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1 Juan 3: Recuerda los privilegios de la vida cristiana

No hemos de pensar en esta visión de Dios como algo que solamente pueden disfrutar los grandes místicos. Existe en algún lugar la historia de un hombre pobre y sencillo que iba a menudo a orar en una catedral; siempre se ponía a orar de rodillas delante del crucifijo; pero alguien notó que, aunque estaba arrodillado en actitud de oración, nunca movía los labios ni parecía decir nada. Le preguntó qué estaba haciendo así de rodillas, y el hombre contestó: «Yo Le miro a Él, y Él me mira a mí.» Esa es la visión de Dios en Cristo que puede tener al alma más sencilla; y el que mira suficientemente a Jesucristo llega a parecerse a Él.

Todavía debemos notar otra cosa. Juan está pensando aquí en términos de la Segunda Venida de Cristo. Puede ser que podamos pensar en los mismos términos; o puede ser que no podamos creer tan literalmente en la Venida de Cristo en gloria.

Sea como fuere, vendrá para cada uno de nosotros el día cuando veamos a Cristo y contemplemos Su gloria. Aquí hay siempre un velo de sentido y tiempo, pero el día llegará cuando también el velo se rasgará. Esa es la esperanza cristiana, y la inefable perspectiva de la vida cristiana.

La obligación de la pureza

Cualquiera que tenia esta esperanza en Él se va purificando así como El es puro. Todo el que comete pecado quebranta la Ley, porque el pecado es transgresión de la Ley; y sabéis que Él apareció para quitar nuestros pecados, y que no hay pecado en Él. Todo el que mora en Él no peca. El que peca, no Le ha visto ni Le conoce. Hijitos, que nadie os engañe: El que obra con integridad es íntegro, lo mismo que Él es íntegro. El que peca habitualmente es del Diablo, porque el Diablo es pecador desde el principio. Para lo que apareció el Hijo de Dios fue para destruir las obras del Diablo.

Juan acaba de decir que el cristiano está de camino hacia ver a Cristo y ser como El. No hay nada que ayude tanto a una persona a resistir la tentación como un gran objetivo. Cierto novelista traza el retrato de un joven que siempre se negaba a tomar parte en los placeres más bajos a los que sus camaradas le invitaban a menudo y hasta le desafiaban. Su explicación era que algún día algo maravilloso iba a entrar en su vida, y que debía mantenerse preparado para ello. El que sabe que Dios está esperándole al final del camino hará que toda su vida sea una preparación para ese encuentro.

Este pasaje se dirige contra los falsos maestros gnósticos. Como ya hemos visto, presentaban más de una razón para justificar el pecado. Decían que el cuerpo era malo de todas maneras, y que por tanto no había ningún peligro en satisfacer sus deseos, porque lo que sucediera con el cuerpo no tenía importancia. Decían que el hombre realmente espiritual estaba tan pertrechado por el Espíritu que podía pecar todo lo que le diera la gana sin sufrir ningún daño. Hasta decían que los verdaderos gnósticos tenían la obligación, tanto de escalar las alturas como de sondear las simas, para así poder decir que conocía todas las cosas. Por detrás de la respuesta de Juan hay una especie de análisis del pecado.

Empieza por insistir en que no hay nadie que esté por encima de la ley moral. Nadie puede decir que no corre riesgos al permitirse ciertas cosas, aunque sean peligrosas para otros. Como lo expresa A. E. Brooke: « La prueba del progreso está en la obediencia.» El progreso no nos confiere el privilegio de pecar; cuanto más avanzado esté un hombre, tanto más disciplinado será su carácter. Juan pasa a deducir ciertas verdades básicas acerca del pecado.

(i) Nos dice lo que es el pecado. Es quebrantar conscientemente una ley que se conoce. El pecado es obedecerse a uno mismo en lugar de obedecer a Dios.

(ii) Nos dice lo que hace el pecado. Deshace la obra de Cristo. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). El pecado vuelve a traer lo que Él vino al mundo a abolir.

(iii) Nos dice el porqué del pecado. Viene de no conseguir permanecer en Cristo. No tenemos por qué pensar que esta es una verdad solamente para los místicos avanzados. Quiere decir sencillamente esto: siempre que recordemos la presencia continua de Jesús con nosotros, no pecaremos; es cuando olvidamos esa presencia cuando pecamos.

(iv) Nos dice de dónde procede el pecado. Procede del Diablo, y el Diablo es el que peca, como si dijéramos, por principio. Es probable que sea ese el sentido de la frase desde el principio (versículo 8). Nosotros pecamos por el placer que suponemos que nos producirá; el Diablo peca por cuestión de principio. El Nuevo Testamento no trata de explicar el origen y la naturaleza del Diablo; pero está completamente convencido -yes un hecho de la experiencia universal- de que hay en el mundo un poder hostil a Dios; y pecar es obedecer a ese poder en lugar de a Dios.

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