Los hombres impíos, igual que los falsos profetas, incitaban al pueblo a abandonar a Jehová. Cuando tal persona se levantara en una de las ciudades de Israel, los líderes de la comunidad tenían que investigar el problema cuidadosamente. Ellos tenían que seguir dos procesos. Primero, tenían que “inquirir”. La palabra inquirirás significa consultar la voluntad de Dios. Esto se hacía por medio de la oración, la consulta con los sacerdotes, profetas, o por medio de los oráculos sagrados. En segundo lugar, tenían que investigar el caso. En heb., investigarás tiene el sentido de un proceso legal que decide si una persona es culpable o inocente. Cuando los líderes de la ciudad llegaran a la conclusión que la persona impía había seducido a un grupo o una ciudad a abandonar a Jehová, entonces las personas que instigaron la apostasía y toda la comunidad que había abandonado a Jehová, serían dedicadas al herem o anatema. Aquellos que se rebelaron contra Jehová y abandonaron el pacto se consideraban paganos y merecían el mismo castigo que sufrió el pueblo de Canaán. En este caso, las leyes de la guerra santa se aplicaban contra la ciudad que había cometido apostasía. La ciudad y su botín eran dedicadas al anatema. La ciudad y todo lo que estaba en ella, inclusive sus habitantes y aun los animales, eran quemados como un sacrificio a Jehová, un sacrificio ofrecido como expiación por el pecado del pueblo y de la ciudad. La ciudad era convertida en ruinas y nadie podía reedificarla.
Se Mencionan dos ciudades que fueron quemadas según las reglas del herem. Israel no podía retener ninguna cosa que había sido dedicada al anatema. Solamente de esta manera la maldición asociada con la apostasía de una ciudad y la violación del pacto podía ser expiada y, por consiguiente, Jehová sería movido a desistir del furor de su ira.
La apostasía y la idolatría provocaban la ira del Señor, pero la obediencia de Israel provocaba su misericordia y bendición. El propósito de Dios era bendecir y multiplicar a Israel, así como Dios había prometido a los patriarcas y a sus descendientes. La violación de la santidad de Jehová trae consecuencias desagradables al pueblo, pero la obediencia y fidelidad a la ley que él había dado por medio de Moisés era el secreto del éxito y prosperidad de Israel.
