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Santiago 3: Importancia de dominar la lengua

Hermanos míos, no haya entre ustedes tantos maestros, pues ya saben que quienes enseñamos seremos juzgados con más severidad.

Los maestros tenían una importancia de primer orden en la Iglesia Primitiva. Siempre que se los menciona, es con honor. En la iglesia de Antioquía se los equipara a los profetas, y juntos mandaron a Pablo y Bernabé a su primer viajes misionero (Hechos 13:1). En la lista que nos da Pablo de los que tenían un ministerio importante en la Iglesia se los menciona a continuación de los apóstoles y los profetas (1 Corintios 12:28; . cp. Efesios 4:11). Los apóstoles y los profetas eran ministerios itinerantes. Su campo era toda la Iglesia; y no se quedaban mucho tiempo en cada congregación. Pero los maestros tenían un ministerio local; estaban adscritos a una congregación, y su suprema importancia dependía del hecho de que era a ellos a los que correspondía instruir y edificar a los convertidos en las verdades del Evangelio.

A ellos les correspondía la responsabilidad decisiva de poner el sello de su fe y conocimientos en los que llegaban a la iglesia. En el Nuevo Testamento mismo tenemos atisbos de maestros que fallaron en su responsabilidad y se convirtieron en falsos maestros. Había maestros que trataban de hacer del Evangelio una especie de judaísmo, y trataban de introducir la circuncisión y la observancia de la ley del Antiguo Testamento (Hechos 1 S: 24).

Había maestros que no vivían nada de la verdad que enseñaban, cuya conducta estaba en contradicción con su instrucción y que no hacían más que deshonrar la fe que representaban (Romanos 2:17-29). Había algunos que trataban de enseñar antes de llegar ellos mismos a saber nada (1 Timoteo 1:6s); y otros que no querían más que satisfacer los deseos vanos de la gente (2 Timoteo 4:3). Pero, aparte de los falsos maestros, Santiago está convencido de que la enseñanza es una ocupación peligrosa. Su instrumento es la palabra, y su agente, la lengua. Ropes dice que Santiago se preocupa de advertir «la responsabilidad de los maestros y lo peligroso del instrumento que tienen que usar.»

El maestro cristiano entraba en posesión de una herencia peligrosa; tomaba el lugar de los rabinos judíos. Hubo muchos rabinos sabios y santos; pero los rabinos recibían un trato que podía arruinar el carácter de cualquiera. Rabí quería decir «mi Grande.» Dondequiera que iba se le trataba con el máximo respeto. Se decía que las obligaciones que se tenían con un rabino excedían a las que se tenían con un padre, porque a los padres se debe la existencia en este mundo, pero a los rabinos en el mundo venidero. Hasta se decía que si fueran apresados por el enemigo los padres y el maestro de una persona, esta tenía obligación de rescatar en primer lugar a su maestro. Es verdad que a los rabinos no se les permitía recibir dinero por su enseñanza y que se suponía que se ganaba la vida trabajando en su oficio secular; pero se creía igualmente que era especialmente meritorio y piadoso el mantener a un rabino. Era tremendamente fácil para un rabino convertirse en la clase de persona que Jesús describía: un tirano espiritual, un traficante en la piedad, un enamorado de las distinciones y de que se le mostrara un respeto servil en público (Mateo 23:4-7). Cualquier maestro corría peligro de convertirse en «el Señor Oráculo.» No hay profesión más propensa a general orgullo intelectual y espiritual. Hay dos peligros que deben evitar los maestros.

En virtud de su ministerio puede que le corresponda enseñar a los que son más jóvenes de edad o en la fe. Por tanto, debe esforzarse en evitar dos cosas. Debe asegurarse de que está enseñando la verdad y no sus propias opiniones y aun prejuicios. Es fatalmente fácil para un maestro el tergiversar la verdad y enseñar, no la versión de Dios, sino la suya propia. Debe tener mucho cuidado de no contradecir sus enseñanzas con su vida; de no caer en el «Hacedlo que yo os digo, pero no lo que yo hago.» Como decían los rabinos judíos: «No el aprendizaje, sino la puesta por obra es la base, y el que multiplica las palabras multiplica el pecado» (Dichos de los padres 1:18). La advertencia de Santiago es que el maestro ha entrado voluntariamente en una posición especial; y está, por tanto, en peligro de una mayor condenación si falla. Las personas a las que Santiago estaba escribiendo codiciaban el prestigio del maestro; Santiago les recuerda su responsabilidad.

Todos cometemos muchos errores; ahora bien, si alguien no comete ningún error en lo que dice, es un hombre perfecto, capaz también de controlar todo su cuerpo. Santiago concreta dos ideas que estaban entretejidas en la literatura y el pensamiento judíos.

(i) No hay persona en el mundo que no cometa ningún pecado. La palabra que usa Santiago quiere decir literalmente resbalar: «La vida –decía el gran marino Lord Fisher– está regada de cáscaras de plátano:» El pecado muchas veces no es deliberado, sino el resultado de un resbalón que nos ha pillado desprevenidos. La universalidad del pecado aparece en toda la, Biblia. «Nadie es justo, ni siquiera uno –cita Pablo–; porque todos hemos pecado y hemos perdido la gloria de Dios» (Romanos 3:10, 23). «Si decimos que no hemos pecado –dice Juan– nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros» (1 Juan 1:8). No hay ninguno en la Tierra que sea justo, que haga siempre el bien y que no peque nunca», decía el Predicador (Eclesiastés 7:20). «No hay nadie –dice un sabio judío– entre todos los nacidos que nunca haya obrado con maldad; y aun entre los fieles, no hay nadie que no haya obrado imperfectamente» No cabe el orgullo en la vida humana, porque no hay ser humano en la Tierra que no tenga ningún defecto del que avergonzarse. Hasta los escritores paganos tienen la misma conciencia de pecado. «Es propio de la naturaleza humana el pecar, tanto en la vida privada como en la pública,» decía Tucídides (3:45). «Todos nosotros pecamos –decía Séneca–; unos con más malicia, y otros más a la ligera (Sobre la clemencia 1:6).

(ii) No hay pecado en el que sea más fácil caer ni de peores consecuencias que los pecados de la lengua. También esta idea se encuentra entretejida en el pensamiento judío. Jesús nos ha advertido que tendremos que dar cuenta de toda palabra ociosa que se nos escape. «Por tus palabras se te exculpará o se te inculpará» (Mateo 12: 36s). «Una respuesta suave aplaca la ira, pero la expresión áspera la provoca… Una lengua gentil es como un árbol de vida; pero una perversa quebranta el espíritu» (Proverbios 15:1-4). De todos los sabios judíos, Jesús Ben Sirá, el autor del Eclesiástico, era el que más impresionado estaba con las potencialidades aterradoras de la lengua. «La honra y la vergüenza están en la conversación; y en la lengua del hombre está su caída. Que no se diga que eres chismoso, ni aceches con la lengua; porque como al ladrón le espera una vergüenza difamante, así también una mala condenación al de doble lengua… No te conviertas en enemigo en vez de en amigo; porque si no heredarás mala fama, vergüenza y reproches; eso es lo que le pasa al pecador que tiene una doble lengua» (Eclesiástico 5:13-6:1). «Bendito sea el hombre que no resbala con la boca» (14:1). «¿Quién es aquel que no ha ofendido con la lengua?» (19:15). «¿Quién le pondrá guarda a mi boca, y un sello de sabiduría a mis labios, para que no caiga de repente por su culpa, y mi propia lengua me destruya?» (22:27). Tiene un pasaje extenso que es tan noble y apasionado que vale la pena citarlo completo: ¡Maldito sea el murmurador y el de doble lengua! Porque han destruido a muchos que vivían en paz. Una lengua de víbora ha robado la tranquilidad a muchos, desterrándolos de nación en nación; ha derribado fuertes ciudades, y arrasado las casas de grandes hombres. Ha descuartizado las fuerzas del pueblo, y destrozado naciones fuertes. Una lengua viperina ha desechado a mujeres virtuosas, privándolas de sus labores. Quienquiera que le preste atención, no conocerá el reposo, ni vivirá nunca ya tranquilo, ni tendrá un amigo a quien pueda confiarse. El latigazo deja una cicatriz en el cuerpo; pero el golpe que se da con la lengua rompe los huesos. Muchos han caído a filo de espada; pero no tantos como los que han sido víctimas de la lengua. Bien se encuentra el que está a cubierto de ella, y no ha pasado por su veneno; el que no ha llevado su yugo, ni ha sido uncido a su carreta. Porque su yugo es férreo; y sus correas, broncíneas. La muerte que causa es sobremanera cruel; mejor sería la tumba que caer en sus manos… Cuídate de cercar tus posesiones de espinos, y atar bien tu plata y tu oro, y pesar en balanza tus palabras y ponerle brida a tus labios y a trancar la puerta de tu boca. Manténte en guardia para no resbalar con ella, no sea que caigas ante el que yace al acecho, y tu caída sea tan irremediable como la muerte (Eclesiástico 28:13-26).

Cuando ponemos freno en la boca a los caballos para que nos obedezcan, controlamos todo su cuerpo. Y fíjense también en los barcos: aunque son tan grandes y los vientos que los empujan son fuertes, los pilotos, con un pequeño timón, los guían por donde quieren. Fijaos en los navíos también: por muy grandes que sean y aunque los impulsen vientos impetuosos, cómo se puede gobernar su curso con un timón relativamente muy pequeño por donde quiere el timonel. Pues así es la lengua: un miembro del cuerpo pequeñito pero matón. Se le podría discutir a Santiago el terror que le tiene a la lengua, tratándose de una parte del cuerpo tan pequeña que no se la puede tener en cuenta ni darle tanta importancia. Para contestar a esa objeción, Santiago pone dos ejemplos de cosas pequeñas que controlan otras muy grandes.

(i) A los caballos les ponemos el freno en la boca porque sabemos que, si les controlamos la boca, podemos dirigir todo su cuerpo. De la misma manera, dice Santiago, si podemos controlar la lengua, tenemos el resto del cuerpo a nuestras órdenes; y si no podemos controlar la lengua, todo lo demás de la vida irá por mal camino.

(ii) El timón es muy pequeño en comparación con todo el navío; y sin embargo, al hacer presión en ese instrumento tan pequeño, el timonel puede dirigir el rumbo del navío y llevarlo al puerto. Mucho antes, ya Aristóteles había usado esta misma ilustración cuando estaba hablando de la ciencia de la mecánica: «Un timón es pequeño, y se encuentra situado en el último extremo de la nave; pero tiene tal poder que, por medio de él, y con la fuerza de una sola persona –y ejercida esa fuerza moderadamente– se puede dirigir la mole considerable de los barcos.» La lengua también es pequeña, pero puede dirigir todo el curso de la vida de una persona, y más. Filón llamaba a la mente el conductor y el piloto de la vida de una persona. Cuando la mente está en control de cada palabra, y ella misma está controlada por Cristo, la vida está a salvo. Santiago no dice de momento que el silencio sea mejor que las palabras. No está defendiendo una manera trapense de vivir, en la que la conversación esté prohibida. Lo que sí propone es que se mantenga a raya la lengua.

El griego Aristipo tuvo un dicho agudo: «El que domina el placer no es el que nunca lo experimenta, sino el que lo controla como el jinete guía al caballo el timonel el barco, dirigiéndolo adonde quiera que vaya.» La abstención de una cosa no es nunca un sustituto completo del control de su uso. Santiago no propone que guardemos silencio cobarde o culpablemente, sino que usemos el lenguaje con sabiduría.

Lo mismo pasa con la lengua; es una parte muy pequeña del cuerpo, pero es capaz de grandes cosas. ¡Qué bosque tan grande puede quemarse por causa de un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego. Es un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda la persona. Está encendida por el infierno mismo, y a su vez hace arder todo el curso de la vida.
Fijaos en cómo se puede extender un pequeño fuego por todo un gran bosque. Pues la lengua es como ese pequeño fuego, que representa en medio de nuestros miembros todo lo malo que hay en el mundo; porque contamina todo el cuerpo, y le prende fuego al círculo recurrente de la creación, y ella misma arde con el fuego del infierno. El daño que puede causar la lengua es como el de un fuego en el bosque.

La figura del fuego del bosque es frecuente en la Biblia. El salmista Le pide a Dios que haga que los malos sean como la paja ante el viento; y que Su tempestad los destruya como el fuego arrasa el bosque y la llama hace arder las montañas (Salmo 83:13s). Isaías dice que «la maldad prende como el fuego, devorando cardos y espinos; y arde en la espesura de la breña» (Isaías 9:18). Zacarías habla de «un brasero ardiendo donde hay mucha leña, y un hachón de fuego en medio de las gavillas» (Zacarías 12:6). Apunta a algo que los judíos de Palestina conocían muy bien. En la estación seca, la maleza y el monte bajo ardían tan fácilmente como la estopa. Si se producía un fuego, las llamas se extendían como una ola imposible de detener. La imagen de la lengua como un fuego también es común en la literatura hebrea. «El hombre perverso cava en busca del mal, y en sus labios hay como llama de fuego» (Proverbios 16:27). «Porque el hombre iracundo encenderá la quistión… Conforme a la materia, así se encenderá el fuego; y conforme a la vehemencia de la quistión se encenderá el ardor. . . La contienda apresurada enciende el fuego. . . Si soplares la centella, encenderse ha como fuego. . .» (Eclesiástico 28:11-14, Biblia del Oso). Hay dos razones por las que el daño que causa la lengua es como un incendio.

(i) Llega muy lejos. La lengua puede causar daño a distancia. Una palabra casual que se deja caer en un extremo de la ciudad o del país acaba por llevar el dolor o el perjuicio hasta el otro extremo. Los rabinos judíos usaban esta ilustración: «La vida y la muerte están en la mano de la lengua. ¿Es que la lengua tiene mano? No; pero como la mano puede matar, así también la lengua. La mano mata únicamente a corta distancia; la lengua se compara con una flecha porque puede matar desde muy lejos. Una flecha puede matar a cuarenta o cincuenta pasos, pero de la lengua se dice (Salmo 73:9): Los malos «ponen su boca contra el cielo, y su lengua se pasea por toda la Tierra.» «Abarca toda la Tierra y alcanza hasta los cielos.» Ese es realmente el peligro de la lengua. Se puede esquivar un puñetazo, porque el que te lo quiere dar está cerca; pero una palabra maliciosa que se deja caer, o una calumnia que se repite acerca de alguien que está muy lejos o que tal vez ni se conoce, es- algo que le puede producir un perjuicio incalculable, y que no se puede evitar ni esquivar porque no se ve venir ni se sabe de dónde viene.

(ii) Es incontrolable. En el clima seco de Palestina, como de gran parte de España, un fuego en el bosque llegaba a estar fuera de control casi inmediatamente; y así de incontrolable es el daño que se causa con la lengua. «Tres cosas no vuelven a su origen: la flecha que se lanza, la palabra que se dice y la oportunidad que se pierde.» No hay nada más difícil de apagar que un rumor; no hay nada más difícil de borrar que una historia maliciosa y falsa. Antes de hablar, recordemos que una vez que decimos algo, ya sale de la esfera de lo que podemos controlar. Y pensemos antes de decir nada porque, aunque después ya no podremos recuperar lo dicho, no cabe duda que tendremos que responder de ello.

Debemos dedicarle un poco más de tiempo a este pasaje, porque contiene dos frases especialmente difíciles.

(i) La lengua, dice la versión Reina Valera, es «un mundo de maldad.» Debería decir «el mundo de la maldad.» Es decir: en nuestro cuerpo, la lengua representa todo el mundo malvado. La frase griega es ho kósmos tés adikías, y llegaremos mejor a su significado recordando que kósmos puede querer decir dos cosas.

(a) Puede querer decir ornamento (de ahí, en español, cosmético, etc. ), aunque este sentido no es el más corriente. En tal caso, la frase querría decir que la lengua es el ornamento del mal. Es decir: el órgano que puede hacer atractivo el mal. Con la lengua se puede hacer que lo peor aparezca como lo mejor; con la lengua se puede disculpar y justificar la mala conducta; con la lengua pueden las personas inducirse al pecado. No cabe duda de que todo esto tiene sentido y es verdad; pero es dudoso que sea lo que la frase quiere decir en este contexto.

(b) Kósmos puede querer decir mundo (de ahí el español cosmopolita, ciudadano del mundo). En casi todo el Nuevo Testamento kósmos sé refiere al mundo incluyendo el matiz de mundo malo. El mundo no puede recibir al Espíritu (Juan14:17). Jesús se manifiesta a Sus discípulos, pero no al mundo (Juan 14:22). El mundo Le odia; y, por tanto, también odia a Sus discípulos (Juan 15:18s). El Reino de Jesús no es de este mundo (Juan 18:36). Pablo condena la sabiduría de este mundo (1Corintios 1:20). El cristiano no debe amoldarse a este mundo (Romanos 12:2). Cuando se usa kósmos en este sentido quiere decir el mundo sin Dios, el mundo que ignora, y a menudo es hostil, a Dios. Por tanto, si llamamos a la lengua el kosmos malo, queremos decir que es el compendio de todos los males. Una lengua descontrolada es un mundo hostil a Dios.

(ii) La segunda frase difícil es la que la versión Reina Valera traduce por «la rueda de la creación» (trójos tés guenéseós). El mundo antiguo usaba la figura de la rueda para describir la vida en cuatro sentidos diferentes.

(a) La rueda es un círculo, una entidad redonda y completa y, por tanto, la rueda de la vida puede querer decir la totalidad de la vida.

(b) Cualquier punto de la rueda siempre se está moviendo hacia arriba o hacia abajo. Por tanto, la rueda de la vida representa los altibajos de la vida. En este sentido la frase quiere decir casi siempre la rueda de la fortuna, siempre cambiando y siempre mudable.

(c) La rueda es circular; siempre está volviendo al punto de partida; o, si así lo preferimos, a un punto por el que ya ha pasado antes; por tanto, la rueda representa la repetición cíclica de la vida, el aburrido giro de una existencia que no hace más que repetirse, sin avanzar jamás.

(d) La frase tenía un uso técnico especial. La religión órfica creía que el alma humana estaba pasando un proceso constante de nacimiento, muerte y reencarnación; y lo que había que procurar era salir de esa rueda de molino para entrar en el ser infinito. Así que el fiel órfico que lo conseguía podía decir: «Me he escapado de la rueda cansina y dolorosa.» En este sentido, la rueda de la vida puede corresponder a la fatigosa rutina de las reencarnaciones interminables.

Es prácticamente imposible que Santiago supiera nada del concepto órfico de la reencarnación. No es nada probable que ningún cristiano pensara en términos de una vida cíclica que no iba a ninguna parte. No es tampoco probable que un cristiano tuviera miedo de los altibajos de la vida. Por tanto, lo más probable es que la frase quiera decir la totalidad de la vida y del vivir. Lo que Santiago está diciendo es que la lengua puede provocar y extender un incendio destructor que puede arrasar toda la vida; y que la lengua misma está inflamada con el fuego del mismísimo infierno. De ahí su terrible potencia.

El hombre es capaz de dominar toda clase de fieras, de aves, de serpientes y de animales del mar, y los ha dominado; pero nadie ha podido dominar la lengua. Es un mal que no se deja dominar y que está lleno de veneno mortal.
Se puede domar toda clase de fieras, aves, reptiles y aun animales acuáticos, y de hecho se han domado para el servicio de los seres humanos; pero no hay persona que pueda dominar la lengua, que es un mal incontrolable lleno de veneno mortal. La idea de domesticar la creación animal para servicio humano aparece a menudo en la literatura judía. Ya la encontramos en la historia de la Creación. Dios dijo del hombre: «Señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra» (Génesis 1:26). Ese es el pasaje que Santiago tiene en mente de una manera especial. La misma promesa se le repitió a Noé: «El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra y en todos los peces del mar; y en vuestra mano son entregados» (Génesis 9:2). El autor del Eclesiástico repite la misma idea: «Dios puso el miedo al hombre sobre toda carne, y le dio dominio sobre bestias y aves» (Eclesiástico 17:4). El salmista tenía el mismo pensamiento: «Le hiciste señorear sobre las obras de Tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies; ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar» (Salmo 8:6-8). El mundo romano conocía los peces domesticados, que se tenían en piscinas en el patio central o atrium de las casas romanas. La serpiente era el emblema de Esculapio, y en sus templos había serpientes amaestradas reptando en libertad; que se suponía que eran reencarnaciones del dios. Los enfermos pasaban una noche en el templo de Esculapio; y, si una de esas serpientes domésticas les pasaba por encima, se suponía que habían experimentado el contacto sanador del dios. Los hombres se las han ingeniado para domar todos los animales salvajes en el sentido de controlarlos y servirse de ellos; eso, dice Santiago, es lo que ningún ser humano, por mucho que lo intente, puede hacer con la lengua.

Con la lengua, lo mismo bendecimos a nuestro Señor y Padre, que maldecimos a los hombres creados por Dios a su propia imagen. De la misma boca salen bendiciones y maldiciones. Hermanos míos, esto no debe ser así. De un mismo manantial no puede brotar a la vez agua dulce y agua amarga. Así como una higuera no puede dar aceitunas ni una vid puede dar higos, tampoco, hermanos míos, puede dar agua dulce un manantial de agua salada.

Con la misma lengua bendecimos a Dios Padre, y maldecimos a las personas que están hechas a Su imagen. De la misma boca salen bendición y maldición, cosa que no debería suceder, ¿verdad, hermanos? Seguro que del mismo manantial, que brota de la misma hendidura de la peña, no fluyen agua dulce y agua salada al mismo tiempo. Seguro, hermanos, que una higuera no da aceitunas, ni higos una parra, ni el manantial de agua salada agua dulce, ¿verdad? Sabemos muy bien por propia experiencia que hay una quiebra en la naturaleza humana. Todos tenemos algo de ángeles y algo de simios, algo de héroes y algo de villanos, algo de santos y mucho de pecadores. Santiago está convencido de que donde se presenta esta contradicción más evidentemente es en la lengua. Con ella, dice, bendecimos a Dios. Esto era especialmente importante para los judíos. Siempre que se mencionaba el nombre de Dios, los judíos exclamaban: «¡Bendito sea!» Tres veces al día, el judío practicante tenía que repetir las Semoné Esré, las famosas dieciocho euloguías, bendiciones, cada una de las cuales empezaba: «Bendito seas, oh Dios.» Dios era, sin duda, euloguetós, bendito, al Que se bendecía continuamente. Y, sin embargo, las mismas bocas y lenguas que bendecían a Dios de manera frecuente y piadosa, maldecían a las personas.

Para Santiago eso era absolutamente antinatural, tanto como que una misma fuente fluyera agua dulce y agua salada, o un árbol diera frutos totalmente distintos. Aquello podría estar muy mal y ser contrario a la naturaleza, pero era y es trágicamente corriente. Pedro podía decir: «Aunque tenga que morir contigo, ¡no Te negaré!» (Mateo 26:35), y esa misma lengua suya negaría Jesús poco tiempo después con juramentos y maldiciones (Mateo 26:69-75). El Juan que dijo: «Hijitos, amaos unos a otros,» era el mismo que había querido una vez hacer que lloviera fuego del cielo y arrasara una aldea samaritana (Lucas9:51-56). Hasta las lenguas de los apóstoles podían decir cosas totalmente contradictorias. Juan Bunyan nos dice que «Charlatán» de El Peregrino «Era un santo de puertas para fuera, y un demonio en casa.» Muchos hablan con impecable cortesía a los extraños, y hasta predican el amor y la amabilidad, y saltan y se ponen furiosos por nada con su familia. No es una cosa del otro mundo el usar una lengua muy piadosa el domingo y otra soez y blasfema el lunes. No es nada del otro jueves el que una persona exprese los sentimientos más piadosos un día, y repita las historias más denigrantes al siguiente. Nadie se hace de nuevas cuando una persona habla con dulce misericordia en una reunión de la iglesia, y cuando sale masacra la reputación de alguien con lengua de víbora. Las cosas, dice Santiago, no deberían ser así. Es cierto que algunas drogas son curativas en casos y venenosas a veces; son bendiciones para el que las usa por prescripción médica, pero perjudiciales hasta no poder más cuando se toman incontroladamente. Así la lengua puede bendecir y maldecir; puede producir o mitigar el dolor; puede decir las cosas más delicadas, o las más ofensivas. Es uno de los deberes más difíciles y obvios el impedir que la lengua no se contradiga a sí misma, sino que diga siempre tales cosas, y de tal manera, como querríamos que Dios pudiera oír.

Si entre ustedes hay alguno sabio y entendido, que lo demuestre con su buena conducta, con la humildad que su sabiduría le da. Pero si ustedes dejan que la envidia les amargue el corazón, y hacen las cosas por rivalidad, entonces no tienen de qué enorgullecerse y están faltando a la verdad. ¿Hay alguien entre vosotros que sea sabio e inteligente? Pues que demuestre por la amabilidad de su conducta que todo lo que hace lo hace con buena intención. Pero, si tenéis en el corazón un celo amargo y una ambición egoísta, no os chuleéis arrogantemente de vuestros triunfos, porque estaríais falsificando la verdad.

«¿Hay alguien entre vosotros que quiera ser un verdadero sabio y un auténtico maestro? Pues que viva una vida tan llena de gracia que demuestre a todos que la amabilidad es la que gobierna su vida y es el poder controlador de su corazón. Porque, si está lleno de fanatismo, y a todas luces controlado por una ambición personal y egoísta, entonces, todo lo que pretenda en su arrogancia, todo lo que haga, estará lejos de la verdad que profesa enseñar.» Santiago usa aquí dos palabras interesantes. La que usa para celo es zélos. Zélos no tiene por qué tener un sentido malo. Podría querer decir, como celo en español, la noble emulación que uno siente cuando se encuentra ante la personificación de la grandeza y de la bondad. Pero a veces hay una línea muy tenue entre la noble emulación y la vulgar envidia. La palabra que usa para ambición egoísta es eritheía, que tampoco tenía originalmente un sentido peyorativo. En un principio quería decir contratar como hilandera, y se empleaba para designar a las asistentas en general. De ahí pasó a significar cualquier trabajo que se hace a sueldo; y luego, la clase de trabajo que no se hace más que por la paga. Luego se introdujo en el campo de la política, y llegó a significar la ambición egoísta que no busca más que el propio encumbramiento, y que está dispuesta a utilizar cualesquiera medios para conseguir su fin. Maestros y profesores tienen siempre una doble tentación.

(i) Los ataca la tentación de la arrogancia. Era el pecado característico de los rabinos. Los más elevados maestros de Israel eran plenamente conscientes de ese peligro. En los Dichos de los padres leemos: «El que es arrogante en sus decisiones es estúpido, malvado, orgulloso de espíritu.» Uno de los sabios aconsejaba: «Tus colegas son libres para seguir o no tu parecer; no se lo tienes que hacer tragar.» Pocos están en tan constante peligro espiritual como los maestros y los predicadores. Están acostumbrados a que los escuchen y a que se acepten sus palabras. Sin darse cuenta llegan a la actitud que ironizaba Shakespeare: ¡Yo soy el Señor Oráculo, y cuando abro los labios, que no ladre perro alguno! Es muy difícil ser maestro o predicador y seguir siendo sencillo; pero es absolutamente necesario.

(ii) Los ataca la tentación de la agresividad. Sabemos lo fácilmente que «la discusión intelectual engendra pasión.» Se conoce también el odium theologicum. Sir Thomas Browne tiene un pasaje sobre el salvajismo que reina entre los investigadores: «Son gente de paz, no llevan armas, pero tienen la lengua más afilada que una navaja de afeitar; llegan más lejos con sus plumas, y hacen más ruido que el trueno; yo preferiría enfrentarme con el ataque de un basilisco antes que a la furia de su pluma despiadada.» Y en España decía alguien a unos extranjeros que objetaban a la crueldad de las corridas de toros, que eso no era nada comparado con la que se desplegaba en las oposiciones a cátedras de universidad.

Una de las cosas más difíciles del mundo es discutir sin pasión, y enfrentarse con los razonamientos sin herir. El estar totalmente convencido de lo que uno cree sin ridiculizar lo que creen otros es sumamente difícil; pero es de primera necesidad para el profesor o el maestro cristiano. Podemos encontrar en este pasaje cuatro características del magisterio que no es como es debido.

(i) Es fanático. Defiende su verdad con violencia desequilibrada más que con convicción razonada.

(ii) Es agresivo. Considera a sus oponentes como enemigos a los que tiene que aniquilar, y no como amigos a los que tiene que convencer.

(iii) Es egoístamente ambicioso. Tiene más interés en desplegarse a sí mismo que en desplegar la verdad; la única victoria que le interesa es la de sus opiniones personales, y no la de la verdad.

(iv) Es arrogante. Está orgulloso de lo que sabe, y no humilde por lo que no sabe. El verdadero intelectual será mucho más consciente de lo que no sabe que de lo que sabe.

Porque esta sabiduría no es la que viene de Dios, sino que es sabiduría de este mundo, de la mente humana y del diablo mismo. Donde hay envidias y rivalidades, hay también desorden y toda clase de maldad;… Esa sabiduría no es la que viene de lo Alto, sino otra que es terrenal, característica del hombre natural, inspirada por el diablo; porque donde hay envidia y ambición egoísta, hay también desorden y toda clase de mal.

Esa llamada sabiduría, agresiva y arrogante, es muy distinta de la sabiduría real. Primeramente, Santiago la describe como es en sí, y después en sus efectos. En sí misma es tres cosas.

(i) Es terrenal. Su nivel y su origen son terrenales. Mide el éxito en términos mundanos; como lo son también sus fines.

(ii) Es característica del hombre natural. La palabra que usa Santiago es difícil de traducir. Es psyjikós, que viene de psyjé. Los antiguos dividían la persona en tres partes: cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo (sóma) es nuestro componente físico de carne y sangre o de carne y hueso, como decimos más corrientemente en español; el alma (psyjé) es la vida física que compartimos con todos los seres vivos, y el espíritu (pneuma) es lo característico de la persona, lo que la distingue de los animales y la hace una criatura racional y semejante a Dios. Esto es todo un poco confuso para nosotros, porque tenemos la costumbre de hablar del alma en el sentido que se le daba antiguamente a la palabra espíritu. Santiago está diciendo que esa falsa sabiduría no es más que algo animal; es la clase de sabiduría que hace rugir y atacar a un animal que no tiene más intención que hacer presa o sobrevivir.

(iii) Es demoníaca. Su origen no está en Dios, sino en el demonio. Crea la clase de situaciones que le gustan al demonio, no a Dios. Santiago pasa a describir esta sabiduría arrogante y agresiva por sus efectos. Lo más característico de ella es que desemboca en desorden. Es decir: en lugar de relacionar a las personas, las separa; en vez de producir la paz, produce incompatibilidad y enemistad. Hay una clase de personas que son indudablemente inteligentes y que tienen una mente aguda y una lengua hábil; pero sus efectos, a pesar de todo, en cualquier compañía (ya sea una junta directiva, una iglesia o cualquier grupo) son siempre actitudes que causan problemas y que hacen difíciles las relaciones personales. Es humillante el tener que reconocer que la sabiduría que despliegan esas personas es demoníaca más que divina.

…pero los que tienen la sabiduría que viene de Dios, llevan ante todo una vida pura; y además son pacíficos, bondadosos y dóciles. Son también compasivos, imparciales y sinceros, y hacen el bien, los que procuran la paz, siembran en paz para recoger como fruto la justicia.

La sabiduría que procede de lo Alto es, en primer lugar, pura; también, pacificadora, considerada, dispuesta a ceder, llena de misericordia y de buenos frutos, sin doblez ni hipocresía. Porque la semilla que en su día produce la cosecha que lleva consigo la integridad sólo se puede sembrar cuando las relaciones humanas son como es debido, y por aquellos cuya conducta produce esas relaciones.

Los sabios judíos siempre estuvieron de acuerdo en que la verdadera sabiduría venía de Arriba. No era un logro humano, sino un don de Dios. El libro de la Sabiduría describe a esta sabiduría como «el aliento del poder de Dios, y una influencia pura que fluye de la gloria del Todopoderoso» (Sabiduría de Salomón 7:25). El mismo libro Le pide a Dios: «Dame la sabiduría que se sienta junto a Tu trono» (Sabiduría 9:4); y otra vez: «Oh, envíala desde Tu santo Cielo, y desde el trono de Tu gloria» (Sabiduría 9:8). Ben Sirá empezó su libro con la frase: «Toda sabiduría viene del Señor, y está con Él para siempre» (Eclesiástico 1:1); y hace decir a la Sabiduría: «Yo procedía de la boca del Altísimo» (Eclesiástico 24:3). Los sabios judíos proclamaban a una voz que la sabiduría les viene a los seres humanos de Dios. Santiago usa ocho palabras para describir esta sabiduría, en cada una de las cuales hay toda una escena.

(i) La verdadera sabiduría es pura. En griego, hágnos y el sentido de esa raíz contiene la idea de suficientemente puro para acercarse a los dioses. En un principio tenía sólo un sentido ceremonial, y se refería exclusivamente a la persona que había pasado por el ritual correcto de la purificación. Así, por ejemplo, Eurípides hace decir a uno de sus personajes: «Mis manos están purificadas, pero mi corazón no.» En esta etapa, hágnos describe una pureza ritual, pero no necesariamente moral; pero, conforme el tiempo fue avanzando, llegó a describir la pureza moral que es necesaria para tener acceso a los dioses. A la entrada del templo de Esculapio en Epidauro había esta inscripción: «El que quiera entrar este templo divino debe ser puro (hágnos); y la pureza consiste en tener una mente que sólo tiene pensamientos santos.» La verdadera sabiduría está tan limpia de todo motivo bastardo o egoísta que ha llegado a ser suficientemente pura para ver a Dios. La sabiduría humana desearía escapar de la vista de Dios; la verdadera sabiduría puede soportar Su escrutinio.

(ii) La verdadera sabiduría es eirénikós. Hemos traducido pacificadora, pero tiene un sentido muy especial. Eiréné quiere decir paz, y cuando se usa en un contexto humano tiene el sentido básico de la correcta relación entre hombre y hombre y entre hombre y Dios. La verdadera sabiduría produce relaciones correctas. Hay una clase de sabiduría aguda y arrogante que separa a las personas, y que hace que se mire con desprecio a los demás. Hay también una clase de sabiduría cruel que se deleita en asaetear a otras personas con palabras agudas e hirientes. Y hay una clase de sabiduría depravada que aparta seductoramente a las personas de su lealtad a Dios. Pero la verdadera sabiduría atrae a las personas más cerca de sus semejantes y de Dios.

(iii) La verdadera sabiduría es epieikés. Esta es la palabra griega más difícil de traducir de todas las del Nuevo Testamento. Aristóteles la definía como «lo que está más allá de la ley establecida» , y como cuna justicia que es mejor que la justicia,» y como «aquella actitud que interviene para corregir las cosas cuando la misma ley se hace injusta.» La persona que es epieikéses la que sabe cuándo sería injusto aplicar la estricta letra de la ley. Sabe perdonar cuando la justicia implacable le da perfecto derecho a condenar. Sabe hacer concesiones, no insistir en sus derechos, temperar la justicia con la misericordia, acordarse siempre de que hay cosas en el mundo que son más importantes que las normas y las reglas. Es prácticamente imposible encontrar una palabra castellana que traduzca esta cualidad. Matthew Amold la llamaba en inglés «sweet reasonableness», ser «dulcemente razonable» -, y es la habilidad de extender a los demás la amable consideración que querríamos que se tuviera con nosotros.

(iv) La verdadera sabiduría es eupeithés. Aquí tenemos que escoger entre dos significados.

(a) Eupeithés puede que quiera decir siempre listo para obedecer. La primera de las leyes para la vida de William Law era: «Tener bien grabado en la mente que no tengo más que una empresa entre manos: buscar la felicidad eterna haciendo la voluntad de Dios.» Si tomamos la palabra en este sentido, quiere decir que la persona verdaderamente sabia está dispuesta a obedecer siempre que le llegue la voz de Dios.

(b) Eupeithés puede querer decir fácil de persuadir, no en el sentido de ser voluble y manejable, sino en el de no ser testarudo y atender a razones. Viniendo como viene a continuación de epieikés, probablemente tiene este segundo significado. La verdadera sabiduría no es rígida, sino está dispuesta a tomar las cosas en consideración, y es experta en saber cuando tiene que ceder sabiamente.

(v) Vamos a tomar juntos los dos términos siguientes. La verdadera sabiduría es llena de misericordia (éleos) y de buenos frutos. Éleos es una de las palabras que adquirió un nuevo significado con la llegada del Cristianismo. Los griegos la definían como piedad para con la persona que está sufriendo injustamente; pero en el Evangelio quiere decir mucho más que eso.

(a) En el pensamiento cristiano éleos quiere decir misericordia para con la persona que está pasando por dificultades, aunque sea por su propia culpa. La piedad cristiana es el reflejo de la piedad de Dios; y esta se manifestó, no sólo cuando estábamos sufriendo injustamente, sino aun cuando estábamos sufriendo por nuestra culpa. Solemos decir de alguien que está pasándolo mal: «Es por su culpa. Se lo tiene merecido.» Y, en ese caso, no nos sentimos llamados a intervenir en su ayuda. La misericordia cristiana se solidariza con cualquier persona que está en apuros, aunque sea ella la que se los ha echado encima.

(b) En el pensamiento cristiano éleos quiere decir la misericordia que desemboca en buenos frutos; es decir, que ofrece ayuda práctica. La piedad cristiana no es una emoción que no llega nunca a la acción. Nunca debemos decir que nos da pena de alguien, y no hacer lo posible por ayudarle.

(vi) La verdadera sabiduría es adiákritos, sin doblez. Esto quiere decir que no duda ni vacila; sabe lo que piensa, elige su curso de acción y lo mantiene. Hay personas que creen que es más inteligente no llegar a ninguna decisión sobre nada. Dicen que tienen una mente abierta, y que suspenden el juicio. Pero la sabiduría cristiana se basa en las certezas cristianas que nos llegan de Dios mediante Jesucristo.

(vii) La verdadera sabiduría es anypókritos, sin hipocresía. Es decir: no es una pose, ni una actitud fingida. Es sincera; no pretende ser lo que no es, ni hace el papel para conseguir su propio fin. Por último, Santiago dice algo que todas las iglesias y grupos cristianos deben llevar en el corazón. La versión Reina Valera traduce correcta y literalmente el texto original: «Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.» Esta es una frase muy comprimida. Recordemos que paz, eiréné, quiere decir la debida relación entre las personas. Así que, lo que Santiago está diciendo es: «Todos estamos tratando de cosechar el resultado de una vida como Dios quiere. Pero la semilla que produce la mejor cosecha no puede fructificar en cualquier ambiente, sino sólo cuando hay buenas relaciones entre las personas. Y los únicos que pueden sembrar esa semilla y cosechar sus frutos son los que han dedicado la vida a producir esa relación que es como es debido.» Es decir: nada bueno puede crecer en un ambiente en el que las personas están en constante rivalidad y desacuerdo. Un grupo en el que hay agresividad y pelea es terreno estéril en el que no pueden germinar ni producir las semillas de la justicia. La persona que disturba las relaciones personales y es responsable de las peleas y de la rivalidad se ha excluido a sí misma voluntariamente de la recompensa que Dios da a los que viven sabiamente la vida que Él les da.

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