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Jesus predice su muerte por primera vez

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Jesus predice su muerte por primera vez

Y desde luego comenzó a manifestar a sus discípulos que convenía que fuese Él a Jerusalén, y que allí padeciese muchos tormentos de parte de los ancianos, y de los escribas, y de los príncipes de los sacer­dotes, y que fuese muerto, y que resucitase al tercer día. Y hablaba de esto muy claramente. Tomándole aparte Pedro, trataba de disuadírselo, diciendo: ¡Ah, Señor!, de ningún modo; no, no ha de verificarse eso en ti. Pero Jesús, vuelto a él, y mirando a sus discípulos, reprendió ásperamente a Pedro, diciendo: Quítate de delante de mi, Satanás, que me escandalizas; porque no tienes conocimiento ni gusto de las cosas de Dios, sino de las de los hombres. Después, convocando al pueblo con sus discípulos, les dijo a todos: Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mis­mo, y cargue con su cruz cada día, y sígame. Pues quien quisiere salvar su vida obrando contra mí, la perderá; mas quien perdiere su vida por amor a mí y del mensaje de salvación, la encontrará y la pondrá a salvo eterna­mente. Porque, ¿de qué le sirve al hombre el ganar todo el mun­do, si pierde su alma? ¿O con qué cambio podrá el hom­bre rescatarla una vez perdida? Ello es que el Hijo del hombre ha de venir revestido de la gloria de su Padre, acompañado de sus ángeles, a juzgar a los hombres; y entonces dará el pago a cada cual conforme a sus obras. Ello es que quien se avergonzare de mí de mi doctrina en medio de esta nación adúltera y pecadora, igualmente se avergonzará de él el Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, acompañado de los santos án­geles. En verdad os digo que hay aquí algunos que no han de morir antes que vean al Hijo del hombre aparecer en el esplendor de su reino. Mateo 16: 21-28: Marcos 8:31-9:1; Lucas 9.21-27

Aunque los discípulos habían captado el hecho de que Jesús era el Mesías de Dios, todavía no habían comprendido todas las implicaciones de aquel gran hecho. Ellos estaban pensando todavía en términos de un Mesías conquistador, un rey guerrero, que barrería a los romanos de Palestina y conduciría a Israel al poder. Por eso fue por lo que Jesús les mandó que guardaran silencio. Si se hubieran dirigido a la gente y hubieran predicado sus propias ideas, todo lo que habrían logrado habría sido suscitar una trágica rebelión; no podrían haber producido más que otro levantamiento violento condenado al desastre. Antes de predicar que Jesús era el Mesías, tenían que aprender lo que aquello quería decir. De hecho, la reacción de Pedro muestra lo lejos que estaban todavía los discípulos de darse cuenta precisamente de lo que Jesús quiso decir cuando se presentó como el Mesías y el Hijo de Dios.

Así es que Jesús empezó a buscar la manera de abrirles los ojos al hecho de que para Él no había más camino que el de la Cruz. Les dijo que tenía que ir, a Jerusalén a sufrir bajo el poder de «los ancianos y principales sacerdotes y escribas.» Estos tres grupos eran de hecho los que componían el sanedrín. Los ancianos eran hombres respetados por el pueblo; los principales sacerdotes eran principalmente saduceos; y los escribas eran fariseos. En efecto, Jesús estaba diciendo que había de sufrir bajo el poder de los dirigentes religiosos del país.

Tan pronto como Jesús dijo aquello, Pedro reaccionó con violencia. Pedro había crecido con la idea de un mesías de poder y gloria y conquista. Para él, la idea de un Mesías doliente, el conectar la obra del mesías con una cruz, era increíble. Así es que «echó mano» de Jesús. Casi seguro el significado es que él puso sus brazos protectores alrededor de Jesús, como para impedirle que siguiera ese curso de acción suicida. «Eso -Le dijo Pedro- no debe y no puede sucederte.» Y entonces vino la gran reprensión que nos deja sin aliento: « ¡Quítate de delante de Mí, Satanás!»

Hay ciertas cosas que debemos captar para poder entender esta escena dramática y trágica. Debemos tratar de captar el tono de la voz de Jesús. Podemos estar seguros de que no hubo un tono de ira en Su voz ni un destello de indignación en Sus ojos. Lo dijo con el corazón herido, con un dolor punzante y con una especie de horror insoportable. ¿Por qué reaccionó Jesús así?

En aquel momento volvieron a Él con una fuerza cruel las tentaciones con las que se había enfrentado en el desierto al empezar Su ministerio. Allí había sentido la tentación de seguir el camino del poder: «Dales pan, dales cosas materiales -Le dijo el tentador-, y Te seguirán.» «Dales sensaciones -Le dijo el tentador-, dales maravillas, y Te seguirán.» «Llega a un acuerdo con el mundo -Le dijo el tentador-, rebaja tu nivel, y Te seguirán.» Eran precisamente las mismas tentaciones las que Pedro Le presentaba a Jesús otra vez.

Tampoco estuvieron estas tentaciones totalmente ausentes de la menté de Jesús. Lucas ahondó en el corazón del Maestro cuando, al final de la historia de las tentaciones, escribió:: «Y cuando el diablo había agotado todas sus tentaciones, se apartó de Él hasta que surgiera otra ocasión propicia» (Lucas 4:13). Una y otra vez el tentador Le lanzó su ataque. Nadie quiere una cruz; nadie quiere morir en agonía; hasta en el huerto de Getsemaní, esa misma tentación Le sobrevino a Jesús: la tentación de seguir otro camino.

Y aquí Pedro Se la está ofreciendo a Jesús. El carácter abrupto y violento de la respuesta de Jesús fue debido sin duda al hecho de que Pedro estaba sugiriéndole las mismas cosas que el tentador Le había estado sugiriendo todo el tiempo, las mismas cosas contra las que Él había cerrado Su corazón. Pedro estaba confrontando a Jesús con la manera de evitar la Cruz que hasta el fin se Le proponía.

Por eso fue Pedro Satanás. Satanás quiere decir literalmente el adversario. Por eso era por lo que las ideas de Pedro no eran las de Dios sino las de los hombres. Satanás es cualquier fuerza que trata de apartarnos del camino de Dios; Satanás es cualquier influencia que trata de desviarnos de camino difícil que Dios nos propone; Satanás es cualquier poder que trata de hacer que los deseos humanos ocupen el lugar del imperativo divino.

Lo que hizo la tentación más aguda fue el hecho de que viniera de uno que amaba a Jesús. Pedro habló de aquella manera solamente porque amaba a Jesús tanto que no podía soportar pensar que Él hollara ese terrible sendero y muriera esa muerte terrible. La tentación más dura de todas es la que nos viene de un amor protector. Hay veces cuando el amor entrañable trata de desviarnos de los peligros del sendero de Dios; pero el verdadero amor no es el que retiene al caballero en su castillo, sino el que le lanza a cumplir las demandas de su condición de caballero, que le son dadas, no para hacer la vida fácil, sino para hacerla grande. Es perfectamente posible para el amor el ser tan protector que busca defender a aquellos que ama de la aventura de la milicia del soldado de Cristo, y de las adversidades del camino del peregrino de Dios. Lo que realmente Le hirió el corazón a Jesús y Le hizo hablar de esa manera fue que el tentador utilizó en aquella ocasión el tierno pero equivocado amor del cálido corazón de Pedro.

El desafío tras la reprensión

Antes de salirnos de este pasaje, es interesante considerar dos interpretaciones muy tempranas de la frase: «¡Ponte detrás de Mí, Satanás!» Orígenes sugirió que Jesús le estaba diciendo a Pedro: «Pedro, tu lugar está detrás de Mí, no delante de Mí. Tu cometido es seguirme en el camino que Yo escoja, no tratar de guiarme por el camino que tú quieres que vaya.» Si la frase se puede interpretar de esa manera, por lo menos algo de su acritud se elimina, porque no destierra a Pedro de la presencia de Cristo, sino simplemente le recuerda cuál es el lugar que le corresponde como seguidor que va por las huellas de Jesús. Es verdad para todos nosotros que siempre debemos seguir al camino de Cristo, y nunca intentar hacerle seguir el nuestro.

Un nuevo desarrollo de este dicho de Jesús lo encontramos a la luz de lo que le dijo a Satanás al final de las tentaciones que encontramos en Mateo 4:10. En la versión Reina-Valera ese texto dice: «Vete, Satanás,» y aquí: « ¡Quítate de delante de mí, Satanás!» -y en la nota se hace referencia al pasaje anterior. En el original, en 4:10 dice: «Hypague Satana, » y aquí se añaden dos palabras: «Hypague opiso mu, Satana, » es decir: « ¡Vete, Satanás!,» y « ¡Vete detrás de Mí, Satanás!»

Lo que hay que notar es que la orden de Jesús a Satanás es sencillamente: « ¡Vete!,» mientras que la orden a Pedro es: «¡Vete detrás de Mí!» Es decir: «Vuelve a ser Mi seguidor.» Satanás es desterrado de la presencia de Cristo; a Pedro le llama de nuCvo para que sea Su seguidor. Lo único que Satanás no podía nunca llegar a ser era seguidor de Cristo; en su orgullo diabólico, jamás se sometería a eso; por eso es Satanás. Por otra parte, Pedro podría estar equivocado y caer en pecado, pero para él siempre existía el desafío y la oportunidad de convertirse otra vez en seguidor.

Es como si Jesús le dijera a Pedro: «Acabas de hablar como hablaría Satanás. Pero el que habló no era el verdadero Pedro. Tú te puedes redimir a ti mismo. Ven detrás de Mí, y sé otra vez Mi seguidor, y volverás a estar bien en tu sitio.» La diferencia fundamental entre Pedro y Satanás está precisamente en el hecho de que Satanás nunca se colocaría detrás de Jesús. Siempre que una persona esté dispuesta a seguir, aun después de haber caído, hay para ella esperanza de gloria aquí y en el más allá.

El gran desafío

A continuación, Jesús les dijo a Sus discípulos: El que quiera ser mi seguidor, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y Me siga.

Porque el que quiera mantener su vida a salvo, la perderá; pero el que pierda su vida por Mi causa, la encontrará. Porque, ¿de qué le servirá a una persona llegar a ser el amo del mundo si le cuesta su alma? ¿Qué puede dar una persona a cambio de su vida?

Este es uno de los temas dominantes y frecuentes en la enseñanza de Jesús. Estas son cosas de Jesús dijo una y otra vez (Mateo 10:37-39; Marcos 8:34-37; Lucas 9:23-27; 14:2527; 17:33; Juan 12:25). Una y otra vez Jesús les hacía enfrentarse con el desafío de la vida cristiana. Hay tres cosas que una persona debe estar dispuesta a hacer si quiere de veras vivir la vida cristiana.

(i) Debe negarse a sí misma. Corrientemente usamos la palabra autonegación en un sentido limitado. Nos referimos a renunciar a algo. Por ejemplo, una semana de autonegación puede ser una semana en que nos privamos de ciertos placeres o lujos a fin de conseguir alguna buena causa.

Pero eso es solo una mínima parte de lo que Jesús quería decir por autonegación. El negarse a sí mismo quiere decir en todos los momentos de la vida decirle no al yo y sí a Dios. Negarse a sí mismo quiere decir una vez y por todas y para siempre destronar el yo y entronizar a Dios. Negarse a sí mismo quiere decir borrar el yo como principio dominante de la vida, y hacer que Dios sea el principio rector, o más aún, la pasión dominante de la vida. Una vida de constante negación al yo es una vida de constante afirmación de Dios.

(ii) Debe cargar con su cruz. Es decir: debe asumir la carga del sacrificio. La vida cristiana es la vida del servicio sacrificial. Puede que el cristiano tenga que abandonar la ambición personal para servir a Cristo; puede ser que descubra que el lugar donde puede rendir a Jesucristo el mayor servicio sea donde la recompensa sea más pequeña y el prestigio ni siquiera exista. Probablemente tendrá que sacrificar tiempo y ocio y placer para servir a Dios por medio del servicio a sus semejantes.

Para decirlo sencilla y llanamente: la comodidad junto a la chimenea, el placer de una visita a un lugar de entretenimiento, puede que hayan de sacrificarse por los deberes de una responsabilidad en la iglesia, la dedicación a un grupo de jóvenes, la visita al hogar de algún alma triste o solitaria. Bien puede que se tengan que sacrificar algunas cosas que uno se podría permitir poseer, a fin de dar más a los demás. La vida cristiana es la vida sacrificial.

Lucas, con un destello de intuición diáfana, añade una palabra a este mandamiento de Jesús: «Que cargue con su cruz diariamente.» Lo realmente importante no son los grandes momentos de sacrificio, sino la vida que se vive en constante conciencia de las demandas de Dios y las necesidades de los demás. La vida cristiana es una vida que se preocupa por los demás más que por uno mismo.

(iii) Debe seguir a Jesucristo. Es decir: debe rendirle a Jesucristo una obediencia total. Cuando yo era joven, solíamos jugar a una cosa que llamábamos «seguir al líder.» Todo lo que hacía el líder, aunque fuera difícil o, en el caso del juego, hasta ridículo, se tenía que imitar. La vida cristiana es un constante seguir a nuestro Líder, una obediencia constante en pensamiento, palabra y obra, a Jesucristo. El cristiano sigue las huellas de Cristo, dondequiera que Él guíe.

Perder y encontrar la vida

Hay todo un mundo de diferencia entre existir y vivir. Existir es simplemente tener pulmones que respiran y un corazón que late; vivir es estar vivo en un mundo en el que todo vale la pena, en el que hay paz en el alma, gozo en el corazón, e interés en cada cosa y momento. Jesús nos da aquí la receta para la vida como distinta de la existencia.

El que va a lo seguro, ama la vida. Mateo estaba escribiendo allá por los años ‹80 d.C. Por tanto, estaba escribiendo en algunos de los días más amargos de la persecución. Estaba diciendo: «Puede que llegue el momento en que puedas salvar la vida abandonando la fe; pero, en ese caso, lejos de salvar la vida, lo que haces es perderla.» El que es fiel puede que muera, pero morirá para vivir; el que abandone la fe para tener seguridad, puede que viva, pero vivirá para morir.

En nuestro tiempo y país no es probable que sea una cuestión de martirio, pero sigue siendo un hecho que, si nos enfrentamos con la vida en una constante búsqueda de seguridad, facilidad y comodidad, si todas las decisiones las hacemos por motivos mundanos de prudencia, estamos perdiéndonos todo lo que hace que la vida valga la pena. La vida se convierte en algo incoloro y blandengue, cuando podría haber sido una aventura. La vida se convierte en algo egoísta, cuando podría haber estado radiante en el servicio. La vida se vuelve una cosa atada a la tierra, cuando podría haber estado escalando las estrellas. Alguien escribió una vez un amargo epitafio a otro: «Nació hombre, y murió tendero.» En vez de tendero podemos poner cualquier otra profesión. El que siempre juega a lo seguro deja de ser un hombre, porque el hombre fue hecho a imagen de Dios.

(ii) El hombre que lo arriesga todo -y puede que parezca que lo ha perdido todo- por Cristo, encuentra la vida. La sencilla lección de la Historia es que siempre han sido las almas aventureras, que dijeron adiós a la seguridad y a la tranquilidad, las que escribieron sus nombres en la Historia y ayudaron grandemente a la humanidad. Si no hubiera sido por los que, estuvieron dispuestos a asumir riesgos, no habría existido ninguna cura médica. Si no hubiera sido por los que estuvieron dispuestos a asumir riesgos, muchos de los aparatos que hacen la vida más fácil no se habrían inventado. Si no hubiera sido por las madres que estuvieron dispuestas a asumir riesgos, no habría nacido ningún niño. Siempre es la persona que está dispuesta « a jugarse la vida a que hay Dios» la que a fin de cuentas encuentra la vida.

(iii) Entonces Jesús hace una advertencia: «Supongamos que uno va a lo seguro; supongamos que se gana todo el mundo; supongamos también que la vida no vale la pena… ¿Qué puede hacer para recuperar la vida?» Y la hosca conclusión es que no puede hacer nada para recuperarla. En cualquier decisión de la vida estamos haciéndonos algo a nosotros mismos; nos estamos haciendo una clase de persona; estamos construyendo paulatina e inevitablemente una cierta clase de carácter; estamos capacitándonos para hacer ciertas cosas e incapacitándonos para hacer otras. Es posible que uno consiga todo lo que se propone, y que se despierte una mañana para darse cuenta de que ha perdido todo lo que era más importante.

El mundo representa aquí las cosas materiales que son opuestas á Dios; y de todas ellas se pueden decir tres cosas.

(a) Uno no se las puede llevar consigo al final; no puede llevarse nada más que a sí mismo; y, si se ha degradado a sí mismo para conseguirlas, más amargo será su pesar.

(b) No le pueden ayudar a uno en las circunstancias aciagas de la vida. Las cosas materiales no pueden sanar un corazón quebrantado ni alegrar a un alma -solitaria.

(c) Si resultara que una persona hubiera ganado sus posesiones materiales de una manera deshonrosa, llegará el día cuando hable la conciencia, y experimentará el infierno a este lado de la tumba.

El mundo está lleno de voces que advierten que es un loco el que vende la vida real por cosas materiales.

(iv) Por último, Jesús pregunta: « ¿Qué puede dar un hombre a cambio de su alma?» La palabra griega es: «¿Qué antal- lagma dará un hombre por su alma?» Antal- lagma es una palabra interesante. En el libro del Eclesiástico leemos: «No hay antal- lagma por un amigo fiel,» y « No hay antal- lagma por un alma disciplinada» (Eclesiástico 6:15; 26:14). Quiere decir que no hay dinero en el mundo para comprar un amigo fiel o un alma disciplinada; que son cosas que no tienen precio. Así es que este dicho final de Jesús puede querer decir dos cosas.

(a) Puede querer decir: Una vez que una persona ha perdido la vida real por su deseo de cosas materiales y de seguridad, no hay precio que pueda pagar para recuperarla. Se ha producido un perjuicio que no podrá borrar jamás.

(b) Puede querer decir: Una persona se debe a sí misma y todo lo demás a Jesucristo; y no hay nada que Le pueda dar a Cristo a cambio de su vida. Es muy posible que trate de darle a Cristo su dinero para quedarse con su vida. Y aún más posible que Le dé a Cristo un tributo de labios para fuera y siga reteniendo su vida. Muchas personas contribuyen económicamente al mantenimiento de la iglesia, pero no asisten. Está claro que eso no satisface las demandas de la membresía. Lo único que podemos darle a la Iglesia esa nosotros mismos; y la única donación que podemos hacerle a Cristo es toda nuestra vida. No hay ningún sustituto. Ninguna otra cosa valdrá.

La advertencia y la promesa

Jesús siguió diciéndoles: Porque el Hijo del Hombre vendrá con la gloria de Su Padre, con Sus ángeles, y entonces sancionará a cada persona según su curso de acción. Os digo la pura verdad: Hay algunos de dos que están aquí que no probarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre llegando en Su Reino.

Hay aquí dos dichos bastante distintos.

(i) El primero contiene una advertencia, el anuncio de un juicio inevitable. La vida se dirige a alguna parte, y habrá de enfrentarse a un juicio. En cualquier esfera de la vida se llega inevitablemente al momento de rendir cuentas. No hay más remedio que reconocer el hecho de que el Cristianismo enseña que después de la vida en el mundo viene el juicio; y si tomamos este pasaje en relación con el que le precede vemos inmediatamente cuál es el criterio del juicio. El que acapara la vida para sí mismo egoístamente, el que no se interesa más que en su propia seguridad y salvación y comodidad, a los ojos del Cielo ha fracasado aunque parezca haber conseguido muchos éxitos y riquezas y prosperidad. El que se da a sí mismo a los demás y vive la vida como una generosa aventura es el que recibe la aprobación del Cielo y la recompensa de Dios.

(ii) El segundo es una promesa. Según nos transmite la frase Mateo, parece como si Jesús hablara como si esperara que Su Segunda Venida tuviera lugar durante la vida de algunos de los que Le estaban escuchando. Si fue eso lo que quiso decir, y de la manera que nosotros lo entendemos, entonces Se equivocó. Pero vemos el sentido real de lo que dijo Jesús cuando leemos cómo nos lo transmite Marcos, que nos dice: «También les dijo: –De cierto os digo que algunos de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que hayan visto el Reino de Dios venir con poden»

Jesús está hablando del poderoso obrar de Su Reino; y lo que Él dijo resultó divinamente cierto. Había algunos allí presentes que habían de ver la venida del Espíritu el día de Pentecostés. Había allí algunos que habían de ver a judíos y gentiles entrar en tromba en el Reino; habían de ver la marea del Evangelio inundar las tierras de Asia Menor y pasar a Europa hasta llegar a Roma.

Durante la vida de muchos de los que oyeron hablar a Jesús, el Reino vino con poder. De nuevo tenemos que tomar esto en estrecha relación con lo que hay antes. Jesús advirtió a Sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, y sufrir allí muchas cosas, y morir. Esa era la vergüenza; pero la vergüenza no sería el fin. Después de la Cruz vino la Resurrección. La Cruz no habría de ser el final; solo el principio del desatamiento de ese poder que había de inundar a todo el mundo. Esta es la promesa que Jesús les hizo a Sus discípulos: que nada que el mundo pueda hacer podrá impedir el avance del Reino de Dios.

Tenemos que leer este pasaje en el trasfondo de lo que acabamos de ver que se creía corrientemente acerca del Mesías. Cuando Jesús conectó el mesiazgo con el sufrimiento y la muerte, estaba haciendo afirmaciones que les resultaban tanto increíbles como incomprensibles a Sus discípulos. A lo largo de toda su vida habían pensado en el Mesías en términos de conquista irresistible, y ahora se les presentaba una idea que los desarticulaba. Por eso fue por lo que Pedro protestó tan violentamente. Para él, todo eso era absurdo.

¿Por qué reprendió Jesús tan duramente a Pedro? Porque estaba expresando las mismas tentaciones que asediaban a Jesús. Él no quería morir. Sabía que tenía poderes que podía emplear para la conquista. En este momento estaba peleando de nuevo la batalla de las tentaciones en el desierto. Era el diablo el que Le estaba tentando otra vez a que Se postrara y le adorara para seguir su camino en lugar de seguir el camino de Dios.

Es extraño, y a veces terrible, que el tentador nos hable en la voz de un amigo bien intencionado. Puede que hayamos decidido seguir un curso de acción que es correcto, pero que conlleva inevitablemente problemas, pérdidas, impopularidad, sacrificio; y algún amigo bien intencionado intenta detenernos con las mejores razones del mundo. Yo conocí a un hombre que había decidido adoptar un método de acción que le conduciría casi inevitablemente a problemas.

Un amigo se dirigió a él, y trató de disuadirle. «Acuérdate -le dijo- que tienes mujer y familia. No puedes hacer eso.» Es muy posible que alguien nos quiera tanto que quiera evitarnos problemas, y hacernos ir seguros por la vida.

En Gareth and Lynette, Tennyson nos cuenta la historia del hijo menor de Lot y Bellicent. Había captado la visión, y quería ser uno de los caballeros de la Mesa Redonda. Bellicent, su madre, no quería dejarle partir. « ¿No te da lástima dejarme sola?» le preguntó. El padre de Gareth, Lot, anciano ya, le dijo ella, «está tumbado como un tronco que ya casi se ha consumido al fuego.» Sus hermanos ya estaban en la corte de Artús. « ¡Quédate, mi mejor hijo! -le dice ella- Todavía eres más un muchacho que un hombre.» Si se quedaba, ella le prepararía la caza para mantenerle feliz, y le encontraría alguna princesa que fuera su novia. Él había captado la visión; y su madre se puso a ensartarle razones, una tras otra, a cuál más excelente, por las que debía quedarse en casa. Alguien que le amaba le hablaba con la voz del tentador sin darse cuenta; pero Gareth le contestó: Oh Madre, ¿cómo podrás mantenerme atado a ti como un perrillo? ¡Qué vergüenza! Yo soy un hombre hecho y derecho, y debo cumplir la misión de un hombre. ¿Perseguir a los ciervos? ¡Seguir a Cristo el Rey, vivir puro, hablar verdad, enderezar tuertos, seguir al Rey… De otra manera, ¿para qué nací?

Así que Gareth fue cuando y adonde la visión le llamó. El tentador no tiene armas más eficaces que cuando usa la voz de los que nos aman y amamos, que creen que no buscan sino nuestro bien. Eso fue lo que Le sucedió a Jesús aquel día; por eso Su respuesta fue tan dura. Ni siquiera la voz suplicante del amor debe silenciar en nosotros la imperiosa voz de Dios.

La carrera de un discípulo

Jesús llamó a la multitud, juntamente con Sus discípulos, y les dijo: -Si hay alguien que quiera ser Mi seguidor, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que Me siga.

Esta parte del evangelio de Marcos está tan próxima al corazón y centro de la fe cristiana que tenemos que tomarla casi frase por frase. Si cada día pudiera uno salir a la vida con una de estas frases en el corazón y dominando su vida, sería más que suficiente para seguir adelante.
Dos cosas sobresalen aquí a primera vista.

(i) Está la casi alucinante honradez de Jesús. Nadie podrá decir que se le indujo a seguir a Jesús con falsas promesas. Jesús no trató nunca de sobornar a nadie ofreciéndole un camino fácil. No ofrecía la paz, sino la gloria. Decirle a uno que debe estar dispuesto a cargar con una cruz es decirle que debe estar dispuesto a que le consideren un criminal, y a morir.

La honradez siempre ha sido una característica de los grandes líderes. En los días de la Guerra Mundial II, cuando Sir Winston Churchill asumió el gobierno de su país, todo lo que ofrecía era «sangre, trabajos, lágrimas y sudor.» Garibaldi, el gran patriota italiano, invitaba a seguirle en estos términos: «No ofrezco soldada, ni cuartel, ni provisiones; ofrezco hambre, sed, marchas forzadas, batallas y muerte. El que ame a su país de todo corazón y no sólo de labios para fuera, que me siga.»

«Soldados, todos nuestros esfuerzos contra fuerzas superiores han resultado ineficaces. No tengo nada que ofreceros, sino hambre, y sed, dureza y muerte; pero llamo a todos los que amen a su patria a unirse conmigo.»

Jesús nunca trató de seducir a nadie a unírsele ofreciendo un camino fácil; trató de desafiar, de despertar la caballerosidad durmiente en sus corazones con el ofrecimiento de un camino que ningún otro podría igualar en altura y dureza. Él no había venido a hacer la vida más fácil, sino a hacer a los hombres grandes.

(ii) Tenemos el hecho de que Jesús nunca apeló a los hombres para que arrostraran o hicieran nada que El no estuviera dispuesto a hacer o arrostrar. Esa es sin duda una de las características del líder al que otros siguen. Cuando Alejandro Magno emprendió la persecución de Darío, realizó una de las marchas maravillosas de la Historia. En once días hizo recorrer a sus hombres tres mil trescientos estadios, unos seiscientos kilómetros. Estaban casi a punto de rendirse, principalmente a causa de la sed, porque no tenían agua. Plutarco cuenta la historia: «Cuando estaban en esta angostura, sucedió que unos macedonios que habían cargado agua en pellejos sobre sus mulas de un río que habían descubierto vinieron a eso del mediodía al lugar donde estaba Alejandro, y viéndole casi ahogándose de sed llenaron un yelmo de agua y se lo ofrecieron. Él les preguntó para quién llevaban el agua; y le contestaron que para sus hijos, añadiendo que si podían salvarle a él la vida no les importaba el que todos ellos perecieran. Entonces él tomó el yelmo en sus manos y, mirando a su alrededor, cuando vio a todos los que estaban cerca de él estirar el cuello mirando ansiosamente el agua, se la devolvió a los que se la ofrecían dándoles las gracias, sin probar ni una gota. «Porque -dijo-, si yo fuera el único que bebiera, los demás se descorazonarían.» Los soldados, tan pronto como se dieron cuenta de su temperancia y magnanimidad en esta ocasión, todos a una gritaron que los condujera adelante sin recelos, y empezaron a espolear sus caballos. Porque teniendo tal rey, decían que desafiaban el cansancio y la sed, y se consideraban poco menos que inmortales.» Era fácil seguir a un líder que nunca exigía a sus hombres más de lo que él mismo soportaba.

Hubo un famoso general romano, Quinto Fabio Cunctator. Estaba discutiendo con su personal cómo tomar una posición difícil. Uno de sus oficiales sugirió una cierta manera: «No costará más que la vida de unos pocos.» Fabio le miró, y le dijo: «¿Estás dispuesto a ser uno de esos pocos?»

Jesús no era la clase de líder que se sienta remoto y juega con las vidas humanas como si fueran peones insignificantes. Lo que Él demandaba que arrostraran, El estaba también dispuesto a arrostrarlo. Jesús tiene derecho a llamarnos a asumir una cruz, porque Él la llevó antes por nosotros.

(iii) Jesús dijo del que quisiera ser discípulo suyo: «Que se niegue a sí mismo.» Comprenderemos mejor el sentido de esta exigencia si la tomamos sencilla y literalmente. «Que se diga que no a sí mismo.» Si uno quiere seguir a Jesucristo, debe siempre decirse a sí mismo que no, y a Jesús que sí. Debe decirle que no a su propio amor natural a la facilidad y la comodidad. Debe decirle que no a todo curso de acción basado en el propio interés y en la propia voluntad. Debe decirle que no a los instintos y a los deseos que le incitan a tocar y gustar y utilizar las cosas prohibidas. Debe decirle que sí sin dudar a la voz y al mandamiento de Jesucristo. Debe ser capaz de decir con Pablo que ya no es él quien vive, sino Cristo Quien vive en él. Ya no vive para seguir su propia voluntad, sino para seguir la de Cristo, en Cuyo servicio está la perfecta libertad.

Encontrar la vida perdiéndola

El que busque salvar su vida, la perderá; y el que la pierda por Mi causa y por la causa del Evangelio, la salvará.

Hay algunas cosas que se pierden si se guardan, y se salvan si se usan. Eso pasa con cualquier talento que se posea. Si se usa, se desarrolla y se convierte en algo más grande. Si se deja de usar, acaba por perderse. Así sucede supremamente con la vida.

La Historia está llena de ejemplos de personas que, al desprenderse de la vida, ganaron la vida eterna. Ya avanzado el siglo IV, había en el Oriente un monje que se llamaba Telémaco. Había decidido dejar el mundo y vivir en la soledad dedicado a la oración y la meditación y el ayuno a fin de salvar su alma. En su vida solitaria no buscaba nada más que estar en comunión con Dios; pero, por lo que fuera, se daba cuenta de que algo estaba equivocado. Cierto día, al levantarse de la posición arrodillada, le amaneció repentinamente la verdad de que su vida estaba basada, no en un amor desinteresado a Dios, sino en un amor egoísta. Se le impuso la convicción de que, si quería servir a Dios, tenía que servir a los hombres, que el desierto no era el hábitat natural de un cristiano, que las ciudades estaban llenas de pecado, y por tanto llenas de necesidad. Decidió decirle adiós al desierto y ponerse en camino hacia la ciudad más grande del mundo, Roma, al otro lado del mundo. Fue mendigando por tierras y por mares. Por aquel entonces, Roma ya era oficialmente cristiana.

Llegó en los días en que se le había concedido al general romano Eshílico que desfilara en triunfo por Roma por haber obtenido una victovia importantísima contra los godos. Aquello ya no era como en los días antiguos. Ahora era a las iglesias cristianas a las que acudían las multitudes, y no a los templos paganos. Había procesiones y celebraciones, y Estílico iba desfilando por las calles en triunfo al lado del joven emperador Honorio.

Pero una cosa sobrevivía en la Roma cristiana. Todavía existían el circo y los juegos de gladiadores. Ya no se arrojaban los cristianos a los leones; pero todavía tenían que luchar a muerte los prisioneros de guerra para divertir en las fiestas al populacho romano. Todavía rugían los espectadores, emborrachados de sangre por las luchas de los gladiadores.

Telémaco consiguió llegar al circo. Había allí 80,000 espectadores. Estaban terminando las carreras de cuadrigas; y el público esperaba impaciente que salieran los gladiadores a luchar. Por fin salieron a la arena proclamando su saludo: «¡Hola, César! ¡Los que vamos a morir te saludamos!» La lucha empezó, y Telémaco estaba apabullado. Hombres por quienes Cristo había muerto estaban matándose para divertir a un populacho supuestamente cristiano. Telémaco saltó la barrera. Se puso entre los gladiadores, que se detuvieron un instante. «¡Que sigan los juegos!», rugía la multitud. Empujaron al intruso a un lado. Todavía llevaba la vestimenta de los ermitaños. Pero Telémaco volvió a colocarse entre los luchadores. La multitud empezó a tirarle piedras. Gritaron a los gladiadores que le mataran y se le quitaran de en medio.

El jefe de los juegos dio una orden; la espada de un gladiador se levantó y cayó sobre él como un rayo, y Telémaco cayó y quedó muerto.

Repentinamente la multitud quedó en silencio. Estaban todos sobrecogidos ante el hecho de que un hombre santo hubiera recibido la muerte de aquella manera. Repentinamente la masa se dio cuenta de lo que era en realidad aquella matanza. Los juegos se terminaron abruptamente aquel día, y ya nunca volvieron a celebrarse. Telémaco, con su muerte, acabó con ellos. Como el famoso historiador Gibbon dijo de él: « Su muerte fue más útil a la humanidad que su vida.» Al perder su vida había hecho más de lo que hubiera podido hacer nunca cultivándola en devociones privadas en el desierto.

Dios nos ha dado la vida para gastarla, y no para conservarla. Si vivimos con mucho cuidado, pensando siempre en primer lugar en nuestro propio provecho, facilidad, comodidad y seguridad; si nuestro único propósito en la vida es prolongarla lo más posible, manteniéndola libre de problemas lo más posible; si no realizamos ningún esfuerzo nada más que en provecho propio, estamos perdiendo la vida todo el tiempo. Pero si empleamos la vida en beneficio de los demás, si nos olvidamos de la salud y del tiempo y de la riqueza y de la comodidad en nuestro deseo de hacer algo por Jesús y por las demás personas por las que Cristo murió, estamos ganando la vida todo el tiempo.

¿Qué habría sucedido al mundo si los médicos y los hombres de ciencia y los inventores no hubieran estado dispuestos a hacer experimentos arriesgados muchas veces para su propia vida? ¿Qué habría sucedido si todo el mundo no hubiera querido nada más que quedarse cómodamente en casa, y no hubiera habido exploradores ni pioneros? ¿Qué pasaría si todas las madres se negaran a correr el riesgo de traer un hijo al mundo? ¿Qué pasaría si todos los hombres emplearan todo lo que tienen en sí mismos y para sí mismos?

La misma esencia de la vida consiste en arriesgarla, en utilizarla, no en salvarla y ahorrarla. Es verdad que este es el camino de la fatiga, del agotamiento, del darse hasta lo último -pero es mejor siempre quemarse que oxidarse, porque ese es el camino que conduce a la felicidad y a Dios.

El valor supremo de la vida

¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su propia vida? Porque, ¿qué puede dar una persona a cambio de su vida?

En cierto sentido es totalmente posible que un hombre obtenga un tremendo éxito en la vida, y por otra parte esté viviendo una vida que no vale la pena vivir. La verdadera pregunta que hace Jesús es: «¿Dónde pones tú los valores de la vida?» Es posible que uno ponga sus valores en cosas que no los tienen, y descubrirlo demasiado tarde.

(i) Una persona puede sacrificar su honor por un beneficio. Puede desear cosas materiales y no preocuparse demasiado por cómo las obtiene. El mundo está lleno de tentaciones a una deshonra provechosa. George Macdonald cuenta en uno de sus libros que un sastre siempre introducía el dedo gordo para hacer un poco más cortas las medidas. «Le sisaba a su alma -decía- y lo sumaba en su cuenta.» La verdadera pregunta, la que habrá que contestar más tarde o más temprano es: «¿Cómo aparecen nuestras cuentas a la vista de Dios?» Dios es un inspector con Quien todos a fin de cuentas nos tendremos que enfrentar.

(ii) Uno puede que sacrifique los principios por la popularidad. Puede que el hombre comprensivo, complaciente, que sabe ceder, se ahorre muchos problemas. Puede que el que se consagra inflexiblemente a los principios no le caiga bien a nadie. Shakespeare hace el retrato del gran cardenal Wolsley, que sirvió a Enrique VIII con todo el ingenio y la astucia que poseía:
Si yo hubiera servido a mi Dios con la mitad del celo con que he servido a mi rey, Él no me habría dejado desnudo a mi edad ante mis enemigos.

La verdadera pregunta, la que cada uno tendrá que arrostrar a fin de cuentas, no es: « ¿Qué pensaron los demás de esto?» sino: «¿Qué piensa Dios de esto?» No es el veredicto de la opinión pública el que decide el destino, sino el de Dios.

(iii) Una persona puede que sacrifique las cosas permanentes y valiosas por otras pasajeras y baratas. Siempre es fácil obtener un éxito barato. Un autor puede que sacrifique lo que podría ser realmente grande por el éxito barato de un momento. Un músico puede que produzca ligerezas efímeras cuando podría estar produciendo algo real y permanente. Un hombre puede que escoja un trabajo que le proporcionará más dinero y comodidades dando la espalda a otro en el que podría prestar más servicios a sus semejantes. Uno puede pasar la vida ocupándose de cosas pequeñas y pasando por alto las grandes. Una mujer puede que prefiera una vida de placer y de eso que se considera libertad a cambio del servicio de su hogar y la educación de su familia.

Pero la vida tiene su manera de revelar los verdaderos valores y condenar los falsos con el paso del tiempo. Lo que no cuesta, nunca dura.

(iv) Podemos resumirlo todo diciendo que una persona puede sacrificar la eternidad por el momento. Nos salvaríamos de toda clase de equivocaciones si miráramos siempre las cosas a la luz de la eternidad. Muchas cosas son agradables por un momento, pero más tarde traen la ruina. La prueba de la eternidad, la prueba de tratar de ver las cosas como Dios las ve, es la prueba más real de todas.

La persona que ve las cosas como Dios las ve, nunca empleará la vida en las cosas que pierden el alma.

Cuando el Rey venga a los suyos

-Del que se avergüence de Mí y de Mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en la gloria de Su Padre con los santos ángeles. Y Jesús solía decirles también: Esto que os digo es la,pura verdad: Hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte antes de ver venir con poder el Reino de Dios.

Una cosa sobresale en este pasaje: la confianza de Jesús. Acaba de hablar acerca de Su muerte; no duda que la Cruz Le espera más adelante; pero, no obstante, está absolutamente seguro de que al final le espera el triunfo definitivo.

La primera parte del pasaje presenta una verdad sencilla. Cuando el Rey venga a Su Reino mostrará Su fidelidad para con aquellos que Le hayan sido fieles. Nadie puede ahorrarse todos los problemas de una gran empresa y después cosechar todos los beneficios. Nadie puede esperar evitarse el servir en alguna campaña, y después participar de las decoraciones cuando se haya llegado a una conclusión victoriosa. Jesús está diciendo: «El Cristianismo se encuentra en un mundo difícil y hostil en este tiempo. Si alguien se avergüenza en tales condiciones de mostrarse cristiano, si tiene miedo de manifestar de qué lado está, no puede esperar obtener un puesto de honor cuando venga el Rey.»

La última parte de este pasaje ha motivado mucho pensamiento profundo y serio. Jesús dice que muchos que estaban allí no morirían hasta ver el Reino venir con poder. Lo que preocupa a algunas personas les viene de tomar estas palabras como una referencia a la Segunda Venida; en ese caso, Jesús Se habría equivocado, porque no volvió en poder y gloria durante la vida de ninguno de los que estaban allí.

Pero esta no es una referencia a la Segunda Venida. Consideremos la situación. Hasta entonces, Jesús no había estado más que una vez fuera de Palestina, y en aquella ocasión no pasó de los pueblos limítrofes de Tiro y Sidón. Sólo unos poquitos en un país muy pequeño habían oído de Él. Palestina no tenía más que 200 kilómetros de Norte a Sur, y unos 60 de Este a Oeste; su población total era de unos 4,000,000. El hablar en términos de conquista mundial cuando apenas había estado fuera de aquel pequeño país sonaba extraño. Todavía complicaba las cosas más el hecho de que en aquel pequeño país Jesús había despertado de tal manera la enemistad de los líderes ortodoxos y de los que tenían el poder en sus manos que era absolutamente cierto que no podía esperar nada más que la muerte como hereje y proscrito. A la luz de una situación así, debe de haber habido muchos que se desanimaban al considerar las nulas perspectivas de futuro del Cristianismo, que parecía que en breve tiempo sería barrido completamente y eliminado del mundo. Humanamente hablando estos pesimistas parecían tener razón.

Ahora consideremos lo que sucedió. Apenas treinta años después, el Cristianismo se había extendido por Asia Menor; había una gran iglesia cristiana en Antioquía; se había introducido en Egipto, y los cristianos ocupaban una posición estable en Alejandría; había cruzado el mar y llegado a Roma, y se había extendido por toda Grecia. El Cristianismo había avanzado como una marea incontenible por todo el mundo. Era sorprendentemente cierto que durante la vida de algunos de los que estaban allí, contra todos los pronósticos humanos, el Cristianismo había llegado con poder. Lejos de equivocarse, Jesús estaba absolutamente en lo cierto.

Lo sorprendente es que Jesús nunca conociera el desánimo. Ante la torpeza de las mente de muchos, frente a la oposición de los poderosos, ante la perspectiva de la Cruz y de la muerte, Jesús no puso nunca en duda Su triunfo final -porque nunca dudó de Dios. Siempre estuvo seguro de que, lo que a los hombres les parecía imposible, era totalmente posible con Dios.

Aquí establece Jesús las condiciones de servicio para los que quieran ser sus seguidores.

(i) Uno tiene que negarse a sí mismo. ¿Qué quiere decir eso? Un gran pensador lo explica de la siguiente manera: Pedro negó una vez a su Señor, y lo hizo diciendo: «No conozco a ese hombre.» Negarnos a nosotros mismos quiere decir: « No me conozco a mí mismo.» Es ignorar nuestra misma existencia. Es tratar a nuestro yo como si no existiera: Lo corriente es tratarnos cada uno a nosotros mismos como si fuéramos con mucho lo más importante del mundo. Si vamos a ser seguidores de Cristo tenemos que decirle que No a nuestro yo; más todavía: tenemos que olvidarnos de que existe.

(ii) Cada uno tiene que cargar con su cruz. Jesús sabía muy bien lo que quería decir la crucifixión: cuando era un chico de unos once años, Judas el Galileo había encabezado una revuelta contra Roma; había saqueado el arsenal de armas de Séforis, que estaba a seis kilómetros de Nazaret. La venganza de Roma no se hizo esperar: redujeron Séforis a cenizas, vendieron como esclavos a sus habitantes, y crucificaron a dos mil rebeldes a lo largo de la carretera para que sirvieran de escarmiento a los que tuvieran la tentación de rebelarse. El cargar con la cruz quiere decir estar preparado a arrastrar lo que venga por lealtad a Jesús; quiere decir estar dispuesto a sufrir lo peor que nos puedan hacer a causa de nuestra fidelidad a Él.

(iii) Uno debe gastar, la vida, no ahorrarla, Toda la escala de valores del mundo tiene que cambiar. La pregunta ya no es «¿Cuánto puedo sacar?», sino «¿Cuánto puedo dar?»; no «¿Qué es lo más seguro?», sino « ¿Qué es lo más justo?»; no «¿Qué es lo menos que tengo que hacer en mi trabajo?», sino «¿Qué es lo más posible?» El cristiano se tiene que dar cuenta de que se le ha dado la vida, no para que se la guarde para sí, sino para que la gaste para los demás; no para abrigar su llama, sino para, consumirse por Cristo y por los demás.

(iv) La lealtad a Jesús tendrá su recompensa, y la traición su castigo. Si le somos fieles en el tiempo, Él nos lo será en la eternidad; si tratamos de seguirle en este mundo, en el venidero Él nos reconocerá como suyos. Pero si con nuestra vida le negamos, aunque le confesemos con nuestros labios, llegará el día cuando Él tenga que hacer lo mismo con nosotros.

(v) En el último versículo de este pasaje, Jesús dice que algunos de los que estaban allí verían el Reino de Dios antes de morir. Algunos han mantenido que Jesús estaba pensando en su gloriosa Segunda Venida, y estaba diciendo que tendría lugar en la vida de algunos de los presentes; y que, por tanto, estaba equivocado. Pero no es eso. Lo que Jesús decía es que «antes que pase esta generación veréis las señales de que el Reino de Dios está en marcha.» Y no cabe duda de que aquello sí sucedió. Algo vino al mundo que, como la levadura en la masa, empezó a cambiarlo. No estaría mal que, a veces, aparcáramos nuestro pesimismo, y pensáramos más bien en la luz que ha empezado a amanecer en el mundo.

¡Ánimo! El Reino viene de camino, y haremos bien en darle gracias a Dios por todas las señales de su amanecer.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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