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Juan 17: La Gloria de la Cruz

Después de decir todo aquello, Jesús elevó la mirada al Cielo y dijo:

-Padre, ha llegado la hora. Glorifica a Tu Hijo para que Él Te glorifique a Ti. Glorifícale, de la misma manera que Le diste autoridad sobre toda la humanidad para que pueda dar la vida eterna a todos los que Le has dado. La vida eterna es conocerte a Ti, Que eres el único Dios verdadero, y a Jesucristo Tu enviado. Yo ya Te he glorificado en la Tierra acabando la obra que Tú Me encargaste; y ahora, Padre, glorifícame en Tu propia presencia con la gloria que tuve contigo antes que empezase el mundo.

Para Jesús, la vida tenía un clímax, que era la Cruz. Para Él, la Cruz era la gloria de la vida y el acceso a la gloria de la eternidad. «Ha llegado la hora -había dicho Jesús- de que el Hijo del Hombre sea glorificado» (Joh_12:23 ). ¿Qué quería decir Jesús cuando hablaba de la Cruz como Su gloria y Su glorificación? Se puede contestar de varias maneras.

(i) Es uno de los Hechos de la Historia que una y otra vez fue en la muerte cuando las grandes figuras alcanzaron la gloria. Fue cuando murieron, y cómo murieron, lo que mostró realmente quiénes y cómo eran. Puede que fueran malentendidos, infravalorados y hasta condenados como criminales durante su vida; pero su muerte hizo ver cuál era su verdadero lugar en el esquema de las cosas.

Abraham Linco1n tuvo enemigos en la vida; pero hasta los que más le habían criticado vieron su grandeza cuando murió. Alguien salió de la habitación donde yacía Lincoln después que el disparo de un asesino acabara con su vida, diciendo: «Ahora pertenece a las edades» -queriendo decir «a la Historia» o «a la eternidad.» Stanton, su ministro de la guerra, que siempre había tenido a Lincoln como ingenuo y primitivo, y que no se había molestado en ocultarle su desprecio, inclinó la vista hacia el cuerpo muerto con lágrimas en los ojos, y dijo: «Ahí yace el mayor hombre de estado que ha conocido el mundo.»

Los ingleses mandaron a Juana de Arco a la hoguera por bruja y hereje. Entre los espectadores había un inglés que había jurado aportar su leño al fuego; pero entonces dijo: «¡Ojalá mi alma fuera adonde está ahora ya el alma de esa mujer!» Y uno de los secretarios del rey de Inglaterra abandonó la escena diciendo: «¡Estamos condenados, porque hemos quemado a una santa!»

Cuando ejecutaron a Montrose, le llevaron por la calle Alta de Edimburgo hasta la Cruz del Mercado. Sus enemigos habían azuzado a la multitud para que le insultara, y hasta habían repartido municiones para que se las arrojaran; pero no se elevó ninguna voz para maldecirle ni mano para herirle. Llevaba puesta su mejor ropa, con cintas en los zapatos y elegantes guantes blancos en las manos. James Frazer, un testigo presencial, dijo: «Bajó la calle con tal señorío, y tanta nobleza, majestad y dignidad reflejaba su rostro, que alucinaba a los espectadores, y muchos de sus enemigos reconocieron que era el hombre más valiente del mundo, dotado de una gallardía que abarcaba a toda la multitud.» John Nicoll, el notario, testificó que Montrose parecía más uno que iba a su boda que un criminal a su ejecución. Un inglés que estaba entre el gentío, agente del gobierno, informó a sus superiores: «Está fuera de toda duda que ha conquistado a más hombres en Escocia con su muerte que habría conquistado si hubiera vivido. Porque yo no he visto un hombre con un porte más digno en toda mi vida.»

Una y otra vez, la majestad de un mártir se traslucía en su muerte. Eso sucedió con Jesús; porque, hasta el centurión que estaba al pie de la cruz quedó diciendo: «¡No cabe duda de que Éste era el Hijo de Dios!» La Cruz fue la gloria de Jesús porque fue en ella donde mostró supremamente Su majestad, y desde donde atrae a Sí definitivamente el reconocimiento, el amor y la lealtad de la humanidad.

LA GLORIA DE LA CRUZ

(ii) Además, la Cruz fue la gloria de Jesús porque fue la culminación de Su obra. «He llevado a cabo el trabajo» -dijo Jesús al Padre- que Tú me encargaste.» Para Él, el haberse detenido antes de la Cruz habría supuesto dejar su labor sin terminar. ¿Por qué? Porque había venido a este mundo para enseñarle a la humanidad el amor de Dios, no sólo con palabras, sino con toda Su vida. El detenerse antes de la Cruz habría equivalido a decir que el amor de Dios llegaba hasta ahí, y no más. Llegando a la Cruz, Jesús mostró que no hay nada que el amor de Dios no esté dispuesto a asumir por la humanidad; que no tiene límites, literalmente.

H. L. Gee cuenta un incidente de la guerra en Bristol. Estaba estacionado como mensajero en uno de los puestos de defensa de ataques aéreos un chico que se llamaba Derek Bellfall. Le mandaron a otra estación en bicicleta con un mensaje. Una bomba le hirió mortalmente cuando volvía. Cuando le encontraron estaba todavía consciente, y las últimas palabras que susurró fueron: «Informa el mensajero Bellfell: mensaje entregado.»

Un famoso cuadro de la Primera Guerra Mundial representa a un técnico que había ido a arreglar una línea telefónica para que se pudieran mandar y recibir mensajes de vital importancia, cuando le alcanzó una bala. El cuadro le muestra en el momento de la muerte, manteniendo unidos en su mano crispada los dos extremos del cable, y tiene el sencillo título de: «¡Comunicación restablecida!» Le había costado la vida, pero había cumplido su misión.

Eso es precisamente lo que hizo Jesús. Cumplió su cometido; hizo llegar a la humanidad el amor de Dios. Para Él aquello supuso la Cruz; y la Cruz fue Su gloria porque acabó la obra que el Padre Le había encargado: consiguió que los hombres y las mujeres ya no pongan en duda el amor de Dios.

(iii) Hay otra cuestión: ¿Cómo glorificó la Cruz a Dios? La única forma de glorificar a Dios es obedecerle. Un niño honra a sus padres cuando los obedece; un ciudadano contribuye a la gloria de su país cuando obedece sus leyes; un estudiante honra a su profesor cuando sigue y pone en práctica su enseñanza. Jesús dio honor y gloria a Dios con Su perfecta obediencia. La historia evangélica deja muy claro que Jesús pudo evitar la Cruz. Humanamente hablando, podría haber vuelto la espalda y no haber ido a Jerusalén. Cuando vemos a Jesús en Sus últimos días en la Tierra, no podemos por menos de decir: «¡Fijaos cómo amaba a Dios! ¡Fijaos a qué extremo Le llevó la obediencia!» Glorificó a Dios en la Cruz ofreciéndole la perfecta obediencia de un amor perfecto.

(iv) Pero hay todavía más: Jesús Le pidió a Dios que Le glorificara y que Se glorificara. La Cruz no era el final. Habría de seguirla la Resurrección, que sería la vindicación de Jesús. Fue la demostración de que, aunque la humanidad Le hiciera lo peor, Jesús no sería derrotado, sino saldría vencedor. Fue como si Dios señalara a la Cruz y dijera: «Eso fue lo que la humanidad le hizo a Mi Hijo;» y luego señalara a la Resurrección, y dijera: «Y eso fue lo que Yo hice por Mi Hijo.» La Cruz era lo peor que la humanidad podía hacerle a Jesús, pero ni aun así Le conquistó. La gloria de la Resurrección borra la vergüenza de la Cruz.

(v) Para Jesús, la Cruz era el camino de vuelta. «Glorifícame -oró- con la gloria que tuve antes que el mundo empezara.» Era como un caballero que hubiera salido de la corte de su rey para realizar alguna hazaña heroica y peligrosa, y que, una vez cumplida su misión, volvía en triunfo a gozar de la gloria de la victoria. Jesús vino de Dios y volvió a Dios. La empresa gloriosa entre Su venida y Su vuelta culminó en la Cruz. Para El, por tanto, la Cruz era la puerta de entrada a la gloria; y, si hubiera rehusado pasar por ella, ¿cómo habría vuelto a la gloria? ¿Habría habido una gloria a la que volver? Para Jesús la Cruz fue Su vuelta a Dios.

LA VIDA ETERNA

Hay otra idea importante en este pasaje, porque contiene la gran definición que da el Nuevo Testamento de la vida eterna: es conocer a Dios, y a Jesucristo, a Quien Él ha enviado. Recordemos lo que quiere decir eterno. En griego es aiónios. Esta palabra tiene que ver, no tanto con la duración de la vida -porque una vida que fuera interminable no tendría que ser por ello deseable- como con la calidad de la vida. Sólo hay Uno al Que se puede aplicar adecuadamente la palabra aiónios, y es Dios. La vida eterna no es otra cosa, por tanto, que la vida de Dios. Poseerla, entrar en ella, es experimentar aquí y ahora algo del esplendor, y la majestad, y el gozo, y la paz, y la santidad que son características de la vida de Dios.

Conocer a Dios es una expresión característica del Antiguo Testamento. La sabiduría es «árbol de vida a los que de ella echan mano» (Pro_3:18 ). «Conocer Tu poder -dijo el escritor de Sabiduría- es la raíz de la inmortalidad (Sabiduría 5:3 ). «Los justos son librados por la sabiduría» (Pro_11:9 ). El sueño de la nueva edad de Habacuc era «que la Tierra estará llena del conocimiento de la gloria de Dios» (Hab_2:14 ). Oseas oye la voz de Dios que le dice: «Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento» (Hos_4:6 ). Una exposición rabínica pregunta cuál es la porción más pequeña de la Escritura que contiene todas las partes. esenciales de la ley, y contesta: Pro_3:6 , que quiere decir literalmente: «Reconócele en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas.» También había una exposición rabínica que decía que Amós había reducido todos los mandamientos de la ley a uno solo, cuando dijo: «Buscadme, y viviréis» (Amo_5:4 ), porque buscar a Dios quiere decir buscar conocerle. Los maestros judíos hacía mucho que insistían en que conocer a Dios es necesario para vivir la verdadera vida. Entonces, ¿qué quiere decir conocer a Dios?

(i) Sin duda hay un elemento de conocimiento intelectual. Quiere decir, por lo menos en parte, saber cómo es Dios; y eso es algo que cambia radicalmente la vida. Tomemos dos ejemplos. Los pueblos primitivos creen en una multitud de dioses. Todos los árboles, arroyos, cerros, montañas, ríos y piedras tienen sus dioses y espíritus, que son hostiles, y los pueblos primitivos se sienten asediados por ellos, y viven en constante temor de ofenderlos. Los misioneros nos dicen que es casi imposible entender la oleada maravillosa de alivio que llega a esos pueblos cuando descubren que no hay más que un solo Dios. Este nuevo conocimiento hace que todo sea distinto de como era antes. Además, es radicalmente otra cosa saber que Dios no es vengativo ni cruel, sino amor.

Estas cosas las sabemos; pero no las habríamos sabido si Jesús no hubiera venido a decírnoslas. Entramos en una nueva vida, participamos de algo de la vida de Dios mismo cuando, gracias a Jesús, descubrimos cómo es Dios. Es una parte esencial de la vida eterna saber cómo es Dios.

(ii) Pero hay algo más. En el Antiguo Testamento se usa corrientemente la palabra conocer con el sentido de la relación sexual. «Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín» (Génesis 4: l). Ahora bien: el conocimiento entre marido y mujer es el más íntimo que puede haber. Marido y mujer ya no son dos, sino una sola carne. El acto sexual no es lo más importante, sino la intimidad e identidad de corazón, mente y alma que en el verdadero amor lo preceden. Conocer a Dios no es, por tanto, un mero conocimiento intelectual de Él, sino una íntima relación personal con Él que es como la relación más próxima y amada de la vida. De nuevo hemos de decir que, sin Jesús, tal intimidad con Dios habría sido impensable e imposible. Es Jesús el Que nos ha enseñado que Dios no es un Ser remoto e inasequible, sino el Padre Cuya naturaleza es amor.

Conocer a Dios es no sólo saber cómo es, sino también estar en términos de la más íntima relación de amistad con Él; y ninguna de las dos cosas es posible sin Jesucristo.

LA OBRA DE JESÚS

Juan 17:6-8

Les he revelado Tu nombre a los hombres que Me diste sacándolos del mundo. Eran Tuyos cuando Me los diste, y han recibido Tu Palabra. Ahora ya se dan cuenta de que todo lo que Me has dado procede de Ti, porque Yo les he dado las palabras que Tú Me diste a Mí, y ellos las han recibido, y ahora ya saben a ciencia cierta que Yo vine de Ti, y creen que fuiste Tú Quien Me enviaste.

Jesús nos da aquí una definición de Su obra. Le dice a Dios: «He revelado Tu nombre.»

Aquí hay dos grandes ideas que les resultarían claras a los que lo leyeran por primera vez.

(i) Hay una idea que es esencial y característica del Antiguo Testamento. Allí se usa la palabra nombre en un sentido especial; No quiere decir simplemente el nombre propio de una persona, sino todo su carácter en tanto en cuanto puede conocerse. El salmista dice: «En Ti confiarán los que conocen Tu nombre» (Psa_9:10 ). Está claro que no se refiere a los que saben que Dios se llama Jehová, o de cualquiera otra de las maneras que se encuentran en el Antiguo Testamento; sino los que saben cómo es Dios, Su carácter y naturaleza: esos son los que se alegran de poner en Él su confianza.

El salmista dice: «Estos presumen de carros, y aquellos de caballos; pero nosotros no estamos orgullosos más que del nombre del Señor Dios» (Psa_20:7 ). Esto quiere decir que él puede confiar en Dios porque sabe cómo es. «Anunciaré Tu nombre a mis hermanos» (Psa_22:22 ). Este era un Salmo que los judíos creían que era una profecía del Mesías y de la obra que realizaría; y quiere decir que el Mesías declararía a la humanidad cómo es Dios. El profeta Isaías comprendió que Dios decía de la nueva era: «Mi pueblo sabrá Mi nombre por esto en aquel día: porque Yo mismo, el Que estoy hablando, estaré presente» (Isa_52:6 ). Eso es tanto como decir que, en la era mesiánica, se sabrá a ciencia cierta cómo es Dios.

Así que, cuando Jesús dice: «He revelado Tu nombre,» quiere decir: «He dado a la humanidad la posibilidad de ver cuál es la verdadera naturaleza de Dios.» Es otra manera de decir: «El que Me ha visto a Mí, ha visto al Padre» (Joh_14:9 ). Es la suprema afirmación de Jesús que, en Él, la humanidad ve la mente, el carácter y el corazón de Dios.

(ii) Pero hay otra idea aquí. En tiempos algo más avanzados, cuando los judíos hablaban del nombre de Dios se referían al tetragrámaton, el nombre de cuatro letras que se transcribiría YHWH. Ese nombre era tan sagrado para los judíos que no se pronunciaba nunca, excepto una vez al año, el sumo sacerdote cuando entraba en el lugar santísimo el día de la expiación. Las cuatro letras corresponden al nombre de YAHWEH. Se suele escribir Jehová, aunque nunca se pronunciaba así, sino Adónay, que quiere decir el Señor. En la escritura hebrea no se representan las vocales; y sólo más tarde, hacia el siglo X de la era cristiana, se pusieron unos puntits y rayitas por encima o por debajo de las consonantes para ayudar a la lectura. En el caso de las cuatro letras de YHWH no se representó su pronunciación, sino se le pusieron las vocales de Adónay (la primera a brevísima) para indicar que así era como se debía pronunciar. Es decir: que, en tiempos de Jesús, el nombre de Dios era tan sagrado que las personas normales y corrientes jamás se atreverían a pronunciarlo. Jesús está pues diciendo: «Os he dicho el nombre de Dios; ese nombre que es tan sagrado ahora lo podéis pronunciar gracias a lo que Yo he hecho: he traído al Dios remoto e invisible tan cerca de vosotros que hasta el más sencillo Le puede hablar y tomar Su nombre en sus labios.»

Es la gran proclama de Jesús que Él la revelado a la humanidad la verdadera naturaleza y el auténtico carácter de Dios; y que ha traído a Dios tan cerca de nosotros que hasta el cristiano más humilde puede tomar en sus labios el nombre antes inefable de Dios.

EL SENTIDO DEL DISCIPULADO

Este pasaje ilumina también el sentido del discipulado.

(i) El discipulado cristiano se basa en el hecho de que Jesús ha venido de Dios. Un discípulo es una persona que se ha dado cuenta de que Jesús es el Embajador de Dios, y que en Sus palabras oímos la voz de Dios, y en Sus obras vemos a Dios en acción. El discípulo ve a Dios en Jesús, y sabe que no hay nadie que sea una misma cosa con Dios excepto Jesús.

(ii) El discipulado conduce a la obediencia. El discípulo es el que obedece la Palabra de Dios como la recibe en Jesús. Es el que se somete al magisterio de Jesús. Mientras queramos seguir haciendo lo que queramos, no podemos ser discípulos; el discipulado implica sumisión.

(iii) El discipulado es algo que está programado. Las personas que pertenecen a Jesús Le han sido dadas por Dios. En el plan de Dios estaban destinadas para el discipulado. Eso no quiere decir que Dios destinó a algunas personas para que fueran discípulos, y a otros para que rechazaran el discipulado. Piensa en ello de este modo: un padre tiene grandes sueños acerca de su hijo; se forja un plan de futuro para él; pero el hijo puede rehusar ese plan y seguir su propio camino. Un profesor prevé un gran futuro para un estudiante; ve que tiene posibilidad de hacer una gran obra; pero el estudiante puede rechazar el plan que se le presenta. Si amamos a una persona, siempre estamos soñando con su futuro y haciendo planes ambiciosos para ella; pero los planes y los sueños se pueden frustrar. Los fariseos creían en la fatalidad, pero también en el libre albedrío. Uno de sus grandes dichos era: «Todo está determinado excepto el temor del Señor.» Dios tiene Su plan, Su sueño, su destino para cada persona; y nuestra tremenda responsabilidad consiste en aceptarlo o rechazarlo. Como ha dicho alguien: «Fatalidad es lo que no tenemos más remedio que hacer; destino, lo que se supone que debemos hacer.»

Hay en todo este pasaje, y más aún en todo este capítulo, una confianza ilusionada acerca del futuro en la voz de Jesús. Estaba con Sus hombres, los que Dios Le había dado; daba gracias a Dios por ellos; y nunca dudaba de que llevarían a cabo la misión que El les había confiado. Recordemos qué y quiénes eran. Un gran comentador dijo: «¡Once paletos galileos después de tres años de labor! Pero es suficiente para Jesús, porque en esos once ve la garantía de la continuidad de la obra de Dios en la Tierra.» Cuando Jesús salió de este mundo, no parecía que podía tener mucha base para la esperanza. Él mismo parecía haber conseguido bien poco y ganado a muy pocos, y eran los grandes y los ortodoxos y los religiosos de Su tiempo los que se habían vuelto contra El. Pero Jesús tenía la confianza que tiene su manantial en Dios. No tenía miedo de los principios humildes. No era pesimista acerca del futuro. Parecía decir: «No he ganado más que a once hombres normales y corrientes; pero dadme esos once, y le daré la vuelta al mundo.»

Jesús tenía dos cosas: fe en Dios y fe en Sus hombres. Es una de las cosas que más entusiasman en el mundo el pensar que Jesús puso Su confianza en personas como nosotros. Nosotros tampoco nos tenemos que desanimar por las debilidades humanas ni por los principios humildes. Nosotros también debemos lanzarnos adelante con una fe confiada en Dios y en las personas. Así no seremos nunca pesimistas; porque, con esta doble fe, nuestras posibilidades en la vida son ilimitadas.

ORACIÓN DE JESÚS POR SUS DISCÍPULOS

Juan 17:9-19

-Es por ellos por los que Te pido. No estoy intercediendo por el mundo, sino por los que Me has dado, porque son Tuyos. Todo lo que tengo Yo es Tuyo, y todo lo que Tú tienes es Mío. Y por medio de ellos se Me ha dado gloria. Yo ya no estoy en el mundo; pero estos sí están en el mundo, y Yo voy a Ti. Padre Santo, mantenlos en Tu nombre a los que Me has dado, para que sean una cosa como Nosotros somos una cosa. Cuando Yo estaba con ellos, Yo los mantenía en Tu nombre a los que Me diste. Yo los guardé de tal manera que no se Me perdió ninguno de ellos, excepto el que estaba destinado a perderse, lo que sucedió para que se cumplieran las Escrituras. Pero ahora vuelvo contigo. Digo esto mientras estoy todavía en el mundo para que tengan Mi gozo en sí en plenitud. Yo les di Tu palabra, y el mundo los aborreció porque no son del mundo. No Te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del malo. No son del mundo, como tampoco lo soy Yo. Conságralos mediante Tu verdad; Tu Palabra es la verdad. Como Tú Me enviaste al mundo, así los envío Yo ahora. Por amor de ellos Yo Me consagro, para que ellos también estén consagrados por la verdad.

Aquí tenemos un pasaje henchido de verdades tan grandes que sólo las podemos captar fragmentariamente.

En primer lugar, nos dice algo de los discípulos de Jesús.

(i) El discípulo es un regalo de Dios a Jesús. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que el Espíritu de Dios nos mueve el corazón para que respondamos a la llamada de Jesús.

(ii) Por medio del discípulo le viene gloria a Jesús. El paciente al que ha curado le da gloria al médico; el estudiante al que ha preparado le da gloria al profesor; el atleta al que ha entrenado le da gloria al entrenador. Las personas que Jesús ha redimido Le dan honor a Él. La persona que era mala y se ha vuelto buena es la honra de Jesús.

(iii) El discípulo es una persona a la que se le ha confiado una tarea. Como Dios envió a Jesús, así Jesús envía a Sus discípulos. Aquí está la explicación de algo que nos extraña en este pasaje. Jesús empieza diciendo que no pide por el mundo; y sin embargo, vino porque de tal manera amó Dios al mundo. Pero, como ya hemos visto, en el evangelio de Juan el mundo significa también « la sociedad humana que se organiza sin tener en cuenta a Dios.» Lo que Jesús hace por el mundo es enviarle a Sus discípulos para que conozca a Dios y vuelva a Él.

Jesús ora por Sus discípulos para que sean tales que puedan ganar al mundo para Él. Además, este pasaje nos dice que Jesús les ofreció a los suyos dos cosas.

(i) Les ofreció Su alegría. Todo lo que les estaba diciendo estaba diseñado para comunicarles Su suprema alegría.

(ii) Y también les hizo una advertencia. Les dijo que eran distintos del mundo, y que no podían esperar de él nada más que su odio. Su nivel, sus principios y su escala de valores eran diferentes de los del mundo. Pero es una gozada batallar contra la tormenta y resistir a la marea; y es cuando arrostramos la hostilidad del mundo cuando entramos en el gozo que Jesús nos ha prometido.

Y todavía más: en este pasaje Jesús hace la más gloriosa declaración de propiedad de todas las Suyas. Orando a Dios, Le dice: «Todo lo que tengo Yo es Tuyo, y todo lo que Tú tienes es Mío.» La primera parte es natural y fácil de comprender, porque todo pertenece a Dios, y Jesús lo repitió una y otra vez; pero la segunda parte es alucinante: «¡Todo lo que Tú tienes es Mío!» De esto dijo Lutero: «Esto es algo que ninguna criatura puede decirle a Dios.» Nunca presentó Jesús más claramente Su identidad con Dios. Es una misma cosa con Él de tal manera que dispone de Su mismo poder y prerrogativas.

ORACIÓN DE JESÚS POR SUS DISCÍPULOS

Este pasaje tiene para nosotros un interés tan extraordinario porque nos dice lo que Jesús pedía para Sus discípulos.

(i) La primera cosa-esencial en que debernos fijarnos es que Jesús no Le pidió a Dios que sacara a Sus discípulos de este mundo. El no pidió para ellos una posibilidad de evasión, sino que alcanzaran la victoria. La clase de «cristianismo» que se refugia en conventos o monasterios no Le habría parecido Cristianismo a Jesús. La clase de «cristianismo» que no se identifica nada más que con la oración y la meditación y la vida retirada del mundo Le habría parecido una versión trágicamente truncada de la fe que vino a traernos. Él insistía en que era en medio de las vueltas y revueltas de la vida donde se tenía que vivir el Cristianismo.

Por supuesto que se necesita orar y meditar y retirarse a puerta cerrada para estar a solas con Dios; pero estas cosas no son el fin de la vida, sino medios para alcanzar el fin, que no es otro que demostrar la vida cristiana en los trabajos y las pruebas de la vida del mundo. El Cristianismo no se propone retirar a nadie de la vida, sino equiparle para vivirla mejor. No nos ofrece librarnos de problemas, sino capacitarnos para resolverlos. No nos ofrece una paz fácil, sino una milicia victoriosa. No nos ofrece una vida en la que se evitan y evaden los conflictos, sino en la que se arrostran y conquistan. Con todo y ser indudable que el cristiano no es del mundo, es verdad que es en el mundo donde tiene que vivir su cristianismo. No debe desear abandonar el mundo, sino conquistarlo.

(ii) Jesús pidió por la unidad de Sus discípulos. Donde hay divisiones, exclusividad, competencia entre las iglesias, la causa del Cristianismo está en peligro, y la oración de Jesús, frustrada. No se puede predicar el Evangelio en serio en una congregación que no es una compañía bien unida y trabada de hermanos. Iglesias en competencia no pueden evangelizar al mundo en serio. Jesús pidió que Sus discípulos fueran tan realmente una sola cosa como Él y el Padre; y no ha habido otra oración Suya que los cristianos individuales y las iglesias hayamos puesto tantas trabas para que se cumpliera.

(iii) Jesús Le pidió a Dios que protegiera a Sus discípulos de los ataques del maligno. La Biblia no es un libro teórico. No discute el origen del mal, pero tampoco deja lugar a dudas en cuanto al poder del mal que actúa en este mundo en contra del poder de Dios. Nos da ánimo y confianza saber que Dios está vigilando nuestras vidas como un centinela para mantenerlas a salvo del mal. El hecho de que caigamos en la tentación tantas veces es debido a que tratamos de enfrentarnos con ella dependiendo de nuestras propias fuerzas en lugar de buscar la ayuda y de recordar la presencia de nuestro Protector.

(iv) Jesús pidió que Sus discípulos estuvieran consagrados a la verdad. La palabra para consagrar es haguiazein, que viene del adjetivo haguios, que en la versión Reina-Valera se traduce por santo, pero cuyo sentido más radical es diferente o separado. Según esto, haguiazein tiene dos ideas principales.

(a) Quiere decir separado para una tarea especial. Cuando Dios llamó a Jeremías, le dijo: «Antes de formarte en el vientre te conocí, y antes de que nacieras te consagré, nombrándote profeta de las naciones» (Jer_1:5 ). Desde antes de su nacimiento, ya Dios había separado a Jeremías para un ministerio especial. Cuando Dios estaba instituyendo el sacerdocio en Israel, le dijo a Moisés que ordenara a los hijos de Aarón y los consagrara para que ministraran como sacerdotes (Exo_28:41 ). Los hijos de Aarón fueron apartados para un ministerio y deber especiales.

(b) Pero haguiazein quiere decir, no sólo apartar para algún ministerio o tarea especial, sino también equipar a una persona con las cualidades de mente, corazón y carácter que le serán necesarias para la tarea. Si una persona ha de servir a Dios, debe tener algo de la bondad y de la sabiduría de Dios en sí misma. El que ha de servir al Dios santo tiene que ser también santo. Y así Dios, no sólo escoge a una persona para una tarea especial y la aparta con ese fin, sino que la equipa con las cualidades que necesitará para llevarla a buen término.

Debemos recordar siempre que Dios nos ha escogido y consagrado para un servicio especial, que es amarle y obedecerle, y traerle a otros para que hagan lo mismo. Y Dios no nos deja a merced de nuestros propios recursos, sino nos guarnece en Su gracia para la tarea si ponemos nuestra vida en Sus manos.

UN ATISBO DEL FUTURO

Juan 17:20-21

-No es sólo por estos por los que Te pido, sino también por los que van a creer en su testimonio de Mí. Y Mi oración es para que todos ellos sean una cosa como Tú, oh Padre, eres en Mí, y Yo en Ti; para que ellos estén en Nosotros para que el mundo crea que Tú Me enviaste.

En esta sección, la oración de Jesús ha ido extendiéndose gradualmente hasta abarcar todos los límites de la Tierra. Empezó pidiendo por Sí mismo al encontrarse frente a la Cruz. Pasó luego a pedir por Sus discípulos, y por el poder protector de Dios para ellos. Ahora Su oración remonta el vuelo para contemplar el futuro y los países distantes, y ora por todos los que en tierras y edades todavía lejanas llegarán a conocer y aceptar el Evangelio.

Aquí se nos despliegan dos grandes características de Jesús. La primera: contemplamos Su fe integral y Su radiante certeza. En aquel momento Sus seguidores eran pocos; pero, aun con la Cruz cerrándole aparentemente el paso, Su confianza permanecía inalterable, y estaba pidiendo por los que llegarían a creer en Su nombre. Este pasaje debería sernos especialmente precioso, porque en él vemos a Jesús orando por nosotros. La segunda: vemos la confianza que tenía en Sus hombres. Sabía que no habían llegado a entenderle del todo; sabía que al cabo de muy poco tiempo iban a abandonarle cuando más los necesitara. Sin embargo Jesús veía en esos mismos hombres, con una confianza total, a los que iban a extender Su nombre por todo el mundo. Jesús no perdió nunca ni la fe en Dios ni la confianza en Sus hombres.

¿Cuál fue Su oración por lo que llegaría a ser la Iglesia? Que todos sus miembros fueran una sola cosa, como lo eran El y el Padre. ¿Qué era esa unidad por la que Jesús pedía? No era una unidad de administración u organización; no era, en ningún sentido, una unidad eclesiástica. Era una unidad de relación personal. Ya hemos visto que la unión entre Jesús y Dios era la del amor y la obediencia. Era la unidad del amor la que Jesús pedía al Padre, una unidad en la que las personas se amaran porque Le amaban a Él, una unidad basada totalmente en una relación de corazón a corazón.

Los cristianos no van a organizar sus iglesias nunca de la misma manera en todas partes. Nunca darán culto a Dios exactamente de la misma forma. Ni siquiera llegarán a creer exactamente las mismas cosas y de la misma manera. Pero la unidad cristiana trasciende todas esas diferencias y une a las personas en amor. La causa de la unidad cristiana en el momento presente, como, por supuesto, a lo largo de toda la historia sufre y peligra porque los seres humanos aman sus propias organizaciones eclesiásticas, sus credos y sus rituales, más que a sus hermanos. Si nos amáramos realmente los unos a los otros y a Cristo no habría iglesias que excluyeran a nadie que fuera discípulo de Cristo. El amor que Dios planta en el corazón de las personas es lo único que puede demoler las barreras que se han erigido entre unos y otros y entre sus respectivas iglesias.

Además, según lo vio y lo pidió Jesús, había de ser precisamente esa unidad la que convenciera al mundo de la verdad del Evangelio y del lugar de Cristo. Es más fácil y natural para los humanos el estar divididos que el estar unidos. Es más humano para las personas el disgregarse que el congregarse. La unidad verdadera entre todos los cristianos sería «un hecho tan sobrenatural que revelaría una intervención sobrenatural.» Y lo trágico es que ese frente unido es lo que la Iglesia no le ha presentado nunca al mundo. Ante la desunión de los cristianos, el mundo no puede ver el valor supremo de la fe cristiana. Es nuestra obligación personal el demostrar esa unidad del amor con los semejantes que es la respuesta a la oración de Cristo. Los de a pie en las iglesias podemos y debemos hacer lo que los líderes y responsables se niegan oficialmente a hacer.

EL DON Y LA PROMESA DE GLORIA

Juan 17:22-26

-Yo les he dado la gloria que Tú Me diste para que sean una sola cosa como Nosotros somos una sola cosa. Yo, en ellos, y Tú, en Mí: para que su unidad con Nosotros y entre ellos llegue a ser consumada y completa. Esto lo pido para que el mundo se dé cuenta de que Tú Me enviaste, y de que Tú los has amado a ellos como Me has amado a Mí. Padre: es mi deseo que los que Tú Me has dado estén conmigo adonde Yo voy, para que vean Mi gloria, la que Tú Me has dado; porque Tú Me has amado desde antes de echar los cimientos del universo. Padre Justo: el mundo no Te ha conocido; pero Yo sí, y estos han llegado a comprender que Tú Me enviaste. Yo les he dicho cómo eres, y seguiré diciéndoselo, para que el amor con que Me has amado esté en ellos, y Yo esté en ellos.

Bengel exclamaba al empezar a comentar este pasaje: «¡ Oh, cuán grande es la gloria de los cristianos!»

(i) En primer lugar, Jesús dijo que les había dado a Sus discípulos la gloria que el Padre Le había dado a Él. Debemos comprender bien lo que quería decir. ¿Cuál era la gloria de Jesús? Él mismo hablaba de ella de tres formas.

(a) La Cruz era Su gloria. Jesús no hablaba nunca de ser crucificado, sino de ser glorificado. Por tanto, en primero y principal lugar, la gloria del cristiano es la cruz que le corresponde llevar. Es un honor sufrir por Jesucristo. No debemos considerar nuestra cruz como nuestro castigo, sino como nuestra gloria. Cuanto más dura era la tarea que se le asignaba a un caballero andante, mayor consideraba su gloria. Cuanto más dura sea la tarea que se le imponga a un estudiante, o a un artesano, o a un cirujano, tanto mayor honor le corresponde.

En efecto, lo que se quiere decir es que, cuando el ser cristiano supone difíciles renuncias o privaciones, y aun esfuerzos y sacrificios, debemos considerarlo como una gloria que Dios nos otorga.

(b) La perfecta obediencia de Jesús a la voluntad de Dios era Su gloria. Nosotros encontramos la nuestra, no en hacer lo que nos gusta a nosotros, sino lo que Dios quiere de nosotros. Cuando tratamos de hacer lo que nos gusta -como muchos de nosotros hemos hecho- no cosechamos más que dolor y desastre, para nosotros y para otros. La verdadera gloria de la vida la encontramos en hacer la voluntad de Dios. Cuanto mayor la obediencia, mayor la gloria.

(c) La gloria de Jesús consiste en el hecho de que, al considerar Su vida, se reconoce Su relación única y exclusiva con Dios. Es indudable que nadie podría vivir como Él si no estuviera en una relación extraordinariamente íntima con Dios. Como con Cristo, nuestra gloria consiste en que se vea en nuestra vida el reflejo de Dios.

(ii) En segundo lugar, Jesús dijo que era Su deseo que Sus discípulos vieran Su gloria en los lugares celestiales. El cristiano va a compartir todas las experiencias de Cristo. Si comparte Su Cruz, también compartirá Su gloria. « Palabra fiel es esta: Si morimos con Él, también viviremos con Él; si resistimos, también reinaremos con Él» (2 Timoteo_2:11-12 ). Aquí y ahora vemos borrosamente, como en un espejo, la gloria del Señor; pero un día Le veremos cara a cara (1Co_13:12 ; 2Co_3:18 ). El gozo que experimentamos aquí y ahora es sólo un adelanto del que disfrutaremos entonces allá. La promesa de Cristo es que si compartimos Su gloria y Sus sufrimientos en la Tierra, compartiremos Su gloria y Su triunfo cuando haya terminado nuestra vida presente ¿Qué mayor promesa podría habérsenos hecho?

Después de esta oración de Jesús pasamos inmediatamente a la traición, el juicio y la Cruz. Ya no hablaría más con Sus discípulos antes de padecer. Es maravilloso y precioso recordar que, inmediatamente antes de aquellas terribles horas, Sus últimas palabras no fueron de desesperación, sino de gloria.

Juan 17:1-26

17.1ss Todo este capítulo es la oración de Jesús. A partir de ella, aprendemos que el mundo es un tremendo campo de batalla donde las fuerzas bajo el mando de Satanás y las que están bajo la autoridad de Dios están en guerra. A Satanás y sus fuerzas los motiva un amargo odio hacia Cristo y sus fuerzas. Jesús oró por sus discípulos, incluyendo a quienes lo seguimos hoy en día. Pidió a Dios que guardase del poder de Satanás a sus creyentes escogidos, apartándolos y haciéndolos puros y santos, uniéndolos mediante su verdad.

17.3 ¿Cómo obtenemos la vida eterna? Jesús nos lo dice aquí con claridad: conociendo a Dios el Padre a través de su Hijo, Jesucristo. La vida eterna requiere que los creyentes entremos a una relación personal con Dios en Jesucristo nuestro Señor. Cuando confesamos nuestro pecado y nos apartamos de él, el amor de Cristo vive en nosotros por medio del Espíritu Santo.

17.5 Antes de que Jesús viniese a la tierra, era uno con Dios. En este momento, cuando su misión sobre la tierra casi ha acabado, Jesús pide a su Padre que lo restaurase a su lugar original de honor y autoridad. La resurrección y ascensión de Jesús, y la exclamación que hace Esteban al morir (Act_7:56), atestiguan que Jesús sí volvió a su posición exaltada a la diestra de Dios.

17.10 ¿Qué quiso decir Jesús cuando dijo: «he sido glorificado en ellos»? La gloria de Dios es la revelación de su carácter y su presencia. La vida de los discípulos de Jesús revelan su carácter y El está presente en el mundo a través de ellos. ¿Revela su vida el carácter y la presencia de Cristo?

17.11 Jesús pedía que los discípulos estuvieran unidos en armonía y amor así como lo están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la unión más fuerte de todas. (Véanse las notas a 17.21-23.)

17.12 Judas fue «el hijo de perdición», que se perdió porque traicionó a Jesús (véase Psa_41:9).

17.13 El gozo es un tema común en las enseñanzas de Cristo. El quiere que estemos gozosos (véanse 15.11; 16.24, 33). La clave del gozo sin medida es vivir en contacto íntimo con Cristo, la fuente de todo gozo. Al hacerlo, experimentaremos el especial cuidado y la protección de Dios y veremos la victoria que da Dios aun cuando la derrota parece cierta.

17.14 El mundo odia a los cristianos porque los valores de estos difieren de los del mundo. Como los seguidores de Cristo no colaboran con el mundo uniéndose a su pecado, se convierten en acusaciones vivientes contra la inmoralidad del mundo. El plan que sigue el mundo es el de Satanás, y este es el enemigo declarado de Jesús y de su pueblo.

17.17 Un seguidor de Cristo se santifica (apartado para uso sagrado, lavado y hecho santo) al creer y obedecer la Palabra de Dios (Heb_4:12). Ya ha aceptado el perdón mediante la muerte sacrificial de Cristo (Heb_7:26-27). Sin embargo, la aplicación diaria de la Palabra de Dios tiene un efecto purificador sobre nuestros corazones. Las Escrituras señalan el pecado, nos mueven a confesar, renuevan nuestra relación con Cristo y nos guían de regreso al buen camino.

17.18 Jesús no pidió que Dios quitara a los creyentes del mundo, sino que los usara en el mundo. Como Jesús nos envía al mundo, no tenemos que tratar de escaparnos de él. Tampoco debemos evitar toda relación con inconversos. Tenemos el llamado a ser sal y luz (Mat_5:13-16), y debemos hacer la obra que Dios nos envió a hacer.

17.20 Jesús oró por los que le seguirían, incluyéndolo a usted y a otros que conoce. Oró pidiendo unidad (17.11), protección del mal (17.15) y santidad (17.17). Saber que Jesús oró por nosotros nos debe dar confianza al hacer la obra para el Reino de Dios.

17.21-23 El gran deseo de Jesús era que sus discípulos llegasen a ser uno. Quería que se uniesen para ser un poderoso testimonio de la realidad del amor de Dios. ¿Ayuda a la unidad del cuerpo de Cristo que es la Iglesia? Usted puede orar por otros cristianos, evitar el chisme, edificar a otros, trabajar juntos en humildad, dar de su tiempo y dinero, exaltar a Cristo y rehusar desviarse con discusiones sobre asuntos que provoquen división.

17.21-23 Jesús oró pidiendo unidad entre los creyentes basándose en la unidad de los creyentes con El y el Padre. Los cristianos pueden conocer la unidad entre ellos si viven unidos a Dios. Por ejemplo, cada pámpano que vive unido a la vid lo está también con todos los otros pámpanos que hacen lo mismo.

Juan 17:9-16

Estos versículos, como el resto del capítulo, contienen pensamientos profundísimos, pensamientos que nosotros no alcanzamos a descifrar. Más hay dos puntos que sí están a nuestro alcance y que merecen la atención de todo cristiano. a ellos circunscribiremos nuestro examen.

Se nos enseña, en primer lugar, que nuestro Señor Jesucristo hace algo por su pueblo creyente que no hace por los impenitentes. Acude al socorro de sus almas por medio de una intercesión especial. He aquí sus propias palabras a este respecto:» Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste..

Es esta una doctrina por la cual el mundo siente particular repugnancia. Nada causa tanto encono a los malos como la idea de que Dios haga distinción alguna entre los hombres; que ame a unos más que a otros. Mas las objeciones que aducen son débiles e injustas. a la verdad, un poco de reflexión debiera convencernos que un ser que contemplase con igual agrado lo bueno y lo malo, lo santo y lo impío, lo justo y lo injusto, seria un Dios de muy extraña naturaleza. La intercesión que Jesucristo hace por los que en él creen, está en armonía con la sana razón y con el sentido común.

Desde luego se deja comprender, por supuesto, que como sucede con toda otra verdad evangélica, es preciso enunciar esta doctrina con precisión, señalando, además, aquellas limitaciones que se desprenden del tenor de las Escrituras mismas. Debemos guardarnos, por una parte, de estrechar o limitar indebidamente el amor de Jesucristo hacia los pecadores, y por otra de exagerar su inmensidad. Es cierto que Jesucristo ama a todos los pecadores y los exhorta para que sean salvos; mas no es menos cierto que ama de una manera especial al bienaventurado gremio de los fieles, al gremio de las almas que santifica y glorifica. Es cierto que él ha perfeccionado una redención que es suficiente para toda la humanidad y que la ha ofrecido gratuitamente a todos; pero no es también menos cierto que tan solo los que creen participan de los efectos de esa redención. De la misma manera es cierto que él es Mediador entre Dios y los hombres; pero no es menos cierto que solo intercede activamente por los que se acercan a Dios por medio de él.

De aquí la seguridad del creyente. Un Ser que jamás se cansa o se adormece, está siempre pensando en él, está siempre velando por su bienestar espiritual y proveyendo a las necesidades de su alma. «Jesús puede también salvar perpetuamente a los que por él se allegan a Dios.» Heb_7:25. Es bien sabido que Judas cayó y no volvió a levantarse, en tanto que Pedro cayó también, pero se arrepintió y fue contado otra vez en el número de los fieles. La razón de esa diferencia se encuentra en aquellas palabras que Jesucristo dirigió a Pedro: «Yo he rogado por ti que tu fe no falte.» Luk_22:32.

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que Jesucristo no quiere que se quite a los creyentes del mundo, sino que se les guarde del malo.

Es bien seguro que nuestro Señor en su omnisciencia alcanzó a percibir en el corazón de sus discípulos un deseo ansioso de salir de este angustioso mundo.

Pocos en número y careciendo de fuerza, rodeados por todas partes por enemigos y perseguidores, no es extraño que quisieran alejarse de la arena del combate y ascender a las moradas eternas. Aun David dijo en cierto lugar; «¿Quién me diese alas como de paloma? -volaría y descansaría.» Psa_55:6. Sabiendo todo esto, nuestro Señor permitió para provecho de la iglesia que se trasladase al papel la parte de su oración que versa sobre el particular. De eso modo nos ha enseñado la gran lección de que es mejor que su pueblo permanezca en el mundo y sea preservado del mal, que no que sea alejado de todo contacto con el mal.

Ni es difícil percibir, después de alguna reflexión, que nuestro Señor pensó sabiamente sobre este, así como sobre todo otro asunto. Agradable como seria al creyente el que se le apartase de toda tentación, se advierte prontamente que no seria conveniente. ¿Cómo podrían los discípulos de Jesucristo hacer bien alguno en el mundo, si se les arrebatase de él tan luego como se convirtiesen? ¿Cómo darían a conocer el poder de la gracia, y someterían a prueba su fe, y su valor y su paciencia como leales soldados de un Señor crucificado? ¿Cómo podrían ser disciplinados para el cielo, y cómo aprenderían a estimar en su debido valor la expiación hecha por su Salvador? A preguntas de este linaje solo puede darse una sola contestación. Permanecer en este valle de lágrimas expuestos a todo sufrimiento, a toda tentación, a todo ataque es el medio más seguro de propender por la propia santificación y de glorificar a Jesucristo. Si fuéramos al cielo inmediatamente después de verificada nuestra conversión, se nos evitarían, sin duda, muchas molestias. Mas el camino más fácil no es siempre el que el deber nos señala. Quien desee ceñirse la corona de la gloria, tiene primero que llevar a cuestas la cruz, y ser luz en medio de las tinieblas y sal en medio de la corrupción. «Si sufrimos, también reinaremos con él.» 2Ti_2:11, Si tenemos razón para creer que somos verdaderos discípulos de Jesucristo, estemos persuadidos de que nuestro Maestro sabe mejor que nosotros qué es lo que nos conviene. Encomendémonos completamente en sus manos, y contentémonos con vivir en este mundo todo el tiempo que él quiera, con tal de que seamos preservados del mal.

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