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Apocalipsis 21: La nueva creación

Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar dejará de existir.

Juan ha visto la suerte de los malvados, y ahora ve la de los bienaventurados. El sueño de unos cielos nuevos y una tierra nueva estaba profundamente arraigado en el pensamiento judío. «Porque he aquí -le dijo Dios a Isaías- que Yo crearé nuevos cielos y nueva tierra. De los pasados no habrá memoria, ni volverán al pensamiento» (Isaías 65:17). Isaías habla de los cielos y la tierra nuevos que Dios hará, en los que la vida será un continuo acto de adoración (Isaías 66:22). Esta idea es igualmente firme entre los dos Testamentos. Es la promesa de Dios: « Transformaré los cielos, haciéndolos una bendición y una luz eternas; y transformaré la tierra y la haré bendición» (Henoc 45:4). Habrá una nueva creación que permanecerá por toda eternidad (Henoc 72:1). Los primeros cielos pasarán, y aparecerán los nuevos; la luz del cielo será siete veces más brillante; y la nueva creación permanecerá para siempre (Henoc 91:16). El Todopoderoso sacudirá la creación, pero será para renovarla (2 Baruc 32:6). Dios renovará Su creación (2 Esdras 7:75).

El cuadro está siempre presente, y sus elementos son siempre los mismos: El dolor se olvida, el pecado es vencido, las tinieblas llegan a su fin, la temporalidad del tiempo sé convierte en la perdurabilidad de la eternidad. Esta creencia continua es testigo de tres cosas: del insaciable anhelo de inmortalidad del alma humana, del sentido inherente del pecado del hombre y de su fe en Dios.

En esta visión de la bienaventuranza, futura nos encontramos con una de las frases más famosas del Apocalipsis: « Y el mar dejará de existir.» Esta frase tiene un doble trasfondo.

(i) Tiene el trasfondo de las grandes creencias mitológicas del tiempo de Juan. Ya hemos visto que en la historia babilónica de la creación del mundo hay una larga lucha entre Marduk, el dios de la creación, y Tiamat, el dragón del caos. En esa historia, el mar, las aguas debajo del firmamento, llegaron a ser la morada de Tiamat. El mar era siempre un enemigo. Los egipcios lo veían como el poder que se tragaba las aguas del Nilo y dejaba los campos desiertos. La identificación del mar con la muerte es corriente en muchas culturas, y no menos en la española:

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos, allegados son iguales los que viven por sus manos y los ricos. (Jorge Manrique).

(ii) Tiene mucho más que un trasfondo humano. Los pueblos antiguos odiaban el mar, aun cuando, para el tiempo de Juan, llevaban largo tiempo navegando lejos. No tenían brújulas; y, por tanto, en la medida de lo posible, se guiaban por las costas.

Tenemos que llegar a la Edad Moderna para encontrarnos con personas a las que les encanta hacerse a la mar. Matthew Arnold hablaba del «mar salado enajenante.» El Dr. Johnson observaba una vez con amargura que nadie que tuviera sentido suficiente para acabar en la cárcel escogería hacerse a la mar. Hay una vieja historia de uno que estaba cansado de batallar con la mar. Se echó un remo al hombro y se puso en camino con la intención de viajar tierra adentro hasta que encontrara gente que supiera tan poco del mar que le preguntara qué era eso tan raro que llevaba al hombro y para qué servía.

Los oráculos sibilinos (5:447) dicen que el mar se secará en el tiempo del fin. La ascensión de Moisés (10:6) dice que el mar volverá al abismo. En los sueños judíos el fin del mar es el fin de una fuerza hostil a Dios y al hombre.

La nueva Jerusalén

Y vi la Santa Ciudad, la nueva Jerusalén, descender del Cielo, de con Dios, como una esposa engalanada para su marido.

Aquí tenemos otra vez un sueño de los judíos que nunca murió: el sueño de la restauración de la Santa Ciudad de Jerusalén. Una vez más advertimos que esto tiene un doble trasfondo.

(i) Tiene un trasfondo que es esencialmente griego. Una de las grandes aportaciones al pensamiento filosófico universal fue la de las ideas o formas Platón. Enseñaba que existía en el mundo invisible la forma o idea perfecta cada cosa de la tierra, y que todas las cosas terrenales eran copias imperfectas de realidades celestiales. En ese caso, hay una Jerusalén celestial de la que es copia imperfecta la Jerusalén terrenal. Es lo que Pablo está pensando cuando habla de la Jerusalén de arriba (Gálatas 4:26), y también lo que tiene en mente el Autor de Hebreos cuando habla de Jerusalén la celestial (Hebreos 12:22).

Esa forma de pensamiento dejó su impronta en las visiones judías entre los dos Testamentos. Leemos que en la edad mesiánica se dejará ver la Jerusalén que es invisible (2 Esdras 7:26). El autor de 2 Esdras dice que se le concedió una visión de ella hasta donde era posible para ojos humanos soportar la visión de la gloria celestial (2 Esdras 10:44-59). En 2 Baruc se dice que Dios hizo la Jerusalén celestial antes que el Paraíso, que Adán la contempló antes de pecar, que se le mostró en visión a Abraham, que Moisés la vio en el Monte Sinaí, y que está ahora en la presencia de Dios (2 Baruc 4:2-6).

Esta concepción de las formas preexistentes puede que nos parezca extraña; pero tras ella está la gran verdad de que el ideal existe de veras. Quiere decir además que Dios es la Fuente de todos los ideales. El ideal es un desafío, que, aunque no se realice en este mundo, todavía puede que se realice en el mundo por venir.

(ii) El segundo trasfondo de la concepción de la nueva Jerusalén es totalmente judío. Los judíos siguen orando en su liturgia sinagogal: Y vuélvete con compasión a Tu ciudad de Jerusalén, y mora en ella como has prometido; y apresúrate a reconstruirla en nuestros días con una estructura perdurable; y apresúrate a establecer allí el trono de David. ¡Bendito seas Tú, oh Señor, el Edificador de Jerusalén!

La visión que tuvo Juan de la nueva Jerusalén usa y amplia muchos de los sueños de los profetas. Copiaremos algunos de estos sueños para que quede claro de una ojeada cómo se refleja una y otra vez el Antiguo Testamento en Apocalipsis.

Isaías tuvo estos sueños: ¡Pobrecita, fatigada con tempestady sin consuelo! He aquí que Yo cimentaré tus piedras sobre carbunclo, y sobre zafiros te fundaré. (Isaías 54:1ls).

Extranjeros edificarán tus muros y sus reyes estarán a tu servicio… Tus puertas estarán de continuo abiertas: no se cerrarán ni de día ni de noche… Mamarás la leche de las naciones, el pecho de los reyes mamarás… En vez de bronce traeré oro, y plata en lugar de hierro; bronce en lugar de madera, y hierro en lugar de piedras… Nunca más se hablará de violencia en tu tierra, ni de destrucción o quebrantamiento en tus términos; llamarás « Salvación» a tus murallas, y a tus puertas «Alabanza. » El sol ya no te hará falta para la luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que el Señor te será por luz eterna, y tu Dios será tu gloria. No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque el Señor te será por luz eterna, y los días de tu luto se habrán acabado (Isaías 60:10-20).

Hageo tuvo este sueño: La gloria de la segunda Casa será mayor que la de la primera, dice el Señor de los Ejércitos; y daré paz en este lugar, dice el Señor de los Ejércitos (Hageo 2:9).

Ezequiel tuvo el sueño de la Jerusalén reconstruida (capítulos 40 y 48) donde encontramos hasta el detalle de las doce puertas de la ciudad (Ezequiel 48:31-35).

Los autores intertestamentarios tuvieron sus sueños. A la ciudad que Dios amó la hizo más radiante que las estrellas y el sol y la luna; y la engarzó como la joya del mundo e hizo un Templo extraordinariamente hermo so en su santuario, y lo compuso con unas medidas de muchos estadios, con una torre gigantesca que llegaba hasta las nubes a la vista de todos, para que todos los fieles y los justos vieran la gloria del Dios invisible, la visión deleitosa (Oráculos sibilinos 5:420-427).

Y las puertas de Jerusalén se edificarán con zafiro y esmeralda, y todos tus muros con piedras preciosas, las torres de Jerusalén estarán hecha de oro, y sus almenas de oro puro, las calles de Jerusalén estarán pavimentadas con carbunclos y piedras de Ofcr, y las puertas de Jerusalén resonarán con himnos de alegría, y todas sus casas dirán: ¡Aleluya! (Tobías 13:16-18).

Se ve claramente que la nueva Jerusalén era un sueño constante; y que Juan recogió detalles amorosamente de diferentes visiones -las piedras preciosas, las calles de edificios de oro, las puertas siempre abiertas, la luz del mismo Dios que hacía innecesaria la del sol y la luna, la venida de las naciones trayendo sus dones a Jerusalén.

Aquí está la fe. Aunque Jerusalén había sido borrada del mapa, los judíos no perdieron nunca la confianza en que Dios la reedificaría. Es verdad que expresaban sus esperanzas en términos de riqueza material; pero esta era meramente un símbolo de la seguridad de que hay una bienaventuranza eterna para el pueblo fiel del Señor.

La comunión con Dios

Y oí decir a una gran voz del Cielo: -Fijaos: la residencia de Dios está entre los hombres, y morará con ellos, y ellos serán Sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos; y enjugará de sus ojos todas las lágrimas, y ya no habrá más muerte, ni angustia, ni clamor, ni habrá más dolor; porque habrán desaparecido las cosas primeras.

Aquí tenemos la promesa de la comunión con Dios, con todas sus preciosas consecuencias. La voz pertenece a uno de los Ángeles de la Presencia.

Dios va a poner Su residencia entre los hombres. La palabra que se usa para residencia es skéné, literalmente Su tienda; pero en el uso religioso no quería decir una morada provisional. Aquí hay dos ideas principales.

(i) Skéné es la palabra que se usa para Tabernáculo. En la peregrinación por el desierto, el Tabernáculo era una tienda, la skéné par excellence. Así es que esto quiere decir que Dios va a fijar Su residencia con la humanidad para siempre, va a conceder Su presencia para siempre. Aquí, en este mundo, entre las cosas del espacio y el tiempo, nuestra consciencia de la presencia de Dios es espasmódica; pero en el Cielo seremos conscientes de Su presencia permanentemente.

(ii) Hay dos palabras extrañamente relacionadas en sonido y en sentido, una hebrea y la otra griega, que llegaron a relacionarse indeleblemente en el pensamiento cristiano primitivo. Skiné es la griega, y shejiná (de la raíz sh-k-n) la hebrea. La relativa semejanza de sonido, como hacemos corrientemente al traducir de una lengua a otra, hacía que no se pudiera oír la una sin pensar en la otra. En consecuencia, decir que la skéné de Dios va a estar con la humanidad hacía pensar inmediatamente que la shejiná de Dios iba a estar con la humanidad. En los tiempos del Antiguo Testamento la shejiná tomaba la forma de una nube resplandeciente que aparecía y desaparecía. Leemos, por ejemplo, que esa nube llenó el Templo de Salomón cuando lo dedicaron (1 Reyes 8: IOs). En la nueva era la gloria de Dios no va a ser transitoria, sino morará permanentemente con el pueblo de Dios.

La comunión con Dios

La promesa de Dios de hacer a Israel Su pueblo y de ser el Dios de Israel resuena a lo largo de todo el Antiguo Testamento: « Yo pondré Mi morada en medio de vosotros… Andaré entre vosotros: seré vuestro Dios y vosotros seréis Mi pueblo» (Levítico 26:I1s). En el anuncio de Jeremías del Nuevo Pacto, Dios promete: «Seré el Dios de ellos, y ellos serán Mi pueblo» (Jeremías 31:33). La promesa a Ezequiel es: «Estará en medio de ellos Mi tabernáculo; Yo seré el Dios de ellos, y ellos serán Mi pueblo» (Ezequiel 37:27). La promesa más excelente de Dios es la íntima comunión con El, que alcanzamos cuando podemos decir: « ¡Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío!» (Cantares 6:3).

Esta comunión con Dios conlleva ciertas cosas en la edad dorada. Las lágrimas, la angustia, el clamor y el dolor habrán desaparecido. Ese también había sido el sueño de los profetas en los días antiguos. Isaías dijo de los peregrinos del camino celestial: « Tendrán gozo y alegría, y la tristeza y el gemido huirán de ellos» (Isaías 35:10). « Yo Me alegraré con Jerusalén y Me gozaré con Mi pueblo, y nunca más se oirán en ella voz de llanto ni voz de clamor» (Isaías 65:19). La muerte también habrá desaparecido como soñaban también los antiguos profetas. «Destruirá a la muerte para siempre, y enjugará el Señor Dios las lágrimas de todos los rostros» (Isaías 25:8).

Esta es una promesa para el futuro; pero aun en el mundo presente son bienaventurados los que lloran, porque recibirán consuelo, y la muerte queda absorbida en la victoria para los que conocen a Cristo y la participación de Sus padecimientos y el poder de Su Resurrección (Mateo 5:4; Filipenses 3:10).

Nuevas todas las cosas

Y el Que está sentado en el Trono dijo: -Fijaos: Yo hago nuevas todas las cosas. -Y se me dijo- : Escribe, porque estas son palabras verdaderas de confianza y verdaderas. -Y me dijo a mí-: ¡Está hecho! ¡Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin! A los sedientos les daré de la fuente del agua de la vida sin que tengan que pagar nada.

Dios habla aquí por primera vez; Él es el Dios que puede hacer nuevas todas las cosas. De nuevo nos encontramos de vuelta entre los sueños de los antiguos profetas. Isaías oyó decir a Dios: «No os acordéis de las cosas pasadas ni traigáis a la memoria las cosas antiguas. He aquí que Yo estoy haciendo algo nuevo» (Isaías 43:18s). Este es el testimonio de Pablo: «Si uno está en Cristo, es una nueva creación» (2 Corintios 5:17). Dios puede tomar a una persona y re-crearla, y algún día creará un universo nuevo para los santos cuyas vidas ha renovado.

No es Dios, sino el Ángel de la Presencia el que da la orden de escribir. Esas palabras se tienen que anotar y recordar; son verdaderas y de absoluta confianza.

« Yo soy el Alfa y la Omega -le dice Dios a Juan-, el principio y el fin.» Ya nos hemos encontrado con este pronunciamiento del Cristo Resucitado en 1:8. De nuevo Juan está oyendo la voz que habían oído los grandes profetas de la antigüedad: « Yo soy el primero y Yo soy el último, y no hay más Dios que Yo» (Isaías 44:6). Alfa es la primera letra del alfabeto griego, y Omega la última. Juan amplía aún más esta afirmación. Dios es el principio y el fin. La palabra para principio es arjé, que no quiere decir simplemente el primero en el tiempo, sino el primero en cuanto origen de todas las cosas. La palabra para fin es telos, que no quiere decir simplemente fin en cuanto a tiempo, sino la meta. Juan está diciendo que toda la vida empieza y termina en Dios. Pablo expresaba lo mismo cuando decía, tal vez un poco más filosóficamente: «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas» (Romanos 11:36), y cuando hablaba de «un solo Dios y Padre de todos nosotros, Que es sobre todos, y por todos, y en todos» (Efesios 4:6).

Sería imposible decir nada más magnífico acerca de Dios. A primera vista podría parecer que Se pone a Dios a tal distancia que no somos para Él más que como las moscas en el cristal de la ventana. Pero, ¿qué viene después? « A los sedientos les daré de la fuente del agua de la vida sin que tengan que pagar nada.» Toda la inmensidad de Dios está a disposición de la criatura humana. « De tal manera amó Dios al mundo que dio…» (Juan 3:16). Dios usa Su grandeza para satisfacer la sed del corazón anhelante.

La gloria y la deshonra

El que salga victorioso entrará en posesión de estas cosas, y Yo seré su Dios y él será Mi hijo; pero en cuanto a los cobardes, los infieles, los contaminados, los asesinos, los inmorales, los hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos – su parte será el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la segunda muerte.

La bienaventuranza no es para todo el mundo, sino solo para los que se mantienen fieles cuando todo se confabula para que abandonen su lealtad.

A esa persona le hace Dios la mayor de todas las promesas: «Yo seré su Dios y él será Mi hijo.» Esta promesa, u otra muy parecida, se hizo en el Antiguo Testamento a tres personas diferentes. La primera fue Abraham: «Establecerá Mi pacto contigo -le dijo Dios- y con tus descendientes… para ser tu Dios y el de tus descendientes» (Génesis 17:7). La segunda se le hizo al hijo que había de heredar el reino de David: «Yo seré su Padre -dijo Dios- y él será Mi hijo» (2 Samuel 7:14). La tercera se hizo en un salmo que los maestros judíos interpretaron siempre que se refería al Mesías: « Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra» (Salmo 89:27). Aquí tenemos algo tremendo: la promesa de Dios a los que salgan victoriosos es la misma que hizo a Abraham el fundador del pueblo elegido, a David con referencia a, su hijo Salomón, y al mismo Mesías. No hay mayor honor en todo el universo que el que Dios otorga a la persona que Le es fiel.

Pero también se hace mención de los condenados. Los cobardes son los que amaban la tranquilidad y la comodidad más que a Cristo, y que en el día de la prueba se avergonzaron de mostrar Cúyos eran y a Quién servían. La antigua versión Reina-Valera daba una impresión falsa al traducir deilós por temerosos. No es el miedo lo que se condena, sino la cobardía, como ya corrigió la Versión Hispano-Americana (1916) y las revisiones posteriores de la Reina-Valera. La valentía más elevada se muestra cuando se está desesperadamente atemorizado, y sin embargo se hace lo que se debe y se mantiene la fidelidad. Se condena la cobardía de negar a Cristo para mantenerse a salvo. Los incrédulos (R-V) o infieles son los que se niegan a aceptar el Evangelio, o los que lo aceptan de labios para fuera, pero muestran en sus vidas que no lo han creído. Los contaminados son los que se han dejado saturar por las abominaciones del mundo. Los asesinos puede que se refiera a los que mataban a los cristianos en las persecuciones.

Los inmorales se refiere especialmente a la inmoralidad sexual, lacra del Imperio Romano y creciente asechanza en nuestro tiempo. Éfeso estaba lleno de hechiceros; Hechos 19:19 nos dice que, al predicar el nombre de Cristo en los primeros días, los que habían practicado la magia quemaron sus libros. Los idólatras son los que dan culto a dioses falsos de los que está lleno el mundo. Los mentirosos son los culpables de falsedad, y del silencio que es a veces una mentira.

La ciudad de Dios

Será mejor que leamos completa la descripción de la ciudad de Dios antes de estudiarla en detalle.

9 Entonces se me dirigió uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las últimas siete plagas postreras, y habló conmigo diciéndome: – ¡Ven, y te mostraré a la Novia, la Esposa del Cordero!

10 Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la Santa Ciudad de Jerusalén descendiendo del Cielo, de con Dios; y tenía la gloria de Dios.

11 Su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como la piedra de jaspe, resplandeciente como el cristal.

12 Tenía un muro grande y alto, y doce puertas, y en las puertas doce ángeles. Había nombres escritos en las puertas, que eran los de las doce tribus de los hijos de

13 Israel. Al Este había tres puertas, y al Norte otras tres, y otras tres al Sur y tres más al Oeste.

14 La muralla de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

15 El que estaba hablando conmigo tenía una vara de medir de oro para medir la ciudad y sus puertas y sus murallas.

16 La ciudad tiene una planta cuadrada, lo mismo de ancha que de larga. Él midió la ciudad con su vara de medir, y su medida era doce mil estadios. Su longitud y

17 su anchura y su altura eran las mismas. Y midió su muralla, que resultó tener una longitud de ciento cuarenta y cuatro codos en medida humana, es decir, de ángel.

18 El material del que estaba hecho el muro era jaspe, y la ciudad estaba hecha de oro puro como el vidrio.

19 Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban adornados con toda clase de piedras preciosas. El primer cimiento era de jaspe; el segundo, de zafiro; el tercero, de

20 ágata; el cuarto, de esmeralda; el quinto, de ónice; el sexto, de coralina; el séptimo, de crisólito; el octavo, de berilo; el noveno, de topacio; el décimo, de crisopraso; el undécimo, de jacinto, y el duodécimo, de amatista.

21 Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. La calle de la ciudad era de oro puro, transparente como el vidrio.

22 No vi ningún templo en ella, porque el Señor Dios, el Todopoderoso, es su templo, y también el Cordero.

23 La ciudad no tiene necesidad de Sol ni de Luna que la iluminen, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero.

24 Las naciones caminarán en su luz, y los reyes de la

25 tierra le traerán su gloria. Sus puertas no se cerrarán nunca de día; y en cuanto a la noche, allí no hay noche.

26 Le llevarán la gloria y el honor de las naciones; pero

27 nada inmundo entrará en ella, ni nadie que practique cosas abominables o que haga uso de la falsedad, sino solo los que estén inscritos en el Libro de la Vida del Cordero.

El portador de la visión

La personalidad del portador de la visión de la Jerusalén celestial tiene que producir sorpresa. Es uno de los ángeles que tenían las siete copas con las últimas siete plagas; y la última vez que nos encontramos con un ángel así era el portador de la visión de la destrucción de Babilonia, la gran ramera. Es extraordinario que en 17:1 la invitación del ángel fuera: «Ven, que yo te mostraré el juicio de la gran ramera,» y en 21:9, tal vez el mismo ángel, dice: «Ven, que yo te mostraré a la Novia, la Esposa del Cordero.»

No se puede decir de seguro lo que representa mucho del simbolismo de este capítulo. Juan debe de haber querido decir algo al hacer que el mismo ángel fuera el portador de tan diferentes mensajes. Puede que Juan quisiera que viéramos que el siervo de Dios no escoge su misión, sino debe hacer lo que Dios le comisiona para hacer, y debe decir lo que Dios le encarga que diga.

El ángel, dice Juan, se le llevó en el Espíritu a una montaña alta. Fue de esta manera como Ezequiel también describió su experiencia: «En visiones de Dios me llevó a la tierra de Israel y me puso sobre un monte muy alto» (Ezequiel 40:2). H. B. Swete indica que sería erróneo tomarlo literalmente; el elevar representa la elevación de espíritu en la que una persona ve las visiones y oye las palabras que le son enviadas por Dios.

La luz de la ciudad

Aquí la traducción es algo difícil. La palabra que se usa para luz es fóstér. La palabra griega para luz es normalmente fós, mientras que fóstér es la que se usa para las luminarias del cielo, el Sol, la Luna y las estrellas, como, por ejemplo, en el relato de la Creación en Génesis 1:14. ¿Es que quiere decir esto que el cuerpo que ilumina la ciudad era como una piedra preciosa? ¿O quiere decir que la radiación que irradiaba toda la ciudad era como los destellos del jaspe?

Creemos que la palabra debe de describir la radiación sobre la ciudad; más adelante se dice claramente que la ciudad no necesita de cuerpo celeste como el Sol o la Luna que le dé luz, porque Dios mismo es su luz.

Entonces, ¿cuál es el simbolismo? H. B. Swete sugiere que se trata de una referencia a Filipenses 2:15. Allí Pablo dice de los cristianos de Filipos: «Vosotros relucís como luces en el mundo.» La Santa Ciudad está habitada por miles y miles de santos de Dios, y bien puede ser que sea el fulgor de estas vidas santificadas lo que le dé ese resplandor maravilloso.

La muralla y las puertas de la ciudad

La ciudad está rodeada con una muralla grande y alta. De nuevo Juan está pensando en términos de las descripciones proféticas de la Jerusalén re-creada. El himno de la tierra de Judá será: « ¡Tenemos una ciudad fuerte; salvación puso Dios por muros y antemuro!» (Isaías 26:1). Zacarías oyó decir a Dios: : « Yo seré para ella un muro de fuego a su alrededor» (Zacarías 2:5). La interpretación más sencilla de la muralla es que es « el inaccesible baluarte de la fe.» La fe es la muralla tras la cual los santos de Dios están seguros frente a los asaltos del mundo, la carne y el diablo.

La muralla tiene doce puertas con los nombres de las doce tribus de los hijos de Israel. La palabra para puerta es interesante.

No es la palabra normal y corriente, pylé, sino pylón, que puede querer decir una de dos cosas. Una casa grande se edificaba en medio de un patio al que se entraba desde la calle por una gran puerta que había en el muro exterior, y que conducía a un vestíbulo espacioso. Pylón también puede querer decir la puerta torreada de una gran ciudad, como la que da acceso a un castillo fortificado.

Aquí hay que notar dos cosas.

(i) Hay doce puertas. Seguramente esto representa la catolicidad de la Iglesia. Una persona puede llegar al Reino de muchas maneras, porque «hay tantos caminos para llegar a las estrellas como personas dispuestas a escalarlos.»

(ii) Las puertas tienen los nombres de las doce tribus. Seguramente esto representa la continuidad de la Iglesia. El Dios Que Se reveló a los patriarcas es el mismo Dios Que también, de una manera mucho más completa, Se reveló en Jesucristo; el Dios del Antiguo Testamento es el Dios del Nuevo Testamento.

Las puertas de la ciudad

Hay tres puertas en cada uno de los cuatro lados de la Ciudad de Dios. Por lo menos parte de esa visión está en armonía con la de Ezequiel (Ezequiel 48:30-35). No sabemos lo que Juan se proponía simbolizar mediante este arreglo además de la catolicidad de la Iglesia. Hay una interpretación simbólica que no es probable que estuviera en su mente, pero que no es menos hermosa y consoladora.

Hay tres puertas que dan al Este, por donde sale el sol y empieza el día. Estas puertas podrían representar el acceso a la Ciudad Santa por el que llegan los que encuentran a Cristo en la alegre mañana de sus días.

Hay tres puertas que dan al Sur, que es la tierra cálida de viento suave y clima agradable. Estas puertas podrían representar el acceso a la Santa Ciudad por el que llegan los que encuentran a Cristo por medio de las emociones, cuyo amor se desborda a la vista de la Cruz.

Hay tres puertas que dan al Norte, la tierra del frío y del hielo. Estas puertas podrían representar el acceso a la Santa Ciudad de los que vienen al Evangelio por medio de la mente más bien que por el corazón.

Hay tres puertas que dan al Oeste, donde muere el día y se pone el sol. Estas puertas podrían representar el camino a la Santa Ciudad por el que llegan los que vienen a Cristo al atardecer de sus días.

La medición de la ciudad

Esta escena tiene un antecedente en Ezequiel 40:3.

(i) Debemos fijarnos en la forma de la ciudad. Era bastante corriente que las ciudades se edificaran en cuadrado; tanto Babilonia como Nínive eran así. Pero la Santa Ciudad no era simplemente cuadrada: era perfectamente cúbica: su longitud, su anchura y su altura eran iguales. Esto es significativo. El cubo es el símbolo de la perfección. Tanto Platón como Aristóteles se refieren al hecho de que en Grecia se decía que el hombre era «cúbico» (Platón, Protágoras 339 B; Aristóteles, Ética a Nicómaco 1.10.11; Retórica 3.11).

Lo mismo se daba entre los judíos. El altar de los holocaustos, el del incienso y el pectoral del sumo sacerdote tenían la forma de un cubo (Éxodo 27:1; 30:2; 28:16). Una y otra vez aparece esta forma en las visiones de la nueva Jerusalén y de su nuevo templo de Ezequiel (Ezequiel 41:21; 43:16; 45:2; 48:20). Pero, más importante aún: en el templo de Salomón, el Lugar Santísimo era un cubo perfecto (1 Reyes 6:20).

No deja lugar a dudas el simbolismo que se propone Juan. Trata de hacernos comprender que la totalidad de la Santa Ciudad es el Lugar Santísimo, la morada de Dios.

(ii) Debemos fijarnos en las dimensiones de la ciudad. Cada lado de la ciudad tiene doce mil estadios. Un estadio equivale a 180 metros; por tanto, cada lado tenía 2,160 kilómetros, el área de la ciudad era de 4,665,600 kilómetros cuadrados, y el volumen total de la ciudad era de 279,936,000 kilómetros cúbicos. La Jerusalén re-creada de los sueños rabínicos era ya bastante grande. Se decía que llegaría hasta Damasco y cubriría la totalidad de Palestina. Paro una ciudad como la Santa Ciudad llegaría casi desde Londres a Nueva York, y tendría aproximadamente la extensión del océano Atlántico Norte. No cabe duda que se nos quiere hacer ver que en la Santa Ciudad cabemos todos. Qué contraste con la tendencia humana a poner límites a las iglesias, a excluir a los que no creen o administran de la misma manera.

Es bastante sorprendente que las cosas son diferentes cuando se trata de la muralla. Tiene una altura de 144 codos, es decir, 64› 80 metros, una altura muy considerable, pero no astronómica. La muralla de Babilonia tenía una altura de 90 metros, y los muros del Pórtico de Salomón del templo de Herodes, de 54 metros. No hay comparación entre la altura de la muralla y el tamaño de la ciudad. De nuevo encontramos aquí un simbolismo interesante. La muralla no puede ser para la defensa, porque todos los seres hostiles, humanos y espirituales, han desaparecido o han sido arrojados al lago de fuego. Lo único que se pretende de la muralla es que delimite el área de la ciudad; y el hecho de que sea relativamente baja muestra que la delimitación tiene una importancia relativa. Dios está mucho más interesado en incluir a más personas que en excluirlas. Y así debe ser Su Iglesia.

Las piedras preciosas de la ciudad

La ciudad misma era de oro puro, tan puro que parecía vidrio transparente. Es posible que Juan esté subrayando aquí una característica de la Jerusalén terrenal. Josefo describe así el templo de Herodes: «Ahora bien, la cara exterior del templo por la parte de la fachada no carecía de nada que pudiera sorprender mentes u ojos humanos; porque estaba totalmente cubierta con planchas de oro de gran peso, y, a los primeros rayos del sol naciente reflejaba tan fiero resplandor, que obligaba a los que querían contemplarlo a desviar la vista, como si estuvieran mirando al mismo sol. Pero este templo parecía a los extraños, cuando lo veían desde una distancia considerable, como una montaña cubierta de nieve; porque, en cuanto a las partes que no estaban cubiertas de oro, eran de un blanco insuperable» (Josefo: Las guerras de los judíos 5.5.6).

Juan pasa a hablar de los doce cimientos de la ciudad. Entre las doce puertas había doce espacios, y la idea es que entre estos espacios había una gran piedra fundacional. De nuevo es posible que Juan esté pensando en las grandes piedras de los cimientos del templo de Jerusalén. En el pasaje que acabamos de citar, Josefo menciona las piedras de los fundamentos del muro del templo que tenían casi veinte metros de longitud, dos y medio de altura y casi tres de anchura. En el versículo 14, Juan ha dicho que las piedras llevan inscritos los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Fueron los primeros seguidores de Jesús y Sus embajadores, y fueron literalmente los cimientos de la Iglesia.

En la Ciudad de Dios, estas piedras fundacionales eran piedras preciosas. El jaspe no era el jaspe opaco moderno, sino un cristal de roca translúcido de color verde. El zafiro aparece en la historia del Antiguo Testamento como la piedra del embaldosado donde estaba Dios (Éxodo 24:10). Tampoco aquí se trataba del zafiro moderno. Plinio lo describe como azul celeste con vetas doradas. Era probablemente lo que llamamos lapislázuli. La calcedonia era un ágata o silicato verde de cobre que se encontraba en las minas cerca de Calcedonia. Se describía comparándolo con el verde del collar de algunas palomas o con la cola del pavo real. La esmeralda era como la moderna, que Plinio describe como la más verde de todas las piedras verdes. El ónice era blanco interrumpido por capas de rojo y marrón; se usaba especialmente para camafeos. La sardónice o cornalina tomaba su primer nombre de Sardes, donde se encontraba, y era un ágata de color de sangre; era la piedra preciosa más corriente en joyería. La identificación del crisólito, que quiere decir etimológicamente piedra de oro, no es segura; su nombre hebreo quiere decir la piedra de Tarsis, que es probable que fuera Tartessos, en España. Plinio la describe como de un dorado reluciente. Podría ser un tipo de berilo, o de jaspe dorado. El berilo es una variedad de la esmeralda; los mejores eran azul marino o verde marino. El topacio era una piedra transparente, verde-dorada, muy apreciada por los judíos; Job menciona el. topacio de Etiopía (Job 28:19). La crisoprasa es un ágata de color verde manzana (D.R.A.E.). El jacinto lo describen los escritores antiguos como azul-púrpuravioleta. Es probable que fuera el equivalente del moderno zafiro. La amatista se describe como semejante al jacinto, pero más brillante.

¿Tienen estas piedras algún simbolismo?

(i) Descubrimos que ocho de ellas coinciden con otras tantas del pectoral del sumo sacerdote (Éxodo 28:17-20). Puede que Juan usara el pectoral de modelo.

(ii) Bien puede ser que Juan no pretendiera más que hacer notar el esplendor de la Ciudad de Dios, en la que hasta los cimientos eran piedras preciosas de precio incalculable.

(iii) Hay otra posibilidad interesante. En Oriente se creía que la ciudad de los dioses estaba en el cielo. Allí era donde vivían los dioses; el Sol y la Luna y las estrellas eran sus luces; la Vía Láctea era su calle principal; había doce puertas por las que entraban y salían las estrellas para hacer su recorrido. En conexión con la ciudad de los dioses están los signos del Zodiaco, que « comprende los 12 signos, casas o constelaciones que recorre el Sol en su curso anual aparente» (sic. D.R.A.E.). Lo curioso es que los signos del Zodiaco tienen como sus correspondientes piedras preciosas exactamente estas doce. Pongamos en filas paralelas los signos y las piedras.

  1. Aries – amatista
  2. Tauro – jacinto
  3. Géminis – crisoprasa
  4. Cáncer – topacio
  5. Leo – berilo
  6. Virgo – crisólito
  7. Libra – cornalina
  8. Escorpión – sardónica
  9. Sagitario – esmeralda
  10. Capricornio – calcedonia
  11. Acuario – zafiro
  12. Piscis – jaspe

Por lo menos es posible que Juan estuviera pensando en la Ciudad de Dios como la consumación de la antigua idea de la ciudad de los dioses, pero infinitamente más gloriosa.

Pero hay un detalle curioso. En ese, caso, ¡Juan pone los signos del Zodiaco precisamente en orden inverso! Lo que pudiera ser el simbolismo de este hecho no se puede decir, a menos que sea la manera que tiene Juan de decir que la Ciudad de Dios es el reverso exacto de la ciudad de los dioses.

Lo más alucinante de las piedras preciosas de esta descripción es el que las puertas de la Ciudad de Dios fueran cada una una gran perla. En la antigüedad las perlas eran las joyas más valoradas. Toda la vida se pasaba el mercader buscando la perla de gran precio, y entonces vendía todo lo que tenía para adquirirla (Mateo 13:46). Las puertas de perla son un símbolo de una belleza inimaginable y de una riqueza incalculable.

La presencia de Dios

En el versículo 22 Juan establece una característica única de la Ciudad de Dios: no hay en ella ningún templo. Cuando recordamos el aprecio en que tenían los judíos su templo, esto nos resulta sorprendente. Pero ya hemos advertido que la Ciudad está edificada en la forma de un cubo perfecto, indicando que toda ella es el Lugar Santísimo; no tiene necesidad de ningún templo porque en toda ella está plena y constantemente la presencia de Dios.

Aquí hay un simbolismo fácil de comprender para todo el mundo. No es el edificio el que hace la iglesia, ni la liturgia, ni la forma de gobierno, ni el método de ordenación de los ministros. Lo único que hace la iglesia es la presencia de Jesucristo. Sin ella no puede haber tal cosa como una iglesia; con ella, cualquier reunión de personas es una verdadera iglesia.

La Ciudad de Dios no necesitaba una luz creada, porque Dios, la Luz increada, estaba en medio de ella. « El Señor -dijo Isaías- te será por luz eterna» (Isaías 60:19s). « En Tu luz -decía el salmista- veremos la luz» (Salmo 36:9). Solo cuando vemos las cosas a la luz de Dios las vemos como son. Algunas cosas que parecen inmensamente importantes se ve que no tienen importancia cuando se ven a la luz de Dios. Algunas cosas que parecen bastante permisibles se ve que son peligrosas cuando se ven a la luz de Dios. Algunas cosas que parecen insoportables se ve que son un sendero de gloria cuando se ven a la luz de Dios.

Toda la tierra para dios

Un pasaje como este nos capacita -y hasta nos impulsaa enderezar un tuerto que se comete frecuentemente con el pensamiento judío. Aquí tenemos un cuadro de todas las naciones viniendo a Dios y de todos los reyes trayéndole sus dones. En otras palabras: aquí tenemos un cuadro de la salvación universal. Se dice a menudo que los judíos no esperaban más que la destrucción de los gentiles. Es verdad que encontramos dichos como: «Dios creó los gentiles para leña para los fuegos del infierno.» Es verdad que hay una corriente de pensamiento judío que esperaba la aniquilación, o por lo menos la esclavización de los gentiles; pero hay mucho en sentido contrario, y voz tras voz que habla del tiempo cuando toda la humanidad conocerá y amará a Dios.

Isaías describe la escena cuando todas las naciones subirán al Monte de Sión para aprender la Ley para andar en los caminos de Dios (Isaías 2:2-4). Dios levantará pendón a las naciones para que vengan (Isaías 11:12). La palabra de privilegio a Israel es: «Te daré por luz a las naciones, para que Mi salvación llegue hasta lo último de la tierra» (Isaías 49:6).

Las islas esperarán en el Señor y confiarán en Su brazo (Isaías 51:5). Naciones que nunca conocieron al Señor correrán a Él (Isaías 55:5). Los hijos del extranjero aprenderán a mar a Dios y a servirle. Dios reunirá a otros consigo (Isaías 56:68).

La misión de Israel es proclamar la gloria del Señor entre los gentiles (Isaías 66:19). Se invita a los fines de la tierra a mirar a Dios y ser salvos (Isaías 45:22). Todas las naciones se reunirán en Jerusalén, y la reconocerán como el trono del Señor, y dejarán de seguir testarudamente su mal corazón (Jeremías 3:17). Los gentiles vendrán a Dios de los términos de la tierra, confesando sus antiguos errores y arrepintiéndose de ellos (Jeremías 16:19-21). Todos los pueblos, lenguas y naciones servirán a Uno que es como un hijo de hombre (Daniel 7:14). Toda la humanidad adorará a Dios, cada persona desde su lugar, hasta todas las islas de los gentiles (Sofonías 2:11). Dios dará a todas las personas una lengua pura para que Le invoquen de común acuerdo (Sofonías 3:9). Toda carne guardará silencio en la presencia de Dios (Zacarías 2:13). Muchas personas y los habitantes de muchas ciudades vendrán a Jerusalén. Gente de toda raza y lengua «tomarán del manto a un judío, diciendo: «Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros»» (Zacarías 14:9). Llegará el día cuando el Señor será Rey sobre toda la tierra; en aquel día no habrá más que un solo Señor (Zacarías 14:9).

Lo que se puede decir del Antiguo Testamento también se encuentra en la literatura intertestamentaria. La visión de Tobías es: Una luz refulgente iluminará todos los fines de la tierra; muchas naciones vendrán de lejos, y los habitantes de los fines más remotos de la tierra a Tu santo nombre; trayendo en sus manos sus dones al Rey del Cielo (Tobías 13:11).

Todas las naciones que hay en toda la tierra se convertirán y temerán a Dios de todo corazón, y todas rechazarán sus ídolos (Tobías 14:6). Henoc escribe noblemente acerca del escogido de Dios: Será un bordón para los íntegros, en el que se apoyarán para no caer, y será una luz para los gentiles, y la esperanza de los angustiados de corazón. Todos los habitantes de la tierra se postrarán y adorarán delante de él, y alabarán y bendecirán y celebrarán con himnos al Señor de los Espíritus (Henoc 48:4s).

El autor de Henoc oye decir a Dios: « Todos los hijos de los hombres se volverán justos, y todas las naciones Me ofrecerán adoración, Me alabarán, y Me adorarán» (Henoc 10:21).

Los Testamentos de los Doce Patriarcas están llenos de esta esperanza universal. Cuando venga el Mesías «en su sacerdocio los gentiles se multiplicarán en conocimiento sobre la tierra, y se iluminarán en la gracia del Señor» (Testamento de Leví 18:9).

Es la Palabra de Dios: « Si obráis lo que es bueno, hijos míos, tanto los hombres como los ángeles os bendecirán; y Dios será glorificado entre los gentiles por medio de vosotros.» La misión de Israel es «congregar a los íntegros de entre los gentiles»

(Testamento de Neftalí 8: 3s). Dios salvará a todo Israel y a todos los gentiles (Testamento de Aser 7:3). Los Oráculos Sibilinos tiene un noble pasaje que habla de la reacción de los gentiles cuando vean la bondad de Dios para con Israel: Entonces dirán todas las islas y las ciudades: «¡Cuánto ama el Eterno a estas personas! Porque todas las cosas están en simpatía con ellas y las ayudan, los cielos, la carroza de Dios que es el Sol, y la Luna. « Y una dulce melodía expresarán sus labios en himnos. «¡Venid, postrémonos en tierra para suplicar al Eterno Rey, el Todopoderoso, el Eterno Dios!

Vayamos en procesión a Su Templo, porque Él es el único Potentado. Y meditemos todos la Ley del Dios Altísimo, Que es el más justo de todos los que hay en la tierra. Pero nosotros nos habíamos extraviado de la senda del Eterno, y con corazón insensato adoramos la obra de manos humanas, ídolos e imágenes de personas que están muertas. «(Oráculos sibilinos 3:710-723).

Las naciones vendrán de los fines de la tierra a contemplar la gloria de Dios (Salmos de Salomón 17:34).

Cuando Juan describía a las naciones caminando a la luz de la Ciudad de Dios y a los reyes trayéndole sus dones estaba pronosticando la consumación de una esperanza que siempre estuvo en los corazones de sus compatriotas más elevados.

Acogida y rechazo

Recogemos otros tres puntos antes de salir de este capítulo. (i) Juan insiste más de una vez en que no habrá noche en la Ciudad de Dios. Los pueblos antiguos, como los niños, tenían miedo a la oscuridad. En el nuevo mundo ya no habrá aterradora oscuridad, porque la presencia de Dios será una luz eterna. Hasta en este mundo de espacio y tiempo, donde está Dios, « la noche resplandece como el día» (Salmo 139:12).

H. B. Swete ve aquí más simbolismo. En la Ciudad de Dios no habrá oscuridad. Una y otra vez ha sucedido que a una época luminosa ha seguido otra de tinieblas. Pero en la nueva edad las tinieblas habrán pasado y ya no habrá más que luz.

(i) Como los antiguos profetas, Juan menciona repetidas veces a los gentiles y sus reyes trayendo sus dones a Dios. Es verdad que las naciones trajeron sus dones a la Iglesia. Los griegos aportaron el poder de la inteligencia. Para ellos, como dijo Platón, « una vida sin discernimiento no vale la pena,» ni tampoco una fe sin discernimiento. A los griegos les debemos la teología. Los romanos fueron los mayores expertos en cuestiones de gobierno. Trajeron a la Iglesia su capacidad organizativa y administrativa y jurídica. Cuando uno ingresa en la Iglesia debe aportar su don: el escritor, sus poderosas palabras; el pintor, su habilidad con el color; el escultor, su dominio de la línea y la forma y la masa, el músico, su música, el artesano su técnica. No hay don que la Iglesia no pueda utilizar.

(ii) Al final del capítulo hay una amenaza. Los que no quieran abandonar el mal de su camino serán excluidos de la Ciudad de Dios. No es el pecador arrepentido, sino el recalcitrante el que se excluye con su actitud de la Ciudad de Dios.

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