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Hebreos 1: El fin de lo fragmentario

Dios había hablado en muchas ocasiones y de muchas maneras a nuestros antepasados por medio de los profetas de la antigüedad; pero al final de estos días que estamos viviendo nos ha hablado a nosotros por medio de Uno que es un Hijo, un Hijo al Que Dios ha destinado para que entre en posesión de todas las cosas, un Hijo por medio de Quien Dios hizo el universo. Era la misma refulgencia de la gloria de Dios; era la expresión exacta de la misma esencia de Dios; llevó adelante todas las cosas con Su poderosa Palabra y, después de haber hecho purificación por los pecados humanos, asumió el trono real a la diestra de la Gloria en las alturas.

Este es el pasaje escrito en el más sonoro griego de todo el Nuevo Testamento, que habría sido el orgullo de cualquier orador griego clásico. El autor de Hebreos aporta todos los recursos de palabra y de ritmo que podía contribuir la bella y flexible lengua griega. Las dos expresiones que hemos traducido por en muchas ocasiones y de muchas maneras están formados por una sola palabra cada una: polyméros y polytropós. Poly- en tales combinaciones quiere decir muchoslas, y los grandes oradores griegos, como Demóstenes, el más grande de todos, solían entretejer tales palabras sonoras en el primer párrafo de sus discursos. El autor de Hebreos creía que, como iba a hablar de la suprema revelación de Dios a la humanidad, debía vestir sus pensamientos en el lenguaje más noble que pudiera encontrar.

Aquí hay algo que nos llama la atención. El que escribió esta carta debe de haber recibido una preparación en oratoria griega. Cuando se convirtió a Cristo, no se deshizo de su preparación, sino usó en el servicio de Jesucristo el talento que tenía. Es muy conocida la encantadora leyenda francesa del Juglar de la Virgen. Estaba en un convento, y uno de los monjes le vio entrar en la cripta y ponerse a ofrecerle a la Virgen todas sus mejores gracias y acrobacias, hasta quedar agotado. Y entonces el oculto espectador vio que la imagen de la Virgen cobraba vida, se bajaba de su pedestal y se ponía a enjugar cariñosamente el sudor de la frente de su devoto que le había ofrecido lo mejor, tal vez lo único que sabía hacer. Cuando una persona se hace cristiana, no se le pide que abandone todos los talentos que tenía antes, sino que los use en el servicio de Jesucristo y de Su causa.

La idea básica de esta carta es que sólo Jesucristo trae a los hombres la revelación completa de Dios, y que sólo Él nos capacita para entrar a la misma presencia de Dios. El autor empieza contrastando a Jesús con los profetas de tiempo antiguo. Dice que Él vino al final de estos días que estamos viviendo. Los judíos dividían todo el tiempo en dos edades: la presente, y la por venir. Entre ambas colocaban el Día del Señor. La edad presente era totalmente mala; la edad por venir iba a ser la edad de oro de Dios. El Día del Señor sería como los dolores de alumbramiento de la nueva era. Así es que el autor de Hebreos dice: «El tiempo antiguo está pasando; la era de lo fragmentario ha terminado; ha llegado a su final el tiempo del suponer y del andar a tientas; la nueva era, la edad de oro de Dios ha amanecido con Jesucristo.» Ve entrar el mundo y el pensamiento de los hombres, como si dijéramos, en un nuevo principio con Cristo. Con Jesús, Dios ha entrado en la humanidad, la eternidad ha invadido el tiempo y nada puede ser ya como era antes.

Contrasta a Jesús con los profetas, que se creía que estaban en los consejos secretos de Dios. Hacía mucho, Amós había dicho: «El Señor Dios no hace nada sin antes revelarle Su plan a Sus siervos los profetas» (Amós 3: 7). Filón había dicho: « El profeta es el intérprete del Dios Que habla en lo interior.» Y también: «Los profetas son los intérpretes de Dios, Que los usa como instrumentos para revelar a la humanidad Su voluntad.»

En años posteriores esta doctrina se había mecanizado totalmente. Atenágoras decía que Dios movía las bocas de los profetas como un músico que toca un instrumento, y que al inspirarlos con su Espíritu era como un flautista tocando la flauta. Justino Mártir decía que lo divino que descendía del Cielo y pasaba por los profetas era como el plectro que se mueve por el arpa o el laúd. Se acabó por decir que los profetas no tenían más que ver con el mensaje que un instrumento con la música que se tocaba en él, o una pluma con el mensaje que se escribía con ella. Eso era mecanizar excesivamente la cosa; porque hasta el más excelente músico está hasta cierto punto a merced de su instrumento, y no puede producir buena música en un piano desafinado o al que le faltan notas, lo mismo que el que escribe está a merced del utensilio del que se vale para escribir… y no se diga si es un P.C. Dios no puede revelar más de lo que la humanidad puede comprender. Su revelación tiene que pasar por las mentes y los corazones de las personas. Eso es exactamente lo que vio y dijo el autor de Hebreos.

Dice que la revelación de Dios la transmitieron los profetas en muchas ocasiones (polymerós) y de muchas maneras (polytropós). Aquí hay dos ideas.

(i) La revelación de los profetas tenía una grandeza multiforme que la hacía algo tremendo. De edad en edad habían hablado, siempre en sazón, nunca como algo extemporáneo. Al mismo tiempo, esa revelación era fragmentaria, y había que presentarla de tal manera que se pudiera entender en las limitaciones de cada tiempo. Es algo sumamente interesante el ver cómo una y otra vez los profetas se caracterizan por una idea. Por ejemplo, Amós es una llamada a la justicia social. Isaías había captado la santidad de Dios. Oseas, partiendo de su propia amarga experiencia familiar, había comprendido la maravilla del amor perdonador de Dios. Cada profeta, de su propia experiencia de la vida y de su experiencia de Israel, había captado y expresado un fragmento de la verdad de Dios. Ninguno había abarcado la totalidad del orbe de la verdad. Pero en el caso de Jesús era diferente: Él no era un fragmento de la verdad, ni siquiera el más nuevo, sino la Verdad total. En Él Dios mostraba, no algún aspecto de Su carácter, sino la totalidad de Su Ser.

(ii) Los profetas usaron muchos métodos. Usaban la palabra; y, cuando este método fallaba, usaban la acción dramática (Cp.1 Reyes 11:29-32; Jeremías 13:1-9; 27:1-7; Ezequiel 4:13; 5:1-4). El profeta tenía que usar métodos humanos para transmitir su parte de la Verdad de Dios. Y de nuevo notamos que con Jesús era diferente: revelaba a Dios siendo Él mismo. No era tanto por lo que Jesús decía o hacía como nos mostraba a Dios, sino por cómo era Él, Jesús mismo.

La revelación de los profetas era grande y multiforme, pero era fragmentaria, y presentada por los métodos que los profetas tenían a su disposición y podían usar efectivamente. La revelación de Dios en Jesús es completa, y presentada en el mismo Jesús. En una palabra: los profetas eran amigos de Dios; pero Jesús era otra cosa: era Su Hijo. Los profetas captaron una parte de la mente de Dios; pero Jesús era esa Mente. Hay que advertir que el autor de Hebreos no tenía la más mínima intención de quitar importancia a los profetas; lo que sí quería era presentar la supremacía de Jesucristo. No está diciendo que hay una solución de continuidad entre la revelación del Antiguo Testamento y la dei Nuevo Testamento; está subrayando el hecho de que hay continuidad, pero es la continuidad que conduce a la consumación.

El autor de Hebreos usa dos grandes figuras para describir cómo era Jesús. Dice que era el apáygasma de la gloria de Dios. Apáygasma puede querer decir una de dos cosas en griego. Puede querer decir la refulgencia, la luz que se irradia, como la del Sol; o puede querer decir el reflejo, la luz que se refleja, como la de la Luna. Aquí probablemente quiere decir lo primero, refulgencia. Jesús es el resplandor de la gloria de Dios entre los hombres.

Dice que Jesús era el jaraktér de la misma esencia de Dios. En griego, jaraktér quiere decir dos cosas: la primera, un sello; y la segunda, la impresión que se hace con el sello en la cera, el lacre o el papel. La impresión es la reproducción exacta del sello; así es que, cuando el autor de Hebreos dice que Jesús es el jaraktér de la misma esencia de Dios, quiere decir que es la perfecta imagen de Dios. Exactamente como cuando miramos a la impresión sabemos con toda seguridad cómo era el sello con el que se hizo, así cuando miramos a Jesús sabemos exactamente cómo es Dios. C. J. Vaughan ha señalado seis grandes cosas que nos dice este pasaje sobre Jesús.

(i) La gloria original de Dios Le pertenece. Aquí nos encontramos con una idea maravillosa: Jesús es la gloria de Dios; por tanto, vemos con sorprendente claridad que la gloria de Dios no consiste en aplastar a los seres humanos o en reducirlos a una esclavitud envilecedora, sino en servirlos y amarlos y, por último, morir por ellos. No es la gloria de un poder que aniquila todo lo que se le opone, sino la de un amor que comparte el sufrimiento y que redime.

(ii) El imperio programado Le pertenece a Jesús. Los escritores del Nuevo Testamento nunca pusieron en duda Su triunfo final. Tenedlo presente: estaban pensando en el Carpintero de Nazaret que fue ajusticiado como criminal en una cruz a las afueras de Jerusalén. Ellos mismos también arrostraban una persecución salvaje y eran gente de lo más humilde. Como Sir William Watson dijo de ellos, Así fue sacrificado al lobo furioso del Odio el rebañito jadeante y acurrucado cuyo crimen era Cristo. Y sin embargo, nunca pusieron en duda la victoria final. Estaban seguros de que el amor de Dios estaba respaldado por Su poder, y al final todos los reinos del mundo serán los reinos del Señor y de Su Cristo.

(iii) La acción creadora Le pertenece a Jesús. La Iglesia Primitiva mantenía que el Hijo había sido el Agente de Dios en la Creación, que Dios había creado el mundo originalmente por medio de Él. Estaban seguros de que el Que había creado el mundo era el mismo Que lo había redimido.

(iv) El poder sustentador Le pertenece a Jesús. Aquellos cristianos originales se aferraban valerosamente a la doctrina de la Providencia. No creían que Dios se había limitado a crear el mundo para abandonarlo después. Veían en todo el Poder que sostenía al mundo y a cada vida hasta el fin señalado. Creían « que nada marcha a la deriva; ninguna vida se perderá ni se tirará como basura al vacío cuando Dios haya completado Su montón.»

(v) A Jesús Le pertenece la obra redentora. Él ha pagado el precio del pecado con Su Sacrificio; con Su continua presencia libra del pecado.

(vi) A Jesús Le pertenece la exaltación mediadora. Ha ocupado el lugar que Le corresponde a la diestra de la Gloria; pero la idea maravillosa del autor de Hebreos es que, cuando entremos a la presencia de Dios, veremos que Jesús no estará allí como fiscal para formular la acusación; sino como Abogado, intercediendo por nosotros con amor entrañable.

Por encima de los ángeles

Era superior a los ángeles por cuanto había recibido una dignidad muy superior a la de ellos. Porque, ¿a qué ángel había dicho Dios nunca: «Mi Hijo es lo que Tú
eres; soy Yo Quien hoy te imparto Mi propia vida.» Y otra vez: « Yo seré para Él un Padre, y El será para mí un Hijo.» Y de nuevo, cuando introduce a Su Elegido en el mundo de los hombres, dice: «¡Que le rindan pleitesía todos los ángeles de Dios!» En cuanto a los ángeles, dice: «Él hace a los vientos Sus mensajeros, y a las llamas de fuego Sus servidoras.» Pero refiriéndose al Hijo, dice: «Dios es Tu trono para siempre jamás, y cetro de integridad es el cetro de Tu Reino. Por cuanto has amado la justicia y aborrecido la iniquidad Dios Te ha ungido; sí, Tu Dios, con óleo de exaltación por encima de tus compañeros.» Y también dice del Hijo: «En el principio Tú, oh Señor, echaste los cimientos de la Tierra, y los cielos son obra de Tus manos. Ellos perecerán, pero Tú permaneces inalterable. Todos ellos se pondrán viejos como la ropa, y como se hace con un manto los doblarás y cambiarás. Pero Tú eres siempre Tú mismo, y Tus años no se agotarán.» ¿A cuál de los ángeles dijo Dios nunca: «Siéntate a Mi diestra hasta que Te ponga a Tus enemigos por estrado»? ¿No es verdad que no son más que ministros espirituales a los que Dios manda constantemente en misiones al servicio de los que están destinados a entrar en posesión de la Salvación?»

En el pasaje anterior, el autor se ocupaba de demostrar la superioridad de Jesús sobre los profetas. Ahora se propone demostrar Su superioridad sobre los ángeles. El que considere que vale la pena hacerlo demuestra la importancia que tenían los ángeles en el pensamiento judío de-aquel tiempo. Entonces estaban en ascendente. La razón era que cada vez causaba más impresión lo que se llama la trascendencia de Dios. Se sentía cada vez más la distancia y la diferencia infinita que hay entre Dios y el hombre. El resultado era que se consideraba a los ángeles como mediadores entre Dios y los hombres. Se llegó a creer que los ángeles salvaban la sima que existía entre Dios y los hombres; que Dios hablaba a los hombres por medio de los ángeles, y los ángeles llevaban las oraciones de los hombres a la presencia de Dios. Este proceso queda claro en un ejemplo: En el Antiguo Testamento leemos que Dios dio la Ley directamente a Moisés sin necesidad de ningún intermediario. Pero en los tiempos del Nuevo Testamento los judíos creían que Dios había dado la Ley en primer lugar a los ángeles para que se la pasaran a Moisés, y esto porque se consideraba inconcebible que existiera una comunicación directa entre Dios y un hombre (Cp. Hechos 7:53, y Gálatas 3:19).

Si consideramos algunas de las ideas básicas de los judíos acerca de los ángeles veremos que reaparecen en este pasaje. Dios vivía rodeado de huestes celestiales (Isaías 6; 1 Reyes 22:19). Algunas veces se toman los ángeles como el ejército de Dios (Josué 5:14s). La palabra griega para ángeles es ángueloi, y en hebreo mal›akim. En las dos lenguas estas palabras quieren decir mensajeros además de ángeles, y de hecho se usan más corrientemente con ese sentido. Se creía que los ángeles eran realmente los instrumentos que Dios usaba para enviar Su palabra y hacer Su voluntad en el mundo de los seres humanos. Se decía que estaban hechos de una sustancia etérea semejante al fuego, como la luz. Fueron creados o el segundo o el quinto día de la Creación. No comían ni bebían ni tenían hijos. A veces se creía que eran inmortales, aunque, por supuesto, Dios los podía aniquilar; pero había otra creencia acerca de su existencia que ahora veremos. Algunos de ellos, los serafim, los kerubim y los ofanim (-im es la terminación de plural de los nombres masculinos en hebreo) estaban siempre alrededor del trono de Dios. Se creía que tenían más conocimiento que los hombres, especialmente acerca del futuro; pero no por sí mismos, sino porque oían cosas a veces «detrás del velo.» Se los consideraba como una especie de séquito, o como la familia de Dios. También se los consideraba a veces como una especie de senado celestial; Dios no hacía nada sin consultárselo. Por ejemplo, cuando Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen…» (Génesis 1:26) estaba hablando con Su senado angélico. A veces los ángeles protestaban o hacían objeciones a los planes de Dios. En particular, objetaron a la creación del género humano, por lo que fueron aniquiladas muchas de sus tropas; y también objetaron a que se les diera la Ley a los hombres, y hasta atacaron a Moisés cuando subía al monte Sinaí. Esto fue porque se pusieron celosos, y no querían compartir ninguna de sus prerrogativas con otra criatura. Había millones y millones de ángeles. Los nombres de algunos de ellos no aparecen hasta épocas posteriores. Estaban, en particular, los siete «ángeles de la presencia», que eran los arcángeles, los principales de los cuales eran Rafael, Uriel, Fanuel, Gabriel -que era el que traía los mensajes de Dios a los humanos- y Miguel -el ángel encargado de los asuntos del pueblo de Israel. Los ángeles tenían muchas obligaciones. Traían los mensajes de Dios a los hombres, y después desaparecían (Jueces 13:20). Intervenían por orden de Dios en los acontecimientos de la Historia (2 Reyes 19:35s). Había doscientos ángeles que controlaban los movimientos de las estrellas y las mantenían en sus cursos. Había un ángel encargado de la sucesión de los años, los meses y los días. Había un ángel, un poderoso príncipe, que estaba al cuidado del mar. Había ángeles de la escarcha, del rocío, de la lluvia, de la nieve, del granizo, del rayo y del trueno. Había ángeles que eran conserjes del infierno y de las torturas de los condenados. Había ángeles secretarios que escribían todas las palabras que decían los hombres. Había ángeles destructivos y castigadores. Estaba Satán, que era el ángel fiscal, que todos los días menos el Día de la Expiación Le presentaba las acusaciones a Dios. Estaba el ángel de la muerte, que sólo salía cuando Dios se lo mandaba y que llevaba la cita a buenos y malos igualmente. Cada nación tenía su ángel de la guarda que tenía la prostasía, la presidencia, sobre ella. Cada individuo tenía su ángel de la guarda. Los niños también tenían sus ángeles (Mateo 18:10). Había tantos ángeles que los rabinos decían que cada hojita de hierba tenía el suyo.

Había una creencia especial que sólo tenían algunos, a la que tal vez se hace referencia indirectamente en el pasaje que estamos estudiando. La creencia general era que los ángeles eran inmortales; pero algunas personas creían que los ángeles no vivían nada más que un día. En algunas escuelas rabínicas se enseñaba que « Dios crea todos los días una nueva compañía de ángeles que cantan una canción delante de Él y dejan de ser.» « Los ángeles se renuevan cada mañana, y cuando han alabado a Dios vuelven a la corriente de fuego de donde salieron.» Esdras 8:21 habla de Dios «ante Quien el ejército del Cielo permanece en terror y a Cuya palabra se convierten en viento y en fuego.» Una homilía rabínica hace decir a uno de los ángeles: «Dios nos cambia cada hora… Unas veces nos hace fuego, y otras veces viento.» Tal vez era eso lo que quería decir el autor de Hebreos cuando menciona que Dios hace a Sus ángeles viento y fuego, aunque preferimos la traducción que hemos propuesto, de acuerdo con el Salmo 104, el salmo de la obra de Dios en la naturaleza.

Con una angelología tan amplia podría haber peligro de que los ángeles se convirtieran, en el pensamiento de algunos, en intermediarios entre Dios y los hombres. Era necesario mostrar que el Hijo estaba incalculablemente por encima de los ángeles.

El autor de Hebreos lo hace citando lo que considera que son textos prueba en los que se da al Hijo una posición muy superior a la de los ángeles. Los textos que cita son: Salmo 2: 7; 2 Samuel 7:14; Salmo 97:7, o Deuteronomio 32:43; Salmo 104:4; Salmo 45: 7s; Salmo 102:26s; Salmo 110:1. Algunos de estos textos difieren de las versiones que conocemos porque el autor de Hebreos los citaba de la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, que no siempre coincide exactamente con el origunal hebreo del que son traducción las nuestras. Algunos de los textos de cita nos sorprenden. Por ejemplo: 2 Samuel 7:14 en el original es sencillamente una referencia a Salomón y no se refiere al Hijo o Mesías. El Salmo 102:26s se refiere a Dios y no al Hijo. Pero es que siempre que los primeros cristianos encontraban un texto con la palabra hijo o con la palabra Señor, consideraban que se refería a Jesús.

Había un peligro que el autor de Hebreos quería evitar a toda costa. La doctrina de los ángeles es algo muy hermoso, pero tiene un peligro. Introduce a una serie de seres aparte de Jesús por medio de los cuales se supone que el hombre se puede acercar a Dios. El autor de Hebreos deja bien clara la gran verdad de que no necesitamos a ningún ser espiritual para que nos introduzca: Jesucristo ha derribado todas las barreras y abierto un camino directo a la presencia de Dios.

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