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Introducción a la Carta de Santiago

Santiago es uno de los libros que tuvieron dificultades para entrar en el Nuevo Testamento. Hasta después de reconocerse como parte de la Sagrada Escritura se seguía tratando con reserva y suspicacia; y, hasta en el siglo XVI, Lutero lo habría excluido con gusto del Nuevo Testamento.

En la parte de la Iglesia que usaba el latín no aparecen citas de Santiago hasta mediado el siglo IV en los escritos de los padres. La primera lista de los libros del Nuevo Testamento que se trazó fue el llamado Canon de Muratóri, fechado alrededor del año 170 d. C., y en él no figura Santiago. Tertuliano, –(una de las principales figuras del siglo III para el cristianismo. Su nombre, Quinto Septimio Florencio Tertuliano, más conocido simplemente como Tertuliano, nació en el seno de una familia gentil, o pagana, en Cartago, África, hacia el 150-160 d. C. Su padre era centurión en la armada preconsular, y Tertuliano, tras una juventud disipada y licenciosa según su propio testimonio se convirtió al cristianismo en la ciudad de Roma, hacia el año 195 d. C. siendo después, según Jerónimo, presbítero de la iglesia de Cartago. –) escribía a mediados del siglo III, y citaba profusamente la Escritura; se encuentran en sus escritos 7,258 citas del Nuevo Testamento, pero ni una sola de ellas es de Santiago: La primera vez que se encuentra Santiago en la literatura cristiana en latín es en un manuscrito llamado Códice carbeiense, que es de alrededor de 350 d. C:; que atribuye su autoría a Santiago hijo de Zebedeo; y lo incluye, no entre los libros indiscutibles y universalmente aceptados del Nuevo Testamento, sino entre otros tratados religiosos escritos por los antiguos padres. Así salió a la luz Santiago, pero no se aceptaba sin reservas. El primer escritor latino que lo cita es Hilario de Poitiers, en su obra Sobre la Trinidad; escrita hacia el año 357 d. C.

Entonces, si se tardó tanto en reconocer Santiago en la iglesia latina, y si, hasta después de reconocerlo, se miraba con cierto recelo, ¿cómo llegó a ser incluido en el Nuevo Testamento? Fue decisiva la influencia de Jerónimo, (Considerado Padre de la Iglesia, uno de los cuatro grandes Padres Latinos. La traducción al latín de la Biblia hecha por Jerónimo, llamada la Vulgata, ‘edición para el pueblo’, ha sido hasta la promulgación de la Neovulgata en 1979, el texto bíblico oficial de la Iglesia católica romana) que no tuvo reparos en incluirlo en la Vulgata. Pero hasta entonces hay ciertas dudas. En su libro Sobre hombres famosos, escribía Jerónimo: «Santiago, al que se llama el hermano del Señor… no escribió más que una epístola, que es una de las siete epístolas católicas, y que algunos dicen que fue otro el que la publicó bajo el nombre de Santiago.» Jerónimo aceptaba plenamente esta carta como Escritura, pero percibía que había ciertas dudas en cuanto a su autoría: Esas dudas se disiparon definitivamente por el hecho de que Agustín aceptara a Santiago sin reservas¡ y no dudara de que el Santiago en cuestión fuera el hermano del Señor.

El reconocimiento de Santiago fue tardío en la iglesia latina; durante mucho tiempo se le colocaba una especie de signo de interrogación; pero, el que Jerónimo, lo incluyera: en 1a Vulgata y Agustín lo aceptara sin reservas puso punto final a la cuestión, aunque después de no poca lucha.

La Iglesia Siríaca

Se habría supuesto que la iglesia siríaca habría sido la primera en aceptar Santiago, si es verdad que se escribió en Palestina y que fue la obra del hermano del Señor; pero en la iglesia siríaca hubo, las mismas oscilaciones. La Biblia oficial de la iglesia siríaca se llama la Pesitta, que quiere decir «la simple» ; como en latín «vulgata» . La tradujo Rábbula, obispo de Edesa, hacia el año 412, y fue entonces cuando se tradujo por, primera vez Santiago al siríaco. Y hasta el año 451 no hay rastro de Santiago en la literatura cristiana siríaca. Desde entonces se aceptó Santiago ampliamente; pero en 545 d. C. Pablo de Nisibis todavía ponía en duda su derecho a formar parte del Nuevo Testamento. De hecho, no fue sino hacia mediados del siglo VIII cuando la gran autoridad de Juan Damasceno hizo por Santiago en la iglesia siríaca lo que había hecho Agustín en la latina.

La Iglesia Griega

Aunque Santiago surgió antes en la iglesia griega que en la latina o siríaca, no obstante fue también bastante tarde. El primero en citarlo por nombre fue Orígenes, el cabeza de la escuela de Antioquía. Escribiendo a mediados del siglo III dice: «Si la fe se llama fe, pero existe aisladamente de las obras, tal fe está muerta, como leemos en la carta que se atribuye a Santiago.» Es verdad que en otras obras la cita como si no tuviera duda que fuera dé Santiago, el hermano del Señor; pero otra vez aparece la sombra de la duda. Eusebio, el gran maestro de Cesarea, investigó la posición de los diferentes libros del Nuevo Testamento y sus aledaños a mediados del siglo IV. Coloca Santiago entre los libros «disputados» ; y escribe: «La primera de las epístolas llamadas católicas se dice que es suya (de Santiago); pero debe tenerse en cuenta que algunos la consideran espuria; y no cabe duda que es cierto que son pocos los escritores antiguos que la citan.» De nuevo la sombra de la duda. Eusebio mismo aceptaba Santiago, pero se daba cuenta de que había otros que no. El momento decisivo en la iglesia de habla griega llegó el 367 d. C. , cuando Atanasio publicó su famosa Carta de Pascua de Resurrección en Egipto. Su intención era informar a los cristianos de qué libros eran Sagrada Escritura y cuáles no, porque parece que había muchos que se leían y se consideraban Sagrada Escritura sin serlo. En esa carta se incluye Santiago sin reservas, y desde entonces su posición quedó asegurada.

Así que en la Iglesia Primitiva no se ponía en duda el valor de Santiago; pero apareció tardíamente en todas las ramas de la Iglesia, y tuvo que pasar un tiempo en que se discutía su derecho a formar parte del Nuevo Testamento.

De hecho, la historia de Santiago tiene que verse todavía en relación con la Iglesia Católica Romana. En 1546, El Concilio de Trento estableció de una vez para siempre la composición de la biblia católica. Se dio una lista de libros a la que no se podía añadir ni sustraer ninguno, y que había que leer exclusivamente en la Vulgata. Los libros aparecían en dos categorías: los protocanónicos, es decir, los que se han aceptado incondicionalmente desde el principio; y los deuterocanónicos, es decir, los que gradualmente se ganaron la inclusión en la biblia católica. Aunque la Iglesia Católica Romana nunca tuvo dudas acerca de Santiago, sin embargo lo puso en la segunda categoría.

Lutero y Santiago

En nuestro tiempo es cierto que Santiago, por lo menos para la mayoría, no está entre los libros más importantes del Nuevo Testamento. Pocos le atribuirían la misma autoridad que a Juan, o Romanos, o Lucas, o Gálatas. Todavía hay muchos que tienen reservas en relación con Santiago. ¿Por qué? No puede tener nada que ver con las dudas de la Iglesia Primitiva, porque no son muchos los que conocen esas cuestiones históricas en las iglesias evangélicas modernas. La razón parece ser la siguiente: en la Iglesia Católica Romana, la posición de Santiago se zanjó definitivamente con el edicto del Concilio de Trento; pero en el Protestantismo su historia siguió siendo turbulenta, y hasta más que eso, porque Lutero lo atacó y lo habría excluido del Nuevo Testamento. En su edición del Nuevo Testamento en alemán, Lutero puso un índice en el que se asignaba un número a los libros principales. Al final de la lista estaban Santiago, Judas, Hebreos y Apocalipsis, sin número, por considerarlos secundarios.

Lutero fue especialmente severo con Santiago, y el juicio adverso de un gran hombre puede ser como colgarle al libro una piedra de molino de la que ya no se libre nunca. En el último párrafo de su Prefacio al Nuevo Testamento es donde se encuentra el famoso veredicto de Lutero sobre Santiago: En resumen: El evangelio y la primera epístola de san Juan, las epístolas de san Pablo, especialmente Romanos, Gálatas y Efesios, y la primera epístola de Pedro son los libros que os presentan a Cristo. Os enseñan todo lo que necesitáis saber para vuestra salvación, aunque no vierais u oyerais ningún otro libro o enseñanza. En comparación con estos, la epístola de Santiago es una epístola llena de paja, porque no contiene nada evangélico.

Más sobre este asunto en otros prefacios

Cumpliendo su palabra, Lutero desarrolló este veredicto en el Prefacio a las Epístolas de Santiago y san Judas. Empieza diciendo: «Tengo en alta estima la epístola de Santiago, y la considero muy valiosa, aunque fue rechazada en los primeros días. No desarrolla doctrinas humanas; sino hace mucho hincapié en la ley de Dios. Sin embargo, para dar mi parecer sin prejuicios contra lo que pueda opinar otro, yo no la considero apostólica.» Y a ,continuación pasa a dar sus razones para rechazarla.

La primera es que, en oposición a Pablo y al resto de la Biblia, Santiago atribuye la justificación a las obras, citando equivocadamente a Abraham como si hubiera sido justificado por medio de ellas. Esto ya prueba que la epístola no puede tener un origen apostólico.

La segunda es que ni una sola vez da a los cristianos ninguna instrucción ni hace ninguna referencia a la Pasión, Resurrección o Espíritu de Cristo. . No Le menciona más que dos veces. De ahí pasa Lutero a exponer su principio para probar la apostolicidad de un libro: «La verdadera piedra de toque para probar cualquier libro es descubrir si hace hincapié en la soberanía de Cristo o no. Lo que no enseña acerca de Cristo no es apostólico, aunque lo hayan escrito Pedro o Pablo. Por otra parte, lo que presenta a Cristo es apostólico, aunque lo haya dicho Judas, Anás, Pilato o Herodes.»

En ese examen Santiago no obtiene el aprobado; así es que Lutero prosigue: «La epístola de Santiago no hace más que guiarnos a la ley y a sus obras. Mezcla una cosa con otra hasta tal punto que me hace sospechar que algún hombre bueno y piadoso compiló unas cuantas cosas que dijeron los discípulos de los apóstoles, y las puso por escrito; o tal vez esta epístola la escribió con notas que había tomado de un sermón de Santiago. Llama a la ley «ley de la libertad» (Santiago 1:25; 2:12), aunque san Pablo la llama «ley de esclavitud, ira, muerte y pecado» (Gálatas 3: 23s; Romanos 4:15; 7:10).

Así es que Lutero llega a la siguiente conclusión: «En resumen: Santiago quiere hacer que se esté en guardia contra los que dependen de la fe sin pasar a las obras; pero no tiene ni el espíritu ni el pensamiento ni la elocuencia que requeriría tal empresa. Hace violencia a la Escritura, y así contradice a Pablo y toda la Escritura. Trata de conseguir haciendo hincapié en la ley lo que los apóstoles logran atrayendo a las personas al amor. Por tanto, no le concedo un puesto entre los escritores del verdadero canon de la Biblia; pero no me opongo a que otro lo coloque o eleva hasta donde guste, porque la epístola contiene muchos pasajes excelentes. Una persona aislada no cuenta ni siquiera a los ojos del mundo; ¿cómo va a contar este escritor único y aislado frente a Pablo y todo el resto de la Biblia?» .

Lutero no tiene compasión de Santiago; y puede que, cuando hayamos estudiado esta carta, pensemos que, por una vez, Lutero dejó que el prejuicio personal afectara el sano juicio.

Esta fue la historia turbulenta de Santiago. Ahora debemos tratar, de contestar las cuestiones que plantea en relación con el autor y la fecha.

La identidad de Santiago

El autor de esta carta no nos da prácticamente ninguna información acerca de sí mismo. Se llama a sí mismo sencillamente «Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo» Santiago 1:1. ¿Quién era? En el Nuevo Testamento parece que hay por lo menos cinco personas con ese nombre.

(i) Está el Santiago que era el padre del miembro de los Doce que se llamaba Judas, no el Iscariote (Lucas 6:16). De ese no sabemos más que el nombre, y no puede haber tenido ninguna relación con esta carta.

(ii) Está el Santiago hijo de Alfeo, que era uno de los doce (Mateo 10:3; Marcos 3:18, Lucas 6:15; Hechos 1:13). -La comparación de Mateo 9:9 con Marcos 2:14 nos lleva a la conclusión de que Mateo y Leví eran la misma persona. De Leví también leemos que era hijo de Alfeo, así es que Mateo y este Santiago deben de ser hermanos. Pero de Santiago hijo de Alfeo no sabemos nada más; así es que tampoco sería este el autor de nuestra carta.

(iii) Está el Santiago que se llama Santiago el Menor, y que se menciona en Marcos 15:40 (cp. Mateo 27:56; Juan 19:25). Tampoco de este sabemos nada más, así es que no debe de ser el autor de esta carta.

(iv) Está el Santiago, hermano de Juan e hijo de Zebedeo, miembro de los Doce (Mateo 10:2; Marcos 3:17; Lucas 6:14; Hechos 1:13). En la historia evangélica nunca se menciona a Santiago independientemente de su hermano Juan (Mateo 4:21; 17. 1; Marcos 1:19, 29; 5:37; 9:2; 10:35, 41; 13:3; 14:33; Lucas 5:10; 8:51; 9:28, 54). Fue el primero de la compañía de los apóstoles que sufrió el martirio, porque fue decapitado por orden de Herodes Agripa 1 el año 44 d. C. Se le ha relacionado con la carta. El Códice latino corbeiense del siglo IV, al final de la epístola tiene una nota en la que la adscribe claramente a Santiago hijo de Zebedeo. El único lugar en el que se tomó en serio esta adscripción de autoría fue la iglesia española, que le siguió considerando el autor hasta el fin del siglo XVII. Esto fue debido al hecho de que Santiago de Compostela, el santo patrón de la católica España, se identificaba con Santiago hijo de Zebedeo; y era natural que la iglesia española estuviera predispuesta a querer que el patrón de su país fuera el autor de un libro del Nuevo Testamento. Pero el martirio de Santiago se produjo demasiado pronto para que tuviera tiempo de escribir la carta, y además no hay más alusión que la del Códice corbeiense que le relacione con ella.

(v) Por último, está el Santiago al que se llama hermano de Jesús. Aunque la primera vez que se establece una conexión entre él y la carta no surge hasta Orígenes, en la primera mitad del siglo III, esta es la hipótesis que se mantiene tradicionalmente. La Iglesia Católica Romana está de acuerdo con ella, porque en 1546 el Concilio de Trento estableció que Santiago es un libro canónico y fue escrito por un apóstol.

Vamos a reunir la evidencia acerca de este Santiago. Por el Nuevo Testamento sabemos que era uno de los hermanos de Jesús (Marcos 6:3; Mateo 13:55). Más adelante discutiremos en qué sentido se ha de tomar la palabra hermano. Durante el ministerio de Jesús está claro que su familia no Le comprendía ni simpatizaba con Él, y habría querido impedirle que cumpliera Su obra (Mateo 12:46-50; Marcos 3:21, 31-35; Juan 7:3-9). Juan dice claramente que «Sus hermanos no creían en Él» (Juan 7:5). Así que, durante el ministerio terrenal de Jesús, Santiago era uno de Sus opositores.

Con Hechos se presenta un cambio repentino e inexplicado. Cuando empieza Hechos, la Madre y los hermanos de Jesús forman parte del pequeño grupo de cristianos (Hechos 1:14). Desde entonces, está claro que Santiago ha llegado a ser el líder de la iglesia de Jerusalén, aunque no se nos explica cómo se produjo esa situación. Es a Santiago a quien Pedro manda la noticia de que está fuera de la cárcel (Hechos 12:17). Santiago preside el concilio de Jerusalén que abrió las puertas de la Iglesia Cristiana a los creyentes gentiles (Hechos 15). Fue con Santiago y Pedro con los que se reunió Pablo cuando fue por primera vez a Jerusalén después de su conversión; y fue con Santiago, Pedro y Juan, las columnas de la Iglesia, con los que Pablo decidió la esfera de su trabajo (Gálatas 1:19; 2:9). Fue a Santiago a quien se dirigió Pablo con la colecta de las iglesias gentiles en su visita a Jerusalén que habría de ser la última y que habría de conducir a su detención y envío a Roma para ser juzgado por el césar (Hechos 21:18-25). Este último episodio es importante, porque nos presenta a Santiago en tal simpatía con los judíos cristianos que todavía cumplían la ley judía, y tan interesado en que los escrúpulos de estos no se exacerbaran, que convenció a Pablo para que diera muestras de su lealtad a la ley asumiendo responsabilidad por los gastos de algunos cristianos judíos que estaban cumpliendo el voto de los nazareos.

Como se ve, está claro que Santiago era el líder de la iglesia de Jerusalén. Como seria de esperar, eso era algo que la tradición desarrollaría considerablemente. Hegesipo, el historiador tempranero, dice que Santiago fue el primer obispo de la iglesia de Jerusalén. Clemente de Alejandría añade que le escogieron para ese ministerio Pedro y Juan. Jerónimo, en su libro Sobre hombres famosos, dice: «Inmediatamente después de la pasión del Señor, los apóstoles consagraron a Santiago como obispo de Jerusalén… cuya iglesia gobernó durante treinta años, es decir, hasta el año séptimo del reinado de Nerón» . Las Recognitiones clementinae dan el último paso del desarrollo de la leyenda al decir que Santiago fue ordenado obispo de Jerusalén nada menos que por el mismo Jesús. Clemente de Alejandría refiere una extraña tradición que aplica al principio de la Iglesia lo que decían los judíos sobre la Torá (Dichos de los padres, de la Mishná): «El Señor impartió conocimiento después de la Resurrección a Santiago el Justo, a Pedro y a Juan; ellos se lo transmitieron a los demás apóstoles, y estos a los setenta.» El desarrollo posterior no hay por qué aceptarlo; pero queda el hecho escueto de que Santiago fue el cabeza indiscutible de la iglesia de Jerusalén.

Santiago y Jesús

Tal cambio debe tener alguna explicación. Bien puede ser que la tengamos en una frase del Nuevo Testamento. En la primera lista de las apariciones del Señor Resucitado, que es la que escribió Pablo, encontramos estas palabras: «Después Le vio Santiago» (1 Corintios 15:7). A esto puede ser que se hiciera referencia en el Evangelio según los hebreos, que fue uno de los primeros evangelios, que no se incluyó en el Nuevo Testamento pero que, a juzgar por los fragmentos que se conservan, tenía un valor indudable. Jerónimo nos transmite el siguiente pasaje: «Ahora bien: el Señor, después de darle el paño de lino al siervo del sumo sacerdote, Se dirigió a Santiago y se le apareció. (Porque Santiago había jurado que -no tomaría alimento desde el momento en que tomó la copa del Señor hasta que Le viera resucitado de entre los que duermen). Y después de un poquito, dijo el Señor: «Poned la mesa y traed pan.» E inmediatamente después se añade que «tomó el pan, y lo bendijo, y lo partió, y se lo dio a Santiago el Justo mientras le decía: «Hermano, come tu pan; porque el Hijo del Hombre ha resucitado de entre los que duermen.»

Ese pasaje no carece de dificultades. Al principio parece querer decir que Jesús, después de resucitar y de salir de la tumba, entregó el sudario de lino con el que había sido sepultado al siervo del sumo sacerdote, y fue a reunirse con Su hermano Santiago. También parece implicarse que Santiago estuvo presente en la última Cena. Pero, aunque el pasaje está confuso, una cosa sí está clara: Algo acerca de Jesús en Sus últimos días u horas en la Tierra había impactado el corazón de Santiago de tal manera que este había jurado no probar bocado hasta que Jesús resucitara; así que Jesús volvió a él, y le dio la seguridad que esperaba. Que hubo un encuentro entre el Señor Resucitado y Santiago es indudable. Los detalles, tal vez no los sabremos nunca: Pero sí sabemos que a partir de ese momento Santiago, que había estado tan en contra de Jesús, fue Su servidor durante todo el resto de su vida, y Su mártir en el momento de su muerte.

Santiago, Mártir de Cristo

Que Santiago murió mártir es una afirmación consecuente en la tradición antigua. Los relatos presentan variantes en las circunstancias y en los detalles, pero coinciden en que acabó su vida como mártir de Cristo. El relato de Josefo es muy breve (Antigüedades 20:9. 1):

Así es que Anano, como era esa clase de hombre y creía que se le ofrecía una buena oportunidad después de la muerte de Festo y antes de la llegada de Albino, convocó un consejo judicial, le presentó al hermano de Jesús al que llamaban el Cristo, que se llamaba Santiago, y a algunos otros, acusándolos de violar la ley, y los entregó para que los lapidaran.
Anano era el sumo sacerdote judío; Festo y Albino eran los procuradores de Palestina, en el puesto que había ostentado Pilato. El detalle de la historia es que Anano aprovechó el interregno entre la muerte de uno y la llegada de su sucesor para eliminar a Santiago y a otros líderes de la Iglesia Cristiana. Esto coincide perfectamente con el carácter de Anano por lo que sabemos de él; y supondría que el martirio de Santiago tuvo lugar en el año 62 d. C.

Hegesipo nos dejó en su historia un relato mucho más extenso. La obra de Hegesipo se ha perdido, pero Eusebio nos ha conservado su relato de la muerte de Santiago en su totalidad (Historia Eclesiástica 2:23). Es largo; pero de tal interés que debe citarse completo.

«Jacobo, el hermanó del Señor, es el sucesor, con los apóstoles, del gobierno de la iglesia. A éste todos le llaman «Justo» -ya desde el tiempo del Señor y hasta nosotros, porque muchos se llamaban Jacobo.

No obstante, sólo él fue santo desde el vientre de su madre; no bebió vino ni bebida fermentada; ni tocó carne; no pasó navaja alguna sobre su cabeza ni fue ungido con aceite; y tampoco usó del baño.

Sólo él tenía permitido introducirse en el santuario, porque su atuendo no era de lana, sino de lino. Asimismo, únicamente él entraba en el templo, donde se hallaba arrodillado y rogando por el perdón de su pueblo, de manera que se encallecían sus rodillas como las de un camello, porque siempre estaba prosternado sobre sus rodillas humillándose ante Dios y rogando por el perdón de su pueblo.

Por la exageración de su justicia le llamaban «Justo» y «Oblías» , que en griego significa protección del pueblo y justicia, del mismo modo que los profetas dan a entender acerca de él.

Algunas de las siete sectas del pueblo, las que ya mencioné antes (en las Memorias), procuraban aprender de él acerca de la puerta’ de Jesús, y él les decía que se trataba del Salvador. Unos cuantos de ellos creyeron que Jesús era el Cristo.
Pero las sectas, a las que hemos aludido; no creyeron en la resurrección ni en su inminente regreso para pagar a cada uno según sus obras; no obstante, todos los que creyeron lo hicieron por medio de Jacobo.

Muchos fueron los convertidos, incluso entre los principales; y por ello hubo alboroto entre los judíos, los escribas y los fariseos, y decían que el pueblo peligraba aguardando al Cristo. Reuniéndose entonces ante la puerta de Jacobo .
La palabra puerta usada aquí por Eusebio significa el medio cristiano de acceso a Dios por Jesucristo, le decían: «Te lo rogamos: sujeta al pueblo, pues se encuentran engañados acerca de Jesús y creen que él es el Cristo. Te rogamos que aconsejes, acerca de Jesús, a cuantos acudan el día de la Pascua, pues todos te obedecemos. Porque nosotros y todo el pueblo damos testimonio de que tú eres justo y no haces acepción de personas. Así pues, persuade a la multitud para que no yerre acerca de Cristo. Pues todo el pueblo y nosotros te obedecemos. Mantente en pie sobre el pináculo del templo, para que desde esa altura todo el pueblo te vea y oiga tus palabras. Ya que por la Pascua se unen todas las tribus, incluyendo a los gentiles.»

De este modo los aludidos escribas y fariseos colocaron a Jacobo sobre el pináculo del templo, y estallaron a gritos diciendo: «¡Tú, el Justo, al que todos nosotros debemos obedecer, explícanos cuál es la puerta de Jesús, pues todo el pueblo está engañado, siguiendo a Jesús el Crucificado.»

Entonces él contestó con voz potente: «¿Por qué me interrogáis acerca del Hijo del Hombre? ¡El está sentado a la diestra del gran Poder, y pronto vendrá sobre las nubes del cielo!»

Y muchos creyeron de corazón y, por el testimonio de Jacobo, alabaron diciendo: «¡Hosanna al Hijo de David!» ; pero entonces de nuevo los mismos escribas y fariseos comentaban: «Hemos actuado erróneamente al procurar un testimonio tan grande en contra de Jesús, pero subamos y arrojemos a éste, para que se. confundan y no crean en él.»
Así, gritaban diciendo: «¡Oh, ¡oh!, también el Justo anda en error, » y con este acto cumplieron la escritura en Isaías: «Saquemos al Justo, porque nos es embarazoso. Entonces cometerán los frutos de sus obras.» ’

Entonces subieron y lanzaron abajo al Justo. Luego comentaban: «Apedreemos a Jacobo el Justo, » y empezaron a apedrearlo, pues no había muerto al ser arrojado. Pero él, volviéndose, hincó las rodillas diciendo: «Señor, Dios Padre, te lo suplico: perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

Mientras lo apedreaban, un sacerdote de los hijos de Recab, hijo de Recabín, de los que el profeta Jeremías dio testimonio, rompió a gritar diciendo: «¡Deteneos!, ¿qué hacéis? El Justo pide por nosotros.»

Y cierto hombre entre ellos, un batanero; golpeó al Justo en la cabeza con el mazo que usaba para batir las prendas, y de este modo fue martirizado Jacobo. Y allí le enterraron al lado del templo, y su columna todavía permanece cerca del templo. Fue un testigo verdadero para los judíos y griegos de que Jesús es el Cristo: E inmediatamente Vespasiano asedió Jerusalén.» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 2. 23. Texto y notas de la edición CLIE, 1988).

El hermano del Señor

Hay otra cuestión acerca de la personalidad de Santiago que debemos tratar de resolver. En Gálatas 1:19 Pablo habla de él como el hermano del Señor. En Mateo 13:55 y en Marcos 6:3 se menciona a un Santiago entre los hermanos de Jesús; y en Hechos 1:14, aunque no se dan los nombres, se dice que los hermanos de Jesús estaban entre los primeros cristianos en la iglesia de Jerusalén. Hemos de plantear la cuestión de lo que quiere decir aquí la palabra hermano, porque la Iglesia Católica Romana le da una gran importancia a la respuesta que se dé. Desde los tiempos de Jerónimo ha habido en la Iglesia mucha discusión sobre esta cuestión. Hay tres teorías en relación con el parentesco de estos «hermanos» de Jesús que vamos a considerar una tras otra.

La teoría Jeronimiana

Recibe su nombre del de Jerónimo, el traductor de la Vulgata latina. Fue él el que desarrolló la teoría de que los «hermanos» de Jesús eran en realidad Sus primos; y es lo que se cree en la Iglesia Católica Romana, que lo tiene como artículo de fe. La expuso Jerónimo en el año 383 dC. , y captaremos mejor su complicado razonamiento si lo vamos siguiendo en una serie de pasos.

(i) Santiago el hermano del Señor se incluye entre los apóstoles. Pablo escribe refiriéndose a él: «Pero no vi a ninguno de los demás apóstoles salvo a Santiago el hermano del Señor» (Gálatas 1:19).

(ii) Jerónimo insiste en que el título de apóstol se usaba sólo con los Doce. En tal caso debemos buscar a Santiago entre ellos. No puede ser el mismo que el hermano de Juan e hijo de Zebedeo porque, entre otras razones ya había sufrido el martirio cuando se le menciona en Gálatas 1:19 y en Hechos 12:2. Por tanto, habrá que identificarle con el otro Santiago que formaba parte de los Doce, Santiago hijo de Alfeo.

(iii) Jerónimo pasa a hacer otra identificación. En Marcos 6:3 leemos: «¿No es este el carpintero,, el hijo de María y hermano de Santiago y de José?» Y en Marcos 15:40 encontramos al pie de la Cruz a María, la madre de Santiago el Menor y de José. Como Santiago el Menor es hermano de Joaé e hijo de María debe de ser la- misma persona que el Santiago de Marcos 6:3 que es el hermano del Señor. Por, tanto, según Jerónimo, Santiago el hermano del Señor, Santiago hijo de Alfeo y Santiago el Menor son la misma persona en relación con otras tantas.

(iv) Jerónimo basa el siguiente y final paso de su razonamiento en la deducción de la lista de mujeres que estaban al pie de la Cruz de Jesús. Vamos a considerar esa lista como nos la dan tres evangelistas. En Marcos 15:40 se incluye a María Magdalena, María la madre de Santiago y José, y~Salomé. En Mateo 27:56 se menciona a María Magdalena; María la madre de Santiago el Menor y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. En Juan 19:25 tenemos a la Madre de Jesús, la hermana de Su Madre, María la mujer de Cleofás y María Magdalena.

Analicemos ahora estas listas. En cada una de ellas se nombra a María Magdalena. Es segura la identificación de Salomé con la madre de los hijos de Zebedeo. Pero el verdadero problema es cuántas mujeres hay en la lista de Juan. Se puede leer de la manera siguiente:

(i) La Madre de Jesús;

(ii) La hermana de la Madre de Jesús;

(iii) María, mujer de Cleofás;

(iv) María Magdalena.

O se puede leer de esta otra manera:

(i) La Madre de Jesús;

(ii) La hermana de la Madre de Jesús, María, mujer de Cléofás;

(iii) María Magdalena:

Jerónimo insiste en que la segunda manera es la correcta; y por tanto la hermana de la Madre de Jesús y María la mujer de Cleofás son la misma persona. En ese caso tiene que ser la misma que en las otras listas figura como la madre de Santiago y de José. El Santiago que es su hijo es el que se conoce como Santiago el Menor, y como Santiago el hijo de Alfeo, y como Santiago el hermano del Señor. Esto quiere decir que Santiago es el hijo de la hermana de María, y por tanto primo de Jesús.

Hasta aquí el argumento de Jerónimo, al que se pueden oponer por lo menos cuatro objeciones.

(i) Una y otra vez se llama a Santiago hermano de Jesús; o se le, cuenta entre los hermanos de Jesús. La palabra que se usa en todos los casos es adelfós, que generalmente quiere decir hermano. Es verdad que puede describir a personas que pertenecen a una cierta comunión, como hacemos corrientemente entre cristianos. Y también es verdad que se puede usar afectuosamente con una persona con la que nos une una gran intimidad personal. Pero cuando se usa dentro de la familia es, para decir lo menos, muy dudoso que quiera decir primo. Si Santiago era primo de Jesús, es muy poco probable, por no decir imposible, que se le conociera como el adelfós de Jesús.

(ii) Jerónimo se equivocó al suponer que el término apóstol sólo se les aplicaba a los Doce. Pablo era un apóstol (Romanos 1:1; 1 Corintios 1:1. ; Gálatas 1:1). Bernabé era un apóstol (Hechos 14:14; 1 Corintios 9:6). Silas también era apóstol (Hechos 15:22): Andrónica y Junias eran apóstoles (Romanos 16:7). Es imposible limitar el título de apóstol a los Doce; y si no hace falta buscar a Santiago el hermano del Señor entre los Doce, el argumento de Jerónimo se viene abajo.

(iii) A la vista de los hechos es mucho más probable que Juan -19:25 sea una lista de cuatro mujeres y no de tres; porque, si María de Cleofás fuera hermana de María la Madre de Jesús, habría dos hermanas con el mismo nombre, lo cual es sumamente improbable.

(iv) Hay que recordar que la Iglesia no sabía nada de esta teoría hasta, el año 383 d. C. cuando Jerónimo la concibió. Y es absolutamente cierto que la propuso por la única razón de garantizar la doctrina de la virginidad perpetua de María. La teoría de que los llamados hermanos de Jesús eran de hecho Sus primos tiene que descartarse a la vista de los hechos.

La teoría epifánica

La segunda de las grandes teorías acerca del parentesco de Jesús con Sus «hermanos» propone que estos eran, de hecho, Sus «hermanastros» si acaso, hijos de José de un matrimonio anterior pero no de María, mientras que Jesús era hijo de María pero no de José. El nombre de esta teoría se deriva del de Epifanio, que la propuso enfáticamente hacia el año 370 d. C. No fue él quien la diseñó. Ya existía desde bastante antes, y puede decirse que era la opinión más corriente en la Iglesia Primitiva.

En líneas generales ya aparece en un libro apócrifo llamado el Libro de Santiago o el Protoevangelio, que data de mediados del siglo II. Ese libro cuenta que había una pareja piadosa, Joaquín y Ana, cuyo único dolor era que no tenían hijos. Para su gran alegría, les nació en su ancianidad una niña, cosa que, al parecer, se consideró un nacimiento virginal. Llamaron a la niña María, la que habría de ser la Madre de Jesús. Joaquín y Ana consagraron a su hija al Señor; y, cuando llegó a los tres años de edad, la llevaron al templo y la dejaron allí a cargo de los sacerdotes. María creció en el templo; y, cuando llegó a la edad de doce años, los sacerdotes hicieron planes para casarla. Reunieron a los viudos del pueblo, diciéndoles que trajera cada uno su bastón. Entre ellos vino José el carpintero. El sumo sacerdote recogió los bastones, y el de José fue el último. Con los demás no pasó nada, pero del de José salió volando una paloma que fue a posarse sobre su cabeza. De esta manera reveló Dios que José había de tomar a María por esposa. Al principio, José no estaba muy conforme. «Tengo hijos -dijo- y ya soy un anciano, mientras que ella es una joven; no quiero ser el hazmerreír de los hijos de Israel» (Protoevangelio 9:1). Pero, por último, la tomó por esposa en obediencia a la voluntad de Dios, y a su debido tiempo nació Jesús. El contenido del Protoevangelio es, por supuesto, legendario; pero es señal de que a mediados del siglo II ya existía la teoría que había de conocerse bajo el nombre de Epifanio.

No hay ninguna evidencia directa que apoye esta teoría, y todas las razones a su favor tienen un carácter indirecto.

(i) Se pregunta: ¿Habría confiado Jesús Su Madre al cuidado de Juan si ella hubiera tenido otros hijos además de Él? (Juan 19:26s). La respuesta sería que, por lo que sabemos, la familia de Jesús no simpatizaba con Él en lo más mínimo, y no habría tenido ningún sentido el confiársela.

(ii) Se objeta que el comportamiento de los, «hermanos» de Jesús para con Él parecía el de los hermanos mayores para con el menor entre ellos. Pusieron en duda Su sensatez, y quisieron llevársele a casa (Marcos 3:21, 31-35); Le eran hostiles (Juan 7:1-5). Pero también podría entenderse que pensaban que estaba metiendo a la familia en líos, independientemente de Su edad o la de ellos.

(iii) Se da por supuesto que José tiene que haber tenido más edad que María porque desaparece totalmente de la historia evangélica, lo que hace suponer que ya habría muerto cuando empezó el ministerio público de Jesús. La Madre de Jesús estaba en las bodas de Caná de Galilea, pero no se menciona a José (Juan 2:1). A Jesús se Le llama, por lo menos a veces, el hijo de María, lo que hace suponer que José ya había muerto y María era viuda (Marcos 6:3). Por último, la permanencia de Jesús en Nazaret hasta la edad de treinta años (Lucas 3:23) se explica suponiendo que José había muerto, y Jesús quedó a cargo de una familia en la que había varios de menos edad que Él. Pero el hecho de que José fuera mayor que María (lo que no deja de ser una suposición, aun en el caso de que muriera mucho antes), no demuestra que no tuviera otros hijos de ella; y el hecho de que Jesús se quedara en Nazaret a cargo del taller de carpintero para mantener a Su familia parecería indicar mucho más naturalmente que Él era el hijo mayor, y no el más pequeño de todos.

A estos argumentos Lightfoot añade dos más de carácter general. El primero es que esta es la teoría de la tradición cristiana; y el segundo, que cualquier otra explicación sería «escandalosa para el sentimiento cristiano.» Pero lo básico de esta teoría procede del mismo origen que la teoría jeronimiana. Su intención es garantizar la virginidad perpetua de María, de la que no hay ni evidencia ni sugerencia en el Nuevo Testamento, y es la razón por la cual surgieron estas explicaciones posteriores.

La teoría helvidiana

Así se llama la tercera teoría. Afirma sencillamente que los hermanos y hermanas de Jesús eran en realidad Sus hermanos y hermanas en el sentido más pleno de la palabra; que, para usar el término técnico, eran Sus hermanos uterinos. No se sabe nada del Helvidius de quien toma nombre esta teoría, excepto que escribió un tratado en su defensa al que contestó Jerónimo con otro en el que la rebatía enfáticamente. ¿Qué se puede decir en su favor?

(i) Ninguna persona que leyera el Nuevo Testamento sin presuposiciones teológicas sacaría otra conclusión. A la vista de los hechos, la historia evangélica no da a entender que hubiera ningún misterio en el parentesco de los hermanos y hermanas de Jesús.

(ii) Los relatos de la Navidad, tanto en Mateo como en Lucas, dan por sentado que María tuvo otros hijos. Mateo escribe: «Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús» (Mateo 1:24s, R- V; la palabra primogénito falta en algunos manuscritos y traducciones): La implicación obvia es que José hizo vida marital normal con María después del nacimiento de Jesús. De hecho Tertuliano cita este pasaje para demostrar que tanto la virginidad como el matrimonio están santificados en Cristo por el hecho de que María fue primero virgen y luego esposa en el sentido pleno de la palabra. Lucas, escribiendo acerca del nacimiento de Jesús dice: «Y dio a luz a su hijo primogénito» (Lucas 2:-7). Al llamar a Jesús su hijo primogénito se indica claramente que tuvo otros hijos después:

(iii) Como ya hemos dicho, el hecho de que Jesús se quedara en Nazaret como carpintero hasta la edad de treinta años es por lo menos una indicación de que era el hijo mayor y tenía que asumir la responsabilidad del mantenimiento de la familia después de la muerte de José.

Creemos que los hermanos y hermanas dé Jesús eran realmente Sus hermanos y hermanas. Cualquier otra teoría surge de un deseo de glorificar el ascetismo (Doctrina y actitud que busca la perfección del hombre por sus propios medios mediante la práctica de una vida austera y mortificante) y de demostrar que María permaneció siempre virgen. Es indudablemente más hermoso creer en la santidad del hogar que creer en el celibato como un estado superior al matrimonio. Así pues, creemos que Santiago, al que llamaban el hermano del Señor, era en todos los sentidos Su hermano.

Santiago, el autor de esta carta

¿Podemos decir entonces que fue este Santiago el autor de esta carta? Vamos a recoger la evidencia a favor de esta idea.

(i) Si es verdad que Santiago escribió una carta, sería de esperar que fuera una epístola general, como lo es esta. Santiago no era como Pablo, viajero y hombre de muchas congregaciones. Era el moderador de la sección judía de la Iglesia; y la clase de carta que esperaríamos de él sería una especie de encíclica dirigida a todos los cristianos judíos.

(ii) Nos costaría encontrar nada en esta carta que no fuera aceptable para cualquier buen judío; hasta tal punto que hay intérpretes que dicen que se trata de hecho de un tratado ético judío que se ha introducido en el Nuevo Testamento. Alan Hugh McNeile, teólogo de 1800, indica que se encuentran en Santiago frases tras frases que se podrían tomar tanto en un sentido cristiano como judío. Las Doce Tribus de la Diáspora (1:1) se podría referir tanto a los judíos exiliados esparcidos por todo el mundo como a la Iglesia Cristiana, el nuevo Israel de Dios (Gálatas 6:16; cp. Apocalipsis 21:12 y 14). «El Señor» se puede entender una y otra vez en esta carta tanto refiriéndose a Jesús como a Dios. (1:7; 4:10, 15; 5:7, 8, 10, 11, 14, 15). El que Dios nos engendrara o hiciera nacer por la Palabra de Su Verdad para que fuéramos los primeros frutos de Su Creación (1:18) se puede entender igualmente bien en relación con la primera Creación de Dios y con la re-creación en Jesucristo. La perfecta ley y la ley regia (1:25; 2:8) se- pueden entender igualmente bien como la ley ética de los Diez Mandamientos o como la nueva ley de Cristo (Cp. 1 Corintios 9:21).

Los ancianos de la iglesia, la ekklésía (5:14), se pueden entender igualmente bien como los ancianos de la iglesia cristiana o como los ancianos judíos, porque en la Septuaginta, ekklésía es el título del pueblo es cogido de Dios. En 2:2, «vuestra congregación» traduce synagogue, que puede querer decir sinagoga más normalmente que congregación cristiana. La costumbre de dirigirse a sus lectores como hermanos es totalmente cristiana, pero también totalmente judía. La venida del Señor y la descripción del Juez esperando a la puerta (5:7, 9) son tan corrientes en el pensamiento cristiano como en el judío: La acusación de haber matado al justo (5:6) es una frase que aparece una y otra vez en los profetas, pero que los cristianos entenderían como una referencia a la Crucifixión de Cristo: No hay nada en esta carta que un judío ortodoxo no pudiera aceptar cordialmente si la leía desde su entorno: Se podría decir que todo esto le va perfectamente a Santiago: era el líder de lo que podríamos llamar la cristiandad judía, y el cabeza de la parte de la Iglesia con sede en Jerusalén. Tiene que haber habido un tiempo en que la Iglesia estaba muy próxima al judaísmo y parecía un judaísmo reformado más que otra cosa. Hubo una clase de cristianismo que no tenía la amplitud universalista que aportó la mente de Pablo. El mismo Pablo decía que la esfera gentil le correspondía a él, y la judía a Pedro, Santiago y Juan (Gálatas 2:9). La carta de Santiago puede que represente una clase de cristianismo que se mantenía en su forma más primitiva. Esto explicaría dos cosas:

(a) Explicaría la frecuencia con que Santiago repite la enseñanza del Sermón del Monte. Podríamos, entre muchos otros ejemplos, comparar Santiago 2:12s con Mateo 6:14s; Santiago 3:11-13 con Mateo 7:16-20; Santiago 5:12 con Mateo 5:34-37. Sería normal esperar que cualquier cristiano judío mostrara un interés especial en la enseñanza ética de la fe cristiana.

(b) Ayudaría a explicar la relación de esta carta con la enseñanza de Pablo. En una primera lectura, Santiago 2:14-26 parece un ataque frontal al paulinismo. «Toda persona se justifica por las obras, y no por la fe exclusivamente» (Santiago 2:24) parece estar en flagrante oposición a la doctrina paulina de la justificación por la fe sola. Pero lo que Santiago está atacando es una mal llamada fe que no tiene resultados éticos; y una cosa está meridianamente clara: que cualquiera que acusara a Pablo de haber predicado tal «fe» no es posible que hubiera leído sus cartas sin prejuicios. Estas están llenas de exigencias éticas, como ilustra, por ejemplo, el capítulo 12 de Romanos. Ahora bien: Santiago murió el año 62 d. C. , y por tanto no podía haber leído las cartas que no llegaron a ser propiedad universal de la Iglesia hasta el año 90 d. C. Por tanto, lo que Santiago ataca no es sino un malentendido de lo que Pablo decía, y una tergiversación de ello; y en ningún sitio era más probable que surgiera ese malentendido o esa tergiversación que en la misma Jerusalén, donde el hincapié que hacía Pablo en la fe y en la gracia, y su presentación del Evangelio como opuesto al legalismo judío se mirarían con más suspicacia que en ningún otro sitio.

(iii) Se ha hecho notar que Santiago y la carta del Concilio de Jerusalén a las iglesias gentiles tienen por lo menos dos curiosas semejanzas. Las dos empiezan con la palabra Saludos (Santiago 1:1; Hechos 15:23). La palabra griega es jairein, que era la manera corriente de empezar una carta en griego, pero que no aparece en ningún otro lugar del Nuevo Testamento salvo en la carta del jefe militar Claudio Lisias al gobernador de la provincia (Hechos 23:26-30). La segunda coincidencia es la frase que se aplica a todos tos gentiles sobre los cuales es invocado mi nombre (Hechos 15:17), el buen nombre que fue invocado sobre vosotros (Santiago 2:7). Es curioso que la carta del Concilio de Jerusalén, que redactaría probablemente Santiago, y la epístola que lleva su nombre, sean los únicos lugares del Nuevo Testamento en los que aparecen estas dos frases características.

Así es que hay evidencias que le dan credibilidad a la creencia de que Santiago fue la obra de Santiago, hermano del Señor y cabeza de la iglesia de Jerusalén. Por otra parte, hay hechos que nos hacen ponerlo en duda.

(i) Si el autor fue el hermano del Señor, habríamos esperado que hiciera alguna referencia a ese hecho. El único titulo que se aplica es «siervo de Dios y del Señor Jesucristo» (1:1). Tal referencia no habría sido para su gloria personal en ningún sentido, sino sencillamente para prestarle autoridad a su carta. Y tal autoridad habría sido especialmente útil fuera de Palestina, en países en los que no se le conocería. Si el autor era de veras el hermano del Señor, nos sorprende que no haga referencia a ese hecho, directa o indirectamente.

(ii) Faltando la referencia a su parentesco con Jesús, se habría esperado que se la hiciera al hecho de que era un apóstol. Era costumbre de Pablo el empezar sus cartas haciendo referencia a su apostolado. No se trata de una cuestión de prestigio personal, sino de garantía de autoridad para escribir. – Si este Santiago era el hermano del Señor y el cabeza de la iglesia de Jerusalén, habríamos esperado que mencionara al principio de su carta que la escribía en calidad de apóstol.

(iii) Lo más sorprendente de todo es lo que hizo que Lutero pusiera en duda el derecho de esta carta a estar en el Nuevo Testamento: la casi total carencia de referencias al Señor Jesucristo mismo. Sólo dos veces en toda, la carta se menciona Su nombre, y las dos veces son casi idénticas (1:1; 2:1).No hace la menor referencia a la Resurrección de Cristo. Sabemos muy bien que la Iglesia Primitiva se levantaba sobre la base de la fe en el Cristo Resucitado. Si esta carta era la obra de Santiago, es contemporánea de los acontecimientos de Hechos; donde la Resurrección se menciona no menos de veinticinco veces. Lo que lo hace todavía más sorprendente es que Santiago tenía un motivo personal para escribir acerca de las apariciones de Jesús, una de las cuales cambió radicalmente el curso de su vida. Es sorprendente que nadie que escribiera en ese tiempo de la historia de la Iglesia no hiciera referencia a la Resurrección de Jesús; y doblemente si el autor era Santiago el hermano del Señor. Tampoco hace referencia a Jesús como el Mesías. Si Santiago, el cabeza de la iglesia de Jerusalén, estaba escribiendo a los judíos cristianos en aquellos días tempraneros, uno habría creído que su objetivo principal habría sido presentar a Jesús como el Mesías, o que por lo menos habría dejado bien clara su fe en ello; pero la carta ni lo menciona.

(iv) Está claro que el autor de esta carta está empapado del Antiguo Testamento; y también que conoce íntimamente la literatura sapiencial, cosas ambas que se podían esperar en Santiago. Hay en su carta veintitrés posibles citas del Sermón de la Montaña, cosa que también se puede entender fácilmente porque, desde el principio, desde antes que se escribieran los evangelios, deben de haber circulado compendios de las enseñanzas de. Jesús. Algunos suponen que tiene que haber conocido las cartas de Pablo a los Romanos y a los Gálatas para decir lo que dice acerca de la fe y las obras, pero a eso se objeta razonablemente que un judío que nunca hubiera salido de Palestina y que hubiera muerto el año 62 d. C. no tendría por qué haber conocido esas cartas. Como ya hemos visto, esas suposiciones no se pueden mantener, porque la crítica de la doctrina de Pablo en Santiago podría haber surgido sólo de alguien que no había leído esas cartas de primera mano, y que estaba enfrentándose con algo que no era más que un malentendido o una tergiversación de la doctrina paulina. Pero la frase en 1:17: «Toda buena dádiva y todo don perfecto,» es un perfecto verso exámetro que tiene todo el aspecto de ser una cita de algún poeta griego; y la frase en 3:6: «el ciclo de la naturaleza» puede ser una expresión órfica procedente de las religiones misteriosas. ¿De dónde se habría sacado un judío que no hubiera salido de Palestina tales citas?

Hay cosas difíciles de explicar si se da por seguro que Santiago el hermano del Señor fue el autor de esta carta. La evidencia a favor o en contra está muy equilibrada.

La fecha de la carta

Cuando consideramos la evidencia para la fecha de la carta la encontramos igualmente equilibrada. Es posible deducir que es muy temprana, e igualmente que es tardía.

(i) Cuando Santiago estaba escribiendo, está claro que la esperanza de la Segunda Venida de Cristo era aún muy real (5:7-9). Esta esperanza no se perdió nunca en la Iglesia Primitiva, pero sí se desvaneció en parte del centro de su pensamiento cuando parecía que se atrasaba considerablemente. Esto sugeriría una fecha temprana.

(ii). En los primeros capítulos de Hechos y en las cartas de Pablo hay un trasfondo continuo de controversia con los judeocristianos para aceptar a los gentiles en la Iglesia sobre la base de la sola fe. Dondequiera que iba Pablo le seguían los judaizantes, y la aceptación de los gentiles no fue una batalla que se ganara fácilmente. En Santiago no hay ni una sugerencia de esta controversia judeo-gentil, hecho doblemente sorprendente si recordamos que Santiago el hermano del Señor representó un papel decisivo en la decisión del Concilio de Jerusalén. En ese caso, esta carta podría ser o muy temprana, anterior a la mencionada controversia, o tardía y escrita cuando ya se había acallado el último eco de la controversia. El hecho de que esta no se mencione se puede usar a favor de cualquiera de las dos fechas.

(iii) La evidencia del orden eclesiástico que se refleja en la carta también es conflictiva. El lugar donde se reúne la iglesia todavía se llama synagógué (2:2), lo que indicaría una fecha temprana; más tarde los cristianos usaron sistemáticamente ekklésía, porque el término judío se había descartado. Los ancianos de la iglesia se mencionan (5:14), pero no los obispos ni los diáconos, cosa que parece indicar fecha temprana otra vez, y posiblemente la continuación del orden judío, ya que los ancianos eran una institución judía antes de serlo cristiana. Santiago está preocupado con la existencia de muchos maestros (3:1), que es otro detalle que puede apuntar a una situación muy temprana, antes de que la Iglesia sistematizara su ministerio e introdujera ningún tipo de orden; aunque también podría indicar una fecha tardía, en la que los falsos maestros habían invadido la Iglesia como una plaga.

Hay dos hechos de carácter general que parecen indicar más bien una fecha tardía. El primero que, como ya hemos visto, apenas se menciona a Jesucristo. El tema de esta carta son, de hecho, las inconveniencias e imperfecciones, y los pecados y errores de los miembros de la iglesia. Esto parece apuntar a una fecha bastante tardía. La predicación original irradiaba la gracia y la gloria del Cristo Resucitado; la posterior pasó a ser, como sucede ahora, una diatriba contra las imperfecciones de los miembros de la iglesia. El segundo hecho general es la condenación de los ricos (2:1-3; 5:1-6). La discriminación a su favor y su arrogancia parecen haber sido un verdadero problema cuando se escribió esta carta. Ahora bien: en la Iglesia original había muy pocos ricos, si es que había alguno (1. Corintios 1:26s). Santiago parece ser el exponente de un tiempo en que la Iglesia, antes pobre, se veía amenazada por la mundanalidad.

Los predicadores del mundo antiguo

Nos ayudará a fechar esta carta llamada de Santiago, y a identificar a su autor, el colocarla en su contexto del mundo antiguo.

El sermón se identifica con la Iglesia Cristiana, pero no fue ni mucho menos su invención. Tenía sus raíces tanto en el mundo helenístico como en el judío; y cuando comparamos Santiago con los sermones helenísticos y judíos no podemos por menos de sorprendernos de sus semejanzas.

Consideremos en primer lugar a los predicadores griegos y sus sermones. El filósofo ambulante era una figura corriente en el mundo antiguo. Algunas veces era estoico, pero las más de las veces cínico. Dondequiera se reunía la gente, se le podía encontrar exhortando a la virtud, ya fuera en una esquina o en una plaza, en las grandes concentraciones de público que se reunían para los juegos, hasta en las luchas de gladiadores, y a veces hasta dirigiéndose al emperador para reprenderle por su lujo o tiranía y exhortarle a la virtud y a ¡ajusticia. El antiguo predicador, el filósofo-misionero, era una figura frecuente en el mundo antiguo. Había habido un tiempo cuando la filosofía era asunto de escuelas, pero en este su voz y sus exigencias éticas se podían oír diariamente en las plazas públicas.

Estos sermones antiguos tenían ciertas características. El método, era siempre el mismo; y ese método había influido profundamente en la presentación que hacía Pablo del Evangelio, y Santiago tenía los mismos precursores. Alistaremos algunos de los trucos comerciales de esos predicadores antiguos advirtiendo cómo se presentan en Santiago, y tendremos presente cómo escribía Pablo a las iglesias. El principal objetivo de esos predicadores antiguos, debe recordarse, no era descubrir ninguna nueva verdad, sino despertar a los pecadores del error de su camino, e impulsarlos a mirar las verdades que ya conocían pero habían olvidado o abandonado. Su propósito era desafiar a la gente con la vida noble para apartarla de la vida irresponsable e impía.

(i) Frecuentemente sostenían una conversación imaginaria con oponentes imaginarios, manteniendo lo que se llamada una especie de «diálogo trucado» . Santiago también usa ese método en 2:18s y 5:13s.

(ii) Solían efectuar la transición de una parte del sermón a otra mediante una pregunta que introducía un tema nuevo. También Santiago lo hace en 2:. 14 y 4:1.

(iii) Eran muy aficionados a los imperativos, con los que mandaban a sus oyentes que abandonaran sus errores e iniciaran la acción correcta. En los 108 versículos de Santiago hay casi 60 imperativos.

(iv) Eran muy aficionados a lanzar preguntas retóricas a sus audiencias. Santiago emplea frecuentemente tales preguntas (cp. 2:4, 5, 14-16; 3:11, 12; 4:4).

(v) Solían apostrofar a menudo, dirigiéndose en particular a sectores de su audiencia. Así hace Santiago con los comerciantes ávidos de negocios y con los ricos arrogantes (4:13; 5:6).

(vi) Les gustaba personificar las virtudes y los vicios, los pecados y las gracias. Así personifica Santiago el pecado (1:15); la misericordia (2:13) y la roña (5:3).

(vii) Buscaban despertar el interés de sus audiencias con anécdotas y tipos de la vida cotidiana. La figura de la rienda, el timón y el fuego del bosque son lugares comunes en los sermones antiguos (cp. 3:3-6). Entre muchas otras, Santiago presenta gráficamente la figura del paciente granjero (5:7).

(viii) Solían poner ejemplos de hombres y mujeres famosos para ilustrar su enseñanza moral. Eso es lo que hace Santiago al presentar los ejemplos de Abraham (2:21-23); de Rahab (2:25); de Job (5:11), y de Elías (5:17).

(ix) Los antiguos predicadores tenían la costumbre de empezar sus sermones con una paradoja que llamara la atención de sus oyentes. Santiago lo hace diciéndole a la gente que se considere afortunada cuando se encuentre rodeada de problemas (1:2). Así era como los antiguos predicadores presentaban a menudo la verdadera bondad como el reverso de lo que pensaba la gente. Así Santiago insiste en que la felicidad de los ricos consiste en venir a menos (1:10). Usaban el arma de la ironía como hace Santiago (2:14-19; 5:1-6).

(x) Los antiguos predicadores sabían hablar con dureza y seriedad. Santiago también se dirige a su lector llamándole «¡Estúpido!» , y moteja a los que le escuchan «vacíos de mollera» y «almas adúlteras.» Los antiguos predicadores azotaban con la lengua, y Santiago hace lo mismo.

(xi) Los predicadores antiguos tenían ciertas formas estándar de construir sus sermones: (a) A menudo concluían una sección con una antítesis gráfica, colocando el bien y el mal frente a frente. Santiago tiene la misma costumbre (cp. 2:13, 26). (b) A menudo probaban su razonamiento mediante una pregunta inquietante que les disparan a los oyentes (cp. 4:12). (c) A menudo hacían citas en sus predicaciones. También Santiago (5:20; 1:11, 17; 4:6; 5:11).

Es verdad que no encontramos en Santiago la amargura, el sarcasmo, el humor frívolo y hasta soez de los predicadores griegos; pero está a la vista que usa todos los otros trucos y métodos que usaban los predicadores ambulantes helenísticos para abrirse camino hasta llegar a la mente y el corazón de sus audiencias.

El mundo judío también tenía su tradición de predicación. Los que predicaba en los cultos de la sinagoga solían ser los rabinos. Tenían muchas de las características de la predicación de los filósofos ambulantes griegos. Usaban las preguntas retóricas, los imperativos y los ejemplos tomados de la vida diaria, y las citas de los héroes de la fe: Pero la predicación judía tenía una característica curiosa: era deliberadamente dispersa y desconectada. Los maestros judíos enseñaban a sus discípulos a no permanecer durante mucho tiempo tratando el mismo asunto, sino a pasar rápidamente de uno a otro para mantener el interés de los oyentes. De ahí que uno de los nombres que daban a la predicación era jaraz, que quiere decir sarta de perlas. El sermón judío era frecuentemente una sucesión de verdades morales y de exhortaciones aisladas. Este es precisamente el estilo de Santiago. Es difícil, si no imposible, discernir en él un tema continuo y coherente. Sus secciones se siguen sin aparente conexión. Edgar Johnson Goodspeed, autor de La Biblia, Una traducción Americana, conocida también como La Biblia de Goodspeed, dice: «El desarrollo se ha comparado con una cadena en la que cada eslabón va unido al anterior y al siguiente. Otros han comparado su contenido con las cuentas de un collar. . . Y tal vez Santiago no es tanto una cadena de pensamientos o cuentas como un manojo de perlas que se dejan caer una a una en la mente del lector.»

Santiago, ya lo miremos desde el trasfondo helenístico o desde el judío, es un buen ejemplo de un sermón antiguo. Y ahí está probablemente la clave de su autoría. Con todo esto en mente, volvamos ahora a preguntarnos quién fue su autor.

El autor de Santiago

Hay cinco posibilidades. (i) Empezamos con una teoría que desarrolló en detalle Meyer hace cosa de un siglo, y que reavivó Easton en la nueva Interpreter’s Bible. Una de las cosas más corrientes en el mundo antiguo era publicar libros bajo el nombre de alguna gran figura del pasado. La literatura judía entre los dos Testamentos estaba llena de obras seudoepigráficas; es decir, que se atribuían a Moisés, los Doce Patriarcas, Baruc, Enoc, Isaías y otros de posición semejante, para que esa autoridad adicional atrajera a más lectores. Esta era una práctica aceptada. Uno de los libros más famosos de los Apócrifos es la Sabiduría de Salomón, en la que un sabio de época posterior atribuye nueva sabiduría al más sabio de los reyes. Recordemos tres cosas de Santiago.

(a) No contiene nada que un judío ortodoxo no pudiera aceptar, si se omiten las dos menciones del nombre de Jesús en 1:1 y 2:1, cosa que podría hacerse sin que se notara.

(b) El nombre griego de Santiago es lakóbos, que no es más que una transcripción del Jacob del Antiguo Testamento.

(c) El libro va dirigido a «las doce tribus que están -diseminadas por el extranjero.» Esta teoría sostiene que Santiago no es otra cosa que un escrito judío, publicado bajo el nombre del patriarca Jacob y dirigido a los judíos de la Diáspora para animarlos a la fe en medio de las pruebas que tienen que pasar en tierra de gentiles.

Esta teoría se elabora más detalladamente como sigue. En Génesis 49 encontramos el último discurso de Jacob a sus hijos. Consiste en una serie de descripciones breves en las que los hijos se caracterizan sucesivamente. Meyer profesaba ser capaz de encontrar en Santiago alusiones a las descripciones de cada uno de los patriarcas, y por tanto de cada una de las doce tribus, del discurso de Jacob. Veamos algunas de las identificaciones propuestas.

Aser es el rico mundano; Santiago 1: 9-11; Génesis 49: 20. Isacar es el que hace buenas obras; Santiago 1:12; Génesis 49:14s. Rubén es las primicias; Santiago 1:18; Génesis 49:3. Simeón representa la ira; Santiago 1:19s; Génesis 49:5-7. Leví es la tribu especialmente relacionada con la religión, y a la que se alude en Santiago 1:26s. Neftalí se caracteriza por la paz; Santiago 3:18; Génesis 49:21. Gad simboliza las guerras y las luchas; Santiago 4:Is; Génesis 49:19. Dan representa la espera de la salvación; Santiago 5:7; Génesis 49:18. José representa la oración; Santiago 5:13-18; Génesis 49:22-26. Benjamín es el nacimiento y la muerte; Santiago 5:20; Génesis 49:27.
Es una teoría sumamente ingeniosa. No parece que se puede ni aceptar ni rechazar del todo. Sin duda explicaría de una manera muy natural la referencia de 1:1 a las doce tribus de la Diáspora. Se completaría diciendo que algún cristiano encontró este tratado judío escrito bajo el nombre de Jacob a todos los exiliados judíos, y le impresionó tanto su valor moral que le hizo algunos ajustes y adiciones y lo publicó como libro cristiano. No cabe duda de que esta, es una teoría atractiva… pero tal vez se pasa de ingeniosa.

(ii) Lo mismo que los judíos, los cristianos ,escribieron también muchos libros bajo los nombres de las grandes figuras de la Iglesia Cristiana. Hay evangelios que se publicaron bajo los nombres de Pedro, de Tomás y del mismo Santiago; hay, una epístola de Bernabé; hay evangelios de Nicodemo y de Bartolomé; y hay hechos de Juan, de Pablo, de Andrés, de Pedro, de Tomás, de Felipe y de otros. El término técnico que se da a estos libros es el de seudónimos, es decir, escritos bajo un nombre falso. Se ha sugerido que Santiago fue escrito por alguien bajo el nombre del «hermano del Señor» . Eso parece haber sido lo que pensó Jerónimo cuando dijo que esta carta «la publicó alguno bajo el nombre de Santiago.» Pero, independientemente de la obra en sí, esa suposición no puede mantenerse; porque, cuando alguien escribía bajo un seudónimo, ponía empeño en dejar bien claro quién era el que había de suponerse que lo había escrito; es decir, que habría dejado más claro que el autor era Santiago el hermano del Señor, cosa que ni se insinúa en el texto.

(iii) Moffatt se inclinaba a favor de la teoría de que el autor no era el hermano del Señor, ni ningún otro Santiago conocido, sino simplemente un maestro llamado Santiago de cuya vida no tenemos la menor información. Eso no es ni mucho menos imposible, porque el nombre de Jacobo o Santiago era tan corriente entonces como ahora; pero sería difícil entender cómo tal libro consiguió entrar en el Nuevo Testamento, y cómo se relacionó con el hermano del Señor.

(iv) El punto de vista tradicional es que fue Santiago el hermano del Señor el que escribió esta carta. Ya hemos visto que parece extraño que no contenga más que dos referencias accidentales a Jesús, y ninguna a Su Resurrección o a Él como el Mesías. Otra dificultad aún más seria es la siguiente. Santiago está escrito en buen griego. Ropes dice que el griego tiene que haber sido la lengua materna del que lo escribió; y Mayor, que era un gran experto en griego, dice: «Yo me inclinaría a calificar el griego de esta epístola como el que más se acerca a la pureza clásica de todos los libros del Nuevo Testamento con la excepción tal vez de la Epístola a los Hebreos.» Sin embargo, no cabe duda de que la lengua materna de Santiago era el arameo, y no el griego; y podemos estar seguros de que no dominaría el griego clásico. Su educación ortodoxa judía le haría despreciarlo y evitarlo, como lengua gentil y, además, como la de los perseguidores de su pueblo. Es casi imposible creer que Santiago fuera el autor de esta carta.

(v) Y llegamos a la quinta posibilidad. Recordemos cuánto se parece Santiago a un sermón. Es posible que sea, en esencia, un sermón predicado por Santiago, que otro tomó, diríamos, casi taquigráficamente, y luego tradujo al griego, puliéndolo y decorándolo ligeramente, y publicándolo después para que toda la Iglesia pudiera beneficiarse. Eso explicaría su forma, y cómo llegó a adscribirse a Santiago. También explicaría la escasez de referencias a Jesús el Mesías y a Su Resurrección, porque tal vez en ese sermón no trató esos puntos. En un sermón es natural que no se toquen todos los temas fundamentales de la ortodoxia, sino que se insista más en los deberes morales que en la teología. Nos parece que esta es la única teoría que explica los hechos sin violentarlos.

Una cosa es segura: puede que nos aproximemos a esta breve carta creyéndola uno de los libros menos importantes del Nuevo Testamento; pero, si la estudiamos con interés, acabaremos dándole gracias a Dios porque se ha conservado para nuestra edificación e inspiración.

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