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Santiago 5: Los ricos injustos, señal del fin

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Si alguno de ustedes está afligido, que ore. Si alguno está contento, que cante alabanzas. Si alguno está enfermo, que llame a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y en el nombre del Señor lo unjan con aceite. Y cuando oren con fe, el enfermo sanará, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados.
Aquí se nos presentan algunas características dominantes de la Iglesia Primitiva. Era una iglesia que cantaba; los cristianos originales siempre estaban listos para romper a cantar. En la descripción que nos hace Pablo de las reuniones de la iglesia de Corinto, encontramos que el canto era una parte integral (Corintios 14:15, 26). Cuando piensa en la gracia de Dios saliendo al encuentro de los gentiles, le recuerda el dicho jubiloso del salmista: «Te alabaré entre los gentiles, y cantaré a Tu nombre» (Romanos 15:9, cp. Salmo 18:49). Los cristianos se hablaban entre sí con salmos e himnos y canciones espirituales, cantando y tañendo en sus corazones al Señor (Efesios 5:19). La Palabra de Cristo moraba en ellos, y se enseñaban y exhortaban entre sí mediante salmos e himnos y canciones espirituales, cantando de gratitud en sus corazones al Señor (Colosenses 3:16). Tenían tal alegría en el corazón que se les salía por los labios en cánticos de alabanza por la misericordia y la gracia de Dios.

Es un hecho que el mundo pagano siempre ha estado lúgubre, cansado y atemorizado. En contraste con él, el acento del cristiano es la canción jubilosa. Eso fue lo que impresionó a Juan Bunyan cuando escuchó a las cuatro ancianas pobres que estaban hablando, sentadas al sol a la puerta de una casa: «Me parecía que hablaban como impulsadas por la alegría.» Cuando el mártir Bilney captó la maravilla de la gracia redentora, dijo: «Fue como si amaneciera de pronto en medio de una noche oscura.» Archibald Lang Fleming, el primer obispo del Ártico, cita el dicho de un cazador esquimal: «Antes de que usted viniera, el camino estaba oscuro y teníamos miedo. Ahora ya no lo tenemos, porque las tinieblas se han disipado y todo está luminoso yendo por el camino de Jesús.» La Iglesia ha sido siempre cantarina. Cuando Plinio, el gobernador de Bitinia, escribió al emperador Trajano el año 111 d. C. para informarle acerca de la nueva secta de los cristianos, le dijo: «Tienen costumbre de reunirse en días señalados antes que se haga de día, y cantar alternadamente un himno a Cristo como un Dios.» En la sinagoga ortodoxa judía, no hay música desde la caída de Jerusalén el año 70 d. C. ; porque, cuando hacen el culto, recuerdan una tragedia; pero en la Iglesia Cristiana, desde sus comienzos hasta ahora, no falta la música de alabanza, porque los cristianos recuerdan un amor infinito, y disfrutan una gloria presente.

Otra característica notable de la Iglesia Primitiva era que era una iglesia sanadora. En eso heredó la tradición del judaísmo: Cuando un judío estaba enfermo, iba al rabino antes que al médico; y el rabino le ungía con aceite, que el médico griego Galeno llamaba «la mejor de todas las medicinas», y oraba por él. Pocas comunidades habrá habido tan pendientes de sus enfermos como la Iglesia Primitiva. Justino Mártir escribía que los cristianos curaban a innumerables endemoniados que los otros exorcistas habían sido incapaces de curar y todos los tratamientos habían resultado ineficaces. Ireneo, escribiendo ya avanzado el segundo siglo, nos cuenta que los enfermos se curaban mediante la imposición de manos. Tertuliano, que escribe a mediados del siglo III, dice que nada menos que el emperador romano Alejandro Severo fue sanado mediante la unción que le administró un cristiano que se llamaba Torpacio, y que, por gratitud a éste, le tuvo de huésped en el palacio hasta el día de su muerte. Uno de los primeros libros de orden eclesiástico es el de los Cánones de Hipólito, que data de finales del siglo II o principios del III. Allí se establece que los que tengan el don de sanidad han de ordenarse como presbíteros o ancianos después de que se haga una investigación para asegurarse de que realmente poseen ese don y que procede de Dios. El mismo libro contiene una oración noble que se usaba en la consagración de los obispos locales, parte de la cual decía: «Concédele, oh Señor,… el poder para romper todas las cadenas del poder malo de los demonios, para sanar a todos los enfermos y para someter rápidamente a Satanás bajo sus pies.»

En las Cartas Clementinas se determinan los deberes de los diáconos, que incluyen la regla: «Que los diáconos de la Iglesia se muevan inteligentemente y actúen como ojos para el obispo… Que descubran a los que estén enfermos en la carne, y los traigan a la noticia del cuerpo principal que no los conozca, para que los visiten y suplan sus necesidades.» En la Primera Carta de Clemente, la oración de la iglesia es: «Sana a los enfermos; levanta a los débiles; anima a los desalentados.» Un código muy antiguo establece que cada congregación debe nombrar por lo menos a una viuda para que se cuide de las enfermas. La Iglesia usó la unción regularmente durante siglos como un medio para sanar a los enfermos. De hecho, es importante notar que el sacramento de la unción se aplicaba siempre en los primeros siglos para efectuar la curación, no como una preparación para la muerte como se practica ahora en la Iglesia Católica Romana. Fue en el año 852 d. C. cuando este sacramento se convirtió en el de la extremaunción, o viático, que tiene por objeto preparar al paciente para la muerte. La Iglesia se ha cuidado siempre de sus enfermos; y siempre ha tenido el don de sanidad. El evangelio social no es un apéndice del Cristianismo, sino parte integrante de la fe y práctica cristiana.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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