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2 Timoteo 1: Gloria y privilegio de un apóstol

Esta es una carta de Pablo, que fue hecho apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y cuyo apostolado fue diseñado para dar a conocer a todos los hombres la promesa de Dios de la vida eterna en Jesucristo: A Timoteo, su propio amado hijo. Gracia, misericordia y paz sean contigo de parte de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo.

Doy gracias a Dios, a Quien sirvo con limpia conciencia como Le sirvieron mis antepasados antes de mí, por todo lo que tú eres para mí, de la misma manera que en mis oraciones nunca dejo de acordarme de ti porque, recordando tus lágrimas cuando nos separamos, yo no dejo de anhelar el verte para llenarme otra vez de alegría. Y doy gracias a Dios porque he recibido un nuevo detalle de esa sincera fe que hay en ti, una fe de la misma clase que la que moró en primer lugar en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y que, estoy convencido, mora también en ti. Por eso es por lo que te mando este recuerdo para mantener el fuego del don que está en ti y que recibiste por medio de la imposición de mis manos; porque Dios no nos ha dado el espíritu de temor, sino el de poder y amor y autodisciplina.

Cuando Pablo habla de su propio apostolado hay siempre ciertas notas inconfundibles en su voz. Para él siempre representaba ciertas cosas.

(a) Su apostolado era un honor. Fue elegido para él por la voluntad de Dios. Todo cristiano debe considerarse un elegido de Dios.

(b) Su apostolado era una responsabilidad. Dios le escogió porque quería hacer algo con él. Quería hacerle el instrumento para que la noticia de la nueva vida alcanzara a todos los hombres. Ningún cristiano es nunca escogido totalmente para su propio bien, sino para lo que puede hacer por otros. Un cristiano siempre es una persona sumida en la maravilla el amor y la alabanza por lo que Dios ha hecho por él, e inflamado con la disposición de decirles a otros lo que Dios puede hacer por ellos.

(c) Su apostolado era un privilegio. Es sumamente significativo notar lo que Pablo consideraba su deber llevar a otros: la promesa de Dios, no Su amenaza. Para él el Cristianismo no era la amenaza de la condenación, sino la buena noticia de la salvación. Vale la pena recordar que el más grande evangelista y misionero que el mundo haya conocido nunca estaba lanzado, no para aterrar a la gente sacudiéndolos sobre las llamas del infierno, sino para moverlos a una admirada sumisión a la vista del amor de Dios. La dinámica de su Evangelio era el amor, no el temor. Como siempre cuando hablaba a Timoteo, hay un calor de afecto cariñoso en la voz de Pablo. «Mi querido hijo,» le llama.

Timoteo era su hijo en la fe. Los padres de Timoteo le habían dado la vida física; pero había sido Pablo el que le había trasmitido la vida eterna. Muchas personas que no han experimentado la paternidad física han tenido el gozo y el privilegio de ser padres o madres en la fe; y no hay gozo en el mundo comparable al de traer un alma a Cristo.

La inspiración de Timoteo

El propósito de Pablo al escribir esta carta es inspirar y fortalecer a Timoteo para su tarea en Éfeso. Este era joven y tenía la dura tarea de batallar contra las herejías e infecciones que iban a amenazar a la Iglesia. Así que, para mantener bien alto su coraje y a tope su esfuerzo, Pablo le recuerda a Timoteo ciertas cosas.

(i) Le recuerda su propia confianza en él. No hay mayor inspiración que la de sentir que alguien cree en nosotros. Una llamada al honor es siempre más efectiva que una amenaza de castigo. El temor a dejar mal a los que nos aman es una cosa purificadora.

(ii) Le recuerda su tradición familiar. Timoteo había recibido una buena herencia, y si fallaba, no mancharía solo su propio nombre, sino reduciría el honor del nombre de su familia también. Unos buenos padres deben ocupar un puesto muy alto entre los dones más grandes que uno puede haber recibido. Que Le dé gracias a Dios por ello, y nunca les traiga deshonor.

(iii) Le recuerda que fue separado para una responsabilidad, y el don que le fue conferido para ese fin. Una vez que un hombre entra al servicio de cualquier asociación con una gran tradición, lo que hace no le afecta sólo a él, ni lo hace solamente dependiendo de sus propias fuerzas. Está la fuerza de una tradición de la que puede recibir inspiración y el honor de una tradición que debe conservar. Eso es especialmente cierto en el caso de la Iglesia. El que la sirve tiene su honor en sus manos; el que la sirve es fortalecido por la consciencia de la comunión de todos los santos.

(iv) Le recuerda las cualidades que deben caracterizar al maestro cristiano, de las que Pablo especifica cuatro.

(a) Estaba el coraje. No era el miedo cerval sino el coraje lo que el servicio cristiano le infundiría a un hombre. Siempre requiere coraje ser cristiano, y ese coraje viene de la continua conciencia de la presencia de Cristo.

(b) Estaba el poder. En un verdadero cristiano está el poder para enfrentarse, el poder para asumir la tarea demoledora, el poder para mantenerse firme frente a la situación imprevista y terrible, el poder para retener la fe frente al dolor del alma y la desilusión agotadora. El cristiano es característicamente la persona que puede superar el límite máximo de resistencia y de paciencia.

(c) Estaba el amor. En el caso de Timoteo éste era el amor a los hermanos, a la congregación del pueblo de Cristo sobre la que había recibido la encomienda. Es precisamente ese amor el que le da al pastor cristiano las otras cualidades. Debe amar a su pueblo tanto que ninguna molestia le resulte demasiado dura de soportar por ellos ni ninguna situación suficientemente amenazadora para desanimarle. Ninguna persona debería entrar nunca en el ministerio de la Iglesia a menos que tenga el amor de Cristo en su corazón.

(d) Estaba la autodisciplina. La palabra original es sófronismós, una de las grandes palabras griegas intraducibles. Alguien la ha definido como « la sensatez de la santidad.» Falconer la define como « el dominio propio frente al pánico o la pasión.» Es Cristo el único Que nos puede dar ese dominio propio que nos mantendrá libres tanto de ser arrebatados como de salir huyendo.

Ninguna persona puede nunca dirigir a otras a menos que se haya dominado a sí misma. Sófronismós es ese dominio propio que Dios da que hace a una persona capaz de dirigir a otros porque ella misma es antes de nada sierva de Cristo y dueña de sí misma.

Un evangelio por el que vale la pena sufrir

Así que no te avergüences de dar tu testimonio de nuestro Señor; ni tampoco te avergüences de mí, Su prisionero, sino acepta conmigo el sufrimiento que conlleva el Evangelio, haciéndolo en el poder de Dios, Que nos salvó, y Que nos llamó con una vocación a la consagración, una vocación que no tenía nada que ver con nuestros propios merecimientos, sino que dependía solamente de Su propósito y de la gracia que nos fue dada en Jesucristo. Y todo esto estaba programado desde antes de la creación del mundo, pero ahora aparece plenamente desplegado por medio de la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, Que abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la incorrupción mediante la buena noticia que Él nos trajo, en el servicio de la cual yo he sido nombrado heraldo y apóstol y maestro. Es inevitable que la lealtad al Evangelio traiga problemas. Para Timoteo, quería decir lealtad a un hombre que era considerado un criminal, porque cuando Pablo estaba escribiendo esta carta estaba preso en Roma. Pero aquí Pablo presenta el Evangelio en toda su gloria, algo por lo que vale la pena sufrir. Algunas veces por implicación y otras por afirmación directa saca a la luz elemento tras elemento de esa gloria. Pocos pasajes del Nuevo Testamento tienen en sí y tras sí tal sentimiento de la tersa grandeza del Evangelio.

(i) Es el Evangelio del poder. Cualquier sufrimiento que implique se soportará en el poder de Dios. Para el mundo antiguo el Evangelio era el poder para vivir. Esa misma edad en que Pablo escribía era la gran edad del suicidio. Los pensadores de principios más elevados eran los estoicos; pero tenían su propia salida cuando la vida se les hacía insoportable. Tenían un dicho: « Dios dio la vida a los hombres, pero Dios les dio el don todavía mayor de ser capaces de quitarse la vida.» El Evangelio era, y es, poder para conquistar el ego, poder para dominar las circunstancias, poder para seguir viviendo cuando la vida es invivible, poder para ser cristianos cuando el ser cristiano parece imposible.

(ii) Es el Evangelio de la salvación. Dios es el Dios Que nos salva. El Evangelio es redención. Es redención del pecado; libera al hombre de las cosas que le tienen en sus garras; le permite romper con los hábitos que le parecen irrompibles. El Evangelio es un poder liberador que puede hacer de hombres malos, buenos.

(iii) Es el Evangelio de la consagración. No es simplemente liberación de las consecuencias del pecado pasado; es una invitación a caminar la senda de la santidad. En La Biblia en el evangelismo mundial, A. M. Sherwin cita dos ejemplos alucinantes del poder milagrosamente transformador de Cristo. Había en Nueva York un gánster que había estado en la cárcel poco antes por robo con violencia. Se dirigía a buscar a su antigua pandilla con la intención de tomar parte en otro robo cuando le robó la cartera a un hombre en la Quinta Avenida. Fue al Parque Central para ver lo que había conseguido robar y descubrió para su disgusto que era un Nuevo Testamento. Como no tenía nada que hacer, empezó a pasar distraídamente las páginas y a leer. Pronto se encontró absorto en la lectura, y tal efecto le hizo que pocas horas después fue a sus antiguos viejos camaradas y se separó de ellos para siempre. Para ese ex-delincuente el Evangelio fue la llamada a la santidad. Hubo un joven árabe en Alepo que tuvo una pelea amarga con un antiguo amigo. Le dijo a un evangelista cristiano: « Le odiaba tanto que me propuse vengarme, hasta el punto de matarle. Entonces -prosiguió-, una vez me encontré con usted y usted me indujo a comprar un ejemplar de San Mateo. Yo lo compré solamente para darle gusto a usted. No tenía la menor intención de leerlo. Pero cuando me iba a acostar aquella noche el libro se me cayó del bolsillo y yo lo recogí y empecé a leerlo. Cuando llegué al lugar donde dice: «oísteis que se dijo en la antigüedad no matarás… pero yo os digo que el que esté airado con su hermano sin causa estará en peligro del juicio,» recordé el odio que estaba abrigando contra mi enemigo. Cuando seguí leyendo mi intranquilidad fue creciendo hasta que leí las palabras: «Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os daré el descanso. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí; porque yo soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.» Entonces me sentí movido a clamar: «Dios, ten misericordia de mí, pecador.» El gozo y la paz llenaron mi corazón y desapareció el odio. Desde entonces soy una nueva persona, y mi mayor delicia es leer la palabra de Dios.» Fue el Evangelio lo que puso al ex-presidiario de Nueva York y al posible asesino en Alepo en el camino de la santidad. Es aquí donde falla mucho de nuestro cristianismo. No cambia a las personas; y por tanto no es real. El hombre que ha conocido el poder salvífico del Evangelio es un hombre cambiado, en el trabajo, en el placer, en el hogar, en el carácter. Debe haber una diferencia esencial entre el cristiano y el que no lo es, porque el cristiano ha obedecido la llamada a caminar la senda de la santidad.

(iv) Es el Evangelio de la gracia. No es algo que hemos logrado, sino algo que hemos aceptado. Dios no nos llamó porque fuéramos santos; nos llamó para que fuéramos santos. Si tuviéramos que merecer el amor de Dios, nuestra situación sería desesperada e irremisible. El Evangelio es el don gratuito de Dios. El no nos ama porque nosotros hayamos merecido Su amor; nos ama movido por la maravillosa generosidad de Su corazón.

(v) Es el Evangelio del propósito eterno de Dios. Está programado desde antes que empezara el tiempo. No debemos creer nunca que Dios fuera antes ley estricta y que sólo desde la vida y muerte de Jesús Él es amor perdonador. Desde el principio del tiempo el amor de Dios ha estado buscando a los hombres y ofreciéndoles Su gracia y su perdón. El amor es la esencia de la naturaleza eterna de Dios.

(vi) Es el Evangelio de la vida y la inmortalidad. Pablo estaba convencido de que Jesucristo sacó a la luz la vida y la incorrupción. El mundo antiguo temía la muerte; o, si no la temía, la consideraba una extinción. El mensaje de Jesús fue que la muerte era el camino a la vida, y que lejos de separar a los hombres de Dios, los traía a Su más próxima presencia.

(vii) Es el Evangelio del servicio. Fue este Evangelio el que hizo a Pablo heraldo, apóstol y maestro de la fe. No le dejó tranquilamente sintiendo que ahora era salva su propia alma y no tenía por qué preocuparse más. Le impuso la tarea inescapable de agotarse y consumirse en el servicio de Dios y de sus semejantes. Este Evangelio le impuso a Pablo tres necesidades.

(a) Le hizo un heraldo. La palabra original es kéryx, que tiene tres líneas principales de sentido, cada una con algo que sugerir acerca de nuestro deber cristiano. El kéryx era el heraldo que traía el anuncio del rey. El kéryx era el emisario cuando dos ejércitos estaban enfrentados, que ofrecía las condiciones de rendición o la petición de tregua y paz. El kéryx era el que empleaba un subastador o un mercader para anunciar públicamente sus mercancías e invitar a la gente a venir a comprar. Así es que el cristiano ha de ser la persona que trae el mensaje a sus semejantes; que trae a las personas a la paz con Dios; que llama a sus semejantes a aceptar la oferta maravillosa que Dios les hace.

(b) Le hizo un apóstol, apóstolos, literalmente uno que es enviado. Esta palabra puede querer decir un enviado o un embajador. El apóstolos no hablaba por sí mismo, sino por el que le había enviado. No iba en su propia autoridad, sino con la autoridad del que le había enviado. El cristiano es el embajador de Cristo, que habla por Él y Le representa ante los hombres.

(c) Le hizo un maestro. Hay un sentido muy real en que la tarea docente del cristiano y de la Iglesia es la más importante de todas. No cabe duda de que la tarea del maestro es mucho más difícil que la del evangelista. La tarea del evangelista es llamar a las personas y confrontarlas con el amor de Dios. Una persona puede que responda a la invitación en un momento de viva emoción. Pero queda por recorrer un largo camino. Debe aprender el significado y la disciplina de la vida cristiana. Se han echado los cimientos, pero hay que levantar el edificio. A la llama del evangelismo debe seguir el firme rescoldo de la enseñanza cristiana. Puede suceder que las personas se alejen de la Iglesia después de su primera decisión, por la sencilla pero fundamental razón de que no se Jes ha enseñado el sentido de la fe cristiana. Heraldo, embajador, maestro -aquí tenemos la triple función del cristiano que quiere servir a su Señor y a su iglesia.

(viii) Es el Evangelio de Jesucristo. Fue desarrollado totalmente por medio de Su aparición. La palabra que Pablo usa para aparición tiene una gran historia. Es epifáneia una palabra que usaban los judíos frecuentemente para hablar de las grandes manifestaciones salvíficas de Dios en los días terribles de las luchas macabeas, cuando los enemigos de Israel estaban buscando insistentemente obliterarlo.

En los días del sumo sacerdote Onías vino un cierto Heliodoro a desvalijar el tesoro del templo de Jerusalén. Ni las oraciones ni los ruegos parecían bastar para detenerle de llevar a cabo este sacrilegio. Y, así cuenta la historia, cuando Heliodoro estaba a punto de echar mano al tesoro, « el Señor de los Espíritus y Príncipe del Poder causó una gran epifáneia… porque se les apareció un caballo con un jinete terrible… que se acercó a pleno galope e hirió a Heliodoro con sus patas delanteras… y Heliodoro cayó repentinamente a tierra y se vio rodeado de una gran oscuridad» (2 Macabeos 3:24-30). Lo que sucedió exactamente puede que nunca lo sepamos; pero en la hora de una necesidad terrible de Israel tuvo lugar esta tremenda epifáneia de Dios. Cuando Judas Macabeo y su pequeño ejército tenían enfrente el poder de Nicanor, oraron: «Oh Señor, Que enviaste tu ángel en tiempos de Ezequías rey de Judea, y mataste en el ejército de Senaquerib ciento ochenta y cinco mil (compárese 2 Reyes 19:35-36); por tanto ahora, oh Señor del Cielo, envía un buen ángel delante de nosotros para que les cause temor y espanto; y por el poder de Tu brazo haz que sean afectados de terror los que vienen contra tu propio pueblo para blasfemar.» Y entonces la historia prosigue diciendo: «Entonces Nicanor y los que estaban con él avanzaron con trompetas y canciones. Pero Judas y su compañía salieron al encuentro del enemigo con invocación y oración. Así que, peleando con sus manos y orando a Dios con sus corazones, mataron a no menos de treinta y cinco mil hombres; y por medio de la epifáneia de Dios fueron grandemente alentados» (2 Macabeos 15:22-27).

Una vez más no sabemos lo que sucedió exactamente; pero Dios realizó una aparición grande y salvadora para su pueblo. Para los judíos epifáneia denotaba una intervención liberadora de Dios.

Para los griegos ésta era también una gran palabra. La subida del emperador al trono se llamaba su epifáneia. Era su manifestación. Todos los emperadores subían al trono con grandes esperanzas; su entronización se saludaba como la aurora de un día nuevo y grande y de grandes bendiciones por venir.

El Evangelio se despliega en toda su grandeza con la epifáneia de Jesús; la misma palabra indica que Él era la gran intervención liberadora y la manifestación de Dios en el mundo.

Confianza divina y humana

Y esa es la razón por la que yo paso estas cosas ahora. Pero no estoy avergonzado, porque yo conozco a Aquel en Quien está puesta mi fe, y estoy totalmente seguro de que puede guardar a salvo lo que le he confiado hasta que llegue el último día. Mantén el esquema de las palabras vivificadoras que has recibido de mí, sin flojear jamás en la fe y el amor que hay en Jesucristo. Guarda el maravilloso depósito que se te ha confiado por medio del Espíritu Santo que mora en ti.

Este pasaje usa una palabra griega muy gráfica de una manera doblemente sugestiva. Pablo habla de aquello que él le ha confiado a Dios; y exhorta a Timoteo a salvaguardar el depósito que Dios le ha confiado. En ambos casos la palabra original es parathéké que quiere decir un depósito encomendado a la guarda de alguien. Uno podía depositar algo confiándoselo a un amigo para que se lo guardara para sus hijos o seres amados; podía depositar sus objetos de valor en un templo para que se los guardaran a salvo, porque los templos eran los bancos del mundo antiguo. En cada caso la cosa depositada era un parathéké. En el mundo antiguo no había un deber más sagrado que el de salvaguardar tal depósito y devolverlo a su debido tiempo cuando se reclamaba.

Había una historia griega famosa que contaba precisamente lo sagrado que era un depósito semejante (Heródoto 6:89; Juvenal: Sátiras 13: 199-208). Los espartanos eran famosos por su estricto sentido del honor y de la honradez. Cierto hombre de Mileto se dirigió a un cierto Glauco, de Esparta. Dijo que había tenido tan buenos informes de la honradez de los espartanos que había convertido en dinero la mitad de sus posesiones y quería depositar ese dinero, hasta que él o sus herederos lo reclamaran otra vez. Se dieron y recibieron ciertos símbolos que servirían para identificar al que tuviera derecho a reclamarlo. Pasaron los años; el hombre de Mileto murió; sus hijos fueron a Esparta a ver a Glauco, presentaron sus signos de identificación y pidieron que se les devolviera el dinero depositado. Pero Glauco pretendió no acordarse de haberlo recibido. Los hijos que habían venido de Mileto se alejaron tristes, pero Glauco fue al famoso oráculo de Delfos para ver si podía admitir el depósito o, lo que la ley griega le permitía hacer, podía jurar que no sabía nada de él. El oráculo contestó: «Lo mejor, de momento, habría sido, oh Glauco, hacer lo que querías: hacer un juicio para quedar encima y quedarte con el botín del dinero. Jura entonces – la muerte es la suerte hasta de los que nunca juran falsamente. Sin embargo, el dios del juramento tiene un hijo sin nombre, sin pies ni manos; poderoso en fuerza se lanza ala venganza y arrasa en destrucción a todos los que pertenecen a la raza o la casa del hombre que ha perjurado. Pero los que guardan el juramento dejan tras sí una descendencia floreciente.»

Glauco comprendió; el oráculo le estaba diciendo que si quería un provecho momentáneo podía negar el depósito; pero tal negación traería consigo una pérdida eterna. Le pidió al oráculo que perdonara su pregunta; pero la respuesta era que el haber tentado al dios era tan malo como haber realizado la acción. Envío por los hijos del hombre de Mileto y les devolvió el dinero. Heródoto prosigue: « Glauco hasta el presente no tiene ni un solo descendiente; ni se le reconoce ninguna familia; ha sido quitadas raíz y rama de Esparta. Es una buena cosa por tanto, cuando un depósito se le ha confiado a uno, que ni siquiera se le pase por el pensamiento el dudar de devolverlo.» Para los griegos un parathéké era absolutamente sagrado.

Pablo dice que él le ha confiado un depósito a Dios. Quiere decir que le ha confiado tanto su trabajo como su vida. Podría parecer que él había sido retirado a mitad de la carrera; el que terminara como un criminal en una cárcel romana podría parecer el final de toda su obra. Pero él había sembrado la semilla y predicado el Evangelio, y dejaba el resultado en las manos de Dios. Pablo le había confiado a Dios su vida; y estaba seguro de que estaba a salvo tanto en la vida como en la muerte. ¿Por qué estaba tan seguro? Porque conocía a Aquel en Quien había creído. Siempre debemos recordar que Pablo no dice que sabía lo que había creído. No había llegado a un credo o a una teología por un conocimiento intelectual, sino llegó a un conocimiento personal de Dios. Conocía a Dios personal e íntimamente; sabía cómo era en Su amor y en Su poder; y para Pablo era inconcebible el que Dios le pudiera fallar. Si hemos trabajado honradamente y hecho las cosas lo mejor posible, podemos dejarle el resultado a Dios, por muy escaso que nos parezca ese trabajo. Con Él, en éste o en cualquier otro mundo la vida está a salvo, porque nada nos puede separar del amor de Dios en Jesucristo nuestro Señor.

Depósito humano y divino

Pero el tema del depósito tiene otro lado; hay otro parathéké. Pablo exhorta a Timoteo que salvaguarde y mantenga inviolado el depósito que Dios le ha confiado. No somos nosotros los únicos que ponemos nuestra confianza; Él también pone Su confianza en nosotros. La idea de que Dios depende de los hombres no está nunca lejos del pensamiento del Nuevo Testamento. Cuando Dios quiere que se haga algo tiene que encontrar la persona que lo haga. Si quiere que se enseñe a un niño, que se dé un mensaje, que se predique un sermón, que se encuentre a un perdido, que se consuele a un afligido, que se sane a un enfermo, tiene que encontrar algún instrumento para hacer Su trabajo.

El depósito que Dios le había confiado en particular a Timoteo era la supervisión y la edificación de la Iglesia. Si Timoteo había de cumplir de veras esa encomienda, tenía que hacer ciertas cosas.

(i) Tenía que retener el esquema de las palabras vivificadoras. Es decir, tenía que comprobar que la fe cristiana se mantenía en toda su pureza, y que no se les permitía la entrada en ella a ideas falsas y engañosas. Eso no es decir que en la Iglesia Cristiana no debe haber un pensanúento renovado y un desarrollo de la doctrina y de la fe; pero sí quiere decir que hay ciertas grandes verdades que se deben preservar siempre intactas. La verdad cristiana que debe permanecer inalterable es la que está compendiada en el credo de la Iglesia Original: «Jesucristo es Señor» (Filipenses 2:11). Una teología que trate de desplazar a Cristo del lugar supremo o despojarle del lugar único en el esquema de la revelación y de la salvación es necesariamente equivocada. La Iglesia Cristiana debe estar siempre reformateando su fe, pero la fe que se expresa de nuevo debe ser la fe en Cristo.

(ii) No debía nunca flojear en la fe. La fe contiene aquí dos ideas en su corazón.

(a) Contiene la idea de fidelidad. El dirigente cristiano debe ser para siempre leal y verdadero para con Jesucristo. No debe nunca avergonzarse de mostrar Cúyo es y a Quién sirve. La fidelidad es la virtud más antigua y más esencial del mundo.

(b) Pero la fe también contiene la idea de esperanza. El cristiano no debe perder nunca su confianza en Dios; no debe desesperar nunca. No debe haber ningún pesimismo ni acerca de sí mismo ni acerca del mundo en el corazón del cristiano. Como escribió A. H. Clough: No digas que la lucha no valía la pena, que el esfuerzo y las llagas se aplicaron en vano; que el contrario no ceja ni retrocede nunca, y que todas las cosas son lo mismo que siempre. Si la ilusión se engaña, el miedo es mentiroso; ¿no ocultará esa nube de humo en lontananza a los tuyos, que alcanzan al enemigo que huye, y que solo tú faltas por poseer la victoria? Mientras las olas rompen cansadas en la arena sin parecer ganar ni una sola pulgada, allá atrás la marea entre rocas y riscos avanza silenciosa entrando incontenible. No solo las ventanas de Oriente lentamente adivinan la luz conforme el Sol se eleva; sino, ¡mirad!, a Occidente las lomas ya saltan jubilosas reflejando su luz.

(iii) No debe nunca desfallecer en el amor. Amar a los hombres es verlos como Dios los ve. Es negarse radicalmente a hacer nada que no contribuya a su bien supremo. -Es vencer el rencor con el perdón; es vencer el odio con el amor; es vencer la indiferencia con una pasión ardiente que no se puede apagar. El amor cristiano busca insistentemente amar a los hombres como Dios los ama y como nos ha amado a nosotros en primer lugar.
Muchos infieles y uno solo fiel

Sabes muy bien que en general los que viven en Asia me desertaron, entre ellos Figelo y Hermógenes. Que el Señor tenga misericordia de la familia de Onesíforo, que me animó a menudo y no se avergonzó de mi cadena. Todo lo contrario: cuando llegó a Roma me buscó insistentemente hasta encontrarme -¡Que el Señor le conceda misericordia del Señor en aquel día! Y tú sabes mejor que yo los muchos servicios que ha prestado en Éfeso.

Aquí tenemos un pasaje en el que se combinan el dolor y el gozo. A fin de cuentas le sucedió a Pablo lo mismo que le había sucedido a su maestro Jesús. Sus amigos le abandonaron y huyeron. En el Nuevo Testamento Asia no es desde luego el continente de Asia, sino la provincia romana que incluía la parte oeste de Asia Menor. Su capital era la ciudad de Éfeso. Cuando Pablo estaba preso, sus amigos le abandonaron -muy probablemente por temor. Los romanos nunca le habrían procesado solamente por un delito puramente religioso; los judíos tienen que haberlos persuadido de que era un enredador peligroso que atentaba contra la paz pública. No puede haber duda de que por último Pablo sería juzgado por un delito político. El ser amigos de un hombre así era peligroso; y en su hora de necesidad sus amigos de Asia le abandonaron porque temían por su propia seguridad.

Pero a pesar de que otros le desertaran un hombre se mantuvo fiel hasta el fin; se llamaba Onesíforo, que quiere decir provechoso. P. N. Harrison trazó una descripción vívida de la búsqueda de Pablo por Onesíforo en Roma: «Nos parece captar detalles de un rostro determinado en medio de una multitud a la deriva y seguir con vivo interés a este extranjero de las lejanas costas del Egeo conforme iba recorriendo el laberinto de calles desconocidas, llamando a muchas puertas, siguiendo todas las claves, advertido de los peligros que estaba corriendo pero decidido a no cejar en su busca; hasta que en alguna cárcel oscura le saluda una voz conocida, y descubre a Pablo encadenado a un soldado romano. Una vez encontrado su camino, Onesíforo no se contenta con una sola visita, sino que, fiel a su nombre, se muestra incansable en sus ministraciones. Otros se habían retirado ante la amenaza y la ignominia de aquella cadena; pero este visitante considera el supremo privilegio de vida el compartir con tal criminal el escarnio de la Cruz. Una serie de vueltas y revueltas por el inmenso laberinto (de las calles de Roma) llega a conocerlo tan bien como si se tratara de su propio Éfeso.» No cabe duda de que, cuando Onesíforo buscó a Pablo y fue a verle una y otra vez, estaba llevando su vida en la mano. Era peligroso el seguir preguntando dónde se podía encontrar a un cierto criminal; era peligroso visitarle; y era aún más peligroso el seguir visitándole; pero eso fue lo que hizo Onesíforo.

Una y otra vez la Biblia nos pone cara a cara con una cuestión que es real para cada uno de nosotros. Una y otra vez introduce y aparta de la escena de la historia a una persona con una sola frase. Hermógenes y Figelo -no sabemos absolutamente nada de ellos más que los nombres y el hecho de que fueron traidores a Pablo. Onesíforo -no sabemos nada de él excepto que en su lealtad a Pablo arriesgó -y tal vez perdió- la vida. Hermógenes y Figelo pasaron a la Historia como desertores; Onesíforo pasó a la Historia como el amigo que se mantiene más cerca que un hermano. Si senos hubiera de describir en una sola frase, ¿cuál sería? ¿Sería un veredicto de traidor, o un veredicto de discípulo que fue fiel?

Antes de dejar este pasaje debemos notar que en relación con algo en particular es el centro de la tempestad. Cada uno debe llegar a su propia conclusión, pero hay muchos que presienten que lo que se implica es que Onesíforo ya ha muerto. Es por su familia por los que ora Pablo. Ahora bien, si había muerto, este pasaje nos muestra a Pablo orando por los muertos, porque nos le presenta pidiendo a Dios que Onesíforo encuentre misericordia en el último día.

Las oraciones por los muertos constituyen un problema muy disputado que no pretendemos discutir aquí. Pero una cosa sí podemos decir -entre los judíos las oraciones por los muertos no eran ni mucho menos desconocidas. En los días de las guerras de los Macabeos hubo una batalla entre las tropas de Judas Macabeo y el ejército de Gorgias, gobernador de Idumea, que terminó con la victoria de Judas Macabeo. Después de la batalla los judíos estaban recogiendo los cuerpos de los que habían caído en la batalla. En cada uno de ellos encontraron «cosas consagradas a los ídolos de los hamnitas que les están prohibidas por la ley a los judíos.» Lo que se quiere decir es que los soldados judíos muertos llevaban amuletos paganos que esperaban supersticiosamente que les protegieran la vida. La historia continúa diciendo que todos los que habían muerto llevaban un amuleto y fue por eso por lo que murieron. A1 ver esto, Judas y todo el pueblo oraron para que el pecado de estos hombres «fuera reducido totalmente al olvido.» Entonces Judas recogió dinero e hizo una ofrenda por el pecado de aquellos que habían caído, porque creía que, como había una resurrección, no era superfluo « el orar y ofrecer sacrificios por los muertos.»

La historia termina con el dicho de Judas Macabeo de que «era una cosa santa y buena el orar por los muertos. Tras lo cual hizo una reconciliación por los muertos para que fueran librados del pecado» (2 Macabeos 12:39-45).

Está claro que Pablo se educó en unas creencias que veían en las oraciones por los muertos no una cosa repulsiva sino una cosa buena. Éste es un tema en el que ha habido una disputa larga y amarga; pero por lo menos una cosa podemos y debemos decir -si amamos a una persona con todo nuestro corazón, y si el recuerdo de esa persona no está nunca ausente de nuestras mentes y memorias, entonces sea lo que sea lo que el intelecto de los teólogos nos diga acerca de ello, el instinto del corazón es recordar a tal persona en oración, esté en éste o en el otro mundo.

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