Notemos, por último, en estos versículos como Jesús fue llamado Dios por un discípulo, sin que él, por su parte, se opusiera a ello. La elocuente exclamación en que prorrumpió Tomás cuando se convenció de nuestro Señor había resucitado, esa elocuente exclamación («Señor mío y Dios mío») no tiene sino un solo significado: fue una declaración de fe en la divinidad de nuestro Señor. Cuando Cornelio se postró a los pies de Pedro y quería adorarlo, el Apocalipsis rehusó al punto semejante honor, diciendo: «Alzate, que yo también soy hombre.» Hechos 10.26. Cuando el pueblo de Listra quería ofrecer sacrificios a Pablo y Baranabás, estos, «Rompiendo sus ropas, saltaron en medio de la multitud, dando voces y diciendo: `Varones, ¿Por qué hacéis esto?» Hechos 14.14. Mas cuando Tomás llamó a Jesús «Señor y Dios» el Santo y verás Maestro no pronunció ni una sola palabra de reconvención.
La divinidad de Jesucristo es una de las verdades fundamentales del Cristianismo. Si el Salvador no es verdadero Dios y verdadero Dios, de nada sirven su mediación, su expiación, su intercesión ni su obra de la redención. Demos constantemente gracias a Dios de que las Escrituras enseñan abundantemente la doctrina de la divinidad de nuestro Señor, y eso de tal manera que sus pruebas no pueden ser refutadas. Y ante todo, encomendemos diariamente nuestras almas a Cristo con toda confianza, sabiendo que es perfecto Dios así como también perfecto hombre. Nada debe arredrar al cristiano que puede tornar los ojos a Jesús por medio de la fe y decirle como Tomas: «¡Señor mío y Dios mío!.
Juan 21:15-17
EL aparecimiento de nuestro Señor descrito en estos versículos es una parte muy interesante de la historia evangélica. Las circunstancias a que dio lugar se han considerado altamente alegóricas en todos los siglos de la iglesia; mas en ese respecto muchos de los comentadores han adoptado tal vez un extremo pernicioso. Nosotros nos ceñiremos al examen de las lecciones importantísimas a la vez que sencillas que el pasaje contiene.
Notemos, primeramente, hasta donde llegaba la pobreza de los discípulos. Según lo que se nos refiere, tenían que trabajar con sus propias manos para atender a sus necesidades temporales, y eso en uno de los oficios más humildes–el de pescador. No tenían ni oro ni plata, no poseían tierras ni recibían rentas, y por lo tanto no vacilaron en volver a ejercer el oficio de que habían vivido los más de ellos. Es bien notable el hecho de que algunos de los siete discípulos que se mencionan en este pasaje estaban pescando cuando nuestro Señor los llamó para que se hiciesen apóstoles suyos, y también cuando se les apareció casi por la postrera vez. Esa coincidencia debió de hacer una impresión profunda en los ánimos de Pedro, Santiago y Juan.
El hecho de que los apóstoles eran pobres suministra una prueba sólida del origen divino del Cristianismo. Los mismos hombres que trabajaron toda la noche en un bote arrojando aquí y allí una red pesada sin coger nada; los mismos hombres que tuvieron que trabajar afanosamente para ganar un pan–esos mismos hombres, decimos, fueron los fundadores de la poderosa iglesia de Cristo que se ha extendido ya por una tercera parte del globo. Ellos fueron los que, saliendo de un humilde rincón del mundo, trasformaron las naciones. Ellos fueron los hombres iliteratos que osadamente lanzaron el reto a los ingeniosos sistemas de la filosofía antigua y redujeron al silencio a sus defensores por medio de la predicación da la religión de la cruz. Ellos fueron quienes en Efeso, Atenas y Roma hicieron que los templos paganos fuesen abandonados de sus adoradores, y convirtieron a las muchedumbres a una fe nueva y mejor. Quien pueda explicar estos hechos sin admitir que el Cristianismo emanó de Dios debe ser muy incrédulo a la verdad. Tanto la razón como el sentido común nos obligan a deducir una sola consecuencia, es a saber: que únicamente el hecho de que Dios interviniese directamente puede explicar el origen y los progresos del Cristianismo.
Notemos también cuánto difieren en índole los discípulos de Jesucristo. Pedro y Juan estuvieron otra vez juntos, y otra vez, como al lado del sepulcro, se portaron de distinto modo. Cuando Jesús estaba de pié en la orilla, a la escasa luz del crepúsculo matutino, Juan fue el primero que percibió quien era, y dijo: «El Señor es;» mas Pedro fue el primero que se arrojó al agua y que se afanó por acercarse a su Maestro. En una palabra, Juan fue quien vio primero; mas Pedro fue quien obró primero. Y sin embargo, ambos eran creyentes, ambos amaron al Señor en vida y le fueron fieles en la muerte. Más tenían distinto genio.
No tildemos a los demás de irreligiosos o no convertidos solo porque no sientan lo que nosotros sentimos, o porque no perciban las verdades del Cristianismo como nosotros las percibimos. Hay diferencia de dones; mas el mismo Espíritu. 1Co_12:4. Dios no otorga a cada persona sus dones en el mismo grado ni en la misma cantidad. Algunos poseen ciertas dotes en alto grado, otros otras distintas; algunos poseen prendas que lucen más en público, otros que lucen más en privado; algunos se distinguen más en una vida activa, otros en una vida pasiva. Y sin embargo, todos los hijos de Dios le dan gloria, ya sea de un modo, ya de otro. Lo que es esencial es tener la gracia del Espíritu y amar a Jesucristo. Amemos a los que posean esa gracia y a los que amen así al Salvador, aunque no vean todo del mismo color que nosotros lo vemos. Sírvanos de guía esta máxima: « Gracia sea con todos los que aman al Señor Jesucristo en incorrupción.» Efes. 6:24.
Advirtamos, finalmente, cuan abundantes son las pruebas que, la Escritura suministra respecto de la resurrección de nuestro Señor. En este pasaje se nos presenta otra prueba de que nuestro Señor resucitó con un cuerpo real y material. a orillas del mar de Galilea se sienta y come y bebe en presencia de siete hombres. El sol de una mañana de primavera resplandece sobre el pequeño grupo que así se reúne lejos del bullicio de Jerusalén. El Maestro está sentado en medio con las manos marcadas con las cicatrices de los clavos–el mismo Maestro a quien todos habían seguido por el espacio de tres años, y a quién uno de ellos, a lo menos, había visto suspendido de la cruz. No era posible que sus ojos los engañasen. ¿Puede exigirse prueba más evidente de la verificación de un acontecimiento? La resurrección de Jesucristo es una de las mejores pruebas de que su misión era divina. El mismo había dicho a los Judíos que no estaban obligados a creer que él era el Mesías sí no resucitaba de entre los muertos. La resurrección es, por decirlo así, la cúpula del gran edificio de la redención, pues probó que el Señor había acabado la obra que había venido a ejecutar, y que, como Sustituto nuestro, había triunfado sobro el sepulcro. Rindamos gracias a Dios de que hay pruebas tan incontestables de que dicho acontecimiento tuvo lugar.
