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Marcos 10: En la enfermedad y en la salud

Al salir de allí, Jesús llegó a las montañas de Judasa y al distrito de Transjordania, y las multitudes volvieron otra vez a reunirse con Él. Como era Su costumbre, Jesús Se puso a enseñarles otra vez. Algunos fariseos se dirigieron a Él y Le preguntaron si le estaba permitido legalmente a uno divorciarse de su mujer. Se lo preguntaban para tentarle. Jesús les preguntó a Su vez:

-¿Qué mandamiento os dejó Moisés? Moisés permitía al hombre divorciarse con sólo escribir un documento de divorcio Le contestaron. -Fue para salir al paso de vuestra dureza de corazón por lo que él os escribió ese mandamiento -les contestó Jesús-. En el principio de la Creación, Dios hizo al varón y a la hembra. Esta es la razón de que un hombre deje a su padre y a su madre y se una a su mujer, y los dos formen una nueva personalidad. Así que dejan de ser dos, y llegan a ser uno solo. Pues lo que Dios ha unido, que nadie lo separe. Cuando estaban en la casa, los discípulos Le preguntaron a Jesús otra vez acerca de esto; y Él les dijo: El que se divorcie de su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera. Y la que se divorcie de su marido y se case con otro hombre, comete adulterio.

Jesús iba prosiguiendo Su camino hacia el Sur. Había dejado atrás Galilea y entrado en Judasa. Todavía no había entrado en Jerusalén; pero paso a paso y etapa a etapa Se estaba aproximando al desenlace.

Ciertos fariseos vinieron con una pregunta acerca del divorcio con la que esperaban ponerle a prueba. Puede que hubiera más de un motivo detrás de su pregunta. El divorcio era una cuestión candente, un tópico de las discusiones rabínicas, y bien puede ser que quisieran saber honradamente la opinión de Jesús sobre este tema. Puede que quisieran comprobar Su ortodoxia. Puede que Jesús hubiera dicho ya algo sobre el tema. Mat_5:31 s nos muestra a Jesús hablando acerca del matrimonio y el segundo matrimonio, y puede ser que estos fariseos tuvieran la esperanza de que Jesús Se contradijera, y enredarle en Sus propias palabras. Puede ser que supieran lo que Él respondería, y quisieran involucrarle en enemistad con Herodes, que de hecho se había divorciado de su mujer y casado con otra. Bien puede ser que quisieran oír a Jesús contradecir la Ley de Moisés, como hizo en realidad, y por ello formular una acusación de herejía contra Él. Una cosa es cierta: la pregunta que Le hicieron a Jesús no era una pregunta meramente académica y del interés exclusivo de las escuelas rabínicas; era una pregunta que se refería a uno de los temas más acuciantes del momento.

En teoría, no había ideal más alto del matrimonio que el judío. La castidad se reconocía como la más grande de todas las virtudes. « Encontramos que Dios es paciente con todos los pecados excepto con el de la falta de castidad.» « La falta de castidad hace que se ausente la gloria de Dios.» «Cualquier judío debe sacrificar su vida antes que cometer idolatría, asesinato o adulterio.» «El mismo altar vierte lágrimas cuando un hombre se divorcia de la esposa de su juventud.» El ideal se reconocía, pero la práctica estaba muy lejos de él.

El hecho básico que viciaba toda esta problemática era que para la ley judía la mujer era simplemente una cosa. No tenía derechos legales, y estaba totalmente a disposición del marido, que era el cabeza de familia. El resultado era que un hombre podía divorciar a su mujer casi por cualquier causa, mientras que había muy pocos motivos por los que una mujer pudiera divorciarse. (Nótese que al tratar este tema tenemos que usar el verbo divorciar como transitivo: el sujeto era el hombre, y la mujer el objeto). En el mejor de los casos, lo único que podía hacer era pedirle a su marido que la divorciara. «Una mujer puede ser divorciada con o sin su consentimiento; pero un hombre, solamente con su consentimiento.» Las únicas razones por las que una mujer podía solicitar el divorcio eran: si su marido contraía la lepra; si se dedicaba a un trabajo repugnante, como el de curtidor; si violaba a una virgen, o si la acusaba falsamente de pecado prenupcial.

La ley judía del divorcio se remonta a Deu_24:1 . Dice lo siguiente: «Cuando alguien toma mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, que le escriba carta de divorcio, se la entregue en mano y la despida de su casa.»

En un principio el documento de divorcio era muy sencillo. Decía algo así: « Sea esto por mi parte tu escritura de divorcio y carta de despido y documento de liberación para que. te puedas casar con quien quieras.»

En tiempos posteriores el documento llegó a ser más elaborado:

« El día , de la semana, del mes, año del mundo, según el cálculo al uso en el pueblo de , situado junto al río , yo, A. B., hijo de C. D., y conocido como , presente este día : , natural del pueblo de , actuando por libre voluntad y sin coacción, te repudio, devuelvo y divorcio a ti E. F., hija de G. H., conocida por , que has sido hasta el presente mi mujer.

Te despido ahora E. F., hija de G. H., para que seas libre y puedas a tu gusto casarte con quien quieras sin que nadie te lo impida. Esta es mi carta de divorcio como acta de repudio, certificado de separación, conforme a la Ley de Moisés y de Israel.» En los tiempos del Nuevo Testamento. se requería un rabino cualificado para redactar este documento. Posteriormente era aprobado por un tribunal de tres rabinos, y luego se archivaba en el Sanedrín. Pero el proceso de divorcio seguía siendo en general sumamente fácil, y a discreción exclusiva mente del marido.

El verdadero escollo de la cuestión era la interpretación de la ley de Deu_24:1 . Allí se establece que un hombre puede divorciar a su mujer si encuentra en ella alguna cosa indecente. ¿Cómo se debía interpretar esa frase? Sobre este asunto había dos escuelas de pensamiento.

Estaba la escuela de Shammay, que interpretaba el asunto con el máximo rigor: «alguna cosa indecente» se refería al adulterio sola y exclusivamente. Aunque la mujer fuera tan mala como Jezabel, a menos que fuera culpable de adulterio no se la podía divorciar.

La otra escuela era la de Hillel, que interpretaba la frase conflictiva tan ampliamente como se pudiera imaginar. Decían

los de esta escuela que podía querer decir si la mujer le estropeaba la comida, si hablaba en la calle, si hablaba con un extraño, si hablaba irrespetuosamente de los parientes de su marido en su presencia, si era pendenciera (lo que se definía como que se la oyera en la casa de al lado). Rabí Aqiba llegaba aún más lejos al decir que quería decir que un hombre podía divorciar a su mujer si encontraba otra que le pareciera más bonita que ella.

Teniendo en cuenta cómo es la naturaleza humana, está claro que fue la interpretación más laxa la que prevaleció. En consecuencia, que se llegara al divorcio por las razones más triviales o sin razón alguna era trágicamente comente. A tal punto habían llegado las cosas en tiempos de Jesús que las mujeres se resistían a casarse en vista de lo inseguro que era el matrimonio. Cuando Jesús dijo esto, Se estaba pronunciando sobre un asunto que era un tema candente, y estaba rompiendo una lanza a favor de las mujeres y tratando de restaurar el matrimonio a la posición que debería tener.

Se han de notar ciertas cosas. Jesús citó la Ley mosaica, pero dijo que Moisés había concedido aquello solamente « para salir al paso de la dureza de vuestros corazones.» Eso podía querer decir una de dos cosas. Podía querer decir que Moisés lo estableció porque era lo mejor que se podía esperar de aquellos para los que estaba legislando. O puede que quiera decir que Moisés lo estableció con la intención de tratar de controlar una situación que, aun entonces, se estaba degenerando; que de hecho no se trataba de una concesión al divorcio, sino un intento de controlarlo, de reducirlo a alguna especie de ley y hacerlo un poco más difícil.

En cualquier caso, Jesús dejó bien claro que Él consideraba que Deu_24:1 se había establecido para una situación determinada, y que no se aplicaba con un carácter permanentemente vinculante. Las autoridades que Jesús citó se remontaban a mucho más atrás que Moisés. Como Su autoridad Se remontó a la historia de la Creación, y citó Gen_1:27 y 2:24. Su punto de vista era que, según la misma naturaleza, el matrimonio era una unión permanente de carácter indisoluble de dos personas, de tal manera que el vínculo no se podía romper nunca por leyes o disposiciones humanas. Estaba convencido de que, en la misma constitución del universo, el matrimonio estaba destinado a ser una unión absoluta y permanente, y ninguna disposición mosaica que tratara de una situación temporal podría alterarlo.

La dificultad está en el relato paralelo de Mateo, en el que hay una diferencia. En Marcos, la prohibición de Jesús del divorcio y del casarse de nuevo es absoluta, mientras que en Mat_19:3-9 , Jesús aparece prohibiendo absolutamente el matrimonio posterior, pero permitiendo el divorcio sobre la única base del adulterio. Casi podemos asegurar de que la versión de Mateo es correcta, y así se implica en Marcos. Era la ley judía que el adulterio disolvía obligatoriamente cualquier matrimonio. Y lo cierto es que la infidelidad disuelve de hecho el vínculo del matrimonio. Una vez que se ha cometido el adulterio, la unidad se ha roto en cualquier caso, y el divorcio no hace más que confirmar el hecho.

La verdadera esencia del pasaje es que Jesús insistió en que la inmoralidad sexual de su tiempo tenía que corregirse. Había que recordar a los que buscaban el matrimonio solamente por el placer que el matrimonio también es responsabilidad. A los que consideraban el matrimonio simplemente como un medio de gratificar sus pasiones físicas había que recordarles que era también una unidad espiritual. Jesús estaba levantando una defensa en torno al hogar.

DE LOS TALES ES EL REINO DEL CIELO

Marcos 10:13-16

Le trajeron chiquillos a Jesús para que los tocara. Pero los discípulos les echaron la bronca. Cuando vio Jesús lo que estaban haciendo, Se molestó mucho y les dijo:

-¡Dejad que vengan a Mí los chiquillos y no tratéis de impedírselo!, porque de los tales es el Reino de Dios. Os digo la pura verdad: el que no reciba el Reino de Dios como un chiquillo, no entrará en él.

Y los tomaba en brazos, y los bendecía poniendo Sus manos sobre ellos.

Era natural que las madres judías quisieran que un gran rabino distinguido bendijera a sus hijos. Especialmente traían a sus hijos a una persona así en su primer cumpleaños. Así fue como Le trajeron a Jesús a los niños aquel día.

Entenderemos más plenamente la conmovedora belleza de este pasaje si recordamos cuándo sucedió. Jesús iba de camino a la Cruz -y lo sabía. Su sombra cruel puede que no se apartara nunca de Su mente. Fue en un momento así cuando tuvo tiempo para los niños. Aun con tal tensión en Su mente, estuvo dispuesto a tomarlos en Sus brazos, y sonreírles de corazón, y puede que hasta jugar con ellos.

Los discípulos no eran unos antipáticos ni unos amargados. Sencillamente querían proteger a Jesús. No comprendían del todo lo que estaba pasando, pero presentían claramente la tragedia que los esperaba, y podían. percibir la tensión que embargaba a Jesús. No querían que se Le molestara. No podían figurarse que Él pudiera querer tener niños a Su alrededor en tal ocasión; pero Jesús les dijo: «¡Dejad que vengan a Mí los chiquillos y no tratéis de impedírselo!»

Incidentalmente, esto nos dice un montón acerca de Jesús. Nos dice que era la clase de Persona a la Que Le importan los niños, y Que importa a los niños. No puede haber sido una persona sombría y desagradable. Tiene que haber habido una amable luminosidad en Él. Tiene que haberle resultado fácil sonreír y reír de alegría. George Macdonald dice en algún sitio que no cree en el Cristianismo de una persona a cuya puerta no hay nunca niños jugando. Este breve, precioso incidente arroja un torrente de luz sobre la clase de Persona humana Que era Jesús.

« De los tales -dijo Jesús- es el Reino de Dios.» ¿Qué hay en un niño que a Jesús le gustara y que valorara tanto?

(i) Está la humildad del niño. Hay niños exhibicionistas, pero son raros, y casi siempre son el producto del trato equivocado de los adultos. Lo normal es que a un niño le cohíba la prominencia y la publicidad. Todavía no ha aprendido a pensar en términos de nivel y orgullo y prestigio, ni a descubrir la importancia del yo.

(ii) Está la obediencia del niño. Es verdad que un niño es a veces desobediente; pero, aunque parezca una paradoja, su instinto natural le mueve a obedecer. Todavía no ha aprendido el orgullo y la falsa independencia que separan a un hombre de sus semejantes y de Dios.

(iii) Está la confianza del niño. Esto se ve en dos cosas.

(a) Se ve en la manera que tiene un niño de aceptar la autoridad. Hay un tiempo cuando cree que su padre lo sabe todo y siempre tiene razón. Para nuestra vergüenza, pronto supera esa etapa. Pero el niño se da cuenta instintivamente de su propia ignorancia y de su propia indefensión, y confía en los que él cree que saben.

(b) Se ve en la confianza que tiene un niño en otras personas. No supone que nadie pueda ser malo. Se hace amigo de un perfecto extraño. Un gran hombre dijo una vez que el más grande elogio que se le había dirigido jamás fue el de un chiquillo que se le dirigió, a un completo extraño, y le pidió que le atara el zapato. El niño no ha aprendido todavía a sospechar que el mundo es malo. Todavía cree lo mejor de los demás. Algunas veces esa misma confianza le conduce a peligros, porque hay algunos que son totalmente indignos de ella y que abusan de ella; pero esa confianza es algo precioso.

(iv) El niño tiene una memoria muy corta. Todavía no ha aprendido a guardar rencor ni a abrigar resentimiento. Hasta cuando se le trata injustamente -y cuál de nosotros no es a veces injusto con sus hijos-, olvida, y tan totalmente que no necesita ni perdonar.

Sin duda, de los tales es el Reino de Dios.

¿CUÁNTO QUIERES LA BONDAD?

Marcos 10:17-22

Cuando Jesús iba pasando por la carretera, un hombre se Le acercó corriendo y se postró a Sus pies y Le preguntó:

Maestro bueno, ¿qué es lo que tengo que hacer para heredar la vida eterna?

-¿Por qué Me llamas bueno? -le dijo Jesús-. No hay nadie que sea bueno más que Uno: Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, No cometas adulterio, No robes, No des falso testimonio, No defraudes a nadie, Honra a tu padre y a tu madre.

Maestro Le dijo-, todo eso lo he cumplido desde pequeño.

Cuando Jesús le miró, le amó y le dijo:

-Todavía te falta una cosa: Ve, vende todo lo que tienes, y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el Cielo. ¡Y ven, sígueme!

Pero él se quedó muy preocupado por esto que le dijo Jesús, y se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.

Aquí tenemos una de las historias más gráficas de los evangelios.

(i) Tenemos que fijarnos en cómo llegó el hombre, y cómo le recibió Jesús. Llegó corriendo y se postró a los pies de Jesús. Es algo sorprendente lo que hizo este joven aristócrata rico, echándose a los pies de un profeta pobre de Nazaret, Que estaba a punto de convertirse en un fuera de la ley. «¡Maestro bueno!» -empezó a decirle. Y Jesús le contestó inmediatamente: «¡No Me adules! ¡No Me llames bueno! ¡Guarda esa palabra para Dios!» Parece como si le echara un jarro de agua fría a su joven entusiasmo. Aquí tenemos una lección. Está claro que este hombre vino a Jesús en un momento de emoción desbordante. También está claro que Jesús ejercía una atracción personal sobre él. Jesús hizo dos cosas que cualquier evangelista o predicador o maestro debería tener presentes e imitar en su trato con las personas.

Primero le dijo: «¡Detente y piensa! Estás muy acalorado y rebosando de emoción! Yo no quiero arrollarte en un momento de emoción. Piensa tranquilamente en lo que estás haciendo.» Jesús no le estaba echando un jarro de agua fría, sino le estaba diciendo, antes que nada, que calculara el precio.

Segundo, en efecto le dijo: «No puedes hacerte cristiano por sentimentalismo hacia Mí. Debes poner la mirada en Dios.» Predicar, enseñar, siempre quieren decir comunicar la verdad por medio de la personalidad, y ahí está el peligro más grande que asedia a los grandes maestros: que el alumno, el discípulo, el joven seguidor, tenga una vinculación personal con el maestro o el predicador, y crea que está en relación con Dios. El maestro y el predicador nunca deben señalarse a sí mismos; siempre deben señalar a Dios. En toda verdadera pedagogía hay una cierta auto-obliteración. Cierto que no podemos excluir la personalidad y una cálida lealtad personal, ni lo haríamos si pudiéramos. Pero el asunto no puede acabar aquí. El maestro y el predicador son a fin de cuentas meros indicadores que señalan a Dios.

(ii) Ninguna otra historia evangélica establece tan claramente como esta la verdad cristiana esencial de que no basta con ser respetable. Jesús citó los mandamientos que eran la base de una vida decente. El hombre no dudó en decir que los había cumplido todos. Fijémonos en una cosa: con una sola excepción, todos los mandamientos eran negativos, y esa única excepción se refería sólo al círculo familiar. En efecto, lo que el hombre estaba diciendo era: «Yo no le he hecho nunca ningún daño a nadie.» Y sería cierto; pero la verdadera pregunta es: «¿Qué has hecho tú por nadie?» Y la pregunta a este hombre era aún más incisiva: «Con todas tus posesiones, con toda tu riqueza, con todo lo que tú podrías dar, ¿qué bien positivo les has hecho a los demás? ¿Cuánto te has apartado de tu camino para ayudar y consolar y fortalecer a otros como podrías haberlo hecho?» La respetabilidad, en conjunto, consiste en no hacer nada malo; el Cristianismo consiste en hacer algo por los demás. Ahí era precisamente donde este hombre -como tantos de nosotros- fallaba.

(iii) Así es que Jesús le enfrentó con un desafío. Le dijo: « Desmárcate de esa respetabilidad moral. Deja de considerar la bondad como algo que consiste en no hacer cosas. Tómate a ti mismo y todo lo que tienes, y entrégalo todo para bien de los demás. Así y entonces encontrarás la verdadera felicidad en el tiempo y en la eternidad.» Aquel hombre no pudo hacerlo. Tenía muchas posesiones, que nunca se le había pasado por la cabeza que pudiera dar; y cuando se le sugirió, no pudo. Probablemente no había robado nunca, ni defraudado a nadie -pero tampoco había sido nunca, ni podía ponerse en situación de ser, positiva y sacrificialmente generoso.

Puede que sea respetable no quitarle nunca nada a nadie. Lo cristiano es dar siempre lo más posible. En realidad, Jesús estaba confrontando a este hombre con una cuestión básica y esencial: « ¿Hasta qué punto quieres el verdadero Cristianismo? ¿Lo quieres lo suficiente como para renunciar a tus posesiones?» Y el hombre tuvo que contestar sinceramente: «Lo quiero, pero no hasta ese punto.»

Robert Louis Stevenson, en The Master of Ballantrae, hace un retrato del amo que deja su hogar ancestral en Durrisdeer por última vez. Hasta él está triste. Está hablando con el fiel mayordomo de la familia. «¡Ah, M› Keller! -le decía-. ¿Crees que no tengo nunca ningún remordimiento?» «No creo -contestó M› Keller- que usted podría ser tan malo si no tuviera toda la maquinaria para ser bueno.» «No toda -dijo el amo-. En eso estás en un error. La enfermedad de no querer. «

Era la enfermedad de no querer suficientemente la que supuso una tragedia para el que vino corriendo a Jesús. Es la enfermedad que sufrimos la mayoría. Todos queremos la bondad, pero hasta cierto punto, y muy pocos suficientemente como para pagar el precio.

Jesús, al mirarle, le amó. Había muchas cosas en la mirada de Jesús.

(a) Estaba la llamada del amor. Jesús no estaba enfadado con él. Le amaba demasiado para eso. No era la mirada de la ira, sino la del amor.

(b) Estaba el desafío de la caballerosidad. Era una mirada que trataba de sacar al hombre de una vida cómoda, respetable y segura, e introducirle en la aventura de ser un caballero cristiano.

(c) Era la mirada del desencanto. Y ese desencanto era el más doloroso de todos: el de ver que un hombre escogía deliberadamente no ser lo que hubiera podido ser y se le ofrecía llegar a ser.

Jesús nos mira con la llamada del amor, y con el desafío de la aventura caballeresca del camino cristiano. Que no tenga Dios que mirarnos con el dolor por una persona amada que rehúsa ser lo que podría haber sido y estaba en sus posibilidades llegar a ser.

Mar 10:23-27

EL PELIGRO DE LA RIQUEZA

Marcos 10:23-27

Jesús miró a Su alrededor y les dijo a Sus discípulos:

-¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que tienen dinero!

Sus discípulos se quedaron alucinados con Sus palabras. Entonces Jesús repitió lo que había dicho:

-¡Chicos, qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que confían en el dinero! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.

Ellos estaban alucinados a tope, y Le dijeron: ,

-Entonces, ¿quién se va a poder salvar?

Jesús se los quedó mirando, y les dijo:

-Para un hombre es imposible, pero no para Dios. Todas las cosas son posibles para Dios.

El aristócrata que no había aceptado el desafío de Jesús se había marchado triste, y sin duda Jesús y Sus discípulos le siguieron con la mirada hasta que se perdió en la distancia. Entonces Jesús Se volvió y miró a Su alrededor a Sus hombres. « ¡Qué difícil les es -les dijo- entrar en el Reino de Dios a los que tienen dinero!» La palabra que se usa para dinero es jrémata, que Aristóteles definía como « todas aquellas cosas cuyo valor se mide por el dinero.»

Tal vez nos preguntemos por qué este dicho sorprendió tanto a los discípulos. Dos veces se subraya su sorpresa. La razón era que Jesús estaba poniendo patas arriba los baremos judíos corrientes. La moralidad popular judía era bien sencilla. Se creía que la prosperidad era señal de que se era buena persona. Si uno era rico, era porque Dios le había honrado y bendecido. La riqueza era una prueba de la excelencia del carácter de la persona y del favor de Dios. El salmista lo resumía: « Joven fui y me he hecho viejo, y no he visto a ningún justo desamparado, ni a sus descendientes pidiendo limosna» (Psa_37:25 ).

¡No nos sorprende que los discípulos se sorprendieran! Creerían que, cuanto más próspera fuera la vida de un hombre, tanto más seguro estaría de entrar en el Reino. Así es que Jesús repitió Su dicho de una manera ligeramente diferente para aclarar lo que quería decir: « ¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que confían en el dinero!»

Nadie ha visto más claramente que Jesús los peligros de la prosperidad material. ¿Cuáles son esos peligros?

(i) Las posesiones materiales tienden a hacer que se apegue a este mundo el corazón del hombre. Tiene tantos intereses en él, está tan involucrado en él, que le es difícil dejar de pensar en él, y le es especialmente difícil salir de él. El doctor Johnson estaba una vez visitando un famoso castillo y sus maravillosos jardines. Después de verlo todo, se volvió a sus amigos y les dijo: «Estas son*las cosas que le hacen a uno difícil morir.» El peligro de las posesiones es que fijan los pensamientos e intereses de la persona a este mundo.

(ii) Si el principal interés de la persona está en las cosas materiales, esto tiende a hacerle pensar en todo en términos de precio. La mujer de un pastor de ovejas de las montañas escribió a un periódico una carta sumamente interesante. Sus hijos se habían criado en la soledad de las montañas. Eran sencillos y naturales. Luego su marido consiguió un trabajo en el pueblo, y los niños se fueron introduciendo en la nueva vida. Cambiaron muy considerablemente -a peor. El último párrafo de su carta rezaba: « ¿Qué es preferible para la educación de un niño: la falta de cosas mundanas, pero con mejores modales y pensamientos sencillos y sinceros, o todo lo mundano, con el hábito de hoy en día de saber el precio de las cosas pero no su verdadero valor?» Como decía Antonio Machado: « Sólo un necio – confunde valor y precio.»

Si el interés principal de una persona está en las cosas materiales pensará en términos de precio y no en términos de valor; pensará en términos de lo que se puede conseguir con dinero. Y bien puede ser que olvide que hay cosas más valiosas en este mundo que el dinero, que hay cosas que no tienen precio, y que hay cosas preciosas que no se compran con dinero. Es fatal el empezar a pensar que todo lo que vale la pena tiene un precio en dinero.

(iii) Jesús habría dicho dos cosas de las posesiones materiales.

(a) Son la piedra de toque de una persona. Por cada cien personas que pueden soportar la adversidad no hay más que una que pueda soportar la prosperidad. La prosperidad puede hacer a una persona muy fácilmente arrogante, orgullosa, satisfecha de sí misma, mundana. Hay que ser una persona como Dios manda para soportarla dignamente.

(b) Es una responsabilidad. Una persona siempre será juzgada por dos baremos: Cómo obtuvo su riqueza, y cómo la usa. Cuanto más tenga, mayor será la responsabilidad que se le imponga. ¿Usará lo que tiene egoísta o generosamente? ¿Lo usará como si fuera el dueño indiscutible, o recordando que es Dios Quien se lo ha dejado en depósito?

La reacción de los discípulos fue que, si lo que Jesús estaba diciendo era cierto, era prácticamente imposible salvarse. Entonces Jesús resumió en pocas palabras toda la doctrina de la salvación. «Si -dijo- la salvación dependiera de los esfuerzos de una persona, sería imposible; pero la salvación es el don de Dios, y todas las cosas son posibles para Dios.» El que confía en sí mismo y en su riqueza nunca puede estar seguro de salvarse. El que confía en el poder salvador y en el amor redentor de Dios puede entrar gratis en la salvación. Este es el pensamiento que expresó Jesús, y lo que Pablo escribió en todas sus cartas. Y esta es la verdad que sigue siendo para nosotros la base fundamental de la fe cristiana.

CRISTO NO QUEDA EN DEUDA CON NADIE

Marcos 10:28-31

Pedro se puso a decirle a Jesús:

-¡Fíjate! Nosotros lo hemos dejado todo para ser Tus seguidores.

-Os diré la pura verdad -les contestó Jesús-: No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras por causa de Mí o del Evangelio, que no recupere cien veces más en este tiempo presente, hogares, hermanos, hermanas, madres, hijos, tierras, con persecuciones, y en el mundo venidero la vida eterna. Pero muchos que están los primeros serán los últimos, y los últimos, primeros.

Pedro había estado dándole vueltas a la cosa en su cabeza y, como le era característico, no podía callar la boca. Acababa de ver a un hombre rechazar el «¡Sígueme!» de Jesús. Acababa de oírle decir a Jesús que ese hombre, por su reacción, se había excluido del Reino de Dios. Pedro no podía por menos de trazar el contraste entre aquel hombre y él mismo y sus amigos. Al contrario de lo que había hecho aquel hombre, que había rehusado la invitación de Jesús a seguirle, él y sus amigos la habían aceptado; y Pedro, con esa casi silvestre sinceridad suya, quería saber lo que él y sus amigos iban a sacar. La respuesta de Jesús cae en tres secciones.

(i) Dijo que nadie renunciará nunca a nada por causa de Él y de Su Buena Noticia que no lo recupere multiplicado por cien. Aquello fue un hecho repetido en las vidas de muchos de los primeros cristianos. La conversión al Cristianismo de un hombre le podía suponer la pérdida de hogar y amigos y parientes, pero su entrada en la Iglesia Cristiana le introducía en una familia mucho más amplia y numerosa unida por lazos espirituales.

Lo vemos hecho realidad en la vida de Pablo. Sin duda, cuando Pablo se hizo cristiano, le cerraron en la cara las puertas de su propia casa, y su familia le proscribió. Pero igualmente sin duda hubo ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, aldea tras aldea en Europa y en Asia Menor donde él podía encontrar un hogar donde se le esperara y una familia en Cristo que le recibiera. Es curioso cómo usa los términos familiares. En Rom_16:13 , dice que la madre de Rufo había sido tan buena como una madre para él; en Phm_1:10 habla de Onésimo como el hijo que le ha nacido en la cárcel.

Así sucedería con todos los cristianos en los primeros tiempos. Cuando su propia familia los excluía, entraban en la familia más amplia de Cristo.

Cuando Egerton Young predicó por primera vez el Evangelio a los amerindios de Saskatchewan, la idea de que Dios fuera Padre fascinaba a hombres que hasta entonces no habían pensado en Dios nada más que en relación con el trueno y el rayo y las tormentas. El viejo jefe le preguntó a Egerton Young: «¿Te he oído bien llamar a Dios «Padre nuestro»?» «Es verdad que lo he dicho» -le contestó el misionero. «¿Es Dios tu Padre?» -preguntó de nuevo el jefe. «Sí» -contestó Egerton. «Y -prosiguió el jefe-, ¿es Él también mi Padre?» «No te quepa la menor duda»- le contestó Young. De pronto se le iluminó el rostro al jefe, y extendió los brazos mientras decía como si hubiera hecho un descubrimiento maravilloso: « ¡Entonces, tú y yo somos hermanos!»

Una persona puede tener que sacrificar vínculos que le son muy queridos al convertirse a Cristo; pero entonces se convierte en miembro de una familia y de una fraternidad que abarca la Tierra y el Cielo.

(ii) Jesús añadió dos cosas. La primera, añadió las sencillas palabras « y persecuciones.» Automáticamente, estas palabras sacan todo el tema del mundo del quid pro quo. Descartan la idea de una recompensa material por un sacrificio material. Nos dicen dos cosas. Nos presentan la absoluta honradez de Jesús. Él no ofrecía nunca gangas. Decía claramente que el ser cristiano es una cosa costosa. Jesús nunca usó el soborno para invitar a que Le siguieran, sino el desafío. Es como si dijera: « Puedes estar seguro de que recibirás Tu recompensa, pero tendrás que mostrarte lo suficientemente grande y gallardo para obtenerla.» La segunda cosa que Jesús añadió, fue la referencia al mundo venidero. Él nunca prometió que habría en este mundo de espacio y tiempo una especie de revisión final del ejercicio y cierre de cuentas. Jesús no llamaba a las personas a ganar las recompensas del tiempo. Las llamaba a ganar las bendiciones de la eternidad. Este no es el único mundo que Dios tiene para cumplir Sus compromisos.

(iii) Entonces Jesús añadió un epigrama de advertencia: « Pero muchos que están los primeros serán los últimos, y los últimos, primeros.» Esta era en realidad una advertencia a Pedro. Puede ser que por entonces Pedro estuviera calculando su propia valía y su propia recompensa, y valorándolas bien alto. Lo que Jesús estaba diciendo era: « El baremo definitivo del juicio es el de Dios. Muchos puede que ocupen una buena posición en el juicio del mundo, pero el juicio de Dios trastocará el del mundo. Todavía más: muchos puede que se consideren muy importantes a su propio juicio, y descubran que la valoración que Dios hace de ellos es muy diferente.» Es una advertencia contra el orgullo. Es la advertencia de que los juicios definitivos son los de Dios, que es el único Que conoce la motivación de los corazones humanos. Es una advertencia de que el juicio del Cielo puede que trastrueque las dignidades de la Tierra.

EL DESENLACE INMINENTE

Marcos 10:32-34

Iban de camino hacia Jerusalén, y Jesús iba andando por delante de ellos. Los discípulos estaban sorprendidos y perplejos, y, conforme Le iban siguiendo, tenían miedo. Una vez más tomó consigo a los Doce, y empezó a decirles lo que Le iba a suceder.

-¡Fijaos! -les dijo-. Vamos subiendo hacia Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y maestros de la Ley, quienes Le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles, y harán burla de Él, y Le escupirán, y Le azotarán, y Le matarán. Y después de tres días resucitará.

Aquí tenemos un pasaje gráfico, tanto más gráfico cuanto es parco en palabras. Jesús y Sus hombres iban a entrar en la última escena. Jesús había decidido definitiva e irrevocablemente dirigirse a Jerusalén y a la Cruz. Marcos marca las etapas muy definidamente. Atrás quedó la retirada al Norte, al territorio en torno a Cesarea de Filipo. Luego había venido el viaje hacia el Sur, y la breve parada en Galilea. Después, el camino a Judasa, y el tiempo en las montañas y en Transjordania. Y ahora nos presenta la etapa final, el camino a Jerusalén.

Este pasaje nos dice algo acerca de Jesús.

(i) Nos presenta la soledad de Jesús. Iban recorriendo el camino, y El iba delante de Sus discípulos -solo. Y ellos estaban tan apesadumbrados y perplejos, tan sensibilizados por el ambiente de tragedia inminente, que tenían miedo de acercársele. Hay ciertas decisiones que una persona debe tomar a solas. Si Jesús hubiera tratado de compartir esta decisión con los Doce, su única aportación posible habría sido tratar de impedírselo. Hay ciertas cosas que uno ha de encarar a solas. Hay ciertas decisiones que se han de tomar, y ciertos caminos que se han de recorrer en la terrible soledad de la propia alma de la persona. Y sin embargo, en el sentido más profundo, hasta en estos momentos, o especialmente en estos momentos, uno no está totalmente solo, porque es cuando Dios está más cerca de él.

Aquí vemos la soledad esencial de Jesús, una soledad confortada por Dios.

(ii) Nos presenta el coraje de Jesús. Jesús les había predicho a Sus discípulos las cosas que habían de sucederle en Jerusalén; y, según nos cuenta Marcos estas advertencias, cada vez se hacían más abrumadoras y se les añadía algún detalle terrible más. La primera (Mar_8:31 ) fue un anuncio escueto. La segunda vez se presentaba la perspectiva de la traición (Mar_9:31 ). Y ahora, en la tercera, aparecen las burlas, las mofas y los azotes. Parecería que la escena se iba presentando cada vez más clara en la mente de Jesús conforme se iba adentrando en la conciencia del costo de la redención.

Hay dos clases de coraje. Está el coraje que es una especie de reacción instintiva, casi un acto reflejo: el valor de una persona que se enfrenta inesperadamente con una crisis frente a la que reacciona instintivamente con gallardía, sin tiempo apenas para pensar. Bastantes personas se han convertido en héroes en el albur y el ardor de un momento. También está el coraje del que ve el conflicto terrible que se le aproxima desde lejos, que tiene tiempo de sobra para retirarse y volverse atrás, que podría, si quisiera, evitar el conflicto, y que, sin embargo, sigue adelante. No hay duda cuál es el coraje superior -este consciente y deliberado encarar el futuro. Ese fue el coraje que mostró Jesús. Si no fuera posible otro veredicto superior, siempre sería verdad decir de El que figura a la cabeza de los héroes del mundo.

(iii) Nos presenta el magnetismo personal de Jesús. Está claro que hasta aquel tiempo los discípulos no sabían lo que estaba pasando. Estaban seguros de que Jesús era el Mesías. Estaban igualmente seguros de que El iba a morir. Para ellos estos dos Hechos no tenían sentido juntos. Estaban totalmente desconcertados, y sin embargo seguían a Jesús. Para ellos todo estaba oscuro, excepto una cosa: que amaban a Jesús y que, aunque quisieran, no Le podían dejar. Habían aprendido algo que pertenece a la misma esencia de la vida y de la fe: amaban tanto que estaban dispuestos a aceptar lo que no podían entender.

LA PETICIÓN DE LA AMBICIÓN

Marcos 10:35-40

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y Le dijeron: Maestro, queremos que nos concedas lo que Te pidamos. -¿Qué queréis que os conceda? -les preguntó Jesús. Y ellos Le dijeron: -Concédenos que, en Tu gloria, nos sentemos uno a Tu derecha y otro a Tu izquierda. No sabéis lo que estáis pidiendo -les dijo Jesús-. ¿Podéis beber el cáliz que Yo estoy bebiendo? O ¿podéis pasar la experiencia que Yo estoy pasando? Podemos Le dijeron. Y Jesús les dijo: -Beberéis el cáliz que Yo estoy bebiendo, y pasaréis por la experiencia por la que Yo estoy pasando; pero el que os sentéis a Mi derecha y a Mi izquierda no Me corresponde a Mí concedéroslo. Ese puesto pertenece a aquellos para los que ha sido preparado.

Esta es una historia muy reveladora.

(i) Nos dice algo acerca de Marcos. Mateo relata esta historia (Mat_20:20-23 ), pero en su versión la petición de los primeros puestos no la hacen Santiago y Juan sino su madre, Salomé. Mateo tiene que haber presentido que tal solicitud era indigna de los apóstoles; y para mantener a salvo la reputación de Santiago y Juan la atribuyó a la ambición natural de su madre. Esta historia nos muestra la honradez de Marcos. Se cuenta que un pintor de la corte hizo el retrato de Oliver Cromwell. Cromwell tenía unas verrugas en la cara que le afeaban bastante. Con la intención de agradarle, el pintor omitió las verrugas en el cuadro. Pero cuando Cromwell lo vio, dijo: « ¡Llévatelo! ¡Y píntame con verrugas y todo!» El propósito de Marcos era presentarnos a los discípulos con verrugas y todo. Y Marcos tenía razón, porque los Doce no eran una compañía de ángeles. Eran hombres normales y corrientes. Fue con personas como nosotros como Jesús emprendió la empresa de cambiar el mundo -¡y lo hizo!

(ii) Nos dice algo acerca de Santiago y Juan.

(a) Nos dice que eran ambiciosos. Cuando se obtuviera la victoria y el triunfo fuera completo, pretendían ser los primeros ministros de estado de Jesús. Puede que su ambición se incentivara por el hecho de que Jesús los había escogido como parte de Su círculo íntimo, los tres escogidos. Puede ser que fueran de un poco mejor posición que los otros. Su padre tenía una posición suficientemente desahogada como para tener jornaleros (Mar_1:20 ), y puede ser que tuvieran la presunción de creer que su superioridad social les daba derecho a los primeros puestos. Y, por supuesto, creerían que tenían más derecho que nadie por ser parientes de Jesús. En cualquier caso aparecen como hombres en cuyos corazones anidaba la ambición por los primeros puestos en un reino terrenal.

(b) Nos dice que no habían conseguido comprender a Jesús. Lo sorprendente no es el que este incidente tuviera lugar, sino el momento en que sucedió. Es todo lo contrario del anuncio más definido y detallado que hizo Jesús de Su muerte, y esta petición es alucinante. Muestra mejor que ningún otro detalle lo poco que habían comprendido de lo que Jesús les estaba diciendo. Sus palabras no habían conseguido desembarazarlos de la idea de un Mesías de poder y gloria terrenales. Solamente la Cruz lo conseguiría.

(c) Pero, una vez que hemos dicho todo lo que se puede decir en contra de Santiago y Juan, esta historia nos revela algo luminoso acerca de ellos -desconcertados y todo como estaban, todavía creían en Jesús. Es alucinante que todavía pudieran conectar la gloria con un Carpintero galileo Que había incurrido en la enemistad y la oposición declarada de los líderes religiosos ortodoxos, y Que iba de camino a la Cruz. Hay aquí una confianza alucinante y una alucinante lealtad. Puede que Santiago y Juan estuvieran confundidos, pero tenían el corazón en su sitio. Nunca pusieron en duda el triunfo final de Jesús.

(iü) Nos dice algo acerca del baremo de grandeza de Jesús. La versión Reina-Valera nos da la traducción literal exacta de lo que dijo Jesús: « ¿Podéis beber del vaso que Yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que Yo soy bautizado?» Jesús usa aquí dos metáforas hebreas.

Era costumbre en los banquetes reales que el rey pasara la copa a sus huéspedes. La copa por tanto llegó a ser una metáfora de la vida y la experiencia que Dios comunica a los hombres. « Mi copa está rebosando» decía el salmista (Psa_23:5 ), cuando hablaba de la vida y experiencia y felicidad que Dios le había dado. « En la mano del Señor hay una copa,» decía el salmista (Psa_75:8 ) cuando estaba pensando en la suerte que les está reservada a los malvados y desobedientes. Isaías, pensando en las desventuras que habían sobrevenido al pueblo de Israel, las describe como haber bebido « de la mano del Señor la copa de Su ira» (Isa_51:17 ). La copa, o el vaso, o el cáliz, habla de la experiencia que Dios asigna a cada persona.

La otra frase que usa Jesús puede llevar a confusión en una traducción literal, motivo por el cual la hemos traducido más libremente para dar el sentido. Habla del bautismo con el que Él fue bautizado. El verbo griego baptizein significa sumergir. Su participio pasado (bebaptismenos) quiere decir sumergido, y se usa corrientemente de ser sumergido en alguna experiencia, lo mismo que en español inmerso. Por ejemplo, un manirroto se dice que está sumergido, inmerso en deudas. Un borracho se dice que está sumergido en bebida. Una persona afligida se dice que está sumergida, inmersa en aflicción. Un muchacho ante el profesor que le va a examinar se dice que está sumergido, inmerso en preguntas. La palabra se usa corrientemente de un barco que ha sufrido un naufragio y se sumerge bajo las olas. La metáfora está muy íntimamente emparentada con la que usa corrientemente el salmista. En Psa_42:7 leemos: «Todas Tus ondas y Tus olas han pasado sobre mí.» En Psa_124:4 leemos: « Entonces nos habrían anegado las aguas; sobre nuestra alma habría pasado la avenida.» La expresión, como Jesús la usa aquí, no tiene nada que ver con el Bautismo. Lo que está diciendo es: «¿Podéis soportar pasar la terrible experiencia que Yo tengo que pasar? ¿Podéis sumergiros en odio y dolor y muerte como Yo?» Estaba diciéndoles a estos dos discípulos que sin Cruz no puede haber corona. El baremo de grandeza en el Reino es el baremo de la Cruz. Fue cierto que en días entonces por venir ellos pasaron la experiencia de su Maestro, porque Santiago fue decapitado por Herodes Agripa Act_12:2 ), y, aunque Juan probablemente no murió mártir, sí tuvo que sufrir mucho por Cristo. Ellos aceptaron el desafío de su Maestro -aunque fuera a ciegas.

(iv) Jesús les dijo que la decisión final pertenecía a Dios. La asignación final del destino era Su prerrogativa. Jesús nunca usurpó el lugar de Dios. Toda Su propia vida fue un largo acto de sumisión a la voluntad de Dios, y El sabía que esa voluntad era suprema hasta el fin.

EL PRECIO DE LA SALVACIÓN HUMANA

Marcos 10:41-45

Cuando los otros diez se enteraron de lo que había pasado, empezaron a enfadarse por lo que habían hecho Santiago y Juan. Jesús los llamó y les dijo:

-Vosotros os dais perfecta cuenta de que los que son estimados suficientemente buenos para gobernar a los gentiles se portan como si fueran sus amos, y los más importantes entre ellos ejercen sobre ellos autoridad. No es así entre vosotros; sino que el que quiera ser grande, será vuestro servidor, y entre vosotros, el que quiera ser el primero, será el esclavo de todos. Como el Hijo del Hombre, Que no vino para ser servido, sino para servir y para entregar Su vida como rescate por muchos.

Era inevitable que la acción de Santiago y Juan produjera un profundo disgusto entre los otros diez. Les parecería que aquellos dos habían tratado de tomarles la delantera y sacar una ventaja fraudulenta sobre los demás. Inmediatamente empezó otra vez la antigua discusión sobre cuál de ellos era el más importante.

Era una situación delicada. El compañerismo del grupo apostólico podría haber empezado a resquebrajarse si Jesús no hubiera intervenido a tiempo. Los llamó, y dejó bien claro que los baremos de grandeza de Su Reino y los de los reinos de este mundo eran completamente diferentes. En los reinos del mundo, el baremo de grandeza es el poder. La prueba era: ¿Cuántas personas controla un hombre? ¿Cómo es de grande el ejército de servidores que tiene a sus espaldas y a sus órdenes? ¿A cuántas personas puede imponer su voluntad? No mucho después de esto, Galva había de resumir la idea pagana de la realeza y de la soberanía diciendo que ahora él era el emperador podía hacer lo que le diera la gana y a quien le diera la gana. En el Reino de Jesús, el baremo es el del servicio. La grandeza consiste, no en reducir a otros al servicio de uno mismo, sino en reducirse uno mismo al servicio de los demás. La prueba no era: ¿Qué servicio puedo extraer?; sino: ¿Qué servicio puedo prestar?

Se tiende a pensar en esto como un estado ideal de cosas; pero, de hecho, es del más sano sentido común. Es de hecho el primer principio de la vida de negocios normal y corriente. Bruce Barton indica que la base sobre la cual una compañía de coches pretenderá ganar clientes es asegurando que se meterán debajo de tu coche más a menudo y se pondrán más sucios que ninguno de sus competidores. En otras palabras, que están dispuestos a dar mejor servicio. También señala que aunque el empleado normal puede irse a casa a las cinco y media de la tarde, se seguirá viendo la luz en la oficina del jefe de personal hasta bien entrada la noche, porque quiere aportar el servicio extra que le hace ocupar ese puesto.

El problema fundamental de la situación humana es que la gente quiere aportar lo menos posible y recibir lo más posible. Es solamente cuando se está lleno de deseo de meter más en la vida de lo que se saca cuando la vida vale la pena para uno y para los demás. El mundo necesita personas cuyo ideal sea el servicio -es decir, que se hayan dado cuenta de lo sensato que fue lo que dijo Jesús.

Para remachar Sus palabras, Jesús señaló a Su propio ejemplo. Con los poderes que El tenía podría haber organizado la vida totalmente como Le conviniera a El; pero Él Se había consumido a Sí mismo y todos Sus poderes en el servicio de los demás. Había venido, dijo, para dar Su vida en rescate por muchos. Esta es una de las grandes frases del Evangelio, y sin embargo ha sido tristemente manipulada y abusada. Muchos han tratado de construir una teoría de la Redención sobre lo que es un dicho de amor.

No pasó mucho tiempo antes de que algunos se preguntaran a quién se había pagado el rescate de la vida de Cristo. Orígenes hizo la pregunta: «¿A quién dio Él Su vida en rescate por muchos? No fue a Dios. ¿No sería entonces al Maligno? Porque el Maligno nos tuvo cautivos hasta que se le pagó el rescate, la vida de Jesús; porque se engañó con la idea de que podía ejercer dominio sobre ella, y no vio que no podía soportar la tortura que suponía retenerla.» Es una extraña concepción la de que la vida de Jesús se pagó como un rescate al diablo para que soltara a los hombres del cautiverio en el que los tenía; pero que el diablo descubrió que al demandar y aceptar aquel rescate se había servido, por así decirlo, más de lo que podía comer.

Gregorio de Nisa vio un fallo en esa teoría, que no es otro que el poner al diablo en igualdad de condiciones que Dios. Le permite hacer un trato con Dios de igual a igual. Así que Gregorio de Nisa inventó una idea alucinante de un truco que le hizo Dios al diablo. El diablo se engañó ante la aparente debilidad de la Encarnación. Tomó a Jesús por un hombre corriente. Trató de ejercer su autoridad sobre Él y, al intentarlo, perdió su autoridad. También esta es una idea extraña -que Dios usara un truco para vencer al diablo.

Pasaron otros doscientos años, y Gregorio el Grande asumió de nuevo la idea. Usó una metáfora fantástica: La Encarnación fue una estratagema divina para cazar al gran Leviatán. La deidad de Cristo era el anzuelo, y Su carne era el cebo. Cuando se le presentó el cebo a Leviatán, el diablo, se lo tragó, y trató de tragarse el anzuelo también, y así acabó «pescado» para siempre.

Por último, Pedro Lombardo llevó esta idea hasta sus últimas consecuencias grotescas y repelentes. «La Cruz -dijo fue una ratonera para cazar al diablo, con el anzuelo de la sangre de Cristo.» Todo esto es un ejemplo lastimoso de lo que sucede cuando se toma una idea encantadora y preciosa, y se la trata como materia prima para convertirla en teología seca y fría.

Supongamos que decimos: «El dolor es el precio del amor.» Queremos decir que el amor no puede existir sin la posibilidad del dolor; pero nunca se nos ocurre explicar a quién se paga ese precio. Supongamos que decimos que la libertad sólo se puede obtener al precio de sangre, sudor y lágrimas; nunca pensamos en investigar a quién .se paga ese precio. Este dicho de Jesús es una manera sencilla y pictórica de decir que costó Su vida el hacer volver a la humanidad de su pecado al amor de Dios. Quiere decir que el precio de nuestra salvación fue la Cruz de Cristo. No podemos llegar más allá, ni tenemos por qué intentarlo. Sabemos solamente que algo sucedió en la Cruz que nos abrió el camino a Dios.

MILAGRO AL BORDE DE LA CARRETERA

Marcos 10:46-51

Llegaron a Jericó; y cuando Jesús iba pasando por Jericó, a la salida de la ciudad, rodeado por Sus discípulos y una gran multitud, el mendigo ciego Bartimeo -hijo de Timeo-, estaba sentado al borde de la carretera, y cuando oyó que Jesús de Nazaret estaba por allí se puso a gritar:

-¡Hijo de David! ¡Jesús! ¡Ten piedad de mí!

Muchos le regañaban para que se callara, pero él seguía gritando cada vez más:

-¡Hijo de David! ¡Ten piedad de mí!

Jesús Se detuvo y dijo:

-¡Decidle que venga para acá!

Entonces llamaron al ciego, diciéndole:

-¡Ánimo! ¡Levántate! ¡Te está llamando!

El tiró la capa, se levantó de un salto y fue hacia Jesús. Jesús le dijo:

-¿Qué quieres que haga por ti?

El ciego Le contestó:

-¡Maestro, lo que pido es poder volver a ver!

Jesús le dijo:

-¡Anda! ¡Tu fe te ha curado!

Al instante volvió a ver, y Le seguía por la carretera.

Para Jesús ya no estaba lejos el final de Su camino. Jericó estaba sólo a unos 25 kilómetros de Jerusalén. Tratemos de visualizar la escena. La carretera principal pasaba por todo Jericó. Jesús iba de camino para la Pascua. Cuando un rabino o maestro distinguido hacía un viaje así, era costumbre que fuera rodeado de mucha gente, discípulos e interesados y curiosos, que escuchaban su enseñanza mientras andaba. Esa era una de las maneras más corrientes de enseñar en el mundo antiguo.

La ley decía que todo judío varón de doce años en adelante que viviera en un radio de 25 kilómetros de Jerusalén tenía que asistir a la Pascua. Está claro que era imposible que se pudiera cumplir tal ley, y que todos pudieran ir. Los que no tenían posibilidad de ir tenían la costumbre de ponerse en fila al borde de las calles de los pueblos y las aldeas por los que pasaban los peregrinos para desearles un buen viaje. Así que las calles de Jericó estarían bordeadas de personas; y más aún de lo corriente, porque habría muchos ansiosos y curiosos por ver por sí mismos a aquel intrépido maestro ambulante Jesús de Nazaret Que Se había atrevido a desafiar a todo el poder de la ortodoxia.

Jericó tenía una característica especial. Había adscritos al Templo más de 20,000 sacerdotes y otros tantos levitas. Está claro que no todos podían cumplir su ministerio al mismo tiempo. Por tanto estaban divididos en 26 órdenes que servían por turnos. Muchos de estos sacerdotes y levitas residían en Jericó cuando no estaban de turno en el Templo. Y debe de haber habido muchos de ellos entre la multitud aquel día. Para la Pascua, todos estaban de servicio, porque a todos se los necesitaba. Era una de las raras ocasiones en que todos estaban de servicio, pero muchos no habrían empezado todavía. Estarían doblemente ansiosos de ver a ese Rebelde Que estaba a punto de invadir Jerusalén. Habría muchos ojos fríos y duros y hostiles en la multitud aquel día, porque estaba claro que, si Jesús tenía razón, todo el ritual del Templo era totalmente irrelevante.

Hacia la puerta del Norte se sentaba un mendigo ciego que se llamaba Bartimeo -que quiere decir hijo de Timeo, como explica Marcos. Oyó el restregar de muchos pies en la carretera, y preguntó qué pasaba. Se le dijo que era que pasaba Jesús de Nazaret, y allí y entonces se puso a gritar para atraer Su atención. Para aquellos que estaban escuchando la enseñanza de Jesús cuando pasaba, aquellos gritos eran una molestia. Trataron de hacer que se callara Bartimeo; pero nadie le iba a privar de aquella oportunidad de escapar de un mundo en tinieblas. Así es que siguió gritando cada vez más fuerte e insistentemente, de tal manera que la procesión se detuvo, y él pudo encontrase con Jesús.

Esta es una historia de lo más reveladora. En ella podemos ver muchas de las cosas que podríamos llamar las condiciones para un milagro.

(i) Se daba la inquebrantable insistencia de Bartimeo. No había manera de acallar su clamor por encontrarse cara a cara con Jesús. Estaba totalmente decidido a encontrarse con la única Persona a la que anhelaba presentar su problema. En la mente de Bartimeo no había meramente un deseo sensiblero, nebuloso y caprichoso de ver a Jesús, sino que era un deseo desesperado, y es un deseo desesperado el que consigue que las cosas sucedan.

(ii) Su reacción a la llamada de Jesús fue inmediata y entusiasta; tanto que tiró el manto para correr hacia Jesús más deprisa. Muchas personas oyen la llamada de Jesús; pero es como si Le dijeran: «Espera hasta que haya hecho esto.» O: «Espera a que acabe lo de más allá.» Bartimeo llegó como una bala cuando Jesús le llamó. Hay oportunidades que no se presentan nada más que una vez. Bartimeo sabía que aquella era la suya. Algunas veces pasa por nosotros como una oleada de anhelo de abandonar algún hábito, de limpiar nuestra vida de algo que no es como es debido, de entregarnos más completamente a Jesús. Pero con la misma frecuencia no actuamos en el momento -y pasa la oportunidad, tal vez para no volver.

(iii) Bartimeo sabía exactamente lo que quería -la vista. Muchas veces nuestra admiración a Jesús es una vaga atracción. Cuando vamos al médico, queremos que nos resuelva alguna dolencia determinada. Cuando vamos al dentista, no le pedimos que nos saque cualquier diente, sino el que nos duele. Así deberíamos hacer con Jesús. Y eso implica la única cosa que pocos están dispuestos a encarar: un examen de uno mismo. Cuando vamos a Jesús, si somos tan desesperadamente claros como Bartimeo, sucederán cosas.

(iv) Bartimeo tenía una idea inadecuada de Jesús. ¡Hijo de David! insistía en llamarle. Ahora bien, aquello era un título mesiánico, pero conllevaba todo la idea de un Mesías conquistador, un rey de la dinastía de David, que condujera a Israel a la conquista del mundo. Esa era una idea impropia acerca de Jesús; pero, a pesar de todo, Bartimeo tenía fe, y la fe compensaba cien veces una teología deficiente. No se nos exige que comprendamos totalmente a Jesús; a eso, de todas todas, no podemos llegar. Se nos demanda, fe. Un sabio escritor ha dicho: «Debemos pedirle a la gente que piense; pero no debemos esperar que sean teólogos antes de ser cristianos.» El Cristianismo empieza con una reacción personal a Jesús, una reacción de amor, con la convicción de que Él es la única Persona que puede solventar nuestra necesidad. Aunque no seamos nunca capaces de pensar las cosas teológicamente, esa respuesta del corazón humano es suficiente.

(v) Al final nos encontramos un detalle precioso. Bartimeo puede que hubiera sido un mendigo ciego al borde de la carretera, pero era capaz de ser agradecido, y «de bien nacido es ser agradecido.» Cuando recibió la vista, siguió a Jesús. No se fue por su camino egoístamente una vez que resolvió su necesidad. Empezó teniendo una necesidad; siguió sintiendo gratitud, y acabó por mostrar lealtad. Y esto es un perfecto resumen de las etapas del discipulado.

Marcos 10:1-52

10.2 Los fariseos intentaban atrapar a Jesús con sus preguntas. Si Jesús decía que defendía el divorcio, apoyaba la conducta de los fariseos y estos dudaban que hiciera tal cosa. Si hablaba en contra del divorcio, las multitudes no estarían de acuerdo con esa posición. Y lo que es más importante, provocaría la cólera del rey Herodes, quien dio muerte a Juan el Bautista por hablar en contra del divorcio y del adulterio (6.17-28). Esto era lo que los fariseos querían.
Los fariseos veían el divorcio como un asunto legal más que espiritual. Jesús aprovechó la oportunidad para hablar del propósito de Dios en cuanto al matrimonio y exponer los motivos egoístas de los fariseos. No les interesaba lo que Dios quería que fuera el matrimonio, sino que se casaban por conveniencia. Además, citaban a Moisés de mala fe y fuera de contexto. Jesús mostró cuán superficial era el conocimiento de esos legalistas.

10.5-9 Dios permitió el divorcio como una concesión ante la pecaminosidad de la gente. No aprobaba, pero lo instituyó para proteger al inocente en medio de una mala situación. Es lamentable que los fariseos usaran Deuteronomio 24.1 como una excusa para el divorcio. Jesús explicó que esta no fue la intención de Dios; por el contrario, Dios quería que la gente que se casaba considerara su matrimonio como algo permanente. No vayamos al matrimonio pensando que siempre está la opción del divorcio, sino comprometidos a permanecer.Tendremos una mejor posibilidad de que nuestro matrimonio resulte. No seamos duros de corazón como los fariseos, hagámonos el firme propósito, con la ayuda de Dios, de permanecer juntos.

10.6, 9 Las mujeres se trataban como objetos. El matrimonio y el divorcio se consideraban como una transacción similar a comprar o vender tierra. Pero Jesús condenó esta práctica y aclaró la intención original de Dios: que el matrimonio produjera unidad (Gen_2:24). Jesús dignificó el ideal de Dios en cuanto al matrimonio y dijo a sus seguidores que vivieran de acuerdo con él.

10.13-16 A menudo se criticaba mucho a Jesús por pasar demasiado tiempo con cierto tipo de personas: niños, recaudadores de impuestos, pecadores (Mat_9:11; Luk_15:1-2; Luk_19:7). Algunos, incluso los discípulos, pensaban que Jesús debía pasar más tiempo con los líderes importantes y con la gente devota, porque era la mejor manera de mejorar su posición y evitar críticas. Pero Jesús no necesitaba mejorar su posición. Era Dios y anhelaba hablar con los más necesitados.

10.14 Los adultos no son tan confiados como los niños. Todo lo que los niños necesitan para sentirse seguros es una mirada de amor y un toque afectuoso de alguien que se ocupe de ellos. No requieren una completa comprensión intelectual. Nos creerán si confían en nosotros. Jesús dijo que todos debemos creer en El con esta clase de fe infantil. No necesitamos entender todos los misterios del universo; será suficiente saber que Dios nos ama y nos ha perdonado de nuestros pecados. Esto no significa que debemos ser niños inmaduros, sino que debemos confiar en Dios con la sencillez y pureza de un niño.

10.17-23 Este joven quería estar seguro de poseer la vida eterna y por eso preguntó cómo lograrla. Dijo que jamás quebrantó ni siquiera una de las leyes que Jesús le mencionó (10.19), y tal vez guardaba hasta la versión llena de pretextos de los fariseos. Pero Jesús, lleno de amor, irrumpió a través del orgullo del joven con un desafío a que expusiera sus verdaderos motivos: «Vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres». Aquí estaba la barrera que podía mantener a aquel joven fuera del Reino: su amor al dinero. El dinero representaba su orgullo, el éxito logrado y la autosuficiencia. Es irónico, pero su actitud lo incapacitaba para guardar el primer mandamiento de no permitir que nada llegara a ser más importante que Dios (Exo_20:3). No pudo cumplir el requerimiento que Jesús le hizo: entregar corazón y vida a Dios. El joven se acercó a Jesús deseando saber qué hacer; y se fue viendo lo que era incapaz de hacer. ¿Qué barreras le impiden entregar su vida a Cristo?

10.18 Cuando Jesús le hizo esta pregunta, en realidad le decía: «¿Sabes con quién hablas?» Como solo Dios es en verdad bueno, el joven llamaba a Jesús «Dios». Por supuesto, esto era correcto, pero él no se dio cuenta de ello.

10.21 ¿Qué significa para usted su dinero? Aunque Jesús le dijo a este joven que vendiera todo lo que tenía y lo diera a los pobres, no denota que Jesús pide a todos los creyentes que vendan sus posesiones. La mayoría de sus seguidores no lo vendieron todo, pero usaron sus posesiones para bendición de otros. En cambio, esta historia nos muestra que no debemos permitir que haya algo que nos frene a seguir a Jesús. Debemos quitar toda barrera que nos impida servir a Dios en forma plena. Si Jesús le pidiera su casa, ¿se la daría? ¿Y el automóvil? ¿Y su nivel de ingresos? ¿Su posición en la escalera de la promoción? Su reacción mostrará su actitud hacia el dinero, si es su servidor o su amo.

10.21 Jesús manifestó un amor verdadero hacia este hombre, aun sabiendo que no le seguiría. El amor verdadero es capaz de dar una clara advertencia; no se anda por las ramas respecto a la verdad. Cristo nos amó tanto que murió por nosotros, pero sigue dando claras advertencias. Si su amor fuera superficial, nos aprobaría en todo; pero como su amor es completo, nos presenta retos de cambios en nuestra vida.

10.23 Jesús dijo que era muy difícil para un rico entrar en el Reino de Dios, porque el rico tiene todas sus necesidades básicas resueltas y llega a confiar demasiado en sí mismo. Cuando se sienten vacíos, compran cualquier cosa para suavizar el dolor que pudo haberles llevado hacia Dios. Su abundancia llega a ser su pobreza. La persona que tiene todo lo que quiere en esta tierra puede carecer de lo más importante: la vida eterna.

10.26 Los discípulos estaban asombrados. ¿No son las riquezas bendiciones de Dios, recompensas por ser uno bueno? Aun hoy en día este falso concepto es muy común. Aunque muchos creyentes gozan de gran prosperidad material, otros tantos viven en dura necesidad. Las riquezas no prueban que uno tiene fe, ni parcialidad de Dios.

10.29, 30 Jesús aseguró a sus discípulos que cualquiera que diera algo de valor por su causa sería recompensado cien veces más en esta vida, aunque no necesariamente de la misma forma. Por ejemplo, si la familia de alguien lo rechaza por aceptar a Cristo, ganará una familia de creyentes más grande. Junto con estas recompensas, sin embargo, recibimos persecución porque el mundo odia a Dios. Jesús enfatizó la persecución para asegurarse que no lo siguiéramos por egoísmo, solo pensando en las recompensas.

10.31 Jesús dijo que en el mundo venidero, los valores serán a la inversa. Los que buscan posiciones e importancia aquí en la tierra, no la tendrán en el cielo. Los que son humildes serán grandes en el cielo. La condición corrupta de nuestra sociedad alienta la confusión en los valores. Nos bombardean mensajes que nos dicen cómo ser importantes y sentirnos bien, y las enseñanzas de Jesús en cuanto a servir a otros parecen extrañas. Sin embargo, los que sirven a los demás están mejor calificados para ser grandes en el reino de los cielos.

10.32 Los discípulos temían lo que les esperaba en Jerusalén, porque Jesús les habló de enfrentar persecuciones.

10.33, 34 La muerte y resurrección de Jesús no debió sorprender a los discípulos. Aquí les explicó con toda claridad lo que le ocurriría. Es lamentable, pero no entendieron bien lo que les dijo. Jesús afirmó que El era el Mesías, pero ellos creían que el Mesías era un rey conquistador. Les habló de la resurrección, pero no entendían cómo una persona podía volver a la vida después de estar muerta. Debido a que Jesús a menudo hablaba por parábolas, es posible que los discípulos pensaran que sus referencias a la muerte y a la resurrección eran otra parábola que no entendían. Los Evangelios incluyen las profecías de Jesús acerca de su muerte y resurrección para demostrar que ello estaba en el plan de Dios desde el principio y no se trataba de un accidente.

10.35 Marcos narra que Juan y Jacobo fueron a Jesús con una petición; en Mateo, también la madre hizo la petición. No hay contradicción en los relatos: madre e hijos estaban de acuerdo en hacer la petición de permitirlos ocupar lugares de honor en el Reino de Cristo.

10.37 Los discípulos, como muchos judíos de hoy en día, tenían una idea errada del reino mesiánico predicho por los profetas del Antiguo Testamento. Creían que Jesús establecería un reino terrenal que liberaría a Israel de la opresión romana y Jacobo y Juan querían lugares de honor en él. Pero el Reino de Jesús no es de este mundo; no se centra en palacios ni tronos, sino en los corazones y en las vidas de los creyentes. Los discípulos no lo entendieron sino hasta después de la resurrección de Jesús.

10.38, 39 Jacobo y Juan dijeron que estaban dispuestos a sufrir toda prueba por Cristo. Ambos la sufrieron: Jacobo murió como un mártir (Act_12:2) y a Juan lo forzaron a vivir en el destierro (Rev_1:9). Es fácil decir que estamos dispuestos a sufrir por Cristo, pero la mayoría nos quejamos cada día cuando cosas insignificantes nos irritan. Si decimos que estamos dispuestos a sufrir en gran escala por Cristo, debemos estar listos a sufrir la irritación que se origina al servir a otros.

10.38-40 Jesús no ridiculizó a Jacobo ni a Juan por su petición, pero la denegó. Sintámonos libres de pedir a Dios cualquier cosa, pero es muy posible que la respuesta sea negativa. Dios quiere darnos lo mejor, no simplemente lo que deseamos tener. Algunas de las cosas que pedimos se nos niegan precisamente para nuestro bien.

10.42-45 Jacobo y Juan apetecían la más alta posición en el Reino de Jesús. Pero El les dijo que la verdadera grandeza estaba en servir a otros. Pedro, uno de los discípulos que oyó el mensaje, desarrolló este pensamiento en 1Pe_5:1-4.
La mayoría de los negocios, organizaciones e instituciones en nuestro mundo miden la grandeza por los altos logros de la persona. En el Reino de Cristo, sin embargo, el servicio es la forma de tomar la delantera. El deseo de estar en la cima puede ser un estorbo y no una ayuda. En vez de buscar la satisfacción de sus necesidades, procure maneras de ministrar las necesidades de otros.

10.45 Este versículo no solo revela el motivo del ministerio de Jesús, sino también el fundamento de nuestra salvación. Rescate era el precio a pagar por la libertad de un esclavo. Jesús pagó el rescate por nosotros, ya que no podíamos pagarlo. Su muerte nos liberó de la esclavitud del pecado. Los discípulos creían que la vida y el poder de Jesús los salvaría de Roma; Jesús dijo que su muerte los salvaría del pecado, una esclavitud mayor que la de Roma. En 1Pe_1:18-19 se habla más acerca del recate que Jesús pagó por nosotros.

10.46 Jericó era una ciudad importante, un balneario popular que Herodes el Grande reconstruyó en el desierto de Judea, no lejos del cruce del Jordán. Jesús iba camino a Jerusalén (10.32) y, después de pasar por Perea, entró en Jericó.

10.46 Los mendigos eran un espectáculo común en muchas ciudades. Debido a que la mayoría de las ocupaciones de esos días requerían trabajo físico, cualquier paralítico o impedido estaba en severa desventaja y era obligado a pedir limosna, aunque la Ley de Dios mandaba cuidar a los necesitados (Lev_25:35-38). La ceguera se consideraba un castigo de Dios por el pecado (Joh_9:2); pero Jesús rechazó la idea cuando se mostró dispuesto a sanar a los ciegos.

10.47 «Hijo de David» era una manera popular de referirse al Mesías, ya que se sabía que este sería descendiente del rey David (Isa_9:7). El hecho de que Bartimeo llamara a Jesús «Hijo de David» demuestra que lo reconoció como Mesías. Su fe en Dios como Mesías logró su sanidad.

Mar 10:1-12

E primer versículo de este pasaje muestra la paciencia y perseverancia de nuestro Señor Jesucristo como maestro. Se nos dice que vino «á los términos de la Judea al otro lado del Jordán; y el pueblo volvió a juntársele; y, como de costumbre, le enseñaba..

Á donde quiera que nuestro Señor iba, se ocupaba siempre de los negocios de su Padre, predicando, enseñando, y tratando de hacer bien a las almas. No perdía ninguna oportunidad. En toda la historia de su ministerio terrestre no vemos que ni un día permaneció ocioso. De El puede en verdad decirse que ‹›sembraba sobre las aguas,» y que «por la mañana sembraba la semilla, y por la noche no paraba su mano.» Isaías 32.20; Ecles. 11.6.

Y, sin embargo, nuestro Señor conocía los corazones de los hombres. Sabia muy bien que una gran proporción de sus oyentes era empedernida é incrédula.

Sabía al hablar que la mayor parte de sus palabras caían al suelo sin que de ellas se cuidasen ni ocupasen, y que la mayor parte de las veces vano era el trabajo que se tomaba por la salud de las almas. Todo esto lo sabia, y, sin embargo, continuaba trabajando.

Debemos ver en este hecho un modelo perpetuo para todos los que tratan de hacer el bien, cualquiera que sea su empleo. No lo borren de su memoria los ministros y los misioneros, los profesores, los maestros de escuelas dominicales, los visitadores domiciliarios y agentes laicales, las cabezas de familia que presiden al culto doméstico, y las nodrizas que tienen niños a su cargo; que todos recuerden el ejemplo que les da Cristo y traten de seguirlo. No hemos de abandonar la enseñanza porque no palpemos el bien que produce; no debemos disminuir nuestros esfuerzos porque no veamos el fruto de nuestro trabajo.

Trabajemos con constancia, teniendo siempre presente el gran principio, que nuestro es el deber, y los resultados son de Dios. Preciso es que haya aradores y sembradores así como segadores y otros que amarren las gavillas. El amo honrado paga a sus labradores según es la obra que hacen, y no según las mieses que crecen en sus campos. Nuestro Señor tratará de la misma manera el día final a todos sus servidores. Sabe que no llevan el éxito en sus manos; sabe que no pueden cambiar corazones, y los premiará según haya sido su trabajo, y .no por lo que este haya producido. No es al «siervo bueno y afortunado,» sino al «siervo bueno y fiel» a quien dirá: «Entra en el gozo de tu Señor.» Mat. 25.21.

La mayor parte de este pasaje tiene por objeto mostrarnos la dignidad y la importancia del matrimonio. Es sabido que las opiniones dominantes entre los Judíos respecto a este particular, cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, eran muy laxas y vulgares en extremo. No reconocían el carácter obligatorio del vínculo matrimonial Permitido era y muy común el divorcio por causas ligeras y aun triviales; y como una consecuencia muy natural, no se comprendían bien cuales eran los deberes de los maridos para con sus esposas, ni recíprocamente los de estas para con aquellos. Para mejorar este estado de cosas, nuestro Señor proclama una serie de principios santos y elevados. Se refiere a la institución original del matrimonio cuando la creación del mundo, como la unión de un hombre y de una mujer. Cita y prohija las palabras solemnes que se usaron en el matrimonio de Adán y Eva, como palabras que tienen una significación perpetua: «el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán dos en una carne.»Y agrega este grave comentario a esas palabras: «Lo que Dios ha unido, que el hombre no separe.» Finalmente, en contestación a las preguntas de sus discípulos, declara que el divorcio seguido de otro matrimonio, excepto en caso de infidelidad, es quebrantar el séptimo mandamiento.

Nunca se podrá exagerar la importancia de la cuestión que en este lugar decide nuestro Señor. Mucho debemos agradecerle que haya sido tan explícito y tan completo en la manifestación de su modo de pensar respecto a ella. El matrimonio es el fundamento del sistema social de las naciones; la moralidad pública, y la felicidad privada de las familias están profundamente interesadas en la cuestión de la ley sobre matrimonios. La experiencia de todas las naciones confirma de una manera notable lo sabio de la decisión de nuestro Señor en este pasaje. Es un hecho comprobado, que la poligamia, y el permiso de obtener divorcios por motivos; ligeros, tienen una tendencia directa a engendrar la inmoralidad. En una palabra, cuanto más se acerquen las leyes de un país sobra el matrimonio a la ley de Cristo, resultará que es más elevado el tono moral que reine en él Todos los que están casados, o se proponen casarse, deben meditar bien en lo que el Señor Jesucristo nos enseña en este pasaje. De todas las relaciones de la vida ninguna debe mirarse con más reverencia, ninguna contraerse con más cautela que la de marido y mujer. En ninguna otra se puede hallar más felicidad terrena si se contrae con discreción, cordura y temor de Dios; pero en ninguna otra tampoco pueden originarse más desgracias si se emprende ligera, necia y desacertadamente. No hay ningún acto en la vida que tanto beneficio pueda hacer al alma, si las voluntades y las manos se unen «en el Señor;» ninguno la perjudica más, si el capricho, la pasión, o cualquier otro motivo mundano es la única causa que produce la unión. Salomón fue el más sabio de los hombres, y «sin embargo aun a él lo hicieron pecar las mujeres extranjeras.» Neh. 13.26.

Hay desgraciadamente demasiada necesidad de imprimir estas verdades en el corazón de los hombres. Es una verdad muy triste que pocas determinaciones se toman en la vida, con tanta ligereza, tanto capricho y tal olvido de Dios como la de casarse. Pocos son los jóvenes que piensan en invitar a Cristo a sus bodas. Es un hecho melancólico pero cierto que los matrimonios desgraciados son una de las principales causas de las miserias y de las desgracias que tanto abundan en el mundo. Tarde descubren que se han equivocado, y llenan de amargura el resto de sus días. Felices los que al pensar en casarse observan estas tres reglas: la primera, casarse en el Señor y después de pedir en sus oraciones la aprobación y la bendición del. Señor ; la segunda, no esperar demasiado de su cónyuge, recordando que el matrimonio es la unión de dos pecadores, y no la de dos ángeles ; y la tercera, empeñarse primero y antes que todo en santificarse mutuamente. Los que más santamente se casan, son siempre los más felices: «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla.» Ef 5 2Sa_25:26.

Mar 10:13-16

La escena que nos presentan estos cuatro versículos es interesante en extremo. Vemos que presentan a Cristo unos niños «para que los toque,» y a los discípulos reñir a los que los habían traído. Se nos dice que Jesús vio aquello «muy disgustado,» y reconvino a sus discípulos con palabras muy notables.

Finalmente se nos relata, «que tomándolos en sus brazos, puso sus mano sobre ellos, y los bendijo..

Aprendamos, ante todo, en este pasaje, cuanta atención debe la iglesia de Cristo prestar a las almas de los niños. La Gran Cabeza de la Iglesia tuvo tiempo para ocuparse de ellos, aunque le era tan precioso mientras estuvo en la tierra, y aunque había tantos hombres y tantas mujeres que por todas partes perecían por falta de conocimiento, no creyó que era de poca importancia ocuparse de los niños. En su corazón infinito había lugar también para ellos, y manifestó la buena voluntad que les tenia con sus hechos y con sus acciones; y lo que no es menos, ha dejado consignadas respecto a ellos unas palabras que nunca olvidará su iglesia, «De tales es el reino de Dios..

No vayamos ni por un momento a imaginarnos que se puede con seguridad dejar abandonadas las almas de los niños. El carácter que en ellos se desarrolla y los distingue durante la vida depende muy mucho de lo que han visto y oído durante sus siete años primeros. Nunca son demasiado jóvenes para aprender el mal y el pecado; nunca tampoco lo son para recibir impresiones religiosas. Piensan a su manera, puerilmente, en Dios, y en sus almas y en un mundo venidero, más pronto y con más profundidad que lo que se imaginan muchos. Saben responder con más prontitud de lo que algunos piensan a los llamamientos que se dirigen a sus sentimientos de lo bueno y de lo malo; tienen conciencia. Dios en su misericordia no los ha dejado sin un testigo en sus corazones, aunque sus naturalezas estén corrompidas por la caída. Tienen un alma que vivirá eternamente en el cielo o en el infierno. Nunca es demasiado pronto para empezar a guiarlos a Cristo.

Estas verdades deben ser profundamente meditadas por todos los que forman la iglesia de Cristo. Es deber preeminente de toda congregación cristiana ocuparse de la educación religiosa de los niños y proveer medios para ello. Los niños de ambos sexos de todas las familias deben ser enseñados tan pronto como puedan aprender, conducidos al culto público tan pronto como puedan estar en él con respeto, pues debe mirárseles con interés y afecto como la congregación futura que ocupará los lugares que dejemos vacíos con nuestra muerte. Esperemos confiados que Cristo bendiga todos los esfuerzos que hagamos en hacer bien a los niños.

Ninguna iglesia puede considerarse en una condición moralmente saludable que descuida a sus niños y jóvenes, y excusa su pereza alegando «que los jóvenes tienen que ser jóvenes,» y que es inútil empeñarse en hacerles bien; tal iglesia muestra claramente que no ha comprendido el espíritu de Cristo. Una congregación que no se compone sino de personas crecidas, cuyos hijos están holgazaneando en casa o corriendo por campos y por calles, es el espectáculo más deplorable y más poco satisfactorio que se puede contemplar. Los miembros de congregaciones tales podrán estar orgullosos por su número o por la ortodoxia de sus creencias; estar satisfechos con las repetidas aserciones de la imposibilidad de cambiar el corazón de sus hijos, y que Dios los convertirá el día que así lo juzgue conveniente; pero sepan que tienen aún que aprender que Cristo, los mira como infractores de un deber solemne, y que los cristianos que no emplean todos los medios de que pueden disponer para conducir sus hijos a Cristo están cometiendo un pecado muy grave.

Mar 10:17-27

La historia que acabamos de leer se relata nada menos que tres veces en el Nuevo Testamento. Mateo, Marcos y Lucas fueron todos inspirados por el mismo Espíritu al escribirla para nuestra enseñanza. No debe dudarse que hay un propósito muy sabio en la triple repetición de los mismos hechos y de hechos tan sencillos. El objeto es indicarnos que las enseñanzas que se desprenden del pasaje merecen una atención particular de la iglesia de Cristo.

Aprendamos, ante todo, en este pasaje, la ignorancia que tiene el hombre de sí mismo.

Se nos habla de uno que ‹›vino corriendo» a donde estaba nuestro Señor, y que «se arrodilló ante El y le dirigió» la solemne cuestión, «¿Qué haré para heredar la vida eterna?» a primera vista había mucho en el hombre que prometía bien. Se ocupaba de cuestiones espirituales, cuando la mayor parte de los que lo rodeaban estaban descuidados é indiferentes. Mostraba disposición a reverenciar a nuestro Señor arrodillándose ante El, mientras que los escribas y los fariseos lo despreciaban. Sin embargo, este hombre ignoraba Completamente el estado de su corazón. Oye a nuestro Señor recitar los mandamientos que fijan nuestros deberes respecto al prójimo, é inmediatamente declara, «Todos esos los ha observado desde mi juventud.» La naturaleza íntima de la lev moral, su aplicación a nuestros pensamientos, a nuestras palabras y acciones son puntos de que está completamente ignorante.

Es, por desgracia, muy común la ceguedad espiritual de que aquí se da muestra. Millares de los que se llaman cristianos en el día no tienen la más remota idea de su pecabilidad y de sus culpas ante los ojos de Dios. Se lisonjean de no haber hecho nada malo. No han asesinado, ni robado, ni cometido adulterio, ni han sido testigos falsos; por tanto, no pueden correr mucho peligro de dejar de ir al cielo.»Olvidan la santidad del Dios con quien tienen que tratar; olvidan las repetidas veces que violan su ley de pensamiento o intención, aunque su conducta externa sea muy arreglada. Nunca estudian algunas partes de la Escritura, por ejemplo, el capítulo quinto de S. Mateo, o si lo hacen es como si tuvieran un velo tupido sobre sus corazones, y no se los aplican. El resultado es que marchan envueltos en su propia rectitud. Como la iglesia de Laodicea están «ricos y abundan en bienes, y de nada necesitan.» Rev_3:17. Viven satisfechos de sí mismos, y así con frecuencia mueren.

Guardémonos de ese estado del alma. Mientras creemos que podemos guardar la ley de Dios, Cristo de nada nos aprovecha. Pidamos a Dios el donde conocernos. Pidamos al Espíritu Santo que nos convenza de pecado, que nos muestre nuestros corazones, a santidad de Dios, la necesidad en que estamos de Cristo. Feliz el que ha aprendido por experiencia el significado de estas palabras de Pablo, «Así que yo sin la ley vivía en un tiempo; mas venido el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí.» Rom_7:9 Marchan unidas la ignorancia de la Ley y la del Evangelio. Aquel cuyos ojos se han abierto realmente a la espiritualidad de los mandamientos, no descansará hasta no encontrar a Cristo.

Aprendamos, además, en esta pasaje, el amor de Cristo a los pecadores.

Es esta una verdad que pone en relieve la expresión que usa S. Marcos, cuando en su narración de la historia del hombre dice, que «Jesús, fijando en él la vista, lo amó.» Ese amor, sin duda, era piedad y compasión. Nuestro Señor observó compadecido la extraña mezcla de fervor é ignorancia que tenia en su presencia. Vio lleno de piedad aquella alma luchando en toda la debilidad y miseria que la caída produce, vio aquella conciencia inquieta con la convicción de necesitar ayuda, vio aquella inteligencia rodeada de tinieblas y ciega sin ver los primeros rudimentos de la religión espiritual. Así como contemplamos un noble edificio en ruinas, destechado, cuarteadas sus paredes, é inútil, mostrando aún muchas señales de la habilidad con que fue ideado y fabricado, así nos imaginamos que Jesús con tierna solicitud contemplaba el alma de este hombre.

No debemos olvidar que Jesús ama y compadece las almas de los impíos; indudable es que siente un amor especial hacia los que oyen su voz y lo siguen; son las ovejas que el Padre le ha dado. Y las vigila con especial cuidado. Son su Esposa, enlazados a El por un pacto eterno, y les son caros como partes de El mismo. El corazón de Jesús es un corazón muy grande: en él abundan la piedad, la compasión, y un tierno interés por los que están hundidos en el pecado y esclavizados al mundo. Aquel que lloró por la incrédula Jerusalén es siempre el mismo; aún desea recoger en su seno al ignorante y al que se cree justo, al infiel y al impenitente, con tal que deseen ser recogidos. Mat. 23.37. Podemos decir con confianza al pecador más empedernido que Cristo lo ama. Hay salvación preparada para el peor de los hombres, si quiere dirigirse a Cristo. Si los hombres permanecen perdidos, no es porque Jesús no los ame, ni esté dispuesto a salvarlos. Palabras solemnes que El ha pronunciado nos revelan ese misterio: «Los hombres aman la oscuridad más que la luz.» «No queréis; venir a mí para que tengáis vida.» Joh_3:19; Joh_5:40.

Aprendamos, finalmente, en este pasaje, el gran peligro del amor del dinero. Es una lección que se nos inculca dos veces. Una vez se desprende de la conducta del hombre cuya historia se nos relata aquí. Con todo el deseo que manifestaba de conseguir la vida eterna, amaba más su dinero que su alma. «Partió afligido.» Y por segunda vez se proclama en las solemnes palabras que nuestro Señor dirigió a sus discípulos, « Que difícil es que los que tienen riquezas entren en el reino de Dios.» «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de Dios.» El día final tan solo probará de una manera completa ‹.a verdad de estas palabras.

Pongámonos en guardia contra el amor del oro; es un lazo para el pobre lo mismo que para el rico. Lo que pierde el alma, no es tanto poseer riquezas como confiar en ellas. Pidamos a Dios el sentirnos satisfechos con lo que poseemos. La sabiduría más elevada es pensar con S. Pablo, cuando dice, «He aprendido a estar contento con el estado en que me encuentro, cualquiera que este sea.» Filip. 4:11.

Mar 10:28-34

Lo primero que debe fijar nuestra atención en estos versículos es la gloriosa promesa que en ellos se contiene. El Señor

Jesús dice a sus discípulos, «En verdad os digo, que no hay hombre que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o heredades, por amor mío y del Evangelio, que no reciba centuplicado, ahora en este tiempo, casas, y hermanos, y hermanas, y madres, é hijos, y heredades, con persecuciones, y en el mundo venidero la vida eterna..

Hay pocas promesas más extensas que esta en la Palabra de Dios. De cierto que no hay ninguna que dé más ánimo para aceptar la vida actual. Contemplen esta promesa todos los tímidos y flojos de corazón en el servicio de Cristo. Estudien bien esta promesa, y beban en ella su consuelo todos los que están sufriendo trabajos y tribulaciones por causa de Cristo.

A todos los que se sacrifican por el Evangelio, Jesús promete resarcirles sus sacrificios « centuplicados, ahora en este tiempo.»No solamente tendrán perdón y gloria en el mundo venidero, sino que aquí, en la tierra, tendrán esperanzas, y alegrías, y consuelos suficientes a compensar las pérdidas que hayan sufrido.

Encontrarán en la comunión de los santos, nuevos amigos, nuevos parientes, nuevos compañeros, más amantes, fieles y valiosos que los que tuvieron antes de su conversión. El verse recibidos en la familia de Dios será abundante recompensa por la exclusión en que se encuentren de la sociedad de este mundo. Esto podrá resonar en muchos oídos como algo increíble y sorprendente; pero muchos saben por experiencia que es verdad.

Á todos los que se sacrifican por el Evangelio, Jesús promete «vida eterna en el mundo venidero.» Tan pronto como abandonen su tabernáculo terreno, comenzarán una existencia gloriosa, y el día de la resurrección gozarán de honores y alegrías tales quo exceden la comprensión humana. Sus ligeras aflicciones de unos pocos años terminarán en recompensas eternas. Sus combates y pesares mientras han estado en el cuerpo, se cambiarán en un reposo perfecto y en una corona triunfal. Vivirán en un mundo en que no hay muerte, ni pecado, ni diablo, ni cuidados, ni lloros, ni separaciones, pues todas las cosas antiguas habrán pasado. Dios lo ha dicho, y se verá que todo es verdad.

En donde está el santo que se atreva a decir, oyendo estas gloriosa» promesas, que no hay estímulos para servir a Cristo? ¿En donde está el hombre o la mujer que en la carrera del cristiano siente que sus manos empiezan a caer y sus rodillas a Saquear? Que mediten este pasaje y cobren nuevo valor. El tiempo es corto; el fin es seguro; podrán sentirse pesados durante una noche, pero el gozo viene con la mañana. Confiemos pacientemente en el Señor Lo que, en segundo lugar, reclama nuestra atención en estos versículos, es el solemne apercibimiento que contienen. El Señor Jesús veía la presunción secreta de sus discípulos, y quiso cortar el vuelo a sus altos pensamientos con algunas palabras oportunas. «Muchos que son primeros serán últimos, y los últimos primeros..

¡Que verdad no encierran estas palabras aun aplicadas a los doce apóstoles! Entre los que oían a nuestro Señor se encontraba un hombre que por algún tiempo pareció ser uno de los más preeminentes de los doce. Tenía a su cuidado el tesoro y guardaba lo que en él se ponía; y, sin embargo, ese hombre cayó y tuvo un fin desastroso. Se llamaba Judas Iscariote. Por el contrarío, entre los oyentes de nuestro Señor no se encontraba aquel día uno que en época posterior hizo más por Cristo que todos los doce. Cuando nuestro Señor hablaba así era aún un joven fariseo, que se educaba a los pies de Gamaliel, y que por nada sentía tanto celo como por la ley. Y, sin embargo, ese joven al fin fue convertido a la fe de Cristo, no se quedó atrás de los principales de los apóstoles, y trabajó más que todos. Su nombre era Saulo. Con razón dijo nuestro Señor, «los primeros serán últimos, y los últimos primeros..

¡Que verdaderas son esas palabras, cuando las aplicamos a la historia de las iglesias cristianas! Hubo un tiempo que el Asia Menor, la Grecia, y el África Septentrional estaban llenas de cristianos, mientras que la Inglaterra y la América eran países paganos. Mil y seiscientos años han producido un gran cambio.

Las iglesias de África y de Asia se han hundido en una ruina completa, al mismo tiempo que las iglesias de Inglaterra y de América están trabajando en extender por el mundo el Evangelio. Con razón pujo decir nuestro Señor que «los primeros serán los últimos, y los últimos primeros..

¡Cuan verdaderas parecen estas palabras a los creyentes, cuando registran bus pasadas vidas y recuerdan todo lo que han visto desde el día de su conversión! Cuantos empezaron a servir a Cristo en la misma época que ellos y al parecer marcharon bien por algún tiempo. ¿Pero en donde se encuentran ahora? El mundo ha cautivado a uno; falsas doctrinas han extraviado a otro; un matrimonio malo La echado a perder a un tercero; y pocos son los creyentes que no puedan recordar muchos casos parecidos. Pocos son los que al fin no descubren que « los últimos son a menudo los primeros, y los primeros últimos.› Aprendamos a pedir en nuestras oraciones humildad al leer textos como este. No es bastante comenzar bien; debemos perseverar, y adelantar, y continuar en nuestra buena conducta. No nos contentemos con las primeras flores de algunas pocas convicciones religiosas, de alegrías, pesares, esperanzas y temores.

Preciso es que produzcamos los buenos frutos de hábitos sentados, y arrepentimiento, fe y santidad. Feliz el que calcula el costo, y se decide, después de haber empezado a marchar por la senda estrecha, a nunca separarse de ella apoyándose en la gracia de Dios.

Finalmente, fijemos nuestra atención al leer este pasaje en la presciencia de nuestro Señor respecte a sus propios sufrimientos y a su muerte. Habla tranquila y deliberadamente a sus discípulos de su pasión que tendría lugar en Jerusalén. Va describiendo una tras otra todas las principales circunstancias que acompañarían su muerte. Nada reserva, nada oculta.

Marquemos esto bien. No hubo nada de involuntario ni imprevisto en la muerte de nuestro Señor. Fue resultado de su propia elección libre, determinada y deliberada. Desde el principio de su ministerio terrenal, vio siempre ante sí la cruz, y se dirigió a ella mártir voluntario. Sabia que su muerte era la reparación necesaria que debía hacerse para reconciliar al hombre con Dios. El había pactado que su sangre seria el precio de esa reparación y a ello se había obligado.

Cuando llegó el tiempo señalado, como fiador fiel, cumplió su palabra, y murió por nuestros pecados en el Calvario.

Bendigamos a Dios por el Evangelio que nos presenta tal Salvador, tan fiel a las condiciones del pacto, tan dispuesto a sufrir, que con tan buena voluntad se sometiese por nosotros a ser tenido por pecador y por maldito. No dudemos que Aquel que cumplió su promesa de sufrir, cumplirá también la de salvar a iodos los que a El se acerquen. No lo aceptemos regocijados tan solo como nuestro Redentor y Abogado, si no que también pongamos con el mismo regocijo a su servicio nuestras personas y todo lo que poseemos. En verdad que si Cristo murió con tanto gusto por nosotros poco es exigir de los cristianos que vivan por El.

Mar 10:35-45

Marquemos en este pasaje la ignorancia de los discípulos de nuestro Señor. Vemos a Santiago y a Juan pretendiendo los primeros puestos en el reino de la gloria, y al mismo tiempo declarar muy confiados que se encuentran capaces de beber del cáliz de su Maestro y de ser bautizados con el bautismo de su Maestro. A pesar de todas las amonestaciones tan claras de nuestro Señor se apegan obstinadamente a la creencia de que el reino de Cristo sobre la tierra iba a aparecer inmediatamente. A pesar de sus tropiezos en el servicio de Cristo, no tienen la menor duda de que podrán sufrir todo lo que sobre ellos caiga. Con toda su fe y su gracia, con todo su amor a Jesús, ni conocen sus corazones, ni la aspereza del camino en que marchan. Aun sueñan con coronas temporales y con recompensas terrestres, y no saben que clase de hombres son.

Pocos son los verdaderos cristianos que no se parecen a Santiago y a Juan, cuando empiezan a servir a Cristo. Tenemos demasiada propensión a esperar de nuestra religión más goces inmediatos de los que el Evangelio nos autoriza a aguardar. Estamos muy dispuestos a olvidar la cruz y las tribulaciones y a pensar solo en coronas. Nos formamos una idea falsa de nuestra paciencia y de nuestro sufrimiento, y no sabemos juzgar con exactitud la fuerza real que tenemos para resistir tentaciones y pruebas. Y el resultado es que con frecuencia compramos muy caro la sabiduría, con amarga experiencia, con muchos desengaños, y con no pocas caídas.

Que el caso que meditamos nos enseñe lo importante que es juzgar de nuestra religión con calma y una razón sólida. Derecho tenemos, como Santiago y Juan, de desear los dones más excelentes, y comunicar a Cristo todos nuestros deseos. Con justicia debernos creer como ellos que Jesús es Rey de reyes, y que reinará Un día sobre la tierra; pero no olvidemos, como ellos, que todo cristiano debe cargar con su cruz, y «que tenemos que entrar en el reino de Dios al través de muchas tribulaciones.» Hechos 14.22. No confiemos demasiado, como ellos, en nuestras fuerzas, ni nos jactemos de poder hacer todo lo que Cristo nos exija. Guardémonos de esa jactancia al entrar en la senda de la vida cristiana, que, esta conducta nos salvará de muchos tropiezos humillantes.

Marquemos, en segundo lugar, en este pasaje, la alabanza quo nuestro Señor hace de la humildad, y de la consagración al bien del prójimo. Parece que los diez se disgustaron mucho con Santiago y Juan con motivo de la petición que hicieron a su Maestro. Su ambición y deseo de preeminencia se volvieron a exaltar con la idea de que alguno pudiera colocarse por encima de ellos. Nuestro Señor comprendió bien cuales eran sus sentimientos, y, como médico hábil, procedió inmediatamente a propinarles una medicina apropiada. Les dice que basaban sus ideas de grandeza en un cimiento falso; les repite con énfasis renovado la lección que ya les había dado en el capítulo precedente : «Cualquiera de vosotros que sea más grande, será el servidor de todos.» Y apoya toda su demostración en el argumento concluyente de su propio ejemplo. «Aun el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir..

Que todo el que desee agradar a Cristo, esté en, guardia contra ese sentimiento de apreciación exagerada de si mismo, y pida a Dios en sus oraciones que lo cure de él; es un sentimiento que está arraigado profundamente en nuestros corazones. Muchos abandonaron el mundo, cargaron a cuestas con su cruz, profesaron prescindir de su propia justicia, y creer en Cristo, y se irritan y se afligen, cuando un hermano es más honrado que ellos. Esto no debe ser.

Meditemos siempre en estas palabras de S. Pablo: «Nada hagáis por contienda ni por vanagloria; antes con humildad de espíritu, estimándoos inferiores los unos a los otros.» Filip. 2.3. iBienaventurado el hombre que puede sinceramente regocijarse cuando otros son exaltados, aunque él mismo se vea olvidado y postergado! Sobre todo, que los que desean seguir las huellas de Cristo, se empeñen en ser útiles a los demás. Propónganse hacer bien en sus días y en su generación.

Vasto es el campo siempre para la beneficencia; lo que se necesita es voluntad é inclinación. No olvidemos nunca que la verdadera, grandeza no consiste en ser almirante, general, hombre de estado, o artista. Estriba en sacrificarnos, en consagrar cuerpo y alma y espíritu a la obra bendita de hacer a nuestros prójimos más y más felices. Los que se ejercitan, usando los medios que la Escritura nos suministra, en aliviar los pesares y aumentar los goces de los que los rodean, los Howards, los Wilberforces, los Martyns, los Judsons de las naciones, esos son los verdaderamente grandes a los ojos de Dios. Mientras viven son objetos de burlas, de desprecios, del ridículo y muchas veces de las persecuciones. Pero en el cielo está el recuerdo de sus hechos, allí está escrito su nombre, y su alabanza es eterna. Recordemos esto, y mientras tengamos tiempo, hagamos bien a los hombres, y seamos siervos de todos por amor de Cristo.

Esforcémonos por dejar el mundo mejor, más santo y más feliz que cuando nacimos. Una vida consumida de esa manera es verdaderamente imitar a Cristo, y lleva en sí su recompensa.

Notemos, por último, en este pasaje, el lenguaje que usa nuestro Señor al hablar de su propia muerte. Dice, «El Hijo del hombre vino a dar su vida en rescate por muchos..

Esta es una de esas expresiones que debían guardar como un tesoro en sus almas todos los verdaderos cristianos. Es uno de los textos que prueban de una manera incontrovertible el carácter expiatorio de la muerte de Cristo. Su muerte no fue una muerte común, como la de un mártir, ú otros santos. Fue el pago público que hizo un Representante. Omnipotente de lo que debía el hombre pecador al Dios santo. Era el rescate que un Fiador divino ofrecía para procurar la libertad de pecadores, atados y ligados por la cadena de sus pecados. Con esa muerte Jesús dio satisfacción plena y completa por las transgresiones sin cuento del hombre. En la cruz cargó nuestros pecados sobre su cuerpo. El Señor se cubrió con todas nuestras iniquidades, y cuando murió, murió por todos. Cuando sufrió, sufrió en nuestro lugar; cuando colgaba de la cruz, colgaba de ella como Sustituto nuestro, y su sangre que allí corrió, fue el precio de nuestras almas.

Que todos los que en Cristo confían se consuelen al pensar que se apoyan en sólido cimiento. Verdad es que somos pecadores, pero Cristo cargó sobre si nuestros pecados. Verdad es que somos deudores pobres y desvalidos, pero Cristo ha pagado nuestras deudas. Verdad es que merecemos vernos encerrados para siempre en la prisión del infierno; pero, gracias a Dios, Cristo ha pagado por completo nuestro rescate. La puerta está abierta de par en par, y los prisioneros pueden salir libres. Que todos por los. sentimientos de nuestro corazón tengamos la convicción de poseer ese privilegio, y marchemos en la bendita libertad de los hijos de Dios.

Mar 10:46-52

Leemos en estos versículos el relato de uno de los milagros de nuestro Señor. Vemos en él, según vamos leyendo, un vivido emblema, de las cosas espirituales. No estudiamos una historia que, como las hazañas de César y de Alejandro, no nos conduzca personalmente. Tenemos ante nosotros un cuadro en que debe interesarse mucho el alma de todo cristiano.

Tenemos aquí, en primer lugar, un ejemplo de una fe profunda. Se nos dice que al salir Jesús de Jericó, un hombre ciego llamado. Bartimeo «estaba sentado a la orilla del camino mendigando cuando oyó que era Jesús Nazareno, empezó a clamar, y a decir. «Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí..

Bartimeo era ciego de cuerpo, pero no de alma: tenía abiertos los ojos de la inteligencia. Veía cosas que Annas y Caifas, y otros sabios escribas y fariseos, nunca vieron ni remotamente. Vio que Jesús el Nazareno, apodo despreciativo que se le daba a nuestro Señor, que Jesús, que había vivido durante treinta años en una aldea oscura de la Galilea, que ese mismo Jesús era el Hijo de David, el Mesías que los profetas hacia tanto tiempo habían anunciado. No había presenciado ninguno de los milagros extraordinarios de nuestro Señor, no había tenido oportunidad da ver los muertos resucitar con una palabra, y los leprosos quedar curados con el contacto de su mano. Pero había oído la narración de los hechos portentosos de nuestro Señor, y había creído con oídos. Estaba satisfecho tan solo por oídas, que Aquel de quien tales, portentos se narraban debía ser el Salvador prometido, y debía ser capaz de curarlo. Y así es que cuando nuestro Señor se le acercó, exclamó, «Jesús, hijo de David, ten piedad de mí..

Pidamos a Dios fe semejante a esa y esforcémonos en obtenerla. Á. nosotros no nos es concedido tampoco ver a Jesús con los ojos del cuerpo; pero hemos oído hablar de su poder, de su gracia, y de su deseo de salvar, en el Evangelio tenemos promesas inmensas de sus propios labios, consignadas por escrito para nuestro estímulo; tengamos confianza implícita en esas promesas, y sin dudar entreguemos nuestras almas a Cristo. No temamos dar crédito absoluto a sus palabras llenas de gracia, y creer que cumplirá lo que ha prometido hacer por los pecadores. ¿Cual es el principio de la fe salvadora, sino aventurar el alma en manos de Cristo? ¿Cual es la vida de la fe que salva, sino apoyarse de continuo en la palabra de un Salvador invisible? ¿Cual es el primer paso del cristiano, sino gritar, como Bartimeo, «Jesús, ten misericordia de mí»? ¿Cual es la conducta diaria de todo cristiano, sino conservar el mismo espíritu de fe? «En el cual creyendo, aunque al presente no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y lleno de gloria.» 1 Pedro 1.8.

Tenemos, en segundo lugar, en estos versículos, un ejemplo de determinación y perseverancia en medio de dificultades. Se nos dice que cuando Bartimeo empezó a gritar, «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí,» encentró poco apoyo en los que estaban cerca de él al contrario, «muchos le ordenaban que guardara silencio.» Pero no era hombre de callarse. Si los demás no sabían lo desgraciado que es ser ciego, él lo sabía. Si los demás no creían que merecía la pena tomarse tanto afán, él pensaba de otra manera. No se ocupó de los reproches de los que estaban en torno suyo, ni hizo caso del ridículo que su importunidad probablemente le acarrearía. «Gritó cada vez más,» y con sus clamores obtuvo su deseo, y recobró la vista.

Que todos los que desean salvarse marquen bien la conducta de Bartimeo, y sigan diligentemente sus huellas. Como él, no debemos cuidarnos de lo que los demás dicen y piensan do nosotros, cuando buscamos la cura de nuestras almas. No faltarán nunca personas que nos digan que es «muy temprano,» o «muy tarde;» que vamos « muy aprisa,» o « muy lejos;» quo no necesitamos ni orar tanto, ni leer tan de continuo la Biblia, ni manifestar tanta ansiedad por salvarnos.

Como Bartimeo debemos por lo mismo exclamar más alto, «Jesús, ten misericordia de mí..

¿Por qué razón son los hombres tan tibios en buscar a Jesús? ¿Por qué tan pronto se desvían del camino que nos acerca a Dios, o se detienen en él desalentados? Sencilla y corta es la respuesta: no están bien convencidos de sus pecados, de la enfermedad de sus almas, de la lepra de sus corazones. Cuando el hombre llega a tener la convicción de sus culpas, tales como son, no puede descansar hasta no obtener paz y perdón en Cristo. Entonces, como Bartimeo, contempla lo deplorable de la condición en que se encuentra y persevera, coma Bartimeo, y al fin queda curado.

Finalmente tenemos en estos versículos un ejemplo de la influencia apremiante que debe tener sobre nuestras almas la gratitud hacia Cristo. Bartimeo no volvió a su casa así que recobró la vista; no quiso dejar a Aquel de quien había recibido tan señalada merced. Consagró las nuevas facilidades que su cura le daba, al servicio del Hijo de David que lo había curado. Su historia concluye con esta tierna manifestación: « Siguió a Jesús en su camino..

Veamos en estas sencillas palabras el vivido emblema de los efectos que la gracia de Cristo debería producir en todo el que la experimenta. Debería convertirlo en un sectario de Cristo, é introducirlo con firmeza y estabilidad en la senda de la santidad. Gratuitamente perdonado, debería entregarse voluntaria y absolutamente al servicio de Cristo. Comprado por un precio tan valioso como lo es la sangre de Cristo, debería consagrarse de corazón al que lo redimió. Si la gracia se siente realmente, debería hacer exclamar al que la experimenta, « ¿Qué daré al Señor en cambio de todos sus beneficios?» Así aconteció con el apóstol Pablo cuando dice, «el amor de Cristo nos apremia.» 2 Cor. 5.14. Así también debería acontecer hoy a todos los verdaderos cristianos. La persona que se jacta de interesarse por Cristo, y no sigue a Cristo en su vida, se engaña a sí mismo miserablemente, y destruye su alma. «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales,» y solo ellos, «son hijos de Dios.» Rom. 8.14.

¿Hemos abierto nuestros ojos para contemplar el Espíritu de Dios? ¿Hemos sido ya enseñados a ver bajo su verdadera luz el pecado, a Cristo, la santidad, y el cielo? ¿Podemos decir, «Una cosa sé, que antes estaba ciego, y ahora veo?» Si así es, sabremos por experiencia propia lo que hemos estado leyendo; si no, aun marchamos por la senda ancha que guía a la destrucción, y tenemos que aprenderlo todo.

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