Intercediendo por un pecador
Si alguien ha causado pesar, no ha sido a mí a quien se lo ha causado sino, y no quiero exagerar, a todos vosotros. Para tal persona, el castigo que le ha impuesto la mayoría es suficiente; de modo que, lejos de imponerle una corrección más severa, lo que debéis hacer es perdonarle y confortarle para que no se hunda en una excesiva depresión. Así que, insisto: Que lo que decidáis con respecto a él sea inspirado por el amor. Porque, cuando os escribí, lo que me proponía era poneros a prueba para comprobar vuestra obediencia en todo. Lo que le hayáis perdonado a una persona, si yo tenía algo que perdonar, también lo he perdonado. Porque lo que he perdonado, si es que tenía algo, que perdonar, lo he perdonado por amor a vosotros en presencia de Cristo, para que no se salga Satanás coro la suya, porque sabemos muy bien lo que pretende.
De nuevo nos encontramos ante un pasaje que es un eco de problemas y disgustos. Cuando Pablo visitó Corinto, había habido un cabecilla de la oposición que había insultado abiertamente a Pablo, y Pablo había insistido en que se le impusiera una disciplina. La mayoría de los miembros se habían dado cuenta de que la conducta de esa persona no había ofendido solamente a Pablo, sino también el buen nombre de la iglesia de Corinto. Se le había impuesto una disciplina; pero todavía había algunos que creían que no había sido lo suficientemente severa, y que querían imponerle un mayor castigo.
Y ahí es donde se muestra la suprema grandeza de Pablo. Dice que ya se ha hecho bastante. La persona se ha arrepentido; y el ejercer todavía más disciplina haría más daño que bien. Podría llevar a la desesperación a aquella persona, lo que le ofrecería a Satanás una oportunidad de apoderarse de ella. Si Pablo hubiera obrado movido por motivos meramente humanos, se podría haber complacido de la suerte que le había caído a su anterior enemigo; aquí aparece en toda su grandeza la nobleza de su carácter cuando, por la generosidad de su corazón, intercede para que se tenga piedad del que tanto le había ofendido. Aquí tenemos un ejemplo excelente de cómo se enfrenta la conducta cristiana con la ofensa y el insulto.
(i) Pablo no considera aquello como un asunto meramente personal. No era porque se hubieran herido sus sentimientos por lo que aquello era importante. Lo que más le preocupaba era el buen orden y la paz de la iglesia. Hay algunos que lo toman todo por lo personal. Toman la crítica, hasta cuando es constructiva y amable, como un insulto personal. Tales personas contribuyen más que nadie a desterrar la paz de la comunidad. A todos nos sería bueno pensar que la crítica y el consejo se nos ofrecen, no para herirnos sino para ayudarnos, no para hundirnos sino para levantarnos.
(ii) La motivación de Pablo en el ejercicio de la disciplina no era venganza sino corrección; no quería hundir a la persona, sino ayudarla a levantarse. Se proponía juzgar a la persona, no con el baremo de una justicia abstracta, sino con amor cristiano. El hecho es que muchas veces los pecados son buenas cualidades que se han sacado de quicio. La persona que puede planificar el robo perfecto tiene iniciativa y sabe organizar los medios y el poder; el orgullo es muchas veces un exceso del espíritu de independencia; la mezquindad es la economía cuando se espiga. La finalidad de la disciplina para Pablo era, no erradicar las cualidades que pudiera tener una persona, sino uncirlas a propósitos más elevados. El propósito cristiano no es convertir al pecador en un inútil a fuerza de someterle, sino inspirarle y capacitarle para empresas dignas.
(iii) Pablo insistía en que el castigo no debe nunca sumir en la desesperación ni desanimar a la persona. Un trato equivocado puede suponer un empujón que arroja a una persona a los brazos de Satanás. La severidad excesiva puede que le aparte a uno de la iglesia y su comunión, mientras que una corrección amable es más posible que le mantenga en ella. A Mary Lamb, que sufría períodos terribles de inestabilidad mental, la trataba su madre con mucha dureza. Solía suspirar: «¿Por qué parece que nunca soy capaz de hacer nada como quisiera mi madre?» Lutero casi no podía decir el padrenuestro porque su padre había sido tan duro con él que la palabra padre le sugería toda clase de crueldad. Solía decir, citando Proverbios 13: 24: ««No uses la vara, y echas a perder a tu hijo;» sí, pero pon al lado de la vara una manzana para dársela cuando se porte bien.» La disciplina debe animar, no desanimar. En último análisis, esto sólo puede suceder cuando dejamos bien claro que, aun cuando estemos castigando a una persona, todavía creemos en ella.
En el triunfo de cristo
Desde que llegamos a Tróade para predicar las Buenas Nuevas de Cristo, aunque se nos había abierto una puerta de oportunidad en el Señor, yo no tuve descanso para mi espíritu por no encontrar allí a mi hermano Tito; así es que me despedí de los otros y me marché para Macedonia. Pero, ¡gracias a Dios, Que siempre nos conduce en el desfile triunfal de Cristo y Que, por medio de nosotros, difunde el aroma de Su conocimiento por todos sitios! Porque nosotros somos el aroma de Cristo en el plan de Dios, para los que llevan camino de salvarse y para los que de perderse. A los unos les olemos a muerte que anuncia la muerte, y a los otros les olemos a vida y les anunciamos la vida. ¿Y quién es idóneo para estas cosas? Nosotros no comerciamos con la Palabra de Dios, como hacen tantos; sino, con absoluta pureza de motivos, como de parte de Dios y en la presencia de Dios, hablamos de Cristo.
Pablo empieza diciendo que su ansiedad por saber lo que estaba pasando en Corinto le tenía tan inquieto que no le dejó quedarse en Tróade, aunque allí tenía una parcela fértil, y le impulsó a salir al encuentro de Tito, que no había vuelto todavía. Ahí pasa a un grito de alivio y de triunfo dando gracias a Dios, Que lo condujo todo a un final feliz.
Los versículos 14 al 16 nos resultan difíciles de entender; pero, cuando los colocamos en el trasfondo del pensamiento de Pablo nos presentan toda una escena simbólica. Pablo habla de ir en el cortejo del triunfo de Cristo; y luego pasa a hablar de ser el aroma de Cristo para la gente, que a unos les parece olor de muerte y a otros de vida.
