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1 Juan 4: Los privilegios de la vida exhuberante del espíritu

Así es como sabemos que Él mora en nosotros: por el Espíritu Que Él nos ha dado. Amados, no creáis a cualquier espíritu; sino probad los espíritus para ver si proceden de Dios; porque han salido por el mundo muchos falsos profetas.

Detrás de esta advertencia se encuentra una situación de la que sabemos muy poco o nada en muchas iglesias modernas. En la Iglesia original hubo un brotar vigoroso de la vida del Espíritu que conllevaba sus propios principios.

Había tantas y tan diversas manifestaciones espirituales que se necesitaba alguna clase de comprobación. Tratemos de trasladarnos con el pensamiento a aquella atmósfera eléctrica.

(i) Ya en los tiempos del Antiguo Testamento se detectaron los peligros de los falsos profetas, que eran hombres con un cierto poder espiritual. Deuteronomio 13:1-5 demanda que el falso profeta que trató de seducir al pueblo para que se apartara del verdadero Dios fuera muerto; pero admite franca y abiertamente que este puede prometer señales y milagros, y realizarlos. El poder espiritual podía ser malvado y mal dirigido.

(ii) En la Iglesia original, el mundo considerado espiritual estaba muy cerca. Todo el mundo creía en un universo abarrotado de demonios y espíritus. Cada roca, y árbol, y río, y bosquecillo, y lago, ,y montaña tenían su poder espiritual; y estos poderes espirituales estaban siempre tratando de introducirse en los cuerpos y mentes de las personas. En los tiempos de la Iglesia original se vivía en un mundo obsesionado con los fenómenos espirituales en el que todos se sentían rodeados y acechados por poderes espirituales.

(iii) Ese mundo antiguo era muy consciente de la existencia del poder personal del mal. No especulaba acerca de su origen, pero estaba convencido de que existía, y de que estaba buscando personas para usarlas como instrumentos a su servicio. En consecuencia, no solamente el universo, sino también las mentes humanas eran el campo de batalla en el que contendían el poder de la luz y el poder de las tinieblas.

(iv) En la Iglesia original la venida del Espíritu era un fenómeno mucho más visible de lo que es corriente para muchos en nuestros días. Se relacionaba generalmente con el bautismo; y cuando el Espíritu venía, sucedían cosas que cualquiera podía constatar. La persona que recibía el Espíritu era afectada visiblemente. Cuando los apóstoles bajaron a Samaria después de la predicación de Felipe y confirieron el don del Espíritu a los nuevos convertidos, el efecto era tan sorprendente que el mago local, Simón, quería comprar el poder para producirlo (Hechos 8:17s). La venida del Espíritu sobre Comelio y los de su casa fue algo que todos pudieron constatar (Hechos 10: 44s). En la Iglesia original, la venida del Espíritu iba acompañada de efectos sensibles y obvios.

(v) Esto tenía sus efectos en la vida congregacional de la Iglesia original. El mejor comentario a este pasaje de Juan sería 1 Corintios 14. Por el poder del Espíritu algunas personas hablaban en lenguas. Es decir: les salía un torrente de sonidos dados por el Espíritu que no correspondían a ninguna lengua conocida, que nadie podía entender a menos que hubiera en la congregación alguno que tuviera el don dado por el Espíritu de interpretar. Tan extraordinario era este fenómenos que Pablo no duda en decir que si un extraño entrara en la congregación cuando se estaba practicando pensaría que se encontraba en una reunión de locos (1 Corintios 14:2,23,27). Hasta los profetas, que daban su mensaje en la lengua corriente, constituían un problema. Eran tan movidos por el Espíritu que no podían esperarse hasta que terminara el que estaba hablando, y cada uno se ponía en pie de un salto decidido a proclamar el mensaje que el Espíritu le daba (1 Corintios 14:26s,33). Un culto de adoración en alguna de las primeras congregaciones cristianas sería distinto de la mayor parte de los cultos de las iglesias modernas, tan plácidas. Tan diversas eran las manifestaciones del Espíritu que Pablo incluye el don del discernimiento de espíritus entre los dones espirituales que podía poseer un cristiano (1 Corintios 12:10).

Podemos figurarnos lo que podría suceder en tal caso cuando Pablo menciona la posibilidad de que alguien maldijera a Cristo hablando en un espíritu (1 Corintios 12:3).

Cuando llegamos algo más adelante en la historia de la Iglesia encontramos el problema todavía más agudizado. La Didajé, La enseñanza de los Doce Apóstoles, es el primer libro de orden eclesiástico, y se puede fechar no después del año 100 d.C. Contiene reglas acerca de cómo se han de tratar los apóstoles y profetas ambulantes que iban y venían por las congregaciones cristianas. «No todos los que hablen por un espíritu son profetas, sino sólo los que hablen de acuerdo con el Señor» (Didajé 11 y 12). El problema alcanzó su cima y ne plus ultra cuando, en el siglo III, Montano irrumpió en la Iglesia pretendiendo ser nada menos que el Paráclito prometido, y proponiéndose decirle a la Iglesia las cosas que Cristo había dicho a Sus apóstoles que no podían recibir entonces.

La Iglesia Primitiva estaba llena de esta vida desbordante del Espíritu. La exuberancia de la vida no se había podido organizar desde la Iglesia. Era una gran edad; pero su misma exuberancia tenía sus peligros. Si había un poder personal del mal, podía usar a algunas personas. Si había espíritus malos al mismo tiempo que el Espíritu Santo, podían habitar en algunos. Algunos podían engañarse produciéndose experiencias totalmente subjetivas en las que pensaban -honradamenteque tenían un mensaje del Espíritu.

Juan tenía todo esto en mente; y a la vista de esa atmósfera electrificada de vida espiritual desbordante presenta sus criterios para discriminar entre lo verdadero y lo falso. Nosotros, por nuestra parte, puede que tengamos el sentimiento de que, con todos sus peligros, la exuberante vitalidad de la Iglesia Primitiva era mucho mejor que la apática placidez de la vida de la iglesia moderna. Era mejor que se esperara al Espíritu en todo que que no se Le espere en nada.
Hay una frase que aparece en este pasaje que no es ni mucho menos fácil de traducir. Es la que la versión Reina-Valera traduce indefectiblemente por de Dios. Se trata de los lugares siguientes:

Versículo 1: Probad los espíritus si son de Dios.
Versículo 2: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios.
Versículo 3: Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios.
Versículo 4: Hijitos, vosotros sois de Dios.
Versículo 6: Nosotros somos de Dios… El que no es de Dios, no nos oye.
Versículo 7: El amor es de Dios.

La dificultad se ve claramente; y sin embargo es de primera importancia el adscribir un sentido preciso a esta frase. En griego es ek tú Theú. Ho Theós quiere decir Dios, y tú Theú es el genitivo después de la preposición ek. Ek es una de las preposiciones griegas más corrientes, y quiere decir desde o fuera de. Decir que un hombre viene ek tés póleós quiere decir que viene desde o fuera de la ciudad. Ya se comprende que no es así como lo diríamos en castellano, tan impreciso como es comparado con el griego o con el inglés. Aquí nos serviríamos de la preposición de, como se ve en casi todas las traducciones, dejando que cada cual decida si se trata de origen o de posesión. Entonces, ¿qué quiere decir que una persona o un espíritu o una cualidad es ek tú Theú? En inglés se suele traducir por from, pero es castellano seria imposible usar desde. Sin embargo está claro que quiere decir que la persona o el espíritu o la cualidad tiene su origen en Dios. Viene de Dios en el sentido de que tiene su origen en Él y deriva de Él su vida. Así es que Juan exhorta a los suyos a que analicen los espíritus para comprobar si proceden realmente de Dios.

Citamos algunas de las variantes de algunas versiones españolas como muestra de la dificultad y del sincero esfuerzo para traducir fielmente el sentido. Aun traduciendo de la Vulgata, Scío ya puso: « la caridad procede de Dios» (7). La Biblia de Jerusalén tiene: «Examinad si los espíritus vienen de Dios»(1). La Nueva Biblia Española: «No deis fe a toda inspiración; sometedlas a prueba para ver si vienen de Dios»(1), «procede de Dios»(2,3), « el amor viene de Dios»(7).

Bover: « El amor procede de Dios»(7). R.V.A.: «procede de Dios» (2, 3). R.V. Clie ‹77: « si los espíritus proceden de
Dios»(1), «procede de Dios»(2, 3), «Hijitos, vosotros procedéis de Dios»(4).

Esta nota era necesaria para justificar el apartarnos de la forma tan conocida y aceptada -y, probablemente, bien entendida- de la R-V, y el seguir otra forma reiterativa y menos corriente en castellano.

La herejía capital

Así es como reconoceréis el espíritu que procede de Dios: todo espíritu que reconoce abiertamente que Jesús ha venido en la carne y es el Mesías, procede de Dios. Y todo espíritu que es tal que no hace esta confesión acerca de Jesús, no procede de Dios; y este es el espíritu del Anticristo, acerca del cual habéis oído que había de venir, y que ahora ya está presente en el mundo.

Para Juan, la fe cristiana se podía resumir en una sola frase: « La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14). Cualquier espíritu que negara la realidad de la Encarnación, no procedía de Dios. Juan establece dos pruebas de fe.

(i) Para que se vea que es de Dios, un espíritu debe reconocer que Jesús es el Cristo, el Mesías. Según lo veía Juan, el negarlo sería negar tres cosas acerca de Jesús. (a) Sería negar que Él es el centro de la Historia, Aquel para quien toda la Historia anterior había sido una preparación. (b) Sería negar que Él es el cumplimiento de las promesas de Dios. A lo largo de todas sus luchas y sus derrotas, los judíos se habían adherido a las promesas de Dios. Negar que Jesús es el Mesías prometido es negar que esas promesas sean verdad.- (c) Sería negar Su Reino. Jesús vino, no sólo a sacrificarse, sino a reinar; y negar Su mesiazgo es excluirle de Su realeza esencial.

(ii) Para proceder de Dios un espíritu debía reconocer que Jesús ha venido en la carne. Era precisamente esto lo que los gnósticos no podrían aceptar nunca. Puesto que, según su punto de vista, la materia era totalmente mala, una Encarnación real era totalmente imposible, porque Dios nunca podría asumir la carne. Agustín habría de decir más tarde que podría encontrar paralelos en los filósofos paganos para todo lo del Nuevo Testamento excepto una cosa: « El Logos Se hizo carne.» De acuerdo con el punto de vista de Juan, el negar la completa humanidad de Jesucristo era atacar la fe cristiana en sus mismas raíces. El negar la realidad de la Encarnación tiene ciertas consecuencias definidas.

(i) Es negar que Jesús pudiera ser nunca nuestro ejemplo. Si no era realmente un hombre, viviendo en las mismas condiciones humanas, no podría nunca mostrar a los hombres cómo vivir.

(ii) Es negar que Jesús pudiera ser el Sumo Sacerdote Que abre el acceso a Dios. El verdadero Sumo Sacerdote, como vio el autor de la Carta a los Hebreos, debía ser en todas las cosas semejante a nosotros, conociendo nuestras debilidades y nuestras tentaciones (Hebreos 4:14s). Para guiar a los hombres a Dios, el Sumo Sacerdote debía ser un hombre; porque, de otra manera, les indicaría un camino que les sería imposible seguir.

(iü) Es negar que Jesús fuera, en ningún sentido real, el Salvador. Para salvar a los hombres tenía que identificarse con los que había venido a salvar.

(iv) Es negar la salvación del cuerpo. La enseñanza cristiana es totalmente clara en que la Salvación es la Salvación de toda la persona, del cuerpo tanto como del alma. El negar la Encarnación es negar la posibilidad de que el cuerpo pueda nunca llegar a ser el templo del Espíritu Santo.

(v) Con mucho lo más serio y terrible es que sería negar que pueda nunca haber ninguna unión real entre Dios y el hombre. Si el Espíritu es totalmente bueno y el cuerpo es totalmente malo, Dios y el hombre no se pueden encontrar nunca mientras el hombre siga siendo hombre. Se podrían encontrar si el hombre se desprendiera del cuerpo y se convirtiera en un espíritu desencarnado. Pero la gran verdad de la Encarnación es que aquí y ahora puede haber una comunión real entre Dios y el hombre.

No hay nada en el Cristianismo que sea más central que la realidad de la humanidad de Jesucristo.

Escisión entre el mundo y Dios

Vosotros procedéis de Dios, queridos chiquillos, y habéis obtenido la victoria sobre ellos porque ese poder que hay en vosotros es mayor que el poder que hay en el mundo. Es por esto por lo que la fuente de lo que ellos hablan es el mundo, y es la razón de que el mundo los escuche. Nuestra fuente está en Dios; el que conoce a Dios nos presta atención. El que no procede de Dios no nos escucha. Así es como distinguimos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

Juan establece en este pasaje una gran verdad, y encara un gran problema.

(i) El cristiano no tiene por qué tenerle miedo al hereje. En Cristo se ganó la victoria sobre todos los poderes del mal. Los poderes del mal Le hicieron todo el mal que pudieron, hasta el punto de matarle en la Cruz; pero Él surgió victorioso. La victoria le corresponde al cristiano. Sea cual fuere el aspecto de las cosas, los poderes del mal están peleando una batalla perdida. Como expresaba el proverbio latino: «Grande es la verdad, y acabará por prevalecer.» Todo lo que tiene que hacer el cristiano es tener presente la verdad que ya conoce, y aferrarse a ella. La verdad es aquello por lo que viven los hombres; el error es a fin de cuentas lo que hace que los hombres mueran.

(ii) Sigue el problema de que los falsos maestros ni escucharán ni aceptarán la verdad que ofrece el verdadero cristiano.

¿Cómo se puede explicar eso? Juan vuelve a su antítesis favorita: la oposición entre el mundo y Dios. El mundo, como ya hemos visto antes, es la naturaleza humana aparte de Dios y en oposición a Él. El hombre que tiene su origen en Dios recibirá la verdad; el hombre que tiene su origen en el mundo, la rechazará.

Cuando llegamos a pensar en ello, es una verdad obvia. ¿Cómo puede una persona cuya consigna es la competencia empezar a entender una ética cuya clave es el servicio? ¿Cómo puede una persona cuya finalidad es la exaltación del yo, y que mantiene que los más débiles deben ir al paredón, empezar a entender una enseñanza cuyo principio vital es el amor? ¿Cómo puede una persona que cree que este es el único mundo, y que, por tanto, las cosas materiales son las únicas que importan, empezar a entender una vida que se vive a la luz de la eternidad, en la que las cosas invisibles poseen los valores supremos? Una persona no puede escuchar nada más que lo que se ha entrenado a escuchar, y puede estar absolutamente incapacitada para escuchar el mensaje cristiano.

Eso es lo que Juan está diciendo. Ya hemos visto una y otra vez que es característico de él el ver las cosas en blanco y negro.

Su pensamiento no se para en matices. Por una parte está el hombre cuya fuente de origen es Dios, y que puede oír la verdad; por otra parte está el hombre cuya fuente y origen es el mundo, y que es incapaz de oír la verdad. Ahí surge un problema que es muy probable que Juan ni siquiera reconociera. ¿Hay personas para las que toda predicación es fatalmente inútil? ¿Hay personas cuyas defensas no se pueden penetrar nunca, cuya sordera no les permite nunca oír, y cuyas mentes están cerradas para siempre a la invitación y al mandamiento de Jesucristo?

La respuesta debe de ser que no hay limites para la gracia de Dios, y que hay tal Persona como el Espíritu Santo. La vida nos enseña que el amor de Dios puede derribar cualquier barrera. Es verdad que una persona se puede resistir; puede que sea verdad que una persona se puede resistir hasta lo último; pero lo que es también verdad es que Cristo está siempre llamando a la puerta de todos los corazones, y es posible que una persona oiga la voz de Cristo, aun por encima de las muchas voces del mundo.

El amor humano y el divino

Amados, amémonos unos a otros, porque el amor tiene su fuente en Dios; y todo el que ama tiene a Dios como la fuente de su nacimiento y conoce a Dios. El que no ama, no ha empezado a conocer a Dios.

En esto se despliega el amor de Dios dentro de nosotros: en que Dios envió a Su único Hijo al mundo para que por medio de Él pudiéramos vivir. En esto consiste el amor: no en qué nosotros amemos a Dios, sino en que Él nos amó y envió a Su Hijo para que fuera el sacrificio expiatorio por nuestros pecados. Hermanos, si Dios nos amó así, nosotros también debemos amarnos unos a otros. Nadie ha visto nunca a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios mora en nosotros, y Su amor llega a su plenitud en nosotros. Es por,esto por lo que sabemos que moramos en Él y Él en nosotros: porque Él nos ha dado una porción de Su Espíritu.

Nosotros hemos visto y testificamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo. El que reconoce abiertamente que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios. Nosotros hemos llegado a conocer y a poner nuestra confianza en el amor que Dios tiene en nuestro interior. Dios es amor, y el que mora en amor mora en Dios, y Dios mora en él.

En nosotros el amor llega a su culminación en esto: en que tengamos confianza sobre el Día del Juicio; porque, como Él es, así somos nosotros también en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el perfecto amor descarta el temor, porque el temor está relacionado con el castigo, y el que teme no ha llegado al perfecto estado del amor.

Nosotros amamos porque Él nos amó primero. Si alguien dice: «Yo amo a Dios,» pero aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios, a Quien no ha visto. Es este mandamiento el que tenemos de Él: que el que .ame a Dios, ame también a su hermano.

Este pasaje está tan íntimamente entrelazado que será mejor que lo leamos en su conjunto y luego saquemos poco a poco sus enseñanzas. En primer lugar veamos su enseñanza sobre el amor.

(i) El amor tiene su origen en Dios (versículo 7). Es desde el Dios Que es amor desde donde fluye todo amor. Como dice A. E. Brooke: «El amor humano es un reflejo de algo que hay en la naturaleza divina misma.» Cuando más cerca estamos de Dios es cuando amamos. Clemente de Alejandría dijo con una frase sorprendente que el verdadero cristiano «practica el ser Dios.» El que mora en amor mora en Dios (versículo 16). El hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Dios es amor; y, por tanto, para ser semejante a Dios y ser lo que debe ser, el hombre también debe amar.

(ii) El amor tiene una doble relación con Dios. Es sólo conociendo a Dios como aprendemos a amar; y es sólo amando como aprendemos a conocer a Dios (versículos 7 y 8). El amor procede de Dios, y conduce a Dios.

(iü) Es por el amor como se conoce a Dios (versículo 12). No podemos ver a Dios, porque Dios es Espíritu; lo que sí podemos ver es Su efecto. No podemos ver el viento, pero podemos ver lo que hace. No podemos ver la electricidad, pero podemos ver los efectos que produce. El efecto de Dios es el amor. Es cuando Dios entra en una persona cuando la persona está revestida con el amor de Dios y el amor del hombre. Dios Se conoce por Su efecto en esa persona. Se ha dicho: «Un santo es una persona en quien Cristo vive otra vez.» Y la mejor demostración de Dios no viene de la discusión, sino de una vida de amor.

(iv) El amor de Dios se demuestra en Jesucristo (versículo 9). Cuando miramos a Jesús vemos dos cosas acerca del amor de Dios. (a) Es un amor que no se reserva nada. Dios estuvo dispuesto en Su amor por los hombres a dar a Su Hijo único y a hacer un sacrificio que es absolutamente imposible superar. (b) Es un amor totalmente inmerecido. No sería tan extraordinario si nosotros Le amáramos a Él por todas las cosas que Él nos ha dado, hasta aparte de Jesucristo; lo maravilloso es que Él ame a criaturas desagradecidas y desobedientes como nosotros.

(v) El amor humano es la respuesta al amor divino. Nosotros amamos porque Dios nos amó. Es la visión de Su amor lo que despierta en nosotros el deseo de amarle como Él nos amó a nosotros antes, y de amar a nuestros semejantes como Él los ama.

(vi) Cuando llega el amor, el temor se tiene que marchar (versículos 17 y 18). El temor es la emoción característica de alguien que espera que le castiguen. Mientras veamos a Dios como el Juez, el Rey, el Legislador, no puede haber en nuestro corazón nada más que temor, porque ante un Dios así no podemos esperar nada más que el castigo. Pero una vez que conocemos la verdadera naturaleza de Dios, el amor absorbe el temor. El único temor que permanece es el temor de ofender Su amor por nosotros.

(vii) El amor de Dios y el amor del hombre están indisolublemente vinculados (versículos 7, 11, 20s). Como dice hermosamente C. H. Dodd: « La energía del amor se descarga por líneas que forman un triángulo cuyos vértices son ,Dios, el yo y el prójimo.» Si Dios nos ama, estamos obligados a amarnos unos a otros; porque nuestro destino es reproducir la vida de Dios en la humanidad, y la vida de la eternidad en el tiempo. Juan dice, con una claridad casi cruda, que el que pretenda amar a Dios y aborrezca a su hermano, no es nada más que un mentiroso. La única manera de probar que amamos a Dios es amando a los hombres, a los que Dios ama. La única manera de probar que Dios está en nuestros corazones es mostrar constantemente el amor a los hombres en nuestras vidas.

Dios es amor

En este pasaje encontramos lo que es probablemente la más grande afirmación acerca de Dios en toda la Biblia: que Dios es amor. Es maravilloso descubrir la cantidad de puertas que abre esa sencilla afirmación, y la cantidad de preguntas que contesta. (i) Es la explicación de la Creación. Algunas veces no podemos evitar preguntarnos por qué creó Dios este mundo. La desobediencia, la falta de respuesta de los hombres, son un constante dolor para Él. ¿Por qué había Dios de crear un mundo que no Le habría de reportar nada más que problemas? La respuesta es que la Creación era esencial a Su misma naturaleza. Si Dios es amor, no puede existir en una soledad aislada. El amor necesita tener a alguien que amar, y a alguien que le ame.

(ii) Es la explicación del libre albedrío. A menos que el amor sea una respuesta libre, no es amor. Si Dios no hubiera sido nada más que Ley, podría haber creado un mundo en el que las personas se movieran como autómatas, sin más libertad que la de las máquinas. Pero, si Dios hubiera hecho así a los hombres, no habría habido ninguna posibilidad de una relación personal entre Él y ellos. El amor es por necesidad la libre respuesta del corazón; y, por tanto, Dios, mediante un acto deliberado de autolimitación, tenía que dotar a los hombres de libre albedrío.

(iii) Es la explicación de la Providencia. Si Dios no hubiera sido más que mente y orden y ley, habría, por así decirlo, creado el universo, le habría dado cuerda, lo habría puesto en marcha, y lo habría dejado. Hay artículos y máquinas que se nos invita a comprar simplemente porque podemos ponerlas en funcionamiento y olvidarlas. Su cualidad más atractiva es que funcionan automáticamente. Pero, porque Dios es amor, a Su acto creador siguió Su cuidado constante.

(iv) Es la explicación de la Redención. Si Dios no hubiera sido más qué Ley y Justicia, habría dejado a los hombres a las consecuencias de su pecado. La ley moral operaría: el alma que pecare, moriría; y la justicia eterna distribuiría los castigos inexorablemente. Pero el mismo hecho de que Dios es amor quiere decir que tenía que buscar y salvar lo que se había perdido. Tenía que encontrarle un remedio al pecado.

(v) Es la explicación de la otra vida. Si Dios fuera simplemente Creador, los seres humanos viviríamos nuestro breve espacio, y moriríamos para siempre. La vida que acababa en la Tierra sería solamente otra florecilla más que la escarcha de la muerte helaría bien pronto. Pero el hecho de que Dios es amor hace cierto que los azares y avatares de la vida no tienen la última palabra, y que Su amor ajustará de nuevo los desequilibrios de esta vida.

Hijo de Dios y Salvador del mundo

Antes de dejar este pasaje debemos notar que tiene también grandes cosas que decir acerca de Jesucristo.

(i) Nos dice que Jesús es el Que trae la vida. Dios Le envió para que pudiéramos tener la vida por medio de Él (versículo 9). Hay una diferencia abismal entre la existencia y la vida. Todas las criaturas tienen existencia, pero no todas tienen vida. Y lo mismo se puede decir de las personas. La misma ansiedad con que los hombres buscan el placer prueba que hay algo que falta en sus vidas. Un famoso doctor dijo una vez que la humanidad llegaría a encontrar la cura del cáncer más rápidamente que la cura del aburrimiento. Jesús le da a la persona una razón para vivir; le da fuerza para vivir, y le da paz para vivir. Vivir con Cristo convierte la mera existencia en plenitud de vida.

(ii) Nos dice que Jesús es el Restaurador de la relación perdida con Dios. Dios Le envió para que fuera el sacrificio expiatorio por el pecado (versículo 10). No nos movemos en un mundo de pensamiento en el que los sacrificios animales sean una realidad; pero podemos comprender plenamente lo que el sacrificio quería decir. Cuando una persona peca, su relación con Dios se interrumpe; y el sacrificio era la expresión del arrepentimiento, diseñado para restaurar la relación perdida. Jesús, por Su vida y muerte, hizo posible que el hombre entrara en una nueva relación de paz y de amistad con Dios. Hizo un puente a través de la terrible sima que había abierto el pecado entre Dios y el hombre.

(iii) Nos dice que Jesús es el Salvador del mundo (versículo 14). Cuando Él vino al mundo, la humanidad no era consciente de nada tanto como de su propia debilidad e indefensión. Los hombres, decía Séneca, estaban buscando ad salutem, salvación. Eran desesperadamente conscientes de « su debilidad en las cosas necesarias.» Necesitaban «una mano que se les tendiera para levantarlos.» Sería totalmente inadecuado pensar en la salvación como una mera liberación del castigo del infierno. Los hombres necesitaban ser salvos de sí mismos; necesitaban ser salvos de los hábitos que habían llegado a ser sus cadenas; necesitaban ser salvos de sus tentaciones; necesitaban ser salvos de sus temores y ansiedades; necesitaban ser salvos de sus locuras y errores. En cada caso Jesús ofrece salvación a los hombres; Él aporta lo que les permite enfrentarse con el tiempo y encarar la eternidad.

(iv) Nos dice que Jesús es el Hijo de Dios (versículo 15). Tómese como se tome, esto quiere decir fuera de toda duda que Jesucristo está en una relación con Dios que no ha tenido nunca ni tendrá jamás ninguna otra persona. Él es el único que puede mostrarle a la humanidad cómo es Dios; Él es el único que puede traer a la humanidad la gracia, el amor, el perdón y la fuerza de Dios.

Hay otra cosa que surge en este pasaje. Nos ha enseñado acerca de Dios y acerca de Jesús; y nos enseña también acerca del Espíritu. En el versículo 13, Juan dice que sabemos que moramos en Dios porque tenemos una participación del Espíritu. Es la obra del Espíritu lo que nos hace buscar a Dios en un principio; es la obra del Espíritu lo que nos hace conscientes de la presencia de Dios; es la obra del Espíritu lo que nos da la certeza de que estamos de veras en paz con Dios. Es el Espíritu en nuestros corazones el Que nos hace atrevernos a dirigirnos a Dios como Padre (Romanos 8:15s). El Espíritu es el testigo interior que, como dice C. H. Dodd, nos da « la consciencia inmediata, espontánea, inanalizable, de una presencia divina en nuestras vidas.»

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