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Santiago 5: Los ricos injustos, señal del fin

(ii) Los ricos egoístas usan egoístamente sus riquezas. Viven en la tierra desenfrenadamente en medio de lujos rebuscados. La palabra que traducimos por vivir en lujos rebuscados es tryfán. Viene de una raíz que significa destrozar; y describe la vida fácil que acaba por socavar y destruir la fibra moral de las personas. La palabra que traducimos por desenfrenadamente es un verbo, spatalán, («darse la buena vida»). Es una palabra mucho peor; quiere decir vivir en lascivo desenfreno. Les viene la condenación a los ricos egoístas porque han usado sus riquezas para gratificar su propia ansia de lujo y sus pasiones más bajas, y han olvidado sus deberes con los demás.

(iii) El que escoge ese camino escoge también su fin. El destino del ganado engordado es la matanza; y los que no han buscado más que el lujo desbordado y los excesos egoístas se han engordado a sí mismos para el Día del Juicio. El egoísmo siempre conduce a la destrucción del alma.

(iii) Los ricos egoístas han asesinado al justo que no les ofrecía resistencia. Es dudoso a quién se refiere esto. Podría ser a Jesús. «Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida» (Hechos 3:14). Y Esteban acusó a los judíos de haber matado siempre a los mensajeros de Dios aun antes de la venida del Justo (Hechos 7:52). Y Pablo declara que Dios escogió a los judíos para que vieran al Justo, aunque ellos Le rechazaron (Hechos 22:14). Pedro dice que Cristo sufrió por nuestros pecados, el Justo por los injustos (Pedro 3:18). El Siervo doliente del Señor no ofreció resistencia. No abrió su boca, y como cordero ante sus trasquiladores estuvo mudo (Isaías 53:7), un pasaje que Pedro cita en su descripción de la pasión de Jesús (1 Pedro 2:23). Puede que Santiago esté diciendo que, en su opresión de los pobres y de los justos, los ricos egoístas han crucificado a Cristo otra vez. Todas las heridas que el egoísmo inflige a los que son de Cristo son heridas que se le infligen a Él. Puede que Santiago no esté pensando especialmente en Jesús al hablar del justo, sino en el odio instintivo de los malos a los buenos. Ya hemos citado el pasaje de la Sabiduría de Salomón que describe la conducta de los ricos. Así prosigue: «Él (el justo) profesa tener el conocimiento de Dios, y se llama a sí mismo hijo del Señor. Fue puesto para reprender nuestros pensamientos. Nos resulta ofensivo hasta verle: porque su vida no es como la de los otros hombres, y sus caminos son de otra hechura. Él no nos considera más que falsificaciones: él se abstiene de nuestros métodos como de lo inmundo: él proclama que el final del justo es para bendición, y presume de que Dios es su Padre. Veamos si sus palabras son verdaderas: y probemos lo que le sucederá al final. Porque,, si el justo es el hijo de Dios, Dios le ayudará y librará de la mano de sus enemigos. Examinémosle con desprecios y tortura, para que conozcamos su humildad y probemos su paciencia. Condenémosle a una muerte vergonzosa: porque según él mismo ha dicho, será respetado» (Sabiduría de Salomón 2:13-30). Estas, dice el Sabio, son palabras de hombres a los que ha cegado su maldad. Alcibíades, el amigo de Sócrates, vivía desenfrenadamente. A veces le decía: «Te odio; porque siempre que te veo me haces verme tal como soy.» El malvado eliminaría con gusto al bueno, porque le recuerda cómo es y cómo debería ser.

Pero ustedes, hermanos, tengan paciencia hasta que el Señor venga. El campesino que espera recoger la preciosa cosecha, tiene que aguardar con paciencia las temporadas de lluvia. Ustedes también tengan paciencia y manténganse firmes, porque muy pronto volverá el Señor. Hermanos, no se quejen unos de otros, para que no sean juzgados; pues el Juez está ya a la puerta.

La Iglesia Primitiva vivía en constante expectación de la Segunda Venida de Jesucristo; y Santiago exhorta a los suyos a seguir esperando con paciencia, porque ya faltaba poco. El campesino tiene que esperar las lluvias tempranas y las tardías. Las primeras y las postreras lluvias se mencionan con frecuencia en la Escritura, porque tenían una gran importancia en Palestina (Deuteronomio. 11:14; Jeremías 5:24; Joel 2:23). Las lluvias tempranas eran las de otoño, sin las que la semilla no germinaría; y las lluvias tardías, las de primavera, sin las que no maduraría. El campesino necesita tener paciencia para dejar que la naturaleza haga su obra; y el cristiano necesita tener paciencia para esperar el regreso de Cristo. Durante esa espera, hay que confirmar la fe. No se pueden echar las culpas unos a otros por los problemas de la situación en que se encuentran; porque, si lo hacen, quebrantarán el mandamiento que prohíbe a los cristianos el juzgarse unos a otros (Mateo 7: 1 ); y si quebrantan ese mandamiento, serán condenados. Santiago no tiene la menor duda de que la vuelta de Cristo está cerca. El Juez está a las puertas, dice usando la misma frase que Jesús (Marcos 13:29; Mateo 24:33). La Iglesia Primitiva se equivocó. Jesucristo no volvió durante aquella generación. Pero será interesante y provechoso reunir la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la Segunda Venida de Cristo, para que veamos la verdad esencial que encierra esta esperanza. Podemos empezar por fijarnos en que el Nuevo Testamento usa tres palabras diferentes para describir la Segunda Venida de Jesucristo.

(i) La más corriente es parusía, palabra que ha pasado tal cual al castellano con el sentido del «advenimiento glorioso de Jesucristo al fin de los tiempos» (D. R. A. E. ). Se usa en Mateo 24:3, 27, 37, 39; 1 Tesalonicenses 2:19; 3:13; 4:15; 5:23; 2Tesalonicenses 2:1; 1 Corintios 15:23; 1 Juan 2:28; 2 Pedro 1:16; 3:4). En griego secular esta era la palabra normal para la presencia o la llegada de alguien. Pero tiene otros dos usos, uno de los cuales se convirtió en un término técnico. Se usa de la invasión de un país por un ejército; y especialmente se usa de la visita del rey o del gobernador a una provincia de su imperio. Así que, cuando se usa esta palabra de Jesucristo, quiere decir que Su Segunda Venida será la invasión definitiva de la Tierra por el Cielo, y la llegada del Rey para recibir la sumisión y adoración finales de Sus súbditos.

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