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Santiago 5: Los ricos injustos, señal del fin

¡Oigan esto, ustedes los ricos! ¡Lloren y griten por las desgracias que van a sufrir! Sus riquezas están podridas; sus ropas, comidas por la polilla. Su oro y su plata se han enmohecido, y ese moho será una prueba contra ustedes y los destruirá como fuego. Han amontonado riquezas en estos días, que son los últimos.

En los primeros seis versículos de este capítulo, Santiago se propone dos cosas. La primera, mostrar lo totalmente inútiles que son las riquezas terrenales; y la segunda, mostrar el carácter detestable de los que las poseen. Al hacerlo, espera prevenir a sus lectores para que no pongan sus esperanzas en las cosas terrenales. Si supierais lo que hacéis, les dice a los ricos, lloraríais y lamentaríais el terror del juicio que se os viene encima el Día del Señor. La palabra que usa para lamentar aumenta el realismo del cuadro. Es el verbo odolythein, palabra onomatopéyica que sugiere el sentido por su sonido. Quiere decir aún más que lamentar: chillar, aullar (como dice la Reina Valera), dar alaridos, ulular; describe el terror pánico de los que se tienen que enfrentar con el juicio de Dios (Isaías 13:6; 14:31; 15:2s; 16:7; 23:1,14; 65:14; Amós 8:3). Podríamos decir que es la palabra que describe a los que pasan los tormentos dantescos de los condenados. En todo este pasaje encontramos palabras pictóricas y escogidas cuidadosamente. En Oriente había tres fuentes principales de riqueza, y Santiago usa una palabra para describir la descomposición de cada una. La palabra para pudrirse (sépein) sugiere que se trata de los cereales y los alimentos en general. Las ropas también eran una riqueza en Oriente. José les dio mudas de ropas a sus hermanos (Génesis 45:22). Fue el hermoso manto babilónico el que hizo que Acán atrajera el juicio de Dios sobre la nación y la muerte sobre su familia entera (Josué 7: 21). Fue una muda de ropa el premio que prometió Sansón al que descifrara su acertijo (Jueces 14:12). Y fue la ropa que trajo Naamán como regalo para el profeta de Israel lo que despertó la codicia de Guiezi (2 Reyes 5:5, 22). Pablo aseguraba que no había codiciado el dinero ni la ropa de nadie (Hechos 20:33). La polilla echará a perder esa ropa tan espléndida (sétobrótos, cp. Mateo 6:19). El clímax de la descomposición llega al final de la lista. Hasta el oro y la plata se corroerán totalmente (katiústhai). Lo extraordinario es que el oro y la plata son incorruptibles; pero Santiago advierte de la manera más viva que hasta lo más precioso y aparentemente indestructible será destruido. La roña es la prueba de que todas las cosas terrenales no tienen permanencia ni valor reales. Más aún: son una advertencia de la muerte. El deseo de estas cosas es como una roña mortal que se va apoderando de los cuerpos y las almas. Y entonces llega el sádico sarcasmo. ¡Pues sí que es un tesoro precioso el que ha amasado el que pone su delicia en estas cosas, que piensa que le va a durar siempre! Todo lo que quedará de él será un fuego devorador que lo aniquilará todo y a él mismo totalmente. Santiago está convencido de que el concentrarse en las cosas materiales es no sólo entregarse a fantasías fugaces, sino acosas que generan la destrucción total de la persona.

Ni siquiera un lector casual de la Biblia puede dejar de advertir la pasión social que rezuman todas sus páginas. No hay libro que condene la riqueza deshonesta y egoísta con una pasión semejante. El profesor J. E. McFadyen llamaba al libro del profeta Amós «Un clamor por justicia social.» Amós condena a los que almacenan violencia y rapiña en sus palacios (Amós 3:10). Condena a los que pisotean a los pobres, teniendo ellos casas de piedra labrada y jardines paradisíacos que, por la ira de Dios, no gozarán jamás (Amós 5:11). Despliega su ira contra los que dan menos peso y medida escasa, que compran a los pobres por dinero y a los necesitados por un par de zapatos, y que venden abusivamente hasta los desechos del trigo. «No me olvidaré jamás de todas sus obras,» dijo Dios (Amós 8:4-7). Isaías acusa a los que se construyen grandes propiedades añadiendo casa a casa y terreno a terreno (Isaías 5: 8). El sabio insiste en que el que confía en las riquezas caerá (Proverbios 11:28). Lucas cita lo que dijo Jesús: «¡Ay de vosotros los ricos!» (Lucas 6:24). Los ricos tienen difícil el entrar en el Reino de Dios (Lucas 18:24). La riqueza es una red: los ricos están expuestos a concupiscencias estúpidas y peligrosas que conducen a la ruina, porque el amor al dinero es la raíz de todos los males (1 Timoteo 6:9s). En la literatura intertestamentaria resuena la misma nota. «Ay de vosotros, los que adquirís plata y oro injustamente. . . Perecerán con sus posesiones, y sus espíritus serán arrojados con vergüenza al horno de fuego» (Enoc 97: 8). En la Sabiduría de Salomón hay un pasaje salvaje en el que el sabio hace hablar al rico egoísta sobre su forma de vivir comparada con la de los justos. «¡Venga ya! Disfrutemos de las cosas buenas del presente, y démonos prisa a usar de las cosas creadas como en la juventud. Llenémonos de vinos costosos y de ungüentos; y que no se nos escape ninguna flor de la primavera. Coronémonos de rosas antes que se sequen. Que no haya prado que no atraviese nuestro lujo. Que ninguno de nosotros se prive de nada en materia de placeres; dejemos señales de nuestro regocijo en todos los lugares; porque esta es nuestra parte, y nuestra suerte. Oprimamos al pobre que sea justo, no tengamos compasión de la viuda, ni respeto a las canas del anciano. . . Por tanto, acechemos a los íntegros; porque no es de los nuestros, y sí contrario a todo lo que hacemos; nos acosa con nuestras desobediencias a la ley, y objeta a nuestra infamia, los pecados de nuestra manera de vivir» (Sabiduría de Salomón 2:6-12). Uno de los misterios del pensamiento social es el que la religión cristiana llegara a considerarse «el opio del pueblo,» o tomarse por un asunto otro mundista. No hay libro en ninguna literatura que hable tan explosivamente de la injusticia social como la Biblia, ni que haya actuado tan poderosamente en la dinámica social. No condena la riqueza como tal; pero no hay libro que insista más en la responsabilidad de la riqueza y en los peligros que acechan al que tiene abundancia de las cosas de este mundo.

El pago que no les dieron a los hombres que trabajaron en su cosecha, está clamando contra ustedes; y el Señor todopoderoso ha oído la reclamación de esos trabajadores. Aquí en la tierra se han dado ustedes una vida de lujo y placeres, engordando como ganado, ¡y ya llega el día de la matanza! Ustedes han condenado y matado a los inocentes sin que ellos opusieran resistencia.

Aquí tenemos la condenación de la riqueza egoísta y avasalladora, y el fin al que conduce.

(i) Los ricos egoístas han obtenido su riqueza injustamente. La Biblia no deja lugar a dudas de que el obrero es digno de su salario (Lucas 10:7; 1 Timoteo 5:18). Los jornaleros vivían entonces en Palestina al borde de la pobreza. El jornal era escaso; les resultaba imposible ahorrar nada; y si se les retenía el jornal, aunque fuera sólo por un día, sencillamente ni él ni su familia podían comer. Era por eso por lo que las misericordiosas leyes de la Escritura insistían una y otra vez en el pago puntual del salario del jornalero. «No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades; en su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida; para que no clame contra ti al Señor, y sea en ti pecado» (Deuteronomio 24:14s). «No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana» (Levítico 19:13). «No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle» (Proverbios 3:28). «¡Ay del que edifica su casa sin justicia, y sus salas sin equidad, sirviéndose de su prójimo de balde, y no dándole el salario de su trabajo!» (Jeremías 22:13). «Los que defraudan en su salario al jornalero» están bajo el juicio de Dios (Malaquías 3:5). «El pan de los menesterosos es la vida de los pobres; el que de él los defrauda, es varón de sangres. El que al prójimo quita el mantenimiento, lo mata; y el que defrauda al jornalero de su jornal, sangre derrama» (Eclesiástico 34:25s, Biblia del Oso). «No quede contigo el jornal de cualquiera que hubiere obrado por ti; mas antes se lo paga luego» (Tobías 4:15, B. O. ). La ley de la Biblia no es en nada menos que la constitución para los obreros. La preocupación social de la Biblia se expresa en palabras de la Ley y de los Profetas y de los Sabios por igual. ¡Santiago dice que los gritos de los cosechadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos! Los ejércitos son los ejércitos de los cielos, las estrellas y los cuerpos celestes. La Biblia enseña en todas sus partes que el Señor del universo se preocupa de los derechos de los trabajadores.

(ii) Los ricos egoístas usan egoístamente sus riquezas. Viven en la tierra desenfrenadamente en medio de lujos rebuscados. La palabra que traducimos por vivir en lujos rebuscados es tryfán. Viene de una raíz que significa destrozar; y describe la vida fácil que acaba por socavar y destruir la fibra moral de las personas. La palabra que traducimos por desenfrenadamente es un verbo, spatalán, («darse la buena vida»). Es una palabra mucho peor; quiere decir vivir en lascivo desenfreno. Les viene la condenación a los ricos egoístas porque han usado sus riquezas para gratificar su propia ansia de lujo y sus pasiones más bajas, y han olvidado sus deberes con los demás.

(iii) El que escoge ese camino escoge también su fin. El destino del ganado engordado es la matanza; y los que no han buscado más que el lujo desbordado y los excesos egoístas se han engordado a sí mismos para el Día del Juicio. El egoísmo siempre conduce a la destrucción del alma.

(iii) Los ricos egoístas han asesinado al justo que no les ofrecía resistencia. Es dudoso a quién se refiere esto. Podría ser a Jesús. «Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida» (Hechos 3:14). Y Esteban acusó a los judíos de haber matado siempre a los mensajeros de Dios aun antes de la venida del Justo (Hechos 7:52). Y Pablo declara que Dios escogió a los judíos para que vieran al Justo, aunque ellos Le rechazaron (Hechos 22:14). Pedro dice que Cristo sufrió por nuestros pecados, el Justo por los injustos (Pedro 3:18). El Siervo doliente del Señor no ofreció resistencia. No abrió su boca, y como cordero ante sus trasquiladores estuvo mudo (Isaías 53:7), un pasaje que Pedro cita en su descripción de la pasión de Jesús (1 Pedro 2:23). Puede que Santiago esté diciendo que, en su opresión de los pobres y de los justos, los ricos egoístas han crucificado a Cristo otra vez. Todas las heridas que el egoísmo inflige a los que son de Cristo son heridas que se le infligen a Él. Puede que Santiago no esté pensando especialmente en Jesús al hablar del justo, sino en el odio instintivo de los malos a los buenos. Ya hemos citado el pasaje de la Sabiduría de Salomón que describe la conducta de los ricos. Así prosigue: «Él (el justo) profesa tener el conocimiento de Dios, y se llama a sí mismo hijo del Señor. Fue puesto para reprender nuestros pensamientos. Nos resulta ofensivo hasta verle: porque su vida no es como la de los otros hombres, y sus caminos son de otra hechura. Él no nos considera más que falsificaciones: él se abstiene de nuestros métodos como de lo inmundo: él proclama que el final del justo es para bendición, y presume de que Dios es su Padre. Veamos si sus palabras son verdaderas: y probemos lo que le sucederá al final. Porque,, si el justo es el hijo de Dios, Dios le ayudará y librará de la mano de sus enemigos. Examinémosle con desprecios y tortura, para que conozcamos su humildad y probemos su paciencia. Condenémosle a una muerte vergonzosa: porque según él mismo ha dicho, será respetado» (Sabiduría de Salomón 2:13-30). Estas, dice el Sabio, son palabras de hombres a los que ha cegado su maldad. Alcibíades, el amigo de Sócrates, vivía desenfrenadamente. A veces le decía: «Te odio; porque siempre que te veo me haces verme tal como soy.» El malvado eliminaría con gusto al bueno, porque le recuerda cómo es y cómo debería ser.

Pero ustedes, hermanos, tengan paciencia hasta que el Señor venga. El campesino que espera recoger la preciosa cosecha, tiene que aguardar con paciencia las temporadas de lluvia. Ustedes también tengan paciencia y manténganse firmes, porque muy pronto volverá el Señor. Hermanos, no se quejen unos de otros, para que no sean juzgados; pues el Juez está ya a la puerta.

La Iglesia Primitiva vivía en constante expectación de la Segunda Venida de Jesucristo; y Santiago exhorta a los suyos a seguir esperando con paciencia, porque ya faltaba poco. El campesino tiene que esperar las lluvias tempranas y las tardías. Las primeras y las postreras lluvias se mencionan con frecuencia en la Escritura, porque tenían una gran importancia en Palestina (Deuteronomio. 11:14; Jeremías 5:24; Joel 2:23). Las lluvias tempranas eran las de otoño, sin las que la semilla no germinaría; y las lluvias tardías, las de primavera, sin las que no maduraría. El campesino necesita tener paciencia para dejar que la naturaleza haga su obra; y el cristiano necesita tener paciencia para esperar el regreso de Cristo. Durante esa espera, hay que confirmar la fe. No se pueden echar las culpas unos a otros por los problemas de la situación en que se encuentran; porque, si lo hacen, quebrantarán el mandamiento que prohíbe a los cristianos el juzgarse unos a otros (Mateo 7: 1 ); y si quebrantan ese mandamiento, serán condenados. Santiago no tiene la menor duda de que la vuelta de Cristo está cerca. El Juez está a las puertas, dice usando la misma frase que Jesús (Marcos 13:29; Mateo 24:33). La Iglesia Primitiva se equivocó. Jesucristo no volvió durante aquella generación. Pero será interesante y provechoso reunir la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la Segunda Venida de Cristo, para que veamos la verdad esencial que encierra esta esperanza. Podemos empezar por fijarnos en que el Nuevo Testamento usa tres palabras diferentes para describir la Segunda Venida de Jesucristo.

(i) La más corriente es parusía, palabra que ha pasado tal cual al castellano con el sentido del «advenimiento glorioso de Jesucristo al fin de los tiempos» (D. R. A. E. ). Se usa en Mateo 24:3, 27, 37, 39; 1 Tesalonicenses 2:19; 3:13; 4:15; 5:23; 2Tesalonicenses 2:1; 1 Corintios 15:23; 1 Juan 2:28; 2 Pedro 1:16; 3:4). En griego secular esta era la palabra normal para la presencia o la llegada de alguien. Pero tiene otros dos usos, uno de los cuales se convirtió en un término técnico. Se usa de la invasión de un país por un ejército; y especialmente se usa de la visita del rey o del gobernador a una provincia de su imperio. Así que, cuando se usa esta palabra de Jesucristo, quiere decir que Su Segunda Venida será la invasión definitiva de la Tierra por el Cielo, y la llegada del Rey para recibir la sumisión y adoración finales de Sus súbditos.

(ii) El Nuevo Testamento usa también la palabra epifaneía (Tito 2:13; 2 Timoteo 4:1; 2 Tesalonicenses 2:9). En griego corriente esta palabra tiene dos usos especiales. Se usa de la aparición de un dios a su adorador; y también se usa de la subida al trono imperial de un nuevo emperador romano. Así que, cuando se Le aplica a Jesús esta palabra, quiere decir que Su Segunda Venida es la aparición de Dios a Su pueblo, incluyendo los que Le están esperando y los que Le desdeñan.

(iii) Por último, el Nuevo Testamento usa la palabra apokalypsis (1 Pedro 1:7, 13). Apokalypsis, en griego ordinario quiere decir descubrir, poner de manifiesto; y cuando se usa de Jesús, que Su Segunda Venida será la revelación del poder y de la gloria de Dios a la humanidad. Así es que aquí tenemos una serie de grandes cuadros. La Segunda Venida de Jesús es la llegada del Rey; es Dios presentándose a Su pueblo y ascendiendo a Su trono eterno; es Dios dirigiendo al mundo el resplandor de Su gloria celestial.

Vamos a agrupar brevemente la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la Segunda Venida, y los diversos usos que hace de esta idea.

(i) El Nuevo Testamento deja bien claro que no hay nadie que sepa el día o la hora en que Cristo ha de volver. Tan secreto está ese tiempo que el mismo Jesús lo ignoraba; sólo Dios lo sabe (Mateo 24:36; Marcos 13:32). A partir de este hecho fundamental, otra cosa queda clara. Las especulaciones humanas sobre el tiempo de la Segunda Venida son, no solamente inútiles, sino hasta blasfemas; porque no se debe intentar descubrir lo que el Padre ha reservado exclusivamente para Sí.

(ii) Lo único que dice el Nuevo Testamento acerca de la Segunda Venida es que será tan repentina como el relámpago, y tan inesperada como el ladrón nocturno (Mateo 24:27, 37, 39; 1 Tesalonicenses 5:2; 2 Pedro 3:10). No podemos esperar para prepararnos cuando Él venga; tenemos que estar preparados para cuando Él venga. De ahí que el Nuevo Testamento imponga a los creyentes ciertas obligaciones.

(i) Tienen que estar siempre alerta (1 Pedro 4: 7). Como los siervos del señor que se ha ausentado y que, no sabiendo cuándo volverá exactamente, deben tenerlo todo dispuesto para cuando vuelva, ya sea por la mañana, o al mediodía, o por la tarde (Mateo 24:35-51).

(ii) La larga espera no debe producir desesperación ni olvido (2 Pedro 3:4). Dios no ve el tiempo como nosotros. Para Él, mil años son como una de las vigilias de la noche; y el que pasen los años no quiere decir que haya cambiado de plan o se haya olvidado.

(iii) Las personas tenemos que usar el tiempo de que disponemos para prepararnos para la llegada del Rey. Debemos ser sobrios (1 Pedro 4:7). Debemos obtener la santidad (1 Tesalonicenses 3:13). Por la gracia de Dios debemos mantenernos intachables de cuerpo y de espíritu (Tesalonicenses 5:23). Debemos despojarnos de las obras de las tinieblas y vestirnos la armadura de la luz ya que el día va llegando a su fin (Romanos 13:11-14). Debemos usar el tiempo que se nos da para llegar a ser tales que podamos recibir con gozo y sin vergüenza al Rey que venga.

(iv) Cuando llegue ese momento, debemos estar en comunión. Pedro usa la idea de la Segunda Venida para exhortar a los creyentes al amor y a la mutua hospitalidad (Pedro 4: 8s). Pablo recomienda que todo se haga con amor Maranatha el Señor está al llegar (Corintios 16:14, 22). También dice que todos deben saber por nuestra gentileza que el Señor está al llegar (Filipenses 4:5). La palabra que traducimos gentileza es epieikés, que quiere decir el espíritu que está más dispuesto a perdonar que a pedir justicia. El autor de Hebreos exhorta a la ayuda mutua, a la mutua comunión cristiana y a darse ánimo mutuamente, porque el Día se acerca (Hebreos 10: 24s). El Nuevo Testamento está seguro de que, ante la inminencia de la Llegada de Cristo, nuestra relación con nuestros semejantes debe ser como es debido. El Nuevo Testamento exhorta a que no dejemos que termine ningún día sin resolver nuestros desacuerdos, no sea que esa noche venga el Señor.

(v) Juan usa el tema de la Segunda Venida como una razón para exhortar a los creyentes a permanecer en Cristo (Juan 2:28). Sin duda, la mejor preparación para salir al encuentro del Señor es vivir cerca de El día a día. Mucho de la imaginería que se adscribe a la Segunda Venida procede de las ideas tradicionales que tenían los judíos acerca del fin del mundo. Hay muchas cosas que no tenemos por qué tomar literalmente; pero la gran verdad que hay detrás de todas las descripciones temporales de la Segunda Venida es que este mundo no va a la deriva, sino se dirige hacia una consumación, y que hay un gran acontecimiento divino hacia el cual se mueve la creación entera.

Hermanos míos, tomen como ejemplo de sufrimiento y paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. Pues nosotros consideramos felices a los que soportan con fortaleza el sufrimiento. Ustedes han oído cómo soportó Job sus sufrimientos, y saben de qué modo lo trató al fin el Señor, porque el Señor es muy misericordioso y compasivo.

Siempre es un consuelo saber que otros han pasado por lo que nosotros tenemos que pasar. Santiago les recuerda a sus lectores que los profetas y los hombres de Dios no habrían podido cumplir su ministerio ni dar testimonio si no hubieran sido capaces de resistir pacientemente. Les recuerda que Jesús mismo había dicho que el que persevere hasta el fin será bienaventurado, porque será salvo (Mateo 24:13). A continuación les cita el ejemplo de Job, de quien habrían oído hablar a menudo en los discursos de la sinagoga. Solemos hablar de la paciencia de Job, que es la palabra que usa aquí la Reina Valera. Pero paciencia es una palabra demasiado pasiva. En cierto sentido, Job era todo menos paciente. Leyendo el drama de su vida, le vemos protestando apasionadamente de lo que se le ha venido encima, cuestionando apasionadamente los argumentos convencionales de los supuestos amigos, agonizando apasionadamente con la terrible suposición de que Dios le hubiera olvidado. Pocas personas se han expresado tan apasionadamente; pero lo fundamental acerca de él es que, pese a todas las preguntas agonizantes que le rasgaban el corazón, nunca perdió la fe en Dios. «He aquí, aunque Él me matare, en Él esperaré» (Job 13:15). «Mas he aquí que en el Cielo está mi Testigo, y mi testimonio en lo Alto» (Job 16:19). «¡Yo sé que tengo un Redentor Que está vivo!» (Job 19:25). La suya no fue una sumisión muda y pasiva; peleó, y preguntó, y a veces hasta desafió; pero la llama de su fe nunca se extinguió. La palabra que se le aplica aquí es esa gran palabra del Nuevo Testamento, hypomoné, que describe, no una paciencia pasiva, sino ese espíritu caballeresco que arrostra a pecho descubierto la marea de la duda y del dolor y del desastre, y surge al otro lado con una fe aún más fuerte. Puede que exista una fe que nunca se queja ni cuestiona; pero más grande es la que surge del asedio de las dudas todavía creyendo. Fue la fe que se mantuvo firme la que salió triunfante por la otra orilla; porque «el Señor bendijo el postrer estado de Job más que el primero» (Job 42:12). Habrá momentos en la vida cuando pensemos que Dios se ha olvidado de nosotros; pero, si nos aferramos a los restos de nuestra fe, al final, nosotros también, comprobaremos que Dios es muy benigno y misericordioso.

Sobre todo, hermanos míos, no juren: ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa. Cuando digan «sí», que sea sí; y cuando digan «no», que sea no, para que Dios no los condene.

Santiago repite aquí la enseñanza de Jesús en el Sermón del Monte (Mateo 5:33-37), que era sumamente necesaria en los días de la Iglesia Primitiva y probablemente no menos en los países hispánicos de todos los tiempos. Santiago no está pensando en lo que nosotros llamamos «tacos» o «palabrotas» que es un sentido corriente de «to swear» en inglés, sino en la manera de confirmar una afirmación o una promesa o un compromiso interponiendo un juramento, que es «poner a Dios por testigo.» En el mundo antiguo había dos prácticas perniciosas en relación con el tema de los juramentos.

(i) Se hacía una distinción, especialmente en el mundo judío, entre juramentos que obligaban y juramentos que no obligaban. Cualquier juramento en el que se mencionara el nombre de Dios se consideraba obligante por necesidad; pero si no se mencionaba expresamente a Dios, se decía que no obligaba. La idea era que, una vez que se mencionara expresamente el nombre de Dios, Él era el garante de la transacción; pero no si no se Le nombraba expresamente. El resultado fue que la cosa se convirtió en una práctica habilidosa y aguda para parecer que uno se comprometía a algo cuando en realidad no tenía intención de cumplirlo. Lo cual convirtió el asunto de los juramentos en un juego burlesco de palabras.

(ii) Los juramentos se habían proliferado en aquel entonces. Esto ya es en sí suficientemente malo. Por una parte, la importancia de un juramento depende en gran medida del hecho de que es raramente necesario acudir a él. Cuando los juramentos se pusieron de moda, dejaron de tener ninguna importancia. Por otra parte, la costumbre de tomar juramentos por cualquier cosa no era más que una prueba de lo frecuente que era mentir y defraudar. En una sociedad honrada no hacen falta juramentos. Es sólo cuando no se puede uno fiar de la palabra de nadie cuando se recurre a los juramentos. En esto estaban de acuerdo con Jesús los antiguos escritores de ética. Filón dice: «Los frecuentes juramentos no pueden por menos de generar perjurio e impiedad.» Los rabinos judíos decían: «No te acostumbres a los votos, porque más tarde o más temprano harás falsos juramentos.» Los esenios prohibían toda clase de juramentos. Decían que si una persona necesitaba jurar para decir la verdad, es que no era digno de confianza. Los grandes griegos mantenían que la mayor garantía de la verdad de una afirmación no era el juramento, sino el carácter de la persona que la hiciera; y que el ideal era ser tales que nadie pensara en exigirnos un juramento porque no se pondría en duda que decíamos la verdad. El punto de vista del Nuevo Testamento es que todas las palabras se dicen en la presencia de Dios y deben, por tanto, ser ciertas; y estaría de acuerdo en que al cristiano se le debe conocer como persona de honor, y sería totalmente innecesario tomarle juramento. El Nuevo Testamento no condena taxativamente todos los juramentos; pero deplora la tendencia humana a la falsedad que los hace a veces necesarios.

Si alguno de ustedes está afligido, que ore. Si alguno está contento, que cante alabanzas. Si alguno está enfermo, que llame a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y en el nombre del Señor lo unjan con aceite. Y cuando oren con fe, el enfermo sanará, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados.
Aquí se nos presentan algunas características dominantes de la Iglesia Primitiva. Era una iglesia que cantaba; los cristianos originales siempre estaban listos para romper a cantar. En la descripción que nos hace Pablo de las reuniones de la iglesia de Corinto, encontramos que el canto era una parte integral (Corintios 14:15, 26). Cuando piensa en la gracia de Dios saliendo al encuentro de los gentiles, le recuerda el dicho jubiloso del salmista: «Te alabaré entre los gentiles, y cantaré a Tu nombre» (Romanos 15:9, cp. Salmo 18:49). Los cristianos se hablaban entre sí con salmos e himnos y canciones espirituales, cantando y tañendo en sus corazones al Señor (Efesios 5:19). La Palabra de Cristo moraba en ellos, y se enseñaban y exhortaban entre sí mediante salmos e himnos y canciones espirituales, cantando de gratitud en sus corazones al Señor (Colosenses 3:16). Tenían tal alegría en el corazón que se les salía por los labios en cánticos de alabanza por la misericordia y la gracia de Dios.

Es un hecho que el mundo pagano siempre ha estado lúgubre, cansado y atemorizado. En contraste con él, el acento del cristiano es la canción jubilosa. Eso fue lo que impresionó a Juan Bunyan cuando escuchó a las cuatro ancianas pobres que estaban hablando, sentadas al sol a la puerta de una casa: «Me parecía que hablaban como impulsadas por la alegría.» Cuando el mártir Bilney captó la maravilla de la gracia redentora, dijo: «Fue como si amaneciera de pronto en medio de una noche oscura.» Archibald Lang Fleming, el primer obispo del Ártico, cita el dicho de un cazador esquimal: «Antes de que usted viniera, el camino estaba oscuro y teníamos miedo. Ahora ya no lo tenemos, porque las tinieblas se han disipado y todo está luminoso yendo por el camino de Jesús.» La Iglesia ha sido siempre cantarina. Cuando Plinio, el gobernador de Bitinia, escribió al emperador Trajano el año 111 d. C. para informarle acerca de la nueva secta de los cristianos, le dijo: «Tienen costumbre de reunirse en días señalados antes que se haga de día, y cantar alternadamente un himno a Cristo como un Dios.» En la sinagoga ortodoxa judía, no hay música desde la caída de Jerusalén el año 70 d. C. ; porque, cuando hacen el culto, recuerdan una tragedia; pero en la Iglesia Cristiana, desde sus comienzos hasta ahora, no falta la música de alabanza, porque los cristianos recuerdan un amor infinito, y disfrutan una gloria presente.

Otra característica notable de la Iglesia Primitiva era que era una iglesia sanadora. En eso heredó la tradición del judaísmo: Cuando un judío estaba enfermo, iba al rabino antes que al médico; y el rabino le ungía con aceite, que el médico griego Galeno llamaba «la mejor de todas las medicinas», y oraba por él. Pocas comunidades habrá habido tan pendientes de sus enfermos como la Iglesia Primitiva. Justino Mártir escribía que los cristianos curaban a innumerables endemoniados que los otros exorcistas habían sido incapaces de curar y todos los tratamientos habían resultado ineficaces. Ireneo, escribiendo ya avanzado el segundo siglo, nos cuenta que los enfermos se curaban mediante la imposición de manos. Tertuliano, que escribe a mediados del siglo III, dice que nada menos que el emperador romano Alejandro Severo fue sanado mediante la unción que le administró un cristiano que se llamaba Torpacio, y que, por gratitud a éste, le tuvo de huésped en el palacio hasta el día de su muerte. Uno de los primeros libros de orden eclesiástico es el de los Cánones de Hipólito, que data de finales del siglo II o principios del III. Allí se establece que los que tengan el don de sanidad han de ordenarse como presbíteros o ancianos después de que se haga una investigación para asegurarse de que realmente poseen ese don y que procede de Dios. El mismo libro contiene una oración noble que se usaba en la consagración de los obispos locales, parte de la cual decía: «Concédele, oh Señor,… el poder para romper todas las cadenas del poder malo de los demonios, para sanar a todos los enfermos y para someter rápidamente a Satanás bajo sus pies.»

En las Cartas Clementinas se determinan los deberes de los diáconos, que incluyen la regla: «Que los diáconos de la Iglesia se muevan inteligentemente y actúen como ojos para el obispo… Que descubran a los que estén enfermos en la carne, y los traigan a la noticia del cuerpo principal que no los conozca, para que los visiten y suplan sus necesidades.» En la Primera Carta de Clemente, la oración de la iglesia es: «Sana a los enfermos; levanta a los débiles; anima a los desalentados.» Un código muy antiguo establece que cada congregación debe nombrar por lo menos a una viuda para que se cuide de las enfermas. La Iglesia usó la unción regularmente durante siglos como un medio para sanar a los enfermos. De hecho, es importante notar que el sacramento de la unción se aplicaba siempre en los primeros siglos para efectuar la curación, no como una preparación para la muerte como se practica ahora en la Iglesia Católica Romana. Fue en el año 852 d. C. cuando este sacramento se convirtió en el de la extremaunción, o viático, que tiene por objeto preparar al paciente para la muerte. La Iglesia se ha cuidado siempre de sus enfermos; y siempre ha tenido el don de sanidad. El evangelio social no es un apéndice del Cristianismo, sino parte integrante de la fe y práctica cristiana.

Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros para ser sanados. La oración fervorosa del justo tiene mucho poder. El profeta Elías era un hombre como nosotros, y cuando oró con fervor pidiendo que no lloviera, dejó de llover sobre la tierra durante tres años y medio. Después, cuando oró otra vez, volvió a llover, y la tierra dio su cosecha.

En este pasaje hay tres ideas básicas de la religión judía.

(i) La de que toda enfermedad es consecuencia de pecado. Era una creencia firmemente arraigada en el judaísmo que, donde había enfermedad y sufrimiento, tenía que haber habido pecado. «No hay muerte sin culpa -decían los rabinos-, ni sufrimiento sin pecado.» Los rabinos por tanto creían que, antes de que un enfermo se pusiera bien, Dios tenía que perdonarle sus pecados. Rabí Alexandrai decía: «Nadie se cura de su enfermedad hasta que Dios le perdona todos sus pecados.» Por eso Jesús inició la curación del paralítico diciéndole: «Hijo mío, tus pecados te son perdonados» (Marcos 2:5). Los judíos relacionaban siempre el sufrimiento con el pecado. Ahora no los relacionamos tan mecánicamente; pero sigue siendo verdad que no se puede recibir la sanidad completa del alma, de la mente o del cuerpo, hasta que uno se encuentra en paz con Dios.

(ii) Se tiene la idea de que, para ser eficaz, la confesión de pecados se ha de hacer a hombres, y especialmente a la persona que se ha ofendido, además de a Dios. Realmente, es mucho más fácil confesarle los pecados a Dios que a las personas; pero en cuanto al pecado, hay que deshacer dos barreras: la que se ha establecido entre nosotros y Dios, y la que hay entre nosotros y nuestros semejantes. Si se han de quitar ambas, deberá hacerse una doble confesión. Esta era, de hecho, la costumbre de la iglesia morava, que Wesley adoptó en las primeras clases metodistas. Se solían reunir dos o tres veces a la semana «para confesarse sus faltas unos a otros y orar los unos por los otros para ser sanados.» Está claro que este es un principio que hay que usar con sabiduría. Es totalmente cierto que puede haber casos en los que la confesión de pecados de unos a otros es más perjudicial que beneficiosa; pero, cuando se ha erigido una muralla con un mal que se ha cometido, uno tiene que ponerse en paz con Dios y con su semejante al que ha ofendido.

(iii) Sobre todo, se tiene la idea de que el poder de la oración es ilimitado. Los judíos tenían el refrán de que el que practica la oración rodea su casa con una muralla más fuerte que el hierro. Decían: «La penitencia puede hacer algo; pero la oración lo puede hacer todo.» Para ellos, la oración era ponerse en contacto con el poder de Dios; era el canal por el que fluyen hacia nosotros la fuerza y la gracia para remediar todos los problemas de la vida. ¡Cuánto más debe esto ser verdad para un cristiano! ¡Oh, qué Amigo nos es Cristo! Él llevó nuestro dolor, y nos manda que llevemos todo a Dios en oración. ¿Vive el hombre desprovisto de paz, gozo y santo amor? Esto es porque no llevamos todo a Dios en oración. Como creían los judíos, y sin duda es verdad, para curar los males de la vida tenemos que estar en paz con Dios y con nuestros semejantes, y tenemos que aplicar a las personas y a las situaciones mediante la oración el poder y la misericordia de Dios.

Antes de dar por terminado este pasaje debemos tomar nota de un hecho técnico interesante. Cita a Elías como ejemplo del poder de la oración. Aquí tenemos un ejemplo excelente de cómo desarrollaba la exégesis rabínica el sentido de la Escritura. Encontramos la historia completa en 1 Reyes 17 y 18. Los tres años y medio -un tiempo que se cita también en Lucas 4:25- se deducen de 1 Reyes 18:1. Además, al relato del Antiguo Testamento no dice que la sequía o su terminación fueran debidas a la oración de Elías; él fue, sencillamente, el profeta que anunció su principio y su fin. Pero los rabinos estudiaban la Escritura con lupa. En 1 Reyes 17. -1 leemos: «¡Vive el Señor, Dios de Israel, en Cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra!» Ahora bien: lo que los judíos entendían por oración era estar en la presencia de Dios; así que en esta frase encontraron los rabinos lo que era para ellos una indicación de que la sequía había sido el resultado de las oraciones de Elías. En 1 Reyes 18:42 leemos que Elías subió al monte Carmelo, y postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas. Aquí también descubrieron los rabinos la actitud de la oración angustiosa; y de ahí dedujeron que había sido la oración de Elías lo que había puesto fin a la sequía.

Hermanos míos, si alguno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan ustedes que cualquiera que hace volver al pecador de su mal camino, lo salva de la muerte y hace que muchos pecados sean perdonados.

En este pasaje se establece la gran característica diferencial de la verdad cristiana. Es algo de lo que uno puede extraviarse. No es sólo intelectual, filosófica y abstracta, sino siempre una verdad moral. Esto se nos presenta claramente cuando vamos al Nuevo Testamento y nos fijamos en las expresiones que se usan en relación con la verdad: es algo que uno tiene que amar (2 Tesalonicenses 2:10); que obedecer (Gálatas 5:7); que manifestar (2Corintios 4:2); que hay que decir con amor (Efesios 4:15, R-V: seguir); de lo que hay que dar testimonio (Juan 18:37); que se debe manifestar en una vida de amor (1 Juan 3:19); que libera (Juan 8:32); que es el don del Espíritu Santo (Juan 16:13s). Lo más claro de todo es lo que leemos en Juan 3:21: El que practica la verdad. Es decir: La verdad del Evangelio es algo que hay que poner por obra. No es solamente el objetivo de una búsqueda intelectual, sino siempre una verdad moral que desemboca en la acción. No es meramente algo que se estudia, sino que se hace; no algo a lo que hay que someter sólo la mente, sino toda la vida.

Santiago concluye su carta con uno de los pensamientos más elevados y edificantes del Nuevo Testamento; y que, además, aparece más de una vez en la Biblia. Supongamos que uno yerra y se extravía; y supongamos que un hermano suyo en la fe le rescata de su error y le devuelve al buen camino. Este último no sólo ha salvado de la muerte el alma de su hermano, sino que ha expiado una multitud de sus propios pecados. (R-V pone aquí cubrir, que es el sentido literal de la palabra hebrea que se traduce por expiar). Mayor señala que Orígenes tiene un pasaje maravilloso en una de sus Homilías en el que indica seis maneras de obtener el perdón de pecados: mediante el bautismo, el martirio, la limosna (Lucas 11:41), perdonando a otros (Mateo 6:14), el amor (Lucas7:47), y convirtiendo (es decir, haciendo volver) a un pecador de su mal camino. Dios le perdonará muchas cosas al que ha sido el instrumento para que otro hermano vuelva a El. Este es un pensamiento que aparece radiante una y otra vez en las páginas de la Escritura. Jeremías dice: «Si entresacas lo precioso de en medio de lo vil, serás como Mi boca» (15:19). Daniel escribe: «los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad» (12:3). El consejo de Pablo al joven Timoteo era: «Ten cuidado contigo mismo y con lo que enseñas; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen» (1 Timoteo 4:16)Uno de los Dichos de los padres judíos es: «El pecado no prevalece sobre el que hace justo a otro.» Clemente de Alejandría dice que el verdadero cristiano tiene más en cuenta lo que beneficia a sus semejantes que su propia salvación. Cuentan que una señora super evangélica le preguntó a Wilberforce, el campeón de la liberación de los esclavos, si era salvo. Y él le contestó: «Señora, he estado tan ocupado tratando de salvar las almas de los demás que no he tenido tiempo de pensar en la mía.» Se ha dicho que los que traen la luz a las vidas de otros no la pueden dejar fuera de la suya propia; y, desde luego, si Le traen a Dios las vidas de otros no Le pueden dejar fuera de las suyas. El honor más grande que Dios puede dar se lo otorga al que guía a otro hasta Él; porque, el que lo hace, consigue nada menos que participar de la obra de Jesucristo, el Salvador de la humanidad.

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