El autor de Hebreos usa dos grandes figuras para describir cómo era Jesús. Dice que era el apáygasma de la gloria de Dios. Apáygasma puede querer decir una de dos cosas en griego. Puede querer decir la refulgencia, la luz que se irradia, como la del Sol; o puede querer decir el reflejo, la luz que se refleja, como la de la Luna. Aquí probablemente quiere decir lo primero, refulgencia. Jesús es el resplandor de la gloria de Dios entre los hombres.
Dice que Jesús era el jaraktér de la misma esencia de Dios. En griego, jaraktér quiere decir dos cosas: la primera, un sello; y la segunda, la impresión que se hace con el sello en la cera, el lacre o el papel. La impresión es la reproducción exacta del sello; así es que, cuando el autor de Hebreos dice que Jesús es el jaraktér de la misma esencia de Dios, quiere decir que es la perfecta imagen de Dios. Exactamente como cuando miramos a la impresión sabemos con toda seguridad cómo era el sello con el que se hizo, así cuando miramos a Jesús sabemos exactamente cómo es Dios. C. J. Vaughan ha señalado seis grandes cosas que nos dice este pasaje sobre Jesús.
(i) La gloria original de Dios Le pertenece. Aquí nos encontramos con una idea maravillosa: Jesús es la gloria de Dios; por tanto, vemos con sorprendente claridad que la gloria de Dios no consiste en aplastar a los seres humanos o en reducirlos a una esclavitud envilecedora, sino en servirlos y amarlos y, por último, morir por ellos. No es la gloria de un poder que aniquila todo lo que se le opone, sino la de un amor que comparte el sufrimiento y que redime.
(ii) El imperio programado Le pertenece a Jesús. Los escritores del Nuevo Testamento nunca pusieron en duda Su triunfo final. Tenedlo presente: estaban pensando en el Carpintero de Nazaret que fue ajusticiado como criminal en una cruz a las afueras de Jerusalén. Ellos mismos también arrostraban una persecución salvaje y eran gente de lo más humilde. Como Sir William Watson dijo de ellos, Así fue sacrificado al lobo furioso del Odio el rebañito jadeante y acurrucado cuyo crimen era Cristo. Y sin embargo, nunca pusieron en duda la victoria final. Estaban seguros de que el amor de Dios estaba respaldado por Su poder, y al final todos los reinos del mundo serán los reinos del Señor y de Su Cristo.
(iii) La acción creadora Le pertenece a Jesús. La Iglesia Primitiva mantenía que el Hijo había sido el Agente de Dios en la Creación, que Dios había creado el mundo originalmente por medio de Él. Estaban seguros de que el Que había creado el mundo era el mismo Que lo había redimido.
(iv) El poder sustentador Le pertenece a Jesús. Aquellos cristianos originales se aferraban valerosamente a la doctrina de la Providencia. No creían que Dios se había limitado a crear el mundo para abandonarlo después. Veían en todo el Poder que sostenía al mundo y a cada vida hasta el fin señalado. Creían « que nada marcha a la deriva; ninguna vida se perderá ni se tirará como basura al vacío cuando Dios haya completado Su montón.»
(v) A Jesús Le pertenece la obra redentora. Él ha pagado el precio del pecado con Su Sacrificio; con Su continua presencia libra del pecado.
(vi) A Jesús Le pertenece la exaltación mediadora. Ha ocupado el lugar que Le corresponde a la diestra de la Gloria; pero la idea maravillosa del autor de Hebreos es que, cuando entremos a la presencia de Dios, veremos que Jesús no estará allí como fiscal para formular la acusación; sino como Abogado, intercediendo por nosotros con amor entrañable.
Por encima de los ángeles
Era superior a los ángeles por cuanto había recibido una dignidad muy superior a la de ellos. Porque, ¿a qué ángel había dicho Dios nunca: «Mi Hijo es lo que Tú
eres; soy Yo Quien hoy te imparto Mi propia vida.» Y otra vez: « Yo seré para Él un Padre, y El será para mí un Hijo.» Y de nuevo, cuando introduce a Su Elegido en el mundo de los hombres, dice: «¡Que le rindan pleitesía todos los ángeles de Dios!» En cuanto a los ángeles, dice: «Él hace a los vientos Sus mensajeros, y a las llamas de fuego Sus servidoras.» Pero refiriéndose al Hijo, dice: «Dios es Tu trono para siempre jamás, y cetro de integridad es el cetro de Tu Reino. Por cuanto has amado la justicia y aborrecido la iniquidad Dios Te ha ungido; sí, Tu Dios, con óleo de exaltación por encima de tus compañeros.» Y también dice del Hijo: «En el principio Tú, oh Señor, echaste los cimientos de la Tierra, y los cielos son obra de Tus manos. Ellos perecerán, pero Tú permaneces inalterable. Todos ellos se pondrán viejos como la ropa, y como se hace con un manto los doblarás y cambiarás. Pero Tú eres siempre Tú mismo, y Tus años no se agotarán.» ¿A cuál de los ángeles dijo Dios nunca: «Siéntate a Mi diestra hasta que Te ponga a Tus enemigos por estrado»? ¿No es verdad que no son más que ministros espirituales a los que Dios manda constantemente en misiones al servicio de los que están destinados a entrar en posesión de la Salvación?»
En el pasaje anterior, el autor se ocupaba de demostrar la superioridad de Jesús sobre los profetas. Ahora se propone demostrar Su superioridad sobre los ángeles. El que considere que vale la pena hacerlo demuestra la importancia que tenían los ángeles en el pensamiento judío de-aquel tiempo. Entonces estaban en ascendente. La razón era que cada vez causaba más impresión lo que se llama la trascendencia de Dios. Se sentía cada vez más la distancia y la diferencia infinita que hay entre Dios y el hombre. El resultado era que se consideraba a los ángeles como mediadores entre Dios y los hombres. Se llegó a creer que los ángeles salvaban la sima que existía entre Dios y los hombres; que Dios hablaba a los hombres por medio de los ángeles, y los ángeles llevaban las oraciones de los hombres a la presencia de Dios. Este proceso queda claro en un ejemplo: En el Antiguo Testamento leemos que Dios dio la Ley directamente a Moisés sin necesidad de ningún intermediario. Pero en los tiempos del Nuevo Testamento los judíos creían que Dios había dado la Ley en primer lugar a los ángeles para que se la pasaran a Moisés, y esto porque se consideraba inconcebible que existiera una comunicación directa entre Dios y un hombre (Cp. Hechos 7:53, y Gálatas 3:19).
