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Hebreos 1: El fin de lo fragmentario

Si consideramos algunas de las ideas básicas de los judíos acerca de los ángeles veremos que reaparecen en este pasaje. Dios vivía rodeado de huestes celestiales (Isaías 6; 1 Reyes 22:19). Algunas veces se toman los ángeles como el ejército de Dios (Josué 5:14s). La palabra griega para ángeles es ángueloi, y en hebreo mal›akim. En las dos lenguas estas palabras quieren decir mensajeros además de ángeles, y de hecho se usan más corrientemente con ese sentido. Se creía que los ángeles eran realmente los instrumentos que Dios usaba para enviar Su palabra y hacer Su voluntad en el mundo de los seres humanos. Se decía que estaban hechos de una sustancia etérea semejante al fuego, como la luz. Fueron creados o el segundo o el quinto día de la Creación. No comían ni bebían ni tenían hijos. A veces se creía que eran inmortales, aunque, por supuesto, Dios los podía aniquilar; pero había otra creencia acerca de su existencia que ahora veremos. Algunos de ellos, los serafim, los kerubim y los ofanim (-im es la terminación de plural de los nombres masculinos en hebreo) estaban siempre alrededor del trono de Dios. Se creía que tenían más conocimiento que los hombres, especialmente acerca del futuro; pero no por sí mismos, sino porque oían cosas a veces «detrás del velo.» Se los consideraba como una especie de séquito, o como la familia de Dios. También se los consideraba a veces como una especie de senado celestial; Dios no hacía nada sin consultárselo. Por ejemplo, cuando Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen…» (Génesis 1:26) estaba hablando con Su senado angélico. A veces los ángeles protestaban o hacían objeciones a los planes de Dios. En particular, objetaron a la creación del género humano, por lo que fueron aniquiladas muchas de sus tropas; y también objetaron a que se les diera la Ley a los hombres, y hasta atacaron a Moisés cuando subía al monte Sinaí. Esto fue porque se pusieron celosos, y no querían compartir ninguna de sus prerrogativas con otra criatura. Había millones y millones de ángeles. Los nombres de algunos de ellos no aparecen hasta épocas posteriores. Estaban, en particular, los siete «ángeles de la presencia», que eran los arcángeles, los principales de los cuales eran Rafael, Uriel, Fanuel, Gabriel -que era el que traía los mensajes de Dios a los humanos- y Miguel -el ángel encargado de los asuntos del pueblo de Israel. Los ángeles tenían muchas obligaciones. Traían los mensajes de Dios a los hombres, y después desaparecían (Jueces 13:20). Intervenían por orden de Dios en los acontecimientos de la Historia (2 Reyes 19:35s). Había doscientos ángeles que controlaban los movimientos de las estrellas y las mantenían en sus cursos. Había un ángel encargado de la sucesión de los años, los meses y los días. Había un ángel, un poderoso príncipe, que estaba al cuidado del mar. Había ángeles de la escarcha, del rocío, de la lluvia, de la nieve, del granizo, del rayo y del trueno. Había ángeles que eran conserjes del infierno y de las torturas de los condenados. Había ángeles secretarios que escribían todas las palabras que decían los hombres. Había ángeles destructivos y castigadores. Estaba Satán, que era el ángel fiscal, que todos los días menos el Día de la Expiación Le presentaba las acusaciones a Dios. Estaba el ángel de la muerte, que sólo salía cuando Dios se lo mandaba y que llevaba la cita a buenos y malos igualmente. Cada nación tenía su ángel de la guarda que tenía la prostasía, la presidencia, sobre ella. Cada individuo tenía su ángel de la guarda. Los niños también tenían sus ángeles (Mateo 18:10). Había tantos ángeles que los rabinos decían que cada hojita de hierba tenía el suyo.

Había una creencia especial que sólo tenían algunos, a la que tal vez se hace referencia indirectamente en el pasaje que estamos estudiando. La creencia general era que los ángeles eran inmortales; pero algunas personas creían que los ángeles no vivían nada más que un día. En algunas escuelas rabínicas se enseñaba que « Dios crea todos los días una nueva compañía de ángeles que cantan una canción delante de Él y dejan de ser.» « Los ángeles se renuevan cada mañana, y cuando han alabado a Dios vuelven a la corriente de fuego de donde salieron.» Esdras 8:21 habla de Dios «ante Quien el ejército del Cielo permanece en terror y a Cuya palabra se convierten en viento y en fuego.» Una homilía rabínica hace decir a uno de los ángeles: «Dios nos cambia cada hora… Unas veces nos hace fuego, y otras veces viento.» Tal vez era eso lo que quería decir el autor de Hebreos cuando menciona que Dios hace a Sus ángeles viento y fuego, aunque preferimos la traducción que hemos propuesto, de acuerdo con el Salmo 104, el salmo de la obra de Dios en la naturaleza.

Con una angelología tan amplia podría haber peligro de que los ángeles se convirtieran, en el pensamiento de algunos, en intermediarios entre Dios y los hombres. Era necesario mostrar que el Hijo estaba incalculablemente por encima de los ángeles.

El autor de Hebreos lo hace citando lo que considera que son textos prueba en los que se da al Hijo una posición muy superior a la de los ángeles. Los textos que cita son: Salmo 2: 7; 2 Samuel 7:14; Salmo 97:7, o Deuteronomio 32:43; Salmo 104:4; Salmo 45: 7s; Salmo 102:26s; Salmo 110:1. Algunos de estos textos difieren de las versiones que conocemos porque el autor de Hebreos los citaba de la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, que no siempre coincide exactamente con el origunal hebreo del que son traducción las nuestras. Algunos de los textos de cita nos sorprenden. Por ejemplo: 2 Samuel 7:14 en el original es sencillamente una referencia a Salomón y no se refiere al Hijo o Mesías. El Salmo 102:26s se refiere a Dios y no al Hijo. Pero es que siempre que los primeros cristianos encontraban un texto con la palabra hijo o con la palabra Señor, consideraban que se refería a Jesús.

Había un peligro que el autor de Hebreos quería evitar a toda costa. La doctrina de los ángeles es algo muy hermoso, pero tiene un peligro. Introduce a una serie de seres aparte de Jesús por medio de los cuales se supone que el hombre se puede acercar a Dios. El autor de Hebreos deja bien clara la gran verdad de que no necesitamos a ningún ser espiritual para que nos introduzca: Jesucristo ha derribado todas las barreras y abierto un camino directo a la presencia de Dios.

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