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Santiago 2: La fe y las discriminaciones

Ustedes, hermanos míos, que creen en nuestro glorioso Señor Jesucristo, no deben hacer discriminaciones entre una persona y otra. Hermanos, no podéis creer que tenéis fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo, y sin embargo seguir haciendo discriminaciones.

La frase «hacer acepción de personas» se encuentra frecuentemente en muchas biblias; quiere decir obrar con parcialidad a favor de alguien porque es rico o influyente –o goza de popularidad. Es una falta que toda la Biblia condena insistentemente. Los líderes ortodoxos judíos no tuvieron más remedio que admitir que Jesús no hacía acepción de personas (Lucas 20:21; Marcos 12:14; Mateo 22:16). Después de la visión del lienzo con animales limpios e inmundos, Pedro aprendió que Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34). Pablo estaba convencido de que los judíos y los gentiles reciben el mismo juicio de Dios, porque Dios no tiene favoritos (Romanos 2:11). Esta es una verdad en la que Pablo insiste a menudo (Efesios 6:9; Colosenses 3:25). La palabra original es curiosa: prosópolémpsía. El nombre viene de la expresión prosópon lambánein. Prosópon es la cara; y lambánein quiere decir aquí levantar. La expresión griega es una traducción literal de la hebrea nasá panim, que quiere decir exactamente lo mismo. El levantar la cara de alguien, en lugar de hacer que bajara la cabeza o que se le cayera la cara de vergüenza, era tratarle favorablemente. En su origen no era una expresión mala. Simplemente quería decir aceptar a una persona como buena. Malaquías pregunta si al gobernador le caerán bien y aceptará las personas de los que le traigan regalos indignos (Malaquías 1:8s).

Pero la expresión adquirió rápidamente un sentido malo. Pronto llegó a significar, no tanto el favorecer a una persona como el mostrar favoritismo, dejarse uno influir indebidamente por la posición social, el prestigio, el poder o la riqueza de una persona. Malaquías pasa a condenar ese mismo pecado cuando Dios acusa a Su pueblo de no cumplir Sus leyes y de ser parciales en sus juicios (Malaquías 2: 9). La gran característica de Dios es Su absoluta imparcialidad. En la ley estaba escrito: «No cometerás injusticia, en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo» (Levítico 19:15). Aquí se hace hincapié en algo que es de capital importancia. Un juez puede ser injusto, tanto por someterse al poderoso, como para presumir de, favorecer al pobre. «El Señor –decía Ben Sirá– es Juez, y no hace acepción de personas» (Eclesiástico 35:12). Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento condenan la parcialidad en el juicio y el favoritismo en el trato que proviene de darle una importancia indebida a la posición social, riqueza o influencia. Y es una falta a la que todos somos más o menos propensos. «El rico y el pobre se encontraron; a ambos los hizo el Señor» (Proverbios 22:2). «No está bien –dice Ben Sirá– despreciar al pobre que tiene entendimiento; ni tampoco engrandecer al pecador porque tiene dinero» (Eclesiástico 10:23). Haremos bien en recordar que es tan discriminatorio consentir a la multitud como doblegarse al tirano.

Supongamos que ustedes están reunidos, y llega un rico con anillos de oro y ropa lujosa, y lo atienden bien y le dicen: «Siéntate aquí, en un buen lugar», y al mismo tiempo llega un pobre vestido con ropa vieja, y a este le dicen: «Tú quédate allá de pie, o siéntate en el suelo»; entonces están haciendo discriminaciones y juzgando con mala intención.

Porque, si entra uno en vuestra reunión con todos los dedos llenos de anillos de oro y vestido con ropa elegante, y entra otro pobre vestido de cualquier manera, y os deshacéis en atenciones con el elegante y le decía: ¿Hace usted el favor de acomodarse aquí? Y al pobretón le decís: ¡Tú quédate ahí de pie!, o ¡Ponte en cuclillas en el suelo por debajo de mi estrado! Al obrar así, ¿no habéis hecho discriminación con vuestra actitud, y os habéis erigido en jueces movidos por malos pensamientos?

Santiago temía que el esnobismo pudiera invadir la iglesia. Traza la caricatura de dos hombres que entran en la reunión, uno vestido lujosamente y con los dedos llenos de anillos de oro, y el otro; como podía. Los más ostentosos llevaban anillos en todos los dedos menos el corazón, y hasta más de uno en cada dedo. A veces hasta alquilaban anillos para lucirlos cuando querían dar la impresión de que eran muy, ricos. «Adornamos nuestros dedos con anillos –decía Séneca–, y nos colocamos joyas hasta en los nudillos.» Clemente de Alejandría recomendaba que los cristianos no llevaran más que un anillo, y en el dedo meñique. Debería llevar algún emblema cristiano, como una paloma, un pez o un ancla; y se podría justificar su uso si servia de sello.

Llega a la reunión un tipo elegante con más anillos que dedos. Y llega también un pobre, con la única ropa que tiene y sin joyas ni adornos: Al rico se le acomoda ceremoniosa y respetuosamente en un lugar especial, mientras que al pobre se le dice que se quede de pie o que se ponga en cuclillas en algún rincón; no se le ofrece ni un taburete para sentarse. No daremos por sentado que se trata de una exageración si nos fijamos en las indicaciones que se dan en algunos libros de orden eclesiástico. Ropes cita un pasaje típico del tratado etíope Estatutos de los apóstoles: «Si entra un hombre o una mujer vestidos lujosamente, ya sean del lugar o de fuera, que son hermanos, tú, presbítero, cuando expongas la Palabra de Dios o cuando leas, no hagas discriminación ni abandones tu ministerio para asegurarte de que se les asignan buenos sitios, sino quédate tranquilo, que ya los recibirán los hermanos; y si no queda sitio, cualquiera que tenga amor a los hermanos se levantará y les dejará el suyo. Y si un pobre o una pobre del distrito o de fuera entrara y no hubiera sitio para ellos, tú, presbítero, búscales un lugar de todo corazón, aunque tengas que ser tú el que se siente en el suelo, para que no se le dé la máxima importancia a nadie nada más que a Dios.»

Aquí tenemos la misma escena. Hasta se sospecha que el que esté dirigiendo el culto se sienta inclinado a interrumpirlo para llevar al recién llegado rico a un sitio honorable. No cabe duda que habría problemas sociales en la Iglesia Primitiva. La iglesia era el único lugar del mundo antiguo en el que no existían diferencias. Al principio tiene que haber habido alguna timidez inicial cuando el amo se sentaba en el mismo banco que su esclavo, o cuando llegaba el amo y se encontraba que era su esclavo el que estaba dirigiendo el culto y administrando los sacramentos. La sima entre el esclavo –que para la ley no era más que una herramienta viva– y el amo era tan profunda que causaría problemas por los dos lados. Además, en sus principios la Iglesia era predominantemente pobre y humilde; y por tanto, si un rico se convertía e incorporaba a la comunión fraternal, existiría la tentación de darle importancia y tratarle como un trofeo especial del Señor. La iglesia debe ser el único lugar en el que desaparecen todas esas diferencias. No puede haber diferencias de rango y prestigio cuando las personas se reúnen en presencia del Rey de la gloria. No puede haber diferencias de méritos cuando las personas se reúnen en la presencia de la suprema santidad de Dios. En Su presencia, todas las diferencias terrenales son menos que polvo, y toda dignidad humana como trapos de inmundicia.

En la presencia de Dios, la humanidad es solo una. En el versículo 4 hay un problema de traducción. La palabra diakrithéte puede tener dos significados.

(i) Puede querer decir: «Estás dando bandazos en tus juicios si actúas de esa manera.» Es decir. «Si tratas con más honores a los ricos, estás vacilando entre las escala de valores del mundo y la de Dios, y no puedes estar seguro de cuál es la que debes aplicar.»

(ii) O puede querer decir: «Eres culpable de hacer diferencias de clase, que no deben existir en la comunidad cristiana.»

Preferimos el segundo significado, porque Santiago pasa a decir: «Si obráis así, sois como jueces que tienen malos pensamientos.» Es decir: «Estáis quebrantando el mandamiento del Que dijo: «No juzguéis, y no seréis juzgados» (Mateo 7:1).

Queridos hermanos míos, oigan esto: Dios ha escogido a los que en este mundo son pobres, para que sean ricos en fe y para que reciban como herencia el reino que él ha prometido a los que lo aman; ustedes, en cambio, los humillan. ¿Acaso no son los ricos quienes los explotan a ustedes, y quienes a rastras los llevan ante las autoridades? ¿No son ellos quienes hablan mal del precioso nombre que fue invocado sobre ustedes?

Escuchadme bien, queridos hermanos: ¿Es que no fue a los que son pobres según el mundo a los que Dios escogió para que sean ricos por su fe y herederos del Reino que ha prometido a los que Le aman? ¿Y vosotros despreciáis a los pobres? ¿Es que no son precisamente los ricos los que os oprimen, y os arrastran a los tribunales? ¿Y no son ellos los que blasfeman el Nombre glorioso por el que habéis sido llamados? «Dios –decía Abraham Lincoln– tiene que querer mucho a las personas sencillas, porque ha hecho un montón.» El Evangelio siempre ha concedido prioridad a los pobres. En el primer sermón de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su proclama fue: «¡Dios me ha ungido para que les anuncie la Buena Noticia a los pobres!» (Lucas 4:18). Su respuesta a la pregunta del perplejo Juan de si era Él el Escogido de Dios culminó en la afirmación: «¡Y a los pobres se les proclama el Evangelio!» (Mateo 11:5). La primera de las Bienaventuranzas fue: «¡Bienaventurados los pobres en espíritu, porque suyo es el Reino del Cielo!» (Mateo 5:3). Y Lucas es aún más concreto: «¡Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios!» (Lucas 6:20).

Durante el ministerio de Jesús, cuando Le cerraron las puertas de las sinagogas y salió a los caminos, los cerros y las costas, fue a las multitudes de hombres y mujeres corrientes a los que dirigió Su mensaje. En los días de la Iglesia Primitiva era a las multitudes, a las que se dirigían los predicadores callejeros. De hecho, el Evangelio proclamaba que eran los que no les importaban a los poderosos ni a los ricos los que Le importaban supremamente a Dios. «Porque, hermanos, tened presente quiénes sois los que Dios ha llamado –decía Pablo–: no había muchos entre vosotros que fuerais lo que el mundo considera sabios, o poderosos, o aristócratas» (1 Corintios1:26). No es que Cristo y la Iglesia no quieran a los grandes y a los ricos y a los sabios y a los poderosos; tenemos que estar en guardia contra la cursilería contraria, como ya hemos visto. Pero estaba claro que el Evangelio ofrecía tanto a los pobres y exigía tanto de los ricos que eran los pobres los que estaban más dispuestos a entrar en la iglesia. Era también la gente corriente la que escuchaba a Jesús de buena gana, y el joven rico el que se retiró con tristeza, porque tenía muchas posesiones.

Santiago no les cierra la puerta a los ricos ni mucho menos; está diciendo que el Evangelio de Cristo les resulta especialmente atractivo a los pobres, porque son bien recibidos los que no tenían a nadie que los recibiera, y porque se sienten apreciados los que el mundo considera que no valen nada. En la sociedad en la que vivía Santiago, los ricos oprimían a los pobres. Los arrastraban a los tribunales, probablemente por deudas. En el límite inferior de la escala social la gente era tan pobre que a duras penas podía vivir, y los prestamistas eran abundantes y despiadados. En el mundo antiguo existía la costumbre del arresto sumario. Si un acreedor se encontraba con un deudor en la calle, le podía agarrar por el cuello de la ropa, casi ahogándole, y llevarle a rastras literalmente al tribunal. Eso era lo que los ricos hacían con los pobres. No tenían compasión; querían hasta el último céntimo.

No es la riqueza lo que condena Santiago, sino la conducta dé los ricos despiadados. Eran los ricos los que blasfemaban el Nombre que invocaban los pobres. Tal vez se refiera al nombre de cristianos que los de Antioquía les pusieron de mote burlesco a los seguidores de Cristo; o puede que fuera el nombre de Cristo que se pronunciaba sobre los cristianos en el bautismo.

La palabra que usa Santiago es epikaléisthai, que era la que se usaba cuando una mujer tomaba el nombre del marido al casarse, o un chico, al que se ponía el nombre del padre cuando le reconocía. El cristiano toma el nombre de Cristo; se llama cristiano por su relación con Cristo, como si en el bautismo naciera y fuera reconocido como miembro de la familia de Cristo. Los ricos y los amos tendrían muchas razones para injuriar el nombre de cristiano. Un esclavo que se hacía cristiano daba muestras de una nueva independencia; ya no se arrastraría ante el poder de su amo, el castigo dejaría de atemorizarle y aparecería ante el amo revestido de una nueva personalidad. Tendría una nueva honradez. Eso le haría mejor hasta como esclavo, pero querría decir que ya no sería un instrumento dócil de su amo para las acciones bajas y miserables como tal vez lo había sido antes. Tendría un nuevo sentido de la adoración; e insistiría en dejar su trabajo temporalmente el Día del Señor para ir al culto con el pueblo de Dios. Al amo no le faltarían razones para insultar el nombre de cristiano y para maldecir a Cristo.

Ustedes hacen bien si de veras cumplen la ley suprema, tal como dice la Escritura: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» Pero si hacen discriminaciones entre una persona y otra, cometen pecado y son culpables ante la ley de Dios. Porque si una persona obedece toda la ley, pero falla en un solo mandato, resulta culpable frente a todos los mandatos de la ley. Pues el mismo Dios que dijo: «No cometas adulterio», dijo también: «No mates.» Así que, si uno no comete adulterio, pero mata, ya ha violado la ley.

Si cumplís de veras la ley regia como se encuentra en la Escritura: «Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo,» hacéis bien. Pero si hacéis discriminación con las personas, cometéis pecado y sois culpables de haber quebrantado la ley. Porque, si una persona cumple toda la ley a excepción de un solo punto en el que falla, es culpable de haber quebrantado la ley en general. Porque el Que dijo: «No cometas adulterio,» también dijo: «No mates.» Si no cometes adulterio pero matas, ya eres transgresor de la ley.

La conexión de este pensamiento con el anterior es la siguiente: Santiago ha condenado la actitud de los que tratan con un respeto especial a los ricos que entran en su iglesia. Pero –podrían contestarle–, la ley me manda amar a mi prójimo como a mí mismo. Por tanto, tenemos la obligación de recibir cortésmente a los que vienen a la iglesia. Está bien –responde Santiago–; si tratas con cortesía a esa persona porque la amas como a ti mismo,, y le das la bienvenida que querrías que te dieran a ti en su caso, eso está bien. Pero, si le das una bienvenida especial porque es rico, ese acto de discriminación es pecado, y lejos de estar guardando la ley, lo que estás haciendo es quebrantarla. Tú no amasa tu prójimo; porque no tratarías con desprecio al pobre si le amaras. Lo que amas es la riqueza…, ¡y eso sí que no es lo que manda la ley!

Santiago llama al gran mandamiento de amar al prójimo como a nosotros mismos la ley regia. Eso puede querer decir varias cosas. Puede querer decir que es la ley de suprema excelencia; o que es la ley dada por el Rey de reyes; o la reina de todas !as leyes; o la ley que hace reyes a los hombres y que es digna de reyes. El cumplir esa ley suprema es llegar a ser rey de uno mismo y un rey entre los demás. Es una ley diseñada para los que tienen una dignidad regia, y que se la confiere a las personas.

Santiago prosigue estableciendo un gran principio acerca de la ley de Dios. El quebrantar cualquier parte de ella es ser un transgresor. Los judíos solían considerar la ley como una serie de mandamientos independientes. El guardar uno era adquirir un crédito; el quebrantarlo era incurrir en una deuda. Uno podía sumar los que guardaba y restar los que desobedecía, y tener un balance positivo o negativo. Había un dicho rabínico: «Al que sólo cumple una ley, se le asigna una cosa buena; se le alarga la vida, y heredará la tierra.» También muchos rabinos mantenían que «El sábado pesa más que todos los demás preceptos;» por tanto, el que guardaba el sábado era como si hubiera cumplido toda la ley.

Santiago veía que la totalidad de la ley era la voluntad de Dios; el quebrantar cualquiera de sus partes era infringir esa voluntad y, por tanto, cometer un pecado. Eso no cabe duda de que es cierto. El quebrantar cualquier parte de la ley es ser un transgresor en principio. Hasta bajo las leyes humanas, uno es considerado culpable cuando ha incumplido una ley determinada. Así es que Santiago concluye: «No importa lo bueno que seas en otras áreas; si haces discriminación cuando tratas a las personas, has actuado contra la voluntad de Dios y has quebrantado Su ley.» Hay aquí una gran verdad que es pertinente y práctica. Podemos expresarla más sencillamente. Uno puede ser en casi , todos los sentidos una buena persona; pero se puede echar a perder sólo por una falta. Puede que sea moral en sus acciones, puro en su conversación, meticuloso en su religión; pero, si es rígido y antipático, intolerante y creído, eso echa a perder todas sus virtudes. Haríamos bien en recordar que, aunque pretendamos haber hecho muchas buenas obras y haber resistido muchas malas influencias, puede que haya algo en nosotros que estropea todo lo demás.

Ustedes deben hablar y portarse como quienes van a ser juzgados por la ley que nos trae libertad. Pues los que no han tenido compasión de otros, sin compasión serán también juzgados, pero los que han tenido compasión saldrán victoriosos en la hora del juicio.

Hablad y obrad como los que habéis de ser juzgados bajo la ley de la libertad. Porque el que obra sin misericordia se enfrentará con un juicio sin misericordia. La misericordia triunfa sobre el juicio.

Al llegar al final de esta sección, Santiago les recuerda a sus lectores dos grandes hechos de la vida cristiana.

(i) El cristiano vive bajo la ley de la libertad, y es de acuerdo con ella como se le juzgará. Lo que quiere decir es lo siguiente. A1 contrario que los fariseos y los judíos ortodoxos, el cristiano no es una persona cuya vida se rija por las presiones exteriores de toda una serie de reglas y de normas que se le imponen desde fuera, sino por la obligación interior del amor. Sigue el buen camino, que es el del amor a Dios y a sus semejantes, no porque se lo imponga ninguna ley externa o porque le aterre la amenaza de los castigos, sino porque el amor de Cristo que tiene en el corazón le hace desearlo.

(ii) El cristiano debe tener siempre presente que sólo el que tiene misericordia encontrará misericordia. Este es un principio de se encuentra en toda la Sagrada Escritura. Ben Sirá escribía: «Perdónale a tu prójimo el perjuicio que te ha causado, para que también a ti se te perdonen tus pecados. Una persona le tiene odio a otra; ¿y busca el perdón de Dios? No tiene misericordia de uno que es como él, ¿y pide perdón por sus propios pecados?» (Eclesiástico 28:2-5).

Jesús decía: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mateo 5:7). «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no les perdonáis sus ofensas a vuestros semejantes, tampoco vuestro Padre os perdonará las vuestras «(Mateo 6:14s). «No juzguéis, y no se os someterá a juicio; porque el juicio que se os aplicará será el que hayáis pronunciado vosotros» (Mateo 7:1 s). Y también nos cuenta Jesús la sentencia condenatoria que le cayó al siervo que se negó a perdonar a su consiervo, aunque su Amo le había perdonado a él una deuda mucho mayor; y termina la parábola diciendo: «Eso es lo que os hará vuestro Padre celestial a cada uno de vosotros si no perdonáis de corazón a vuestro hermano» (Mateo 18:22-35).

La enseñanza de la Escritura es unánime en el sentido de que, el que quiera que se tenga misericordia de él, deberá tenerla de sus semejantes. Y Santiago llega aún más lejos: porque acaba diciendo que la misericordia triunfa en el juicio; con lo que quiere decir que el Día del Juicio, el que haya tenido misericordia verá que su misericordia ha llegado hasta a borrar sus propios pecados.

Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta la ropa y la comida necesarias para el día; si uno de ustedes les dice: «Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran», pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. Uno podrá decir: «Tú tienes fe, yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos; yo, en cambio, te mostraré mi fe con mis hechos.» Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo. No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Dios aceptó como justo a Abraham, nuestro antepasado, por lo que él hizo cuando ofreció en sacrificio a su hijo Isaac. Y puedes ver que, en el caso de Abraham, su fe se demostró con hechos, y que por sus hechos llegó a ser perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios, y por eso Dios lo aceptó como justo.» Y Abraham fue llamado amigo de Dios. Ya ven ustedes, pues, que Dios declara justo al hombre también por sus hechos, y no solamente por su fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta; Dios la aceptó como justa por sus hechos, porque dio alojamiento a los mensajeros y los ayudó a salir por otro camino. En resumen: así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta si no va acompañada de hechos.

Este es un pasaje que debemos tomar en conjunto antes de estudiarlo por partes, porque se usa muy a menudo para demostrar que Santiago y Pablo no estaban de acuerdo. Se supone que Pablo hace hincapié en que somos salvos por la fe sola, y que las obras no cuentan para nada en el proceso salvífico. «Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley» (Romanos 3:28). «. . . sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo. . . por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado» (Gálatas 2:16). A veces se afirma que Santiago, no sólo difiere de Pablo, sino que le contradice abiertamente. Esta, es una cuestión que debemos investigar.

(i) Empezamos por advertir que el punto de vista de Santiago es el de todo el Nuevo Testamento en general. Juan el Bautista predicaba que la gente tenía que demostrar la autenticidad de su arrepentimiento con la excelencia de sus obras (Mateo 3:8; Lucas 3:8). Jesús predicaba que había que vivir de tal manera que el mundo viera las buenas obras de Sus seguidores y dar la gloria a Dios (Mateo 5:16). Insistía en que a las personas se las conocía por sus frutos lo mismo que a los árboles, y que una fe que no se manifiesta nada más que de palabra nunca podría tomar el lugar de la que se expresa haciendo la voluntad de Dios (Mateo 7:15-21). Tampoco echamos de menos este énfasis en el mismo Pablo. Aparte de todo lo demás, pocos maestros habrá habido que hayan hecho más hincapié que él en el efecto ético del Evangelio. Por muy doctrinales y teológicas que nos parezcan sus cartas, no dejan nunca de terminar con una sección en la que se insiste en las obras como la expresión de la fe cristiana. Aparte de esa su general costumbre, Pablo expresa repetidas veces la importancia que asigna a las obras como parte de la vida cristiana. Habla del Dios Que «pagará a cada uno conforme a sus obras» (Romanos 2:6). Insiste en que «cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí» (Romanos 14:12). Exhorta a todos a despojarse de las obras de las tinieblas y vestirse las armas de la luz (Romanos 13:12). «Cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor» (1 Corintios 3:8). «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o malo» (2 Corintios 5:10). El cristiano se ha despojado del viejo hombre con sus hechos (Colosenses 3:9). El hecho de que el Cristianismo se tiene que demostrar con hechos es una parte esencial de la fe cristiana según todo el Nuevo Testamento.

(ii) Pero el hecho es que Santiago sigue pareciendo como si no estuviera de acuerdo con Pablo; porque, a pesar de todo lo que ya hemos dicho, Pablo hace hincapié especialmente en la gracia y la fe, mientras que Santiago lo hace sobre la acción y las obras. Pero hay que decir una cosa: lo que Santiago ridiculiza no es el paulinismo, sino una perversión de él. La posición esencialmente paulina se contiene en la frase: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo» (Hechos 16: 31). Pero está claro que el sentido que adscribamos a esta demanda dependerá totalmente del que le demos a creer. Hay dos maneras de creer.

(a) Hay una manera de creer que es puramente intelectual. Por ejemplo: yo creo que el cuadrado de la hipotenusa en un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados de los dos catetos; y si se me exigiera, podría demostrarlo; pero no tiene la más mínima influencia en mi vida: lo acepto, pero no tiene ningún efecto en mí.

(b) Y hay otra manera de creer. Yo creo que cinco y cinco suman diez y, por tanto, me niego a pagar más de diez pesetas por dos chupa-chups que cuestan cinco cada uno. Llevo esa convicción; no sólo en la mente, sino a la vida y la acción.

A lo que Santiago se opone es a la clase de creencia que consiste en aceptar un hecho sin dejarle que tenga la más mínima influencia en nuestra vida. Los demonios también están convencidos intelectualmente de la existencia de Dios; de hecho, hasta tiemblan de miedo cuando piensan en Él; pero su creencia no los cambia en lo más mínimo. Para Pablo creer en Jesucristo quería decir llevar esa fe a cada porción de la vida, y vivir de acuerdo con ella.

Es fácil tergiversar el paulinismo y castrar la fe de todo su valor efectivo; pero no es realmente el paulinismo, sino una forma malentendida de él lo que Santiago ridiculiza. Condena la profesión sin la práctica, y con esa condenación Pablo habría estado totalmente de acuerdo.

(iii) Aun concediendo eso, aún se advierte una diferencia entre Santiago y Pablo: empezaron en diferentes momentos de la vida cristiana. Pablo empieza por el principio. Insiste en que nadie puede nunca ganarse el perdón de Dios. El primer paso es el que da la soberana gracia de Dios; una persona no puede hacer más que aceptar el perdón que Dios ofrece en Jesucristo. Santiago empieza mucho más tarde, por el que ha hecho profesión de cristiano, por la persona que confiesa haber recibido ya el perdón y encontrarse en una nueva relación con Dios. Tal persona, dice Santiago con toda la razón, debe vivir una nueva vida, porque es una nueva criatura. Ha sido justificada; ahora debe demostrar que está santificada. El hecho es que nadie se puede salvar por las obras; pero es igualmente cierto que nadie se puede salvar sin producir obras. Con mucho la mejor analogía es la de un gran amor humano. El que se sabe amado está seguro de que no ha podido merecer esa dicha; pero también está seguro de que debe pasar la vida tratando de ser digno de ese amor. La diferencia entre Santiago y Pablo depende de su punto de partida. Pablo empieza por el gran hecho básico del perdón de Dios que nadie puede merecer o ganar; Santiago empieza por el que es ya cristiano, e insiste en que debe demostrar que lo es en, sus obras. No somos salvos por hacer las obras; somos salvos para hacer las obras; estas son las verdades gemelas de la vida cristiana. Pablo insiste en la primera, y Santiago en la segunda. De hecho, no se contradicen, sino se complementan; y el mensaje de ambos es esencial a la fe cristiana en su forma más plena. Como decía Lutero: «La fe salva sin obras; pero la fe que salva va siempre seguida de obras.»

Hermanos míos: ¿Para qué sirve el que uno pretenda tener fe si no lo demuestra con obras? ¿Es que una fe a secas puede salvar a alguien? Si un hermano o una hermana no tienen qué ponerse, o no tienen lo necesario para mantenerse de día en día, y uno de vosotros les dice: «¡Vete en paz, y que te calientes y alimentes!», pero no los ayuda con lo que necesitan para su existencia, ¿qué provecho reporta una actitud así? Pues eso es lo que pasa cuando la fe no produce obras que se vean; en sí misma es una cosa muerta. Lo que Santiago no puede soportar es la profesión sin la práctica, las palabras sin acciones. Escoge una ilustración muy clara de lo que quiere decir. Supongamos que hay uno que no tiene ni ropa que ponerse ni alimento que llevarse a la boca; y supongamos que tiene un supuesto amigo que le expresa su identificación con su difícil situación, pero lo hace sólo con palabras y sin hacer el más mínimo esfuerzo para aliviar la necesidad de su desafortunado amigo, ¿qué utilidad tiene una actitud así? ¿Para qué sirve una compasión que no pasa a la ayuda práctica? La fe sin obras es una cosa muerta. Este es un pasaje que tendría sentido especialmente para los judíos.

(i) Para un judío, la limosna tenía una importancia suprema. Tanto era así que se usaba la misma palabra para limosna y para justicia o integridad. La limosna se consideraba como la única defensa de una persona cuando Dios la juzgara. «El agua apaga un fuego llameante –escribe Ben Sirá–; y la limosna hace expiación por el pecado» (Eclesiástico 3:30). En Tobías leemos: «Todos los que practiquen la limosna verán el rostro de Dios, como está escrito: “Contemplaré Tu rostro gracias a la limosna”» (Tobías 4:8-10). Cuando los líderes de la iglesia de Jerusalén dieron su conformidad a que Pablo se dirigiera a los gentiles, la única condición que le pusieron fue que no se olvidaran de los pobres (Gálatas 2:10). Esta insistencia en la ayuda práctica era una de las grandes y buenas señales de la piedad judía.

(ii) ‘Había una tendencia en la religiosidad griega a la que esta insistencia en la compasión y la limosna resultaría extraña. Los estoicos tendían a la apatheía, la total carencia de sentimientos. La finalidad de la vida era la serenidad. La emoción disturba la serenidad. El camino a la perfecta calina era la supresión de toda emoción» La piedad era una mera alteración de la distante calma filosófica en la que uno debería proponerse vivir. Así, Epicteto establece que sólo el que desobedece los mandamientos divinos sentirá alguna vez lástima o piedad (Discursos 3:24, 43). Cuando Virgilio (en las Geórgicas 2:498) hace el retrato del hombre perfectamente feliz, menciona que no tiene piedad de los pobres, ni compasión de los afligidos; porque tales emociones desequilibrarían su serenidad. Esa actitud es la opuesta a la judía. Para los estoicos, la bienaventuranza consistía en mantenerse arropado en su propia calma filosófica y desconectada; para los judíos quería decir involucrarse voluntaria y activamente en las desgracias ajenas.

(iii) En su planteamiento de este asunto, Santiago es profundamente correcto. No hay nada más peligroso que la experiencia repetida de una emoción sutil que no conduce a la acción. Es un hecho que cada vez que uno siente un noble impulso y no lo lleva a la práctica se hace menos probable el que llegue nunca a realizarlo. En cierto sentido es cierto que nadie tiene derecho a sentir compasión a menos que por lo menos haga lo posible por concretarla en acción. Una emoción no es nada, en lo que nos podamos regodear; sino algo que, al precio del esfuerzo, la disciplina y el sacrificio, debe convertirse en la misma sustancia de la vida.

Pero a esto dirá alguien: «¿Y tú tienes fe?» Y mi respuesta es: «Tengo obras. Enséñame tu fe separada de las obras, que yo te enseñaré mi fe por medio de mis obras. Tú dices que crees que hay Dios. ¡Excelente! Eso también lo creen los demonios. . . y se mueren de miedo.»

Santiago está pensando en un posible objetor que le dice: «La fe está muy bien; pero también las obras están muy bien. Las, dos cosas son manifestaciones genuinas de la actitud verdaderamente religiosa. Pero no le es necesario a una sola persona el tener las dos cosas. Uno tendrá fe, y otro tendrá obras. Así que, está bien; tú sigue con tus obras, y yo seguiré con mi fe; y los dos somos sinceros a nuestra manera.»

El punto, de vista del objetor es que la fe y las obras son distintas alternativas en la expresión de la religión cristiana. Pero Santiago no admitiría eso. No es cosa de o fe u obras, sino por necesidad de tanto fe como obras. Desgraciadamente, el Cristianismo se les presenta falsamente a muchos como una cuestión de o, o cuando la realidad es que es tanto. . . como.

(i) En una vida bien equilibrada debe haber pensamiento y acción: Es corriente y tentador el pensar que uno es un pensador, o un hombre de acción. El pensador se sienta en su despacho considerando las grandes cuestiones; el hombre de acción sale a la calle a hacer lo que puede: Pero eso no es cierto: El pensador no es más que medio hombre a menos que traduzca sus pensamientos a acciones. No llegará ni a inspirar al hombre de acción a menos que salga de, su torre de marfil y se meta en la campo de batalla con él. Como decía Antonio Machado: ¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. ¡La tuya, guárdetela !Ni tampoco puede ser uno un hombre de acción si no ha pensado los grandes principios en los que se inspiran y basan las obras:

(ii) En una vida bien equilibrada debe haber oración y esfuerzo. También aquí existe la tentación a dividir los santos en dos categorías: los que se pasan la vida retirados del mundanal ruido, de rodillas y en constante devoción, y los currantes que se meten en el polvo y el barro y el calor del día. Pero eso no vale. Se dice que Martín Lutero era muy amigo de otro fraile que estaba tan convencido como él de la necesidad de la Reforma; y llegaron a un acuerdo: Lutero se metería en el mundo a pelear allí, y el otro se quedaría en su celda rezando por el éxito de las labores de Lutero. Pero una noche, el otro fraile tuvo un sueño: Vio a un segador solitario arrostrando la tarea imposible de segar él solo todo un campo inmenso. El segador solitario volvió la cabeza y el fraile le reconoció como Martín Lutero; y reconoció que tenía que salir de su celda e ir en su ayuda. Desde luego, es cierto que hay algunos que, por causa de la salud o de la edad, no pueden hacer más que orar, y sus oraciones son necesarias y eficaces. Pero, si una persona normal cree que la oración puede ocupar el lugar del esfuerzo y el riesgo, su vida de oración puede que sea simplemente una forma ce evasión. La oración y el esfuerzo deben ir codo con codo.

(iii) En una vida bien equilibrada debe haber fe y obras. Es solamente en las obras como se muestra y demuestra la fe; y es solamente por la fe como se emprenderán y realizarán las obras. La fe no puede por menos de rebosar en la acción, y la acción empieza sólo cundo una persona tiene fe en alguna gran causa o en algún gran principio que Dios le presenta.

¿Necesitas una prueba, cabeza de chorlito, de que la fe sin obras no sirve para nada? ¿Es que nuestro padre Abraham no demostró su integridad en virtud de obras, cuando estuvo dispuesto a ofrecer a su propio hijo Isaac en el altar? Ya ves hasta qué punto su fe cooperaba con sus obras, y que su fe llegó a su plenitud en las obras, haciéndose así realidad el pasaje de la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios, y eso se le contó como integridad, porque era amigo de Dios.» Ya ves que es en las obras como una persona demuestra que es cabal, y no sólo por la fe. Y lo mismo Rahab, la prostituta, ¿no demostró que estaba de parte de Dios cuando acogió a los mensajeros y luego los envió por otro camino? Y es que, como un cuerpo que no respira está muerto, así una fe que no produce obras está muerta.

Santiago presenta dos ilustraciones del punto de vista en el que está insistiendo. Abraham es el gran ejemplo de la fe, pero patentizó su fe cuando estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo único Isaac cuando entendió que Dios se lo demandaba. Rahab, por otra parte, era una figura famosa en las leyendas judías. Dio refugio a los espías israelitas que habían ido a observar la Tierra Prometida (Josué 2:1-21). La leyenda posterior dijo que Rahab se hizo prosélita de la fe judía, que se casó con Josué y que fue una antepasada directa de muchos sacerdotes y profetas; entre ellos Ezequiel y Jeremías. Fue el trato que les dio a los espías lo que demostró que tenía fe.

Tanto Pablo como Santiago tienen razón aquí. Si Abraham no hubiera tenido fe, no habría respondido a las llamadas de Dios. Si Rahab no hubiera tenido fe, nunca habría corrido el riesgo de comprometer su futuro con la suerte de Israel. Pero también, si Abraham no hubiera estado dispuesto a obedecer a Dios hasta lo último, su fe habría sido irreal; y amenos que Rahab hubiera estado dispuesta a arriesgarse a ayudar a los espías israelitas indefensos, su fe habría sido inútil. Estos dos ejemplos demuestran que la fe y las obras no son actitudes opuestas; de hecho, son inseparables. Ninguna persona se sentirá nunca movida a la acción si no tiene fe; y su fe no será genuina a menos que la mueva a la acción. La fe y las obras son los dos lados de la moneda que representa nuestra experiencia de Dios.

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