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Introducción a la Carta de Santiago

(i) Frecuentemente sostenían una conversación imaginaria con oponentes imaginarios, manteniendo lo que se llamada una especie de «diálogo trucado» . Santiago también usa ese método en 2:18s y 5:13s.

(ii) Solían efectuar la transición de una parte del sermón a otra mediante una pregunta que introducía un tema nuevo. También Santiago lo hace en 2:. 14 y 4:1.

(iii) Eran muy aficionados a los imperativos, con los que mandaban a sus oyentes que abandonaran sus errores e iniciaran la acción correcta. En los 108 versículos de Santiago hay casi 60 imperativos.

(iv) Eran muy aficionados a lanzar preguntas retóricas a sus audiencias. Santiago emplea frecuentemente tales preguntas (cp. 2:4, 5, 14-16; 3:11, 12; 4:4).

(v) Solían apostrofar a menudo, dirigiéndose en particular a sectores de su audiencia. Así hace Santiago con los comerciantes ávidos de negocios y con los ricos arrogantes (4:13; 5:6).

(vi) Les gustaba personificar las virtudes y los vicios, los pecados y las gracias. Así personifica Santiago el pecado (1:15); la misericordia (2:13) y la roña (5:3).

(vii) Buscaban despertar el interés de sus audiencias con anécdotas y tipos de la vida cotidiana. La figura de la rienda, el timón y el fuego del bosque son lugares comunes en los sermones antiguos (cp. 3:3-6). Entre muchas otras, Santiago presenta gráficamente la figura del paciente granjero (5:7).

(viii) Solían poner ejemplos de hombres y mujeres famosos para ilustrar su enseñanza moral. Eso es lo que hace Santiago al presentar los ejemplos de Abraham (2:21-23); de Rahab (2:25); de Job (5:11), y de Elías (5:17).

(ix) Los antiguos predicadores tenían la costumbre de empezar sus sermones con una paradoja que llamara la atención de sus oyentes. Santiago lo hace diciéndole a la gente que se considere afortunada cuando se encuentre rodeada de problemas (1:2). Así era como los antiguos predicadores presentaban a menudo la verdadera bondad como el reverso de lo que pensaba la gente. Así Santiago insiste en que la felicidad de los ricos consiste en venir a menos (1:10). Usaban el arma de la ironía como hace Santiago (2:14-19; 5:1-6).

(x) Los antiguos predicadores sabían hablar con dureza y seriedad. Santiago también se dirige a su lector llamándole «¡Estúpido!» , y moteja a los que le escuchan «vacíos de mollera» y «almas adúlteras.» Los antiguos predicadores azotaban con la lengua, y Santiago hace lo mismo.

(xi) Los predicadores antiguos tenían ciertas formas estándar de construir sus sermones: (a) A menudo concluían una sección con una antítesis gráfica, colocando el bien y el mal frente a frente. Santiago tiene la misma costumbre (cp. 2:13, 26). (b) A menudo probaban su razonamiento mediante una pregunta inquietante que les disparan a los oyentes (cp. 4:12). (c) A menudo hacían citas en sus predicaciones. También Santiago (5:20; 1:11, 17; 4:6; 5:11).

Es verdad que no encontramos en Santiago la amargura, el sarcasmo, el humor frívolo y hasta soez de los predicadores griegos; pero está a la vista que usa todos los otros trucos y métodos que usaban los predicadores ambulantes helenísticos para abrirse camino hasta llegar a la mente y el corazón de sus audiencias.

El mundo judío también tenía su tradición de predicación. Los que predicaba en los cultos de la sinagoga solían ser los rabinos. Tenían muchas de las características de la predicación de los filósofos ambulantes griegos. Usaban las preguntas retóricas, los imperativos y los ejemplos tomados de la vida diaria, y las citas de los héroes de la fe: Pero la predicación judía tenía una característica curiosa: era deliberadamente dispersa y desconectada. Los maestros judíos enseñaban a sus discípulos a no permanecer durante mucho tiempo tratando el mismo asunto, sino a pasar rápidamente de uno a otro para mantener el interés de los oyentes. De ahí que uno de los nombres que daban a la predicación era jaraz, que quiere decir sarta de perlas. El sermón judío era frecuentemente una sucesión de verdades morales y de exhortaciones aisladas. Este es precisamente el estilo de Santiago. Es difícil, si no imposible, discernir en él un tema continuo y coherente. Sus secciones se siguen sin aparente conexión. Edgar Johnson Goodspeed, autor de La Biblia, Una traducción Americana, conocida también como La Biblia de Goodspeed, dice: «El desarrollo se ha comparado con una cadena en la que cada eslabón va unido al anterior y al siguiente. Otros han comparado su contenido con las cuentas de un collar. . . Y tal vez Santiago no es tanto una cadena de pensamientos o cuentas como un manojo de perlas que se dejan caer una a una en la mente del lector.»

Santiago, ya lo miremos desde el trasfondo helenístico o desde el judío, es un buen ejemplo de un sermón antiguo. Y ahí está probablemente la clave de su autoría. Con todo esto en mente, volvamos ahora a preguntarnos quién fue su autor.

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