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Juan 21: El Cristo resucitado

 Pasado algún tiempo se presentó Jesús otra vez a Sus discípulos a la orilla del lago de Tiberíades de la manera siguiente: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos de Sus discípulos. Y Simón Pedro les dijo:

-Yo me voy a pescar.

Y los otros le contestaron:

-Pues vamos nosotros también contigo.

Así que se pusieron en camino, y luego se subieron a la barca; pero no pescaron nada en toda la noche.

Cuando ya estaba amaneciendo, Jesús apareció en la orilla, aunque los discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús. Entonces Jesús les dijo:

-¡Chicos! ¿Es que no traéis nada de comida?

-¡No! -le respondieron.

-¡Echad la red ala derecha de la barca, y cogeréis! -les dijo Jesús. Y, cuando lo hicieron, ya no podían recoger la red, de la cantidad de peces que habían cogido. El discípulo amado de Jesús le dijo entonces a Pedro:

-¡Es el Señor!

Cuando oyó que era el Señor, Pedro se puso el mantón que se había quitado para faenar y se tiró al agua. Los demás llegaron a la orilla en la barca, porque no estaban nada más que a unos cien metros, remolcando la red cargada de peces.

Cuando desembarcaron a tierra vieron unas brasas de fuego, con pescado asándose, y pan. Y Jesús les dijo:

 

-Traed algunos de los pescados que habéis cogido.

 

Entonces Pedro volvió ala barca y se trajo la red a tierra, llena de peces grandes, ciento cincuenta y tres; y, aunque eran tantos, la red no se había roto.

Y Jesús les dijo:

-¡Venid a desayunar!

Y ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle «¿Y quién eres Tú?», porque se habían dado cuenta de que era el Señor. Y Jesús se acercó, tomó el pan y les dio, e hizo lo mismo con el pescado.

Esta ya era la tercera vez que Jesús se aparecía a Sus discípulos después de Su Resurrección.

El que cuenta esta historia no puede haber sido sino uno que conocía bien a los pescadores del mar de Galilea. La noche era el mejor tiempo para pescar.. W. M. Morton, en su La tierra y el libro, describe. una pesca nocturna: «Hay cierta clase de pesca que se hace por la noche. Es algo impresionante de ver. A la luz de teas chisporroteantes, la barca se desliza por el mar reluciente mientras los hombres se mantienen de pie observando atentamente hasta que descubren presas, y lanzan la red como rayos; y a menudo se ven venir al puerto los pescadores agotados por la mañana, después de faenar en vano toda la noche.»

La pesca abundante de la historia no se nos presenta como un milagro, ni se pretende que se tome por tal. Se describe como algo que sigue pasando en el lago. Recordad que la barca no estaba más que a cien metros de la orilla. H. V. Morton cuenta que vio a dos hombres pescando a la orilla del lago. Uno había vadeado desde la orilla y estaba echando una red de cascabeles al agua. «Y vez tras vez la red subía vacía. Era interesantísimo verle echarla. Cada vez que la cuidadosamente enrollada red surcaba el aire y caía tan precisamente en el agua, las pequeñas pesas de plomo la tocaban al mismo tiempo produciendo un chapoteo circular. Mientras estaba esperando para lanzar otra vez, Abdul le gritó desde la orilla que echara la red a la izquierda, cosa que hizo al instante. Y esta vez no fue en vano… Sacó la red en la que se podían ver los peces removiéndose… Sucede a menudo que el que lleva la red de mano tiene que depender de la vista del que está a la orilla, que le dice hacia qué lado tiene que echarla, porque puede ver en el agua clara el banco que no ve el que está dentro del agua.» Jesús estaba haciendo las veces de guía con Sus amigos pescadores, como sigue haciéndose hoy en día.

Puede que fuera porque todavía estaba oscuro por lo que no reconocieron a Jesús. Pero el discípulo amado tenía una vista aguda. Se dio cuenta de que era el Señor; y, cuando Pedro lo oyó, salto al agua. No estaba desnudo del todo. Llevaría un ceñidor, que era una especie de calzoncillos, que era lo único que llevaban los pescadores cuando faenaban. Ahora bien: la ley judía decía que el saludar era un acto religioso, y para realizar un acto religioso había que estar dignamente vestido; así es que Pedro, antes de lanzarse al agua para venir al encuentro de Jesús, se puso la túnica de pescador; porque quería ser el primero en saludar a su Señor.

LA REALIDAD DE LA RESURRECCIÓN

Ahora llegamos a la primera gran razón para que se añadiera este extraño capítulo al evangelio ya concluido. Fue para demostrar de una vez para siempre la realidad de la Resurrección. Había muchos que decían que las apariciones del Cristo Resucitado no eran más que visiones que tuvieron los discípulos.

Muchos admitirían la realidad de esas visiones, pero insistirían en que no eran otra cosa. Otros llegarían a decir que no eran más que alucinaciones. Los evangelios se esfuerzan en demostrar que el Cristo Resucitado no era una visión, y menos una alucinación, ni un fantasma, sino una Persona real. Insisten en que la tumba estaba vacía, y en que el Cristo Resucitado tenía un cuerpo real, que conservaba las señales de los clavos y de la lanza que Le atravesó el costado.

Pero esta historia va un paso más lejos. Una visión o un fantasma no sería normal que indicara la posición de un banco de peces a un grupo de pescadores. Menos aún encendería un fuego para asarles unos peces a unos agotados pescadores, y menos aún los compartiría con ellos. Y sin embargo esta historia nos cuenta que Jesús sí hizo esas cosas. Cuando Juan nos relata que Jesús se les presentó a Sus discípulos cuando tenían las puertas cerradas dice: «Les enseñó Sus manos y Su costado» (Joh_20:20 ). Ignacio de Antioquía, en su carta a la Iglesia de Esmirna, cuenta una tradición aún más definida acerca de ese hecho: «Yo sé y creo que Jesús estaba en la carne aun después de la Resurrección; porque, cuando se presentó a Pedro y a sus compañeros, les dijo: «¡Venga, tocadme y comprobad que no soy ningún demonio incorpóreo.» E inmediatamente Le tocaron, y creyeron, porque se convencieron sin lugar a dudas de Su humanidad… Y después de Su Resurrección comió y bebió con ellos como un ser humano.»

El primero y el más sencillo propósito de esta historia es dejar bien clara la realidad de la Resurrección. El Señor Resucitado no era una visión, ni la fantasía de ninguna imaginación exaltada, ni la aparición de un fantasma: ¡era Jesús, Que había conquistado la muerte y había vuelto vencedor!

LA UNIVERSALIDAD DE LA IGLESIA

Aquí se nos presenta simbolizada una segunda gran verdad. En el Cuarto Evangelio todo tiene su razón de ser; así es que podemos dar por sentado que si Juan nos menciona el número ciento cincuenta y tres, habrá algo que nos quiere decir con eso. Se ha sugerido que se contaron los peces sencillamente porque había que repartir la pesca entre los que habían participado en ella; y se menciona el número por lo extraordinariamente grande que fue. Pero, cuando recordamos la forma que tiene Juan de sugerir sentidos velados para que los descubran los que tienen interés, podemos suponer que aquí hay algo más de lo que aparece en la superficie.

Se han propuesto muchas sugerencias ingeniosas.

(i) Cirilo de Alejandría dijo que el número 153 se compone de tres cifras. Primero, está el 100; y representa «la plenitud de los gentiles.» 100, dice, es el número más completo: el rebaño del pastor de la parábola se compone de 100 ovejas (Mat_18:12 ); el producto más completo de la semilla es de 100 por 1 (Mat_13:8 ). Así que el número 100 representa la plenitud de los gentiles que se recogerán en Cristo. Segundo, está el 50; y 50 representa el remanente de Israel que se cosechará. Tercero, el 3; y el 3 representa a la Santísima Trinidad, a cuya gloria se hace todo.

(ii) Agustín tiene otra explicación aún más ingeniosa. Dice que 10 es el número de la Ley, porque hay 10 mandamientos; 7 es el número de la gracia, porque en Apocalipsis se dice que hay siete espíritus de Dios. Ahora bien: 10+7=17, y 153 es la suma de todas los Números (1+2+3+4+5…) hasta 17. Así que 153 representa a todos los que han venido a Jesucristo, ya sea mediante la Ley o mediante la Gracia.

(iii) La explicación más sencilla es la que nos da Jerónimo. Dice que hay en el mar 153 clases de peces, y que aquella pesca incluía representantes de todas ellas; y que, por tanto, el número simboliza el hecho de que algún día todas las personas de todas las naciones se reunirán en Jesucristo.

Mencionaremos otro detalle: todos estos peces se reunieron en la red, y la red los pudo contener a todos sin romperse. La red representa a la Iglesia; y hay sitio en ella para todas las naciones. Aunque todos entraran en ella, es bastante grande para contenerlos.

Aquí Juan nos está hablando en su manera característica y sutil de la universalidad de la Iglesia. Ningún exclusivismo cabe en ella, ni racismo ni discriminación. El abrazo de la Iglesia es tan universal como el amor de Dios en Jesucristo. Nos introducirá en la siguiente gran razón por la que se añadió este capítulo al evangelio que ya estaba completo el fijarnos en que fue Pedro el que trajo a tierra la gran red (Joh_21:11 ).

EL PASTOR DEL REBAÑO DE CRISTO

Juan 21:15-19

Después de desayunar, Jesús le dijo a Simón Pedro: -Simón hijo de Jonás, ¿Me amas más que estos? Y Pedro Le contestó:

-Sí, Señor; Tú sabes que Te quiero. Jesús entonces le dijo:

-Sé el pastor de mis corderos. Y de nuevo le dijo por segunda vez: -Simón hijo de Jonás, ¿Me amas?

Y Pedro Le contestó:

-Sí, Señor; Tú sabes que te quiero.

Y Jesús le dijo:

-Sé el pastor de mis oveSantiago

Por tercera vez le preguntó:

-Simón hijo de Jonás, ¿Me quieres?

Pedro se afligió cuando Jesús le preguntó por tercera vez «¿Me quieres?», y Le contestó: -Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que Te quiero. Apacienta mis ovejas Te estoy hablando en serio: Cuando eras más joven, te ponías el cinto y te ibas adonde querías; pero cuando te hagas viejo, extenderás los brazos y será otro el que te ponga el cinto para llevarte adonde tú no quieras.

Eso lo dijo indicando con qué clase de muerte iba Pedro a glorificar a Dios. Y después le dijo a Pedro:

-¡Sígueme!

Aquí tenemos una escena que tiene que haber quedado grabada indeleblemente en la memoria de Pedro.

(i) En primer lugar, tenemos que fijarnos en la pregunta que le dirigió Jesús a Pedro: « Simón hijo de Jonás, ¿Me amas más que estos?» Por lo que se refiere a la construcción de la frase, esto puede querer decir una de dos cosas.

(a) Puede que Jesús señalara, con un movimiento del brazo, la barca y las redes y los peces recién pescados, y le preguntara a Pedro: «Simón, ¿Me amas más que a estas cosas? ¿Estás dispuesto a dejar todo esto, a renunciar a las perspectivas de un negocio próspero y una vida razonablemente cómoda para entregarte para siempre al cuidado de Mi pueblo y a Mi obra?» Ese tiene que haber sido todo un desafío para Pedro: la invitación a hacer la decisión final de entregar toda su vida a la predicación del Evangelio y al cuidado del Pueblo de Cristo.

(b) Puede que Jesús mirara a los otros componentes del grupo de discípulos cuando le preguntó a Pedro: «Simón, ¿Me amas más de lo que Me aman estos?» Puede que Jesús se estuviera refiriendo a lo que dijo Pedro la otra noche: «¡Aunque todos estos Te fallen, yo no Te voy a fallar!» (Mat_26:33 ). Tal vez estaba recordándole afectuosamente a Pedro que en cierta ocasión había pensado que él era el único que se mantendría fiel, pero también había fallado.

Lo más probable es que el sentido más correcto sea el segundo; porque Pedro no hace ningunas comparaciones en su respuesta, sino sólo se contenta con decir sencillamente: «Tú sabes que Te quiero.»

(ii) Jesús le hizo la pregunta tres veces, y lo hizo así por algo. Fueron tres las veces que Pedro negó a su Señor, y tres las oportunidades que le dio su Señor de afirmar su amor. Jesús le concedió a Pedro la oportunidad de borrar de su memoria la triple negación con una triple afirmación.

(iii) Debemos fijarnos en lo que el amor le trajo a Pedro.

(a) Le trajo una tarea. «Si Me amas -le dijo Jesús-, dedica tu vida a pastorear las ovejas y los corderos de Mi rebaño.» Sólo podemos demostrar que amamos a Jesús amando a los demás. El amor es el mayor privilegio del mundo, pero conlleva la mayor responsabilidad.

(b) Le trajo a Pedro una cruz. Jesús le dijo: «Mientras seas joven, puedes escoger adónde quieres ir; pero llegará el día cuando extenderán tus brazos en una cruz, y te llevarán por donde no quieras.» Llegó el día, en Roma, cuando Pedro murió por su Señor; él también acabó su vida en una cruz, y se dice que pidió que le crucificaran cabeza abajo, porque no se consideraba digno de morir como su Señor.

El amor le trajo a Pedro una tarea, y también una cruz. El amor siempre implica una responsabilidad, y siempre incluye un sacrificio. No amamos a Cristo de veras a menos que estemos dispuestos a asumir Su obra y Su Cruz.

Fue por algo por lo que Juan recordó este incidente. Lo hizo para presentar a Pedro como el gran pastor del pueblo de Cristo. Puede ser, era inevitable, que surgieran comparaciones en la Iglesia Primitiva. Algunos dirían que Juan era el más importante, porque se remontaba en su vuelo de pensamiento más que todos los demás. Algunos dirían que el más importante era Pablo, porque llegó hasta el fin de la Tierra con el Evangelio de Cristo. Pero este capítulo dice que Pedro también tuvo un lugar preponderante. Puede que no pensara o escribiera como Juan; puede que no viajara ni corriera tantas aventuras como Pablo; pero tuvo el gran honor, y la entrañable tarea, de ser el pastor del rebaño de Cristo. Y aquí es donde podemos seguir las huellas de Pedro. No es probable que podamos pensar como Juan; ni que podamos llegar hasta lo último de la Tierra como Pablo; pero todos podemos cuidarnos de que algún otro no se descarríe, y de proveer el alimento de la palabra de Dios para los corderos de Cristo.

EL TESTIGO DE CRISTO

Pedro se volvió, y vio que los estaba siguiendo el discípulo amado de Jesús, el que había recostado su cabeza en el pecho de Jesús y Le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que Te va a traicionar?» Cuando Pedro vio a ese discípulo, Le preguntó a Jesús:

-Señor, ¿y qué va a pasar con ese?

Y Jesús le respondió:

-Si quiero que Me espere hasta que Yo vuelva, eso no es cosa tuya. Tu obligación es seguirme.

Por eso se corrió la voz entre los cristianos de que este discípulo no se iba a morir. Pero Jesús no dijo que no se moriría, sino: «Si quiero que ese Me espere hasta que Yo vuelva, eso no es cosa tuya.» Y este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y que las ha escrito, -y sabemos que su testimonio es da pura verdad.

Este pasaje deja bien claro que Juan tiene que haber llegado a una notable ancianidad; tiene que haber vivido una vida tan larga que se corrió la voz entre los cristianos de entonces que iba a seguir vivo hasta la Segunda Venida de Cristo. Ahora bien: de la misma manera que el pasaje anterior asignaba a Pedro su lugar correspondiente en el plan de Dios, este se lo asigna a Juan. Su misión especial sería la de ser testigo de Cristo. También en su caso los cristianos de entonces harían sus comparaciones. Mencionarían que Pablo había llegado al fin de la Tierra; que Pedro iba por acá y por allá pastoreando a los creyentes; y entonces se preguntarían cuál era la misión especial de Juan, que llegó a tal ancianidad en Éfeso que ya no podía llevar a cabo ninguna actividad. Aquí está la respuesta: Puede que Pablo fuera el pionero de Cristo; Pedro, el pastor de Cristo; pero Juan era el testigo de Cristo, el que podía decir: «Yo he vivido estas cosas, y sé que son verdad.»

Hoy en día también la prueba definitiva del Cristianismo es la experiencia cristiana personal. Hoy también el cristiano es el que puede decir: «Yo conozco a Jesucristo, y sé que el Evangelio es verdad.»

Así que, en su final, este evangelio toma dos de las grandes figuras de la Iglesia, Pedro y Juan. A cada uno Jesús le asignó una misión. La de Pedro fue pastorear la grey de Cristo hasta dar su vida por Él. La de Juan fue ser testigo de la historia de Cristo, y alcanzar una bendita ancianidad para acabar muriendo en paz. Nada los hizo rivales en el honor y el prestigio, ni al uno superior al otro. Los dos fueron siervos de Cristo.

Que cada cual sirva a Cristo donde Cristo le ha puesto. Como le dijo Jesús a Pedro: «La tarea que Yo le doy a otro no es cosa tuya. Lo tuyo es seguirme;» así nos lo dice a cada uno de nosotros. Nuestra gloria no depende de nuestra comparación con los demás, sino de servir a Cristo en la capacidad que Él nos ha asignado.

EL CRISTO ILIMITADO

Juan 21:25

Hay muchas otras cosas que hizo Jesús que, si se escribieran una tras otra, no creo que el mundo sería lo suficientemente grande para contener todos los libros que se escribirían.

En este último capítulo, el autor del Cuarto Evangelio pone ante la Iglesia para la que lo escribió unas cuantas grandes verdades. Les ha recordado la realidad de la Resurrección; les ha recordado la universalidad de la Iglesia; les ha recordado que Pedro y Juan no eran rivales, sino que Pedro era el gran pastor, y Juan el gran testigo. Y ahora llega al final; y llega pensando en el esplendor de Jesucristo. Aunque sepamos mucho de Cristo, no hemos captado más que un poquito de Él. Sean las que sean las maravillas que hemos experimentado, son sólo una pequeña parte de las que se pueden experimentar. Las categorías humanas son insuficientes para describir a Cristo, y los libros humanos son incapaces de contenerle. Así que Juan termina haciendo referencia a los innumerables triunfos, el inagotable poder y la gracia ilimitada de Jesucristo.

Juan 21:1-25

21.1ss Este capítulo se ocupa de cómo Jesús comisionó a Pedro. Tal vez Pedro necesitaba un estímulo especial después de negarlo ya que se habrá sentido totalmente indigno. Los versículos 1-14 preparan el escenario de la conversación de Jesús con Pedro.

21.7 Unicamente Juan («aquel discípulo a quien Jesús amaba») reconoció a Jesús, sin lugar a duda porque Jesús llevó a cabo un milagro similar antes (Luk_5:1-11).

21.15-17 En esta escena junto al mar, Jesús condujo a Pedro a través de una experiencia que removería la nube de la negación. Pedro lo hizo tres veces. Tres veces le preguntó Jesús si lo amaba. Cuando Pedro contestó afirmativamente, Jesús entonces le dijo que debía apacentar a sus corderos. Una cosa es decir que ama a Jesús, pero otra es que la verdadera prueba radica en la disposición para servirle. Pedro se arrepintió y ahora Jesús le pide que dedique su vida. La vida de Pedro cambió cuando al fin supo quién era Jesús. Su ocupación cambió de pescador a evangelista, su identidad cambió de impetuosa a «roca» y su relación con Jesús cambió. Era perdonado y comprendió el significado de las palabras de Jesús acerca de su muerte y resurrección.

21.15-17 Jesús preguntó a Pedro tres veces si lo amaba. La primera vez Jesús dijo: «¿Me amas más que éstos?» (en griego, se emplea la palabra ágape. Significa amor volitivo, autosacrificial). La segunda vez, Jesús se centra solo en Pedro y vuelve a emplear la palabra griega ágape. La tercera, Jesús usa la palabra griega fileo (que significa afecto, afinidad o amor filial) y en efecto le preguntaba: «¿Eres de veras mi amigo?» Siempre Pedro había respondido con la palabra fileo. Jesús no aceptó precipitadamente respuestas superficiales. El sabe llegar a donde tiene que llegar. Pedro tuvo que enfrentar sus motivos y sentimientos verdaderos cuando Jesús lo confrontó. ¿Qué respondería usted si Jesús le preguntara: «¿Me amas?» ¿Realmente ama a Jesús? ¿Es usted su amigo?

21.18, 19 Esta era una predicción de la muerte de Pedro por crucifixión. La tradición indica que a Pedro lo crucificaron por su fe con la cabeza para abajo porque no se consideró digno de morir como su Señor. Sin tomar en cuenta lo que su futuro le deparaba, Jesús dijo a Pedro que lo siguiera. Podemos enfrentar con temor e incertidumbre el futuro, pero podemos estar seguros de que Dios tiene el control y seguirle con fe.

21.21, 22 Pedro preguntó a Jesús cómo moriría Juan. Jesús le contestó que no debía preocuparse por eso. Tendemos a comparar nuestra vida con otros, sea para racionalizar nuestro nivel de devoción a Cristo o para cuestionar la justicia de Dios. Jesús nos contesta en la forma que lo hizo a Pedro: «¿Qué a ti? ¡Sígueme tú!»

21.23 La tradición dice que Juan, luego de pasar varios años exiliado en la isla de Patmos, volvió a Efeso, donde murió a una edad muy avanzada, al final del primer siglo.

21.25 Juan establece que su propósito al escribir su Evangelio era mostrar que Jesús es el Hijo de Dios. Presentó con claridad y de manera sistemática evidencias que respaldaban las declaraciones de Jesús. Cuando una evidencia se presenta en el palacio de justicia, los que la oyen deben tomar una decisión. Los que leen el Evangelio de Juan también deben tomar una decisión: ¿Es Jesús el Hijo de Dios? Usted es el jurado. La evidencia se ha presentado con claridad. Usted debe decidir. ¡Lea el Evangelio de Juan y decídase.

APARICIONES DE JESUS DESPUES DE SU RESURRECCION

  1. María Magdalena: Mar_16:9-11; Joh_20:10-18
  2. Las otras mujeres en la tumba: Mat_28:8-10
  3. Pedro en Jerusalén: Luk_24:34; 1Co_15:5
  4. Los dos viajeros en el camino: Mar_16:12-13
  5. Diez discípulos tras puertas cerradas: Mar_16:14; Luk_24:36-43; Joh_20:19-25
  6. Con Tomás, todos los discípulos (menos Judas Iscariote): Joh_20:26-31; 1Co_15:5
  7. Siete discípulos mientras pescaban: Joh_21:1-14
  8. Once discípulos en la montaña: Mat_28:16-20
  9. Una multitud de quinientos: 1Co_15:6
  10. Su hermano Santiago: 1Co_15:7
  11. Los que lo vieron ascender al cielo: Luk_24:44-49; Act_1:3-8

La verdad del cristianismo descansa con firmeza en la resurrección. Si Jesús resucitó de la tumba, ¿quién lo vio? ¿Cuán confiables fueron los testigos? Quienes declararon haberlo visto resucitado pusieron de cabeza al mundo entero. Muchos, inclusive, murieron por seguir a Cristo. Es raro que la gente muera por una verdad a medias. Estas fueron personas que vieron a Jesús resucitado.

Juan 21:1-4

El de San Juan es el único Evangelio que contiene el episodio de la incredulidad de Tomas, y por lo tanto es bien probable que el público no lo leyera sino después de la muerte de éste. El pasaje pertenece a la clase de los que presentan pruebas poderosísimas de la rectitud de los evangelistas. Si los que compilaron la Biblia hubieran sido unos impostores, jamás habrían dicho al mundo que uno de los fundadores de la nueva religión se había conducido como Tomás se condujo.

Notemos, el primer lugar, cuanto pueden perder los cristianos por dejar de concurrir con regularidad a las reuniones del pueblo de Dios. Tomás estaba ausente la primera vez que Jesús apareció a sus discípulos, y por lo tanto perdió una bendición. Por supuesto que no sabemos que motivara su ausencia; mas parece muy improbable que en una crisis como aquella le asistiera alguna razón justa para no estar con sus hermanos. Lo cierto es que a causa de su conducta tuvo que sufrir zozobras y dudas por toda una semana, mientras que los otros discípulos estaban regocijándose de que el Salvador hubiese resucitado. No nos es dado suponer que esto habría sucedido si su falta de puntualidad hubiera sido disculpable.

Bueno será que recordemos la exhortación de San Pablo: «No dejando nuestra congregación como algunos tienen por costumbre.» Heb. 10.25. No estar ausente los domingos de la casa del Señor, salvo caso de necesidad; no dejar de participar en la Cena del Señor, cuando se administre en nuestra propia congregación; no dejar de valernos de los medios de gracia ­he aquí el modo de hacer progresos en nuestra vida cristiana. Puede acontecer que el mismo sermón que dejamos de oír innecesariamente contenga algunas preciosas palabras que tengan especial aplicación a nuestra alma. La misma reunión de plegaria a que nos abstenemos de concurrir puede ser quizá la que nos hubiera infundido ánimo y despertado nuestra conciencia. El necio argumento de que muchos concurren a los ejercicios religiosos y no enmiendan de vida, no debe tener para el cristiano valor alguno. Este tiene presentes las palabras de Salomón: «Bienaventurado el hombre que me oye, velando a mis puertas cada día, guardando los umbrales de mis entradas.2 Prov. 8.34. Así mismo la siguiente promesa de Jesucristo: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» Mat. 18.20 Notemos, en segundo lugar, cuan benigno y misericordioso es Jesucristo con los creyentes débiles y tardos. La conducta de Tomás fue desagradable y fastidiosa en extremo, ni aún el testimonio de diez fieles hermanos fue parte a convencerlo, y tercamente dijo: «Si no viere con mi propios ojos y tocare con mis propias manos, no creeré.» Mas nuestro Señor lo trató con una paciencia y una compasión que son difíciles de describir. No lo rechazó, ni lo despidió, ni lo excomulgó. Antes bien, pasada una semana se presentó otra vez ­según era de juzgarse, en obsequio de Tomás-y trató a éste como una amble nodriza trataría a un niño desobediente. «Mete tu dedo aquí,» le dice, «y ve mis manos; y da acá tu mano y métela en mi costado.» Si solo las pruebas más materiales y palpables podían satisfacerlo, esas pruebas le fueron suministradas. ¡Que amor! ¡Que paciencia! Cuidemos de imitar el ejemplo de nuestro Señor. No estigmaticemos a ningún hombre como impío e incrédulo, porque sea débil en su fe y tibio en su amor.

Recordemos la historia de Tomás y seamos compasivos e indulgentes. Nuestro Señor tiene muchos hijos frágiles en su familia, muchos discípulos torpes en su escuela, muchos reclutas en su ejército, y sin embargo, a todos los sobrelleva y a ninguno echa de sí. Dichoso el cristiano que ha aprendido a conducirse de la misma manera con sus hermanos. Hay muchos en la iglesia que, a semejanza de Tomás, son tardos para creer y para entender, y que como él, son cristianos verdaderos.

Notemos, por último, en estos versículos como Jesús fue llamado Dios por un discípulo, sin que él, por su parte, se opusiera a ello. La elocuente exclamación en que prorrumpió Tomás cuando se convenció de nuestro Señor había resucitado, esa elocuente exclamación («Señor mío y Dios mío») no tiene sino un solo significado: fue una declaración de fe en la divinidad de nuestro Señor. Cuando Cornelio se postró a los pies de Pedro y quería adorarlo, el Apocalipsis rehusó al punto semejante honor, diciendo: «Alzate, que yo también soy hombre.» Hechos 10.26. Cuando el pueblo de Listra quería ofrecer sacrificios a Pablo y Baranabás, estos, «Rompiendo sus ropas, saltaron en medio de la multitud, dando voces y diciendo: `Varones, ¿Por qué hacéis esto?» Hechos 14.14. Mas cuando Tomás llamó a Jesús «Señor y Dios» el Santo y verás Maestro no pronunció ni una sola palabra de reconvención.

La divinidad de Jesucristo es una de las verdades fundamentales del Cristianismo. Si el Salvador no es verdadero Dios y verdadero Dios, de nada sirven su mediación, su expiación, su intercesión ni su obra de la redención. Demos constantemente gracias a Dios de que las Escrituras enseñan abundantemente la doctrina de la divinidad de nuestro Señor, y eso de tal manera que sus pruebas no pueden ser refutadas. Y ante todo, encomendemos diariamente nuestras almas a Cristo con toda confianza, sabiendo que es perfecto Dios así como también perfecto hombre. Nada debe arredrar al cristiano que puede tornar los ojos a Jesús por medio de la fe y decirle como Tomas: «¡Señor mío y Dios mío!.

Juan 21:15-17

EL aparecimiento de nuestro Señor descrito en estos versículos es una parte muy interesante de la historia evangélica. Las circunstancias a que dio lugar se han considerado altamente alegóricas en todos los siglos de la iglesia; mas en ese respecto muchos de los comentadores han adoptado tal vez un extremo pernicioso. Nosotros nos ceñiremos al examen de las lecciones importantísimas a la vez que sencillas que el pasaje contiene.

Notemos, primeramente, hasta donde llegaba la pobreza de los discípulos. Según lo que se nos refiere, tenían que trabajar con sus propias manos para atender a sus necesidades temporales, y eso en uno de los oficios más humildes–el de pescador. No tenían ni oro ni plata, no poseían tierras ni recibían rentas, y por lo tanto no vacilaron en volver a ejercer el oficio de que habían vivido los más de ellos. Es bien notable el hecho de que algunos de los siete discípulos que se mencionan en este pasaje estaban pescando cuando nuestro Señor los llamó para que se hiciesen apóstoles suyos, y también cuando se les apareció casi por la postrera vez. Esa coincidencia debió de hacer una impresión profunda en los ánimos de Pedro, Santiago y Juan.

El hecho de que los apóstoles eran pobres suministra una prueba sólida del origen divino del Cristianismo. Los mismos hombres que trabajaron toda la noche en un bote arrojando aquí y allí una red pesada sin coger nada; los mismos hombres que tuvieron que trabajar afanosamente para ganar un pan–esos mismos hombres, decimos, fueron los fundadores de la poderosa iglesia de Cristo que se ha extendido ya por una tercera parte del globo. Ellos fueron los que, saliendo de un humilde rincón del mundo, trasformaron las naciones. Ellos fueron los hombres iliteratos que osadamente lanzaron el reto a los ingeniosos sistemas de la filosofía antigua y redujeron al silencio a sus defensores por medio de la predicación da la religión de la cruz. Ellos fueron quienes en Efeso, Atenas y Roma hicieron que los templos paganos fuesen abandonados de sus adoradores, y convirtieron a las muchedumbres a una fe nueva y mejor. Quien pueda explicar estos hechos sin admitir que el Cristianismo emanó de Dios debe ser muy incrédulo a la verdad. Tanto la razón como el sentido común nos obligan a deducir una sola consecuencia, es a saber: que únicamente el hecho de que Dios interviniese directamente puede explicar el origen y los progresos del Cristianismo.

Notemos también cuánto difieren en índole los discípulos de Jesucristo. Pedro y Juan estuvieron otra vez juntos, y otra vez, como al lado del sepulcro, se portaron de distinto modo. Cuando Jesús estaba de pié en la orilla, a la escasa luz del crepúsculo matutino, Juan fue el primero que percibió quien era, y dijo: «El Señor es;» mas Pedro fue el primero que se arrojó al agua y que se afanó por acercarse a su Maestro. En una palabra, Juan fue quien vio primero; mas Pedro fue quien obró primero. Y sin embargo, ambos eran creyentes, ambos amaron al Señor en vida y le fueron fieles en la muerte. Más tenían distinto genio.

No tildemos a los demás de irreligiosos o no convertidos solo porque no sientan lo que nosotros sentimos, o porque no perciban las verdades del Cristianismo como nosotros las percibimos. Hay diferencia de dones; mas el mismo Espíritu. 1Co_12:4. Dios no otorga a cada persona sus dones en el mismo grado ni en la misma cantidad. Algunos poseen ciertas dotes en alto grado, otros otras distintas; algunos poseen prendas que lucen más en público, otros que lucen más en privado; algunos se distinguen más en una vida activa, otros en una vida pasiva. Y sin embargo, todos los hijos de Dios le dan gloria, ya sea de un modo, ya de otro. Lo que es esencial es tener la gracia del Espíritu y amar a Jesucristo. Amemos a los que posean esa gracia y a los que amen así al Salvador, aunque no vean todo del mismo color que nosotros lo vemos. Sírvanos de guía esta máxima: « Gracia sea con todos los que aman al Señor Jesucristo en incorrupción.» Efes. 6:24.

Advirtamos, finalmente, cuan abundantes son las pruebas que, la Escritura suministra respecto de la resurrección de nuestro Señor. En este pasaje se nos presenta otra prueba de que nuestro Señor resucitó con un cuerpo real y material. a orillas del mar de Galilea se sienta y come y bebe en presencia de siete hombres. El sol de una mañana de primavera resplandece sobre el pequeño grupo que así se reúne lejos del bullicio de Jerusalén. El Maestro está sentado en medio con las manos marcadas con las cicatrices de los clavos–el mismo Maestro a quien todos habían seguido por el espacio de tres años, y a quién uno de ellos, a lo menos, había visto suspendido de la cruz. No era posible que sus ojos los engañasen. ¿Puede exigirse prueba más evidente de la verificación de un acontecimiento? La resurrección de Jesucristo es una de las mejores pruebas de que su misión era divina. El mismo había dicho a los Judíos que no estaban obligados a creer que él era el Mesías sí no resucitaba de entre los muertos. La resurrección es, por decirlo así, la cúpula del gran edificio de la redención, pues probó que el Señor había acabado la obra que había venido a ejecutar, y que, como Sustituto nuestro, había triunfado sobro el sepulcro. Rindamos gracias a Dios de que hay pruebas tan incontestables de que dicho acontecimiento tuvo lugar.

Juan 21:15-17

Se describe en estos versículos una conversación singular que tuvo nuestro Señor Jesucristo con el apóstol Pedro. Para todo el que haya leído la Biblia con cuidado, y recuerde la negación de Pedro, tres veces repetidas, el presente pasaje tendrá profundo interés.

Examinemos primeramente la pregunta que Jesucristo hizo a Pedro, a saber: «¿Simón, hijo de Jonás, me amas?» Por tres veces le hizo esta misma pregunta, probablemente con el objeto de recordar a Pedro que por tres veces lo había negado. Y una de esas veces agregó las palabras «más que estos» con el objeto, sin duda, de recordar al apóstol aquella aserción que había hecho: «Aunque todos sean escandalizados, mas no yo.» Es como si el Salvador hubiera dicho: «¿Te consideras superior a los demás? o ¿sabéis ya por experiencia cuan flaco eres?.

Á primera vista puede parecer que «¿me amas?» es una pregunta muy sencilla. En cierto sentido lo es: aun un niño es capaz de comprender lo que es amor, y de decir si ama a otro o no. Sin embargo, en otro sentido, es una pregunta que da mucho que pensar. Puede acontecer que seamos diligentes en nuestra conducta; que poseamos profundos conocimientos; que hagamos entusiastas protestas; que demos muchas limosnas, y hagamos, en una palabra, mucho alarde de nuestra religión; y que sin embargo, por falta de amor, nuestro corazón esté para con Dios tan frió y tan duro como el mármol. ¿Amamos a Jesucristo? He aquí la gran cuestión. Sin ese amor nuestras convicciones religiosas carecerán de vitalidad, y nosotros seremos, en cuanto a la vida espiritual, tan insensibles como las imágenes de cera o las momias de un museo. Donde no existe amor no hay vida.

Cuidemos de que la afectuosidad forme parte de nuestra vida religiosa. Los conocimientos, la ortodoxia, las opiniones acertadas, el escrupuloso cumplimiento de los ritos no bastan: es preciso que experimentemos algún amor hacia Jesucristo. Cierto es que la afectuosidad por sí sola es de poco valor, mayormente si es pasajera, mas la carencia completa de afectos es un síntoma muy malo. Las personas a quienes Pablo dirigió sus Epístolas experimentaban tiernas emociones, y no vacilaban en confesarlo. Amaban a un Ser celestial, a Jesús el Hijo de Dios. Procuremos imitarlos.

Notemos, en segundo lugar, qué fue lo que Pedro contestó a la pregunta de nuestro Señor. Por tres veces repuso el apóstol: «Tú sabes que te amo» y una de ellas dijo además: «Tú sabes todas las cosas.» Cuéntasenos también que, cuando nuestro Señor le hizo la tercera pregunta, él se entristeció. Es bien de creerse que nuestro Señor, como hábil médico, creó intencionalmente ese pesar. Su objeto sin duda era despertarle la conciencia al apóstol y enseñarle una lección solemne. ¡Si era doloroso para el discípulo que se le interrogase, cuanto más doloroso no debió de haber sido para el Maestro que se le negase! Lo que el humillado apóstol repuso es precisamente lo que el cristiano en todos los siglos puede declarar en testimonio de su fe. Acaso suceda que sea débil, ignorante, tímido, vacilante, y que cometa muchas faltas; mas, a pesar de todo, es franco y sincero. Preguntadle si se ha convertido, si pertenece al número de los creyentes, si posee la gracia divina, si ha sido justificado, si ha sido santificado, si es hijo de Dios–hacedle cualquiera de estas preguntas, y tal vez os contestará que no sabe. Mas preguntadle si ama a Jesucristo, y al punto os replicará que sí, aunque puede suceder que agregue que no lo ama tanto como debiera. Salvo unas pocas excepciones esta regla os universal.

¿En qué consiste, en resumidas cuentas, el secreto del amor hacia Jesucristo? Consiste en la convicción íntima de haber recibido de él el perdón por los pecados. Cuanto más firme y profunda sea esa convicción, tanto más profundo será el amor. Quien, gravado con la enorme carga de sus pecados, haya acudido a Jesucristo, y haya experimentado la dicha de recibir una absolución, completa, sentirá rebosar su corazón de gratitud hacia el Salvador. Cuánto más meditemos en el hecho de que Jesucristo sufrió por nuestras culpas, tanto más lo amaremos y veneraremos.

Notemos, por último, cual fue el precepto que nuestro Señor dio a Pedro. Por tres veces le mandó que apacentara su rebaño, designando este una vez bajo el nombre de «corderos» y dos bajo el nombre de «ovejas.» ¿Puede dudarse que ese precepto, tres veces repetido, tuviera una significación profunda? Por una parte, quería decir que el Señor comisionaba a Pedro de nuevo para que predicase el Evangelio, a pesar de su caída entonces reciente. Pero tenía mayor significación: quería decir, para provecho de Pedro y de toda la iglesia, que ser útil hacia nuestros semejantes y trabajar por la causa del Evangelio es la verdadera prueba de nuestro amor hacia Jesucristo. Lo que distingue al verdadero discípulo no son las protestas ruidosas, ni siquiera el celo impetuoso y convulsivo, el deseo de desenvainar la espada para pelear por la fe; es el esfuerzo continuado, paciente, e incansable por hacer bien a las ovejas de Jesucristo que están, esparcidas por este mundo pecador. En otro lugar está escrito: «El que entre vosotros quisiere hacerse grande, será vuestro servidor; y el que entre vosotros quisiere ser el primero será vuestro siervo.» Mat_20:26 y 27.

Practiquemos, pues, esa religión que ama, que es útil, que hace buenas obras, que no es egoísta ni hace ostentación. Que nuestro deseo diario sea servir a nuestros semejantes y hacerles bien; y disminuir así el infortunio y aumentar la dicha de este mundo de maldad. Si así viviéremos, si así arregláremos nuestra conducta, veremos que es muy cierto que «más bienaventurado es dar que recibir.» Actos 20: 35.

Juan 21:18-25

Con estos versículos termina el libro más valioso de la Biblia. El que pueda leerlos sin experimentar profundas emociones, es digno de lástima, a la verdad.

Examinemos las lecciones que contienen.

Enséñasenos que Jesucristo sabe cuál será el porvenir de los cristianos, tanto en vida como en muerte. A Pedro le dijo: «Cuando ya fueres viejo extenderás tus manos, y ceñirte ha otro, y te llevara donde no querrías.» No hay duda de que estas palabras fueron una predicción del modo como había de morir el apóstol, y tuvieron su cumplimiento cuando, según se supone, Pedro fue crucificado y hecho mártir por la causa de Cristo.

Esta verdad tiene mucho de consolador para todo creyente verdadero. En la mayor parte de los casos nos seria triste poseer un conocimiento anticipado de lo que estuviera por verificarse. Saber las desgracias que habían de sucedemos, y no poderlas prevenir, nos haría muy desdichados en verdad. Mas es un gran consuelo el saber que Jesucristo ha previsto y preordenado todo nuestro porvenir. En el viaje de la vida no suceden casualidades o accidentes. Todo ha sido desde el principio previsto y ordenado por un Ser que es demasiado sabio para errar y demasiado bueno para hacernos mal.

Se nos enseña, en seguida, que con su muerte el creyente glorifica a Dios. El Espíritu Santo, interpretando benignamente las palabras que salieron de los labios de Jesús acerca del fin de Pedro, nos comunica esta verdad en lenguaje muy claro. Nos dice por medio de la pluma del Evangelista que así dio a entender el Señor con qué muerte había de glorificar a Dios el apóstol.

Por lo regular no se medita en este asunto como se debiera. Estamos tan inclinados a considerar la vida como el único estado en que podemos glorificar a Jesucristo, y las buenas acciones como el único medio de dar a conocer nuestra religión, que consideramos la muerte solo como el doloroso término de nuestra actividad. Empero, esto no debiera suceder así. Así como podemos vivir para el Señor, podemos también morir para el Señor: nos es tan posible sufrir con paciencia como trabajar con energía. Es muy probable que la muerte resignada de los reformadores de Inglaterra ejerciera más influjo en los de su nación que todos los sermones que predicaron, o todos los libros que escribieron. Esto, a lo menos, es cierto, que la sangre de los mártires ingleses fue la semilla de la iglesia de Inglaterra.

Se glorifica a Dios con la muerte, estando pronto para aguardarla. El cristiano que siempre está en su puesto como centinela, o como siervo con los lomos ceñidos y listo para partir, el hombre para quien, en la opinión de todos sus relacionados, la muerte repentina es una gloria también repentina–ese cristiano, ese hombre glorifica a Dios con su muerte. Se glorifica a Dios con la muerte sufriendo con paciencia los dolores que trae consigo. El cristiano que hace que el espíritu domine la carne, y que deja escapar el aliento de vida sin quejarse, ni murmurar, glorifica de ese modo a Dios. También se glorifica a Dios con la muerte participando a los demás cuánto consuelo se halla en la gracia de Jesucristo. Es para un mortal muy satisfactorio poder decir como David: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré algún mal.» Psa_23:4. Muertes como estas hacen una impresión profunda en la mente de los vivos y no se olvidan fácilmente.

Pidamos, pues, mientras vivamos en el goce de nuestra salud, que en el postrer momento nos sea permitido glorificar a Dios, y dejemos a su cuidado la elección del tiempo, el lugar, y las circunstancias.

También se nos enseña en estos versículos que cualquiera que sea nuestra opinión acerca de la condición de los demás, es de nuestro deber pensar primero de la nuestra. Cuando Pedro hizo una ansiosa pregunta acerca del porvenir del apóstol Juan, nuestro Señor le dio una respuesta de una significación profunda: «Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué se te da a ti? Sígueme tú.» Aunque no se pueda comprender todo el significado de esa réplica, no es posible perder la lección que contiene. Impone a cada cristiano el deber de examinar su corazón ante todas cosas.

Por supuesto que nuestro Señor no desea que nos desentendamos completamente de las almas de los demás, o que nos mantengamos indiferentes respecto del estado en que so encuentren. Tal conducta seria egoísta y cruel, y manifestaría claramente que no poseamos la gracia de Dios. El siervo de Cristo debe tener un corazón compasivo y tierno como el de su Maestro, y desear que todos los que le rodean sean felices tanto en esta vida como en la venidera. Y de acuerdo con esos deseos hará esfuerzos por disminuir los pesares y aumentar los goces de sus semejantes, aprovechando con tal fin todas las oportunidades que se le presenten. Mas, a pesar de esos esfuerzos, el siervo de Cristo no debe olvidar su propia alma. La caridad y la verdadera religión han siempre de empezar con el «Yo..

Inútil seria negar que la admonición que nuestro Señor dirigió a su precipitado discípulo es aplicable en nuestros días. La debilidad de la naturaleza humana es tal, que aun los verdaderos cristianos están inclinados a irse a los extremos. Algunos están tan engolfados en sus propias emociones y luchas interiores que se olvidan del mundo exterior. Otros están tan ocupados en hacer bien a los demás, que se olvidan del estado de sus propias almas. Tanto los unos como los otros van extraviados y necesitan enmendarse; mas quizá ningunos perjudican más la causa de la religión como los que siempre están pensando e interviniendo en la de los demás en tanto que se descuidan de la suya propia.

Enséñasenos, finalmente, en estos versículos, cuan numerosas y prodigiosas fueron las obras de Jesucristo durante su ministerio acá en la tierra. San Juan termina su Evangelio con estas notables palabras: «Hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, que si se escribiesen cada una por sí, ni aun en el mundo pienso que cabrían los libros que se habrían de escribir.» Por supuesto que no hemos de entender estas palabras en un sentido literal. Seria absurdo suponer que el Evangelista quiso decir que el mundo no podría contener, materialmente hablando, los volúmenes que se escribiesen. Es preciso tomar la expresión en un sentido figurado y místico.

Se han registrado todos aquellos dichos y hechos de Jesucristo que a la mente del hombre es dado abarcar. No seria bueno que existieran más. La mente, a semejanza del cuerpo, solo puede digerir una cantidad determinada. Se han registrado tantas parábolas y sermones, tantas conversiones y palabras de cariño, tantas obras de misericordia y viajes, tantas oraciones y promesas como el mundo ha menester saber. Si se hubieran registrado más, serian superfluas. Lo escrito basta para dejar a los incrédulos sin disculpa, para mostrar a los penitentes el camino del cielo, para glorificar el nombre de Dios.

Ahora bien, terminemos el Evangelio de San Juan con emociones de gratitud mezcladas con profunda humildad. Es de humillarnos al pensar cuan ignorantes somos y cuan poco comprendemos los tesoros que dicho Evangelio encierra. Mas, preciso es que sintamos gratitud al pensar de qué manera tan clara y tan sencilla se nos señala en él el camino de la salvación. Aquel lo ha leído con provecho que cree que Jesús es el Cristo, y creyendo obtiene la vida eterna por medio de su precioso nombre. ¿Creemos? No estemos tranquilos hasta que podamos dar a esta pregunta una respuesta satisfactoria.

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