Así que en la Iglesia Primitiva no se ponía en duda el valor de Santiago; pero apareció tardíamente en todas las ramas de la Iglesia, y tuvo que pasar un tiempo en que se discutía su derecho a formar parte del Nuevo Testamento.
De hecho, la historia de Santiago tiene que verse todavía en relación con la Iglesia Católica Romana. En 1546, El Concilio de Trento estableció de una vez para siempre la composición de la biblia católica. Se dio una lista de libros a la que no se podía añadir ni sustraer ninguno, y que había que leer exclusivamente en la Vulgata. Los libros aparecían en dos categorías: los protocanónicos, es decir, los que se han aceptado incondicionalmente desde el principio; y los deuterocanónicos, es decir, los que gradualmente se ganaron la inclusión en la biblia católica. Aunque la Iglesia Católica Romana nunca tuvo dudas acerca de Santiago, sin embargo lo puso en la segunda categoría.
Lutero y Santiago
En nuestro tiempo es cierto que Santiago, por lo menos para la mayoría, no está entre los libros más importantes del Nuevo Testamento. Pocos le atribuirían la misma autoridad que a Juan, o Romanos, o Lucas, o Gálatas. Todavía hay muchos que tienen reservas en relación con Santiago. ¿Por qué? No puede tener nada que ver con las dudas de la Iglesia Primitiva, porque no son muchos los que conocen esas cuestiones históricas en las iglesias evangélicas modernas. La razón parece ser la siguiente: en la Iglesia Católica Romana, la posición de Santiago se zanjó definitivamente con el edicto del Concilio de Trento; pero en el Protestantismo su historia siguió siendo turbulenta, y hasta más que eso, porque Lutero lo atacó y lo habría excluido del Nuevo Testamento. En su edición del Nuevo Testamento en alemán, Lutero puso un índice en el que se asignaba un número a los libros principales. Al final de la lista estaban Santiago, Judas, Hebreos y Apocalipsis, sin número, por considerarlos secundarios.
Lutero fue especialmente severo con Santiago, y el juicio adverso de un gran hombre puede ser como colgarle al libro una piedra de molino de la que ya no se libre nunca. En el último párrafo de su Prefacio al Nuevo Testamento es donde se encuentra el famoso veredicto de Lutero sobre Santiago: En resumen: El evangelio y la primera epístola de san Juan, las epístolas de san Pablo, especialmente Romanos, Gálatas y Efesios, y la primera epístola de Pedro son los libros que os presentan a Cristo. Os enseñan todo lo que necesitáis saber para vuestra salvación, aunque no vierais u oyerais ningún otro libro o enseñanza. En comparación con estos, la epístola de Santiago es una epístola llena de paja, porque no contiene nada evangélico.
Más sobre este asunto en otros prefacios
Cumpliendo su palabra, Lutero desarrolló este veredicto en el Prefacio a las Epístolas de Santiago y san Judas. Empieza diciendo: «Tengo en alta estima la epístola de Santiago, y la considero muy valiosa, aunque fue rechazada en los primeros días. No desarrolla doctrinas humanas; sino hace mucho hincapié en la ley de Dios. Sin embargo, para dar mi parecer sin prejuicios contra lo que pueda opinar otro, yo no la considero apostólica.» Y a ,continuación pasa a dar sus razones para rechazarla.
La primera es que, en oposición a Pablo y al resto de la Biblia, Santiago atribuye la justificación a las obras, citando equivocadamente a Abraham como si hubiera sido justificado por medio de ellas. Esto ya prueba que la epístola no puede tener un origen apostólico.
La segunda es que ni una sola vez da a los cristianos ninguna instrucción ni hace ninguna referencia a la Pasión, Resurrección o Espíritu de Cristo. . No Le menciona más que dos veces. De ahí pasa Lutero a exponer su principio para probar la apostolicidad de un libro: «La verdadera piedra de toque para probar cualquier libro es descubrir si hace hincapié en la soberanía de Cristo o no. Lo que no enseña acerca de Cristo no es apostólico, aunque lo hayan escrito Pedro o Pablo. Por otra parte, lo que presenta a Cristo es apostólico, aunque lo haya dicho Judas, Anás, Pilato o Herodes.»
En ese examen Santiago no obtiene el aprobado; así es que Lutero prosigue: «La epístola de Santiago no hace más que guiarnos a la ley y a sus obras. Mezcla una cosa con otra hasta tal punto que me hace sospechar que algún hombre bueno y piadoso compiló unas cuantas cosas que dijeron los discípulos de los apóstoles, y las puso por escrito; o tal vez esta epístola la escribió con notas que había tomado de un sermón de Santiago. Llama a la ley «ley de la libertad» (Santiago 1:25; 2:12), aunque san Pablo la llama «ley de esclavitud, ira, muerte y pecado» (Gálatas 3: 23s; Romanos 4:15; 7:10).
Así es que Lutero llega a la siguiente conclusión: «En resumen: Santiago quiere hacer que se esté en guardia contra los que dependen de la fe sin pasar a las obras; pero no tiene ni el espíritu ni el pensamiento ni la elocuencia que requeriría tal empresa. Hace violencia a la Escritura, y así contradice a Pablo y toda la Escritura. Trata de conseguir haciendo hincapié en la ley lo que los apóstoles logran atrayendo a las personas al amor. Por tanto, no le concedo un puesto entre los escritores del verdadero canon de la Biblia; pero no me opongo a que otro lo coloque o eleva hasta donde guste, porque la epístola contiene muchos pasajes excelentes. Una persona aislada no cuenta ni siquiera a los ojos del mundo; ¿cómo va a contar este escritor único y aislado frente a Pablo y todo el resto de la Biblia?» .
Lutero no tiene compasión de Santiago; y puede que, cuando hayamos estudiado esta carta, pensemos que, por una vez, Lutero dejó que el prejuicio personal afectara el sano juicio.
Esta fue la historia turbulenta de Santiago. Ahora debemos tratar, de contestar las cuestiones que plantea en relación con el autor y la fecha.
La identidad de Santiago
El autor de esta carta no nos da prácticamente ninguna información acerca de sí mismo. Se llama a sí mismo sencillamente «Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo» Santiago 1:1. ¿Quién era? En el Nuevo Testamento parece que hay por lo menos cinco personas con ese nombre.
(i) Está el Santiago que era el padre del miembro de los Doce que se llamaba Judas, no el Iscariote (Lucas 6:16). De ese no sabemos más que el nombre, y no puede haber tenido ninguna relación con esta carta.
(ii) Está el Santiago hijo de Alfeo, que era uno de los doce (Mateo 10:3; Marcos 3:18, Lucas 6:15; Hechos 1:13). -La comparación de Mateo 9:9 con Marcos 2:14 nos lleva a la conclusión de que Mateo y Leví eran la misma persona. De Leví también leemos que era hijo de Alfeo, así es que Mateo y este Santiago deben de ser hermanos. Pero de Santiago hijo de Alfeo no sabemos nada más; así es que tampoco sería este el autor de nuestra carta.
