Tenemos, en segundo lugar, en estos versículos, un ejemplo de determinación y perseverancia en medio de dificultades. Se nos dice que cuando Bartimeo empezó a gritar, «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí,» encentró poco apoyo en los que estaban cerca de él al contrario, «muchos le ordenaban que guardara silencio.» Pero no era hombre de callarse. Si los demás no sabían lo desgraciado que es ser ciego, él lo sabía. Si los demás no creían que merecía la pena tomarse tanto afán, él pensaba de otra manera. No se ocupó de los reproches de los que estaban en torno suyo, ni hizo caso del ridículo que su importunidad probablemente le acarrearía. «Gritó cada vez más,» y con sus clamores obtuvo su deseo, y recobró la vista.
Que todos los que desean salvarse marquen bien la conducta de Bartimeo, y sigan diligentemente sus huellas. Como él, no debemos cuidarnos de lo que los demás dicen y piensan do nosotros, cuando buscamos la cura de nuestras almas. No faltarán nunca personas que nos digan que es «muy temprano,» o «muy tarde;» que vamos « muy aprisa,» o « muy lejos;» quo no necesitamos ni orar tanto, ni leer tan de continuo la Biblia, ni manifestar tanta ansiedad por salvarnos.
Como Bartimeo debemos por lo mismo exclamar más alto, «Jesús, ten misericordia de mí..
¿Por qué razón son los hombres tan tibios en buscar a Jesús? ¿Por qué tan pronto se desvían del camino que nos acerca a Dios, o se detienen en él desalentados? Sencilla y corta es la respuesta: no están bien convencidos de sus pecados, de la enfermedad de sus almas, de la lepra de sus corazones. Cuando el hombre llega a tener la convicción de sus culpas, tales como son, no puede descansar hasta no obtener paz y perdón en Cristo. Entonces, como Bartimeo, contempla lo deplorable de la condición en que se encuentra y persevera, coma Bartimeo, y al fin queda curado.
Finalmente tenemos en estos versículos un ejemplo de la influencia apremiante que debe tener sobre nuestras almas la gratitud hacia Cristo. Bartimeo no volvió a su casa así que recobró la vista; no quiso dejar a Aquel de quien había recibido tan señalada merced. Consagró las nuevas facilidades que su cura le daba, al servicio del Hijo de David que lo había curado. Su historia concluye con esta tierna manifestación: « Siguió a Jesús en su camino..
Veamos en estas sencillas palabras el vivido emblema de los efectos que la gracia de Cristo debería producir en todo el que la experimenta. Debería convertirlo en un sectario de Cristo, é introducirlo con firmeza y estabilidad en la senda de la santidad. Gratuitamente perdonado, debería entregarse voluntaria y absolutamente al servicio de Cristo. Comprado por un precio tan valioso como lo es la sangre de Cristo, debería consagrarse de corazón al que lo redimió. Si la gracia se siente realmente, debería hacer exclamar al que la experimenta, « ¿Qué daré al Señor en cambio de todos sus beneficios?» Así aconteció con el apóstol Pablo cuando dice, «el amor de Cristo nos apremia.» 2 Cor. 5.14. Así también debería acontecer hoy a todos los verdaderos cristianos. La persona que se jacta de interesarse por Cristo, y no sigue a Cristo en su vida, se engaña a sí mismo miserablemente, y destruye su alma. «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales,» y solo ellos, «son hijos de Dios.» Rom. 8.14.
¿Hemos abierto nuestros ojos para contemplar el Espíritu de Dios? ¿Hemos sido ya enseñados a ver bajo su verdadera luz el pecado, a Cristo, la santidad, y el cielo? ¿Podemos decir, «Una cosa sé, que antes estaba ciego, y ahora veo?» Si así es, sabremos por experiencia propia lo que hemos estado leyendo; si no, aun marchamos por la senda ancha que guía a la destrucción, y tenemos que aprenderlo todo.
