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1 Juan 5: El Amor en la familia de Dios

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha experimentado el nacimiento que viene de Dios; y todo el que ama al padre, ama al hijo. Así es como sabemos que debemos amar a los hijos de Dios, siempre que amemos a Dios y guardemos Sus mandamientos.

Cuando Juan escribía este pasaje tenía dos cosas en el trasfondo de la mente.

(i) Estaba el gran hecho que era la base de todo su pensamiento: el hecho de que el amor a Dios y el amor al hombre son partes inseparables de la misma experiencia. En respuesta a la pregunta del escriba, Jesús había dicho que había dos grandes mandamientos: el primero establecía que debemos amar a Dios con todo nuestro corazón y alma y fuerzas; y el segundo, que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. No hay ningún mandamiento mayor que estos (Marcos 12:28-31). Juan tenía en mente esta palabra de su Señor.

(ii) Pero también tenía en mente una ley natural de la vida humana. El amor de la familia es parte de la naturaleza. El hijo ama naturalmente a sus padres; y también naturalmente, a sus hermanos. La segunda parte del versículo 1 dice literalmente: «Todo el que ama al que ha engendrado, ama al que es engendrado por él.» Para decirlo más sencillamente: « Si amamos a un padre, también amamos a su hijo.» Juan está pensando en el amor que vincula naturalmente a una persona al padre que la engendró y a los otros hijos que el padre ha engendrado.

Juan transfiere esto al reino de la experiencia y del pensamiento cristianós. El cristiano pasa por la experiencia de nacer de nuevo; el Padre es Dios, y el cristiano está obligado a afinar a Dios por todo lo que ha hecho por su alma. Pero uno nace siempre en una familia, y el cristiano nace de nuevo en la familia de Dios. Como sucedió con Jesús, así ha sucedido con él -los que hacen la voluntad de Dios, como él mismo, llegan a ser su madre, sus hermanas y sus hermanos (Marcos 3:35). Así que, si el cristiano ama a Dios Padre Que le engendró, también debe amar a los otros hijos que Dios ha engendrado. Su amor a Dios y su amor a sus hermanos y hermanas en Cristo deben ser las dos caras del mismo amor, tan íntimamente entrelazados que no se pueden separar nunca.
Como se ha dicho: « Una persona no nace solamente para amar, sino también para ser amada. » A. E. Brooke lo expresa diciendo: « Todo el que ha nacido de Dios debe amar a los que han tenido el mismo privilegio.»

Mucho antes de esto había dicho el salmista: « Dios hace habitar en familia a los desamparados» (Salmo 68:6). El cristiano, en virtud de su nuevo nacimiento, se encuentra en la familia de Dios; y, como ama al Padre, debe también amar a los hijos que forman parte de la misma familia que él.

La obediencia imprescindible

Porque esto es el amor de Dios: que guardemos Sus mandamientos; y Sus mandamientos no son gravosos, porque todo lo que es nacido de Dios conquista al mundo.

Juan vuelve a una idea que nunca está muy lejos de su mente: la obediencia es la única prueba del amor. No podemos demostrarle nuestro amor a nadie nada más que tratando de agradarle y de producirle satisfacción. Entonces Juan dice repentinamente una cosa de lo más sorprendente. Los mandamientos de Dios, dice, no son gravosos. Aquí debemos fijarnos en dos cuestiones generales.

Desde luego que no quiere decir que la obediencia a los mandamientos de Dios sea fácil de alcanzar. El amor cristiano no es una cuestión superficial. No es nunca fácil amar a personas que no nos gustan, o que hieren nuestros sentimientos, o que nos injurian. Nunca es fácil resolver los problemas de la convivencia; y, cuando se convierten en el problema de vivir juntos a la altura del nivel cristiano de la vida, es una tarea de dificultad inmensa.

Además, hay en este dicho un contraste implícito. Jesús decía que los escribas y los fariseos ataban fardos pesados y difíciles de llevar, y se los cargaban a los demás (Mateo 23:4). La masa de reglas y de normas de los escribas y fariseos podía ser una carga insoportable para los hombros de cualquiera. No hay duda que Juan estaba recordando el dicho de Jesús: « Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga» (Mateo 11:30).

Entonces, ¿cómo se puede explicar esto? ¿Cómo se puede decir que las tremendas demandas de Jesús no son una carga pesada? Se puede responder a esta pregunta de tres maneras.

(i) Dios nunca le impone un mandamiento a nadie sin darle también las fuerzas para cumplirlo. Con la visión viene el poder; con la necesidad vienen las fuerzas. Dios no nos da Sus mandamientos y luego Se retira, dejándonos a nuestros escasos recursos. Sigue allí, a nuestro lado, para capacitarnos para cumplir lo que nos ha mandado. Lo que es imposible para nosotros se hace posible con Dios.

(ii) Pero aquí hay otra gran verdad. Nuestra respuesta a Dios debe ser la respuesta del amor; y no hay deber demasiado molesto, ni tarea demasiado pesada para el amor. Lo que no haríamos nunca por un extraño lo intentamos para alguien que nos es querido; lo que sería un sacrificio imposible si nos lo pidiera un extraño se convierte en una contribución voluntaria cuando lo necesita ser amado.

Hay una vieja historia que es una especie de parábola que viene a cuento. Alguien se encontró una vez a un chico que iba a la escuela, en aquellos tiempos en que no había transporte escolar, llevando a sus espaldas a otro chico más pequeño que estaba impedido y no podía andar. El extraño le dijo al chico: «¿Le llevas así a la escuela todos los días?> « Sí,» le contestó el muchacho. «Eso es una carga muy pesada para ti,» dijo el› extraño. «No es una carga -dijo el chico-. Es mi hermano.»

El amor hacía que la carga no lo fuera en realidad. Así debe pasar entre nosotros y Cristo. Sus mandamientos no son gravosos, sino un privilegio y una oportunidad para demostrar nuestro amor. Son difíciles, pero no son gravosos; porque Cristo nunca le impuso a nadie un mandamiento sin darle las fuerzas para cumplirlo; y un mandamiento nos provee de otra oportunidad de demostrar nuestro amor.

Debemos dejar la tercera respuesta para la próxima sección.

La conquista del mundo

Y esta es la conquista que ha conquistado al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que conquista al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Ya hemos visto que los mandamientos de Jesucristo no son gravosos, porque con el mandamiento se nos da el poder, y porque los aceptamos con amor. Pero aquí hay otra gran verdad. Hay algo en el cristiano que le capacita para conquistar el mundo. El kosmos es el mundo separado de Dios y en oposición a Él. Lo único que nos capacita para conquistar al kosmos es la fe.

Juan identifca esta fe conquistadora con creer que Jesús es el Hijo de Dios. Es. la fe en la Encarnación. ¿Por qué ha de conferir eso la victoria? Si creemos en la Encarnación, eso quiere decir que creemos que Jesucristo entró en el mundo y asumió nuestra vida humana. Si eso fue lo que hizo, quiere decir que Le importaban tanto los hombres como para echarse sobre Sí las limitaciones de la humanidad, que es el acto de amor que sobrepasa el entendimiento humano. Si Dios hizo eso, quiere decir que toma parte en todas las diversas actividades de la vida humana, y conoce por experiencia los muchos dolores y pruebas y tentaciones de este mundo. Quiere decir que Dios comprende perfectamente todo lo que nos sucede, y que Él está involucrado en la empresa de vivirlo con nosotros. La fe en la Encarnación es la convicción de que Dios comparte y se preocupa y se identifica con nosotros. Cuando tenemos esa fe se producen ciertos resultados.

(i) Tenemos una defensa para resistir las infecciones del mundo. Por todos lados nos oprimen los estándares y los motivos mundanos; de todas partes nos llegan las fascinaciones de cosas malas. De dentro y de fuera nos asaltan las tentaciones que son parte de la situación humana en un mundo y una sociedad que no están interesados en Dios, sino que hasta le son hostiles. Pero, una vez que nos damos cuenta de la presencia constante de Dios en Jesucristo con nosotros, tenemos un profiláctico fuerte contra las infecciones del mundo. Es un hecho de la experiencia que la práctica de la bondad es más fácil cuando se está en compañía de gente buena; y, si creemos en la Encarnación, tenemos con nosotros la presencia continua de Dios en Jesucristo.

(ii) Tenemos fuerza para resistir los ataques del mundo. La situación humana está llena de cosas que tratan de apartamos de nuestra fe. Están los dolores y perplejidades de la vida; las desilusiones y las frustraciones; los fracasos y los desalientos… Pero, si creemos en la Encarnación, creemos en un Dios Que ha pasado por todo esto hasta llegar a la Cruz, y Que puede, por tanto, ayudar a los que lo tengan que pasar.

(iii) Tenemos la esperanza indestructible de la victoria final. El mundo Le hizo todo el mal que pudo a Jesús. Le acosó, Le persiguió y Lé calumnió; Le acusó de hereje y amigo de pecadores; Le juzgó y Le crucificó y Le enterró. Hizo todo lo humanamente posible para eliminarle -¡y fracasó! Después de la Cruz vino la Resurrección; después de la vergüenza vino la gloria. Ese es el Jesús Que está con nosotros, Que vio la vida en su aspecto más tenebroso, a Quien la vida trató mal a más no poder, Que murió, Que conquistó la muerte y Que nos ofrece participar en esa victoria que Él ganó. Si creemos que Jesús es el Hijo de Dios tenemos siempre con nosotros al Cristo Vencedor que nos hace vencedores.

El agua y la sangre

Este es el Que vino por medio de agua y sangre -Jesucristo. No fue sólo por agua por lo que vino, sino por agua y por sangre. Y es el Espíritu el Que testifica de esto; porque el Espíritu es la verdad; porque hay tres que testifican, el Espíritu y el agua y la sangre, y los tres concuerdan como uno solo.

Al principio de su comentario sobre este pasaje Plummer dice: « Este es uno de los pasajes más alucinantes de la epístola, y uno de los más complicados del Nuevo Testamento.» Sin duda, si conociéramos las circunstancias en que Juan estaba escribiendo, y tuviéramos un conocimiento completo de las herejías de las que estaba defendiendo a su pueblo, el sentido aparecería más claro; pero, tal como están las cosas, no podemos hacer más que suponer. Sí sabemos bastante, sin embargo, del trasfondo, para estar razonablemente seguros de que podemos llegar al sentido de las palabras características de este pasaje de Juan.

Está claro que las palabras agua y sangre en relación con Jesús tenían para Juan un significado especialmente, místico y simbólico. En su historia de la Cruz hay un curioso par de versículos: «Uno de los soldados Le atravesó el costado con la lanza, e inmediatamente salieron sangre y agua. Y el que da testimonio de esto lo vio, y lo que dice es cierto; y él sabe que está diciendo la verdad para que vosotros también creáis» (Juan 19:34).

Está claro que Juan adscribe una importancia particular a ese incidente, y lo garantiza con un certificado de evidencia muy especial. Para él las palabras agua y sangre en relación con Jesús comunicaban una parte esencial del Evangelio. El primer versículo del pasaje se expresa oscuramente: «Este es el Que vino por medio de agua y sangre -Jesucristo.» El sentido es que Este es el Que entró en Su mesiazgo, o Se mostró que era el Cristo, mediante agua y sangre. En relación con Jesús, agua y sangre no pueden referirse nada más que a dos acontecimientos de Su vida. El agua debe referirse a Su Bautismo. La sangre, a Su Cruz. Juan está diciendo que el Bautismo y la Cruz de Jesús son ambos partes esenciales de Su mesiazgo. Pasa a decir que no fue sólo por agua por lo que Él vino, sino por agua y por sangre. Está claro que algunos decían que Jesús vino por agua, pero no por sangre; en otras palabras: que Su Bautismo era una parte esencial de Su mesiazgo, pero no Su Cruz. Esto es lo que nos da la clave del trasfondo de este pasaje.

Ya hemos visto una y otra vez que tras esta carta se trasluce la herejía del gnosticismo. Y también hemos visto que los gnósticos, creyendo que el espíritu era totalmente bueno y la materia totalmente mala, negaban que Dios viniera en la carne. Así es que tenían la creencia -de la que nos habla Ireneo en relación con el nombre de Cerinto, uno de sus principales representantes y contemporáneo de Juan- de que el Cristo divino había descendido en el Bautismo sobre el hombre Jesús en forma de paloma; Jesús, asociado como si dijéramos con el Cristo que había descendido sobre Él, trajo a los hombres el mensaje del Dios que era un desconocido hasta entonces, y vivió en perfecta virtud; pero en Getsemaní el Cristo divino Se apartó del hombre Jesús y volvió a Su gloria, y fue solamente el hombre Jesús el que fue crucificado en el Calvario y después resucitó. Podríamos decir más sencillamente que Cerinto enseñaba que Jesús llegó a ser divino en Su Bautismo, pero que esa divinidad Le dejó antes de la Cruz, y que murió como un hombre y nada más.

Está claro que tal enseñanza despoja la vida y la muerte de Jesús de todo su valor para nosotros. Tratando de proteger a Dios del contacto con el dolor humano, Le excluye de la obra de la redención.

Lo que Juan está diciendo es que la Cruz es una parte esencial del significado de Jesús, y que Dios estuvo presente en la muerte de Jesús exactamente lo mismo que lo estuvo en toda Su vida.

El triple testimonio

Juan pasa a hablar del triple testimonio. Está el testimonio del Espíritu. En este punto Juan está pensando en tres cosas.

(i) El relato del Nuevo Testamento es claro en que en el Bautismo de Jesús el Espíritu descendió sobre Él de una manera muy especial (Marcos 1:9-11; Mateo 3:16s; Lucas 3: 21 s; Hechos 10:38; Juan 1:32-34).

(ii) El Nuevo Testamento es igualmente claro en que, mientras que Juan vino a bautizar con agua, Jesús vino a bautizar con el Espíritu (Marcos 1:8; Mateo 3:11; Lucas 3:16; Hechos 1:5; 2:33). Vino para traer a los hombres el Espíritu con una plenitud y poder desconocidos hasta entonces. (iii) La historia de la Iglesia Original es la prueba de que esta no fue una vana pretensión. Empezó en Pentecostés (Hechos 2:4), y se repitió una y otra vez en la historia y experiencia de la Iglesia (Hechos 8:17; 10:44). Jesús tenía el Espíritu, y podía dar el Espíritu a los hombres; y la continua evidencia del Espíritu en la Iglesia era -y es- un testimonio incontestable del continuo poder de Jesucristo.

Está el testimonio del agua. En el Bautismo de Jesús hubo el testimonio del Espíritu descendiendo sobre Él. Fue precisamente ese acontecimiento lo que le reveló a Juan el Bautista Quién era Jesús. Lo que Juan quiere subrayar es que ese testimonio se mantenía en la Iglesia Original en el Bautismo cristiano. Debemos recordar que en los orígenes de la historia de la Iglesia el Bautismo era de adultos, ya que se trataba de hombres y mujeres que ingresaban en la Iglesia mediante confesión de fe, porque venían directamente del paganismo, y empezaban una vida totalmente nueva. En el Bautismo cristiano ocurrían cosas. La persona era sumergida en el agua, y moría con Cristo; y surgía del agua resucitada con Cristo a una nueva vida. Por tanto, el Bautismo cristiano era un testimonio del poder continuo de Jesucristo. Era un testimonio de que Él seguía estando vivo, y de que Él era sin duda divino.

Está el testimonio de la sangre. La sangre era la vida. En cualquier sacrificio, la sangre se consagraba a Dios y sólo a Él. La muerte de Cristo fue el perfecto Sacrificio; en la Cruz derramó Su sangre en sacrificio a Dios. La experiencia de los hombres era que el sacrificio era eficaz y los redimía y reconciliaba con Dios dándoles la paz con Dios. Continua y regularmente se observaba -y se observa- la Cena, la Eucaristía.

En ella se representa plenamente el sacrificio de Cristo; y en ella se da a las personas la oportunidad, no sólo de darle gracias a Cristo por Su Sacrificio, hecho una vez por todas, sino también de apropiarse los beneficios y de recibir Su poder sanador. Eso sucedía en el tiempo de Juan. A la Mesa del Señor los creyentes se encontraban con Cristo y experimentaban Su perdón y la paz con Dios que Él traía. Y seguimos teniendo esa experiencia; y por tanto la fiesta es un testimonio continuo del poder reconciliador del Sacrificio de Jesucristo.

El Espíritu y el agua y la sangre se combinan para mostrar como el perfecto Mesías, el perfecto Hijo de Dios y el perfecto Salvador a este Hombre Jesús en Quien Dios Se nos ha manifestado. El don continuado del Espíritu, la continuada muerte y resurrección del Bautismo, la continuada disponibilidad del Sacrificio de la Cruz a la Mesa del Señor siguen siendo los testigos de Jesucristo.

En la versión Reina-Valera hay un versículo que hemos omitido. Dice: «Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno.»

Las versiones modernas no incluyen este texto. Véase la nota de la versión Bover-Cantera. Es seguro que no formaba parte del texto original.

Los hechos son los siguientes. Primero, que no aparece en ninguno de los manuscritos griegos anteriores al siglo XIV. Los manuscritos clave pertenecen a los siglos III y IV, y este versículo no aparece en ninguno de ellos. Ninguno de los primeros padres de la Iglesia dio señales de conocerlo. La versión original de la Vulgata de Jerónimo no lo incluye. La primera persona que lo cita es el hereje español Prisciliano, que murió en el año 385 d.C. Después se fue introduciendo gradualmente en el texto latino del Nuevo Testamento, aunque, como hemos visto, no aparece en los manuscritos griegos. Entonces, ¿cómo llegó a formar parte del texto? En su origen debe de haber sido una glosa o comentario que un copista añadió al margen, y el siguiente pensó que estaba allí porque se había omitido involuntariamente. Como parecía ofrecer una buena base para la doctrina de la Trinidad, con el tiempo llegó a ser aceptado por los teólogos como parte del texto, especialmente en aquellos días tempranos de la investigación bíblica anterior al descubrimiento de los grandes manuscritos.

Pero, ¿cómo se mantuvo y llegó a formar parte de la ReinaValera y otras traducciones clásicas como la Autorizada inglesa? El primer texto del Nuevo Testamento griego que se publicó fue el de Erasmo, en 1514, aunque el de la Biblia Políglota Complutense del cardenal Cisneros se imprimió antes, pero no salió al público hasta después. Erasmo fue un gran erudito; y, sabiendo que este versículo no formaba parte del texto original, no lo incluyó en su primera edición. Pero para entonces, sin embargo, los teólogos ya estaban usándolo. Se había incluido, por ejemplo, en la Vulgata Latina de 1514. A Erasmo se le criticó por omitirlo. Su respuesta fue que si se le mostraba algún manuscrito griego que lo incluyera, lo imprimiría en la edición siguiente. Alguien le mostró un texto muy tardío y deficiente en el que el versículo aparecía en griego; y Erasmo, fiel a su palabra pero muy en contra de su juicio y voluntad, imprimió el versículo en su edición de 1522.

El paso siguiente fue que en 1550 Stephanus imprimió su gran edición del Nuevo Testamento griego. Esta edición de Stephanus se llamó, mejor dicho, él mismo le dio el nombre de Textus receptus, texto tradicional, que fue la base de la Biblia del Oso y de tantas otras traducciones clásicas y del texto griego durante siglos. Así es como este versículo llegó a la Reina-Valera. Por supuesto que no hay nada en él que esté mal, pero la investigación moderna ha dejado bien claro que Juan no fue el que lo escribió, y que es un comentario muy posterior y una añadidura a sus palabras. Y por eso la mayor parte de las traducciones modernas lo omiten.

El testimonio de mayor excepción

Si aceptamos el testimonio de los hombres, con mucha más razón el testimonio de Dios. Y este es el testimonio de Dios acerca de Su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene ese testimonio dentro de sí. El que no cree a Dios, Le ha dejado por mentiroso, porque no da crédito al testimonio que Dios ha dado de Su Hijo.

Hay dos ideas básicas por detrás de este pasaje.

Está la idea del Antiguo Testamento de lo que constituye un testimonio aceptable. La Ley era absolutamente clara: « No se tendrá en cuenta a un solo testigo contra alguien en cualquier delito ni en cualquier pecado, en relación con cualquier ofensa cometida. Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se tendrá en cuenta la acusación» (Deuteronomio 19:15; cp. 17:6). Un triple testimonio humano era suficiente para establecer cualquier hecho. ¡Cuánto más se debe considerar convincente el triple testimonio divino, el del Espíritu, el agua y la sangre!

Segundo, la idea del testimonio es una parte esencial del pensamiento de Juan. Encontramos en su evangelio diferentes testimonios que convergen en la Persona de Jesucristo. Juan el Bautista es un testigo de Jesús (Juan 1:15, 32-34; 5:33). Las obras de Jesús son un testimonio de Él (Juan 5:36). Las Escrituras dan testimonio de Él (Juan 5:39). El Padre Que Le envió es Su Testigo (Juan 5:30-32, 37; 8:18). El Espíritu es testigo de Jesús: «Cuando venga el Ayudador, al Que Yo os mandaré desde el Padre (Me refiero al Espíritu de la Verdad, Que procede del Padre), Él será Mi testigo» (Juan 15:26).

Juan pasa a usar una frase que es una de las favoritas de su evangelio. Habla de la persona que «cree en el Hijo de Dios.» Hay una amplia diferencia entre creer a una persona, y creer en ella. Si creemos a una persona, no hacemos más que aceptar como verdadero lo que esté diciendo en aquel momento. Si creemos en una persona, la aceptamos totalmente con todo lo que representa con completa confianza. Estaríamos dispuestos, no sólo a confiar en lo que nos dice, sino también en ella. Creer en Jesucristo es mucho más que aceptar como cierto lo que Él nos dice. Es además entregarnos en Sus manos para toda la vida y la eternidad.

Cuando una persona hace eso, el Espíritu Santo testifica en su interior de que está haciendo lo que es correcto. Es el Espíritu Santo el que le da la convicción del valor supremo y definitivo de Jesucristo, y le asegura de que actúa rectamente al hacer este acto de entrega a El. El que se niegue a hacerlo está rechazando los impulsos del Espíritu Santo en su corazón.

Si una persona se niega a aceptar la evidencia de otras que han experimentado lo que Cristo puede hacer, la evidencia de las obras de Cristo, de las Escrituras, del Espíritu Santo y de Dios mismo, en efecto está llamando mentiroso a Dios, lo cual es el colmo de la blasfemia.

La esencia de la fe

Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado la vida eterna, la cual está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo, no tiene la vida. Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios para que sepáis que tenéis la vida eterna. Con este párrafo llega a su fin la carta propiamente dicha. Lo que sigue es más bien una posdata. El final es la afirmación de que la esencia de la vida cristiana es la vida eterna.

La palabra para eterna es aiónios. Quiere decir mucho más que simplemente que no se acaba nunca. Una vida que durara para siempre, que no tuviera fin, podría considerarse una maldición y no una bendición, una carga intolerable y no un regalo maravilloso. Hay solamente Uno a Quien se puede aplicar adecuadamente aiónios, y es Dios. En el verdadero sentido de la palabra, Dios es el único que posee y habita la eternidad. La vida eterna no es otra cosa que la vida de Dios mismo. Lo que se nos promete es que aquí y ahora se nos puede conceder participar de la misma vida de Dios.

En Dios hay paz, y por tanto la vida eterna quiere decir serenidad. Quiere decir una vida liberada de los temores que asedian la situación humana. En Dios hay poder, y por tanto la vida eterna quiere decir la derrota de la frustración. Quiere decir una vida llena del poder de Dios, y por tanto victoriosa sobre las circunstancias. En Dios hay santidad, y por tanto la vida eterna quiere decir la derrota del pecado. Quiere decir una vida revestida de la pureza de Dios e impenetrable a las infecciones contaminantes del mundo. En Dios hay amor, y por tanto la vida eterna quiere decir el final del rencor, la amargura y el odio.

Quiere decir una vida que tiene en el corazón el amor de Dios, y el invencible amor del hombre en todos sus sentimientos y en todas sus acciones. En Dios hay vida, y por tanto la vida eterna quiere decir la derrota de la muerte. Quiere decir una vida que es indestructible porque tiene en sí la indestructibilidad de Dios mismo.

Juan está convencido de que tal vida nos viene por medio de Jesucristo y no de ninguna otra manera. ¿Por qué había de ser así? Si la vida eterna es la vida de Dios, quiere decir que podemos poseer esa vida sólo cuando conocemos a Dios y somos capacitados para acceder a Él y descansar en Él. Podemos hacer estas dos cosas solamente en Jesucristo. El Hijo es el único que conoce plenamente al Padre; y por tanto es el único que puede revelarnos plenamente cómo es Dios. Como decía Juan en su evangelio: « Nadie ha visto nunca a Dios. Es el único, Que es Dios, Que está en el seno del Padre, Quien nos lo ha dicho todo acerca de Dios> (Juan 1:18). Y Jesucristo es el único Que nos puede traer a Dios. Es en Él en Quien se nos abre el camino nuevo y vivo a la presencia de Dios (Hebreos 10:19-23). Podemos usar una analogía sencilla. Si queremos llegar a alguien a quien no conocemos, y que se mueve en un nivel totalmente diferente del nuestro, podemos conseguirlo solamente si encontramos a alguien que le conozca y esté dispuesto a presentárnosle. Eso es lo que Jesús hace por nosotros en relación con Dios. La vida eterna es la vida de Dios, y sólo podemos encontrarla por medio de Jesucristo.

La base y el principio de la oración

Y esta es la confianza que tenemos en relación con Él: Que, si pedimos alguna cosa que esté de acuerdo con Su voluntad, Él nos oye; y, si sabemos que Él nos oye en lo que Le hayamos pedido, sabemos que disponemos de las peticiones que Le hayamos hecho. Aquí se nos establecen al mismo tiempo la base y el principio de la oración.

(i) La base de la oración es el simple hecho de que Dios escucha nuestras oraciones. La palabra que usa Juan para confianza es interesante. Es parrésía. En su origen, parrésía quería decir libertad de palabra, la libertad para hablar ¡ibremente que existe en una verdadera democracia. Más tarde vino a denotar cualquier clase de confianza. Con Dios tenemos libertad para hablar; Él está siempre a la escucha, más dispuesto a oír de lo que nosotros estamos a orar. No tenemos que vencer ninguna dificultad para llegarnos a Su presencia, ni que inducirle a prestarnos atención. Él está esperando que nos dirijamos a El. Sabemos lo que es a veces estar esperando la llegada del cartero o la llamada de teléfono que nos traiga noticias de algún ser amado. Con toda reverencia podemos decir que así está Dios esperando noticias nuestras.

(ii) El principio de la oración es que para que sea contestada debe estar de acuerdo con la voluntad de Dios. Tres veces establece Juan en sus escritos lo que podría llamarse las condiciones de la oración. (a) Dice que la obediencia es una condición de la oración. Recibimos lo que pidamos, porque guardamos Sus mandamientos (1 Juan 3:22). (b) Dice que permanecer en Cristo es una condición de la oración. Si habitamos en Él, y Sus palabras habitan en nosotros, pediremos lo que necesitemos, y se nos concederá (Juan 1 S: 7). Cuanto más cerca vivamos de Cristo, más oraremos como es debido. Y cuanto más correctamente oremos, mayor será la respuesta que recibamos. (c) Dice que orar en Su nombre es una condición de la oración.

Si pedimos alguna cosa en Su nombre, Él la hará (Juan 14:14). La prueba definitiva de cualquier petición es: ¿Podemos decirle a Jesús: «Dame esto por causa de Ti y en Tu nombre?»

La oración debe ser de acuerdo con la voluntad de Dios. Jesús nos enseña a pedir: «Hágase Tu voluntad,» y no: « Cámbiese Tu voluntad;» «Haz conmigo lo que Tú quieras,» y no lo que yo quiero. Jesús mismo, en el momento de Su gran agonía y crisis, oro: «No como Yo quiero, sino lo que Tú… Hágase Tu voluntad» (Mateo 26:39, 42). Aquí tenemos la misma esencia de la oración. C. H. Dodd escribe: « La oración, entendida como es debido, no es un truco para emplear los recursos de la Omnipotencia para cumplir nuestros propios deseos, sino un medio por el cual nuestros deseos se reciclen de acuerdo con la mente de Dios, y lleguen a ser canales para las fuerzas de Su voluntad.» A. E. Brooke sugiere que Juan pensaba en la oración como «incluyendo solamente peticiones para el conocimiento y la conformidad con la voluntad de Dios.» Hasta los grandes paganos lo entendían así. Escribía Epicteto: «Ten valor para elevar la vista hacia Dios y decirle: «Trátame como Tú quieras desde ahora en adelante. Yo soy uno contigo; soy Tuyo; no me aparto de nada que Tú consideres bueno. Guíame por donde Tú quieras; vísteme como Tú quieras. ¿Quieres que asuma un cargo, o que lo rechace, que permanezca o que huya, que sea rico o pobre? Por todo esto yo estaré de Tu parte ante todo el mundo»»

Aquí hay algo que debemos meditar y asumir. Somos propensos a creer que la oración es pedirle a Dios lo que queramos, cuando la verdadera oración es pedirle lo que Él quiera. La oración es, no sólo hablar con Dios; sino, sobre todo, escucharle.

Orando por el hermano que peca

Si alguien ve cometer a su hermano un pecado que no es de los que conducen a la muerte, que pida vida para él, y se le concederá; me refiero a los que cometen un pecado que no es de los que conducen a la muerte.

Hay pecados que conducen a la muerte; no es por esos por los que os decía que se debe pedir. Toda maldad es pecado; pero hay pecados que no conducen a la muerte. Sin duda este es uno de los pasajes más difíciles e inquietantes. Antes de enfrentarnos con sus problemas, consideremos sus certezas.

Juan acaba de hablar acerca del privilegio cristiano de la oración; y ahora pasa a referirse específicamente a la oración por el hermano que necesita que se ore por él. Es muy significativo que, cuando Juan habla acerca de una clase de oración, no es la oración por nosotros mismos, sino por otros. Nuestra oración no debe ser nunca egoísta; no debe concentrarse exclusivamente en nosotros mismos y nuestros problemas y necesidades. Debe ser una actividad hacia fuera de nosotros. Como decía Westcott: « La meta de la oración es la perfección de todo el Cuerpo de Cristo.»

Una y otra vez hacen hincapié los autores del Nuevo Testamento en la necesidad de esta oración de intercesión. Pablo escribe a los tesalonicenses: « Hermanos, orad por nosotros» (1 Tesalonicenses 5:25). El autor de Hebreos dice: « Orad por nosotros» (Hebreos 13:18s). Santiago dice que, si alguien está enfermo, debe llamar a los ancianos para que oren por él (Santiago 5:14). El consejo de Pablo a Timoteo es que se haga oración por todo el mundo (1 Timoteo 2:1). El cristiano tiene el tremendo privilegio de llevar a su hermano al trono de la gracia. Hay tres cosas que decir sobre esto.

(i) Naturalmente que debemos orar por los que están enfermos, e igualmente por los que se apartan de Dios. Debería ser lo mismo de natural el orar por la sanidad de las almas como lo es por la sanidad de los cuerpos. Puede ser que no haya nada más grande que podamos hacer por la persona que se descarna y que está en peligro de naufragar en su vida espiritual que encomendarla a la gracia de Dios.

(ii) Pero hay que tener presente que, cuando hemos orado por la persona, ahí no termina nuestra responsabilidad. En esto, como en todas las demás cosas, nuestra primera responsabilidad es buscar la manera de que nuestras oraciones se hagan realidad. A menudo será nuestro deber hablar con la persona. No debemos conformarnos con hablarle a Dios acerca de ella, sino también con ella acerca de sí misma. Dios necesita un canal por el que pueda fluir Su gracia y un agente mediante el cual actuar; y bien puede ser que hayamos de ser Su voz e instrumento en ese caso.

(iii) Ya hemos pensado antes sobre la base y el principio de la oración; pero aquí nos encontramos con una limitación de la oración. Bien puede ser que Dios quiera contestar nuestra oración; bien puede ser que oremos con toda la sinceridad de nuestro corazón, pero el propósito de Dios y nuestra oración los puede frustrar la persona por la que oramos. Si oramos por un enfermo que desobedece a sus médicos y actúa estúpidamente, nuestra oración se frustrará. Puede que Dios impulse, insista, advierta, ofrezca; pero ni siquiera Dios puede violar la libertad de acción que Él mismo nos ha dado a todos. Es a menudo la insensatez de la persona la que frustra nuestras oraciones y cancela la gracia de Dios.

El pecado que conduce a la muerte

En este pasaje se nos habla del pecado que conduce a la muerte y del que no. Algunas traducciones, entre ellas la Autorizada inglesa, lo traducen por el pecado « mortal» . La Reina-Valera lo llama « pecado de muerte.»

Se han hecho muchas sugerencias sobre lo que quiere decir. Los judíos distinguían dos clases de pecados. Había pecados que una persona cometía involuntariamente o, por lo menos, no deliberadamente. Estos eran los pecados que se podían cometer por ignorancia, o dominados por algún impulso arrollador, o en algún momento de intensa emoción en que las pasiones son demasiado fuertes para que las sujete la voluntad en la trailla. Por otra parte estaban los pecados de la mano levantada y el corazón soberbio, los pecados que uno cometía deliberadamente, en los que seguía su propio camino sabiendo que era contrario al de Dios. Era por la primera clase de pecados por los que el sacrificio hacía expiación; pero por los pecados del corazón soberbio y de la mano alzada no se podía hacer expiación de ninguna manera.

Plummer recoge tres sugerencias.

(i) Los pecados de muerte puede que sean pecados que se castigan con la muerte. Pero está claro que este pasaje no está considerando los pecados que son una infracción de leyes hechas por los hombres, por muy serios que sean.

(ii) Los pecados de muerte puede que sean pecados que Dios visita con la muerte. Pablo escribe a los corintios que, a causa de su conducta indigna a la Mesa del Señor, hay muchos entre ellos enfermos y muchos que han dormido, es decir, que han muerto (1 Corintios 11:30); y se sugiere que se refiere a los pecados que son tan serios que Dios envía la muerte.

(iii) Los pecados de muerte puede que sean los que se castigan con la excomunión de la Iglesia. Cuando Pablo escribe a los corintios acerca de un pecador notorio al que no han tratado adecuadamente, demanda que sea « entregado a Satanás.» Esa era la fórmula de la excomunión. Pero Pablo pasa a decir que, aunque este castigo es muy severo y doloroso, y aunque sus consecuencias pueden ser temibles, lo que se desea es salvar el alma de la persona en el Día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5). Es un castigo que no acaba en muerte. Ninguna de estas explicaciones nos satisface del todo.

Hay otras tres sugerencias para la identificación de este pecado de muerte.

(a) Hay una línea de pensamiento en el Nuevo Testamento que apunta al hecho de que algunos mantenían que no había perdón para el pecado después del bautismo. Creían que el Bautismo limpiaba de todos los pecados pasados, pero que después del Bautismo ya no se perdonaban más. Hay un eco de esa línea de pensamiento, o su causa, en Hebreos: « Es imposible restaurar otra vez mediante arrepentimiento a los que ya han sido iluminados, que han saboreado el don celestial y han llegado a entrar en la comunión del Espíritu Santo, y han saboreado la dulzura de la Palabra de Dios y los poderes de la edad por venir, si entonces cometen apostasía» (Hebreos 6:4-6). En la terminología cristiana original el ser iluminado se usaba frecuentemente como un término técnico para ser bautizado. Era de hecho esa creencia lo que hacía que muchos pospusieran su bautismo lo más posible. Pero la esencia de esa afirmación de Hebreos es que la restauración se hace imposible cuando se hace imposible el arrepentimiento. No se refiere tanto al Bautismo como al arrepentimiento. Más tarde, en la Iglesia Primitiva, hubo una línea fuerte de pensamiento que declaraba que la apostasía no se perdonaba nunca. En los días de las grandes persecuciones, algunos decían que los que por miedo o bajo tortura habían negado su fe no podían ser restaurados, porque Jesús había dicho: « Al que Me niegue ante los hombres, Yo también le negaré ante Mi Padre Que está en el Cielo» (Mateo 10:33; cp. Marcos 8:38; Lucas 9:26). Pero se debe recordar siempre que el Nuevo Testamento cuenta la terrible negación de Pedro, y su total restauración.

Como sucede a menudo, Jesús era más benigno que Su Iglesia.

(b) Se podría argüir sobre la base de esta misma carta de Juan que el más terrible de todos los pecados era la negación de que Jesús vino realmente en la carne; porque ese pecado era nada menos que la marca del Anticristo (1 Juan 4:3). Si el pecado de muerte se ha de identificar con cualquier pecado concreto, sería con ese. Pero creemos que se trata de algo todavía más grave que eso.

La esencia del pecado

En primer lugar, tratemos de fijar más exactamente el sentido del pecado de muerte. En griego se dice que es el pecado pros thánaton. Eso quiere decir el pecado que va hacia la muerte, el pecado cuyo fin es la muerte, el pecado que, si se continúa en él, debe acabar en muerte. Lo terrible de él no es tanto lo que es en sí mismo sino dónde termina si uno persiste en él. Es un hecho de experiencia que hay dos clases de pecadores. Por una parte está la persona que se puede decir que peca contra su voluntad; peca porque es arrastrada por la pasión o el deseo, que en ese momento son demasiado fuertes para ella. Su pecado no es tanto cuestión de elección como de impulso irresistible. Por otra parte está la persona que peca deliberadamente, siguiendo a propósito su propio camino, aunque plenamente consciente de que es equivocado. Ahora bien, estas dos personas fueron iguales en un principio. Es la experiencia de todos nosotros que la primera vez que se hace algo malo se hace con retraimiento y temor; y, después de haberlo hecho, se siente dolor y remordimiento y pesar. Pero, si se permite una y otra vez coquetear con la tentación y caer, en cada ocasión el pecado se hace más fácil; y, si cree evitar las consecuencias, en cada ocasión el disgusto y el remordimiento y el arrepentimiento se hacen cada vez menores; y por último se alcanza un estado en el que se puede pecar sin ningún temor. Es precisamente ese el pecado que conduce a la muerte. Mientras una persona, en lo más íntimo de su corazón, aborrezca el pecado y se aborrezca a sí misma por caer en él; mientras se dé cuenta de que está pecando, no se encuentra demasiado lejos del arrepentimiento; y, por tanto, nunca está fuera de la esfera del perdón; pero una vez que empieza a complacerse en el pecado y a considerarlo el curso de acción de su vida, va de camino a la muerte, porque se dirige a un estado en el que la idea del arrepentimiento no puede entrar en sus cálculos.

El pecado de muerte es el estado de la persona que ha escuchado el pecado y se ha negado a escuchar a Dios tan a menudo que ama su pecado y lo considera la cosa más normal y agradable del mundo.

La triple certeza

Sabemos que el que ha recibido su nacimiento de Dios no peca, sino que Aquel Cuyo nacimiento fue de Dios le guarda, y el Maligno no le puede tocar.

Sabemos que es de Dios de Quien recibimos nuestro ser, y todo el mundo yace bajo el dominio del Maligno. Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado discernimiento para llegar a conocer al Verdadero; y estamos en el Verdadero por medio de Su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y esta es la Vida Eterna.

Juan se acerca al final de su carta con una afirmación de la triple certeza cristiana.

(i) El cristiano está emancipado del poder del pecado. Debemos poner interés para ver lo que esto significa. No quiere decir que el cristiano no peque nunca; pero sí quiere decir que no es un esclavo del pecado. Como lo expresa Plummer: «Un hijo de Dios puede que peque, pero su condición normal es resistir al mal.» La diferencia estriba en esto: El mundo pagano era consciente por encima de todo de su derrota moral. Conocía su propio mal, y tenía el sentimiento de que no tenía remedio. Séneca hablaba de «nuestra debilidad en las cosas necesarias.» Decía que las personas «odiaban sus pecados, pero no podían desprenderse de ellos.» Persio, el satírico latino, en una famosa descripción hablaba del « asqueroso Natta, un hombre sentenciado a muerte en el vicio, que no tiene sentimiento de pecado, ni conocimiento de lo que se está perdiendo; que está tan hundido que ya no lanza ni pompas a la superficie.» El mundo pagano estaba completamente derrotado por el pecado. Pero el cristiano es una persona que nunca puede perder la batalla. Porque es un ser humano, cae en pecado a veces; pero no podrá nunca experimentar la derrota moral total del pagano. La razón de que el cristiano sea invencible está en que Aquel Cuyo nacimiento fue de Dios le guarda. Es decir, Jesús le guarda. Como lo expresaba Westcott: « El cristiano tiene un enemigo activo, pero tiene también un guardián vigilante.» El pagano es un hombre que ha sido derrotado por el pecado y ha aceptado la derrota; el cristiano es un hombre que puede que peque, pero nunca acepta el hecho de la derrota. «Un santo -ha dicho alguien no es el que nunca tiene una caída; sino el que, cada vez que cae, se levanta y prosigue su camino hacia adelante.»

(ii) El cristiano está de parte de Dios frente al mundo. La fuente de nuestro ser es Dios, pero el mundo yace bajo el poder del Maligno. En los primeros días, la escisión entre la Iglesia y el mundo era mucho más clara de lo que lo es ahora. Por lo menos en el mundo occidental vivimos en una civilización impregnada de principios cristianos. Aunque no se practiquen, por lo menos se aceptan los ideales de castidad, misericordia, servicio y amor. Pero el mundo antiguo no sabía nada de la castidad, y poco de la misericordia y del servicio y del amor. Juan dice que el cristiano sabe que está con Dios, mientras que el mundo está en las garras del Maligno. No importa lo que haya podido cambiar la situación; la elección sigue presentándose a las personas sobre si se alinearán con Dios o con las fuerzas que están en contra de Dios.

(iii) El cristiano se da cuenta de que ha entrado en la Realidad que es Dios. La vida está llena de ilusiones y de inestabilidades; por sí mismo, el hombre no puede hacer más que suponer; pero en Cristo tiene acceso al conocimiento de la Realidad. Jenofonte cuenta una conversación entre Sócrates y un joven: «¿Cómo sabes tú eso? -dice Sócrates-. ¿Lo sabes o te lo figuras?» «Lo supongo.» «Muy bien -dice Sócrates-. Cuando hayamos pasado del suponer al saber, ¿quieres que volvamos a hablar del asunto?» ¿Quién soy yo? ¿Qué es la vida? ¿Qué es Dios? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Qué es la verdad y dónde está el deber? Estas son las preguntas a las que no se puede contestar nada más que con suposiciones aparte de Jesucristo; pero en Él alcanzamos la Realidad que es Dios. Ha pasado el tiempo de suponer y ha llegado el tiempo de saber.

El peligro continuo

Hijitos, guardaos de los ídolos. Con esta repentina y aguda advertencia, Juan pone el punto final a su carta. Aunque es breve, hay un mundo de sentido en esta frase.

(i) En griego la palabra ídolo conlleva una sensación de irrealidad. Platón la usaba para las ilusiones de este mundo como opuestas a las realidades inmutables de la eternidad. Cuando los profetas del Antiguo Testamento hablaban de los ídolos de los paganos querían decir que eran falsos dioses, opuestos al único y verdadero Dios. A esto bien puede querer decir, como lo entendía Westcott: «Guardaos de todos los objetos de falsa devoción.»

(ii) Un ídolo es cualquier cosa de este mundo que se trata como si fuera Dios. Uno puede hacer un ídolo de su dinero, de su carrera, de su seguridad, de su placer. Para citar a Westcott otra vez: « Un ídolo es cualquier cosa que ocupa el lugar que Le es debido a Dios.»

(iii) Es probable que Juan quiera decir algo más concreto. Era en Éfeso donde estaba escribiendo, y estaría pensando en las condiciones de Éfeso. Es probable que quiera decir sencilla y claramente: «Guardaos de las contaminaciones del culto pagano.»

No había otra ciudad en el mundo antiguo que tuviera tantas vinculaciones con las historias de los dioses paganos, ni que estuviera tan orgullosa de ellos. Tácito escribía acerca de Efeso: «Los efesios pretenden que Diana y Apolo no habían nacido en Delos como se suponía corrientemente. Tenían la corriente Cencrea y la gruta Ortigia en la que Latona, estando de parto, se había apoyado en un olivo que hay allí, y había dado a luz a estas deidades… Fue allí donde el mismo Apolo, después de matar al Cíclope, había escapado de la ira de Júpiter; y también donde el padre Baco, después de su victoria, les había perdonado la vida a las suplicantes amazonas que habían ocupado su altar.»

Además, estaba en Éfeso el gran templo de Diana, una de las maravillas del mundo antiguo. Había por lo menos tres cosas en relación con el templo que justificarían la seria advertencia de Juan sobre el peligro de la idolatría.

(a) El templo era el centro de ritos inmorales. Los sacerdotes recibían el nombre de Magabyzi. Eran eunucos. Se decía que la diosa era tan caprichosa que no podía soportar a ningún macho cerca; otros decían que era tan lasciva que les era peligroso a los varones acercarse a ella. El gran filósofo Heráclito era natural de Éfeso. Le llamaban «el filósofo llorón,» porque no se le había visto nunca sonreír. Decía que la oscuridad del acceso al altar del templo era la oscuridad de la vileza; que la moral del templo era peor que la de las bestias; que los habitantes de Éfeso no merecían más que ahogarse, y que la razón de que no pudiera ni sonreír era que vivía en medio de una suciedad tan terrible. Para un cristiano, el tener cualquier contacto con todo eso era tocar la infección.

(b) El templo tenía el derecho de asilo. Cualquier criminal que llegara a su término estaba a salvo. El resultado era que era la guarida de muchos criminales. Tácito acusaba a Éfeso de proteger los crímenes de los hombres llamándolos el culto de la diosa. El tener algo que ver con el templo de Diana era estar asociado con los desechos de la sociedad.

(c) El templo de Diana era el centro de la venta de las cartas efesias, que eran fetiches que se llevaban como amuletos, y que se suponía que hacían que se cumplieran los deseos de los que los llevaban. Éfeso era «preeminentemente la ciudad de la astrología, la brujería, los encantamientos, los exorcismos y todas las demás formas de falsedades mágicas.» El tener algo que ver con el templo de Diana era estar en contacto con la superstición comercializada y con las negras artes. Nos es difícil figurarnos hasta qué punto estaba Éfeso dominado por el templo de Diana. No le sería fácil a un cristiano guardarse de los ídolos en una ciudad así, pero Juan demanda que se cumpla. El cristiano no debe nunca perderse en las ilusiones de la religión pagana. No debe nunca erigir un altar en su corazón a un ídolo para que tome el lugar de Dios; debe guardarse del contagio de las falsas creencias; y únicamente lo podrá hacer caminando con Cristo.

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