(iii) Jesús habría dicho dos cosas de las posesiones materiales.
(a) Son la piedra de toque de una persona. Por cada cien personas que pueden soportar la adversidad no hay más que una que pueda soportar la prosperidad. La prosperidad puede hacer a una persona muy fácilmente arrogante, orgullosa, satisfecha de sí misma, mundana. Hay que ser una persona como Dios manda para soportarla dignamente.
(b) Es una responsabilidad. Una persona siempre será juzgada por dos baremos: Cómo obtuvo su riqueza, y cómo la usa. Cuanto más tenga, mayor será la responsabilidad que se le imponga. ¿Usará lo que tiene egoísta o generosamente? ¿Lo usará como si fuera el dueño indiscutible, o recordando que es Dios Quien se lo ha dejado en depósito?
La reacción de los discípulos fue que, si lo que Jesús estaba diciendo era cierto, era prácticamente imposible salvarse. Entonces Jesús resumió en pocas palabras toda la doctrina de la salvación. «Si -dijo- la salvación dependiera de los esfuerzos de una persona, sería imposible; pero la salvación es el don de Dios, y todas las cosas son posibles para Dios.» El que confía en sí mismo y en su riqueza nunca puede estar seguro de salvarse. El que confía en el poder salvador y en el amor redentor de Dios puede entrar gratis en la salvación. Este es el pensamiento que expresó Jesús, y lo que Pablo escribió en todas sus cartas. Y esta es la verdad que sigue siendo para nosotros la base fundamental de la fe cristiana.
CRISTO NO QUEDA EN DEUDA CON NADIE
Marcos 10:28-31
Pedro se puso a decirle a Jesús:
-¡Fíjate! Nosotros lo hemos dejado todo para ser Tus seguidores.
-Os diré la pura verdad -les contestó Jesús-: No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras por causa de Mí o del Evangelio, que no recupere cien veces más en este tiempo presente, hogares, hermanos, hermanas, madres, hijos, tierras, con persecuciones, y en el mundo venidero la vida eterna. Pero muchos que están los primeros serán los últimos, y los últimos, primeros.
Pedro había estado dándole vueltas a la cosa en su cabeza y, como le era característico, no podía callar la boca. Acababa de ver a un hombre rechazar el «¡Sígueme!» de Jesús. Acababa de oírle decir a Jesús que ese hombre, por su reacción, se había excluido del Reino de Dios. Pedro no podía por menos de trazar el contraste entre aquel hombre y él mismo y sus amigos. Al contrario de lo que había hecho aquel hombre, que había rehusado la invitación de Jesús a seguirle, él y sus amigos la habían aceptado; y Pedro, con esa casi silvestre sinceridad suya, quería saber lo que él y sus amigos iban a sacar. La respuesta de Jesús cae en tres secciones.
(i) Dijo que nadie renunciará nunca a nada por causa de Él y de Su Buena Noticia que no lo recupere multiplicado por cien. Aquello fue un hecho repetido en las vidas de muchos de los primeros cristianos. La conversión al Cristianismo de un hombre le podía suponer la pérdida de hogar y amigos y parientes, pero su entrada en la Iglesia Cristiana le introducía en una familia mucho más amplia y numerosa unida por lazos espirituales.
Lo vemos hecho realidad en la vida de Pablo. Sin duda, cuando Pablo se hizo cristiano, le cerraron en la cara las puertas de su propia casa, y su familia le proscribió. Pero igualmente sin duda hubo ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, aldea tras aldea en Europa y en Asia Menor donde él podía encontrar un hogar donde se le esperara y una familia en Cristo que le recibiera. Es curioso cómo usa los términos familiares. En Rom_16:13 , dice que la madre de Rufo había sido tan buena como una madre para él; en Phm_1:10 habla de Onésimo como el hijo que le ha nacido en la cárcel.
Así sucedería con todos los cristianos en los primeros tiempos. Cuando su propia familia los excluía, entraban en la familia más amplia de Cristo.
Cuando Egerton Young predicó por primera vez el Evangelio a los amerindios de Saskatchewan, la idea de que Dios fuera Padre fascinaba a hombres que hasta entonces no habían pensado en Dios nada más que en relación con el trueno y el rayo y las tormentas. El viejo jefe le preguntó a Egerton Young: «¿Te he oído bien llamar a Dios «Padre nuestro»?» «Es verdad que lo he dicho» -le contestó el misionero. «¿Es Dios tu Padre?» -preguntó de nuevo el jefe. «Sí» -contestó Egerton. «Y -prosiguió el jefe-, ¿es Él también mi Padre?» «No te quepa la menor duda»- le contestó Young. De pronto se le iluminó el rostro al jefe, y extendió los brazos mientras decía como si hubiera hecho un descubrimiento maravilloso: « ¡Entonces, tú y yo somos hermanos!»
Una persona puede tener que sacrificar vínculos que le son muy queridos al convertirse a Cristo; pero entonces se convierte en miembro de una familia y de una fraternidad que abarca la Tierra y el Cielo.
(ii) Jesús añadió dos cosas. La primera, añadió las sencillas palabras « y persecuciones.» Automáticamente, estas palabras sacan todo el tema del mundo del quid pro quo. Descartan la idea de una recompensa material por un sacrificio material. Nos dicen dos cosas. Nos presentan la absoluta honradez de Jesús. Él no ofrecía nunca gangas. Decía claramente que el ser cristiano es una cosa costosa. Jesús nunca usó el soborno para invitar a que Le siguieran, sino el desafío. Es como si dijera: « Puedes estar seguro de que recibirás Tu recompensa, pero tendrás que mostrarte lo suficientemente grande y gallardo para obtenerla.» La segunda cosa que Jesús añadió, fue la referencia al mundo venidero. Él nunca prometió que habría en este mundo de espacio y tiempo una especie de revisión final del ejercicio y cierre de cuentas. Jesús no llamaba a las personas a ganar las recompensas del tiempo. Las llamaba a ganar las bendiciones de la eternidad. Este no es el único mundo que Dios tiene para cumplir Sus compromisos.
