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Apocalipsis 18: La endecha por Roma

Después vi a otro ángel que descendía del Cielo. Tenía una gran autoridad, y la tierra se iluminó con su gloria. Y dio grandes voces diciendo: -¡Caída, caída es Babilonia la Grande! ¡Se ha convertido en una guarida de demonios, y en una fortaleza de espíritus inmundos, y en un albergue de toda clase de pájaros inmundos y repugnantes, porque las naciones han bebido del vino de la ira de su fornicación, y los reyes de la tierra han cometido fornicación con ella, y los comerciantes de la tierra se han enriquecido con la riqueza de sus lascivias!

En este capítulo tenemos una forma de literatura profética, corriente en los libros proféticos del Antiguo Testamento. Es lo que se llama una «Endecha», el lamento por la ciudad de Roma.

Citemos algunos paralelos del Antiguo Testamento. En Isaías 13:19-22 tenemos la endecha por la antigua Babilonia: Y Babilonia, la más hermosa de los reinos, el esplendor y el orgullo de los caldeos, se convertirá en algo como Sodoma y Gomorra cuando Dios las destruyó. Nunca más será habitada, ni se morará en ella por generaciones y generaciones; ningún beduino pondrá en ella su tienda, y ningún pastor apacentará en ella su rebaño. Pero las alimañas tendrán en ella sus guaridas, y sus casas estarán llenas de avestruces y en ellas saltarán las cabras. Las hienas reirán desde sus torres, y los chacales en sus lujosos palacios; su tiempo está para llegar a su fin, y no se le aplazarán sus días.

En Isaías 34: I1-15 tenemos la elegía de Edom: Se adueñarán de ella el pelícano y el erizo; la lechuza y el cuervo pondrán en ella sus nidos; y se hará la tira de cuerda sobre ella para arrasarla, y se le aplicarán niveles para asolarla… En sus alcázares crecerán espinos, y hortigas y cardos en sus fortalezas; y serán guarida de chacales, y refugio de avestruces. Las fieras del desierto se encontrarán con las hienas, las cabras salvajes llamarán a sus compañeros; hasta la lechuza tendrá allí su casa donde reposar. Allí anidará el búho, pondrá sus huevos, sacará sus polluelos y los cubrirá con sus alas; también irán allí los buitres, cada uno con su pareja.

Jeremías 50:39, y 51:37 son parte de una endecha por la ciudad de Babilonia: Por tanto, en ella harán su guarida las fieras y los chacales, y crecerán los polluelos de las avestruces; ya no será habitada nunca más, ni habrá quien viva en ella por generaciones. Y Babilonia se convertirá en un montón de ruinas, guarida de chacales, un horror y una burla sin morador.

En Sofonías 2:13-15 tenemos una elegía por Nínive: Luego extenderá su mano contra el Norte, y destruirá a Asiria, y convertirá a Nínive en un lugar desolado, árido como un desierto. Los rebaños se echarán en ella, lo mismo que las alimañas; el pelícano y el erizo dormirán en sus dinteles, y chillarán desde sus ventanas; habrá desolación en sus puertas, y su artesonado de cedro quedará descubierto. Esta es la ciudad alegre que estaba confiada, que se decía para sus adentros: «¡Yo, y nadie más que yo!»

¡Cómo ha sido asolada, convertida en guarida de las fieras! Todos los que pasen por ella se burlarán de ella y la amenazarán con la mano.

A pesar de sus lúgubres pronósticos de ruina, estos pasajes son verdaderas joyas de poesía apasionada. Puede que aquí nos encontremos muy lejos de la actitud cristiana del perdón; pero estamos muy cerca de un corazón humano que late.

En nuestro pasaje, el ángel portador del mensaje de condenación viene revestido de la misma luz de Dios. Sin duda Juan estaba pensando en Ezequiel 43:1 s: «Luego me llevó a la puerta, a la que da al Este, y vi que la gloria del Dios de Israel venía del Oriente. Su sonido era como el tumulto de muchas aguas, y la tierra resplandecía por el resplandor de Su gloria.» H. B. Swete escribe acerca del ángel: «Hace tan poco que ha salido de la Presencia que a su paso trae un amplio cerco de luz a través de la tierra.»

Tan seguro está Juan de la ruina de Roma que habla de ella como si ya hubiera sucedido.

Notemos otro punto. Sin duda la parte más dramática de la descripción son los demonios acechando en sus ruinas. Los dioses paganos desterrados de su reino vagan desolados por las ruinas de sus templos donde antes gozaban de un poder supremo.

¡Salid!

Y oí otra voz del Cielo que decía: -¡Salid, pueblo mío, de ella, para no estar involucrados en sus pecados, ni participar de sus plagas; porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios tiene presentes sus obras inicuas.

Se les dice a los cristianos que salgan de Roma antes que llegue el día de su destrucción, no sea que al estar involucrados en sus pecados lleguen a participar de su condenación. H. B. Swete dice que esta llamada a salir resuena a lo largo de la historia de Israel. Dios siempre está exhortando a Su pueblo a que corte su relación con el pecado y se mantenga firme con Él y por Él.

Esa fue la llamada de Dios a Abraham: «El Señor había dicho a Abraham: «Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré»» (Génesis 12:1). Fue la llamada a Lot antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, que él comunicó a sus yernos: « ¡Levantaos, salid de este lugar, porque el Señor va a destruir esta ciudad!» (Génesis 19:12-14). Fue la llamada que se dirigió a Moisés en los días de la maldad de Coré, Datán y Abiram: « ¡Apartaos de los alrededores de la tienda de Coré, Datán y Abiram… Apartaos ahora de las tiendas de estos hombres impíos!» (Números 16:23-26). « ¡Salid de Babilonia! -dijo Isaías- ¡Huid de entre los caldeos!» (Isaías 48:20). «¡Huid de en medio de Babilonia -decía Jeremías-, salid de la tierra de los caldeos!» (Jeremías 50:8). « ¡Huid de en medio de Babilonia! ¡Poneos a salvo, para que no perezcáis a causa de su maldad!» (Jeremías 51:6). « ¡Salid de en medio de ella, pueblo mío, y salvad vuestra vida del ardor de la ira del Señor!» (Jeremías 51:45). Es el grito del que resuena el eco en el Nuevo Testamento. Pablo escribe a los corintios: «No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque, ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Qué armonía puede haber entre Cristo y Belial?» (2 Corintios 6:14s). « ¡No te involucres en los pecados de otro! ¡Mantente limpio!» (1 Timoteo 5:22).

Swete señala acertadamente que este grito y desafío no supone salir en un momento determinado. Implican una cierta «independencia de espíritu en medio del tráfago del mundo.» Describen la separación del mundo que es esencial al cristiano. La palabra más corriente para cristiano en el Nuevo Testamento es háguios, cuyo sentido básico es diferente. El cristiano no se conforma, no toma la forma del mundo, sino se transforma en algo distinto del mundo (Romanos 12:2). No es cuestión de retirarse del mundo, sino de vivir de una manera diferente en medio del mundo.

La condenación del orgullo

Págale con la misma moneda con que pagó ella a otros, y devuélvele el doble de lo que ella ha hecho. Escánciale doble medida en la copa que ella usaba con los demás. En proporción con su presunción y su desenfreno, dale otro tanto de tormento y llanto; porque ella se dice para sus adentros: «Estoy situada como una reina. No soy ninguna viuda. No experimentaré desgracias.» Precisamente por eso se le echarán encima sus plagas un día peste y lágrimas y hambre- y la quemarán viva, porque el Señor Dios Que es Quien la juzga es poderoso.

Este pasaje habla en términos de castigo; pero la orden de vengarse de Roma no va dirigida a hombres, sino a un ángel, el instrumento divino de la justicia. La venganza pertenece a Dios, y solo a Él. Aquí tenemos dos verdades que debemos tener presentes.

(i) Hay una ley en la vida según la cual uno siembra lo que luego segará. Hasta en el Sermón de la Montaña se alude a esa ley: «Con la medida con que midáis a otros se os medirá a vosotros» (Mateo 7:2). El doble castigo y la doble recompensa proceden del hecho de que en la ley judía frecuentemente uno que era responsable de pérdida o de daño tenía que devolver el doble. (Éxodo 22:4,7,9). «Hija de Babilonia, la desoladora -dice el salmista-: ¡Bendito sea el que te pague con la misma moneda lo que tú nos hiciste!» (Salmo 137:8). «Pagadle según sus obras -dice Jeremías de Babilonia-; conforme a todo lo que ella os hizo, haced vosotros con ella; porque contra el Señor se ensoberbeció, contra el Santo de Israel» (Jeremías 50:29). No se puede escapar del hecho de que el castigo sigue al pecado, y más cuando ese pecado ha supuesto tratar cruelmente a los semejantes.

(ii) Encontramos aquí la seria advertencia de que todo orgullo será humillado algún día. El pecado supremo de Roma había sido el orgullo. Juan habla en términos del Antiguo Testamento. Reproduce el antiguo juicio sobre Babilonia: Dijiste: «¡Para siempre seré señora!», pero no pensaste en esto, ni has tenido en cuenta cómo acabarías. Oye, pues, ahora esto, mujer voluptuosa, tú que estás asentada confiadamente, y que dices para tus adentros: «Yo soy la única, y no hay otra que me haga sombra; no quedaré viuda ni experimentaré orfandad.» Estas dos cosas te vendrán de repente, en un mismo día: orfandad y viudez. Con toda su fuerza vendrán sobre ti, a pesar de la multitud de tus hechizos y de tus muchos encantamientos. (Isaías 47:7-9).

Nada provoca condenación tanto como el orgullo. Isaías dice sombríamente: « Por cuanto las hijas de Sión se han vuelto soberbias, y andan con el cuello erguido y los ojos desvergonzados, caminando como si estuvieran bailando haciendo sonar los cascabeles de sus tobillos, el Señor hará que se pongan tiñosas las hijas de Sión» (Isaías 3:16s). Tiro es condenada por haber dicho: «Tengo una hermosura perfecta» (Ezequiel 27.3).

Hay un pecado que se llama en griego hybris, que es la arrogancia que viene de creer que no se tiene necesidad de Dios. El castigo de ese pecado es la humillación final.

El lamento de los reyes

Los reyes de la tierra que cometieron fornicación con ella y que participaron de su lascivia llorarán y harán duelo sobre ella cuando vean el humo de su incendio, manteniéndose bien lejos por temor a que les alcance su tortura, mientras dicen: -¡Ay, ay de la ciudad que parecía tan fuerte, de Babilonia la fuerte! Porque en un momento te ha llegado el juicio.

En el resto de este capítulo tenemos las elegías de Roma; la que cantan los reyes (versículos 9 y 10), la de los comerciantes (versículos 11-16), la de los capitanes de barco y los marineros (versículos 17-19). Una y otra vez oímos de la grandeza, riqueza y lujo desmadrado de Roma.

Bien podemos preguntar si el veredicto de Juan está justificado o no es más que la condena injustificada de un fanático religioso. Si queremos encontrar un relato del lujo y el desenfreno de Roma lo encontraremos en libros tales como La sociedad romana de Nerón a Marco Aurelio, por Samuel Dill; La vida y las maneras romanas, por Ludwig Friedlánder, y aún más en las Sátiras de Juvenal, las Vidas de los césares de Suetonio y las obras de Tácito, todos ellos latinos, y sobrecogidos por las cosas de las que escribían. Estos libros muestran que nada de lo que dijo Juan era una exageración.

Se dice en el Talmud que descendieron del cielo diez medidas de riqueza, y que Roma recibió nueve y el resto del mundo una. Un famoso investigador dijo que en los tiempos modernos somos bebés en la cuestión de disfrutar comparados con el mundo antiguo; y otro indicó que nuestro lujo más extravagante es pobreza comparado con la magnificencia pródiga de la antigua Roma.

En el mundo antiguo se competía desesperadamente en la ostentación. Se decía de Calígula que « se empeñaba por encima de todo en realizar lo que se considerara imposible,» y se decía que «el proponerse lo increíble» era la gran cualidad de Nerón. Dill dice: «El senador que pagaba una renta demasiado baja, o que cabalgaba por la Vía Apia o la Vía Flamínea con un cortejo reducido, hacía el ridículo y perdía imagen.»

En este primer siglo el mundo vertía sus riquezas en el regazo de Roma. Como dice Dill: « La paz prolongada, la seguridad de los mares, la libertad de comercio, habían hecho de Roma el centro comercial para los productos peculiares y las delicadezas de todas las tierras desde el Canal de la Mancha hasta el Ganges.» Plinio cuenta una comida en la que se arruinó la India, otra en la que Egipto, Cirene, Creta, etcétera. Juvenal habla de los mares poblados de grandes quillas y de grandes navíos de lujo en expediciones a todas las tierras. Arístides tiene un pasaje de púrpura acerca de la manera como llegaban las cosas a Roma. «Las mercancías llegan de todas las tierras y los mares, todo lo que genera cualquier sazón y produce cualquier país; los productos de los ríos y lagos, las artes de los griegos y de los bárbaros, para que, si alguien quiere ver todas estas cosas, o tendría que visitar todo el mundo habitado -o ir a Roma; porque llegan tantos navíos a cada hora y en cada estación de todo el mundo que Roma es como un mercado del mundo entero, porque se ven cargos de las Indias o, si se quiere, de la Arabia Feliz, para que se pueda conjeturar que los árboles allí han sido descortezados; la ropa de Babilonia, los adornos de las tierras bárbaras, todo fluye hacia Roma: mercancías, cargamentos, los productos de la tierra, el vaciado de las minas, los productos del arte que es o que ha sido, Todo lo que se engendra y todo lo que se cultiva. Si hay algo que no se puede ver en Roma, entonces es que no existe ni ha existido nunca.»

El dinero que se tenía y el dinero que se gastaba eran cifras colosales. Uno de los libertos de Nerón miraba con desprecio a uno que tenía una fortuna millonaria como si fuera un pobre. Apicio malgastó una fortuna de centenares de millones en caprichos, y se suicidó cuando solo le quedaba el equivalente de veinte millones de pesetas porque no podía vivir con esa miseria. En un día fundía Calígula las rentas de tres provincias, que se remontaban a 20,000,000; y en un solo año desperdigó en confusión pródiga 5,000,000,000, todo esto calculado en pesetas de ahora, pero teniendo en cuenta que el jornal medio de un trabajador eran 10 pesetas. Nerón declaraba que para lo único que valía el dinero era para gastarlo, y en pocos años gastó el equivalente a 4,000,000,000. En un banquete suyo, las rosas egipcias solas costaron 8,000,000.

Dejemos que el historiador romano Suetonio nos describa a sus emperadores, y recordemos que no era ningún cristiano puritano sino un historiador pagano. De Calígula escribe: «En desmadrada extravagancia superó a los pródigos de todos los tiempos en ingenio, inventando nuevas clases de baños y variedades exóticas de comidas y fiestas; porque se bañaba en aceites fríos y calientes, bebía perlas de gran precio disueltas en vinagre, y servía a sus convidados panes y filetes de oro.» Hasta construyó galeras con popas llenas de perlas incrustadas. De Nerón, Suetonio nos dice que obligaba a la gente a ofrecerle banquetes que costaban 4,000,000. «Nunca se ponía la misma ropa dos veces. Cuando jugaba a los dados envidaba 500,000 al punto. Pescaba con una red de oro con cuerdas de púrpura y escarlata trenzadas. Se dice que nunca hizo un viaje con una comitiva de menos de mil carrozas, con las mulas herradas con plata.»

El beber perlas disueltas en vinagre era una ostentación corriente. Se dice que Cleopatra había disuelto y bebido una perla que valía 16,000,000,000. Valerio Máximo sirvió una perla disuelta a cada uno de sus invitados en una fiesta, y él mismo -nos cuenta Horacio- se tragó la perla del pendiente de Metalla disuelta en vino para poder decir que se había tragado de un golpe un millón de sestercios.

Era una época de una glotonería insólita. Se servían a los huéspedes en los banquetes platos de sesos de pavo real y de lenguas de ruiseñor. Vitelio, que fue emperador menos de un año, consiguió gastar 1,500,000,000 principalmente en comida.

Suetonio nos cuenta cuál era su plato favorito: « En él mezclaba hígado de lucio, sesos de faisán y pavo real, lengua de flamenco, y leche de lampreas, traídos por sus capitanes y trirremes de todo el imperio, desde Partia hasta el estrecho de España.» Petronio describe las escenas del banquete de Trimalco: «Un plato representaba los doce signos del zodíaco… Otro era un gran oso, con cestas de confites colgándole de los colmillos. Un gigantesco cazador barbudo le abría el costado con un cuchillo de caza, y salía de la herida una bandada de zorzales que eran cazados diestramente en redes mientras volaban por la habitación. Hacia el final de la comida los huéspedes alucinaban con los sonidos extraños del techo y el temblor de todo el salón. Cuando miraron hacia arriba vieron que el techo se abría de pronto y bajaba una gran bandeja circular con una figura de Príapo trayendo toda clase de frutas y bombones.»

Cuando Juan estaba escribiendo, había invadido Roma una especie de locura extravagante y pródiga a más no poder a la que sería difícil encontrar ningún paralelo en la Historia.

El lamento de los comerciantes

Y los comerciantes de la tierra llorarán y harán duelo por ella, porque ya no hay quien compre sus mercancías: productos de oro y plata y piedras preciosas y perlas; lino fino y púrpura y seda y escarlata; toda clase de madera de tuya, de objetos de marfil, maderas costosas, y objetos de bronce y hierro y mármol; canela y perfumes e incienso y mirra y olíbano; vino y aceite; flor de harina y trigo; ganado vacuno y lanar; caballos y carrozas, y esclavos en cuerpo y alma. Las frutas más apetecibles han desaparecido, y todas tus delicias y tus delicadezas han perecido, para no recuperarse ya nunca más. Los comerciantes que traficaban con estos productos, que se hicieron ricos en su comercio con ella, se quedarán lejos no sea que les alcance su tortura, llorando y haciendo duelo: – ¡Ay, ay! -dirán- . ¡Qué pena de la gran ciudad, la ciudad que se vestía de hilo y púrpura y escarlata, la ciudad que se decoraba con oro y plata y piedras preciosas y perlas; porque en un instante se ha desvanecido tanta riqueza!

Los lamentos de los reyes y de los comerciantes deberían leerse en paralelo con el lamento sobre Tiro en Ezequiel 26 y 27 con el que tienen mucho en común.

El lamento de los comerciantes es puramente egoísta. Toda su tristeza se la produce el que haya desaparecido el mercado del que sacaban tantos beneficios. Es significativo que tanto los reyes como los comerciantes se paran lejos para observar, no sea que les alcance algo de la desgracia que le ha sobrevenido a Roma. No le echan una mano para ayudarla en su última agonía; no sintieron nunca amor por ella; su vinculación era el lujo que ella deseaba y los negocios que les producía. Aprenderemos todavía más del lujo de Roma si miramos en detalle algunos de los productos que llegaban a ella. En el tiempo cuando Juan estaba escribiendo esto había en Roma una pasión por las vajillas de plata. La plata llegaba especialmente de Cartagena, en España, donde había cuarenta mil hombres en las minas de plata. Platos, tazones, jarras, fruteros, estatuillas, vajillas completas se hacían de plata sólida. Lucio Craso había comprado cacharros de plata que le habían costado el equivalente de 20,000 pesetas por cada kilo de plata que había en ellos. Hasta un general guerrero como Pompeyo Paulino llevaba en sus campañas cacharros de plata que pesaban 5,000 kilos, la mayor parte de los cuales cayó en manos de los godos como botín de guerra. Plinio nos cuenta que algunas mujeres no se bañaban nada más que en baños de plata, los soldados tenían espadas con empuñaduras y vainas con cadenas de plata, aun las mujeres pobres tenían ajorcas de plata, y hasta las esclavas tenían espejos de plata. En las Saturnalias, las fiestas que caían en el tiempo que ocuparía más tarde la Navidad, y en las que se daban regalos, a menudo estos eran cucharillas de plata y cosas por el estilo, y cuanto más ricos eran los donantes más ostentosos los regalos. Roma era una ciudad de plata.

Era una época en la que gustaban apasionadamente las piedras preciosas y las perlas. Fue principalmente después de las conquistas de Alejandro Magno cuando llegaron las piedras preciosas a Occidente. Plinio decía que la fascinación de una joya consistía en que el poder mayestático de la naturaleza se cifraba en un reducido espacio.

El orden de preferencia de las piedras preciosas colocaba los diamantes en primer lugar; las esmeraldas -principalmente de Escitia- en segundo; en tercero, el berilo y el ópalo, que se usaban para adornos femeninos, y en cuarto la sardónica, que se usaba para anillos de sellar.

Una de las creencias antiguas más curiosas era que las piedras preciosas tenían propiedades curativas. La amatista se decía que era la cura del alcoholismo; es roja como el vino tinto, y su nombre deriva de la palabra griega methyskein, emborrachar, con la a inicial negativa. El jaspe, una de cuyas variedades, el heliotropo, tiene manchas del color de la sangre, se decía que era la cura para las hemorragias. El jaspe verde o plasma se decía que producía la fertilidad. El diamante se decía que neutralizaba el veneno y curaba el delirio, y el ámbar llevado al cuello era la cura de la fiebre y otros males.

Las joyas que más les gustaban a los romanos eran las perlas. Como ya hemos visto, se las bebían disueltas en vino. Un cierto Struma Nonius tenía un anillo con un ópalo tan grande como una nuez, pero eso no era nada comparado con la perla que le dio Julio César a Servilia, que costó el equivalente de 15,000,000 de pesetas. Plinio dice que vio a Lolia Paulina, una de las mujeres de Calígula, en una fiesta de desposorios, con joyas de esmeraldas y perlas que le cubrían la cabeza, el pelo, las orejas, cuello y los dedos, que valían 100,000,000.

El lino fino procedía de Egipto. Era la tela de las vestiduras de los reyes y de los sacerdotes. Era muy caro; una túnica de sacerdote podía costar el equivalente de 100,000 pesetas.

La púrpura venía principalmente de Fenicia. El mismo nombre de Fenicia es probable que se derivara de foinos, que quiere decir rojo de sangre, y puede que se conociera a los fenicios como « los hombres púrpura», porque comerciaban esa sustancia. La púrpura antigua era mucho más roja que la moderna. Era el color regio por excelencia y el ropaje de la nobleza. El tinte de la púrpura se extraía de un molusco de su nombre llamado en latín murex. Solo se extraía una gota de cada animal; y había que abrir la concha tan pronto como muriera el animal, porque la púrpura venía de una venilla que se secaba casi inmediatamente cuando moría. Un kilo de lana teñida doblemente de púrpura costaba el equivalente de 10,000 pesetas, y una chaqueta corta el doble. Plinio nos dice que por entonces había en Roma «una manía apasionada de púrpura.»

La seda puede que sea ahora bastante corriente, pero en la Roma del Apocalipsis tenía un precio incalculable, porque había que importarla de la lejana China. Tal era su precio que una libra de seda costaba el peso de una libra de oro. Bajo Tiberio se aprobó una ley prohibiendo el uso de cacharros de oro macizo para servir las comidas, y « el que los varones se deshonraran poniéndose ropa de seda» (Tácito, Anales 2:23).

La escarlata o grana, como la púrpura, se buscaba mucho por el tinte que se le extraía. Cuando pensamos en estas fábricas puede que advirtamos que uno de los muebles ostentosos de Roma eran las tapaderas para los canapés de los banquetes. Tales cubiertas costaban a menudo tanto como 1,500.000 en pesetas, y Nerón tenía cubiertas para sus canapés que habían costado más de 10,000,000 cada una.

La más interesante de las maderas mencionadas en este pasaje es la de tuya o árbol de la vida. En latín se la llamaba madera de cítrico; su nombre botánicd es thuia articulata. Procedía del Norte de Africa, de la región del Atlas, olía muy bien y tenía una textura muy bonita. Se usaba especialmente para cubrir las mesas; pero, como los cítricos son rara vez grandes, era difícil conseguir piezas para cubiertas de mesa. Una mesa hecha de madera de tuya podía costar de 1,000,000 a 30,000,000. Se dice que Séneca, el primer ministro de Nerón, tenía trescientas de esas mesas con las patas de mármol.

El marfil se usaba mucho en decoración, especialmente entre los que querían hacer alarde de riqueza. Se usaba en escultura, estatuas, empuñaduras de espadas, muebles incrustados, sillas de ceremonia, puertas y hasta para muebles de casa. Juvenal nos describe a un rico: «Hoy en día un rico no disfruta de la comida -e1 rodaballo y el venado no le saben a nada, los perfumes y las rosas le huelen a podrido- a menos que las anchas tablas de su mesa de comedor descansen sobre leopardos rampantes boquiabiertos de marfil macizo.»

Las estatuillas de bronce corintio era famosas y fabulosamente caras. El hierro venía del Mar Negro y de España. Hacía mucho que se había usado el mármol en Babilonia en edificios, pero no en Roma. Sin embargo, Augusto podía presumir de haber encontrado una Roma de ladrillo y haberla dejado de mármol. Acabó por haber una agencia que se llamaba ratio marmorum cuya misión era buscar por todo el mundo dónde hubiera buenos mármoles para traérselos para decorar los edificios de Roma.

La canela era un artículo de lujo procedente de la India y de cerca de Zanzíbar, y alcanzaba unos precios en Roma de 30,000 pesetas el kilo.

Las especias despistan un poco aquí. La palabra griega es ámómon; Casiodoro de Reina pone sencillamente olores. Ámómon era un bálsamo de olor que se usaba especialmente para ciertos peinados y como óleo para ritos funerales. En el Antiguo Testamento el incienso tenía un uso exclusivamente religioso para acompañar a los sacrificios del Templo. Según Éxodo 30:34-38 el incienso del Templo se hacía de estacte, uña aromática, gálbano aromático e incienso puro, que son todos resinas olorosas o balsámicas. Según el Talmud, se le añadían siete ingredientes más: mirra, casia, nardo, azafrán, costus, macis y canela. En Roma se usaba el incienso como perfume con el que se daba la bienvenida a los invitados y se perfumaba el salón después de las comidas.

En el mundo antiguo se bebía vino en general en todas partes, pero la borrachera se consideraba una deshonra grave. El vino se tomaba generalmente diluido, dos partes de vino para cinco de agua. Se pisaban las uvas para extraer el mosto, una parte del cual se bebía así, sin fermentar. Otra parte se cocía para hacer gelatina que se usaba para dar cuerpo y sabor a vinos más flojos.

El resto se metía en tinajas grandes y se dejaba fermentar nueve días, luego se tapaba, y se abría mensualmente para comprobar la fermentación. Hasta los esclavos tenían suficiente vino como parte de su ración diaria, porque era muy barato, a peseta el litro.

La mirra era la resina de un arbusto que crecía principalmente en el Yemen y el Norte de Africa. Se usaba medicinalmente como astringente, estimulante y antiséptico. También se usaba como perfume, como anodino por las mujeres en el tiempo de su purificación, y para embalsamar los cadáveres.

El incienso era una resina gomosa producida por un árbol del genus Boswellia. Se le hacía una incisión al árbol y se le quitaba una tira de corteza por debajo. La resina que exudaba el árbol era como leche. En cosa de diez o doce semanas se coagulaba en terrones, que era como se vendía. Se usaba como perfume para el cuerpo, para endulzar o aromar el vino, como aceite para las lámparas y como incienso sacrificial.

Las carrozas que se mencionan aquí -la palabra es redéno eran las militares ni las de las carreras. Eran carrozas privadas de cuatro ruedas, y los aristócratas ricos de Roma a menudo las chapaban de plata.

La lista se cierra con la mención de esclavos y almas de hombres. La palabra para esclavo es soma, que quiere decir literalmente cuerpo. El mercado de esclavos se llamaba el sómatémporos, el lugar donde se venden cuerpos. La idea era que se vendían los esclavos en cuerpo y alma a sus amos.

Nos es casi imposible entender hasta qué punto la civilización romana se basaba en los esclavos. Había 60,000,000 de esclavos en el Imperio Romano. No era raro que uno tuviera cuatrocientos esclavos. «Usa tus esclavos como los miembros de tu cuerpo -dice un escritor latino-, cada uno para su propio uso.» Había, por supuesto, esclavos para las labores domésticas; y había un esclavo para cada servicio en particular. Leemos de los portadores de antorchas, de linternas, de sillas de ruedas, asistentes en la calle, encargados de la ropa de calle. Había esclavos que eran secretarios, otros para leer en voz alta, y hasta esclavos que le buscaban los datos a uno que estuviera escribiendo un libro o un tratado. Los esclavos hasta pensaban por algunos amos. ¡Había esclavos llamados nomenclatores cuyo deber era recordarle al amo los nombres de sus clientes y dependientes! «Recordamos por medio de otros,» dice un escritor latino. ¡Había hasta esclavos que le recordaban al amo que comiera o que se acostara! « Los hombres eran tan perezosos que hasta se olvidaban de que tenían hambre.» Había esclavos que iban delante de su amo y cuya misión era devolver el saludo de los amigos de este, que su amo estaba demasiado cansado o distraído para devolver por sí mismo. Un cierto ignorante incapaz de aprender o de recordar nada se hizo con una compañía de esclavos: uno se aprendía de memoria a Homero, otro a Hesíodo, otros a los poetas líricos. Era su deber estar detrás de su amo en las comidas y apuntarle las citas convenientes. Él pagaba 200,000 pesetas por cada una. Algunos esclavos eran jóvenes hermosos, « la flor de Asia,» que no hacían más que estar dando vueltas -por el salón err los banquetes para placer de la vista. Algunos eran coperos. Algunos eran alejandrinos, habilidosos en decir cosas graciosas y hasta obscenas. Los invitados querían a veces limpiarse las manos en el pelo de los esclavos. Tales esclavos hermosos costaban por lo menos 200,000 ó 400,000 pesetas. Algunos esclavos eran fenómenos -enanos, gigantes, cretinos, hermafroditas. De hecho había un mercado de monstruos -«hombres sin piernas, con los brazos cortos, con tres ojos, con cabezas puntiagudas.» Algunas veces se producían esas deformidades aposta para la venta. Es un cuadro triste el de seres humanos que se usaban en cuerpo y alma para el servicio y el entretenimiento de otros. Este era el mundo por el que los comerciantes hacían duelo. Lo que lamentaban eran los mercados y las ganancias que habían perdido. Esta era la Roma cuyo fin estaba anunciando Juan. Y tenía razón -porque una sociedad construida sobre el lujo, el desenfreno, el orgullo, la insensibilidad para la vida y la personalidad humana está condenada por fuerza, hasta desde el punto de vista humano.

El lamento de los navieros

Y todos los navieros y los que viajan en naves y los marineros y todos los que se ganan la vida en la mar, se quedaron a cierta distancia y gritaron cuando vieron el humo de su incendio diciendo: -¿Qué ciudad ha habido nunca como la gran ciudad? -Y se echaban polvo por la cabeza y daban voces llorando y lamentando-: ¡Ay, ay, qué pena de la gran ciudad, con cuya riqueza se enriquecieron todos los que tienen naves en la mar, porque en un instante ha quedado desolada!

Primero, los reyes expresaron su lamento por Roma; luego, los comerciantes, y ahora los navieros y marineros. Juan parece inspirarse en la descripción que hace Ezequiel de la caída de Tiro, de la que toma muchos de los detalles. « Al estrépito de las voces de tus marineros temblarán las costas. Descenderán de sus naves todos los que empuñan remo: los remeros y todos los pilotos del mar se quedarán en tierra. Ellos harán oír su voz sobre ti. Gritarán amargamente, echarán polvo sobre sus cabezas y se revolcarán en ceniza.» (Ezequiel 27:28-30).

Roma, por supuesto, no estaba en la costa; pero su puerto era Ostia y, como ya hemos visto, las mercancías de todo el mundo fluían hasta el puerto de Roma.

No es extraño que los navieros y los marineros se lamenten, porque habrá desaparecido todo el comercio que les reportaba tanta riqueza.

Hay aquí algo casi patético en estos lamentos. En cada caso el lamento no es por Roma, sino por ellos mismos. Es una de las leyes de la vida que el que pone su felicidad en las cosas materiales se pierde lo más importante: el amor y la amistad de sus semejantes.

Gozo en medio del duelo

¡Regocíjate sobre ella, Cielo! ¡Y vosotros los que estáis consagrados a Dios, y vosotros los apóstoles, y vosotros los profetas, porque Dios os ha hecho justicia contra ella! En medio de todas las lamentaciones llega una voz de júbilo, la voz de los que se alegran de ver la venganza de Dios sobre Sus enemigos y sus perseguidores.

Esta es una nota que encontramos más de una vez en las Escrituras. «¡Alabad, naciones, a Su pueblo, porque Él vengará la sangre de Sus siervos, tomará venganza de Sus enemigos, y hará expiación por la tierra de Su pueblo!» (Deuteronomio 32:43).

Jeremías dice de la condenación de la antigua Babilonia: «Los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos cantarán de gozo contra Babilonia, porque del Norte vendrán contra ella destructores, dice el Señor» (Jeremías 51:48).

Aquí nos encontramos muy lejos de orar por los que nos ultrajan y persiguen; pero hemos de recordar dos cosas. Primera: Comoquiera que sintamos acerca de esta voz de venganza, no es menos que la voz de la fe. Estas personas tenían una confianza absoluta en que nadie que estuviera de parte de Dios podría encontrarse a fin de cuentas entre los perdedores. Segunda: Hay aquí poco resentimiento personal. Los que han de ser destruidos no son tanto enemigos personales como los enemigos de Dios.

Al mismo tiempo, este no es el camino más excelente que nos enseñó Jesús. Cuando le dijeron a Abraham Lincoln que era muy blando con sus enemigos, y que su deber era acabar con ellos, respondió: « ¿Y no acabo con mis enemigos cuando los hago mis amigos?» La actitud verdaderamente cristiana es tratar de acabar con nuestros enemigos, no por la fuerza, sino por el poder de ese amor que obtuvo la victoria en la Cruz.

La desolación final

Y un ángel fuerte levantó una piedra tan grande como una gran piedra de molino y la arrojó al mar diciendo: -¡Así, con tal ímpetu será derribada la gran ciudad de Babilonia, y no se la encontrará nunca más! Ya no se volverá a oír en ti el sonido de arpistas y juglares y flautistas y trompeteros, ni se encontrará ya más en ti ningún artesano de ningún oficio, ni se oirá en ti el ruido del molino. Ya no se oirá más en ti la voz del novio y de la novia; porque tus comeciantes eran los más grandes de la tierra, y porque todas las naciones fueron descarriadas por tus hechicerías. Porque en ella se encontró la sangre de los profetas y de los consagrados a Dios y de todos los que han sido asesinados en la tierra.

Se pinta en este cuadro la desolación final de Roma.

Empieza con una acción simbólica. Un fuerte ángel levanta una gran piedra de molino y la arroja al mar, que se cierra sobre ella como si no hubiera existido nunca. Así será borrada Roma. Juan tomaba esta descripción de la destrucción de la antigua Babilonia. La Palabra de Dios vino a Jeremías: «Cuando acabes de leer este libro, le atas una piedra y lo tiras en medio del Éufrates diciendo: «¡Así se hundirá Babilonia, y no se levantará más, a causa del mal que Yo traigo sobre ella!»» (Jeremías 51:63s). Posteriormente el geógrafo griego Estrabón había de decir que la antigua Babilonia había sido obliterada tan totalmente que nadie se atrevería a decir que el desierto donde estuvo fue una vez una gran ciudad.

Nunca más se oirá ningún sonido de alegría. La condena de Ezequiel contra Tiro dice: «Haré callar el bullicio de tus canciones, y no se escuchará más el sonido de tus cítaras» (Ezequiel 26:13). Los arpistas y los juglares tocaban y cantaban en ocasiones alegres; la flauta se usaba en los festivales y en los funerales; la trompeta resonaba en los juegos atléticos y en los conciertos; pero ahora se silencia toda la música.

Nunca más se escuchará el ruido de los artesanos ejerciendo su trabajo. Nunca más se escuchará el ruido de la actividad doméstica. La molienda era tarea de las mujeres en el hogar, valiéndose de dos grandes piedras circulares, la una encima de la otra. El grano se metía por un agujero que había en la piedra superior; se molía entre las dos piedras, y salía por la piedra de abajo. El crujido de una piedra sobre otra, que se podía oír cualquier día de la semana en cualquier casa, ya no se oirá nunca más.

Ya no habrá nunca más luz en las calles ni en las casas. Ya nunca más se escuchará el sonido alegre de una fiesta de bodas, porque el amor morirá para siempre. Jeremías usa las mismas imágenes: «Haré que desaparezca de entre ellos la voz del gozo y la voz de la alegría, la voz del novio y la voz de la novia, el ruido del molino y la luz de la lámpara» (Jeremías 25:10; cp. 7:34; 16:9).

Roma se va a convertir en una terrible desolación silenciosa. Y este castigo le vendrá por ciertas razones determinadas. Le vendrá porque rindió culto a la riqueza y al lujo, y vivió desenfrenadamente sin encontrar placer nada más que en las cosas materiales. Le vendrá porque descarrió a las personas con sus hechicerías. Nahúm sentenciaba así a Nínive « Y todo por culpa de las fornicaciones de la ramera de hermosa gracia, maestra en hechizos, que seduce a las naciones con sus fornicaciones y a los pueblos con sus hechizos.» (Nahúm 3:4). Roma coqueteaba con los poderes del mal para hacer un mundo malo.

Le vendrá porque era culpable de sangres. « ¡Ay de la ciudad de sangres!», decía Ezequiel de Tiro (Ezequiel 24:6,9). En la misma Roma perecían los mártires, y de ella se extendió la persecución por todo el mundo.

Antes de empezar a estudiar los cuatro últimos capítulos del Apocalipsis en detalle, será útil exponer en líneas generales su programa de los acontecimientos.

Empiezan con el gozo universal por la destrucción de Babilonia, el poder de Roma (19:1-10). Sigue una descripción del surgimiento de un caballo blanco en el que cabalga Uno Que es Fiel y Verdadero (19:11-18). Luego viene la alianza de los poderes hostiles contra el Cristo conquistador (19:19); luego la derrota de las fuerzas contrarias; la bestia y al falso profeta son arrojados al lago de fuego y azufre, y tiene lugar la matanza del resto (19:20s).

El capítulo 20 se inicia con que el diablo es atado en el abismo por un período de mil años (20:1-3). Sigue la resurrección de los mártires para reinar con Cristo mil años, aunque el resto de los muertos no resucitan todavía (20:4-6). A1 cumplirse los mil años Satanás es soltado otra vez por un breve tiempo; hay un conflicto final con los enemigos de Cristo, que son destruidos con fuego del Cielo mientras que Satanás es arrojado para siempre al lago de fuego y azufre (20:7-10). Entonces viene la Resurrección general y el Juicio Final (20:11-14); y finalmente la descripción de los nuevos cielos y la nueva tierra que ocupan el lugar de las cosas que han desaparecido (21:1-22:5).

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