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Marcos 10: En la enfermedad y en la salud

Y, sin embargo, nuestro Señor conocía los corazones de los hombres. Sabia muy bien que una gran proporción de sus oyentes era empedernida é incrédula.

Sabía al hablar que la mayor parte de sus palabras caían al suelo sin que de ellas se cuidasen ni ocupasen, y que la mayor parte de las veces vano era el trabajo que se tomaba por la salud de las almas. Todo esto lo sabia, y, sin embargo, continuaba trabajando.

Debemos ver en este hecho un modelo perpetuo para todos los que tratan de hacer el bien, cualquiera que sea su empleo. No lo borren de su memoria los ministros y los misioneros, los profesores, los maestros de escuelas dominicales, los visitadores domiciliarios y agentes laicales, las cabezas de familia que presiden al culto doméstico, y las nodrizas que tienen niños a su cargo; que todos recuerden el ejemplo que les da Cristo y traten de seguirlo. No hemos de abandonar la enseñanza porque no palpemos el bien que produce; no debemos disminuir nuestros esfuerzos porque no veamos el fruto de nuestro trabajo.

Trabajemos con constancia, teniendo siempre presente el gran principio, que nuestro es el deber, y los resultados son de Dios. Preciso es que haya aradores y sembradores así como segadores y otros que amarren las gavillas. El amo honrado paga a sus labradores según es la obra que hacen, y no según las mieses que crecen en sus campos. Nuestro Señor tratará de la misma manera el día final a todos sus servidores. Sabe que no llevan el éxito en sus manos; sabe que no pueden cambiar corazones, y los premiará según haya sido su trabajo, y .no por lo que este haya producido. No es al «siervo bueno y afortunado,» sino al «siervo bueno y fiel» a quien dirá: «Entra en el gozo de tu Señor.» Mat. 25.21.

La mayor parte de este pasaje tiene por objeto mostrarnos la dignidad y la importancia del matrimonio. Es sabido que las opiniones dominantes entre los Judíos respecto a este particular, cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, eran muy laxas y vulgares en extremo. No reconocían el carácter obligatorio del vínculo matrimonial Permitido era y muy común el divorcio por causas ligeras y aun triviales; y como una consecuencia muy natural, no se comprendían bien cuales eran los deberes de los maridos para con sus esposas, ni recíprocamente los de estas para con aquellos. Para mejorar este estado de cosas, nuestro Señor proclama una serie de principios santos y elevados. Se refiere a la institución original del matrimonio cuando la creación del mundo, como la unión de un hombre y de una mujer. Cita y prohija las palabras solemnes que se usaron en el matrimonio de Adán y Eva, como palabras que tienen una significación perpetua: «el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán dos en una carne.»Y agrega este grave comentario a esas palabras: «Lo que Dios ha unido, que el hombre no separe.» Finalmente, en contestación a las preguntas de sus discípulos, declara que el divorcio seguido de otro matrimonio, excepto en caso de infidelidad, es quebrantar el séptimo mandamiento.

Nunca se podrá exagerar la importancia de la cuestión que en este lugar decide nuestro Señor. Mucho debemos agradecerle que haya sido tan explícito y tan completo en la manifestación de su modo de pensar respecto a ella. El matrimonio es el fundamento del sistema social de las naciones; la moralidad pública, y la felicidad privada de las familias están profundamente interesadas en la cuestión de la ley sobre matrimonios. La experiencia de todas las naciones confirma de una manera notable lo sabio de la decisión de nuestro Señor en este pasaje. Es un hecho comprobado, que la poligamia, y el permiso de obtener divorcios por motivos; ligeros, tienen una tendencia directa a engendrar la inmoralidad. En una palabra, cuanto más se acerquen las leyes de un país sobra el matrimonio a la ley de Cristo, resultará que es más elevado el tono moral que reine en él Todos los que están casados, o se proponen casarse, deben meditar bien en lo que el Señor Jesucristo nos enseña en este pasaje. De todas las relaciones de la vida ninguna debe mirarse con más reverencia, ninguna contraerse con más cautela que la de marido y mujer. En ninguna otra se puede hallar más felicidad terrena si se contrae con discreción, cordura y temor de Dios; pero en ninguna otra tampoco pueden originarse más desgracias si se emprende ligera, necia y desacertadamente. No hay ningún acto en la vida que tanto beneficio pueda hacer al alma, si las voluntades y las manos se unen «en el Señor;» ninguno la perjudica más, si el capricho, la pasión, o cualquier otro motivo mundano es la única causa que produce la unión. Salomón fue el más sabio de los hombres, y «sin embargo aun a él lo hicieron pecar las mujeres extranjeras.» Neh. 13.26.

Hay desgraciadamente demasiada necesidad de imprimir estas verdades en el corazón de los hombres. Es una verdad muy triste que pocas determinaciones se toman en la vida, con tanta ligereza, tanto capricho y tal olvido de Dios como la de casarse. Pocos son los jóvenes que piensan en invitar a Cristo a sus bodas. Es un hecho melancólico pero cierto que los matrimonios desgraciados son una de las principales causas de las miserias y de las desgracias que tanto abundan en el mundo. Tarde descubren que se han equivocado, y llenan de amargura el resto de sus días. Felices los que al pensar en casarse observan estas tres reglas: la primera, casarse en el Señor y después de pedir en sus oraciones la aprobación y la bendición del. Señor ; la segunda, no esperar demasiado de su cónyuge, recordando que el matrimonio es la unión de dos pecadores, y no la de dos ángeles ; y la tercera, empeñarse primero y antes que todo en santificarse mutuamente. Los que más santamente se casan, son siempre los más felices: «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla.» Ef 5 2Sa_25:26.

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