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Marcos 14: Empieza el último acto

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los Panes sin Levadura, cuando los principales sacerdotes y los maestros de la Ley estaban tratando de encontrar la forma de apresar a Jesús mediante alguna estratagema y matarle; porque decían:

-Esto no hay que hacerlo durante la misma fiesta, no sea que se produzca un alboroto entre la gente.

El u ltimo, denso, acto de la vida de Jesús estaba ya a punto de empezar. La fiesta de la Pascua y la de los Panes sin Levadura eran realmente dos cosas diferentes. La fiesta de la Pascua caía el 14 de Nisán, es decir, a mediados de abril. La fiesta de los Ázimos, o de los Panes sin Levadura, consistía en siete días a partir de la Pascua. La Pascua misma era una de las mayores fiestas, y se guardaba como un sábado; la de los Panes sin Levadura se consideraba una festividad menor y, aunque no se podía empezar durante ella ningún trabajo nuevo, se permitía hacer cualquier trabajo «que fuera necesario para el interés público, o para proveer el mantenimiento, o para remediar o evitar alguna pérdida privada.» El día realmente grande era el de la Pascua.

La Pascua era una de las tres grandes fiestas de guardar. Las otras dos eran Pentecostés y Tabernáculos. A estas fiestas estaban obligados a acudir a Jerusalén todos los varones judíos adultos que vivieran en un radio de 25 kilómetros.

La Pascua tenía un doble significado.

(a) Tenía una significación histórica (Éxodo 12). -Conmemoraba la liberación de los israelitas de la cautividad de Egipto. Dios había enviado a Egipto una plaga tras otra, y, cuando se producía cada una, el Faraón prometía dejar salir al pueblo; pero, en cuanto remitía la plaga, endurecía el corazón y se volvía atrás de lo dicho. Finalmente llegó una terrible noche cuando el ángel de la muerte había de pasar por toda la tierra de Egipto matando a los primogénitos de todos los hogares. Los israelitas tenían que matar un cordero o cabrito de un año, y usando un manojo de hisopo, untar el dintel y los lados de las puertas con su sangre para que, cuando el ángel de la muerte viera la puerta así marcada, pasara por alto aquella casa, cuyos ocupantes estarían a salvo. Antes de ponerse en camino hacia la libertad, los israelitas tenían que cenar cordero asado y pan sin leudar. Era aquel «pasar por alto» -que es lo que quiere decir la palabra pesaj, pascua-, aquella liberación y aquella u ltima cena lo que el pueblo de Israel conmemoraba y conmemora la fiesta de la Pascua.

(b) Tenía un significado agrícola. Marcaba la recolección de la cosecha de la cebada. Se mecía delante del Señor una gavilla de cebada (Lev_23:1 Os). Hasta que se había hecho eso no se podía vender en las tiendas ni comer el pan hecho con la harina de la nueva cosecha.

Se hacían todos los preparativos imaginables para la Pascua. Con un mes de antelación se exponía su significado en las sinagogas, y se enseñaba diariamente en las escuelas. El objetivo era que nadie ignorara o no estuviera preparado para la fiesta. Todas las carreteras se ponían en orden, y se reparaban los puentes. Y se hacía otra cosa muy especial. Entonces era muy comente enterrar los muertos a la orilla de la carretera. Ahora bien: si un peregrino tocaba, aunque fuera sin darse cuenta, una de esas tumbas, quedaba en estado de impureza legal como si hubiera tocado un cadáver, y no sería apto para toMarcos parte en la fiesta.

Así que, antes de la Pascua, todas las tumbas al borde de la carretera se enjalbegaban para que se vieran, y los peregrinos las pudieran evitar. Los Salmos 120 a 134 se llaman Cánticos graduales, porque estos eran los Salmos que cantaban los peregrinos al ascender a Jerusalén para la fiesta para hacer más ligera la marcha. Se dice que el Salmo 122 era el que se cantaba precisamente al escalar la colina del Templo en la u ltima etapa del viaje.

Como ya hemos visto, era obligatorio para todos los varones judíos adultos que vivieran en un radio de 25 kilómetros el ir a la Pascua; pero venían muchos más que esos. Era la ambición suprema de todos los judíos de la diáspora el comer la pascua en Jerusalén por lo menos una vez en la vida. Por tanto, los peregrinos fluían desde todos los países del mundo a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Durante ese tiempo el alojamiento era gratuito. Está claro que Jerusalén sola no podía albergar en su seno tales multitudes; así es que, en los pueblos cercanos, entre los que se encontraban Betania y Betfagué, se alojaban muchos de aquellos peregrinos.

Un pasaje de Josefo nos da una idea del número de peregrinos que acudían. Nos cuenta que Cestio, gobernador de Palestina alrededor del año 65 d C., tenía alguna dificultad para persuadir a Nerón de la gran importancia que tenía la religión judía. Para impresionarle, le pidió al entonces sumo sacerdote que hiciera un censo de los corderos que se mataban para la Pascua. El número, según Josefo, fue 256,500. La Ley establecía que debía haber un mínimo de diez personas por cada cordero; así que tiene que haber habido como 3,000,000 de gente en Jerusalén aquel año.

Ahí era donde tenían problemas las autoridades judías. Durante la Pascua todos los sentimientos se exacerbaban. El recuerdo de la antigua liberación de Egipto hacía que la gente anhelara la liberación de Roma. En ningún otro tiempo de año era tan intenso el sentimiento nacionalista. El cuartel general romano de Judasa no estaba en Jerusalén. Era en Cesarea donde el gobernador tenía su residencia y estaban acuartelados los soldados. Durante el tiempo de la Pascua se enviaba un destacamento especial a Jerusalén que se alojaba en la torre Antonia, que miraba al Templo. Los Romanos sabían que cualquier cosa podía suceder en Pascua, y no querían correr riesgos innecesarios. Las autoridades judías sabían que, en una atmósfera inflamable como esa, el arresto de Jesús podía provocar disturbios. Por eso buscaban alguna estratagema secreta para arrestarle y tenerle en su poder antes de que el populacho se enterara de nada.

El u ltimo acto de la vida de Jesús había de representarse en una ciudad abarrotada de judíos que habían llegado de todos los fines de la Tierra para conmemorar el acontecimiento de la liberación de la esclavitud de Egipto mucho tiempo atrás. Fue en esa misma época del año cuando el Libertador de la humanidad concluyó en la Cruz la Obra que el Padre Le había encargado que hiciera.

EL DERROCHE DEL AMOR

Marcos 14:3-9

Cuando Jesús estaba en Betania, reclinado a la mesa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco de perfume de nardo puro, y lo rompió, derramando el perfume por la cabeza a Jesús. Algunos de los presentes se indignaron y se dijeron unos a otros:

-¿Qué sentido tiene este derroche de perfume? ¡Se habría podido vender por más de trescientos jornales, y haberles dado el dinero a los pobres!

Y se pusieron furiosos con la mujer. Pero Jesús les dijo:

-¡Dejadla en paz! ¿Por qué os metéis con ella? Ha sido algo precioso lo que ha hecho conmigo. A los pobres siempre los tenéis a vuestra disposición, y podéis hacer por ellos lo que queráis en cualquier momento; pero a Mí no me vais a tener siempre. ¡Ella ha hecho lo que ha podido! Se ha hecho cargo de Mi cuerpo, y lo ha ungido de antemano para el funeral. Lo que os digo es la pura verdad: Dondequiera que se predique el Evangelio por todo el mundo se contará lo que ha hecho esta mujer, para que siempre se la recuerde.

Lo conmovedor de esta historia está en que nos cuenta casi el u ltimo acto de amabilidad que Le hicieron a Jesús.

Estaba en la casa de un hombre llamado Simón el leproso, en la aldea de Betania. Entonces los comensales no se sentaban para comer, sino se reclinaban en sofás bajos. Se apoyaban sobre un brazo, y usaban el otro para llevarse el alimento a la boca. Cualquiera que se acercara a uno de los que estaban tendidos de esta manera se encontraría por encima de él. A Jesús se Le acercó una mujer con un frasquito de alabastro con perfume. Era costumbre echarle unas gotitas de perfume a un invitado cuando llegaba a la casa o cuando se disponía a comer. En esta ocasión, el frasco de alabastro contenía un perfume muy costoso de una planta exótica de la lejana India; pero no fueron unas gotitas lo que derramó esta mujer sobre la cabeza de Jesús, sino que rompió el frasco y Le ungió con todo lo que contenía.

Puede que hubiera más de una razón para que rompiera el frasco. Puede que fuera en señal de que había usado todo su contenido. Tenían la costumbre en el Oriente de que, cuando se usaba un recipiente o vaso con un invitado distinguido, se rompía para asegurarse de que nunca lo usaría ninguna otra persona. Puede que la mujer tuviera algo así en mente; pero había una cosa que ella no se podía figurar ni remotamente, y que Jesús sí vio. Era la costumbre oriental primero bañar y luego ungir los cuerpos de los muertos. Después de ungir el cuerpo se rompía el frasco que había contenido el perfume, y se depositaban los trozos con el cadáver en la tumba. Aunque no era eso lo que ella quería expresar, ese había sido en realidad el sentido de su gesto.

Su detalle provocó la crítica mordaz de algunos de los presentes. El frasquito valía más de 300 denarius. Un denarius era una moneda romana que equivalía al jornal de un obrero. Le habría costado a cualquier persona casi el salario de todo un año el comprar aquel frasco de perfume. A algunos les pareció un derroche vergonzoso; aquel perfume se podría haber vendido, y el dinero se les podría haber dado a los pobres. Pero Jesús comprendió. Les citó de sus propias Escrituras: «Nunca faltarán pobres en medio de la tierra» Deu_15:11 ). «Podéis hacer algo por los pobres en cualquier momento -les dijo Jesús-, pero no tenéis mucho tiempo para hacer nada por Mí.» Y añadió: « Esto ha sido como ungir Mi cuerpo anticipadamente para la tumba.»

Esta historia nos muestra la acción del amor.

(i) Jesús dijo que había sido algo precioso lo que había hecho la mujer. En griego hay dos palabras para bueno. Está agathós, que describe una cosa como física o moralmente buena; y está kalós, que describe algo, no sólo como bueno, sino como encantador. Una cosa puede ser agathós, y sin

embargo dura, seria, austera, nada atractiva; pero lo que es kalós es atractivo y agradable, con una cierta aureola de encanto. StRuthers de Greenock solía decir que lo que más bien le haría a la iglesia sería que los cristianos hicieran de vez en cuando «a bonnie thing,» que es una expresión escocesa en la que bonnie corresponde exactamente a kalós: «algo bonito.» Así calificó Jesús lo que había hecho esta mujer. El amor no se limita a hacer cosas meramente buenas, sino cosas que son, además, encantadoras.

(ii) Si el amor es como es debido, hay siempre en él un cierto derroche. No tiene en cuenta lo menos que es decente que dé. Si diera todo lo que tiene, el don seguiría pareciéndole demasiado pequeño. Hay un desmadre en el amor que se niega a calcular el costo.

(iii) El amor puede ver que hay cosas que no se pueden dejar para otra ocasión, porque puede que se presente la oportunidad una sola vez. Una de las tragedias de la vida es que a menudo nos sentimos movidos a hacer algo bonito, y no lo hacemos. Puede que seamos demasiado tímidos y nos dé corte hacerlo, o que otra vocecita nos sugiera una actitud más prudente. Sucede con las cosas más simples -el impulso de mandar una carta de saludo, de expresarle a alguien nuestro cariño o agradecimiento, de hacer algún regalito o decir alguna palabra amable. Lo trágico es que ese impulso se ahoga muchas veces al nacer. Este mundo sería mucho más agradable si hubiera muchas personas como esta mujer, que actuó movida por el impulso del amor porque sabía en los íntimo de su corazón que, si no lo hacía entonces, nunca lo haría. ¡Cómo tiene que haberle animado el corazón a Jesús aquella u ltima amabilidad impulsiva y pródiga!

(iv) Una vez más descubrimos aquí la confianza irrenunciable de Jesús. La Cruz se dibujada en el horizonte, esperándole; pero Jesús nunca creyó que la Cruz fuera el fin. Creía que la Buena Noticia llegaría a todo el mundo; y con ella se contaría la historia de esta acción amable y generosa surgida del impulso de un momento que sintió un corazón enamorado.

EL TRAIDOR

Marcos 14:10-11

Judas Iscariote, el que era uno de los Doce, se fue a los principales sacerdotes para traicionar a Jesús entregándosele. Cuando oyeron su sugerencia, se quedaron encantados, y prometieron darle dinero. Así es que él empezó a buscar una forma conveniente de entregarles a Jesús.

Marcos coloca con un arte consumado la unción en Betania al lado de la traición de Judas: el detalle de un amor generoso, y el de una traición terrible.

Siempre nos produce un escalofrío en el corazón el pensar en Judas. Dante le colocó en el más profundo de todos los infiernos, un infierno de frío y de hielo, un infierno diseñado para los que no fueron pecadores ardientes, arrebatados por pasiones aisladas, sino ofensores fríos, calculadores, deliberados, contra el amor de Dios.

Marcos nos cuenta la historia con tal economía de palabras que no nos deja materiales para la especulación. Pero, por detrás de la acción de Judas podemos distinguir ciertas cosas.

(i) Había codicia. Mat_26:15 nos dice claramente que Judas se dirigió a las autoridades y les preguntó qué precio estaban dispuestos a pagar, e hizo un trato con ellos por 30 piezas de plata. Joh_11:57 hace una sugerencia. Nos dice que las autoridades habían solicitado información acerca de dónde se podía encontrar a Jesús para arrestarle. Bien puede ser que para entonces ya Jesús fuera un fuera de la ley en todos los sentidos y para todos los efectos, y ya se había puesto precio a Su cabeza; y que Judas lo sabía, y quería conseguir la recompensa ofrecida. Juan es totalmente claro, y nos dice que Judas era el tesorero del grupo apostólico, y usaba su posición para sisar de la caja común Joh_12:6 ).

Puede que fuera así. El deseo de dinero puede llegar a ser algo terrible, y cegar a la decencia y la honradez y el honor. Puede hacer que no se tengan escrúpulos con tal de obtener lo que se quiere. Judas descubrió demasiado tarde que algunas cosas cuestan demasiado.

(ii) Había celos. El poeta alemán Klopstock creía que Judas, cuando llegó a forMarcos parte de los Doce, tenía todos los dones y todas las virtudes que podrían haberle hecho grande; pero que, poco a poco, le fueron consumiendo los celos de Juan, el discípulo amado, y que esos celos le impulsaron a traicionar a Jesús. Es fácil ver que había tensiones entre los Doce. Los demás fueron capaces de vencerlas, pero bien puede ser que Judas tuviera en su corazón un demonio inconquistable e incontrolable de celos. Pocas cosas pueden arruinarnos la vida a nosotros y a otros tanto como los celos.

(iii) Había ambición. Una y otra vez vemos lo que los Doce pensaban acerca del Reino en términos terrenales, y soñaban con una posición elevada en él. Judas tiene que haber sido así. Bien puede ser que, mientras los otros seguían abrigándolos, él llegó a darse cuenta de lo tremendamente equivocados que eran esos sueños de grandeza material, y qué pocas posibilidades tenían de hacerse realidad. Y bien puede ser que, en su desilusión, el amor que había sentido una vez por Jesús, se volviera odio. En Enrique VIII, Shakespeare hace a Wolsey decirle a Thomas Cromwell: « Cromwell, te lo advierto, despójate de la ambición; por ese pecado cayeron los ángeles; así que, ¿cómo podrá un hombre, la imagen de su Creador, esperar medrar con ella? Ponte a ti mismo en u ltimo lugar en la lista de tus amores.» Hay una clase de ambición que pisotea el amor y el honor y todas las cosas encantadoras para alcanzar el fin que se ha propuesto en su corazón.

(iv) Algunos pensadores se han sentido atraídos por la idea de que puede que Judas no quisiera que Jesús muriera. Es casi seguro que Judas era un fanático nacionalista, y que había visto en Jesús a la Persona Que podía hacer realidad sus sueños de poder y gloria nacionales. Pero ahora veía a Jesús desviándose a morir en una cruz. Así que puede ser que, en un u ltimo intento para hacer que su sueño se realizara, traicionó a Jesús

para obligarle a actuar. Le entregó a las autoridades con la idea de que así y entonces Jesús se vería obligado a actuar para salvarse a Sí mismo, y esa acción sería el principio de la campaña victoriosa que soñaba Judas. Puede que esta teoría se vea confirmada por el hecho de que, cuando Judas vio el resultado de su acción, arrojó el dinero maldito a los pies de las autoridades judías y se retiró para ahorcarse Mat_27:35 ). Si esta suposición fuera correcta la tragedia de Judas sería la más terrible de la Historia.

(v) Tanto Lucas como Juan dicen sencillamente que el diablo había entrado en Judas (Luk_22:3 ; Joh_13:27 ). En u ltimo análisis, eso fue lo que sucedió. Judas quería que Jesús fuera lo que él quería, y no lo que quería ser Jesús. En realidad, Judas se asoció con Jesús, no tanto para ser Su seguidor, como para usar a Jesús para realizar los planes y deseos de su propio corazón ambicioso. Lejos de rendirse a Jesús, quería que Jesús Se le rindiera a él; y cuando vio que Jesús seguía Su propio camino, el camino de la Cruz, Judas se indignó hasta tal punto que Le traicionó. La esencia del pecado es la soberbia; la médula del pecado es la independencia; el corazón del pecado es el deseo de hacer lo que nos gusta, y no la voluntad de Dios. Eso es lo que caracteriza al Diablo, Satanás, el Maligno. Representa todo lo que se opone a Dios, y no se quiere someter a Él. Ese era el espíritu que se había encarnado en Judas.

Nos sobrecoge Judas. Pero, pensémoslo de nuevo: la codicia, los celos, la ambición, el deseo dominante de salirnos con la nuestra en todas las cosas, ¿son en nosotros tan diferentes de los que se dieron en Judas? Estas eran las actitudes que hicieron a Judas traicionar a Jesús, y estas son las que siguen haciendo que muchos Le traicionen.

PREPARANDO LA FIESTA

Marcos 14:12-16

El primer día de la fiesta de los Panes sin Levadura, cuando se sacrificaban los corderos pascuales, Le dijeron a Jesús Sus discípulos:

-¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para comer la pascua?

Jesús envió a dos de Sus discípulos, y les dijo:

-Entrad en la ciudad, y os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle, y donde entre, decidle al dueño de la casa:

-El Maestro dice: « ¿Dónde está la habitación donde puedo comer la pascua con Mis discípulos?» Os mostrará una habitación amplia en el piso de arriba, amueblada y preparada. Preparad allí las cosas para nosotros.

Así es que los discípulos se marcharon, y entraron en la ciudad, y lo encontraron todo exactamente como les había dicho Jesús. Y prepararon todas las cosas para la fiesta de la Pascua.

Puede que parezca una expresión extraña si se Le aplica a Jesús; pero, cuando leemos el relato de la u ltima semana de Su vida, no podemos evitar sorprendernos ante Su capacidad de organización. Una y otra vez vemos que Jesús no dejaba las cosas para el u ltimo momento. Tiempo atrás había hecho los preparativos para que el asnillo estuviera listo para Su entrada en Jerusalén; y aquí vemos de nuevo que todos Sus preparativos se habían planificado con amplia antelación.

Sus discípulos querían saber dónde iban a comer la pascua. Jesús los envió a Jerusalén con instrucciones de buscar a un hombre que llevaría un cántaro de agua. Esa era una señal convenida de antemano. La tarea de acarrear el agua con un cántaro a la cabeza o a la cadera era propia de mujeres, algo que nunca hacían los hombres. Un hombre llevando un cántaro de agua sería tan extraño en cualquier comunidad oriental entonces como, digamos, hoy en día en Inglaterra un hombre con un paraguas de mujer abierto en un día soleado. Jesús no dejaba las cosas para el u ltimo minuto. Tiempo atrás había hecho los preparativos para tener un u ltimo lugar de encuentro para Él y Sus discípulos, y cómo se podría reconocer.

Las casa judías más grandes tenían dos pisos. Parecían como dos cajas, una más pequeña colocada encima de otra más grande. La caja más pequeña era el aposento alto, al que se tenía acceso por una escalera exterior, lo que hacía innecesario el pasar por la habitación principal del piso de abajo. La habitación de arriba tenía muchos usos: era un almacén, o un lugar para descansar y meditar, o una habitación para las visitas. Pero era especialmente el lugar donde un rabino enseñaba al grupo escogido de sus discípulos íntimos. Jesús estaba siguiendo las costumbres de los rabinos judíos.

Debemos recordar la manera judía de contar los días. El nuevo día empezaba a las 6 de la tarde. Hasta esa hora, aquel día era el 13 de Nisán, el día de la preparación para la Pascua. Pero el 14 de Nisán, el día de la Pascua, empezaba a las 6 de la tarde. Para expresarlo en nuestra lengua, diríamos que el viernes día 14 empezaba a las 6 de la tarde del jueves día 13.

¿Cuáles eran los preparativos que hacían los judíos para la Pascua?

Primero estaba la búsqueda ceremonial de los restos de levadura. Antes de la Pascua había que limpiar la casa de todas las partículas de pan leudado que hubiera en ella. Eso era porque la primera Pascua, en Egipto (Éxodo 12), se había comido con pan sin levadura. (El pan sin levadura no se parece en nada al pan corriente. Es algo así como una galleta dura). Se había usado en Egipto porque se podía cocer mucho más deprisa que el pan con levadura, y la primera Pascua, la de la salida de Egipto, se había tomado precipitadamente, con todo ya dispuesto para la marcha. Además, la levadura era el símbolo de la corrupción. No es otra cosa que masa de pan fermentada, y los judíos identificaban la fermentación con la putrefacción, así es que la levadura representaba la pudrición. El día antes de la Pascua, el dueño de la casa encendía un candil y recoma toda la casa buscando ceremoniosamente toda la levadura que pudiera haber por los rincones. Antes de la búsqueda oraba:

¡Bendito seas, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que nos has santificado por tus mandamientos, y nos has mandado limpiar la casa de levadura!

Al final de la búsqueda, el dueño de la casa decía:

Toda la levadura que haya en mi posesión, la que he visto y la que no he visto, quede anulada, y sea considerada como el polvo de la tierra.

Después, por la tarde, antes de que empezara el día de la Pascua, tenía lugar el sacrificio del cordero pascual. Toda la gente iba al templo. El adorador tenía que matar su propio cordero, haciendo así su propio sacrificio. Para los judíos, toda la sangre había de consagrarse a Dios, porque identificaban la sangre con la vida. Era muy natural, porque, si una persona o un animal se desangraba, se moría. Así que, en el Templo, el adorador mataba su propio cordero. Entre los adoradores y el altar había dos largas hileras de sacerdotes, cada uno con una vasija de oro o de plata. Cuando se hacía la incisión en el cuello del cordero, se ponía la sangre en una de esas vasijas, que se pasaba por toda la línea hasta que el sacerdote que estaba al final la echaba sobre el altar. El cadáver se depellejaba, se le extraían las entrañas y la grasa, porque era parte necesaria del sacrificio, y se le devolvía el cuerpo al adorador. Si las cifras de Josefo son verídicas, y se mataba más de un cuarto de millón de corderos, la escena en los atrios del Templo y la condición ensangrentada del altar casi uno no se los puede imaginar. El cordero se llevaba a la casa para asarlo. No se podía cocer. Nada lo debía tocar, ni siquiera los lados del cacharro en que se asaba. Había que asarlo en un fuego abierto de madera de granado. El asador atravesaba el cordero desde la boca al vientre, y el cordero tenía que asarse entero, sin quitarle ni la cabeza ni las patas ni el rabo.

La mesa misma tenía la forma de un cuadrado con un lado abierto. Era baja, y los comensales se reclinaban en sofás, apoyándose en el brazo izquierdo para dejarse libre el derecho para comer.

Se necesitaban ciertas cosas, que eran las que los discípulos tenían que preparar.

(i) Estaba el cordero, para recordarles cómo sus casas habían sido protegidas por la señal de la sangre cuando el ángel de la muerte pasó por todo Egipto.

(ii) Estaba el pan sin levadura, que recordaba el que habían comido apresuradamente cuando salieron de la esclavitud.

(iii) Estaba el tazón de agua salada, para recordarles las lágrimas que habían derramado en Egipto y las aguas del Marcos Rojo por las que habían salido milagrosamente a la libertad.

(iv) Estaba una variedad de hierbas amargas -rábano, achicoria, endibia, lechuga, marrubio- para recordarles la amargura de la esclavitud de Egipto.

(v) Estaba una pasta llamada jaróshet, que era una mezcla de manzanas, dátiles, granadas y almendras, que les recordaba la arcilla de la que tenían que hacer los ladrillos en Egipto. Le ponían unos palitos de canela para recordarles la paja que contenían los ladrillos.

(vi) Había cuatro copas de vino. Las copas contenían un poco más de cuarto de litro de vino, pero se mezclaban tres partes de vino con dos de agua. Las cuatro copas, que se bebían en momentos determinados de la cena, eran para recordarles las cuatro promesas de Exo_6:6 s:

Yo os sacaré de debajo de las pesadas tareas de Egipto. Os libraré de su servidumbre.

Os redimiré con brazo extendido y con gran justicia.

Os tomaré como Mi pueblo y seré vuestro Dios.

Tales eran los preparativos que había que hacer para la Pascua. Cada detalle hablaba de aquel gran día de la liberación, cuando Dios sacó a Su pueblo de la esclavitud de Egipto. En esa fiesta, el Que redimió al mundo del pecado había de toMarcos Su u ltima Cena con Sus discípulos.

LA u LTIMA LLAMADA DEL AMOR

Marcos 14:17-21

Cuando llegó la tarde, vino Jesús con los doce. Cuando estaban reclinados a la mesa comiendo, les dijo Jesús:

Esto que os digo es la pura verdad: Uno de vosotros Me va a traicionar, uno de los que estáis comiendo conmigo.

Los discípulos empezaron a angustiarse, y a decirle uno tras otro:

-¿Verdad que no soy yo?

-Es uno de los Doce -les dijo Jesús-, uno que mete su mano conmigo en la fuente. El Hijo del Hombre va, como está escrito acerca de Él; pero, ¡ay de aquel hombre por medio de quien es traicionado el Hijo del Hombre! Más le valía no haber nacido.

El nuevo día empezaba a las 6 de la tarde; y, cuando llegó la tarde de la Pascua, Jesús Se sentó a la mesa con los Doce. Sólo había un cambio en el antiguo ritual que se había instituido en Egipto hacía muchos siglos: en la primera Pascua, la cena se había tomado de pie (Exo_12:11 ), pero aquello había sido a causa de la prisa, porque eran esclavos huyendo de la esclavitud. En tiempos de Jesús la norma era toMarcos la cena reclinados, porque eso era una señal de que eran libres, con un hogar y un país propios.

Este es un pasaje impactante. Todo el rato había un texto desarrollándose en la mente de Jesús: « Aun el hombre de Mi paz, en quien Yo confiaba, el que de Mi pan comía, alzó el pie contra Mí» (Psa_41:9 ). Estas palabras no se Le apartaban de la mente a Jesús. Aquí podemos ver algunas cosas importantes.

(i) Jesús sabía lo que Le iba a pasar. En eso consistió Su supremo coraje, especialmente en los u ltimos días. Le habría sido fácil escapar, y sin embargo siguió adelante impertérrito. Homero cuenta que se le dijo al gran guerrero Aquiles que, si salía a la batalla, moriría en ella. Su respuesta fue: «De todas maneras, yo sigo adelante.» Con pleno conocimiento de lo que Le esperaba, Jesús decidió seguir adelante.

(ii) Jesús podía verle el corazón a Judas. Lo curioso es que los otros discípulos no parecen haber tenido ni la más mínima sospecha. Si hubieran sabido lo que Judas se traía entre manos, es seguro que no le habrían dejado llevarlo a cabo, aunque hubiera tenido que ser por la violencia. Aquí hay algo que vale la pena recordar. Puede que haya cosas que consigamos ocultarles a nuestros compañeros, pero no podemos ocultárselas a Jesucristo. Él es el escrutador de los corazones humanos. Sabe lo que hay en cada uno. ¡Bienaventurados los de limpio corazón!

(iii) En este pasaje vemos a Jesús ofreciéndole a Judas dos cosas:

(a) Le está haciendo la u ltima llamada del amor. Es como si estuviera diciéndole: «Yo sé lo que piensas hacer. ¿No quieres detenerte?»

(b) Le está haciendo a Judas una u ltima advertencia. Le está anunciando de antemano las consecuencias de lo que está pensando hacer. Pero debemos notar esto, porque pertenece a la misma esencia de la manera que tiene Dios de tratarnos: no hay obligatoriedad. No cabe duda que Jesús podría haber parado a Judas. No tenía más que decirles a los otros once lo que Judas estaba planificando, y Judas no habría salido vivo de aquella habitación.

Aquí se nos presenta toda la condición humana. Dios nos ha dado voluntades que son libres. Su amor nos invita, su verdad nos advierte, pero no hay obligatoriedad. La terrible responsabilidad del hombre es que puede desdeñar la llamada del amor de Dios y que puede desatender la advertencia de Su voz. A fin de cuentas, no habrá más responsable de nuestro pecado que nosotros mismos.

Una leyenda griega contaba que dos viajeros famosos habían pasado entre las rocas en las que se sentaban y cantaban las sirenas con tal dulzura que arrastraban a los marineros irresistiblemente a su propia perdición. Ulises pasó por aquéllas rocas, y su método consistió en taponarles los oídos a sus marineros para que no pudieran oír, y les mandó que le ataran a él al mástil con sogas de forma que, por mucho que se revolviera, no pudiera reaccionar a la dulzura seductora. Resistió por obligatoriedad, porque no tuvo más remedio. El otro viajero que superó la prueba fue Orfeo, el músico más dulce de todos. Su método fue tocar y cantar cuando su barco pasaba por las rocas con una dulzura tan extremada que la seducción de la canción de las sirenas ni se llegaba a sentir por la mayor atracción de la canción que él cantaba. Su método consistió en responder a la llamada de la seducción con algo todavía más atractivo.

El método de Dios es el segundo. No nos para, queramos que no, para impedirnos pecar; nos invita a amarle tanto que Su voz nos sea más atractiva que todas las voces que nos inviten a alejarnos de Él.

EL SÍMBOLO DE LA SALVACIÓN

Marcos 14:22-26

Cuando estaban cenando, Jesús tomó un pan, y dio gracias por él, y lo partió, y se lo dio a Sus discípulos diciéndoles:

-Tomad esto. Esto es Mi cuerpo.

Y, después de dar gracias, tomó la copa, y se la dio a Sus discípulos, y todos bebieron de ella. Y Jesús des dijo:

-Esto es la sangre del Nuevo Pacto, que se derrama por muchos. De veras os digo que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día que lo beba nuevo en el Reino de Dios.

Y después de cantar el Salmo, salieron hacia el Monte de los Olivos.

Debemos en primer lugar conocer los varios pasos de la fiesta de la Pascua para poder seguir en nuestra mente lo que estaban haciendo Jesús y Sus discípulos. Los pasos estaban en el orden siguiente.

(i) La copa del Quiddush. Quiddush quiere decir santificación o separación. Este era el acto que, como si dijéramos, separaba esta comida de todas las comidas ordinarias. El cabeza de familia tomaba la copa, y la bendecía, y luego todos bebían dé ella.

(ii) El primer lavatorio de manos. Esto lo llevaba a cabo solamente la persona que presidía el acto. Tenía que lavarse las manos tres veces, de la manera prescrita que ya hemos descrito cuando estudiábamos el capítulo 7 (página 195).

(iii) A continuación tomaba un trozo de perejil o de lechuga, y lo mojaba en el tazón del agua salada, y se lo comía. Esto era un aperitivo antes de la comida; pero el perejil representaba el hisopo con que se había untado la sangre en el dintel y los lados de la puerta, y el agua salada representaba las lágrimas de Egipto y las aguas del Marcos Rojo por las que Israel pasó a salvo a la libertad.

(iv) El partimiento del pan. Se usaban dos acciones de gracias al partir el pan: «¡Bendito seas Tú, oh Señor, nuestro Dios, Rey del universo, Que haces producir a la tierra!» O: «¡Bendito seas Tú, nuestro Padre en el Cielo, Que nos das hoy el pan que necesitamos!» Sobre la mesa había tres tortas de pan sin levadura. Tomaba la de en medio, y la partía. En este momento sólo se comía un poco, para recordarles a los judíos el pan de aflicción que comían en Egipto, y se partía para recordarles que los esclavos nunca se habían tomado todo un panecillo, sino solamente trozos de pan duro. Al romperlo, el cabeza de familia decía: « Este es el pan de la aflicción que comieron nuestros antepasados en la tierra de Egipto. Que el que esté hambriento venga y coma. Que el que esté en necesidad venga y guarde la Pascua con nosotros.» (En la celebración moderna en tierras extrañas se añade aquí la famosa oración: « Este año la guardamos aquí, el año que viene en la tierra de Israel; este año como esclavos, el año que viene como libres»).

(v) A continuación se hacía el relato de la historia de la liberación. El más joven de los comensales tenía que preguntar qué era lo que hacía ese día diferente de todos los demás, y por qué se hacía todo eso. A eso respondía el cabeza de familia contando toda la historia de Israel hasta la gran liberación que conmemoraba la Pascua. La Pascua no podía nunca convertirse en un ritual; siempre era una conmemoración del poder y la misericordia de Dios.

(vi) Se cantaban los Salmos 113 y 114. Los Salmos 113 a 118 se conocen como el Hallel, que quiere decir la alabanza a Dios. Todos estos son Salmos de alabanza, y son una parte de los pasajes más antiguos que los niños judíos aprenden de memoria.

(vii) A continuación se bebía la segunda copa, que se llamaba la copa de la Agadá, que quiere decir la copa de la explicación o proclamación.

(viii) A continuación, todos los presentes se lavaban las manos para prepararse para la comida.

(ix) Entonces se daban gracias: «¡Bendito seas, oh Señor, nuestro Dios, Que haces salir el fruto de la tierra! ¡Bendito seas, oh Dios, Que nos has santificado mediante Tus mandamientos, y mandado comer los ázimos!» A continuación se distribuían trocitos del pan sin levadura.

(x) Se colocaban algunas de las hierbas amargas entre dos trozos de pan sin levadura, se mojaban en el jaróshet y se comían. Esto se llamaba la sopa. Era el recordatorio de la esclavitud y de los ladrillos que habían tenido que hacer.

(xi) A esto seguía la cena propiamente dicha. Se debía comer el cordero entero. Si sobraba algo, se tenía que destruir, y no se podía usar para otra comida corriente.

(xii) Se limpiaban otra vez las manos.

(xiii) Se comía el resto del pan sin levadura.

(xiv) Se hacía una oración de acción de gracias que contenía una petición por la venida de Elías como precursor para anunciar la venida del Mesías. Entonces se bebía la tercera copa, que se llamaba la copa de la acción de gracias. La oración era: « ¡Bendito seas, oh Señor, nuestro Dios, Rey del universo, Que has creado el fruto de la vid!»

(xv) Se cantaba la segunda parte del Hallel, Salmos 115-118.

(xvi) Se bebía la cuarta copa, y se cantaba el Salmo 136, que se conocía como el gran hallel.

(xvii) Se hacían dos breves oraciones:

¡Que todas Tus obras Te alaben, oh Señor, nuestro Dios, y Tus santos, los justos que hacen Tu voluntad, y todo Tu pueblo, la casa de Israel, con cántico jubiloso Te alaben y bendigan y engrandezcan y glorifiquen y exalten y veneren y santifiquen y adscriban el Reino a Tu nombre, oh Dios, nuestro Rey! Porque es bueno alabarte, y es un placer cantar alabanzas a Tu nombre, porque desde toda eternidad y para toda eternidad Tu eres Dios.

¡Que el aliento de todos los que viven alabe Tu nombre, oh Señor, nuestro Dios! ¡Y que el espíritu de toda carne continuamente glorifique y exalte Tu memoria, oh Dios, nuestro Rey! Porque desde toda eternidad y para toda eternidad Tú eres Dios, y no tenemos más Rey, Redentor o Salvador que Tú.

Así acababa la fiesta de la Pascua. Si la cena que tuvieron Jesús y Sus discípulos era la Pascua, tienen que haber sido los pasos (xiii) y (xiv) los que Jesús Se aplicó, y (xvi) el himno que cantaron antes de salir hacia el monte de los Olivos.

Ahora veamos lo que Jesús estaba haciendo, y lo que estaba tratando de imprimir en la memoria de los Suyos. Más de una vez hemos visto ya que los profetas de Israel recurrían a acciones simbólicas, dramáticas, cuando presentían que las palabras no eran suficientes. Eso fue lo que hizo Ahías cuando rasgó su capa en doce trozos y dio diez a Jeroboam como señal de que diez tribus le proclamarían rey (1Ki_11:29-32 ). Eso fue lo que hizo Jeremías cuando se hizo coyundas y yugos y se los cargó en señal de la servidumbre inminente (Jeremías 27). Eso fue lo que hizo el profeta Hananías cuando se apoderó del yugo que llevaba Jeremías y lo rompió (Jeremías 28: Izo). Eso fue la clase de cosa que Ezequiel hizo repetidamente (Eze_4:1-8 ; Eze_5:1-4 ). Era como si las palabras se pudieran olvidar fácilmente, pero una acción dramática se imprimiría en la memoria.

Eso fue lo que hizo Jesús, y asoció Su acción dramática con la antigua fiesta de Su pueblo para que se imprimiera más indeleblemente en las mentes de los Suyos. Jesús dijo: « ¡Fijaos! Así como se rompe este pan, se rompe Mi cuerpo por vosotros. Lo mismo que se escancia en esta copa, se verterá por vosotros Mi sangre.»

¿Qué quería decir Jesús cuando dijo que la copa representaba un nuevo pacto? La palabra pacto era corriente en la religión judía. La base de esa religión era que Dios había hecho un pacto con Israel. La palabra quiere decir algo así como un arreglo, una transacción, una relación. La aceptación del Antiguo Pacto se relata en Exo_24:3-8 ; y en ese pasaje vemos que el pacto dependía totalmente de que Israel cumpliera la Ley. Si se quebrantaba la Ley, se quebrantaba el Pacto, y se deshacía la relación entre Dios y la nación. Era una relación totalmente dependiente de la Ley y de la obediencia a la Ley. Dios era el Juez; y, puesto que no había nadie que pudiera guardar la Ley, el pueblo siempre estaba en falta. Pero Jesús dice: «Yo estoy introduciendo y ratificando un Nuevo Pacto, una nueva clase de relación entre Dios y el hombre, que no depende de la Ley, sino de la Sangre que Yo voy a derraMarcos»

Es decir, que depende solamente del amor. El Nuevo Pacto es una relación entre el hombre y Dios que no depende de la Ley, sino del amor. En otras palabras, Jesús dice: « Estoy haciendo lo que estoy haciendo para mostraros hasta qué punto os ama Dios.» Los hombres ya no están sencillamente bajo la Ley de Dios. Gracias a lo que Jesús ha hecho, están para siempre bajo el amor de Dios. Esa es la esencia de lo que nos dice la Santa Comunión.

Hay algo más en lo que haremos bien en fijarnos. En la u ltima frase vemos de nuevo las dos cosas que ya hemos visto repetidas veces. Jesús estaba seguro de dos cosas: sabía que había de morir, y sabia que Su Reino había de venir. Estaba seguro de la Cruz, e igualmente seguro de la gloria; y la razón era que estaba igualmente seguro del pecado humano como del amor de Dios; y sabía que ese amor acabaría por conquistar ese pecado.

EL FALLO DE LOS AMIGOS

Marcos 14:27-31

Jesús les dijo a Sus discípulos:

-Todos vosotros os espantaréis de Mí esta noche; porque está escrito: «Heriré al Pastor, y las ovejas se desperdigarán.» Pero cuando haya vuelto a la vida, iré por delante de vosotros a Galilea.

Pedro Le dijo: -Todos los otros puede que se espanten, ¡pero yo no!

Jesús le dijo: -Te digo la pura verdad: Hoy, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres veces.

Pedro se puso a insistir enérgicamente: -¡Aunque tenga que morir contigo, no Te negaré!

Y eso mismo dijeron todos los demás.

Una de las cosas tremendas de Jesús es que no había nada para lo que no estuviera preparado: la oposición, la incomprensión, la enemistad de los más religiosos, la traición de uno de los de Su círculo íntimo, el dolor y la agonía de la Cruz… Estaba preparado para todo; pero lo que tal vez Le dolía más era el fracaso de Sus amigos. Es cuando uno se enfrenta con lo peor cuando más necesita a sus amigos; y fue entonces precisamente cuando los amigos de Jesús Le abandonaron y Le fallaron y Le dejaron completamente solo. No había nada en todo el espectro del dolor físico y de la tortura mental por lo que no pasara Jesús.

Sir Hugh Walpole escribió una gran novela llamada Fortaleza. Es la historia de uno llamado Pedro cuyo credo era: « No es la vida lo que importa, sino el coraje que le apliques.» La vida le hizo todo lo imaginable. Al final, en la cima de su propia montaña, oye una voz: « Bendito sea el dolor, y el tormento, y todas las torturas del cuerpo. Benditas sean todas las pérdidas y los fracasos de los amigos, y el sacrificio del amor. Benditos sean todos los fallos y la ruina de todas las esperanzas terrenales. Bendita sea toda la angustia y el tormento, y las adversidades, y las angustias que exigen coraje. Benditas sean todas estas cosas -porque de ellas viene lo que hace un hombre.» Pedro se postró pidiendo: «Hazme un hombre… que no tema nada, que esté listo para todo. El amor, la amistad, el éxito… asumirlo todo como venga, sin importarme que esas cosas no sean para mí. Hazme valiente. Hazme valiente.»

Jesús tenía en grado superlativo, más que ningún otro que haya vivido jamás, esta cualidad de la fortaleza, esta capacidad para mantenerse erguido a pesar de los golpes que la vida Le pudiera asestar; esta serenidad cuando no había nada más que quebranto detrás y tortura delante. Inevitablemente cada cierto tiempo nos encontramos tomando aliento ante Su terso heroísmo.

Cuando Jesús le anunció a Pedro el trágico fracaso de su lealtad, él no podía creer que le sucediera. En los días de los problemas con los Stewart capturaron al Gallo del Norte, el Marqués de Hunty. Le señalaron el bloque y el hacha, y le dijeron que a menos que abandonara su lealtad le ejecutarían allí mismo y entonces. Su respuesta fue: «Podéis separarme la cabeza de los hombros, pero no podréis separar nunca mi corazón de mi Rey.» Eso fue lo que dijo Pedro aquella noche.

Hay una lección en la palabra que Jesús usó para «espantarse.» El verbo griego es skandalizein, de skándalon o skandalethron, que quieren decir el cebo de una trampa o el palito que acciona el cierre de la trampa una vez que se ha introducido el animal. Así es que la palabra skandalizein llegó a significar atrapar, o poner la zancadilla, mediante una treta o engaño. Pedro estaba demasiado seguro. Había olvidado las trampas que les puede poder la vida a los mejores de los hombres, y que las mejores personas pueden pisar un lugar resbaladizo y caer. Se había olvidado de su propia debilidad humana y de la fuerza de las tentaciones del diablo. Pero hay algo que siempre debemos recordar de Pedro: tenía el corazón en su sitio. Mejor un Pedro con un corazón inflamado de amor, aunque ese amor le fallara vergonzosamente por un momento, que un Judas con un corazón helado de odio. Que condene a Pedro el que no haya incumplido nunca una promesa, el que no haya sido nunca desleal en pensamiento o en acción a un compromiso. Pedro amaba a Jesús; y aunque Le falló, se levantó de nuevo.

HÁGASE TU VOLUNTAD

Marcos 14:32-42

Llegaron a un lugar que se llamaba Getsemaní. Jesús les dijo a Sus discípulos:

-Sentaos aquí mientras Yo hago oración.

Llevó consigo a Pedro y Santiago y Juan, y empezó a deprimirse y angustiarse y les dijo:

-Estoy a punto de morir de pura angustia. Quedaos aquí y manteneos bien despiertos.

Se apartó un poco más adelante, y Se postró en tierra pidiendo que, si era posible, esa hora pasara de Él. Y decía:

-¡Abbá, Padre! Todo Te es posible a Ti. Retira de Mí este cáliz; pero no sea lo que Yo quiero, sino lo que quieras Tú.

Volvió al poco tiempo, y Se los encontró dormidos. Y le dijo a Pedro:

-Simón, ¿estás dormido? ¿Nos has podido mantenerte despierto ni una hora? Manteneos despiertos y en oración, no sea que os sorprenda la prueba. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.

Y de nuevo se apartó a orar con las mismas palabras. Y volvió otra vez, y Se los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Y no sabían qué decirle. Y Él vino aún la tercera vez, y les dijo:

-Ya podéis dormir. Ahora descansad. Ya basta. Ha llegado el momento. ¡Mirad! El Hijo del Hombre es entregado a manos de pecadores. ¡Levantaos! ¡Vámonos! Ha llegado el que Me ha traicionado.

Este es un pasaje que casi nos da miedo leer, porque nos introduce en la agonía privada de Jesús.

Haberse quedado en el aposento alto habría sido peligroso. Con las autoridades en Su búsqueda, y con Judas decidido a traicionarle, el aposento alto podía haber sido una encerrona. Pero Jesús tenía otro lugar al que retirarse. El hecho de que Judas supiera que podía encontrarle en Getsemaní muestra que Jesús tenía costumbre de ir allí. En la misma Jerusalén no había jardines. La ciudad estaba demasiado abarrotada; y había una curiosa ley que prohibía que el suelo santo de la ciudad se contaminara con el estiércol de los jardines. Pero algunos de los ricos tenían jardines privados en el monte de los Olivos, adonde se retiraban a descansar. Jesús tiene que haber tenido algún amigo suficientemente acomodado que Le permitía usar su jardín por la noche.

Cuando Jesús fue a Getsemaní había dos cosas que necesitaba perentoriamente. Necesitaba la compañía humana, y necesitaba la compañía de Dios. «No es bueno que el hombre esté solo,» había dicho Dios en el principio Gen_2:18 ). En momentos de angustia queremos tener a alguien con nosotros. No es que queramos que haga nada en particular, ni que queramos decirle nada ni que nos hable. Simplemente que esté con nosotros. Así Le pasaba a Jesús. Es extraño que los hombres que hacía poco habían asegurado que estaban dispuestos a morir por El no pudieran- mantenerse despiertos con Él ni siquiera una hora. Pero no podemos culparlos, porque la emoción y la tensión los habían drenado de fuerza y de resistencia.

Algunas cosas de Jesús aparecen claras en este pasaje.

(i) No quería morir. Tenía treinta y tres años, y nadie quiere morir cuando se encuentra en los mejores años de su vida. Había hecho tan poco, y había un mundo que esperaba salvarse. Sabía lo que era la crucifixión, y no podía por menos de sobrecogerle. Tenía que obligarse a seguir adelante -como nos sucede a veces a todos los seres humanos; aunque en Su caso la lucha y la perspectiva eran incalculablemente más terribles.

(ii) No entendía totalmente por qué tenía que morir. Sólo sabía sin ningún lugar a dudas que era la voluntad de Dios, y que Él tenía que seguir adelante. Jesús, también, tuvo que emprender la gran aventura de la fe, aceptando -como nos corresponde muchas veces a los seres humanos- lo que no podía comprender.

(iii) Se sometió a la voluntad de Dios. Abbá es la palabra aramea para Papá. Esa era la palabra clave que lo aclaraba todo. Thomas Hardy termina su novela Tess, después de contarnos su trágica vida, con la terrible frase: «El presidente de los inmortales había acabado de jugar con Tess.» Jesús no se estaba sometiendo a un Dios tiránico o dictatorial.

Como con piezas de ajedrez Él juega en tablero de días y de noches moviéndolas, les da jaque y las mata y las mete en la caja sin reproches.

Esto decía `UMarcos Jayyám; pero Dios no es así. Aun en esa hora terrible, cuando estaba exigiéndole aquel terrible sacrificio, Dios era para Jesús Su Papá. Cuando mataron al reformador escocés Richard Cameron, uno de los Murray le cortó la cabeza y las manos y las llevaron a Edimburgo. Su padre estaba preso por la misma causa. El enemigo se las llevó para añadirle más aflicción a su ya terrible angustia, y le preguntó si las reconocía.

Tomando la cabeza y las manos de su hijo, que eran muy hermosas (porque era hombre de complexión fina como él), las besó y dijo: «Las reconozco, las conozco. Son las de mi hijo, mi propio hijo querido. Es el Señor. Buena es la voluntad del Señor que no puede hacernos mal ni a mí ni a los míos, sino que ha hecho que el bien y la misericordia nos sigan todos los días de nuestra vida.» Si podemos llaMarcos a Dios Padre, todo resulta soportable. Una y otra vez no comprenderemos, pero siempre tendremos la certeza de que «la mano del Padre no causará nunca a sus hijos una lágrima innecesaria.» Eso era lo que sabía Jesús. Por eso podía seguir adelante -y nosotros también.

Debemos fijarnos en cómo termina este pasaje. El traidor y su pandilla habían llegado. ¿Cómo reaccionó Jesús? No huyendo, aunque todavía, en la noche, Le habría sido fácil escapar. Reaccionó enfrentándose con ellos. Hasta el fin, Jesús Se negó a desviarse o a volver atrás.

EL ARRESTO

Marcos 14:43-50

Y acto seguido, mientras Jesús estaba todavía hablando, llegó Judas, uno de los Doce, y con él una chusma con espadas y palos de parte de los principales sacerdotes y los maestros de la Ley y los ancianos. El traidor les había dado esta señal: «El que yo bese, les había dicho, ese es. Echadle mano y ponedle a buen recaudo.» Así es que, cuando llegó, pasó al frente en seguida y Le dijo a Jesús:

-¡Rabí! y Le besó afectuosamente.

Los otros echaron mano a Jesús y Le apresaron. Uno de los presentes desenvainó la espada e hirió al siervo del sumo sacerdote cortándole una oreja. Jesús les dijo:

-¿Habéis salido a arrestarme con espadas y con palos como si fuera un bandolero? He estado diariamente con vosotros enseñando en el Templo, y no Me detuvisteis. Pero sea así para que se cumplan las Escrituras.

Y entonces todos Le abandonaron y salieron huyendo.

Aquí tenemos claro el drama y, aun con la economía de palabras que le es característica a Marcos, los personajes se dibujan perfectamente ante nosotros.

(i) Está Judas, el traidor. Sabía muy bien que la gente conocía de vista suficientemente a Jesús; pero pensó que a la pálida luz de la luna, a la sombra de los árboles iluminados por la luz temblorosa de las teas, necesitarían una indicación precisa de quién era el que iban a detener. Y eligió el más terrible de los signos: un beso. Era habitual saludar a un rabino con un beso, en señal del respeto y del afecto que se le tenía a un maestro querido; pero hay aquí algo terrible. Cuando Judas dice: « Al que yo bese, ese es,» usa la palabra filein, que es la palabra corriente; pero cuando se dice que avanzó y besó a Jesús, la palabra es katafilein. El kata- es intensivo, y katafilein quiere decir besar como un amante besa a un ser amado. La señal de la traición no fue el beso formal del saludo respetuoso, sino un beso de amor. Esto es la cosa más repulsiva y terrible que encontramos en los evangelios.

(ii) Está la chusma enviada para arrestar a Jesús. Venía de parte de los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos. Esas eran las tres secciones del Sanedrín, y Marcos quiere decir que venían de parte de ese tribunal supremo. Aun bajo la jurisdicción romana, el Sanedrín tenía ciertos derechos y deberes de policía en Jerusalén, y tenía sus propios policías. Sin duda una chusma selecta se les había adherido en el camino. Marcos se las agencia para darnos la impresión del nerviosismo de los que vinieron a hacer la detención. Puede que vinieran preparados para una acción sangrienta, nerviosos y tensos. Eran ellos los que rezumaban terror -no Jesús.

(iii) Está el hombre que tiró de espada a la desesperada y le cortó una oreja al siervo del sumo sacerdote. En Joh_18:10 se nos dice que fue Pedro. Nos suena a Pedro, y Marcos probablemente omitió el nombre porque todavía era peligroso revelarlo. En la reyerta no se vio quién había asestado el golpe; era mejor dejarlo así. Pero cuando Juan escribió, cuarenta años después, ya no era peligroso revelarlo. Puede que no fuera precisamente una buena acción tirar de espada y atacar a un oficial; pero en cierto modo nos alegramos de que hubiera alguien allí que, por lo menos en el impulso del momento, estuviera dispuesto a pelear por Jesús.

(iv) Estaban los discípulos. Les fallaron los nervios. No pudieron arrostrar aquello. Tenían miedo de compartir la suerte de Jesús, así es que huyeron.

(v) Estaba Jesús mismo. Lo extraño es que, en toda esta escena caótica, Jesús estaba en un oasis de serenidad. Conforme leemos la historia vemos que era Él y no la policía del Sanedrín Quien estaba en control de los acontecimientos. Para Él, la lucha del huerto ya había pasado, y ya tenía la paz del Que sabe que está siguiendo la voluntad de Dios.

UN CIERTO JOVEN

Marcos 14:51-52

Le iba siguiendo a Jesús un cierto joven que no iba cubierto nada más que con una sábana de lino. Los policías trataron de echarle mano, pero él se les escapó dejándolos con la sábana en las manos.

Estos son dos versículos extraños y alucinantes. A primera vista parecen completamente irrelevantes. No parecen añadir nada a la narración, y sin embargo tiene que haber alguna razón para que estén aquí.

Ya vimos en la Introducción que Mateo y Lucas usaron Marcos como la base de su obra, y que incluyeron en sus evangelios prácticamente la totalidad de lo que se encuentra en Marcos. Ninguno de los dos incluyó estos dos versículos. Eso parecería indicar que este incidente tenía interés solamente para Marcos, y no realmente para ningún otro. ¿Por qué entonces era tan interesante para Marcos que pensó que debía incluirlo en su evangelio? La respuesta más probable es que el joven era el mismo Marcos, y que esta era una manera de decir: « Yo también estaba allí,» aunque sin mencionar expresamente su nombre.

Cuando leemos Hechos encontramos que el lugar de reunión y el cuartel general de la iglesia original en Jerusalén fue aparentemente la casa de María, la madre de Juan Marcos, el autor de este evangelio Act_12:12 ). Si fue así, es por lo menos posible que el aposento alto en el que se había celebrado la u ltima Cena estuviera en aquella misma casa. No podía haber otro lugar que se convirtiera más naturalmente en el centro de la Iglesia. Si podemos aceptar eso, se nos ofrecen dos posibilidades.

(i) Puede que Marcos estuviera presente en la u ltima Cena. Era joven, nada más que un muchacho, y puede que nadie se diera cuenta; pero él estaba fascinado con Jesús; y cuando la compañía salió por la noche hacia el Monte de los Olivos, se les agregó cuando debería haber estado en la cama, con una sábana de lino por toda vestidura. Puede que todo el tiempo estuviera Marcos allí en la sombra escuchando y observando, lo cual explicaría de dónde procede el relato de Getsemaní; porque, si todos los discípulos estaban dormidos, ¿cómo se pudo conocer la angustia de alma que Jesús pasó allí? Puede que el u nico testigo de aquella escena fuera Marcos, que estaba bien despierto, callado en las sombras, observando con la reverencia de un muchacho al más grande Héroe que había conocido y que conocería jamás.

(ii) Por el relato de Juan sabemos que Judas dejó la compañía antes de que terminaran la cena (Joh_13:30 ). Puede que fuera al aposento alto adonde Judas pretendía conducir a la policía del Templo para que detuvieran a Jesús en secreto; pero cuando Judas volvió con la policía, Jesús y Sus discípulos ya se habían ido. Se producirían las recriminaciones y discusiones normales, y ese jaleo despertaría a Marcos. Oiría a Judas sugerir que trataran de buscar a Jesús en el huerto de Getsemaní. Marcos se envolvería a toda prisa en la sábana de su cama, y saldría corriendo en medio de la noche para advertir a Jesús del peligro; pero llegaría demasiado tarde, y en la confusión que se produjo estuvieron a punto de arrestarle.

Cualquiera que fuera la situación exacta, podemos estar bastante seguros de que Marcos incluyó en su relato estos dos versículos porque se referían a él. Nunca podría olvidar aquella noche. Era demasiado humilde para mencionarse por nombre, pero esta fue su manera de poner su firma, como diciendo a todos los que sepan leer entre líneas: « Yo también, cuando era un muchacho, estaba allí.»

EL JUICIO

Marcos 14:53, 55-65

Llevaron a Jesús ante el sumo sacerdote, y todos los principales sacerdotes y los maestros de la Ley y los ancianos se reunieron con él…

Los principales sacerdotes y todo el Sanedrín estaban tratando de encontrar alguna evidencia contra Jesús a fin de condenarle a muerte; pero no la podían encontrar, porque había muchos que daban falso testimonio contra El, pero no estaban de acuerdo en sus declaraciones. Algunos se pusieron de pie y dieron falso testimonio contra Él diciendo:

Nosotros Le oímos decir: «Yo destruiré este templo hecho con las manos, y en tres días edificaré otro no hecho con las manos.»

Pero ni siquiera en eso coincidían las acusaciones; en vista de lo cual el sumo sacerdote se puso en pie allí en medio e interrogó a Jesús: ,

-¿Es que no vas a contestar? ¿Qué te parece la evidencia que estos hombres alegan contra Ti?

Jesús seguía callado, y no dio ninguna respuesta. Entonces el sumo sacerdote Le interrogó diciéndole:

-¿Eres Tú el Ungido de Dios, el Hijo del Bendito?

-Sí lo soy -contestó Jesús-, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, viniendo con las nubes del Cielo.

El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo:

-¿Para qué necesitamos más testigos? ¡Vosotros mismos Le habéis oído blasfemar! ¿Cuál es vuestro veredicto?

Todos ellos Le declararon digno de muerte; y algunos se pusieron a escupirle y a taparle la cara y abofetearle diciéndole:

-¡Profetiza!

Y los servidores Le daban toda clase de golpes.

La acción se iba moviendo ininterrumpidamente hacia el desenlace inevitable.

Por aquel entonces los poderes del Sanedrín eran limitados, porque los que gobernaban el país eran los Romanos. El Sanedrín tenía plenos poderes en materias religiosas. Parece también haber tenido una cierta medida de poder jurídicopolicial. Pero no tenía poder para dictar sentencia de muerte. Si lo que Marcos describe era una reunión del Sanedrín, puede compararse con la de un tribunal supremo. Su función no era condenar, sino preparar los cargos por los que el criminal pudiera ser juzgado ante el gobernador romano.

No cabe duda de que en el juicio de Jesús el Sanedrín quebrantó todas sus leyes. El reglamento de procedimiento del Sanedrín es uno de los tratados de la Misná. Ya se comprende que algunas de sus reglas eran más ideales que prácticas habituales; pero, aun concediendo esto, todo el procedimiento de aquella noche fue una serie de injusticias flagrantes.

El Sanedrín era el tribunal supremo de los judíos, y lo formaban setenta y un miembros. Entre ellos había saduceos -toda la clase sacerdotal eran saduceos-,fariseos y escribas -que eran los maestros de la Ley-, y hombres respetados, que eran los ancianos. El presidente era el sumo sacerdote. El tribunal se sentaba en semicírculo de tal manera que cualquier miembro podía ver a cualquiera de los demás. Enfrente se sentaban los estudiantes de los rabinos, que podían hablar a favor del reo, pero no en su contra. La sala oficial de reuniones del Sanedrín era el salón de la Piedra Tallada, que se encontraba en el recinto del Templo, y las decisiones del Sanedrín no eran válidas a menos que se tomaran en una reunión celebrada en aquel lugar. El tribunal no se podía reunir por la noche, ni en ninguna de las grandes fiestas. Cuando se tomaba la evidencia, se examinaban los testigos separadamente; y, para que su evidencia fuera válida, debía coincidir en todos los detalles. Cada miembro individual del Sanedrín debía dar su veredicto separadamente, empezando por los más jóvenes, hasta llegar al más anciano. Si el veredicto era la pena de muerte, debía transcurrir una noche antes de que se llevara a cabo, para que el tribunal tuviera oportunidad de cambiar de parecer y decidirse por la compasión.

Se puede ver que en un punto tras otro el Sanedrín quebrantó sus propias reglas. No se reunió en la sala oficial. Se reunió por la noche. No se nos dice que se dieran los veredictos individualmente. No se dejó que pasara una noche antes de la ejecución. En su afán de eliminar a Jesús, las autoridades judías no dudaron en quebrantar sus propias leyes.

En un principio, el tribunal no podía conseguir ni testigos falsos que estuvieran de acuerdo. Estos acusaron a Jesús de haber dicho que Él destruiría el Templo. Puede ser que alguno Le hubiera oído decir lo que tenemos en Mar_13:2 , y lo hubiera tergiversado maliciosamente convirtiéndolo en una amenaza de destruir el Templo. Hay una leyenda que dice que el Sanedrín podía conseguir montones de la clase de evidencia que no quería, porque un hombre tras otro salían al frente diciendo: «Yo era leproso, y Él me limpió.» « Yo era ciego,. y Él me dio la vista.» «Yo era sordo, y El me abrió los oídos.» «Yo era cojo, y Él me hizo que pudiera andar.» «Yo era paralítico, y Él me devolvió las fuerzas.»

Por u ltimo, el sumo sacerdote tomó la cuestión en sus manos, e hizo la clase de pregunta que la ley prohibía terminantemente, la que obliga a la autoinculpación. Estaba prohibido hacer preguntas cuya respuesta podía incriminar al reo. No se le podía pedir a nadie que se condenara a sí mismo; pero esa fue la pregunta precisa que Le hizo a Jesús el sumo sacerdote. Le preguntó directamente si Él era el Mesías. Está claro que Jesús comprendió que ya era hora de que concluyera aquella desgraciada farsa. Sin dudarlo respondió que sí lo era. Aquello se tomó como un delito de blasfemia, de insulto a Dios. Ya tenía el Sanedrín lo que quería: un delito que merecía la pena capital, y se dieron por satisfechos celebrándolo salvajemente.

De nuevo vemos brillar en esta escena las dos grandes características de Jesús.

(i) Vemos Su coraje. Sabía que el hacer esa confesión Le suponía la muerte; y sin embargo la hizo sin vacilar. Si hubiera negado las acusaciones, no Le habrían podido condenar.

(ii) Vemos Su confianza. Aun ante la inminente perspectiva de la Cruz, todavía siguió hablando con plena confianza de Su triunfo definitivo.

No cabe duda de que es la más terrible de las tragedias de la Historia humana el que se le negara hasta la justicia más elemental y que se Le humillara con la cruda y cruel parodia de los siervos y guardas del Sanedrín a Aquel Que vino a ofrecer a la humanidad el amor de Dios.

CORAJE Y COBARDÍA

Marcos 14:54, 66-72

Y Pedro siguió a Jesús a cierta distancia hasta dentro del patio de la casa del sumo sacerdote, y se sentó allí con los criados calentándose al fuego…

Cuando Pedro estaba abajo en el patio, una de las criadas del sumo sacerdote se acercó y, cuando vio a Pedro calentándose, se le quedó mirando y le dijo:

-Tú también estabas con el Nazareno, con Jesús.

Pedro lo negó, diciendo:

Ni sé ni entiendo lo que estás diciendo.

Salió al porche, y cantó el gallo. La criada le vio, y se puso a decirles a los presentes otra vez:

-¡Este hombre era uno de ellos!

Pero él lo negó otra vez. Poco después, los que estaban allí le dijeron a Pedro:

Es verdad que tú eres uno de ellos, porque eres galileo.

Pedro se puso a maldecir y a jurar:

-¡Ni siquiera sé de Quién estáis hablando!

E inmediatamente resonó el canto del gallo, y Pedro se acordó de lo que le había dicho Jesús: «Antes que cante el gallo dos veces me habrás negado tres veces.» Y se ocultó la cabeza con la capa, y lloró.

Algunas veces se cuenta esta historia de una manera que no le hace justicia a Pedro. Lo que a menudo dejamos de reconocerle es que hasta el mismo final la carrera de Pedro aquella noche mostró un coraje temerario. El desenvainar la espada en el huerto con el coraje temerario de un hombre preparado a enfrentarse él solo con toda aquella chusma. En aquella intervención había herido al siervo del sumo sacerdote. La prudencia más elemental le habría aconsejado a Pedro no dejarse ver. El u ltimo lugar al que uno habría soñado que pudiera dirigirse Pedro sería el patio de la casa del sumo sacerdote -y fue precisamente allí adonde se dirigió. Eso es ya en sí una audacia desmedida. Puede que los otros huyeran; pero Pedro seguía cumpliendo su palabra. Aunque los demás se hubieran ido, él seguía lo más de cerca posible a Jesús.

Y entonces surgió la extraña mezcla de la naturaleza humana. Se quedó calentándose al fuego, porque la noche era fría. Sin duda estaba arrebujado en el embozo de su capa. Puede que alguno atizara el fuego o echara otro leño, y a la luz de la llama reconocieron a Pedro. Él negó inmediatamente toda relación con Jesús. Pero -y esto es lo que se suele olvidar-,cualquier persona prudente se habría marchado entonces del patio tan rápido como le pudieran llevan sus piernas -pero no Pedro. Y lo mismo le sucedió otra vez. De nuevo Pedro negó a Jesús, y de nuevo se negó a marcharse. Sucedió una vez más; Pedro negó a Jesús otra vez, jurando que no conocía a Jesús, e invocando maldiciones sobre sí mismo si no estaba diciendo la verdad. Todavía parece que no tenía intención de marcharse; pero entonces sucedió otra cosa.

Muy probablemente fue lo siguiente. Los Romanos dividían la noche en cuatro vigilias desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la mañana. Al final de la tercera vigilia, a las 3 de la madrugada, cambiaba la guardia, cosa que se anunciaba con un toque de cornetín que se llamaba en latín gallicinium, que quiere decir canto del gallo. Lo más probable es que lo que sucedió fue que cuando Pedro negó por tercera vez conocer a Jesús, se oyó la clara nota del cornetín en el silencio de la ciudad, y Pedro se acordó, y se le partió el corazón.

No nos confundamos: Pedro cayó en una tentación que le asaltó por ser hombre de coraje extraordinario. No tienen derecho las personas prudentes y discretas a criticar a Pedro por sucumbir a una tentación que nunca les sobrevendrá a ellos en parecidas circunstancias. Todos tenemos nuestro límite. Pedro llegó al suyo aquí, pero 999 de cada 1,000 habrían llegado al suyo mucho antes. Haríamos bien en admirar el coraje de Pedro más bien que en escandalizarnos por su fallo.

Pero aún hay otra cosa. No puede haber habido nada más que una fuente de información para que se sepa esta historia -y tuvo que ser el mismo Pedro. Ya vimos en la Introducción que el Evangelio de Marcos contiene los materiales de la predicación de Pedro. Es decir: que una y otra vez Pedro tiene que haber contado la historia de su negación. « Eso fue lo que yo hice -tiene que haber dicho-, y el maravilloso Jesús nunca dejó de amarme.»

Hubo un evangelista llamado Brownlow North. Era un hombre de Dios, pero en su juventud había vivido a lo loco. Un domingo, cuando tenía que predicar en Aberdeen, le entregaron una carta antes de subir al púlpito, que relataba un incidente vergonzoso de la vida de Brownlow North antes de su conversión, y anunciaba que, si se atrevía a predicar, el autor de la carta se levantaría en la iglesia y proclamaría públicamente lo que había hecho el predicador. Brownlow North se llevó la carta al púlpito, y se la leyó a la congregación. Les dijo que era perfectamente cierto; y a continuación les dijo cómo Cristo le había perdonado y permitido vencerse a sí mismo y dejar atrás su pasado y hacerle una nueva criatura. Usó su propia vergüenza como un imán para atraer a otros a Cristo. Eso era lo que hacía Pedro. Le decía a la gente: « Yo Le hice daño y Le fallé de esta manera, pero Él siguió amándome y me perdonó -y puede hacer lo mismo por ti.»

Cuando leemos este pasaje con comprensión, la historia de la cobardía de Pedro se convierte en una épica de coraje, y la historia de su vergüenza se convierte en un testimonio de gloria.

Marcos 14:1-72

14.1 La Pascua conmemoraba la noche en que los israelitas fueron liberados de Egipto (Exodo 12), cuando Dios «pasó por encima de las casas» donde había marcas de sangre del cordero y en cambio mató a todos los primogénitos de las casas donde no poseían la señal. Al día de la Pascua le seguía una celebración de siete días llamada Fiesta de los Panes sin Levadura. También recordaba la salida apresurada de los israelitas de Egipto, cuando ni siquiera tuvieron tiempo de dejar que el pan leudara y tuvieron que hornearlo sin levadura. Durante estas fiestas judías la gente se reunía para comer cordero, vino, hierbas amargas y pan sin levadura. Con el tiempo toda la semana llegó a llamarse Pascua, por la cercanía de ambas fiestas.

14.1 Los líderes judíos planearon matar a Jesús. Su muerte se ideó con cuidado. La opinión popular no se había vuelto en contra de Jesús. Al contrario, los líderes temían su popularidad.

14.3 Betania está localizada en la ladera este del Monte de los Olivos (Jerusalén está en el lado oeste). Era la aldea donde vivían Lázaro, María y Marta, los amigos de Jesús, también presentes en la comida (Joh_11:2). La mujer que ungió los pies de Jesús fue María, la hermana de Lázaro y Marta (Joh_12:1-3). El alabastro era una vasija hermosa y cara. El nardo era un perfume costoso.

14.3-9 Mateo y Marcos ubican estos acontecimientos un poco antes de la institución de la Santa Cena, mientras que Juan los pone en la semana anterior, antes de la Entrada Triunfal. Debe recordarse que el propósito principal de los escritores de los Evangelios no fue presentar un relato cronológico exacto de la vida de Cristo, sino hacer un recuento confiable de sus mensajes. Mateo y Marcos parece que eligieron este lugar para ubicar el hecho a fin de contrastar la devoción de María con la traición de Judas, suceso que sigue en ambos Evangelios.

14.4, 5 Donde Marcos dice «algunos que se enojaron», Juan específicamente menciona a Judas (Joh_12:4). La indignación de Judas por el acto de adoración de María no la motivó el interés en los pobres, sino la avaricia. Como era el tesorero del ministerio de Jesús y robaba de los fondos (Joh_12:6), es evidente que lo que quería era que ese perfume se hubiera vendido y el producto se hubiera puesto bajo su cuidado.

14.6, 7 Jesús no dijo que no debíamos ocuparnos de los pobres, ni justificó la indiferencia hacia ellos. (Si desea más información de las enseñanzas de Jesús acerca de la pobreza, véanse Mat_6:2-4; Luk_6:20-21; Luk_14:13, Luk_14:21; Luk_18:22.) Alabó a María por su acto de adoración exento de todo egoísmo. La esencia de la adoración a Cristo es presentarle nuestro más grande amor, respeto y devoción y estar dispuestos a sacrificar ante El lo que nos sea más preciado.

14.10 ¿Por qué Judas traicionó a Jesús? Judas, como los demás discípulos, esperaba que Jesús iniciara una rebelión política contra Roma. Como tesorero, Judas sin dudas imaginó (como lo hicieron los otros discípulos, véase 10.35-37) que se le daría una importante posición en el nuevo gobierno de Jesús. Pero cuando Jesús alabó a María por ungirlo con el perfume, pensó que aquello era como el salario de un año, se dio cuenta que el reino de Jesús no era ni físico ni político, sino espiritual. La ambición de Judas por el dinero y por las posiciones no podrían lograrse siguiendo a Jesús, y por eso lo traicionó por dinero y por conseguir el favor de los líderes religiosos.

14.13 Los dos enviados fueron Pedro y Juan (Luk_22:8).

14.14, 15 Muchas casas tenían habitaciones espaciosas en el piso superior, a veces con escaleras interiores y exteriores. La preparación para la Pascua sin duda comprendió el arreglo de la mesa, comprar y preparar el cordero pascual, los panes sin levadura, las especias aromáticas y otra comida y bebida ceremonial.

14.19 Judas, el que traicionaría a Jesús, estaba sentado a la mesa con los otros. Ya había decidido traicionar a Jesús, pero con increíble e hipócrita sangre fría participó de la camaradería de esta cena. Es fácil sentirse ofendido y furioso por lo que Judas hizo, pero cuando nos comprometemos con Jesús y después lo negamos con nuestras vidas, también lo traicionamos. Negamos la verdad de Cristo cuando llevamos una vida distinta a la que El nos enseñó a vivir. Negamos el amor de Cristo cuando no lo obedecemos. Y también negamos su Deidad al rechazar su autoridad. ¿Concuerdan nuestras palabras con nuestros hechos? Si no, procuremos un cambio de actitud que nos libre de cometer errores lamentables.

14.20 La práctica de comer de un mismo plato era frecuente. La carne, el pan y las especias, que por lo general provenían de frutas, se tomaban de un mismo plato.

14.22-25 Marcos narra el origen de la Cena del Señor, también llamada Comunión o Eucaristía (Acción de gracias), la cual todavía se celebra en cultos de adoración. Jesús y sus discípulos comieron la cena, cantaron salmos, leyeron las Escrituras y oraron. Luego, Jesús tomó dos partes de la cena de Pascua tradicional, partir el pan y beber el vino, y les dio un nuevo significado: estos simbolizarían su cuerpo y su sangre. Se valió del pan y del vino para explicar la importancia de lo que haría en la cruz. Si desea más información acerca de la importancia de la Ultima Cena, véase 1Co_11:23-29.

14.24 La muerte de Jesús por nosotros en la cruz selló un nuevo pacto entre Dios y la humanidad. El antiguo pacto comprendía perdón de pecados a través de la sangre de un animal sacrificado (Exo_24:6-8). Pero, en lugar del cordero sin defecto que se ponía en el altar, Jesús el Cordero de Dios se ofreció en sacrificio para perdonar los pecados de una vez y para siempre. Jesús fue el sacrificio final por los pecados y su sangre selló el nuevo pacto entre Dios y nosotros. Ahora, todos podemos acercarnos a Dios mediante Jesús, con la más absoluta confianza de que El nos oirá y nos salvará de nuestros pecados.

14.26 Es muy probable que el himno que cantaron lo hayan tomado de los Salmos 115-118, los cuales tradicionalmente se cantaban para concluir la cena pascual.

14.27 Es fácil creer que Satanás ganó ventaja temporal en el drama de la muerte de Jesús. Pero más tarde vemos que Dios lo tenía todo bajo control, incluso en la muerte de su Hijo. Satanás no ganó victoria alguna, sino que todo ocurrió exactamente como Dios lo planeó.

14.27-31 Esta es la segunda vez en la misma noche que Jesús predice la negación y deserción de sus discípulos, lo cual tal vez explica por qué reaccionaron con tanta vehemencia (14.31). Si desea más información acerca de la primera predicción de la negación, véanse Luk_22:31-34 y Joh_13:36-38.

14.35, 36 ¿Trataba Jesús de evadir su tarea? Jesús expresó su verdadero sentir, pero no se rebeló en contra de la voluntad de Dios. Reafirmó su deseo de hacer todo lo que Dios quería. Su oración destaca el terrible sufrimiento que tenía que enfrentar. Sería una agonía peor que la muerte, porque tenía que cargar los pecados de todo el mundo. Esta «copa» era la separación que Jesús sabía que se produciría entre El y Dios su Padre en la cruz (Heb_5:7-9). El Hijo de Dios que no tenía pecado llevó nuestros pecados y en ese momento quedó separado de Dios para que fuéramos salvos.

14.36 Mientras oraba, Jesús estaba consciente del costo que incluía hacer la voluntad del Padre. Anticipaba el sufrimiento que experimentaría y no quería sufrir tan horrible experiencia. Pero Cristo oró: «Mas no lo que yo quiero, sino lo que tú». ¿Cuál es el costo que tiene para usted el compromiso que ha hecho con Dios? Todo lo valioso cuesta. Esté dispuesto a pagar el precio para que al final tenga algo de valor.

14.38 En tiempos de grandes tensiones somos vulnerables a la tentación, aun si tenemos un espíritu dispuesto. Jesús nos dio un ejemplo de cómo resistir: (1) oremos a Dios (14.35); (2) busquemos la ayuda de amigos y seres queridos (14.33, 37, 40, 41); (3) concentrémonos en el propósito que Dios nos ha dado (14.36).

14.43-45 A Judas se le dio una compañía de guardas del templo así como soldados romanos (Joh_18:3) para apresar a Jesús y llevarlo ante la corte religiosa. Los líderes religiosos hicieron todo para asegurarse el arresto de Jesús y Judas actuó como el acusador oficial.

JUDAS ISCARIOTE

Es fácil pasar por alto el hecho de que Jesús eligió a Judas para ser discípulo. También es posible que nos olvidemos que si bien Judas traicionó a Jesús, todos los discípulos lo abandonaron. Como los demás discípulos, Judas sufría de una persistente incapacidad de comprender la misión de Jesús. Esperaban que Jesús pusiera en acción los derechos políticos. Cuando El hablaba de morir, sentían diversos grados de ira, temor y desilusión. No entendían por qué Jesús los escogió si su misión estaba condenada al fracaso.

No conocemos la exacta motivación de la traición de Judas. Lo que sí está claro es que Judas permitió que sus deseos lo pusieran en una posición en que Satanás pudiera manipularlo. Recibiría una paga por entregar a Jesús a los líderes religiosos. Identificaría a Jesús ante los guardias en el oscuro huerto de Getsemaní. Es posible que su intención fuera obligar a Jesús a decidirse. ¿Iba o no a rebelarse contra Roma y a establecer un nuevo gobierno político?

Cualquiera que haya sido su plan, Judas se dio cuenta que no le gustaba el rumbo que tomaban las cosas. Trató de reparar el mal que hizo devolviendo el dinero a los sacerdotes, pero ya era demasiado tarde. Las ruedas del plan soberano de Dios estaban en movimiento. Cuán lamentable es que Judas haya finalizado su vida sin experimentar el don de la reconciliación que Dios pudo haberle dado mediante Cristo Jesús. Las reacciones de la gente hacia Judas siempre han sido mixtas. Mientras algunos lo aborrecen fervientemente por su traición, otros lo compadecen porque no se daba cuenta de lo que hacía. Unos pocos han tratado de hacerlo un héroe por la parte que tuvo en poner fin a la misión de Jesús en la tierra. Otros dudan de la justicia de Dios al permitir a un hombre llevar tal culpa. Aunque hay muchos sentimientos hacia Judas, es necesario toMarcos en cuenta algunos otros hechos. Por su propia decisión Judas traicionó al Hijo de Dios poniéndolo en las manos de los soldados romanos (Luk_22:48). Fue un ladrón (Joh_12:6). Jesús sabía que la vida de maldad de Judas no cambiaría (Joh_6:70). La traición de Judas fue parte del plan soberano de Dios (Psa_41:9; Zec_11:12-13; Mat_20:18; Mat_26:20-25; Act_1:16, Act_1:20).

Al traicionar a Jesús, Judas cometió el más grande error en la historia. Pero aunque Jesús sabía que Judas lo traicionaría, eso no significa que Judas fue un muñeco de la voluntad de Dios. Fue Judas el que tomó la decisión. Dios sabía cuál sería su elección y lo confirmó. Judas no perdió su relación con Jesús, más bien nunca llegó a ponerlo en primer lugar. Se le conoce con el nombre de «hijo de perdición» (Joh_17:12) porque no alcanzó la salvación. Judas nos haría un favor si nos hiciera pensar una segunda vez acerca de nuestro compromiso con Dios y la presencia de su Espíritu en nosotros. ¿Somos verdaderos discípulos y seguidores de Jesús o imparciales no comprometidos? Podemos escoger la desesperación y la muerte, o podemos optar por el arrepentimiento, el perdón, la esperanza y la vida eterna. La traición de Judas envió a Jesús a la cruz para garantizar esa segunda elección, nuestra u nica oportunidad. ¿Aceptaremos su don gratuito o lo traicionaremos como Judas?

Puntos fuertes y logros :

— Fue uno de los doce discípulos escogidos; el u nico que no era galileo

— Guardaba la bolsa del dinero para los gastos del grupo

— Fue capaz de reconocer el mal que hizo al traicionar a Jesús

Debilidades y errores :

— Era ambicioso (Joh_12:6)

— Traicionó a Jesús

— Se suicidó en vez de buscar el perdón

Lecciones de su vida :

— Los planes y motivos malos permiten que Satanás nos use en cosas peores

— Las consecuencias del mal son tan devastadoras que aun las pequeñas mentiras y errores tienen serios resultados

— Los planes de Dios y sus propósitos obran aun en las peores situaciones

Datos generales :

— Dónde: Quizás de la aldea de Queriot

— Ocupación: Discípulo de Jesús

— Familiares: Padre: Simón.

— Contemporáneos: Jesús, Pilato, Herodes, los once discípulos

Versículos clave :

«Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce, y éste fue y habló con los principales sacerdotes, y con los jefes de la guardia, de cómo se lo entregaría» (Luk_22:3-4).

La historia de Judas se relata en los Evangelios. También se menciona en Act_1:18-19.

14.47 De acuerdo con Joh_18:10, la persona que sacó la espada fue Pedro. Luk_22:51 dice que Jesús inmediatamente sanó la oreja del hombre y previno derramamiento de sangre.

14.50 Los discípulos huyeron algunas horas antes, dejando solo a Jesús (14.31).

14.51, 52 La tradición dice que este joven pudo haber sido Juan Marcos, el escritor de este Evangelio. El incidente no se menciona en ninguno de los otros relatos.

14.53ss El juicio ante el Sanedrín tuvo dos fases. Un pequeño grupo se reunió en la noche (Joh_18:12-24) y luego el Sanedrín en pleno al amanecer (Luk_22:66-71). Juzgaron a Jesús por ofensas religiosas tales como proclamarse Hijo de Dios, lo cual de acuerdo con la Ley, era una blasfemia. Es obvio que el juicio era una farsa, porque ya habían decidido matar a Jesús (Luk_22:2).

14.55 Los romanos controlaban a Judea, pero daban a los judíos cierto poder para resolver asuntos religiosos y atender pequeñas disputas civiles. Este cuerpo gobernante judío llamado Sanedrín (concilio) lo formaban más de setenta y uno de los líderes religiosos de los judíos. Se suponía que estos hombres, como líderes religiosos, fueran justos. Pero demostraron una tremenda injusticia en el juicio a Jesús, incluso al punto de inventar mentiras en su contra (14.57).

14.58 Esta declaración de los falsos testigos tergiversaba las palabras del Señor. Jesús no dijo: «Voy a destruir este templo», sino que dijo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Joh_2:19). Jesús no se refería al templo de Herodes, sino a su propia muerte y resurrección.

14.60-64 Jesús no contestó a la primera pregunta porque la evidencia en sí misma era confusa y errónea. No responder fue más sabio que tratar de aclarar la acusación. Pero si Jesús hubiera rehusado responder a la segunda pregunta, habría negado su misión. Su respuesta predijo un gran cambio de papeles. Sentarse a la diestra de Dios significa que El vendría a ser el juez y luego ellos tendrían que responder a sus preguntas (Psa_110:1; Rev_20:11-13).

14.63, 64 Si algunos debían haber reconocido al Mesías, esos eran el sumo sacerdote y los miembros del Sanedrín porque conocían las Escrituras ampliamente. Su trabajo era guiar a la gente a Dios, pero les interesaban más su propia reputación y retener la autoridad que tenían. Valoraban la seguridad humana más que la eterna.

14.66, 67 La casa de Caifás donde se juzgó a Jesús (14.53) era parte de un enorme palacio con varios patios. Al parecer, Juan conocía al sumo sacerdote y a algunos de sus sirvientes, por lo que pudo entrar al lugar junto con Pedro (Joh_18:15-16).

JUICIO DE JESUS : El juicio empezó después de Getsemaní, en casa de Caifás, el sumo sacerdote. Luego lo llevaron ante Pilato, el gobernador romano. Lucas narra que Pilato lo mandó a Herodes, que se encontraba en Jerusalén, presumiblemente en uno de sus dos palacios (Luk_23:5-12). Herodes mandó de nuevo a Jesús a Pilato, que al final lo sentenció a morir crucificado.

14.71 La negación de Pedro fue más que una simple negación. Pedro negó a Jesús con juramento en los términos más fuertes que conocía. En la práctica, dijo: «Que me mate Dios si estoy mintiendo».

14.71 Es fácil enojarse con el Sanedrín y los gobernadores romanos por la injusticia cometida al condenar a Jesús, pero Pedro y el resto de los discípulos cooperaron en aumentar el dolor de Jesús al abandonarlo (14.50). Quizás no somos como los líderes judíos, pero sí muy parecidos a los discípulos, porque todos hemos negado a Cristo el Señor en algunos aspectos vitales. Podemos sentirnos orgullosos de no haber cometido ciertos pecados, pero todos somos culpable de pecado. No nos excusemos señalando con el dedo a otras personas cuyos pecados quizás se vean peores que los nuestros.

Marcos 14:1-9

Este capítulo comienza esa parte del Evangelio de S. Marcos que describe los sufrimientos y la muerte de nuestro Señor. Hasta aquí hemos visto a nuestro Salvador principalmente como nuestro Profeta y Maestro: ahora tenemos que considerarlo como nuestro Sumo Pontífice. Hasta aquí hemos contemplado sus milagros y hemos meditado sus palabras; ahora vamos a contemplar su sacrificio vicario en la cruz.

Observemos primeramente en estos versículos como puede Dios hacer fracasar los designios de los impíos, y convertirlos en su propia gloria.

Dedujese claramente de las palabras de S. Marcos, y del pasaje paralelo en S. Mateo, que los enemigos de nuestro Señor no tenían la intención de que su muerte fuese un acto público. «Trataban de apoderarse de él con astucia.» Decían, «No en el día de la fiesta, no sea que el pueblo se alborote.» En una palabra, tal parece que su plan primitivo era no hacer nada hasta que no hubiera pasado la fiesta de la Pascua, y que los concurrentes a ella hubieran vuelto a sus casas.

El poder providencial de Dios trastornó completamente estos planes de su astuta política. La entrega de nuestro Señor tuyo lugar antes de lo que se esperaban los príncipes de los sacerdotes, y la muerte de nuestro Señor aconteció en el día en que Jerusalén estaba más concurrida, y la fiesta de la Pascua en su apogeo.

Loa designios de estos malvados se vieron de todos modos frustrados. Creyeron que iban a poner término para siempre al reino espiritual de Cristo; y en realidad estaban ayudando a establecerlo. Creían que iban a envilecerlo y a hacerlo despreciable crucificándolo, y en realidad iban a glorificarlo. Creían que podrían darle muerte privadamente y sin ser observados; y muy al contrario se iban a ver compelidos a crucificarlo en público, a vista de toda la nación judaica. Creyeron que reducirían al silencio a sus discípulos, y harían terminar su enseñanza; y en lugar de eso, les iban a suministrar un texto y un tema que durarían eternamente. Tan fácil le es a Dios hacer que la rabia del hombre lo ensalzo. Salmo 76.10.

Todo esto es muy consolador para los verdaderos cristianos. Viven en un mundo turbulento agitados por la ansiedad de loa acontecimientos públicos.

Tranquilícense al pensar que un Dios infinitamente sabio lo ha ordenado todo para bien de sus criaturas; que no tengan la menor duda de que todo lo que sucede en el mundo redundará al fin en gloria de su Padre. Recuerden siempre las palabras del Salmo segundo: «Se juntaron los reyes de la tierra, y consultaron entre si los príncipes contra el Señor, y contra su Ungido.» Y continúa de esta manera: « El que habita en los cielos se burlará de ellos; y el Señor los escarnecerá.» Así ha sucedido en tiempos pasados; lo mismo será en el porvenir.

Observemos, en segundo lugar, en estos versículos, como algunas veces las buenas obras son menospreciadas y mal interpretadas. Se nos habla de la buena acción de una mujer que derramó un bálsamo sobre la cabeza de nuestro Señor en una casa en Betania. Lo hizo, no hay duda, para manifestar su respeto y honrarlo, y en prueba de su gratitud y amor hacia El; sin embargo, muchos la criticaron. Sus fríos corazones no podían comprender liberalidad tan costosa, y la llamaban «desperdicio.» « Se indignaban en su interior» y «murmuraban de ella,» Desgraciadamente es muy común esa tendencia de las almas mezquinas que se empeñan en buscar faltas para tener el placer de criticarlas. Sus continuadores y sucesores se encuentran por do quiera en el seno de la iglesia visible de Cristo. Nunca faltan personas que desacreditan lo que llaman «exageraciones» de religión, y que incesantemente recomiendan la «moderación» en el servicio de Cristo. Si un hombre consagra tiempo, dinero y afecciones a la prosecución de objetos mundanos, no lo critican; si se hace siervo del dinero, del placer, de la política, nadie cree que sea una falta; pero si se dedica él, y todo lo que tiene, a Cristo, no se encuentran palabras bastante fuertes para expresar la enormidad de su locura. «Está fuera de sí.» «Ha perdido el ceso.» «Es un fanático, un entusiasta.» «Es demasiado junto, un exagerado.» En una palabra, lo consideran como un « desperdicio.

Que estas acusaciones no nos perturben, si llegan a nuestros oídos cuando nos empeñamos en servir a Cristo. Sufrámoslas con paciencia, y recordemos que datan desde el principio del Cristianismo. Compadezcamos a los que así acusan a los verdaderos creyentes, pues muestran que no comprenden cuales son nuestras obligaciones respecto a Cristo. El corazón frió hace que la mano sea lenta. Si se llegara a comprender bien lo criminal que es el pecado, y lo grande de la misericordia de Cristo al morir por el hombre pecador, nada se juzgaría demasiado bueno ni demasiado costoso para dárselo a Cristo. El hombre más bien sentiría y diría, « ¿Qué podré dar al Señor por sus beneficios?» Salmo 116.12. Temería desperdiciar tiempo, talentos, dinero, y afecciones en la prosecución de objetos mundanos y no de desperdiciarlos consagrándolos a su Salvador. Temería ser exagerado en todo lo que se refiere a negocios, dinero, política, o placeres; pero no temería hacer demasiado por Cristo.

Observemos, por u ltimo, cuan altamente estima Jesucristo cualquier servicio que se le hace. En ningún otro lugar de los Evangelios encontramos quizás alabanzas tan encomiásticas tributadas a ninguna persona, como las que se tributan a esta mujer. Tres circunstancias se marcan especialmente en estas palabras do nuestro Señor, que harían bien en recordar los que ahora ridiculizan y critican a otros por su religión.

Dice primeramente nuestro Señor, «¿Porqué la molestáis?» Pregunta inquisitiva que seria muy difícil responder a los que persiguen a otros por sus creencias religiosas. ¿Qué causa pueden alegar? ¿Qué razón asignar a su conducta? Ninguna, ninguna absolutamente. Molestan a los otros por envidia tan solo, por malicia, ignorancia u oposición al Evangelio.

Dice, además, nuestro Señor, «Ha hecho una buena obra.» Que grande y maravilloso es ese encomio en los labios del Rey de reyes. Con harta frecuencia se da dinero a la iglesia o a instituciones caritativas por ostentación u otros motivos errados. Pero aquel que ama y honra al mismo Cristo, ese es el que realmente «hace buenas obras..

Dice, por u ltimo, nuestro Señor, « Hizo lo que pudo.» No pudo hacerse uso de una recomendación más enérgica. Millares de personas viven y mueren sin gracia, y se condenan eternamente, que van de continuo repitiendo, « Tratamos de hacer lo que podemos; hacemos cuanto nos es posible.» Y al expresarse así, dicen una mentira tan enorme como la de Ananías y de Safira. Es de temerse que muy pocos se encontrarán que son como esta mujer, y que con razón se haya podido decir de ellos, que « hicieron lo que pudieron..

Al concluir con este pasaje tratemos de aplicárnoslo. Consagrémonos con todo lo que poseemos a glorificar a Cristo, como esta santa mujer cuya conducta acabamos de oír en esta narración. Quizás sea nuestra condición en el mundo baja, y nuestros recursos sean escasos; pero, como ella, hagamos lo que podamos.

Finalmente, tengamos en este pasaje un gusto anticipado de las dulzuras que gozaremos en el día del juicio final. Creamos que ese mismo Jesús que abogó en defensa de su amorosa sierva, cuando fue criticada, abogará un día por todos los que han sido sus siervos en este mundo. Trabajemos sin descanso, recordando que sus ojos están fijos en nosotros, y quo todo lo que hacemos queda registrado en su libro. No nos ocupemos de lo que los hombres piensan o dicen de nosotros respecto a nuestras creencias religiosas que la aprobación de Cristo el día del juicio final será una compensación más que suficiente por todo lo que sufrimos en este mundo, por las lenguas maldicientes.

Marcos 14:10-16

En estos versículos S. Marcos nos dice como nuestro Señor fue entregado en manos de sus enemigos, habiendo acontecido por la traición de uno de sus doce discípulos: El falso apóstol, Judas Iscariote, lo vendió.

Debemos, ante todo, ver en este pasaje, a que extremos puede llegar una persona en falsas profesiones de religión.

Es imposible concebir una prueba más perentoria de esta penosa verdad que la historia de Judas Iscariote. Si hubo alguna vez un hombre que más parecía discípulo verdadero de Cristo, y estar seguro de alcanzar el cielo, ese hombre fue Judas. Fue escogido por el mismo Señor Jesús para el apostolado; gozó del privilegio de acompañar al Mesías, y de ser testigo de sus obras portentosas, durante su, ministerio terrenal. Estuvo asociado con Pedro, Santiago y Juan, y fue enviado a predicar el reino de Dios, y a hacer milagros en nombre de Cristo. Era mirado por todos los once apóstoles como uno de ellos, y tanto se asemejaba en su conducta a sus compañeros los otros discípulos, que no sospecharon que fuera traidor. Y resulta, al fin, que este hombre es un hijo del diablo, se desvía por completo de la fe, ayuda a los enemigos mortales, de nuestro Señor, y deja el mundo con una reputación más mala que la de ningún hombre desde los días de Caín. Jamás se vio tal caída, tal apostasía, fin tan miserable de comienzos que tanto prometían, un eclipse tan total de un alma! ¿Como podremos explicarnos esta conducta de Judas que tanto nos asombra? No hay más que una explicación. «El amor del dinero» fue la causa de la pérdida de este desgraciado. La misma codicia rastrera que esclavizó el corazón de Balaam, y cubrió de lepra a Gehazí, perdió el alma del Iscariote. No hay otra explicación de su conducta que satisfaga a vista de los hechos que establecen las Escrituras. Su acción fue hija de su codicia infame sin circunstancias ningunas atenuantes. El Espíritu Santo lo -declara «fue un ladrón.» Juan 12.6. Y su crimen está siempre presente ante el mundo como un comentario eterno de estas palabras solemnes, «el amor del dinero es la raíz de toda maldad.» 1 Tim. 6.10.

Aprendamos en esta historia melancólica de Judas a «revestirnos de humildad» y a no contentarnos con nada que no sea la gracia del Espíritu Santo morando en nuestros corazones. Conocimientos, dones, profesiones, privilegios, ser miembros de una congregación, facultad de predicar, de orar, de enseñar la religión, todo, todo es inútil, si nuestros corazones no están convertidos. Si no nos hemos desnudado del hombre viejo, y revestido del nuevo, todo eso no es mejor que el bronce que resuena, o el címbalo que retiñe; nada de eso nos librará de la muerte eterna. Recordemos, sobre todo, el consejo de nuestro Señor de «guardarnos de la codicia.» Lucas 12.15. Es un pecado que devora como el cáncer, y una vez que la recibimos en nuestros corazones, nos arrastra a la maldad.

Oremos por contentarnos con lo que poseemos. .Heb. 13.6. La posesión del oro no es lo más necesario; que las riquezas exponen a grandes peligros las almas de los que las poseen; así es que el verdadero cristiano debe temer más ser rico que pobre.

En segundo lugar, debemos marcar en este pasaje la conexión intencional entre la época de la pascua judaica y la de la muerte de nuestro Señor, No podemos dudar que no fue por casualidad, sino por la disposición providencial de Dios, que nuestro Señor fuera educado en la semana de la pascua, y el mismo día en que fue muerto el cordero pascual Tuvo por objeto fijar la atención de la nación judía, en El como el verdadero Cordero de Dios, y presentar a sus almas cual era el verdadero objeto y propósito de su muerte. Sin duda que todos los sacrificios se proponían indicar a los Judíos en el porvenir el gran sacrificio expiatorio que Cristo después ofreció; pero es evidente que ninguno era una figura tan clara, ni un tipo tan apropiado del sacrificio de nuestro Señor, como la muerte del cordero pascual. Era en especial una ordenanza que servia de «pedagogo para guiar a Cristo.» Gal. 3.24. No había otro tipo más significativo en toda la serie de ceremonias judaicas, conocida institución original de la pascua.

¿No recordaba la pascua a los Judíos la salvación milagrosa de sus antepasados de la esclavitud de la tierra de Egipto, cuando Dios hizo morir a los primogénitos? Ciertamente que sí; pero fue instituida también para servirles de tipos de una redención y Salvación más importante, de la emancipación de las cadenas del pecado, que debía realizar nuestro Señor Jesucristo.

¿No recordaba la pascua a los Judíos, que por el sacrificio de Un cordero inocente, las familias de sus antepasados se vieron exentas de tener que lamentar la muerte de sus primogénitos? Sin duda que sí, pero también servia para enseñarles una verdad más alta, que la muerte de Cristo en la cruz seria la vida del mundo.

¿No recordaba la pascua a los Judíos que el rociar con sangre los umbrales de las puertas de las casas de sus progenitores, los había salvado de la espada del ángel destructor? Sin duda que sí; pero tenia por objeto enseñarles también una doctrina mucho más importante–que rociar las conciencias de los hombres con la sangre de Cristo las limpia de las manchas del pecado, y las protege de las consecuencias de la ira venidera.

¿No recordaba la pascua a los Judíos que ninguno de sus antepasados hubiera escapado de la venganza del ángel destructor, aquella noche en que mató a los primogénitos, si no hubiera comido del cordero que mataron? Indudablemente que es así; pero con ello se les quiso dar también una lección mucho más profunda– que todos los que quieran aprovecharse del sacrificio expiatorio de Cristo, tienen realmente que alimentarse de El por medio de la le, y recibirlo en sus corazones.

Evoquemos estos recuerdos, y pesemos bien su valor. Entonces es que descubriremos lo apropiado y bello del tiempo que Dios señaló para la muerte en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Aconteció precisamente en los momentos en que el espíritu de todos los israelitas estaba fijo en los recuerdos do su salida de la esclavitud de Egipto, y en los acontecimientos de aquella noche llena de portentos en que se verificó. El cordero muerto y comido por todos los miembros de la familia, el ángel destructor, la seguridad dentro de las puertas marcadas con la sangre esparcida, eran circunstancias que se habían recordado, comentado y considerado en el seno de todas las familias judías, esa misma semana en que nuestro bendito Señor sufrió la muerte. Muy extraño hubiera sido que muerte tan notable como la suya no hubiera hecho pensar a muchos ni hubiera abierto muchos ojos. Hasta que puntó así sucedió no lo sabremos hasta el día del juicio.

Adoptemos como una regla invariable el sistema de estudiar los tipos y las ordenanzas de la Ley Mosaica con atención y con súplicas a Dios, siempre que leamos la Biblia, pues están llenos de Cristo. El altar, el macho cabrio del sacrificio, el holocausto diario, la fiesta de la expiación, son otros tantos postes miliarios que nos dirigen al gran sacrificio que nuestro Señor ofreció en el Calvario. Los que no se cuidan de estudiar las ordenanzas judaicas, por considerarlas oscuras, monótonas y de poco interés, prueban con ello su ignorancia, y pierden grandes ventajas. Los que las examinan considerando a Cristo como la clave de su significación, las encontrarán llenas de la luz evangélica y de verdades consoladoras.

Marcos 14:17-25

Estos versículos contienen la relación que hace S. Marcos de la institución de la Cena del Señor. Notemos especialmente lo sencillo de la narración. ¡Que gran bien hubiera sido para la iglesia que los hombres no se hubieran desviado de los datos sencillos que la Escritura nos suministra respecto a este bendito sacramento! Lamentable es que se le haya corrompido con tantas falsas explicaciones y con agregados tan supersticiosos, que, en muchas partes de la cristiandad, se ha perdido completamente su verdadero significado. Dejemos, sin embargo, a un lado por ahora toda controversia, y estudiemos las palabras de S. Marcos para lograr nuestra edificación personal.

Aprendamos en este pasaje de que ahora nos ocupamos, que un examen íntimo de conciencia debe preceder a la recepción de la Cena, del Señor. No podemos dudar que este fue uno de los objetos que se propuso nuestro Señor con aquel solemne apercibimiento, «Uno de vosotros que ahora come conmigo me entregará.» Quiso excitar en el alma de sus discípulos uno de esos movimientos dolorosos y compungidos de examen personal que recuerda aquí de una manera tan tierna: «Empezaron a entristecerse, y a preguntarle uno por uno, ¿Soy yo? y otro dijo, ¿Soy yo?» Su propósito fue enseñar a toda la iglesia militante que al acercarnos a la mesa del Señor debemos examinarnos cuidadosamente.

Los beneficios que recabemos de la Cena del Señor dependen enteramente de la disposición y del espíritu con que la recibimos. El pan que en ella comemos, y el vino que bebemos, no tienen ningún poder de beneficiar nuestras almas, como las medicinas nuestros cuerpos, sin la cooperación de nuestros corazones y voluntades. Ninguna bendición pueden comunicarnos en virtud de la consagración de los elementos si no los recibimos recta y dignamente y llenos de fe.

Asegurar, como hacen algunos, que la Cena del Señor produce bien a todos los que comulgan, cualquiera sea la condición espiritual en que la reciben, es una invención monstruosa, opuesta al espíritu de las Escrituras, y que ha dado origen a supersticiones groseras e impías.

El catecismo de la iglesia Anglicana describe bien en que condición espiritual debemos hallarnos antes de acercarnos a la mesa del Señor. Debemos examinarnos para ver si nos arrepentimos verdaderamente de nuestros pecados, si nos decidimos a comenzar nueva vida, si tenemos una fe viva en la misericordia de Dios por medio de Cristo, si recordamos agradecidos su muerte–y si estamos en paz con todos los hombres.»Si nuestra conciencia puede responder estas preguntas satisfactoriamente, podemos recibir sin temor la Cena del Señor. Dios no exige más de los que van a comulgar, y menos no debe satisfacernos.

Meditemos mucho sobre este punto de la Cena del Señor, porque es fácil pecar por dos extremos. No nos contentemos con alejarnos de la mesa del Señor alegando vagamente que no nos encontramos preparados para ello; porque mientras a ella no nos acerquemos, desobedecemos un mandamiento expreso de Cristo, y vivimos en pecado. Por otra parte, no debemos ir a la mesa del Señor por mera forma, y sin conciencia de lo que hacemos; pues si recibimos el sacramento en ese estado, ningún bien nos resulta de ello, y somos culpables de una gran trasgresión. Terrible cosa es no estar preparados a recibir el sacramento, porque es no estar preparados para morir; pero no menos terrible es recibirlo indignamente, pues es provocar a Dios. La única conducta segura es decididamente ser siervos de Cristo y vivir una vida de fe en El; entonces podremos acercarnos con confianza, y tomar el sacramento para nuestro consuelo.

Aprendamos, en segundo lugar, en estos versículos, que el objeto principal de la cena del Señor es recordarnos que Cristo se sacrificó por nosotros en la cruz.

El objeto del pan es evocar el recuerdo del «cuerpo» de Cristo que fue lacerado por nuestras transgresiones, y el del vino recordarnos la «sangre» de Cristo, que fue derramada para lavarnos de todos nuestros pecados. La expiación y propiciación que nuestro Señor hizo con su muerte como Substituto y Fiador nuestro, es lo que más en relieve se presenta en esta institución. La falsa doctrina que algunos propalan, que su muerte fue tan solo la de un santo, que nos dio el ejemplo de como se deba morir, convierte la Cena del Señor en una ceremonia sin significación de ninguna especie, y no puede reconciliarse con las palabras de nuestro Señor al instituir el sacramento.

De gran importancia es que comprendamos claramente este punto; de ello depende que tengamos una idea exacta de la Cena del Señor, y que sepamos que debemos creer y sentir cuando nos acercamos a la santa mesa. Despertará en nosotros el sentimiento de la verdadera humildad espiritual. El pan y el vino nos recordarán cuan grave debía ser, el pecado que solo la muerte de Cristo podía expiar. Desarrollará en nosotros la esperanza respecto a nuestras almas. El pan y el vino nos recordarán que aunque nuestros pecados son enormes, un gran precio se ha pagado por nuestra redención. No menos despertará en nosotros la gratitud. El pan y el vino nos recordarán cuan grande es nuestra deuda a Cristo, y cuan obligados estamos a glorificarlo en nuestras ideas. Sean estos los sentimientos que experimentemos, siempre que participemos de la Cena del Señor.

Aprendemos, finalmente, en estos versículos, cual es la naturaleza de los beneficios espirituales que la Cena del Señor tiene por objeto transmitir, y que personas tienen derecho a esperarlos. Recibimos esta lección de los actos tan significativos que se ejecutan al recibir el sacramento. Nuestro Señor nos manda que «comamos « el pan, y que «bebamos « el vino; pero solo una persona viva puede comer y beber, y el objeto de esas operaciones es robustecer y refrigerar.

Las conclusiones, pues, que debemos deducir, son manifiestamente estas, que la Cena del Señor se instituyó para «fortalecer y refrigerar nuestras almas,»y que solo deben participar de ella los que son cristianos vivos y reales. Para los que así son, este sacramento será canal de gracias; los ayudará a descansar en Cristo con más sencillez, y a confiar más enteramente en El. Los símbolos visibles de pan y vino ayudarán, vivificarán, y confirmarán su fe.

Una opinión exacta respecto a estos particulares es muy importante en nuestra época. Debemos guardarnos de la idea que hay otro modo- de comer el cuerpo de Cristo y de beber su sangre, que no sea la fe; o que el recibir la Cena del Señor puede despertar un interés más grande en el sacrificio de Cristo en la cruz que el que la fe despierta. La fe es el gran medio de comunicación entre el alma y Cristo. La Cena del Señor puede ayudar, vivificar y confirmar la fe, pero nunca suplantarla, ni suplir su ausencia. No nos olvidemos de esta verdad; un error en este particular es una ilusión fatal y engendra muchas supersticiones.

Sea un principio firme de nuestro Cristianismo, que ningún incrédulo debe acercarse a la mesa del Señor, y que el sacramento en nada beneficiará nuestras almas, si no lo recibimos con arrepentimiento y fe. La Cena del Señor no es una institución ordenada para convertir o justificar, y los que a ella se acerquen inconversos o no justificados, no saldrán mejores que lo que fueron, sino más bien peores. Es una institución para los creyentes, no para los incrédulos, para los vivos y no para los muertos. Fue ordenada para sostener la vida, no para comunicarla, para robustecer y aumentar la gracia, no para darla; para fomentar el crecimiento de la fe, no para sembrarla ni plantarla. Fijemos estos principios en nuestros corazones y no los olvidemos nunca.

¿Estamos vivos en Dios? Esta es la gran cuestión. Si lo estamos, acerquémonos a la Cena del Señor, y recibámosla llenos de agradecimiento, y no volvamos nunca la espalda a a mesa del Señor, pues si a ella no nos dirigimos, cometemos un grave pecado.

¿Estamos aún muertos en pecados y en mundanalidad? Si lo estamos, no tenemos que ocuparnos de la comunión. Nos encontramos en la vía espaciosa que guía a la perdición. Arrepintámonos, pues que tenemos que nacer de nuevo. Debemos unirnos a Cristo por la fe, y entonces, y solo entonces, estaremos aptos a participar de la comunión.

Marcos 14:26-31

Vemos en estos versículos que bien previó nuestro Señor la debilidad y flaqueza de sus discípulos. Les dice muy claro lo que iban a hacer. «Todos vosotros os escandalizaréis esta noche por causa de mí.» Le anuncia a Pedro en particular el pecado enorme que estaba a punto de cometer: « Esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces..

Sin embargo, esta previsión de nuestro Señor no le impidió escoger a estos doce discípulos para que fuesen sus apóstoles. Les permitió ser sus íntimos amigos y compañeros, sabiendo muy bien lo que un día harían. Les dio el privilegio extraordinario de estar de continuo con El, y de oír su voz, con la convicción anticipada que tenia de su miserable debilidad y de la falta de fe de que darían prueba al fin de Su ministerio terrenal. Esta es una circunstancia muy notable que debemos siempre recordar: Consolémonos con la idea que el Señor Jesús no lanza lejos de sí a su pueblo creyente por sus caídas e imperfecciones. Sabe lo que son. Los acepta, como el marido escoge una esposa, con todos sus defectos y debilidades, y, una vez que se unen a El por la fe, nunca los arrojará de sí. Es un Sumo Pontífice misericordioso y compasivo. Se gloría en perdonar las transgresiones de su pueblo, y cubrir sus muchos pecados. Sabía lo que eran antes de su conversión, impíos, criminales, impuros; y sin embargo los amaba. Sabe lo que serán después de su conversión, débiles, frágiles, hombres errados; y sin embargo los ama.

Se ha propuesto salvarlos a pesar de sus deficiencias, y realizará su propósito.

Aprendamos a juzgar caritativamente de los que profesan ser creyentes. No rebajemos su carácter y digamos que no tienen gracia, porque descubramos en ellos mucha debilidad y corrupción. Recordemos que nuestro Maestro celestial sobrellevó sus flaquezas, y que nosotros debemos hacer lo mismo. La iglesia de Cristo es punto menos que un gran lazareto. Nosotros mismos somos todos más o menos débiles, y todos necesitamos diariamente de la hábil asistencia del Médico celeste. No habrá curas completas hasta el día de la resurrección.

Vemos, en segundo lugar, en estos versículos, de cuanto consuelo se privan los que profesan ser cristianos por su descuido y falta de atención. Nuestro Señor habló muy claro de su resurrección: «Después que resucite, iré delante de vosotros a Galilea.» Sin embargo, tal parece que sus palabras fueron inútiles y que en vano las dijo. Ninguno de sus discípulos paró la atención en ellas, ni las atesoró en su corazón. Cuando fue entregado, lo abandonaron. Cuando fue crucificado, se entregaron casi a la desesperación; y cuando resucitó al tercer día, no querían creer que fuese verdad. Se lo habían oído decir con frecuencia, pero no había hecho ninguna impresión en ellos.

¡Que pintura tan exacta es esta de la naturaleza humanal! ¡Con cuanta frecuencia no vemos hoy repetirse las mismas escenas entre los que se llaman cristianos! ¡Cuantas verdades no leemos todos los años en la Biblia, y, sin embargo, son para nosotros como si no las hubiéramos leído! ¡Cuantos preceptos sabios no oímos desatentos e indiferentes en los sermones, y vivimos como si nunca los hubiéramos leído! Vienen sobre nosotros tiempos de aflicción y de tinieblas, y entonces nos encontramos que estamos desprevenidos y desarmados. En el lecho del dolor, en el duelo, descubrimos una significación en algunos textos y pasajes que antes oímos leer sin que nos afectaran ni interesaran. Nos asaltan algunas ideas en épocas tales, que nos avergonzamos de no haberlas tenido antes. Recordamos entonces haberlas leído, o haberlas oído, pero que no nos habían causado ninguna impresión. Como el pozo de Agar en el desierto, estaban a nuestro alcance, pero como Agar, no las veíamos. Gen. 21.19.

Oremos a Dios para que nos conceda una percepción pronta de lo que oímos o leemos de su Palabra. Escudriñémosla en todas sus partes, y no desperdiciemos por nuestra incuria las verdades preciosas que encierra. Al obrar así, estableceremos buenos cimientos para el porvenir, y nos encontraremos armados contra el dolor y la enfermedad.

Veamos que poca razón tienen los ministros de sorprenderse, que lo que predican en sus sermones pase desapercibido. Beber del mismo cáliz que su Maestro. Aun El dijo muchas cosas de que nadie se ocupó cuando por primera vez las dijo; y, sin embargo, Sabemos que « ningún hombre habló como ese hombre.» «El discípulo no es más grande que su Maestro, ni el siervo que su Señor.» Tengamos paciencia; que verdades de que al parecer nadie se cuida al principio, producen fruto tras luengos días. «Vemos, finalmente, en estos versículos, cuanta confianza en ellos mismos suele neciamente abrigarse en el corazón de los que se llaman cristianos. El apóstol no creía posible que llegase a negar alguna vez a su Señor. «Aunque tuviera que morir contigo,» dice, «no te negaría de ninguna manera.» No era él solo quien tan confiado se mostraba; los otros discípulos tenían la misma opinión. «También todos decían lo mismo..

Sin embargo, ¿en que vino a parar toda esa jactanciosa confianza? Doce horas no transcurrieron sin que todos los discípulos huyesen abandonando a nuestro Señor. Todas sus ruidosas protestas quedaron olvidadas. Apenas apareció el peligro que todas sus promesas de fidelidad se desvanecieron. ¡Que poco sabemos como obraremos en una situación dada, hasta no encontrarnos en ella! ¡Cuanto no alteran las circunstancias nuestras opiniones y nuestros sentimientos 1 Aprendamos a pedir a Dios humildad. «El orgullo va al encuentro de la destrucción, y un espíritu altanero provoca la caída.» Prov. 16.19. Hay más maldad en nuestro corazón de la que creemos. No podemos nunca decir hasta que abismos descenderemos, si nos vemos tentados. No hay pecado que el santo más grande no sea capaz de cometer, si Dios no lo sostiene con Su gracia, y si él no vela y ora. Ocultas yacen en nuestros corazones las simientes de todas las maldades; y tan solo requieren una estación favorable para brotar y adquirir una vitalidad dañina. «Que el que piensa estar firme, mire no caiga.» 1 Cor. 10.12. «El que confía en su corazón es un necio.» Prov. 28.26. Que nuestra plegaria diaria sea esta: «Sostenme y estaré seguro..

Marcos 14:32-42

La historia de la agonía de nuestro Señor en el jardín, de Getsemaní es uno de los pasajes profundos y misteriosos de las Escrituras. Contiene cosas que los más sabios teólogos no pueden explicar satisfactoriamente. Sin embargo se descubren en ella verdades obvias y sencillas que son de la mayor importancia.

Observemos, en primer lugar, cuan agudamente sintió el Señor la carga de los pecados del mundo. Está escrita que « comenzó a atemorizarse, y a angustiarse en gran manera; y les dice: Mi alma está muy triste hasta la muerte,» y que «se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora..

Una sola es la explicación razonable que puede darse de esas expresiones. No las arrancó de los labios de nuestro Señor el miedo a los sufrimientos físicos de la muerte; fue la convicción de la humana maldad, cuyo peso empezó en aquel momento a agobiarlo de una manera especial; fue la conciencia del peso indecible de nuestros pecados, que entonces comenzó a oprimirlo. Fue «hecho maldición en lugar nuestro.» Se cargó con nuestros dolores y se echó sobre sus hombros nuestros pesares para cumplir la promesa que lo trajo a la tierra. Iba «á ser pecado por nosotros cuando El no conoció el pecado.» Su santa naturaleza sentía de una manera exquisita la carga asquerosa que se había echado encima. Estas eran las razones de su angustia extraordinaria.

Debemos ver en la agonía de nuestro Señor en Getsemaní la horrible criminalidad del pecado. Punto es este en que las apreciaciones de los que se llaman cristianos se quedan muy lejos de lo que debieran. La manera ligera e indiferente con que se habla de pecados tales como jurar, violar el día del Señor, mentir, y otros semejantes, es una prueba muy triste de la pobre condición en que se encuentran los sentimientos morales de los hombres. Que el recuerdo de Getsemaní produzca en nosotros un afecto santificante. Hagan otros lo que les plazca, pero no nos permitamos nosotros hablar del pecado en tono de chanza.

Notemos, en segundo lugar, el ejemplo que el Señor nos da de la importancia de la oración en época de angustia. En la hora de sus agonías lo vemos emplear este gran remedio. Dos veces se nos. dice que cuando sentía su alma muy triste, «oraba..

Nunca hallaremos una prescripción mejor para el paciente que la aflicción abruma. A Dios debemos dirigirnos ante todo en nuestras angustias. La primera queja debe ser en forma de plegaria. Posible es que no recibamos una respuesta inmediata; que no se nos conceda de momento el alivio que necesitamos; que el dolor que nos pone a prueba no se remueva ni desaparezca; pero el acto tan solo de desahogar nuestro corazón, y abrir nuestro pecho ante el trono de la gracia, nos hará un gran bien. Muy sabio y muy profundo es el consejo de Santiago: « ¿Está alguien afligido? Que ore.» Jam_6:13.

Notemos, en tercer lugar, el ejemplo tan notable que el Señor nos da del sometimiento de la voluntad a la voluntad de Dios. Aunque su humana naturaleza sentía profundamente la presión de los crímenes del mundo, ora, sin embargo, y, pide que «si fuera posible» pasase de El aquella hora. «Aparta de mí este cáliz: empero no lo que yo quiero, sino lo que tú..

No podemos imaginar un grado de perfección más alto que el que aquí se nos presenta. Aceptar pacientemente lo que Dios nos envía, no agradarnos sino lo que a Dios agrada, no desear otra cosa que lo que Dios aprueba, preferir el dolor, si a Dios le place enviarlo, al placer, si Dios no cree conveniente concederlo, someterse sufrido a lo que Dios ordena, y no conocer otra voluntad sino la Suya, este es el grado más elevado a que podemos aspirar, y la conducta de nuestro Señor en Getsemaní es el modelo más perfecto de esa elevación moral.

Luchemos y trabajemos por tener «la idea que Cristo tenia» respecto a este particular. Procuremos adquirir el poder de mortificar nuestra voluntad independiente, y pidámoslo así diariamente en nuestras oraciones. Seremos felices si así lo hacemos; que nada produce en el mundo más disgustos que dar rienda suelta a nuestros deseos. Pedir esa facultad en nuestras oraciones es la prueba mejor de tener gracia. Ciencia, dones, convicciones, sentimientos y deseos, son evidencias inciertas, que suelen a menudo hallarse en personas no convertidas. Pero el aumento progresivo de esa disposición a someter nuestras voluntades a la voluntad de Dios, es un signo muy saludable; muestra que estamos verdaderamente «creciendo en gracia, y en el conocimiento de Jesucristo..

Notemos, finalmente, en estos versículos, cuanta debilidad puede encontrarse aun en los mejores cristianos. Tenemos una comprobación lamentable de este aserto en la conducta de Pedro, de Santiago y de Juan. Se durmieron cuando debían haber estado velando y orando; se durmieron aunque nuestro Señor los invitó a que velasen con El; se durmieron aunque poco tiempo antes se les habla apercibido del peligro que se acercaba, y de que su fe iba a flaquear; se durmieron, aunque acababan de salir de la mesa del Señor, en que habían tenido lugar escenas tan tiernas y tan solemnes. Nunca se habían tenido antes pruebas más convincentes de que los mejores de los hombres no son más que hombres, y que, mientras que los santos viven en la tierra, están sujetos a muchas flaquezas.

Estas cosas se han escrito para nuestra enseñanza; en nuestra mano está que no se hayan escrito en vano. Estemos siempre en guardia contra una disposición indolente, perezosa, inerte en religión, que nos es muy natural a todos, especialmente en todo le que so refiere a oraciones privadas. Cuando sintamos que ese espíritu se va apoderando de nosotros, recordemos a Pedro, a Santiago, a Juan en el jardín, y tengamos cuidado.

El consejo que con tanta solemnidad dirige nuestro Señor a sus discípulos debería estar resonando siempre en nuestros oídos, «Velad, y orad, no sea que caigáis en tentación. El espíritu está en verdad pronto, pero la carne es débil.» Este es el lema que debería adoptar el cristiano desde el momento de su conversión hasta la hora de la muerte.

¿Somos verdaderos cristianos? ¿Deseamos mantener nuestras almas despiertas? No olvidemos que tenemos una doble naturaleza interna; un «espíritu» pronto y una «carne» débil, una naturaleza carnal inclinada al mal, y una naturaleza espiritual inclinada al bien. Estas dos son contrarias. Gal_5:17. El pecado y el diablo encontrarán siempre cómplices en nuestros corazones; y si no crucificamos y dominamos la carne, ella nos gobernará a menudo y nos cubrirá de vergüenza.

¿Somos verdaderos cristianos y queremos mantener nuestras almas despiertas? Pues no olvidemos nunca «velar y orar.» Velemos como soldados, que estamos en país enemigo, y tenemos que estar siempre en guardia. Tenemos que combatir diariamente y diariamente guerrear. El reposo del cristiano es aún futuro. Oremos, pues, sin cesar, de una manera regular, habitual y cuidadosa, y en períodos marcados. Debemos orar y vigilar, y vigilar lo mismo que orar. Velar sin orar es presunción y confianza necia. Orar sin velar es fanatismo y entusiasmo. Aquel que conoce su debilidad, y conociéndola vela y ora, ese es el que será sostenido y no se le permitirá caer.

Marcos 14:43-52

Notemos en estos versículos que poco comprendieron los enemigos de nuestro Señor la naturaleza de su reino. Leemos que Judas fue a prenderlo «con una gran multitud armada de palos y espadas.» Evidentemente esperaban que nuestro Señor seria defendido de una manera vigorosa por sus discípulos, y que no podrían hacerlo prisionero sin combatir. Los príncipes de los sacerdotes y los escribas continuaban obstinadamente apegados a la idea de que el reino de nuestro Señor era un reino terrenal, y suponían por lo tanto que trataría de sostenerlo con medios mundanos. Tenían aún que aprender la solemne lección contenida en las palabras de nuestro Señor a Pilatos, «Mi reino no es de este mundo: ahora pues mi reino no es de aquí.» Joh_18:36.

Haremos bien en recordarlo cuando intentemos extender el reino de la verdadera religión. No debe propagarse por medio de la violencia ni con las armas de la carne. «Las armas de nuestra guerra no son carnales.» 2Co_10:4. «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, dice el Señor de los ejércitos.» Zec_4:6. La causa de la verdad no demanda fuerza para sostenerse. Las falsas religiones, como el Mahometismo, se han extendido a menudo por medio de la espada; y el falso Cristianismo, como el da la iglesia romanista, ha sido impuesto a los pueblos valiéndose de persecuciones sanguinarias. Pero el verdadero Evangelio de Cristo no requiere semejantes ayudas; se apoya en el poder del Espíritu Santo; crece y se desarrolla por la influencia que el Espíritu Santo ejerce en los corazones y en las conciencias. La señal mas clara de que una causa religiosa es mala es la disposición a apelar a la fuerza o al brazo seglar.

Notemos, en segundo lugar, en estos versículos, como todos los detalles de la, pasión de nuestro Señor acontecieron de la manera que los anunciaba la palabra de Dios. Las palabras que dirigió a los que lo prendieron, lo muestran evidentemente: «es preciso que se cumplan las Escrituras..

No hubo accidentes en los acontecimientos que marcaron el término del ministerio terrenal de nuestro Señor, ni fueron productos del acaso. Las huellas que fue dejando desde Getsemaní al Calvario estaban marcadas centenares de años antes. El Salmo veinte y dos, y el capítulo cincuenta y tres de Isaías, se cumplieron al pie de la letra. La rabia de sus enemigos, el alejamiento de su propia nación, el hecho de ser tratado como un malhechor, de ser condenado por la asamblea de los malvados, todo se sabía de antemano, y todo había sido previsto. Todo lo que aconteció fue tan solo la realización del gran designio de Dios de preparar una expiación por los pecados del mundo. Los hombres armados que Judas condujo para apoderarse de Jesús, fueron como Nabucodonosor y Se-Naquerib, instrumentos inconscientes para que tuvieran efecto los propósitos divinos.

Sea motivo de tranquilidad para nuestras almas saber que todo lo que nos rodea ha sido ordenado y arreglado por la sabiduría omnipotente de Dios. El curso de los sucesos de este mundo podrá ser a menudo contrario a nuestros deseos; la condición de la iglesia será a veces muy distinta de la que deseamos; la maldad de los mundanos, y las inconsecuencias de los creyentes afligirán con frecuencia nuestras almas; pero hay una mano sobre nosotros, que mueve esta máquina del universo, y que hace que todas las cosas trabajen de consuno en gloria suya. Las Escrituras se han sido cumpliendo año tras año; ni una jota ni una tilde dejará de cumplirse. Los reyes podrán coligarse, y los príncipes de las naciones pronunciarse contra el Cristo, Psa_2:2, pero en el día de la resurrección se probará, que aun en los períodos más tenebrosos, todo sucedía según la voluntad de Dios.

Notemos, por u ltimo, en estos versículos, como puede flaquear la fe de los verdaderos creyentes. Se nos dice que cuando Judas y su partida se apoderaron de nuestro Señor, y permitió tranquilamente que lo prendiesen, los once discípulos «todos lo abandonaron.» Quizás hasta aquel momento los había sostenido la esperanza de que el Señor haría un milagro, y se libraría de sus enemigos, pero cuando vieron que no hacia ningún milagro, el valor los abandonó, olvidaron todas sus anteriores protestas; el viento se llevó todas las promesas que habían hecho de morir con su Maestro antes que dejarlo, y el terror del peligro presente ahogó todos sus sentimientos. «Todos lo abandonaron y huyeron..

Hay algo muy instructivo en este incidente; merece que todos los que profesan ser cristianos lo estudien con la mayor atención. ¡Feliz el que estudia la conducta de los discípulos de nuestro Señor, y recoge de ella alguna enseñanza! Que la huida de los once discípulos nos enseñe a no confiar demasiado en nuestras fuerzas, y que el temor es un lazo. Nunca sabemos que haremos, si somos tentados, o hasta que extremos nos llevará la flaqueza de nuestra fe. Revistámonos de humildad.

Aprendamos a ser caritativos cuando juzguemos a otros cristianos. No esperemos demasiado de ellos, o los clasifiquemos por deficientes en gracia, si los vemos sucumbir a una falta. No olvidemos que aun los apóstoles escogidos por nuestro Señor lo abandonaron en la época de su necesidad; y que, sin embargo, el arrepentimiento volvió a levantarlos, y fueron los pilares de la iglesia de Cristo.

Finalmente, no concluyamos las meditaciones de este pasaje sin la profunda convicción de lo capaz que es el Señor de simpatizar con los que en El creen. De todas las pruebas la más grande es vernos burlados en nuestro amor. Es un cáliz muy amargo pero que todos los verdaderos cristianos tienen que beber con frecuencia. Los ministros les fallan, los parientes y los amigos; una cisterna tras otra resultan rajadas y que no pueden contener agua ninguna. Pero consuélense con la idea de que hay un Amigo firme, Jesús, que se conmueve sintiendo sus flaquezas, y que ha gustado sus dolores.

Jesús sabe lo que es tener amigos y discípulos que flaquean en la hora de la necesidad. Sin embargo, lo sufrió pacientemente, y los amó a pesar de todo. Nunca se cansa de perdonar. Hagamos lo mismo; que ese sea nuestro empeño.

De todas maneras, Jesús nunca nos faltará. Está escrito que « compasiones no faltan.» Lam. 3.22

Marcos 14:53-65

Salomón nos dice en el libro del Eclesiastés, que había visto un gran mal bajo el sol, «el necio colocado en altas dignidades, y el rico sentado en lugar bajo.» Ecles. 10.6.

No podemos imaginar una aplicación más completa de estas palabras que los hechos que nos relata el pasaje que tenemos a la vista. Vemos al Hijo de Dios, «en quien están encerrados todos los tesoros de sabiduría y ciencia,» acusado como malhechor, «ante los príncipes de los sacerdotes, los ancianos, y los escribas.»Vemos a los hombres principales de la nación judía coligándose para matar a su Mesías, y juzgando al que un día vendrá en gloria a juzgarlos a ellos y al género humano entero. Todo esto nos parece maravilloso, pero es verdadero.

Observemos en estos versículos cuan desalentadoramente los cristianos van a veces al encuentro de las tentaciones. Se nos dice que cuando se llevaron preso a nuestro Señor, «Pedro lo siguió de lejos y aun hasta el palacio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados, y se calentó al fuego. ¡Que imprudente fue esa conducta! Habiendo ya huido y abandonado a su Maestro, debió recordar su debilidad, y no exponerse de nuevo al peligro. Fue un acto arrebatado y presuntuoso, pues puso su fe a nuevas pruebas, para las cuales no estaba preparado. Se mezcló con malas compañías, de las cuales no era posible que recabara bien, sino daño. Abrió el camino a su trasgresión u ltima y más grande, negar tres veces repetidas a su Maestro.

Pero la experiencia nos suministra un principio que nunca debe olvidarse, y es que cuando un creyente empieza a tropezar y pierde su fe primera, rara vez se detiene en su primer mal paso. Raro es que dé tan solo un tropezón y que cometa solo una falta. Tal parece que su inteligencia se ciega; que se desprende del sentido común y de la discreción, y que como un peñasco que rueda montaña abajo, cuanto más va pecando, más rápida y mas decidida es su carrera. Como David, podrá empezar por la pereza, y acabar por todos los crímenes posibles. Como Pedro, podía empezar por la cobardía, seguir después exponiéndose neciamente a las tentaciones y al fin acabar por negar a Cristo.

Si tenemos alguna idea de lo que es la verdadera religión que salva, guardémonos de comenzar con tergiversaciones; es como dejar salida al agua, que primero es una gota y después un torrente. Una vez desviados de la senda de la santidad, no se puede decir hasta donde llegaremos. Así que comenzamos a incurrir en inconsecuencias por ligeras que sean, el día menos pensado nos encontraremos cometiendo toda clase de maldades. Mantengámonos siempre lejos del borde del abismo del mal. No juguemos con candela; no nos imaginemos nunca que somos demasiado exigentes, estrictos y exactos en nuestra conducta. De las peticiones en la oración dominical ninguna es más importante que la u ltima «No nos dejes caer en tentación..

Observemos, en segundo lugar, en estos versículos, cuanto tuvo que sufrir nuestro Señor Jesucristo por los mentirosos, cuando fue entregado ante los príncipes de los sacerdotes. Se nos dice que «dieron falsos testimonios contra El, pero sus testimonios no concertaban..

Fácilmente podemos concebir que este período de la pasión de nuestro bendito Salvador no fue el menos terrible. Ser prendido injustamente como un malhechor, y juzgado como un criminal, siendo inocente, es una aflicción severa; pero oír a los calumniadores inventar falsas acusaciones contra nosotros y calumnias, oír la virulencia maligna de lenguas escandalosas desatarse para ultrajar y manchar nuestra reputación, y tener la conciencia que todo es falso, es cargar, en verdad, con una cruz muy pesada. Salomón dice que « las palabras de un enredador son como heridas.» Prov. 18.8. «Libra mi alma,» dice David, «de labios mentirosos y de una lengua engañosa.» Psa_120:2. Y esto era tan solo una parte del cáliz que Jesús bebió por amor a nosotros. ¡Grande fue, en verdad, el precio con que nuestras almas fueron redimidas! Que los verdaderos cristianos no se sorprendan si en este mundo se ven murmurados y sus actos mal interpretados. No deben esperar ser mejor tratados que su Señor. Esperen, al contrario, ese tratamiento como cosa muy natural, y vean en él algo de esa cruz que todos tienen que echarse a cuestas así que se convierten. Las mentiras y las falsas acusaciones son las armas más favoritas de Satanás. Cuando no puede alejar a los hombres del servicio de Cristo, se esfuerza en mortificarlos y en hacer desagradable ese servicio. Sufrámoslo pacientemente y no lo tengamos por extraño. Tengamos siempre en la memoria estas palabras del Señor Jesús: «¡Ay de vosotros, si todos los hombres hablan en bien de vosotros!» Luk_6:26. «Bienaventurados seréis, cuando los hombres por mi causa os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren falsamente toda suerte de mal contra vosotros.» Mat_5:11.

Observemos, u ltimamente, en estos versículos, que testimonio tan claro dio nuestro Señor de su carácter Mesiánico, y de su segunda venida en gloria. El sumo sacerdote le dirige esta solemne cuestión, « ¿Eres tu él Cristo, el Hijo del Bendito?» y recibe al momento esta respuesta tan enfática, « Lo soy; y veréis al Hijo de Hombre sentado a la diestra del poder de Dios y que viene en las nubes del cielo..

Recordemos de continuo estas palabras de nuestro Señor Los Judíos no pudieron decir después que esas palabras fueron pronunciadas, que no se les dijo claramente que Jesús de Nazaret era el Cristo de Dios. Ante el concilio de los sacerdotes y ancianos declaró, «Yo soy el Cristo.» Los judíos no pudieron decir después que era una persona tan humilde y tan pobre que no en digno de crédito. Los apercibió muy claro de que su gloria y su grandeza eran futuras; las defería y posponía hasta su segunda venida. Lo verían después revestido de poder real y de magostad, «sentado a la diestra del poder de Dios,» descender sobre las nubes del cielo, como Juez, Conquistador, y Rey. Si Israel fue Incrédulo, no fue por no haberle dicho que debía creer.

Dejemos este pasaje con la firme convicción de la realidad y certeza de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo afirMarcos poderosamente que vendrá otra vez a juzgar el mundo. Que esta sea una de las verdades cardinales de nuestro Cristianismo personal. Vivimos recordando diariamente que nuestro Salvador volverá un día a este mundo; que el Cristo en quien oreemos no es solamente el Cristo que murió por nosotros y resucitó, Cristo que vive e intercede por nosotros, sino el Cristo que volverá un día glorioso a reunir y premiar a su pueblo, y a castigar a todos sus enemigos.

Marcos 14:66-72

Un naufragio es un espectáculo melancólico, aun cuando no se pierda ninguna vida. Es triste pensar en la destrucción de propiedad y en la pérdida de las esperanzas que son sus consecuencias. Penoso es contemplar los sufrimientos y las fatigas a que tienen exponerse las tripulaciones de los buques en su lucha para evitar ahogarse. Pero ningún naufragio es ni con mucho tan melancólico como las tergiversaciones y caídas de un verdadero cristiano. Mucho pierde con la caída aunque sea de nuevo alzado por fe misericordia de Dios y librado finalmente del infierno. Los versículos que acabamos de leer han evocado ante nuestra mente ese espectáculo. Cuéntasenos en ellos esa historia tan dolorosa y tan instructiva, como Pedro negó a su Señor.

Aprendemos, en primer lugar, en esos versículos, cuan completa y vergonzosamente puede un gran santo caer. Sabemos que Simón Pedro era un apóstol eminente de Jesucristo. Después de la noble confesión que había hecho de Su carácter Mesiánico, recibió de los labios de nuestro Señor una recomendación especial: «Bendito eres, Simón Barjona :» «Yo te daré las llaves del reino de los cielos.» Había gozado de privilegios especiales, y había sido el recipiente de mercedes especiales. Sin embargo, vemos a ese mismo Simón Pedro dominado tan completamente por el miedo que llegó a negar a su Señor. ¡Declara que no conoce al que había acompañado y con quien había vivido por tres años! ¡Declara que no conoce a Aquel que había curado a su suegra, que lo había llevado al monte de la transfiguración, y que lo había salvado de ahogarse en el Marcos de Galilea! ¡Y no niega a su Maestro una vez solamente, sino que lo hace tres veces! ¡Y no lo niega simplemente, sino que «maldice y jura»! ¡Y sobre todo lo hace a pesar de apercibimientos terminantes, y de sus clamorosas protestas, que antes de hacer cosa semejante, preferiría morir! Estas cosas se han escrito para mostrar a la iglesia de Cristo lo que es la humana naturaleza aun en el mejor de los hombres. Tienen por objeto enseñarnos, que aun después de la conversión y de la renovación del Espíritu Santo, los creyentes están asediados de flaquezas y expuestos siempre a caer. Han sido relatadas para hacernos comprender la inmensa importancia de una vigilancia diaria de la oración y de la humildad mientras permanezcamos en el cuerpo. «Que el que piensa estar firme, tenga cuidado no sea que caiga..

Recordemos cuidadosamente que el caso de Simón Pedro no es u nico en su género. La palabra de Dios contiene otros muchos ejemplos de las debilidades de verdaderos creyentes y que haríamos bien en meditar. Las historias de Noé, Abrahán, David y Ezequías, nos suministrarán pruebas lamentables, de que «la infección del pecado continua aun en los regenerados « y que ningún hombre es bastante fuerte para considerarse exento de todo peligro de caer. No lo olvidemos; y marchemos humildemente por los senderos de Dios. «Feliz el hombre que siempre teme.» Pro_28:14.

Aprendamos, en segundo lugar, en estos versículos, como una pequeña tentación puede ser la causa de la caída grave de un santo. El principio de las pruebas de Pedro fue tan solo la simple observación de una criada del sumo sacerdote: «Tú también estabas con Jesús de Nazaret.» No hay nada que pruebe que al decir eso tuviera ningún intento hostil. Por lo que podemos juzgar, la criada no se propuso otra cosa sino manifestar que se acordaba de que Pedro era un compañero habitual de nuestro Señor. Pero esta simple observación fue bastante para echar por tierra la fe de un apóstol eminente, y hacerlo que principiara a negar a su Maestro, y ¡El principal, el más preeminente de los discípulos escogidos por nuestro Señor es vencido, no por las amenazas de hombres armados, sino por el dicho de una débil mujer! Hay algo de muy instructivo en este hecho. Debe enseñarnos que ninguna tentación es demasiado pequeña e indiferente para vencernos, si no velamos y oramos pidiendo sostén y ayuda. Si Dios está por nosotros podemos remover montañas y triunfar de una horda de enemigos. «Todo lo puedo,» dice Pablo, «en Cristo que me fortalece.» Filip. 4.13. Si Dios nos retira su gracia, y nos abandona a nosotros mismos, quedamos como una ciudad sin puertas y sin murallas, presa fácil del primer enemigo que se presente, por débil y despreciable que sea.

Guardémonos de mirar con ligereza las tentaciones porque .nos parezcan insignificantes y pequeñas. Nada de lo que se refiere a nuestras almas es pequeño.

Un poco de levadura hace fermentar toda la masa. Una pequeña centella enciende un gran fuego, y una vía de agua por pequeña que sea puede hacer zozobrar un gran bajel. Una provocación insignificante puede desarrollar en nuestros corazones una gran corrupción, y terminar por turbar profundamente nuestras almas.

Aprendamos, finalmente, en estos versículos, que las tergiversaciones producen a los santos grandes pesares. La conclusión del pasaje afecta mucho. «Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho, Antes que el gallo cante me negarás tres veces.» ¿Quién puede pretender describir los sentimientos que debieron agitar el alma del apóstol? ¿Quién puede concebir su vergüenza, su confusión, las reconvenciones qué se dirigió, y los amargos remordimientos que atormentaron su alma? ¡Haber caído tan criminalmente! ¡Haber reincidido en la caída! Todos estos debieron ser para él agudos pensamientos; debieron entrar en su alma como una punta acerada. ¡Que significación tan profunda y tan solemne en esa simple expresión que a él se refiere–»cuando pensó en ello, lloró!» Pedro experimentó tan solo lo que sienten todos los siervos de Dios que ceden a las tentaciones. Lot y Sansón, David y Josafat en la historia bíblica; Cranmer y Jewell en los anales de nuestra iglesia Anglicana, todos han dejado pruebas evidentes, como Pedro, de que «el apóstata quedará harto de sus propios caminos.» Prov. 14.14. Como Pedro erraron gravemente; y como Pedro se arrepintieron de corazón: pero como Pedro encontraron que habían recogido una cosecha muy amarga en este mundo. Como Pedro fueron graciosamente perdonados; pero como Pedro derramaron muchas lágrimas.

Al dejar este pasaje tengamos la firme convicción que el pecado conduce con toda seguridad al pesar, y que el camino de la santidad es siempre el camino de la mayor felicidad. El Señor Jesús ha decretado en su misericordia que nunca pueda ser provechoso a sus siervos marchar descuidados y ceder a las tentaciones. Si le volvemos la espalda estemos seguros que de ello nos doleremos Aunque nos perdone, nos hará sentir la locura de nuestros pasos Los que sigan al Señor más decididamente, esos lo seguirán con más reposo. «Se multiplicarán los pesares de los que corren tras dioses ájenos.» Salmo 16.4.

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