «Yo os envío al profeta Elías antes que venga el día grande y terrible del Señor» (Malaquías 4:5). Hasta hoy día los judíos siguen esperando la vuelta de Elías antes de la venida del Mesías, y dejan una silla vacante para él cuando celebran la Pascua. Así es que algunos veían en Jesús al heraldo del Mesías y el precursor de la directa intervención de Dios.

(iii) Otros decían que Jesús era Jeremías. El profeta Jeremías ocupaba un lugar importante y curioso en: las expectaciones del pueblo de Israel. Se creía que, antes de que el pueblo fuera al exilio, Jeremías había tomado el arca y eL altar del incienso del templo y los había escondido en una cueva solitaria del monte Nebo; y que, antes que viniera Mesías, volvería a recuperarlos, para que volviera a brillar l gloria de Dios sobre Su pueblo otra vez (2 Macabeos 2:1-12),1 En 2 Esdras 2:17 se presenta otra promesa de Dios: «En tu ayuda mandaré a mis siervos Isaías y Jeremías.»

Hay una extraña leyenda de los días de las guerras de los. Macabeos. Antes de la batalla con Nicanor, en la que el general judío fue el gran Judas Macabeo, Onías, el hombre bueno que -había sido sumo sacerdote, tuvo una visión cuando estaba orando por la victoria: «Hecho esto, se le apareció la semblanza de un hombre de pelo blanco y sumamente glorioso, de excelente y extraordinaria majestad. Entonces Onías se dijo: «Este es uno que ama a los hermanos, que ora mucho por el pueblo y por la santa ciudad, es decir, Jeremías, el profeta de Dios.»A lo cual Jeremías, tendiéndole la mano, le dio a Judas una espada de oro, y al dársela le dijo: «Toma esta espada santa, un don de Dios, con la que herirás a los enemigos de Mi pueblo Israel»» (2 Macabeos 15:1-14). Jeremías había de ser también el precursor de la venida del Mesías, y el ayudador del pueblo de Israel en tiempos de angustia.

Cuando la gente identificaba a Jesús con Elías y con Jeremías, según la luz que habían recibido, estaban haciéndole un gran elogio y colocándole en un nivel muy alto, porque Jeremías y Elías eran nada menos que los esperados precursores del Ungido de Dios. Cuando ellos se presentaran, el Reino de Dios había de estar ya muy cerca.

Cuando Jesús oyó los veredictos de la multitud, les dirigió a Sus discípulos la preguntó:-más importante: «Y vosotros, quién decís que soy?» Puede que se produjera un instante de silencio, mientras pasaban por las mentes de los discípulos pensamientos que casi les daba miedo expresar en palabras; y entonces Pedro hizo el gran descubrimiento y la gran confesión; y Jesús supo que Su obra estaba a salvo, porque había por lo menos uno que comprendía.

Es interesante comprobar que cada uno de los evangelios sinópticos nos da su versión particular del dicho de Pedro. Mateo dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» Marcos es el más breve: «Tú eres el Cristo» (Marcos 8:29). Y Lucas, el más claro: «Tú eres el Cristo de Dios» (Lucas 9:20).

Jesús sabía entonces que había por lo menos alguien que Le había reconocido como el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo del Dios viviente. Las palabras Mesías, en hebreo, y Cristo, en griego, quieren decir lo mismo, Ungido. Los reyes empezaban a reinar cuando eran ungidos, como aún sucede en muchos países. El Mesías, el Cristo, el Ungido, es el Rey de Dios sobre la humanidad.

En este pasaje hay dos grandes verdades.

(i) En esencia, el descubrimiento de Pedro fue que las categorías humanas, hasta las más elevadas, son inadecuadas para describir a Jesucristo. Cuando la gente describía a Jesús como Elías o Jeremías u otro profeta creían que estaban colocándole en la más alta categoría que existe.

Los judíos creían que hacía cuatrocientos años que la voz de la profecía estaba callada; pero que en Jesús se había vuelto a escuchar la voz directa y auténtica de Dios. Estos eran grandes elogios; pero no bastaban para contener toda la verdad, porque no hay categorías humanas que sean adecuadas para describir a Jesucristo.

Una vez Napoleón dio su veredicto acerca de Jesús: «Yo conozco a los hombres, y Jesucristo es más que un hombre.» Sin duda Pedro no sabía exponer teológicamente ni expresar filosóficamente lo que quería decir cuando dijo que Jesús era el Hijo del Dios viviente; de lo único que Pedro estaba completamente seguro era que ninguna descripción puramente humana era adecuada para aplicarse a Jesús.

(ii) Este pasaje enseña que el descubrimiento de Jesucristo tiene que ser un descubrimiento personal. La pregunta de Jesús fue: «Vosotros, ¿qué pensáis vosotros de Mí?» Cuando Pilato le preguntó a Jesús si era el rey de los judíos, Jesús le contestó: «¿Dices eso por ti mismo, o te lo han dicho otros de Mí?» (Juan 18:33s).

Nuestro conocimiento de Jesús no debe ser de segunda mano. Puede que uno sepa todo lo que se ha dicho acerca de Jesús, que conozca todas las cristologías que se han enseñado y que sea capaz de hacer un resumen de lo que han dicho los grandes teólogos acerca de Jesús… y, sin embargo, no ser cristiano. El Cristianismo no consiste en saber acerca de Jesús, sino en conocer a Jesús. Jesucristo demanda un veredicto personal. No solo a Pedro, sino igualmente a cada uno de nosotros: «Tú, ¿qué piensas tú de Mí?»

La gran promesa

Entonces Jesús le dijo a Pedro: -¡Bendito seas, Simón hijo de Jonás, porque eso no te lo ha dicho ninguna persona, sino Mi Padre que está en el Cielo! Y Yo también te digo a ti que, como te llamas Pedro, sobre esta Roca edificaré Mi Iglesia, y las puertas del Hades no la podrán resistir. Yo te daré las llaves del Reino del Cielo; y todo lo que ates en la Tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desates en la Tierra quedará desatado en el Cielo.

Este pasaje es uno de los centros neurálgicos de la interpretación del Nuevo Testamento. Desde la Reforma, siempre ha sido difícil enfrentarse con él tranquilamente y sin prejuicios, porque para la Iglesia Católica es la base de su posición acerca del Papa y de la Iglesia. La Iglesia Católica Romana interpreta que se le dieron a Pedro las llaves para admitir o excluir a las personas del Cielo, y para absolver o no a las personas che sus pecados. Además, la Iglesia Católica Romana deduce que Pedro, con este tremendo derecho, llegó a ser el obispo de Roma; y que este poder se transmitió a todos los obispos de Roma, y que está personificado hoy en el Papa, que es el cabeza de la Iglesia y el obispo de Roma.

Es fácil comprender que tal doctrina es inaceptable para un creyente protestante; y también que, tanto protestantes como católicos romanos, se acercan a este pasaje, no tanto con un deseo sincero de descubrir su significado, sino con la firme voluntad de no ceder nada de su propia posición; sino, si les es posible, destruir la posición del otro. Hagamos un esfuerzo sincera y honradamente para descubrir el verdadero sentido de este pasaje.

Aquí hay un juego de palabras. En griego Pedro es Petros, y una roca es petra. La forma aramea del nombre de Pedro era Kefa, que significa en arameo una roca. En las dos lenguas hay aquí un juego de palabras. En cuanto Pedro hizo su gran descubrimiento y su confesión, Jesús le dijo: «Tú eres petros, y sobre esta petra edificaré Mi Iglesia.»

En primer lugar, esto era un elogio tremendo. Es una metáfora en nada extraña ni inusual al
pensamiento judío. Los rabinos le aplicaban la palabra roca a Abraham. Tenían el siguiente dicho: «Cuando el Dios Santo vio que Abraham iba a levantarse, le dijo: «Mira, he descubierto una roca (petra) para edificar el mundo encima.» Por tanto, Dios llamó a Abraham roca (tsúr), como está escrito: «Mirad a la roca de la que fuisteis cortados, al hueco de la cantera de donde fuisteis arrancados»» (Isaías 51:Is). Abraham era la roca en la que se fundaban la nación y el propósito de Dios.

Pero con mucha más frecuencia se le aplica la palabra roca (tsúr) a Dios mismo. «Él es la Roca, Cuya obra es perfecta» (Deuteronomio 32:4). «Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca» (Deuteronomio 32:31). «No hay roca como nuestro Dios» (1 Samuel 2:2; R-V.- «refugio»). «El Señor es mi roca, mi fortaleza y mi libertador» (2 Samuel 2:22). La misma frase aparece en Salmo 18:2. «¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?» (Salmo 18:31). La misma frase está en 2 Samuel 22:32.

Una cosa está clara. El llamar a alguien roca era el más grande de los elogios; y ningún judío que conociera el Antiguo Testamento podía usar nunca la frase sin que su pensamiento se volviera hacia Dios, Que era la única Roca de su defensa y salvación. Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando usó la palabra roca en este pasaje? Por lo menos cuatro contestaciones se han propuesto a esta pregunta.

(i) Agustín tomó que la roca se refería a Jesús mismo. Es como si Jesús dijera: «Tu eres Pedro; y en Mí mismo como la Roca fundaré Mi Iglesia; y llegará el día en que, como recompensa por tu fe, serás grande en la Iglesia.»

(ii) La segunda explicación es que la roca es la verdad de que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente. A Pedro le había sido revelada divinamente esa gran verdad. El hecho de que Jesucristo es el Hijo de Dios es sin duda la piedra fundamental de la fe de la Iglesia; pero esta interpretación apenas saca a luz el juego de palabras que hay aquí.

(iii) La tercera explicación es que la roca es la fe de Pedro. En la fe de Pedro está fundada la
Iglesia. Su fe fue la chispa que inflamó la fe de la Iglesia Universal. Fue el impulso inicial que habría de llamar a la existencia un día a la Iglesia Universal.

(iv) La última interpretación es la mejor. Es que Pedro mismo es la roca, pero en un sentido especial. No es la roca en que se funda la Iglesia; esa Roca es Dios. Pedro es la primera piedra de toda la Iglesia. Pedro fue la primera persona que descubrió Quién era Jesús; la primera persona que dio el salto de la fe y vio en Jesús al Hijo del Dios viviente. En otras palabras: Pedro fue el primer miembro de la Iglesia y, en ese sentido, toda la Iglesia se construyó sobre él. Es como si Jesús le dijera a Pedro: «Pedro, tú eres la primera persona que ha comprendido Quién soy Yo; por tanto, tú eres la primera piedra, la piedra fundamental, el verdadero principio de la Iglesia que Yo estoy fundando.» Y a partir de entonces, todos los que hacen el mismo descubrimiento que Pedro son piedras vivas añadidas al edificio de la Iglesia de Cristo.

Hay dos cosas que nos ayudarán a clarificar la idea.

(i) A menudo la Biblia usa imágenes para poner algo en claro. No hay que fijarse mucho en los detalles de la imagen; solo hay una enseñanza principal. En relación con la Iglesia, el Nuevo Testamento usa repetidas veces la imagen del edificio, pero la usa en muchos sentidos y desde muchos puntos de vista. Aquí Pedro es la piedra fundamental, en el sentido de que él es la primera persona sobre la que se ha seguido construyendo toda la Iglesia, porque él fue la primera persona que descubrió Quién era Jesús. En Efesios 2:20, los profetas y los apóstoles se dice que son el fundamento de la Iglesia. Fue sobre su trabajo, testimonio, fidelidad, sobre lo que depende, humanamente hablando, la Iglesia de la Tierra. En ese mismopasaje, se dice que Jesucristo es la principal piedra angular; El es la fuerza que mantiene unida a la Iglesia. Sin él, todo el edificio se desintegraría y derrumbaría. En 1 Pedro 2:4-8, todos los cristianos somos piedras vivas que se van usando en la edificaciónn de la fábrica de la Iglesia. En 1 Corintios 3:11, Jesús es el único fundamento, y nadie puede poner otro. Está claro que los autores del Nuevo Testamento tomaron la imagen del edificio, y la usaron de muchas maneras. Pero detrás de todas ellas está siempre la idea de que Jesucristo es el verdadero cimiento de la Iglesia, y el único poder que la mantiene unida. Cuando Jesús le dijo a Pedro que edificaría Su Iglesia sobre él, no quiso decir que la Iglesia dependiera de Pedro, porque depende del mismo Jesucristo y de Dios como su Roca. Lo que sí quiso decir era que la Iglesia empezó con Pedro; en ese sentido Pedro es la piedra fundamental de la Iglesia, y ese es un honor que nadie le puede quitar. (Piedra fundamental: La primera que se pone en los edificios. D.R.A.E.).

(ii) El segundo punto es que la misma palabra Iglesia (ekklésía) en este pasaje nos despista un poco. Propendemos a pensar en la Iglesia como una institución y una organización con edificios y oficinas, cultos y reuniones, y organizaciones y toda clase de actividades. La palabra que usaría Jesús probablemente seria qahal, que es la se usa en el Antiguo Testamento para la congregación de Israel, la asamblea de todo el pueblo del Señor. Lo que Jesús le dijo a Pedro fue: «Pedro, tú eres el principio del Nuevo Israel, el nuevo pueblo del Señor, la nueva compañía de todos los que creen en Mi nombre.» Pedro fue el primero de la congregación de los creyentes en Cristo. No fue una iglesia en el sentido corriente, y menos en el de una denominación, lo que empezó con Pedro, sino la comunión de todos los creyentes en Jesucristo, que no se identifica con ninguna iglesia, ni se limita a ninguna iglesia, sino que abarca a todos los que aman al Señor.

Así que podemos decir que la primera parte de este pasaje controvertido quiere decir que Pedro es la piedra fundamental de la Iglesia en el sentido de que él fue el primero de esa gran compañía que confiesa gozosamente su descubrimiento de que Jesucristo es el Señor; pero que, en última instancia, es Dios mismo la Roca sobre la que está edificada la Iglesia.

Las puertas del infierno

Jesús prosigue diciendo que las puertas del Hades no prevalecerán contra Su Iglesia. ¿Qué quiere decir esto? La idea de puertas que prevalecen no es precisamente una figura corriente o fácil de entender. De nuevo nos encontramos con más de una posible explicación.

(i) Puede que se trate de la figura de una fortaleza. Esta sugerencia puede que encuentre apoyo en el hecho de que en la cima de la montaña que dominaba Cesarea de Filipo se encuentran hoy las ruinas de un gran castillo que puede que se irguiera allí en toda su gloria en tiempos de Jesús.

Puede que Jesús estuviera pensando en su Iglesia como una fortaleza, y en las fuerzas del mal como una fortaleza contraria; y que lo que quisiera decir fuera que el poder del mal nunca prevalecería contra la Iglesia.

(ii) Richard Glover presenta una explicación interesante. En el Oriente antiguo, la puerta era tradicionalmente el lugar en que los ancianos y los gobernantes se reunían para dirimir las causas y dictar justicia, especialmente en los pueblos pequeños y en las aldeas. Por ejemplos: la Ley establecía que, si un hombre tenía un hijo rebelde y desobediente, que le trajera «ante los ancianos de su ciudad, a la puerta del lugar donde viva» (Deuteronomio 21:19), y allí se haría juicio, se dictaría la sentencia. En Deuteronomio 25:7, se dice que, cuando un hombre se niega a cumplir la ley del levirato, «irá entonces su cuñada a la puerta donde están los ancianos.» La puerta era el lugar donde se reunían los ancianos para hacer justicia. Según esto, la puerta puede haber llegado a significar la sede del gobierno. Durante mucho tiempo, por ejemplo, el gobierno de Turquía se llamaba La sublime porte (porte es la palabra francesa para puerta). Así que esta frase podría querer decir: Los poderes, el gobierno del Hades, no prevalecerán nunca contra la Iglesia.

(iii) Existe una tercera posibilidad. Supongamos que volvemos a la idea de la Roca en la que está fundada la Iglesia, y que Jesús es el Hijo del Dios viviente. Ahora bien, el Hades no era el lugar de castigo de los condenados, sino donde, según las creencias judías primitivas, se encontraban todos los muertos. Obviamente, la función de las puertas es mantener algo dentro, confinarlo, encerrarlo, controlarlo. Hubo una Persona Que las puertas del Hades no pudieron retener, y fue Jesucristo. Él rompió las ligaduras de la muerte. Como el autor de Hechos dice: «Era imposible que fuera retenido por la muerte… No dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que Tu Santo vea corrupción» (Hechos 2:24,27). Así que esta puede ser una referencia triunfal a la próxima Resurrección. Jesús puede que estuviera diciendo: «Tú has descubierto, Pedro, que Yo soy el Hijo del Dios viviente.

Pronto llegará el momento en que Yo sea crucificado, y las puertas del Hades se cerrarán tras Mí. Pero no podrán retenerme; las puertas del Hades no tienen poder contra Mí, el Hijo del Dios viviente.»

Como quiera que tomemos esta frase, expresa triunfalmente la indestructibilidad de Cristo y de Su Iglesia.

El lugar de Pedro

Ahora llegamos a dos frases en las que Jesús describe algunos privilegios que se le concedieron a Pedro y algunas obligaciones que se le impusieron.

(i) Dice que Él, Jesús, le dará a Pedro las llaves del Reino. Esta es una frase indiscutiblemente difícil; haremos bien en empezar por establecer las cosas de que podemos estar seguros acerca de ella.

(a) Esta frase siempre significa alguna especie de poder especial. Por ejemplo, los rabinos tenían un dicho: «Las llaves del nacimiento, de la lluvia y de la resurrección de los muertos pertenecen a Dios.» Es decir: sólo Dios tiene poder para crear la vida, para enviar la lluvia y para hacer que los muertos vuelvan otra vez a la vida. Esta frase siempre indica un poder especial.

(b) En el Nuevo Testamento esta frase se refiere regularmente a Jesús. Es en Sus manos, y no en las de ningún otro, donde están las llaves. En Apocalipsis 1:18, el Cristo Resucitado dice: «Yo soy el Viviente. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.» De nuevo, en Apocalipsis 3: 7, el Cristo Resucitado se describe como «el Santo, el Verdadero, el Que tiene la llave de David, el Que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre.»

Hay que interpretar esta frase en referencia a un derecho divino; y cualquiera que fuera la promesa que recibió Pedro, no se puede tomar como, la anulación, o la infracción, de un derecho que solo pertenece a Dios y al Hijo de Dios.

(c) Todas estos usos y figuras del Nuevo Testamento se remontan ¿ una alegoría que se encuentra en Isaías 22:22, en la que el Señor dice que Eliaquim llevará al hombro la llave de la casa de David, y será el único que la cierre y abra.

Ahora bien: Eliaquim había de ser el mayordomo fiel de la casa. Es el mayordomo el que lleva las llaves de la casa, el que abre la puerta por la mañana, y la cierra por la tarde, y es el que introduce a los visitantes a la presencia real. Así que lo que Jesús le está diciendo a Pedro es que, en -días por venir, él será el mayordomo del Reino. Y en el caso de Pedro, su misión consistiría en abrir, no en cerrar la puerta del Cielo.

Eso se cumplió sin dejar lugar a dudas.. En Pentecostés, Pedro abrió la puerta a tres mil almas (Hechos 2:41). Más tarde le abrió la puerta al centurión gentil Cornelio, con lo cual hizo que la puerta girara sobre sus goznes para admitir al gran mundo gentil (Hechos 10). Hechos 15 nos cuenta cómo se abrió la puerta de par en par al mundo gentil en el Concilio de Jerusalén, y que fue el testimonio de Pedro lo que hizo posible aquella decisión emblemática (Hechos 15:14; Simeón es Pedro). La promesa de que Pedro usaría las llaves del Reino quería decir que él sería el encargado de abrir la puerta de Dios a miles y miles de personas en los días por venir. Pero en este sentido no es solamente Pedro el que tiene las llaves del Reino; cualquier cristiano las puede usar también para abrirle la puerta del Reino a otras personas, entrando asía participar de la gran promesa de Cristo.

(ii) Jesús le prometió a Pedro además que lo que él atara, quedaría atado, y lo que él desatara, quedaría desatado. Richard Glover toma esto en el sentido de que Pedro expondría los pecados humanos, los ataría, a las conciencias de las personas, y que luego las desataría de sus pecados notificándoles el amor y el perdón de Dios. Ese es un pensamiento precioso, y sin duda cierto, porque tal es el deber de todo predicador y maestro cristiano; pero aquí hay todavía más que eso.

Desatar y atar eran palabras que se usaban corrientemente con sentido figurado entre los judíos. Se referían frecuentemente a las decisiones de los grandes maestros y de los grandes rabinos. El sentido corriente que cualquier judío reconocería era permitir y prohibir. Atar algo era declararlo prohibido; desatar era declararlo permitido. Eran expresiones corrientes en relación con la ley. Era de hecho lo único que podían querer decir en ese contexto. Así que lo que Jesús le estaba diciendo a Pedro era: «Pedro, vas a tener responsabilidades graves y pesadas sobre ti. Vas a tener que hacer decisiones que afectarán al bienestar de toda la Iglesia.

Serás el guía y el director de la joven Iglesia. Y las decisiones que harás serán tan importantes que afectarán a las almas de las personas en el tiempo y en la eternidad.»

El privilegio de las llaves quería decir que Pedro sería el mayordomo de la casa de Dios, abriéndoles la puerta a las personas para que entraran en el Reino. El deber de atar y desatar quería decir que Pedro tendría que hacer decisiones sobre la vida y la práctica de la Iglesia que tendrían las consecuencias más amplias. Y por supuesto, cuando leemos los primeros capítulos de Hechos, vemos que eso fue precisamente lo que tuvo que hacer Pedro en Jerusalén.

Si parafraseamos este pasaje que ha causado tantas discusiones y controversias vemos que trata, no de formas eclesiásticas, sino de cosas que corresponden a la Salvación. Jesús le dijo a Pedro: «Pedro, tu nombre quiere decir roca, y tu destino será ser una roca. Eres la primera persona que Me ha reconocido como el Que soy, y por tanto eres la primera piedra del edificio de la comunión de los Míos. Contra esa comunión, las aguerridas fuerzas del mal no podrán prevalecer, como tampoco Me podrán mantener cautivo en el reino de la muerte. Y en días por venir serás el mayordomo que abrirá las puertas del Reino para que entren los judíos y los gentiles; pero debes ser un sabio administrador y guía que resuelva los problemas y dirija la obra de la Iglesia naciente y creciente.»

Pedro había hecho el gran descubrimiento; y a Pedro se le concedió un gran privilegio y una gran responsabilidad. Es un descubrimiento que cada persona ha de hacer por sí misma; y cuando lo haya hecho, se le impondrán el mismo privilegio y la misma responsabilidad que a Pedro.

Cesarea de Filipo estaba totalmente fuera de Galilea. No estaba en el territorio de Herodes, sino en el de Felipe. Era un pueblo con una historia sorprendente. Anteriormente se había llamado Badinas, porque había sido un gran centro del culto de Baal. Hasta nuestros días se llama Bániyás, que es una forma de Paneas. Este nombre se inspiraba en el hecho de que hay una caverna en la ladera de la montaña que se decía que era el lugar de nacimiento del dios griego Pan, el dios de la naturaleza, donde nace el río Jordán. Más arriba en la misma ladera se erguía un templo de mármol blanco reluciente que había mandado construir Felipe a la divinidad del César, el emperador romano, el soberano del mundo, al que se consideraba un dios.

Es sorprendente que fuera precisamente allí donde Pedro descubrió en el Carpintero ambulante galileo al Hijo de Dios. La religión antigua de Palestina estaba en el aire, y la memoria de Baal se cernía a su alrededor. Los dioses de la Grecia clásica también se invocaban en todo aquel lugar, y sin duda se creían oír las flautas de Pan y se podían vislumbrar las ninfas de la foresta. El Jordán les traería a la memoria episodio tras episodio de la historia de Israel y de la conquista de aquella tierra. Y al sol naciente relucía y deslumbraba el mármol del lugar santo que recordaba a todo el mundo que César era un dios.

Precisamente en aquel lugar, como si hubiera sido contra el trasfondo de todas las religiones y de toda la Historia, Pedro descubrió que un Maestro ambulante de Nazaret, Que iba de camino hacia una cruz, era el Hijo de Dios. No hay casi nada en toda la historia evangélica que muestre tan claramente como este incidente la fuerza absoluta de la personalidad de Jesús. La encontramos en el mismo centro del Evangelio de Marcos, y esto a propósito, porque representa la cima del Evangelio. En un sentido por lo menos este fue el momento crítico de la vida de Jesús. Pensaran Sus discípulos lo que pensaran, Él estaba seguro de que Le espe-raba inevitablemente una cruz. Las cosas no podían prolongarse mucho. La oposición se estaba concentrando para asestar el golpe mortal. El problema que se Le presentaba a Jesús era este: ¿Había producido algún efecto Su vida? ¿Había logrado algo? O, para decirlo de otra manera, ¿había descubierto alguien Quién era Él de veras? Si hubiera vivido y enseñado y actuado entre los hombres sin que nadie hubiera vislumbrado a Dios en Él, entonces toda Su Obra habría sido inútil. No había más que una manera de dejar un mensaje a la humanidad, y era escribirlo en el corazón de alguna persona.

Así que, en este momento, Jesús lo puso todo a prueba. Preguntó a Sus discípulos qué se estaba diciendo acerca de Él, y Le comunicaron los rumores y los comentarios populares. Entonces se produjo un silencio sobrecogedor, y Jesús les hizo a Sus discípulos la pregunta clave: «¿Quién decís vosotros que soy?» Y Pedro se dio cuenta en aquel instante de lo que siempre había sabido en lo más íntimo de su corazón: Era el Mesías, el Cristo, el Ungido, el Hijo de Dios. Y por esa respuesta supo Jesús que no había fracasado.

Ahora llegamos a la cuestión que se ha planteado y contestado a medias más de una vez hasta ahora, pero que debemos contestar ahora en detalle, o toda la historia evangélica será totalmente ininteligible. Tan pronto como Pedro hizo este descubrimiento, Jesús le dijo que no se lo dijera a nadie. ¿Por qué? Porque, en primer lugar y por encima de todo, Jesús tenía que enseñarles a Pedro y a los demás lo que quería decir en realidad el mesiazgo. Para comprender la Obra que Jesús había de realizar y el verdadero sentido de esta necesidad, tenemos que preguntarnos en detalle cuáles eran las ideas acerca del Mesías que había en tiempos de Jesús.

Ideas judías acerca del Mesías

A lo largo de toda su historia, los judíos no se olvidaron nunca que eran, en un sentido muy especial, el pueblo escogido de Dios, Por esa causa, pensaban que les correspondía un puesto muy importante en el mundo. En los días antiguos esperaban lograr esa posición por lo que podríamos llamar medios naturales. Siempre consideraron que los días más grandes de su historia habían sido los del rey David; y soñaban con un día en el que surgiera otro rey de la dinastía de David, un rey que los hiciera grandes en justicia y en poder (Isaías 9:7; 11:1; Jeremías 22:4; 23:5; 30:9).

Pero, conforme fue pasando el tiempo, se fueron convenciendo a su pesar de que esa grandeza soñada no se lograría nunca por medios naturales. Las diez tribus fueron deportadas a Asiria, y se perdieron para siempre. Los babilonios conquistaron Jerusalén, y se llevaron cautivos a los judíos. Luego vinieron los persas como sus amos; después los griegos, y por último los romanos. Lejos de llegar a nada que pareciera dominio universal, los judíos pasaron siglos sin conocer lo que era ser completamente libres e independientes.

Entonces surgió otra línea de pensamiento. Es verdad que la idea de un gran rey de la dinastía de David nunca se desvaneció del todo y estuvo siempre entretejida de alguna manera en su pensamiento; pero más y más empezaron a soñar con el día en que Dios interviniera en la Historia y lograra por medios sobrenaturales lo que no se podría lograr jamás por medios naturales.

Esperaban que el poder divino hiciera lo que le era absolutamente imposible hacer al poder humano. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento hubo una verdadera floración de libros acerca de los sueños y pronósticos acerca de esta nueva edad y de la intervención de Dios. Se llama en general a estos libros apocalipsis, que quiere decir revelaciones. Estos libros se presentaban como revelaciones acerca del futuro. Es a ellos adonde debemos acudir para descubrir lo que creían los judíos de tiempos de Jesús acerca del Mesías y de la nueva edad. Es sobre el trasfondo de sus sueños donde debemos colocar el sueño de Jesús.

En estos libros aparecen ciertas ideas básicas. Seguimos aquí la clasificación de esas ideas que hace Schürer en su Historia del pueblo judío en tiempos de Jesucristo.

(i) Antes que viniera el Mesías habría un tiempo de terrible tribulación. Sería el alumbramiento mesiánico, los dolores de parto de una nueva era. Todos los horrores imaginables explotarían sobre el mundo; todos los baremos de honor y de decencia serían arruinados; el mundo se convertiría en un caos físico y moral.

Y el honor se volverá vergüenza, y la fuerza será humillada despectivamente, y la probidad será destruida, y la belleza se convertirá en fealdad… Y la envidia se erguirá en los que nunca se consideraron de ningún valor y la violencia se apoderará de los pacíficos, y a muchos impulsará la ira a dañar a muchos, y levantarán ejércitos para derramar sangre, y todos acabarán por perecer juntamente. (2 Baruc 27)

Habría «en el mundo temblor de tierra, y alboroto de pueblos» (4 Esdras 9:3; ep. Mateo 24:7 y 29). De los cielos caerán a la tierra objetos ardientes. Se producirán luces, grandes y deslumbrantes, reluciendo en medio de las gentes; y la Tierra, la madre universal, se sacudirá en esos días a la mano del Eterno. Y los peces de la mar y las bestias de la tierra y las innumerables greyes de las aves y todas las personas humanas y todos los mares tendrán sacudidas en la presencia del Eterno, y habrá pánico. Y los excelsos picos de las montañas y las gigantescas colinas rasgará, y los lóbregos abismos se harán visibles a todos. Y los altos torrentes de las excelsas montañas se llenarán de cadáveres y las rocas fluirán con sangre y todos los torrentes inundarán las llanuras… Y Dios juzgará a todos con guerra y con espada, y caerá de los cielos azufre, y piedras y lluvia y granizo continuo y dañino. Y la muerte cabalgará sobre los cuadrúpedos . … Sí: la tierra misma beberá la sangre de los que vayan pereciendo, y las fieras se hartarán de su sangre. (Oráculos Sibilinos 3:363ss).

La Misná enumera como señales de la proximidad de la venida del Mesías: La arrogancia aumenta, la ambición se dispara, la vid produce fruto pero el vino está caro. La autoridad se convierte en herejía. No hay instrucción, la sinagoga se dedica a la obscenidad. Galilea es destruida, Gablán queda desierto. Los habitantes de un distrito van de ciudad en ciudad sin encontrar compasión. Se aborrece la sabiduría de los entendidos, los buenos son despreciados, la verdad se ausenta. Los muchachos insultan a los ancianos, los viejos se exponen a los niños.

El hijo desprecia al padre, la hija se rebela contra la madre, la nuera contra la suegra. Los enemigos del hombre serán los de su propia casa.

El tiempo que precediera a la venida del Mesías sería un tiempo cuando el mundo se desintegraría y se relajarían todos los vínculos. El orden físico y moral se colapsaría.

(ii) En ese caos aparecería Elías como precursor y heraldo del Mesías. Él sanaría las grietas y traería orden al caos para preparar el camino del Mesías. Especialmente, resolvería las disputas. De hecho, la ley oral judía establecía que el dinero y las haciendas cuya propiedad se discutiera, y todo lo que se encontrara y no se supiera de quién era, podría esperar «hasta que viniera Elías.» Cuando viniera Elías, ya faltaría poco para que le siguiera el Mesías.

(iii) Y entonces vendría el Mesías. La palabra hebrea Mashíaj y la palabra griega Jristós quieren decir lo mismo: El Ungido. A los reyes se los coronaba ungiéndolos, y el Mesías era el Rey Ungido de Dios. Es importante tener presente que Cristo no es un nombre, sino un título. De ahí que en algunas versiones del Nuevo Testamento y libros sobre él se ponga «Jesús el Mesías» en lugar de Jesucristo; pero ya la palabra mashíaj se había traducido al griego por jristós en la Septuaginta. Algunas veces se pensaba en el Mesías como un rey de la dinastía de David, pero más corrientemente como una gran figura sobrehumana que irrumpiría en la Historia para rehacer el mundo y vindicar al pueblo de Dios.

(iv) Las naciones paganas se aliarían y unirían contra el Campeón de Dios.

Los reyes de las naciones paganas se lanzarán contra esta tierra acarreándose justa retribución. Tratarán de desmantelar el altar del Dios todopoderoso y de los hombres más nobles cuandoquiera que vengan a la tierra. En un círculo alrededor de la ciudad colocarán los malditos reyes cada uno su trono rodeados de sus infieles pueblos. Y entonces Dios hablará con voz potente a todos los pueblos indisciplinados e insensatos, y vendrá el juicio sobre ellos del Dios todopoderoso, y todos perecerán a manos del Eterno. (Oráculos Sibilinos 3:363-372).

El resultado será la total destrucción de esos poderes hostiles. Filón decía que el Mesías «tomaría el campo, y haría guerra y destruiría naciones grandes y populosas.»

Este es el viento que el Altísimo ha reservado a la fin contra ellos, y sus impías fraudes; el cual los argüirá, y echará sobre ellos sus robos. Porque Él los hará venir vivos a juicio, y des que los haya convencido, los castigará. (4 Esdras 12:32s, B.O.).

Ocurrirá en esos días que no se salvará nadie con oro ni plata, ni podrá escapar. “No habrá hierro para la guerra, ni nada que ponerse como peto, ni servirá el bronce, ni el estaño valdrá ni contará, ni se querrá el plomo. ‘Todas estas cosas serán desechadas y habrán de desaparecer de la faz de la tierra, cuando aparezca el Elegido ante la faz del Señor de los espíritus. (1 Henoc 52,7-9, D.M.).

El Mesías será el conquistador más destructivo de la Historia, derrotando a Sus enemigos hasta la extinción total.

(vi) Seguiría la renovación de Jerusalén. A veces se concebía como la purificación de la ciudad existente. Más a menudo, como el descenso del Cielo de la nueva Jerusalén. «`Me levanté para ver hasta que él enrolló la vieja casa.

Sacaron todas las columnas, vigas y ornamentos de la casa, enrollados junto con ella; los sacaron y echaron en un lugar al sur de la tierra. 29Vi que trajo el dueño de las ovejas una casa nueva, más grande y alta que la primera, y la puso en el lugar de la que había sido recogida. Todas sus columnas y ornamentos eran nuevos y mayores que los de la antigua que había quitado, y el dueño de las ovejas estaba dentro» (Henoc 90,28s, D.M.).

(vii) Los judíos que estaban dispersos por todo el mundo serían recogidos en la nueva Jerusalén. Hasta el día de hoy el libro judío de oraciones diarias incluye la petición: «¡Izad la bandera para reunir a los dispersos y congregarlos de los cuatro puntos cardinales de la Tierra!» El capítulo 11 de los Salmos de Salomón contiene un doble cuadro de ese retorno: ¡Tocad la trompeta en Sión para reunir a los santos, haced que se oiga en Jerusalén la voz del que trae alegres nuevas; porque Dios ha tenido piedad de Israel al visitarlos! ¡Colócate en la cumbre, Jerusalén, y mira a tus hijos, del Oriente y del Poniente, reunidos por el Señor! ¡Vienen del Norte con el gozo de su Dios, de las islas lejanas Dios los ha reunido! Ha abatido montañas altas allanándolas para ellos; las colinas huyeron cuando entraron. Los bosques les dieron cobijo cuando pasaban; todos los árboles aromáticos hizo Dios que brotaran para ellos, para que Israel pasara adelante en la visitación de la gloria de su Dios. ¡Ponte, Jerusalén, tus ropas de fiesta; prepara tu túnica santa; por cuanto Dios ha decretado el bien para Israel para siempre jamás, haga el Señor lo que ha hablado referente a Israel y Jerusalén; levante el Señor a Israel por Su glorioso nombre. ¡Sea la misericordia del Señor sobre Israel por siempre y siempre!

Se puede ver fácilmente lo judío que había de ser este nuevo mundo. El elemento nacionalista domina por todas partes.

(viii) Palestina sería el centro del mundo, y el resto del mundo le sería sometido. Todas las demás naciones serían subyugadas.

A veces se concebía como un dominio pacífico: Y todas las islas y las ciudades dirán: «¡Cómo ama el Eterno a estas personas!» Porque todas las cosas obran en armonía con ellas y las ayudan… ¡Venid, postrémonos en tierra y supliquemos al eterno Rey, el Todopoderoso, el Dios perdurable! Vayamos en procesión a Su Templo, porque Él es el único Potentado. (Oráculos Sibilinos 3,690ss).

Más corrientemente se presentaba el fin de los gentiles como una destrucción total, ante la que se regocijaría Israel. y Él aparecerá para castigar a los gentiles, y destruirá todos sus ídolos. Entonces tú, Israel, serás feliz. Te montarás sobre los cuellos y las alas de las águilas (es decir, Roma, el águila, será destruida) y ellos terminarán, y Dios te exaltará. Y tú .mirarás desde .las alturas . y verás a tus enemigos en la gehena, y los reconocerás y te regocijarás. (Asunción de Moisés 10,8-10).

Era una descripción sombría. Israel se regocijaría al ver a sus enemigos quebrantados y en el infierno. En cuanto a los israelitas que hubieren muerto, resucitarían para participar en el nuevo mundo.

(ix) Finalmente vendría una nueva edad de paz y de bondad que permanecería para siempre.

Estas eran las ideas mesiánicas que había en las mentes cuando vino Jesús: violentas, nacionalistas, destructivas, vengativas. Cierto que terminaban en el perfecto Reino de Dios; pero llegaban a él a través de un baño de sangre y una carrera de conquista. Figuraos a Jesús en un trasfondo así. No es extraño que tuviera que reciclar a Sus discípulos en el nuevo sentido del mesiazgo; ni tampoco que Le crucificaran al final como hereje. No había lugar en un panorama así para una Cruz, ni para el amor doliente.

Este es uno de los momentos más cruciales de la vida de Jesús. Les hizo esta pregunta a sus discípulos cuando ya había decidido ir a Jerusalén (Lucas 9:51). Sabía muy bien lo que le esperaba allí, y la respuesta que dieran a su pregunta tenía una importancia capital. Sabía que iba a morir en una cruz; y quería saber, antes de ponerse en camino, si había alguien que hubiera descubierto de veras Quién era Él. De la respuesta correcta dependía todo. Por otra parte, si delataba una incomprensión obtusa, toda la obra de Jesús habría sido inútil. Si se habían dado cuenta, aunque fuera incompletamente , eso quería decir que Jesús había encendido en sus corazones una antorcha tal que el tiempo no podría apagar nunca. ¡Qué gran alivio debe de haber sido para Jesús el escuchar de labios de Pedro el gran descubrimiento! «¡Tú eres el Mesías de Dios!» Cuando Jesús oyó aquello, se dio cuenta de que no había fracasado.

Pero los Doce tenían que descubrir, no sólo Quién era Jesús, sino lo que aquello significaba. Habían crecido en un ambiente en el que se esperaba que Dios mandara un Rey conquistador que llevara al pueblo de Israel a ser el amo del mundo. A Pedro le brillarían los ojos de emoción cuando hizo su gran confesión. Pero Jesús todavía tenía que enseñarles que el Mesías, el Ungido de Dios, había venido para morir en una cruz. Jesús tenía que darles la vuelta a todas las ideas que ellos tenían acerca de Dios y de los propósitos de Dios; y eso fue lo que se dedicó a hacer desde aquel momento. Habían descubierto Quién era Él; ahora tenían que descubrir lo que aquello quería decir.

Hay dos grandes verdades generales en este pasaje.

(i) Jesús empezó por preguntarles lo que la gente decía de Él; y a continuación, les preguntó directamente a los Doce: «Y, vosotros, ¿quién decís que soy?» No es bastante para nadie el saber lo que los demás dicen de Jesús. Podría ser que una persona pudiera aprobar un examen acerca de lo que se ha pensado y dicho acerca de Jesús; podría ser que hubiera leído todos los libros de cristología que se han escrito en el mundo, y todavía no ser cristiana. Jesús tiene que ser siempre nuestro descubrimiento personal. Nuestra religión no puede ser «lo que diga la gente». Jesús llega a preguntarnos a cada uno, no: «¿Me puedes decir lo que otros han dicho o escrito acerca de Mí?», sino: «¿Quién soy Yo para ti?» Pablo no dijo: «Yo sé lo que he creído», sino: «Yo sé en Quién he creído» (2 Timoteo 1:12). El Evangelio no consiste en recitar un credo, sino en conocer a una Persona.

(ii) Jesús dijo: «Es necesario que vaya a Jerusalén a morir.» Es del mayor interés el ver las veces que Jesús dice es necesario en el evangelio de Lucas. «Me era necesario estar en la casa de mi Padre» (2:49); «Me es necesario predicar el Reino» (4:43); «Es necesario que recorra mi camino hoy y mañana» (13:33). Una y otra vez les dijo a sus discípulos que le era necesario ir a la cruz (9:22; 17:25; 24:7). Jesús sabía que tenía que cumplir su misión. La voluntad de Dios era su voluntad.

No tenía otro propósito en la Tierra que hacer aquello para lo que el Padre le había mandado. El cristiano, como su Señor, es una persona a las órdenes de Dios.

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