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1 Juan 3: Recuerda los privilegios de la vida cristiana

¡Fijaos qué clase de amor nos ha concedido el Padre: que se nos llamara los hijos de Dios! -Y eso es lo que somos en realidad. La razón por la que el mundo no nos reconoce es que no Le reconoció a Él. Amados, aun tal como están las cosas, somos los hijos de Dios; y todavía no se ha aclarado lo que seremos. Sabemos que, cuando se aclaren, seremos como Él, porque Le veremos como Él es.

Juan empieza demandando que los suyos recuerden sus privilegios. Es un privilegio el que nos llamen los hijos de Dios. Hay algo importante hasta en el nombre. Crisóstomo, en un sermón sobre Criar hijos, aconseja a los padres que den a su hijo algún gran nombre bíblico, y que le enseñen insistentemente la historia del que llevó originalmente ese nombre, y así le den un modelo al que ajustar su vida cuando se haga mayor. Así que el cristiano tiene el privilegio de ser llamado hijo de Dios. De la misma manera que el pertenecer a una gran escuela, a un gran regimiento, a una gran iglesia, a una gran familia es una inspiración para vivir dignamente, así también, y aún más, el llamarse con el nombre de la familia de Dios es algo que debe ayudar a mantener los pies en el buen camino, y a seguir adelante y hacia arriba.

Pero, como Juan señala, no se trata solamente de que se nos llame los hijos de Dios; somos los hijos de Dios. Hay aquí algo que debemos notar. Es don de Dios el que una persona llegue a ser hija de Dios por naturaleza. Uno es criatura de Dios, pero por gracia llega a ser hijo de Dios. Hay dos palabras lingüísticamente relacionadas, pero semánticamente diferentes: paterno y paternal. Paterno describe una relación en la que un hombre es responsable de la existencia física de un hijo; y paternal describe una relación íntima amorosa. En el sentido de la paternidad, todos los seres humanos son hijos de Dios; pero en cuanto a la paternalidad, solo son hijos de Dios cuando Él inicia en Su gracia la relación con ellos, y ellos responden.

Hay dos imágenes, una en el Antiguo Testamento y la otra en el Nuevo, que presentan esta relación clara y gráficamente. En el Antiguo Testamento encontramos la idea del pacto. Israel es el pueblo del pacto con Dios; lo que esto quiere decir es que Dios, por propia iniciativa, se había acercado especialmente a Israel para ser exclusivamente su Dios, y que ellos fueran exclusivamente Su pueblo. Como parte integral del pacto, Dios dio la Ley a Israel, y la relación del pacto dependía de que Israel cumpliera la Ley.

En el Nuevo Testamento encontramos la idea de la adopción (Romanos 8:14-17; 1 Corintios 1:9; Gálatas 3:26s; 4:6s). Aquí encontramos la idea de que por un deliberado hecho de adopción de parte de Dios el cristiano entra en Su familia. Mientras que todos los hombres son hijos de Dios en el sentido de que Le deben la vida a Él, llegan a ser Sus hijos en el sentido íntimo y amoroso del término solamente por un acto de la gracia íntima de Dios y la respuesta de sus corazones.

Automáticamente surge la pregunta: Si los seres humanos reciben ese gran honor cuando se hacen cristianos, ¿por qué los desprecia tanto el mundo? La respuesta es que están experimentando simplemente lo que Jesucristo experimentó antes.

Cuando Él vino al mundo, no Le reconocieron como el Hijo de Dios; el mundo prefería sus propias ideas, y Le rechazó. Lo mismo ha de sucederle a cualquier persona que decida libremente embarcarse en la empresa de Jesucristo.

Recuerda las posibilidades de la vida cristiana

A continuación, Juan comienza a recordarles a los suyos los privilegios de la vida cristiana. Pasa a presentarles lo que es en muchos sentidos una verdad todavía más tremenda: el gran hecho de que esta vida es solo el principio. Aquí muestra Juan el único agnosticismo verdadero. Tan grande es el futuro y su gloria que él ni siquiera se atreve a suponer cómo será, o a tratar de expresarlo con palabras, que serían por fuerza inadecuadas. Pero hay ciertas cosas que sí dice acerca de ese futuro.

(i) Cuando Cristo aparezca en Su gloria, seremos como Él. Sin duda Juan tenía en mente el dicho de la antigua historia de la Creación de que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Ese era el propósito de Dios; y ese era el destino del hombre. No tenemos más que mirarnos al espejo para ver lo lejos que ha caído el hombre de ese destino. Pero Juan cree que en Cristo el hombre lo alcanzará por fin, y tendrá la imagen y la semejanza de Dios. Juan cree que solamente por medio de la obra de Cristo en el alma puede una persona llegar a la verdadera humanidad que Dios tenía previsto que alcanzara.

(ii) Cuando Cristo aparezca, Le veremos y seremos como Él. La meta de todas las almas grandes ha sido siempre la visión de Dios. El fin de toda devoción es ver a Dios. Pero la visión beatífica no es para la satisfacción de la inteligencia; es para que lleguemos a ser como Él. Hay aquí una paradoja: no podemos llegar a ser como Dios a menos que Le veamos, y no podemos verle a menos que seamos puros de corazón, porque solamente los puros de corazón verán a Dios (Mateo 5:8). Para ver a Dios necesitamos la pureza que solamente Él puede dar.

No hemos de pensar en esta visión de Dios como algo que solamente pueden disfrutar los grandes místicos. Existe en algún lugar la historia de un hombre pobre y sencillo que iba a menudo a orar en una catedral; siempre se ponía a orar de rodillas delante del crucifijo; pero alguien notó que, aunque estaba arrodillado en actitud de oración, nunca movía los labios ni parecía decir nada. Le preguntó qué estaba haciendo así de rodillas, y el hombre contestó: «Yo Le miro a Él, y Él me mira a mí.» Esa es la visión de Dios en Cristo que puede tener al alma más sencilla; y el que mira suficientemente a Jesucristo llega a parecerse a Él.

Todavía debemos notar otra cosa. Juan está pensando aquí en términos de la Segunda Venida de Cristo. Puede ser que podamos pensar en los mismos términos; o puede ser que no podamos creer tan literalmente en la Venida de Cristo en gloria.

Sea como fuere, vendrá para cada uno de nosotros el día cuando veamos a Cristo y contemplemos Su gloria. Aquí hay siempre un velo de sentido y tiempo, pero el día llegará cuando también el velo se rasgará. Esa es la esperanza cristiana, y la inefable perspectiva de la vida cristiana.

La obligación de la pureza

Cualquiera que tenia esta esperanza en Él se va purificando así como El es puro. Todo el que comete pecado quebranta la Ley, porque el pecado es transgresión de la Ley; y sabéis que Él apareció para quitar nuestros pecados, y que no hay pecado en Él. Todo el que mora en Él no peca. El que peca, no Le ha visto ni Le conoce. Hijitos, que nadie os engañe: El que obra con integridad es íntegro, lo mismo que Él es íntegro. El que peca habitualmente es del Diablo, porque el Diablo es pecador desde el principio. Para lo que apareció el Hijo de Dios fue para destruir las obras del Diablo.

Juan acaba de decir que el cristiano está de camino hacia ver a Cristo y ser como El. No hay nada que ayude tanto a una persona a resistir la tentación como un gran objetivo. Cierto novelista traza el retrato de un joven que siempre se negaba a tomar parte en los placeres más bajos a los que sus camaradas le invitaban a menudo y hasta le desafiaban. Su explicación era que algún día algo maravilloso iba a entrar en su vida, y que debía mantenerse preparado para ello. El que sabe que Dios está esperándole al final del camino hará que toda su vida sea una preparación para ese encuentro.

Este pasaje se dirige contra los falsos maestros gnósticos. Como ya hemos visto, presentaban más de una razón para justificar el pecado. Decían que el cuerpo era malo de todas maneras, y que por tanto no había ningún peligro en satisfacer sus deseos, porque lo que sucediera con el cuerpo no tenía importancia. Decían que el hombre realmente espiritual estaba tan pertrechado por el Espíritu que podía pecar todo lo que le diera la gana sin sufrir ningún daño. Hasta decían que los verdaderos gnósticos tenían la obligación, tanto de escalar las alturas como de sondear las simas, para así poder decir que conocía todas las cosas. Por detrás de la respuesta de Juan hay una especie de análisis del pecado.

Empieza por insistir en que no hay nadie que esté por encima de la ley moral. Nadie puede decir que no corre riesgos al permitirse ciertas cosas, aunque sean peligrosas para otros. Como lo expresa A. E. Brooke: « La prueba del progreso está en la obediencia.» El progreso no nos confiere el privilegio de pecar; cuanto más avanzado esté un hombre, tanto más disciplinado será su carácter. Juan pasa a deducir ciertas verdades básicas acerca del pecado.

(i) Nos dice lo que es el pecado. Es quebrantar conscientemente una ley que se conoce. El pecado es obedecerse a uno mismo en lugar de obedecer a Dios.

(ii) Nos dice lo que hace el pecado. Deshace la obra de Cristo. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). El pecado vuelve a traer lo que Él vino al mundo a abolir.

(iii) Nos dice el porqué del pecado. Viene de no conseguir permanecer en Cristo. No tenemos por qué pensar que esta es una verdad solamente para los místicos avanzados. Quiere decir sencillamente esto: siempre que recordemos la presencia continua de Jesús con nosotros, no pecaremos; es cuando olvidamos esa presencia cuando pecamos.

(iv) Nos dice de dónde procede el pecado. Procede del Diablo, y el Diablo es el que peca, como si dijéramos, por principio. Es probable que sea ese el sentido de la frase desde el principio (versículo 8). Nosotros pecamos por el placer que suponemos que nos producirá; el Diablo peca por cuestión de principio. El Nuevo Testamento no trata de explicar el origen y la naturaleza del Diablo; pero está completamente convencido -yes un hecho de la experiencia universal- de que hay en el mundo un poder hostil a Dios; y pecar es obedecer a ese poder en lugar de a Dios.

(v) Nos dice cómo se conquista el pecado. Se conquista porque Jesucristo, ha destruido las obras del Diablo. El Nuevo Testamento presenta a menudo al Cristo que se enfrentó con los poderes del mal y los conquistó (Mateo 12:25-29; Lucas 10:18; Colosenses 2:15; 1 Pedro 3:22; Juan 12:32). Él ha quebrantado el poder del Diablo, y con Su ayuda esa misma victoria puede ser nuestra.

El que ha nacido de Dios

El que ha nacido de Dios no comete pecado, porque Su simiente mora en él; y no puede ser un pecador constante y deliberado porque ha nacido de Dios.

Este versículo está erizado de dificultades; y sin embargo está claro que es de primera importancia el descubrir lo que quiere decir. En primer lugar, ¿qué quiere decir Juan con la frase: «Porque Su simiente mora en él»? hay tres posibilidades.

(i) La Biblia usa corrientemente la palabra simiente queriendo decir la familia y los descendientes de un hombre. Abraham y su simiente han de guardar el pacto de Dios (Génesis 17:9). Dios hizo Su promesa a Abraham y a su simiente para siempre (Lucas 1:55). Los judíos pretenden ser la simiente de Abraham (Juan 8:33,37). En Gálatas 3, pablo habla acerca de la simiente de Abraham (Gálatas 3:16,29). Si tomamos la palabra simiente en ese sentido aquí, tenemos que tomar él como refiriéndose a Dios, y entonces obtenemos un sentido muy bueno: « Cualquiera que es nacido de Dios no peca, porque la familia de Dios mora constantemente en Dios.» La familia de Dios vive tan cerca de Él que puede decirse que habita en Él. El hombre que vive así tiene una fuerte defensa contra el pecado.

(ii) Es la simiente humana la que produce la vida humana, y el hijo se puede decir que tiene la simiente de su padre en sí. Ahora bien, el cristiano es nacido de nuevo mediante Dios, y por tanto tiene la simiente de Dios en sí. Esta era una idea con la que los del tiempo de Juan estaban muy familiarizados. Los gnósticos decían que Dios había plantado semillas en este mundo, y por la acción de estas semillas el mundo se iba perfeccionando, y pretendían que eran los gnósticos verdaderos los que habían recibido estas semillas. Algunos gnósticos decían que el cuerpo del hombre era algo material y vil; pero en algunos cuerpos la Sabiduría había sembrado secretamente semillas, y los hombres verdaderamente espirituales tenían estas semillas de Dios por almas. Esto estaba íntimamente relacionado con la creencia estoica de que Dios era un Espíritu de fuego, y el alma humana, lo que le daba la vida y la razón, era una chispa (scintilla) de ese fuego divino que había venido de Dios para residir en un cuerpo humano. Si tomamos las palabras de Juan en este sentido quieren decir que todo nacido de nuevo tiene la simiente de Dios en él, y que, por tanto, no puede pecar. No cabe duda de que los lectores de Juan conocerían esta idea.

(iii) Hay una idea mucho más sencilla. Por lo menos dos veces en el Nuevo Testamento la palabra de Dios es la que se dice que produce el nuevo nacimiento. Santiago escribe: « Él, de Su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de Sus criaturas» (Santiago 1:18). La palabra de Dios es como la simiente de Dios que produce nueva vida. Pedro expresa esta idea aún más claramente: «Pues habéis nacido de nuevo, no de simiente corruptible, sino incorruptible: la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre» (1 Pedro 1:23). Aquí la palabra de Dios se identifica claramente con la simiente incorruptible de Dios. Si lo tomamos en este sentido, Juan quiere decir que el que es nacido de Dios no puede pecar porque tiene la fuerza y la dirección de la palabra de Dios en su interior. Este tercer sentido es el más sencillo, y en general el mejor. El cristiano está protegido del pecado por el poder de la palabra de Dios que mora en él.

El que no puede pecar

En segundo lugar, este versículo nos presenta un problema cuando lo comparamos con algunas otras cosas que ya ha dicho Juan acerca del pecado. Pongamos este versículo tal como se encuentra en la versión Reina-Valera ‹95: Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Di®s permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.

Tomándolo en su valor facial, esto quiere decir que es imposible que peque el que es nacido de Dios. Ahora bien, Juan ya ha dicho: « Si decimos que no hay pecado en nosotros, nos engañamos a nosotros mismos y en nosotros no está la verdad;» y «Si decimos que no hemos hecho nunca nada malo, Le dejamos a Él por mentiroso;» y nos exhorta a confesar nuestros pecados (1 Juan 1:8-10). Luego pasa a decir: «Si pecamos, tenemos un abogado con el Padre en la persona de Jesucristo.» Según parece, aquí hay una contradicción. En un lugar, Juan está diciendo que el hombre no puede ser nada más que pecador, y que hay una expiación por su pecado. En el otro lugar está diciendo, lo mismo de claro, que el hombre que es nacido de Dios no puede pecar.

¿Cuál es la explicación?

(i) Juan pensaba en categorías judías, porque no podía hacer otra cosa. Ya hemos visto que conocía y aceptaba el esquema judío de las dos edades, esta edad presente, y la edad por venir. Ya hemos visto también que Juan creía que, fuera como fuera el mundo, los cristianos, en virtud de la obra de Cristo, ya habían entrado en la nueva edad. Era precisamente una de las características de la nueva edad el que los que vivieran en ella estarían libres del pecado. En Henoc leemos: «Entonces también se concederá sabiduría a los elegidos, y vivirán todos sin pecar jamás otra vez, ni por ignorancia ni por orgullo» (Henoc 5:8). Si eso es cierto de la nueva edad, debería ser verdad de los cristianos que ya estamos viviendo en ella. Pero, de hecho, no es todavía cierto, porque los cristianos no han escapado todavía del poder del pecado. Podríamos entonces decir que en este pasaje Juan está estableciendo el ideal de lo que debería ser, y en los otros dos pasajes reconoce la actualidad tal como es. Podríamos decir que conoce el ideal y confronta con él a ‹los hombres; pero también encara los hechos, y ve la cura que hay en Cristo para ellos.

(ii) Eso puede que sea así; pero hay más en ello. En el original griego hay una diferencia sutil en los términos que introduce una gran diferencia en el sentido. En 1 Juan 2:1, la exhortación de Juan es que no pequéis. En ese versículo pecar está en el tiempo aoristo, que indica un hecho particular y definido. Así que lo que Juan .está diciendo claramente es que los cristianos no deben cometer pecados concretos; pero si resbalan en algún pecado, tienen en Cristo un abogado Que defiende su causa, y un sacrificio que les otorga el perdón. Por otra parte, en este pasaje, pecar está en el presente, e indica una acción habitual.

Lo que Juan está diciendo se puede colocar en cuatro etapas.

(a) El ideal es que en la nueva edad el pecado haya desaparecido para siempre.

(b) Los cristianos deben tratar de hacer eso realidad, y con la ayuda de Cristo luchar para evitar actos individuales de pecado.

(c) De hecho todos tenemos recaídas, y cuando nos sucede esto debemos humildemente confesárselo a Dios, Que siempre perdonará al corazón contrito y humillado. (d) A pesar de eso, ningún cristiano debe ser un pecador deliberado y constante. Ningún cristiano debe vivir una vida en la que el pecado domine sus acciones.

Juan no está colocando delante de nosotros un perfeccionismo aterrador; pero está demandando una vida que esté siempre vigilante contra el pecado, una vida en la que el pecado no sea normalmente aceptado, sino que se produce a veces en un momento anormal de debilidad. Juan no está diciendo que el que mora en Dios no pueda pecar; pero está diciendo que el que habita en Dios no puede seguir siendo un pecador consciente y voluntario.

Características de los hijos de Dios

En esto se distinguen los hijos de Dios de los hijos del Diablo; el que no actúa con integridad, no es de Dios, ni tampoco el que no ame a su hermano, porque el mensaje que hemos oído desde el principio es el mensaje de que debemos amarnos mutuamente, y no ser como Caín, que procedía del Maligno, y mató a su hermano. ¿Y por qué le mató? Porque sus obras eran malvadas, y las de su hermano justas. No os sorprendáis, hermanos, si el mundo os aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. El que odia a su hermano es un asesino. No posee la vida eterna morando en su interior. En esto reconocemos Su amor: en que Él dio Su vida por nosotros; así nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. El que tenga bastantes cosas de este mundo para mantenerse, y vea a su hermano en necesidad, y cierre su corazón contra él, ¿cómo va a morar el amor de Dios en él? Queridos hijos, no hagáis del amor un asunto de conversación y de charla, sino amad de hecho y en verdad.

Este es un pasaje que tiene un tema bien trabado y una especie de paréntesis en medio.

Como decía Westcott: «La vida revela a los hijos de Dios.» No hay manera de decir qué clase de árbol es uno más que por sus frutos, y no hay manera de decir qué es una persona aparte de su conducta. Juan establece que cualquiera que no obre con integridad, demuestra que no es de Dios. De momento omitiremos el paréntesis para proseguir con el tema. -Aunque Juan es un místico, tiene una mentalidad muy práctica; y, por tanto, no deja la integridad como algo vago e indefinido. Alguien podría decir: «Muy bien, acepto el hecho de que la única cosa que prueba que una persona pertenece a Dios es la integridad de su vida; pero, ¿qué es integridad?» La respuesta de Juan es clara y contundente: Ser íntegro es amar a nuestros hermanos. Eso, dice Juan, es un deber que no deja lugar a dudas. Y pasa a aportar varias razones por las que ese mandamiento es tan central y tan vinculante.

(i) Es una obligación que se ha inculcado en el cristiano desde el momento en que entró en la iglesia. La ética cristiana se puede resumir en una palabra, amor, y desde el momento que una persona se rinde a Cristo se compromete a hacer del amor la línea central de su vida.

(ii) Por esa misma razón, el hecho de que una persona ame a sus hermanos es la prueba definitiva de que ha pasado de muerte a vida. Corno dice A. E. Brooke: «La vida es una oportunidad para aprender a amar.» La vida sin amor es muerte. Amar es estar en la luz; aborrecer es continuar en la oscuridad. No necesitamos más pruebas que mirarle a la cara a una persona que esté enamorada, y a otra que esté llena de odio; mostrarán la gloria o la negrura.de su corazón.

(iii) Además, no amar es convertirse en asesino. No cabe duda de que Juan está pensando en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte (Mateo 5:21s). Jesús dijo que la antigua ley prohibía asesinar, pero la nueva Ley declaraba que la ira y la amargura y el desprecio eran pecados igualmente serios. Siempre que haya odio en el corazón de una persona, la convierte en un asesino en potencia. El permitir que el odio se asiente en el corazón es quebrantar un mandamiento concreto de Jesús. Por tanto, el que ama es seguidor de Cristo, y el que aborrece no es de los Suyos.

(iv) De ahí se sigue todavía otro paso en este razonamiento bien trabado. Alguien puede que diga: «Reconozco la obligación de amar, y trataré de cumplirla; pero no sé lo que implica.» La respuesta de Juan (versículo 16) es: « Si quieres ver lo que es este amor, mira a Jesucristo. En Su muerte por los hombres en la Cruz se despliega plenamente.» En otras palabras, la vida cristiana es la imitación de Cristo. «Haya esta actitud entre vosotros que tenéis en Jesucristo» (Filipenses 2:5). «Nos dejó Su ejemplo para que sigamos Sus pisadas» (1 Pedro 2:21). No hay nadie que pueda mirar a Cristo y decir que no sabe en qué consiste la vida cristiana.

(v) Juan resuelve otra posible objeción más. Alguien podría decir: «¿Cómo puedo yo seguir las pisadas de Cristo? El dio Su vida en la Cruz. Usted dice que yo debería dar mi vida por mis hermanos; pero esas oportunidades tan dramáticas no se dan corrientemente en la vida. ¿Qué tengo que hacer entonces?» La respuesta de Juan es: « Es cierto. Pero cuando veas a tu hermano en necesidad, y tú tengas bastante, el darle de lo que tienes es seguir a Cristo. El cerrarle el corazón y las manos es demostrar que el amor de Dios que se manifestó en Jesucristo no tiene lugar para ti.» Juan insiste en que podemos encontrar innumerables oportunidades para demostrar el amor de Cristo en la vida de todos los días. C. H. Dodd escribe hermosamente sobre este pasaje: «Había ocasiones en la vida de la Iglesia Primitiva, como hay también algunas ocasiones trágicas en el momento presente, para una obediencia casi literal del precepto (es decir, dar la vida por los hermanos). Pero la vida no es siempre tan trágica; y sin embargo el mismo principio de conducta se debe aplicar siempre. Puede movernos sencillamente a gastar algún dinero que hubiéramos podido gastar para nosotros mismos para aliviar la necesidad de otro más necesitado. Es, después de todo, el mismo.principio de acción, aunque a un nivel más bajo de intensidad: es estar dispuestos a rendir algo que tiene valor para nuestra propia vida para enriquecer la de otro. Si tal mínima respuesta a la Ley del Amor que nos llega en una situación diaria y normal está ausente, entonces es inútil pretender que formamos parte de la familia de Dios, el reino en el que el amor es operativo como el principio y la señal de la vida eterna.»

Las palabras bonitas nunca ocuparán el lugar de las buenas obras; y ninguna cantidad de palabras sobre el amor cristiano ocupará el lugar de una acción amable, que implique algún sacrificio propio, a una persona en necesidad; porque en esa acción vuelve a estar operativo el principio de la Cruz.

El resentimiento del mundo al camino cristiano

En este pasaje había un paréntesis; volvamos ahora a él. El paréntesis se encuentra en el versículo 11, y la conclusión a la que conduce, en el 12. El cristiano no debe ser como Caín, que mató a su hermano. Juan pasa a preguntar por qué mató Caín a su hermano; y su respuesta es que fue porque sus obras eran malvadas, y las de su hermano eran buenas. Y entonces deja caer la observación: « No os sorprendáis, hermanos, si el mundo os aborrece.»

Un malvado aborrecerá instintivamente a un hombre bueno. La integridad provoca siempre hostilidad en aquellos cuyas acciones son viles. La razón es que el hombre bueno es una reprensión andante para el malo. Aunque nunca le diga ni una sola palabra, su vida dicta sentencia callada. Sócrates era un hombre bueno par excellence. Alcibíades era brillante, pero errático y a menudo ,gamberro. Solía decirle a Sócrates: «Sócrates, te odio porque cada vez que me encuentro contigo me haces verme tal como soy.»

La Sabiduría de Salomón tiene un pasaje severo (2:10-20). En él se hace expresar al malvado su actitud ante el bueno: «Montémosle asechanzas al íntegro; porque él no es de los nuestros, y está siempre en contra de nuestras acciones… Se caracteriza por oponerse a nuestros planes. Nos resulta fastidioso hasta contemplarle; porque su vida no es como la de los demás, sus maneras son de otra calaña. Nos considera unos falsos; se desmarca de nuestros caminos como de la peste.» Sólo el ver al hombre bueno hacía que el malvado odiara le odiara.

Dondequiera que esté el cristiano, aunque no diga palabra, actúa como conciencia de la sociedad; y por esa misma razón el mundo le aborrecerá a menudo.

En la antigua Atenas, el noble Arístides fue condenado a muerte injustamente; y, cuando le preguntaron a uno del jurado cómo había sido capaz de dar su voto en contra de tal hombre, su respuesta fue que estaba harto de oír llamar a Arístides « el Justo.» El odio del mundo al cristiano es un fenómeno ubicuo, y se debe al hecho de que el mundano ve en el cristiano su propia condenación: lo que él no es y lo que en lo más íntimo de su corazón sabe que debería ser;, y, como no quiere cambiar, trata de eliminar al que le recuerda su bondad perdida.

La única prueba

Por esto sabemos que somos de la verdad, y por esto afirmaremos nuestro corazón delante de Él. Cuando nos remuerde la conciencia, Dios está por encima de ella y sabe todas las cosas. Amados, si la conciencia no nos acusa de nada, podemos acudir confiadamente a Dios, y recibir dé Él lo que Le pidamos, porque guardamos Sus mandamientos y hacemos lo que a Él agrada. Y este es el mandamiento: Que creamos en el nombre de Su Hijo Jesucristo, y que nos amemos mutuamente, como Él nos lo dijo en Su mandamiento. Y el que guarde Su mandamiento mora en Él, y Él en él.

Al corazón humano no se puede evitar que le surjan dudas. Cualquier persona con una mente y un corazón sensibles a veces se pregunta si es realmente cristiana. La prueba de Juan es bien simple, y de amplia gama: es el amor. Si sentimos que brota el amor hacia nuestros semejantes dentro de nuestro corazón, podemos estar seguros de que el corazón de Cristo está en nosotros. Juan habría dicho que un supuesto hereje cuyo corazón rebosara de amor y cuya vida estuviera adornada con el servicio estaba mucho más cerca de Cristo que se supusiera ortodoxo y sin embargo se mantuviera frío y remoto ante las necesidades de otros.

Juan pasa a decir algo que, según el original, puede querer decir dos cosas. Ese sentimiento de amor puede confirmarnos la presencia de Dios. Puede que nos remuerda la conciencia, pero Dios está por encima de ella. La pregunta sería: ¿Qué quiere decir esta última frase?

(i) Podría querer decir: Puesto que nuestra conciencia nos condena, y Dios está infinitamente por encima de nuestra conciencia, Dios nos condenará infinitamente más. Si lo tomamos en ese sentido, nos deja sumidos en el temor a Dios y sin poder decir nada más que: «Dios, sé propicio a mí, pecador.» Esa es una traducción posible, y sin duda es verdad; pero no es lo que Juan está diciendo en el contexto, porque aquí está pensando en nuestra confianza en Dios, y no en nuestro temor de Dios.

(ii) El pasaje quiere decir por tanto lo siguiente. Nuestra conciencia nos condena -eso es inevitable. Pero Dios está por encima de nuestra conciencia. Él sabe todas las cosas. Él no solamente conoce nuestros pecados; también conoce nuestro amor, nuestro anhelo, la nobleza que nunca desaparece del todo, nuestro arrepentimiento; y la grandeza de Su conocimiento Le da la simpatía que es capaz de entender y de perdonar.

Es este mismo conocimiento que Dios tiene de nosotros lo que constituye nuestra esperanza. « El hombre -como decía Tomás de Kempis- ve la obra, pero Dios conoce la intención.» Los hombres nos pueden juzgar solamente por nuestras acciones; pero Dios nos juzga por las aspiraciones que nunca se concretaron en acciones y por los sueños que nunca se hicieron realidad. Cuando Salomón estaba dedicando el templo, habló de lo mucho que David había querido construirle a Dios una Casa, y cómo se le había negado aquel privilegio. « Mi padre David tuvo en su corazón edificar una casa al nombre del Señor Dios de Israel. Pero el Señor dijo a David mi padre: «En cuanto a haber tenido en tu corazón el edificar una casa a Mi nombre, bien has hecho en tener tal deseo»» y (1 Reyes 18:17s). El proverbio francés dice: « Saberlo todo es perdonarlo todo.» Dios nos juzga por las profundas emociones del cora zón; y, si hay amor en nuestro corazón, entonces, por muy débil e imperfecto que sea, podemos entrar confiadamente a Su presencia. El conocimiento perfecto, que pertenece a Dios y sólo a Él, no es nuestro terror, sino nuestra esperanza.

Los mandamientos inseparables

Juan pasa a hablar de las dos cosas que son agradables a Dios, los dos mandamientos de. cuya obediencia depende nuestra relación con Dios.

(i) Debemos creer en el nombre de Su Hijo Jesucristo. Aquí tenemos el uso de la palabra nombre que es característico de los escritores bíblicos. No quiere decir simplemente el nombre por el que se conoce a una persona; quiere decir toda la naturaleza y el carácter de esa persona en tanto en cuanto nos son conocidos. El salmista escribe: « Nuestra ayuda es en el nombre del Señor» (Salmo 124:8). Está claro que no quiere decir que nuestra ayuda esté en el hecho de que Dios Se llama Jehová; quiere decir que nuestra ayuda está en el amor y la misericordia y el poder que se nos han revelado como la naturaleza y el carácter de Dios. Así que creer en el nombre de Jesucristo quiere decir creer en la naturaleza y el carácter de Jesucristo. Quiere decir creer que Él es el Hijo de Dios, que Él está en una relación con Dios de una manera que no ha estado ni puede estar nunca ninguna otra persona del universo, que puede revelar perfectamente a la humanidad a Dios, y que es el Salvador de nuestras almas. Creer en el nombre de Jesucristo es aceptarle como el Que realmente es.

(ii) Debemos amarnos unos a otros, según el mandamiento que Él nos dio. Este mandamiento está en Juan 13:34. Debemos amarnos mutuamente con ese mismo amor generoso, sacrificado, perdonador, con que Cristo nos ha amado.

Cuando ponemos juntos estos dos mandamientos encontramos la gran verdad de que la vida cristiana depende de una fe correcta y una conducta correcta combinadas. No podemos tener la una sin la otra. No puede haber tal cosa como una teología cristiana sin una ética cristiana; ni tampoco una ética cristiana sin una teología cristiana. Nuestra fe no es real a menos que conduzca a la acción; y nuestra acción no tiene justificación ni dinámica a menos que esté basada en la fe. No podemos empezar la vida cristiana hasta aceptar a Jesucristo por lo que El es, y no Le habremos aceptado en ningún sentido real de la palabras hasta que nuestra actitud hacia nuestros semejantes sea como Su propia actitud de amor.

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