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2 Timoteo 4: Las bases para la llamada de Pablo

Te encargo delante de Dios y de Jesucristo, Que va a juzgar a los vivos y a los muertos -te encargo por su aparición y por Su Reino- proclama la Palabra; sé insistente en sazón y en desazón; convence, reprende, exhorta, y hazlo todo con una paciencia y una enseñanza que no fallen nunca. Porque vendrá un tiempo cuando las personas se negarán a escuchar la sana doctrina, y que más bien, por tener oídos que tienen que estar vibrando constantemente con novedades, se enterrarán bajo una montaña de maestros cuya enseñanza esté de acuerdo con sus propios deseos de cosas prohibidas. Apartarán el oído de la verdad y lo prestarán a historias extravagantes. En cuanto a ti, sé estable en todas las cosas; acepta los sufrimientos que se te echen encima; haz el trabajo de un evangelista; no dejes sin cumplir ningún acto de servicio.

Conforme Pablo se aproxima al final de su carta, quiere animar y desafiar a Timoteo para que cumpla con su tarea. Para ello le recuerda tres cosas acerca de Jesús.

(i) Jesús es el Juez de los vivos y de los muertos. Algún día se someterá a prueba la obra de Timoteo, por nadie más que por Jesús mismo. Un cristiano debe hacer todo su trabajo de tal manera que se lo pueda ofrecer a Cristo. No le deben preocupar ni la crítica ni el veredicto de la gente. La única cosa que anhela es el « ¡Bien hecho!» de Jesucristo. Si todos nosotros hiciéramos nuestro trabajo en ese espíritu la diferencia sería incalculable. Nos libraría de ese espíritu suspicaz que se ofende ante la crítica; nos libraría del espíritu superimportante que se preocupa del prestigio y de los derechos personales; nos libraría del espíritu egocéntrico que exige gracias y alabanzas por cada acción; y nos libraría aun de darnos por ofendidos por la ingratitud humana.

(ii) Jesús es el Conquistador Que ha de volver. « Te encargo -dice Pablo- por Su aparición. La palabra original es epifáneia. Epifáneia se usaba de dos maneras. Se usaba de la intervención manifiesta de algún dios; y se usaba especialmente en relación con el emperador romano. Su entronización era su epifaneia; y en particular -y éste es el trasfondo del pensamiento de Pablo aquí- se usaba de su visita a cualquier provincia o ciudad. Está claro que cuando el emperador iba a visitar algún lugar, todo se ponía en perfecto orden. Se barrían las calles y se adornaban las casas y se ponían al día todos los trabajos para que el lugar estuviera apto para la epifáneia. Así es que Pablo le dice a Timoteo: «Tú sabes lo que sucede cuando una ciudad está esperando la epifáneia del emperador; tú estás esperando la epifáneia de Jesucristo. Haz tu trabajo de tal manera que todas sus partes estén dispuestas para cuando El aparezca.» El cristiano debe ordenar su vida de tal manera que en cualquier momento esté dispuesto para la venida de Cristo.

(iii) Jesús es el Rey. Pablo exhorta a Timoteo a actuar recordando el Reino de Jesucristo. Llega el día cuando los reinos del mundo serán el Reino del Señor; así que Pablo le dice a Timoteo: « Vive y trabaja de tal manera que quedes como un ciudadano fiel cuando venga el Rey.» Nuestro trabajo debe ser tal que pueda resistir el escrutinio de Cristo. Nuestras vidas deben ser tales que reciban la aparición del Rey. Nuestro servicio debe ser tal que demuestre la realidad de nuestra ciudadanía en el Reino de Dios.

El deber del cristiano

Puede que haya pocos pasajes en el Nuevo Testamento en los que se presenten los deberes del maestro cristiano tan claramente como aquí.

El maestro cristiano debe ser insistente. El mensaje que presenta es literalmente una cuestión de vida o muerte. Los maestros que consiguen de veras que su mensaje haga impacto son los que tienen esta nota de seriedad en su voz. Spurgeon sentía una admiración tremenda por Martineau, que era un unitario y por tanto negaba la divinidad de Jesucristo en la que Spurgeon creía con intensidad apasionada. Alguien le dijo en una ocasión a Spurgeon: «¿Cómo puede usted admirar a Martineau? Usted no cree lo que él predica.» « No -dijo Spurgeon- pero él sí.» Cualquier persona con esta nota de urgencia en su voz demanda, y captará, la atención de su audiencia.

El maestro cristiano debe ser insistente. Ha de presentar las prerrogativas de Cristo « en sazón y en desazón.» Como ha dicho alguien: «Aprovecha o crea tu oportunidad.» Como decía Teodoro de Mopsuesto: « El cristiano debe considerar cada momento una oportunidad para hablar de Cristo.» Se decía de George Morrison, de la Iglesia de Wellington en Glasgow, que para él, empezara la conversación donde empezara llegaba directamente a Cristo. Esto no quiere decir que no escojamos nuestro tiempo para hablar, porque debe haber cortesía en la evangelización lo mismo que en cualquier otro contacto humano; pero sí quiere decir que tal vez seamos demasiado tímidos para hablarles a otros de Jesucristo. Pablo pasa a hablar del efecto que debe producir el testimonio cristiano.

Debe convencer. Debe hacer que el pecador se dé cuenta de su pecado. Walter Bagehot dijo una vez: «El camino a la perfección pasa por una serie de disgustos.) De una manera u otra hay que hacer que el pecador sienta disgusto por su pecado. Epicteto traza un contraste entre el filósofo falso, que no busca más que la popularidad, y el filósofo verdadero, cuya única meta es el bien de los oyentes. El filósofo falso maneja la adulación y fomenta la autoestima. El verdadero filósofo dice: «Venid a que se os diga que vais por mal camino.» « La clase del filósofo -decía- es un quirófano; cuando sales de ella no debieras sentir placer, sino dolor.» Alcibíades, el joven de moda brillante pero mimado en Atenas, solía decirle a Sócrates: «Sócrates, te odio porque cada vez que me encuentro contigo me haces verme tal como soy.» La primera cosa esencial es hacer que una persona se vea tal como es.

Debe reprender. En los grandes días de la Iglesia había una magnífica intrepidez en su voz; y por eso sucedían cosas. E. F. Brown cuenta un incidente de la India. Cierto noble joven en los apartamentos del virrey en Calcuta se hizo famoso por su mala vida. El obispo Wilson cierto día se puso sus vestiduras rituales, se dirigió a la casa del gobierno y le dijo al virrey: «Excelencia: Si el señor… no se marcha de Calcuta antes del domingo que viene, le denunciaré desde el púlpito de la Catedral.» Antes que llegara el domingo aquel joven había desaparecido.

Ambrosio de Milán fue una de las grandes figuras de la Iglesia Primitiva. Era amigo íntimo del emperador Teodosio, que era cristiano pero tenía un genio de mil demonios. Ambrosio no tenía pelos en la lengua para decirle la verdad al emperador. «¿Quién -preguntaba- se atreverá a deciros la verdad si no lo hace un sacerdote?» Teodosio había nombrado a uno de sus amigos íntimos, Botérico, gobernador de Tesalónica. Botérico, un buen gobernador, tuvo ocasión de meter en la cárcel a un famoso auriga por conducta infame. La popularidad de aquellos aurigas era increíble y el populacho armó un alboroto y mató a Boterich. Teodosio estaba loco de ira.

Ambrosio intercedió con él para que fuera justo en su castigo, pero Rufino, el Ministro de Estado, atizó aposta su ira de tal manera que Teodosio envió órdenes de que se hiciera una masacre de venganza. Más tarde retiró la orden, pero demasiado tarde para que la nueva orden llegara a Tesalónica a tiempo. El teatro estaba abarrotado con las puertas cerradas y los soldados de Teodosio fueron abriéndose paso por el interior matando hombres mujeres y niños durante tres horas. Más de siete mil personas fueron muertas. La noticia de la masacre llegó a Milán, y cuando Teodosio se presentó en el culto de la Iglesia el domingo siguiente, Ambrosio le negó la entrada. El Emperador pidió perdón. Ocho meses después volvió a la Iglesia, y de nuevo Ambrosio le negó la entrada. Por último el emperador de Roma tuvo que postrarse en el suelo con los penitentes antes de que se le permitiera participar del culto con la Iglesia otra vez. En sus grandes días la Iglesia era intrépida para reprender.

En nuestras relaciones personales, una palabra de advertencia o de reprensión salvaría a menudo a un hermano del pecado y del naufragio. Pero, como ha dicho alguien, esa palabra tiene que darse como « de un hermano corrigiendo a su hermano.»

Tiene que darse con la conciencia de una común culpabilidad. No nos corresponde colocámos por encima de nadie como jueces; pero es nuestro deber dar la palabra de advertencia cuando se necesita. Debe exhortar. Aquí tenemos la otra cara de la moneda. Ninguna reprensión debe ser nunca tal que deje al otro en la desesperación y sin coraje y esperanza. No sólo se ha de reprender; también se ha de animar. Además, el deber cristiano de convencer, de reprender y de animar ha de llevarse a cabo con una paciencia incansable. La palabra original es makrothymía que describe el espíritu que nunca se irrita, nunca desespera y nunca considera a nadie incapaz de salvarse. El cristiano cree pacientemente en las personas porque cree invenciblemente en el poder transformador de Cristo.

Una audiencia estúpida

Pablo pasa a describir la audiencia estúpida. Advierte a Timoteo de que se está llegando a que la gente se niegue a escuchar la sana doctrina y se amontone maestros que le hagan cosquillas en los oídos con precisamente las cosas fáciles y cómodas que quieren oír.

En los días de Timoteo era trágicamente fácil encontrar tales maestros. Se llamaban sofistas, y vagaban de ciudad en ciudad ofreciéndose a enseñar cualquier cosa por dinero. Y Sócrates decía de ellos: «Tratan de atraerse discípulos cobrando poco y prometiendo mucho.» Estaban dispuestos a enseñar la totalidad de la virtud por 1,500 o 2,000 pesetas. Le enseñaban a uno a discutir con sutileza y a usar las palabras con tal astucia que hicieran lo peor parecer lo mejor. Platón los describía sin ambages: «Andan cazando jóvenes ricos y de posición, con una educación descafeinada como cebo, y una matrícula como su objetivo para hacer dinero mediante un uso seudocientífico de los sofismas en la conversación privada, dándose cuenta de que lo que estaban enseñando era basura.»

Competían por clientes. Dión Crisóstomo describía así las ferias de las grandes ciudades: «Se puede oír a muchos desgraciados sofistas dándose voces e insultándose entre sí, y a sus discípulos, como ellos los llaman, discutiendo, y muchos autores de libro leyendo sus estúpidas composiciones, y muchos poetas cantando sus poemas, y muchos juglares exhibiendo sus trucos, y muchos magos revelando el significado de prodigios, y miríadas de retóricos enrevesando pleitos, y un sin número de comerciantes ofreciendo sus mercancías.»

En los días de Timoteo había por todas partes maestros falsos pregonando conocimientos de pacotilla. Su táctica era ofrecer argumentos por los que una persona se pudiera justificar por hacer lo que quisiera. Cualquier maestro, hasta el mismo día de hoy, cuya enseñanza tienda a hacer que las personas den menos importancia al pecado es una amenaza para el Cristianismo y para la humanidad.

En oposición a aquello, había que imponerle a Timoteo ciertas obligaciones. Tenía que ser estable en todas las cosas. La palabra original (néfein) quiere decir que ha de ser sobrio y controlado como un atleta que tiene sus pasiones y apetitos y nervios bien bajo control. Hort dice que esa palabra describe « un estado mental libre de toda perturbación y obsesión… con todas las facultades plenamente controladas, para mirar a la cara todos los hechos y todas las circunstancias.» El cristiano no ha de ser víctima de modas; el equilibrio ha de ser su norma en un mundo desequilibrado y a menudo insensato.

Ha de aceptar cualquier sufrimiento que le sobrevenga. El Cristianismo costará algo, y el cristiano ha de pagar el precio sin murmuraciones ni reparos. Ha de hacer la labor de evangelista. A pesar de la acusación y de las burlas el cristiano es esencialmente portador de buenas noticias. Si insiste en la disciplina y la autonegación es porque se puede obtener una felicidad más grande que la que aportan los placeres baratos.

No ha de dejar ningún acto de servicio sin cumplir. El cristiano no debe tener más que una ambición: ser útil a la Iglesia de la que forma parte y a la sociedad en la que vive. La oportunidad que no dejará pasar por nada no es la de un provecho barato sino la de ser de servicio a su Dios, su Iglesia y sus semejantes.

Pablo llega a la meta

Porque mi vida ha llegado al punto en que ha de ser sacrificada, y el tiempo de mi partida ha llegado. He peleado la buena batalla; he completado la carrera; he guardado la fe. Por lo demás, me espera la corona de integridad que me dará el Juez justo, en aquel Día del Señor; y no sólo a mí, sino también a todos los que han amado Su aparición.

Para Pablo el final estaba muy próximo y él lo sabía. Cuando Erasmo se iba haciendo viejo, dijo: « Soy un veterano y me he ganado la licencia, y debo dejar la milicia a los más jóvenes.» Pablo, el anciano luchador, está despojándose de sus armas para que las tome Timoteo.

No hay pasaje en todo el Nuevo Testamento que contenga más figuras gráficas que éste. « Mi vida dice Pablo- ha llegado al punto en que debe ser sacrificada.» La palabra que usa para sacrificada es el verbo spéndesthai, que quiere decir literalmente derramar como libación a los dioses. Todas las comidas romanas terminaban con una especie de sacrificio. Se tomaba una copa de vino y se derramaba (spéndesthai) a los dioses. Es como si Pablo estuviera diciendo: «El día ha terminado; es hora de levantarse y partir; y mi vida debe ser derramada como un sacrificio a Dios.» No pensaba que le iban a ejecutar, sino más bien que era él mismo el que iba a ofrecer su vida a Dios. Desde su conversión Pablo se lo había ofrecido todo siempre a Dios -su dinero, su educación, su tiempo, el vigor de su cuerpo, la agudeza de su mente, la devoción de su corazón. La vida era lo único que le quedaba por ofrecer, e iba a ponerla sobre el altar sin el menor reparo y con la mayor alegría.

Pasa a decir: «El tiempo de mi partida ha llegado.» La palabra que usa para partida (analysis) es muy gráfica. Contiene . muchas imágenes, cada una de las cuales nos dice algo acerca de dejar esta vida.

(a) Es la palabra para desatar a un animal de yugo de los palos del carro o del arado. La muerte era para Pablo el descanso de la brega. Como decía Spenser, tranquilidad después del trabajo, puerto después de los mares tempestuosos, muerte después de la vida, son cosas preciosas.

(b) Es la palabra para quitarle a uno las cadenas. La muerte era para Pablo una liberación. Iba a cambiar los confines de una prisión romana por la gloriosa libertad de las cortes celestiales.

(c) Es la palabra para soltar las cuerdas de una tienda de campaña. Para Pablo era el momento de levantar el campamento otra vez. Había hecho muchos viajes por los caminos de Asia Menor y de Europa. Ahora estaba poniéndose en marcha para el último y el más grande viaje; iba a ponerse en camino hacia Dios.

(d) Es la palabra para soltar las amarras de un navío. Pablo tenía experiencia de dejar puertos y de hacerse a la mar. Ahora sí que iba a lanzarse a alta mar de veras, haciéndose a la vela para cruzar las aguas de la muerte y llegar al puerto de la eternidad.

Así que, para el cristiano, la muerte es despojarse de la carga para descansar; es ser desencadenado para ser verdaderamente libre; es levantar la tienda para residir en los lugares celestiales; es soltar las amarras que nos sujetan a este mundo para hacernos a la vela en el viaje que termina en la presencia de Dios. ¿Por qué tenerle miedo?

Gozo de la contienda bien librada

Pablo prosigue todavía hablando con estas imágenes gráficas de las que era tal maestro: «He peleado la buena batalla; he completado la carrera; he guardado la fe.» Es probable que no estuviera usando tres figuras diferentes de tres esferas diferentes de la vida, sino que las tres se refieran a los juegos atléticos.

«He peleado la buena batalla» La palabra que usa para batalla es agón, que es la que se usaba para una pelea en la arena del circo. Cuando un atleta puede decir de veras que ha dado de sí todo lo que lleva dentro siente una profunda satisfacción en su corazón. Pablo ha llegado al final y sabe que ha hecho un buen papel. Cuando murió la madre de Barrie, él le dedicó un gran elogio: « No puedo mirar atrás dijo- y ver la menor cosa que dejara sin hacer.» No hay satisfacción en todo el mundo comparable a la de saber que lo hemos hecho lo mejor posible.

(ii) «He terminado la carrera.» Es fácil empezar algo, ahora bien, es difícil concluirlo. La única cosa que se necesita en la vida es la perseverancia, y es lo de que mucha gente carece. Se le sugirió a cierto hombre muy famoso que se escribiera su biografía mientras estaba vivo. Se negó rotundamente a permitirlo, y su razón era: « He visto a muchos caerse en la recta final.» Es fácil arruinar una vida noble o un informe brillante con una necedad final. Pero Pablo afirmaba que había terminado la carrera. Produce una profunda satisfacción llegar a la meta. Tal vez la carrera más famosa del mundo es el maratón. La batalla de Maratón fue una de las más decisivas del mundo. En ella los griegos se enfrentaron a los persas; y, si los persas hubieran salido victoriosos, la gloria de Grecia nunca se habría extendido por el mundo. A pesar de terribles desventajas, los griegos obtuvieron la victoria; y, después de la batalla, un soldado griego fue corriendo a Atenas, día y noche, con la noticia. Se dirigió a los magistrados. « ¡Alegraos! -musitó¡Hemos conquistado!» Y en cuanto dio la noticia cayó muerto. Había completado su carrera y cumplido su misión, y ya podía morir en paz.

(iii) «He guardado la fe.» Esta frase puede tener más de un significado. Si nos mantenemos en la alegoría de los juegos es lo siguiente. La gran ocasión deportiva de Grecia eran los Juegos Olímpicos. A ellos acudían todos los grandes atletas del mundo. El día antes de los Juegos, todos los competidores se reunían y hacían un juramento solemne ante los dioses que se habían entrenado no menos de diez meses y que cumplirían todas las reglas. Así es que Pablo puede que estuviera diciendo: « He guardado las reglas; he participado en la contienda.» Sería para nosotros una cosa maravillosa el morir sabiendo que no hemos quebrantado nunca las reglas del honor en la carrera de la vida.

Pero esta frase puede tener otros significados. También es una frase del lenguaje comercial. Era la expresión corriente en griego para: « He observado las condiciones del contrato; he sido fiel a mi compromiso.» Si Pablo la usó de esa manera, quería decir que se había comprometido a servir a Cristo y había cumplido su compromiso sin fallarle nunca.

Además, podría querer decir: «He mantenido mi fidelidad: no he perdido nunca la confianza ola esperanza.» Si Pablo usó esta frase con este sentido, quería decir que a las duras y a las maduras, en la libertad y en la cárcel, en todos los peligros por tierra y por mar, y ahora ante la misma muerte, no había perdido nunca la confianza en Jesucristo.

Pablo pasa a decir que le está reservada la corona. En los juegos, el máximo galardón era una corona de laurel, con la que se coronaba al vencedor; y el llevarla era el más grande honor que podía recibir un atleta. Pero esa corona se secaría en unos pocos días. Pablo sabía que le esperaba una corona que no se desharía jamás.

En este momento Pablo pasa del veredicto de los hombres al veredicto de Dios. Sabía que dentro de muy poco estaría ante el tribunal romano y que su juicio no podía tener más que un resultado. Sabía cual había de ser el veredicto de Nerón, pero también sabía cual sería el veredicto de Dios. Aquel cuya vida está dedicada a Cristo considera con indiferencia el veredicto de los hombres. No se preocupa si le condenan, porque lo único que le interesa es oírle decir a su Maestro: «¡Bien hecho!»

Pablo hace sonar todavía otra nota: Esa corona no sólo le espera a él, sino a todos los que esperan con impaciencia la venida del Rey. Es como si le dijera al joven Timoteo: «Timoteo, el final de mi vida está cerca; y sé que voy a recibir mi recompensa. Si sigues mis pasos, tendrás la misma confianza y el mismo gozo que yo cuando llegues tú también a tu final.» El gozo de Pablo está abierto a cualquier persona que también pelea esa batalla y termina esa carrera y guarda esa fe.

Cuadro de honor y de deshonor

Haz lo posible por venir a verme pronto. Demas me ha desertado, porque amaba este mundo presente y se ha ido a Tesalónica. Crescente se ha marchado a Galacia, Tito a Dalmacia. Lucas es el único que se ha quedado conmigo. Toma a Marcos y tráetele, porque me es muy útil en el servicio. He enviado a Tíquico a Éfeso.
Cuando vengas, tráete el capote que me dejé en Tróade en casa de Carpo, y también los libros, especialmente los pergaminos.

El herrero Alejandro me ha hecho un montón de daño. El Señor le recompensará conforme a sus hechos. En cuanto a ti, no bajes la guardia con él, porque se ha opuesto a nuestras palabras todo lo que ha podido.

Pablo traza un cuadro de honor y de deshonor de sus conocidos. Algunos no son más que nombres para nosotros; de algunos sabemos algo por Hechos y por las epístolas paulinas. Algunas de las historias podemos reconstruir si se nos permite usar un poco la imaginación.

La peregrinación espiritual de demás

El primero de la lista es Demas. Se le menciona tres veces en las cartas de Pablo, y bien puede ser que puntúen una tragedia.

(i) En Filemón 24 se le incluye entre un grupo de hombres que Pablo llama sus colaboradores.

(ii) En Colosenses 4:14 se le menciona sin comentario.

(iii) Aquí había abandonado a Pablo porque amaba este mundo presente. Primero, Demas el colaborador; luego, simplemente Demas, y finalmente, Demas el desertor que amaba este mundo. Aquí tenemos la historia de una degradación espiritual. Poco a poco, el colaborador llegó a ser el desertor, y el título de honor se convirtió en un nombre de vergüenza.

¿Qué le sucedió a Demas? No podemos decirlo de seguro, pero podemos suponerlo.

(i) Puede ser que empezara a seguir a Cristo sin calcular el precio; y puede ser que no fuera del todo culpa suya. Hay una clase de evangelismo que anuncia: « ¡Acepta a Cristo y tendrás paz y descanso y gozo!» En cierto sentido, el más profundo de todos, eso es auténtica y benditamente cierto; pero también es verdad que cuando aceptamos a Cristo empezamos a tener problemas. Hasta ese momento hemos vivido de acuerdo con el mundo y sus principios. La vida nos era fácil, porque seguíamos la línea de menor resistencia e íbamos con la mayoría. Pero, una vez que uno acepta a Cristo, acepta una serie de principios totalmente nuevos, y se compromete a una clase de vida totalmente nueva en el trabajo, en sus relaciones personales, en sus placeres… y tiene que haber colisiones. Puede que Demas se sintiera atraído a la Iglesia en un momento de emoción, sin tener tiempo para pensar las cosas a fondo; y cuando la impopularidad, la persecución, el sacrificio, la soledad y la cárcel se le presentaron, se salió porque no era eso lo que él esperaba. Cuando uno se compromete a seguir a Cristo, lo esencial es que sepa lo que está haciendo.

Halliday Sutherland cuenta cómo se sintió cuando recibió el título de doctor. Si en la calle, o en cualquier compañía, se escuchaba la llamada: «¿Hay aquí algún médico?», se emocionaba, orgulloso y ansioso por salir al frente a ayudar. Pero conforme fueron pasando los años, una llamada así se convirtió en una molestia. Había desaparecido el encanto.

W. H. Davies, el vagabundo que fue también uno de los más grandes poetas, tiene un pasaje acerca de sí mismo de lo más revelador. Se había dirigido a ver la abadía Tintem veintisiete años después de la vez anterior. Dijo: «Al encontrarme allí otra vez, veintisiete años después, y comparar el entusiasmo de aquel chicuelo con mis tibios sentimientos presentes, no me di por satisfecho de mí mismo. Por ejemplo: la vez anterior yo habría sacrificado la comida o el sueño para ver una cosa tan maravillosa; pero ahora, en mi madurez, no iba buscando cosas bellas, y sólo cantaba a las cosas que me encontraba por casualidad.»

El deán Inge predicó una vez sobre el Salmo 91:6: « La mortandad que en medio del día destruye,» que él llamaba «El peligro de la edad media.» No hay amenaza más peligrosa para los ideales de una persona que la de los años; y la única manera de tenerla a raya es vivir constantemente en la presencia de Jesucristo.

Pablo dijo de Demas que «amaba este mundo.» Su problema puede que fuera bien simple, pero terrible. Puede que fuera sencillamente que amaba la comodidad más que a Cristo, el camino fácil más que el que conduce a las estrellas pasando por la Cruz.

Pensemos en Demas, no condenándole, sino simpatizando con él; porque muchos somos como él.

Es posible que esto no sea ni el principio ni el final de la historia de Demas. El nombre Demas es la forma abreviada y familiar de Demetrio, y encontramos dos veces a un Demetrio en el Nuevo Testamento. Está el Demetrio que dirigió el motín de los plateros de Éfeso y quería linchar a Pablo porque les estaba estropeando el negocio del templo de Diana (Hechos 19:25).

Está el Demetrio del que escribió Juan, de quien todos tenían buena opinión, y la verdad también, un hecho del que Juan daba testimonio de buen grado y con firmeza (3 Juan 12).

¿Podría ser ese el principio y el fin de la historia de Demas? ¿Encontró el platero Demetrio algo en Pablo y en Cristo que le apresó el corazón? ¿Se convirtió a Cristo el cabecilla de aquel motín? ¿Desertó por un tiempo del camino cristiano y se convirtió en el desertor Demas, que amaba este mundo? ¿Y le echó mano otra vez la gracia de Dios, haciéndole volver y volverse el Demetrio de Efeso de quien Juan escribió que era un siervo de la verdad de quien todos hablaban bien? Eso puede que no lo sepamos nunca; pero es emocionante pensar que la acusación de desertor puede que no fuera el último veredicto sobre la vida de Demas.

Cuadro de honor y de deshonor

Después de mencionar Pablo al desertor pasa a hablar del hombre que fue fiel hasta la muerte. «Lucas es el único que está conmigo,» dice. Sabemos muy poco acerca de Lucas; pero hasta de ese poco surge como uno de los personajes más preciosos del Nuevo Testamento.

(i) Una cosa podemos deducir: que Lucas acompañó a Pablo en su último viaje a Roma y a la cárcel. Él fue el autor del Libro de los Hechos. Ahora bien: vemos algunos pasajes de Hechos que están escritos en primera persona de plural, nosotros, así es que podemos estar seguros de que Lucas está describiendo situaciones en las que él mismo estuvo presente. Hechos 27 nos presenta a Pablo arrestado poniéndose en camino hacia Roma, y este es uno de los pasajes nosotros; así es que sabemos que Lucas estaba con Pablo. De ahí podemos deducir otra cosa. Se cree que cuando un detenido iba de camino para que le juzgaran en Roma no se le permitía más acompañamiento que dos escla- vos, lo que hace probable que Lucas se enrolara como esclavo de Pablo para que se le permitiera acompañarle a Roma y en la cárcel. No nos sorprende que Pablo hable de él con amor en la voz. La lealtad de Lucas no podía haber llegado más lejos.

(ii) Hay sólo otras dos referencias a Lucas en el Nuevo Testamento. En Colosenses 4:14 se le describe como el querido médico. Pablo le debía mucho a Lucas. Toda la vida estuvo soportando aquel terrible aguijón en su carne; y Lucas debe de haber usado su profesión para aliviarle el sufrimiento y permitirle seguir adelante. Lucas era por encima de todo una persona amable. Por el silencio de Hechos podríamos pensar que no fue una gran figura de la Iglesia Original; pero debemos recordar que él era el autor de ese libro, y probablemente el no mencionarse fue debido más bien a su humildad. De todas maneras hizo su contribución en términos de servicio personal. Dios le había puesto en las manos la habilidad de sanar, y Lucas se la dedicó a Dios. La amabilidad es la cualidad que levanta a una persona por encima del nivel corriente. La elocuencia se olvida; la inteligencia puede que sobreviva en la página impresa; pero la amabilidad perdura entronizada en los corazones. El doctor Johnson tuvo algunos contactos con un joven que se llamaba Harry Harvey, que era rico y bastante calavera. Pero tenía una casa en Londres en la que siempre encontraba acogida Johnson. Más tarde se hablaba despectivamente de Harry Harvey; y Johnson dijo: «Era un hombre vicioso, pero fue amable conmigo. Aunque le llamen perro, yo le querré siempre.» La amabilidad cubre una multitud de pecados. Lucas fue leal a Pablo, y era amable.

(iii) La otra referencia a Lucas se encuentra en Filemón 24, donde Pablo le llama su colaborador. Lucas no se conformaba simplemente con escribir ni con ayudar como médico; trabajaba en lo que fuera. La Iglesia está llena de personas que hablan, y de gente que está allí más por lo que pueda sacar que pára aportar nada; Lucas era uno de esos inapreciables -los obreros de la Iglesia.

(iv) Hay otra posible referencia a Lucas en el Nuevo Testamento. 2 Corintios 8:18 menciona al «hermano que es famoso en todas las iglesias.» Desde los primeros tiempos se ha identificado a este anónimo como Lucas. Era el hombre de quien todos hablaban bien. Era el hombre que era leal hasta la muerte, esencialmente amable, dedicado a la obra. De un hombre así hablan bien todos los hermanos.

Todavía nos queda en este cuadro otro nombre con una historia oculta pero emocionante.

El hombre que se redimió a sí mismo

Pablo le insiste a Timoteo que se lleve consigo a Marcos, «porque me es útil para el ministerio.» La palabra ministerio no se usa aquí en su sentido eclesiástico especializado, sino en el más amplio de servicio. «Tráeme a Marcos dice Pablo-, porque es muy útil para prestar servicios.» Como lo pone E. F. Scott: «Trae a Marcos, que puede echar una mano en muchas cosas.» O, como diríamos coloquialmente: «Tráete a Marcos, que es una persona que conviene tener a mano.»

Marcos tuvo una carrera de casillas blancas y negras como un tablero de ajedrez. Era muy joven cuando empezó la Iglesia, pero vivió en su mismo centro. Fue a la casa de María, la madre de Marcos, adonde Pedro dirigió sus pasos cuando escapó misteriosamente de la cárcel, y podemos deducir que esa casa era el lugar de reunión de la iglesia de Jerusalén (Hechos 12:12).

Cuando Pablo y Bemabé se pusieron en camino en su primer viaje misionero llevaron consigo a Marcos -JuanMarcos era su nombre completo- como ayudante (Hechos 13:5). Parecía elegido para una gran carrera en la compañía de Pablo y en el servicio de la Iglesia. Pero entonces sucedió algo. Cuando Pablo y Bemabé salieron de Panfilia y prosiguieron tierra adentro por el difícil y peligroso camino que conducía a la meseta central de Asia Menor, Marcos los dejó y se marchó a su casa (Hechos 13:13). Le fallaron los nervios, y se volvió atrás.

Pablo tomó aquella defección muy en serio. Cuando estaban a punto de iniciar su segundo viaje misionero, Bemabé -que era pariente de Marcos (Colosenses 4:10)- propuso que llevaran a Marcos con ellos otra vez, pero Pablo se negó en redondo a tener nada que ver por segunda vez con aquel rajado, y hubo tal desacuerdo entre Pablo y Bernabé por el asunto de Marcos que se separaron y ya no volvieron a trabajar juntos por lo que sabemos (Hechos 15:36-40). Así es que hubo un tiempo cuando Pablo no quiso saber nada de Marcos, porque le consideraba un malqueda de poco fiar y no le quería tener en su equipo.

No sabemos lo que pasó con Marcos después de aquello. La tradición cuenta que fue a Egipto y fundó allí la iglesia cristiana. Pero, hiciera lo que hiciera, lo cierto es que se redimió a sí mismo. Cuando Pablo se pone a escribir Colosenses desde la cárcel romana, Marcos estaba con él, y Pablo le recomienda a la iglesia colosense y les encarga que le reciban. Y ahora, cuando está llegando a su fin, el hombre que Pablo quiere tener cerca, junto a su querido Timoteo, es Marcos, porque es un hombre útil para tener a mano. El desertor se había convertido en el hombre servicial que podía echarle una mano a Pablo en cualquier cosa de la obra del Evangelio.

Fosdick tiene un sermón con el título animador de «Nadie tiene por qué seguir siendo el mismo.» Marcos es la prueba: es nuestro ánimo e inspiración, porque falló pero se rehabilitó. Jesucristo sigue pudiendo hacer a los espíritus cobardes valerosos, e infundir nervio para la lucha al brazo flojo. Puede despertar al héroe dormido en el alma de cada persona, y trocar la vergüenza del fracaso en el gozo del servicio triunfante.

Así es que la lista de nombres continúa. De Crescente no sabemos absolutamente nada. Tito fue otro de los lugartenientes más fieles de Pablo. «Mi verdadero hijo,» le llama Pablo (Tito 1:4). Cuando le preocupaba la situación de la iglesia corintia, Tito fue uno de los emisarios de Pablo en la lucha para remediar las cosas (2 Corintios 2:13; 7:6,13; 12:18). A Tíquico le había encargado llevar las cartas a los colosenses (Colosenses 4: 7), y a los efesios (Efesios 6:21). El grupito de ayudantes se iba dispersando por toda la Iglesia; porque, aunque Pablo estaba en la cárcel, la obra tenía que proseguir, y Pablo tenía que quedarse solo para que su pueblo diseminado pudiera ser fortalecido y guiado y confortado.

Y entonces aparece la mención de uno que había obstaculizado más que ayudado: « El cobrero Alejandro me hizo un montón de daño.» No sabemos lo que había hecho Alejandro; pero tal vez lo podamos deducir. La palabra que utiliza Pablo para hacer mucho mal es en griego endeaWnysthai. Ese verbo quiere decir literalmente desplegar, y se usaba de hecho a menudo para aportar información contra una persona. Los informadores eran una de las grandes maldiciones de Roma por aquel tiempo. Y bien puede ser que Alejandro fuera un cristiano renegado que acudiera a los magistrados aportando información, falsa o verdadera, que se podía usar contra Pablo, en su deseo de desacreditarle y destrozarle de la manera más deshonrosa posible.

Pablo tiene algunas peticiones que hacer. Necesita el capote que se había dejado en casa de Carpo en Tróade. El capote (failónés) era una pieza grande circular, con un agujero en medio para la cabeza, que le tapaba a uno como una tienda de campaña desde la cabeza hasta los pies. Se usaba en invierno, y sin duda Pablo estaba sintiendo los embates del frío invernal en la cárcel romana.

Quería los libros; en el original es biblia, que quiere decir literalmente rollos de papiro; y bien puede ser que contuvieran los bosquejos iniciales de los evangelios. También quería los pergaminos, que podrían ser una de dos cosas: los documentos legales de Pablo, especialmente su certificado de ciudadano romano; o más probablemente copias de las Escrituras del Antiguo Testamento, porque los judíos escribían sus libros en tiras de pergamino hechas con piel de animales. Eran las palabras de Jesús y la Palabra de Dios lo que Pablo quería por encima de todo cuando estaba preso, esperando la ejecución.

Algunas veces se repite la historia de una manera curiosa. Mil quinientos años después de esto, William Tyndale estaba preso en Vilvorde esperando la ejecución por haber osado darle al pueblo la Biblia en su propio lenguaje. Era un invierno frío y húmedo cuando le escribió a un amigo: «Por amor de Jesús, mándame una gorra más calentita, algo para taparme las piernas, una camisa de lana, y sobre todo toda mi biblia hebrea. » Cuando estaban en apuros y les llegaba el frío de la muerte, los grandes hombres de Dios querían más que nada y nadie la Palabra de Dios para que les infundiera en el alma fuerza y coraje.

Últimas palabras y saludos

En mi primera defensa no estuvo nadie conmigo, sino que todos me abandonaron. ¡Que no se les tenga en cuenta! Pero el Señor sí estuvo a mi lado fortaleciéndome, de forma que hice la proclamación del Evangelio en su totalidad para que la pudieran escuchar los paganos. Así es que fui rescatado de la misma boca del león. El Señor me rescatará de todo mal, y me mantendrá a salvo para Su Reino celestial. ¡Gloria sea a Él por siempre jamás, amén!

Recuerdos a Prisquilla y Áquila, y a la familia de Onesíforo. Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo le dejé en Mileto. Eubulo te manda recuerdos, lo mismo que Prudente, Lino, Claudia y todos los hermanos. Que el Señor sea con tu espíritu. La gracia sea con vosotros.

Los juicios romanos empezaban por un interrogatorio inicial para formular las acusaciones específicas contra el preso. Cuando llevaron a Pablo para ese interrogatorio preliminar, ninguno de sus amigos estaba con él. Era demasiado peligroso presentarse como amigos de uno al que estaban juzgando para ponerle la pena de muerte.

Una de las cosas curiosas de este pasaje es el número de reminiscencias que contiene del Salmo 22: « ¿Por qué me has desamparado?(1) -Todos me desampararon.» «No hay quien me ayude (11) – No tuve a ninguno a mi lado» «Sálvame de la boca del león (21) – Fui rescatado de la misma boca del león.» «Volverán al Señor todos los confines de la Tierra (27) – Para que los gentiles lo escucharan.» «Del Señor es el Reino (28) – El Señor me mantendrá a salvo para Su Reino celestial.»

Parece que las palabras de esta salmo iban pasando por la mente de Pablo. Y lo maravilloso es que este salmo también estuvo presente en la mente de Jesús en la Cruz. Al enfrentarse con la muerte, Pablo alentaba su corazón con el mismo. salmo que su Señor usó en circunstancias semejantes.

Tres cosas le infundían ánimo a Pablo en aquella hora solitaria.

(i) Todos los hombres le habían abandonado, pero el Señor estaba con él. Jesús había dicho que no dejaría ni abandonaría a los Suyos, y que estaría con ellos hasta el fin del mundo. Pablo es testigo de que Jesús cumple Su promesa. Si ser como es debido es quedarse solo, como dijo Juana de Arco: « Es mejor estar sola con Dios.»

(ii) Pablo usaba hasta un tribunal romano para proclamar el mensaje de Cristo. Cumplía su propio principio: A tiempo y a destiempo presentaba las credenciales de Cristo al mundo. Estaba tan ocupado pensando en la tarea de predicar el Evangelio que se olvidaba del peligro. El que está inmerso en su tarea ha conquistado el miedo.

(iii) Estaba completamente seguro de la liberación final. En el tiempo puede que pareciera una víctima de las circunstancias y un criminal condenado por la justicia romana; pero Pablo veía más allá del tiempo, y sabía que le estaba asegurada la salvación eterna. Siempre es mejor estar en peligro un momento y a salvo por toda eternidad que seguro por un momento y en riesgo por toda eternidad.

¿Una historia de amor?

Para terminar se mandan recuerdos de y para los hermanos. En primer lugar para Prisquilla y Águila -Prisquilla era el diminutivo familiar de Prisca, y Aquila se pronunciaba « ácuila», que ha dado en español « águila» . Formaban una pareja en cuyo hogar estaba la iglesia siempre y dondequiera que estuvieran, y que se habían jugado el cuello por Pablo (Hechos 18:2; Romanos 16:3; 1 Corintios 16:19). Hay recuerdos para el caballeroso Onesíforo, que había buscado a Pablo por toda Roma hasta encontrarle en la cárcel (2 Timoteo 1:16) y que puede que pagara su lealtad con la vida. Hay recuerdos para Erasto, a quien Pablo había mandado una vez como emisario a Macedonia (Hechos 19:22), y que puede que estuviera después en la iglesia de Roma (Romanos 16:23). Hay recuerdos para Trófimo, a quien acusaron a Pablo de introducir en el Templo de Jerusalén siendo gentil, un incidente que fue la causa de que detuvieran a Pablo y luego le mandaran a Roma (Hechos 20:4; 21; 29). Finalmente se mandan recuerdos de Lino, Prudente y Claudia. En listas posteriores figura Lino como el primer obispo de Roma.

En torno a los nombres de Prudente y Claudia se ha tejido una novela rosa. La historia puede que sea imposible, o por lo menos improbable, pero es demasiado interesante para no citarla. Marcial fue un famoso poeta latino, autor de epigramas, que floreció entre los años 66 y 100 d.C. Dos de sus epigramas celebran las bodas de un noble y distinguido romano llamado Prudente, con una dama llamada Claudia. En el segundo epigrama se dice que Claudia era extranjera en Roma, y que procedía de Inglaterra. Ahora bien: Tácito nos dice que el año 52 d.C., bajo el emperador Claudio, ciertos territorios al Sudeste de Gran Bretaña se le dieron a un rey inglés llamado Cogidubnus por su lealtad a Roma; y en 1723 se descubrió una lápida de mármol en Chichester que conmemoraba la construcción de un templo pagano por el rey Cogidubnus y su hijo Prudente. En la inscripción se da el nombre completo del rey, y sin duda en honor del emperador romano encontramos que había tomado el nombre de Tiberius Claudius Cogidubnus. Si ese rey tenía una hija, se llamaría Claudia, porque ese sería el nombre que heredaría de su padre. Aún podemos llevar la historia más adelante. Puede ser que Cogidubnus mandara a su hija Claudia a Roma. Es casi seguro que lo hizo; porque, cuando un rey extranjero hacía alianza con Roma, como había hecho Cogidubnus, mandaba a algunos miembros de su familia como prendas de que guardaría el acuerdo. Si Claudia fue a Roma, estaría probablemente en casa de un cierto romano llamado Aulus Plautius, que había sido gobernador de Inglaterra entre los años 43 y 52 d.C., y a quien Cogidubnus había prestado fieles servicios. La mujer de Aulus Plautius era una dama llamada Pomponia, de la que nos dice Tácito que había estado procesada ante los tribunales romanos en el año 57 d.C. porque estaba « infectada de una superstición extranjera,» que muy bien pudiera ser el Cristianismo.

Puede que Pomponia fuera cristiana, y que la princesa británica Claudia también se convirtiera a Cristo. No podemos asegurar que estas suposiciones fueran históricas; pero sería interesante que la Claudia que manda saludos en la carta de Pablo fuera la princesa inglesa que había ido a Roma y se había hecho cristiana, y que Prudente fuera su marido. Pablo termina la carta encomendando a sus amigos a la presencia y el Espíritu de su común Señor; y, como siempre, su última palabra es gracia.

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