Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros para ser sanados. La oración fervorosa del justo tiene mucho poder. El profeta Elías era un hombre como nosotros, y cuando oró con fervor pidiendo que no lloviera, dejó de llover sobre la tierra durante tres años y medio. Después, cuando oró otra vez, volvió a llover, y la tierra dio su cosecha.
En este pasaje hay tres ideas básicas de la religión judía.
(i) La de que toda enfermedad es consecuencia de pecado. Era una creencia firmemente arraigada en el judaísmo que, donde había enfermedad y sufrimiento, tenía que haber habido pecado. «No hay muerte sin culpa -decían los rabinos-, ni sufrimiento sin pecado.» Los rabinos por tanto creían que, antes de que un enfermo se pusiera bien, Dios tenía que perdonarle sus pecados. Rabí Alexandrai decía: «Nadie se cura de su enfermedad hasta que Dios le perdona todos sus pecados.» Por eso Jesús inició la curación del paralítico diciéndole: «Hijo mío, tus pecados te son perdonados» (Marcos 2:5). Los judíos relacionaban siempre el sufrimiento con el pecado. Ahora no los relacionamos tan mecánicamente; pero sigue siendo verdad que no se puede recibir la sanidad completa del alma, de la mente o del cuerpo, hasta que uno se encuentra en paz con Dios.
(ii) Se tiene la idea de que, para ser eficaz, la confesión de pecados se ha de hacer a hombres, y especialmente a la persona que se ha ofendido, además de a Dios. Realmente, es mucho más fácil confesarle los pecados a Dios que a las personas; pero en cuanto al pecado, hay que deshacer dos barreras: la que se ha establecido entre nosotros y Dios, y la que hay entre nosotros y nuestros semejantes. Si se han de quitar ambas, deberá hacerse una doble confesión. Esta era, de hecho, la costumbre de la iglesia morava, que Wesley adoptó en las primeras clases metodistas. Se solían reunir dos o tres veces a la semana «para confesarse sus faltas unos a otros y orar los unos por los otros para ser sanados.» Está claro que este es un principio que hay que usar con sabiduría. Es totalmente cierto que puede haber casos en los que la confesión de pecados de unos a otros es más perjudicial que beneficiosa; pero, cuando se ha erigido una muralla con un mal que se ha cometido, uno tiene que ponerse en paz con Dios y con su semejante al que ha ofendido.
(iii) Sobre todo, se tiene la idea de que el poder de la oración es ilimitado. Los judíos tenían el refrán de que el que practica la oración rodea su casa con una muralla más fuerte que el hierro. Decían: «La penitencia puede hacer algo; pero la oración lo puede hacer todo.» Para ellos, la oración era ponerse en contacto con el poder de Dios; era el canal por el que fluyen hacia nosotros la fuerza y la gracia para remediar todos los problemas de la vida. ¡Cuánto más debe esto ser verdad para un cristiano! ¡Oh, qué Amigo nos es Cristo! Él llevó nuestro dolor, y nos manda que llevemos todo a Dios en oración. ¿Vive el hombre desprovisto de paz, gozo y santo amor? Esto es porque no llevamos todo a Dios en oración. Como creían los judíos, y sin duda es verdad, para curar los males de la vida tenemos que estar en paz con Dios y con nuestros semejantes, y tenemos que aplicar a las personas y a las situaciones mediante la oración el poder y la misericordia de Dios.
Antes de dar por terminado este pasaje debemos tomar nota de un hecho técnico interesante. Cita a Elías como ejemplo del poder de la oración. Aquí tenemos un ejemplo excelente de cómo desarrollaba la exégesis rabínica el sentido de la Escritura. Encontramos la historia completa en 1 Reyes 17 y 18. Los tres años y medio -un tiempo que se cita también en Lucas 4:25- se deducen de 1 Reyes 18:1. Además, al relato del Antiguo Testamento no dice que la sequía o su terminación fueran debidas a la oración de Elías; él fue, sencillamente, el profeta que anunció su principio y su fin. Pero los rabinos estudiaban la Escritura con lupa. En 1 Reyes 17. -1 leemos: «¡Vive el Señor, Dios de Israel, en Cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra!» Ahora bien: lo que los judíos entendían por oración era estar en la presencia de Dios; así que en esta frase encontraron los rabinos lo que era para ellos una indicación de que la sequía había sido el resultado de las oraciones de Elías. En 1 Reyes 18:42 leemos que Elías subió al monte Carmelo, y postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas. Aquí también descubrieron los rabinos la actitud de la oración angustiosa; y de ahí dedujeron que había sido la oración de Elías lo que había puesto fin a la sequía.
