Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

2 Corintios 2: Cuando un santo reprende lo hace con amor

Tiene en mente la imagen de un Triunfo romano, y de Cristo como el Conquistador universal. El máximo honor que se le podía otorgar a un general romano victorioso era un triunfo. Para que se le concediera tenía que cumplir ciertas condiciones.

Tenía que haber sido el general en jefe del ejército. La campaña tenía que haberse terminado completamente, la región pacificada y la tropa haber vuelto victoriosa a la patria. Por lo menos cinco mil enemigos tenían que haber caído en el combate.

Se tenía que haber conquistado algún nuevo territorio, y no meramente resistido algún desastre o repelido algún ‹ataque. Y la victoria tenía que haberse ganado contra un enemigo extranjero, no en una guerra civil.

En un triunfo, el desfile del general victorioso marchaba por las calles de Roma hasta el Capitolio. Primero iban los oficiales del estado y el senado; luego, la banda de trompetas; luego, el botín que se había tomado a la tierra conquistada. (Por ejemplo, cuando el general Tito conquistó Jerusalén, el candelabro de los siete brazos, la mesa de oro de los panes de la proposición, y las trompetas de oro se llevaron por las calles de Roma). Después venían cuadros pintados de la tierra conquistada y modelos de las ciudadelas y barcos. Luego iba el toro blanco para el sacrificio que se había de ofrecer. Luego iban los príncipes, gobernadores y generales cautivos encadenados, que eran conducidos a la cárcel o directamente a la ejecución. Luego iban los lictores portando sus varas, seguidos de los músicos con sus liras; luego, los sacerdotes turiferarios meciendo los incensarios. Después venía el general en persona, en una carroza tirada por cuatro corceles, vestido de una túnica de púrpura bordada en oro con hojas de palma sobre la que llevaba una toga purpúrea decorada con estrellas de oro. Llevaba en la mano un cetro de marfil coronado con el águila romana, y un esclavo sostendría sobre su cabeza la corona de Júpiter. Detrás de él marchaba toda su familia; y por último, todo su ejército con sus condecoraciones, gritando ¡lo triunphe!, su grito de victoria. Cuando un desfile avanzaba por las calles, todas decoradas y engalanadas, entre la multitud que aclamaba, aquello suponía un día tan singular que tal vez no se repitiera en toda una generación.

Ese era el cuadro que se representaba en la mente de Pablo: Ve a Cristo desfilando en triunfo por todo el mundo, y se ve a sí mismo en la comitiva victoriosa. Es un triunfo que Pablo estaba seguro de que nada ni nadie podía detener. Ya hemos dicho que en el desfile irían los sacerdotes meciendo sus incensarios repletos. Para los vencedores, el perfume del incienso querría decir alegría, victoria y vida; pero para los miserables cautivos que iban por delante a corta distancia, aquel perfume representaba la derrota y la muerte, porque les anunciaba su pronta ejecución. Así es que Pablo piensa en sí mismo y en sus compañeros de apostolado predicando el Evangelio del triunfo de Cristo: para los que lo aceptaran traería el aroma de la vida, como a los vencedores; para los que lo rechazaran, era olor de muerte, lo mismo que para los derrotados.

De una cosa estaba seguro Pablo: Ni siquiera todo el mundo podría resistir a Cristo. No vivía en un ambiente de derrota, sino en el glorioso optimismo de reconocer la inconquistable majestad de Cristo.

Entonces, una vez más, resuena el eco triste. Había algunos que decían que Pablo no era apto para predicar el Evangelio. Y algunos que llegaban todavía más lejos: le acusaban de utilizar el Evangelio como una excusa para llenarse bien los bolsillos.

De nuevo Pablo usa la palabra eilikrinía con el sentido de pureza. Sus motivaciones podían someterse a los penetrantes rayos del Sol; su Mensaje procedía de Dios, y podía resistir el mismísimo escrutinio del propio Jesucristo. Pablo nunca le tenía miedo a lo que pudiera decir la gente, porque su conciencia le decía que tenía el beneplácito de Dios y que el mismo Jesucristo le calificaba en Su gracia con un «¡Bien hecho, siervo mío!»

  • Páginas:
  • 1
  • 2
  • 3

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar